jueves, 21 de septiembre de 2023

El culto al toro

 


 

Pero, volvamos al símbolo. Un toro bravo simboliza el poder, la nobleza, la reciedumbre. En una palabra: la casta (del latín, castus, íntegro). Lo contrario, lo simboliza el cabestro. Con lo cual se comprende por qué el toro mansurrón, bastante próximo, etológicamente, a este último, no pueda simbolizar lo ancestral.

Las consideraciones que hayan de hacerse en torno a las características de los toros deben ir sustentadas, como ya estamos viendo, mucho más en cuestiones de fondo, relativas al valor de lo virginal, de lo castizo, de lo ancestral, de lo íntegro, que en otras, también importantes, pero, en rigor, no fundamentales, como lo son las relativas a la mayor o menor vistosidad que pueda ofrecer la lidia de un toro en la plaza. Por desgracia, un buen número de aficionados viene haciendo hincapié en las cuestiones meramente técnicas o alusivas a la brillantez del espectáculo, sin plantearse siquiera la búsqueda de la razón ulterior de las cosas.

Tal vez se trate de un síntoma del problema general que, actualmente, padece el hombre moderno y que se podría concretar en una sobreabundancia de opiniones que nace, en muchos casos, de una escasez de conocimientos. La proliferación de diatribas inútiles no es, en todo caso, algo que afecte exclusivamente al contexto del mundo taurino, sino que se observa, también, en los restantes órdenes.

 

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Sensatamente, los pueblos mediterráneos veneraban al toro, como veneraban también a diversas fuerzas naturales, sabiendo que el comportamiento antirreligioso o, lo que viene a ser casi lo mismo, antiecológico se traduciría en la pérdida de las relaciones de armonía con el medio ambiente. Sobre este particular, ya en algún otro momento he significado que, a medida que el hombre se va alejando cada vez más de la naturaleza, comienza a interesarse, al mismo tiempo, por su conservación, y, concomitantemente, va incorporando a su entorno más inmediato una serie de plantas y de animales domésticos, utilizando a éstos, en unos casos, como mascotas; en otros, como objetos de culto y, en otros más, en fin, como simples colaboradores en la actividad laboral, o como animales de compañía. La gama es muy variada.

La celebración de diversos actos de culto, mediante el sacrificio de toros especialmente elegidos, sanciona la vieja ley natural según la cual todo aquello dotado de alguna inaccesibilidad para el hombre constituye un arcano, induce al misterio. Por el contrario, lo excesivamente cercano acaba por devaluarse, pierde interés. En lo que al mundo taurino respecta, la casta del toro representa lo no manipulado artificialmente y, por ello mismo, suscita, en el hombre, una irresistible atracción, un sentimiento de respeto, un reconocimiento de la gravedad del misterio y que promueve la celebración del culto a través de la lidia.

Nos encontramos, por tanto, ante otra sugestiva explicación sobre el fenómeno de la actitud de rechazo que, instintivamente, el público adopta ante la mansedumbre, cualidad "evangélica", considerada, generalmente, a priori, muy encomiable cuando se trata del hombre; pero, también, estimada como rasgo indeseable en un animal como el toro. La mansedumbre reduce excesivamente la distancia ontológica entre el torero y el toro, al conferir a este último ciertos rasgos de domesticidad, con pérdida de la condición prístina que es propia de un animal bravo. Por eso, se puede afirmar que, en el momento en que las corridas de toros dejaran de presentar la necesaria condición trascendente, sin las debidas dosis de bravura en el toro, y sin las debidas dosis de arte y valor en el torero, aquéllas perderían todo interés.


Ramón Grande del Brío, El culto al toro, Tutor, 1999, págs. 44 - 45


 Recluido, de Sobral, jugado en Las Ventas el 17 de septiembre de 2023

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