EL PREMIO DEL AYUNTAMIENTO AL TORO MÁS BRAVO DE LA FERIA (II)
En este caso, continuando con la serie, nos remontamos al
domingo 13 de mayo de 1951, los toros fueron de José Luis y Hdros. de Felipe
de Pablo Romero. Para lidiarlos y estoquearlos se anunciaron Rafael
Llorente, Paco Muñoz y Manolo dos Santos. Y al igual que el año anterior fue de
nuevo el torero portugués Manolo dos Santos el que estoqueó el que a la
postre fue el toro premiado de aquella Feria de San Isidro de 1951, que ya
contaba con once festejos, jugado en sexto lugar, de nombre Rizador,
marcado a fuego con el número 25. Le acompañaban en el cartel Rafael Llorente y
Paco Muñoz.
El toro esmirriado de la posguerra iba quedando atrás en
aquella década de los 50 en un progreso lógico y natural después de la
contienda fratricida y las miserias posteriores. Se empezaban a ver en Las
Ventas corridas más serias a la par que el aficionado también demandaba un
ganado que impusiera respeto, si bien, es más destacable la bravura y la casta rústica
y natural de aquellos años que el trapío y el cuajo que lucían, entre otras
cosas, ni siquiera se conocía la edad de los animales con certeza. Los toros no
estaban tan moldeados como ahora, eran más brutotes, con mucha movilidad y con
una embestida imperfecta, en el caso de Pablo Romero habitualmente a media
altura. Como se pueden imaginar, aquellos animales carecían de la nobleza de
ahora que permite hacer faenas interminables sin que los toros se resabien.
La ganadería de Pablo Romero, en aquel tiempo en manos de
José Luis de Pablo Romero, siempre fue muy apreciada por los aficionados
venteños debido a varias razones. Por ejemplo, la belleza y el trapío excelente
de estos toros en una época, como decimos, de vacas flacas. Era un toro que
frecuentemente se empleaba con bravura y alegría en todos los tercios, lo que
satisfacía enormemente a los aficionados, a pesar de una embestida imperfecta
que no se ponderaba ni se demandaba como hogaño. Además, José Luis de Pablo
Romero había tenido enfrentamientos muy serios con el apoderado de Manolete, el
conocido Camará, puesto que se había negado a tocarle los pitones a los
Pablo Romero para que el diestro de Córdoba se anunciara con ellos, lo que
derivó en un veto contra la vacada andaluza, que incluso tuvo que mandar algunas
reses al matadero por no encontrar salidas comerciales y negarse a cumplir con
las exigencias de Camará. Como se
pueden imaginar, gran parte de los aficionados se posicionaron a favor de la
honradez y la integridad del señor José Luis de Pablo Romero que se opuso en
todo momento a tocarle los pitones a sus toros.
En el caso que nos ocupa, el toro Rizador no fue el
único de una corrida de muchísimo nivel, y hubo más toros susceptibles de haber
sido premiados. Sobre el conjunto, en las páginas de El Ruedo, podemos
leer: “Pues si por su trapío y su seriedad hubieron de conquistar previamente
en la Venta del Batán la máxima admiración luego, en el ruedo, el entusiasmo
del público subió de tono ante la bravura de los bichos”. En cuanto al juego
que ofreció nuestro protagonista, Areva reseña: “El sexto, Rizador,
número 25, cárdeno, recibió cinco varas en el mismo tercio, como casi
todos los hermanos, y llegó a la muleta con arrancada larga, alegre y
templada”. El director de la revista en ese momento, Manuel Casanova, acerca de
esta corrida afirmaba: “De los Pablo Romero solamente hubo uno peligroso: el
primero, que se vencía mucho por el lado derecho. Hubo, en cambio, dos toros
magníficos: el cuarto y el sexto, siquiera casi todos humillasen poco y
embistiesen con la cara alta”.
En cuando a la faena del torero portugués, la valoración que
hizo el crítico de El Ruedo fue la siguiente: “De la primera corrida de la
Feria, no queda en el recuerdo de los aficionados, sino la presencia, el
trapío, de los toros de Pablo Romero y la faena que realizó en el sexto el
torero portugués Manolo dos Santos. Si Dos Santos la realiza en el tercero, o
la corrida se hubiera medio enderezado antes, es seguro que el premio que se hubiese
otorgado hubiera sido más amplio”. Sobre el broche de la faena y lo sucedido
después, añade: “Dejó una estocada de la que rodó el bravo animal sin puntilla.
Y entonces se dio el caso curioso de que una labor jaleada mientras la estaba
ejecutando, y bien y prontamente rematada, se discutiera luego, y mientras unos
espectadores pedían insistentemente que se le concediera a Dos Santos la oreja,
otros le negaban autorización para que diera la vuelta al ruedo. En tales
dudas, que no se resolvieron en ningún sentido, Dos Santos abandonó la Plaza
entre aplausos y los espectadores entre discusiones”.
Y es que como venía a decir el gran Fernández Salcedo, cuando
sale un toro bravo de veras la faena es discutida porque siempre, para muchos
aficionados, queda la sensación de que el torero podía hacer más. Esto sucedía
hace setenta y cinco años y sigue sucediendo hoy.
Esta ha sido la historia de Rizador, “toro de azulejo”,
que es el dicho típico madrileño y no “toro de vacas”, como dicen e insisten
muchos en redes en estos tiempos, lo que a nuestro juicio nos resulta una
expresión grotesca con vientos del sur. En cualquier caso, no podemos hacer otra
cosa que alegrarnos enormemente porque los toros de Pablo Romero continúan
lidiándose en las plazas de España y Francia, con buenos resultados y una
mejoría notable respecto a décadas pasadas, gracias al trabajo de sus actuales
propietarios y a la generosidad de la familia de Pablo Romero que, con más de
cien años administrándola, tuvo a bien vender la vacada en su momento en vez de
acabar con la estirpe una vez que la familia no iba continuar con ella.
Mandarla al matadero antes que verla en otras manos es lo que,
desgraciadamente, hubieran hecho muchos otros ganaderos.



No hay comentarios:
Publicar un comentario