viernes, 24 de agosto de 2012

Carácter español



16 de octubre de 1913, alternativa de Juan Belmonte. La desastrosa presencia del ganado y el escasísimo juego que ofrecieron, sumado al encarecimiento de los billetes para tan insigne fecha, propicia una severa bronca con invasión del ruedo cuando se corría el que hacía tercero del encierro. La tarde continuó, aunque en los mismos derroteros. Curiosamente, en aquella ocasión, el público sí actuó con la rigurosidad que merecía el abuso; posiblemente en exceso.
 
 
 
  Un español suele ser un buen hombre, generalmente inclinado a la piedad. Las prácticas crueles -a pesar de nuestra afición a los toros- no tendrán nunca buena opinión en España. En cambio nos falta respeto, simpatía, y sobre todo, complacencia en el éxito ajeno. Si veis que un torero ejecuta en el ruedo una faena impecable y que la plaza entera bate palmas estrepitosamente, aguardad un poco. Cuando el silencio se haya establecido, veréis, indefectiblemente, un hombre que se levanta, se lleva dos dedos a la boca, y silba con toda la fuerza de sus pulmones. No creáis que ese hombre silba al torero -probablemente él lo aplaudió también-: silba al aplauso.
 
Antonio Machado en Juan de Mairena (1936)
 
 
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  Una nación, para estar bien gobernada, necestita que el pueblo, sepa adoptar enfrente de la autoridad, una de estas dos actitudes, según convenga; o de sumisión voluntaria en tanto que la autoridad no excede en su jurisdicción propia, o de imperio inquebrantable, si la autoridad fuese arbitraria o abusiva. En las corridas de toros el pueblo aprende y se habitúa a conducirse justamente de las dos maneras opuestas: con mofa y escarnio, ante la autoridad justa e inofensiva; con debilidad, ante la autoridad arbitraria o abusiva. Por una diferencia de apreciación sobre el número de pares de  banderillas, se le llama "burro", a coro, al concejal, diputado o gobernador que preside. Si la Empresa comete un abuso fraudulento, y el presidente con su autoridad lo mantiene, se le llama asimismo "burro", pero en seguida, los espectadores vanse tranquilos a su casa. En aquel libro raro del siglo XVIII, titulado El pensador matritense, el autor de la impugnación contra las corridas de toros refiere cómo los asistentes acosan a denuestos e insultos al alguacil, "sólo por ser alguacil", desmedrada y carnavalesca encarnación del principio de autoridad. ¡Lástima que el cúmulo de energía que se malgasta en los toros no se conserve para la vida cívica y pública, fuera del coso!
 
  Si injusto es el espectador de toros con la autoridad, no lo es menos como juez de toreros. La justicia impulsiva se excede, por lo pronto, en el fallo; y poco después reacciona, se arrepiente y peca por exceso de lenidad. Nunca mantiene sus sanciones. El espectador de toros aplica a lo toreros la sanción momentánea e impulsiva; les asaetea con viles improperios, les denigra, les mienta la madre, les lanza almohadillas, naranjas y otras cosas arrojadizas; pero sale el toro siguiente, el torero ejecuta una pamplina revolera, y el espectador ya lo ha olvidado todo. El ciudadano español se conduce en la vida pública como espectador de toros.
 
Ramón Pérez de Ayala en Política y toros (1918)
 
 
 
29 de mayo de 2012, despedida de Julio Aparicio tras cortarse la coleta a raíz de dos tardes de ausencia en cuerpo y espíritu. Bronca con improperios y lanzamiento de almohadillas, de las más gordas que se recuerdan en los úlimos años. (Foto de Extrapicurciela)
 
 
 
 
 
Toritos de Madrid jugados en la Feria del santo patrón. Arriba uno de Valdefresno, casta Atanasio-Lisardo; se lidiaron dos de la ganadería anunciada (Vellosino) y cuatro remiendos de Valdefresno. Sobre estas líneas uno de Cuvillo; baile mañanero en su primera tarde (dos devueltos) y remiendos para la segunda, en Beneficencia, cartel anunciado con siete meses de antelación. Así, día tras día. Resultado: no paso nada, niguna manifestación de protesta que significar.
 

miércoles, 22 de agosto de 2012

El día antes

 
 

 
 
Sábado, 15 de mayo 1920.
 
  - Han desechado la corrida de Albaserrada. Es terciada, pobre de cabeza, y no está gorda. Va en su lugar la de Murube buena moza y tan bien criada como en aquella casa se acostumbra.
  - Pues lo siento. Verás como le atribuyen el cambio a "Gallito". Los toros de esa nueva ganadería habían despertado gran expectación.
  - ¡Pero no hay tal novedad! Santa Coloma ha vendido a su hermano la mitad de su ganado. Es de suponer que se haya quedado con lo mejor. El debut del marqués fue con una corrida pasada, fuera de tipo, que salió bravísima y con mucho temperamento y que trajo de cabeza a los toreros. Pero las aguas tienen que volver a su cauce. Y estos toros pronto serán preferidos por todos los toreros.
 
    [...]
                                         
    ¡Qué desagradable ha sido la corrida! El público iba de uñas contra José, porque, en efecto, le atribuían el cambio de los toros y, además, ha sentado mal que no toree aquí mañana... ¡Menuda silba ha escuchado en el paseo! Para colmo de males, los Murubes, como les ocurre a veces, han dado en caerse, y las  broncas han sido fenomenales. Los dos de "Gallito" han ido al corral y el segundo de Belmonte. Los tres espadas han estado mal, es decir, se han limitado a salir del paso. La gente ha chillado a José con verdadero ensañamiento. Hasta le han tirado una almohadilla. En el sexto toro ha hecho un quite magnífico, por verónicas y con delantaleo, allá por los toriles, y ha salido una voz en el tendido de sol, diciendo: "¡Seis mil pesetas por un quite! ¡Ladrones!"
  Nos hemos apeado del tranvía en la Puerta del Sol y, al pasar por las Cuatro Calles, comentando el infortunado festejo, nos indigna el pregón de un golfillo: "¡La Tribuna! ¡Con el fracaso de Joselito!" ... ¡Como si los demás hubieran quedado a gran altura! ¿Qué llegaría a pasar si hubiera dado un mitin de veras? Mi padre decide, de pronto, ir a verle, porque supone que estará desesperado y casi solo, contra costumbre.
 
Luis Fernández Salcedo; Mientras abren el toril
 
 
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[...] La aparición del primer bicho fue un escándalo. Con manifiesto escarnio de los espectadores se fue jugando el animal, cayendo y levantándose; la grita era imponente; el pobre toro, muy noble, muy bravo, pero sin poderse tener, no debió ni salir por los chiqueros. Cuando tocaron a matar y salió Joselito, un espectador tiró al diestro una almohadilla y le dio en pleno rostro. Gallito, entonces, soltó los avíos y se negó a torear. El presidente, como la otra tarde, torpe y tardíamente, mandó salir los mansos. Salieron, y el cornúpeto no los quiso seguir. En otra de las caídas de la indefensa fiera le dieron la puntilla. El tremendo alboroto no era más que... templar. Faltaba el resto de la tarde en igual tono, en continua protesta, en confusión, denuestos, burlas y ocasión ejemplar para que los isidros de Navalagamella vean que sus acreditadas capeas son un Areópago al lado de una fiesta de toros en Madrid [...]
 
Aquel domingo 16 de mayo, en Talavera de la Reina, el toro Bailaor de la ganadería Señora Viuda de Ortega, segó la vida del Rey de los Toreros