sábado, 14 de febrero de 2015

Otros tiempos (III)

  Uno de los inconvenientes con que tiene que luchar el picador para reponerse, en caso de venir a tierra, es su pesada indumentaria, no obstante haber sido perfeccionada, pues la mona que hoy usan, pesa bastante menos kilos, que las que utilizaban los antiguos picadores; y nada hay que decir acerca de este particular, una vez que la referida mona llena su objeto. El que los picadores vistan toscamente y con tanto embarazó de sus miembros, sin disponer de su persona en casos apurados, tiene explicación recordando las pesadas armaduras que para este y otros lances de lucha usaban los antiguos caballeros, y, por consiguiente, los primeros adalides de la tauromaquia.


 Estando en el suelo el picador tiene que saberse tapar con el jaco, pues no siendo precavido y listo corre gran peligro. Debe tratar a toda costa caer reunido con el caballo, formando con éste, como si dijéramos, un solo cuerpo, cosa que rara vez ocurre hoy, porque los picadores antes de poner la vara desestriban el pie izquierdo, siendo así que no deben hacerlo hasta el momento que el hombre, dominado por el toro, prevé la caída; y lo que es peor aún, también sacan del estribo el pie derecho, y al perder el punto de apoyo, claro es que los veamos caer sobre el toro. Se explicaría llevaran más corta la acción del estribo izquierdo que la del derecho, para cargar todo su cuerpo sobre este último pie, pero en modo alguno lo que hacen. 


 Antes eran frecuentes las caídas de latiguillo en toda regla, recibiendo el golpe en la espalda el picador y sobre sí el caballo muerto o herido; mientras que ahora vemos siempre, o la mayoría de las veces, caer por un lado el caballo y por otro al picador. Todavía hubiérase justificado, en parte, cuando se lidiaban toros con la edad reglamentaria y todo su poder, que los picadores se hubieran aprovechado de estas artimañas, evitándose así caídas tan peligrosas como son aquellas en que el hombre se carga el caballo; pero hoy que las reses que se juegan no tienen poder para suspender en el aire al caballo y que las caídas son por tiempos y suavemente, lo de desestribarse los picadores no tiene explicación, una vez que corren más peligro cayendo al descubierto, que reunidos con el caballo, que sirve para taparse. Otro tanto decimos de aquéllos que son derribados y en lugar de permanecer quietos, pegados a la tierra, a fin ele no llamar la atención del toro, ruedan por la arena buscando el auxilio de los monosabios para que los ayuden a levantarse; estando aún el toro próximo y envalentonado con el trance que acaba de llevar a cabo, la defensa del picador en aquellos momentos está precisamente en permanecer quieto y arropado con el caballo, pues sabido es que las reses derrotan siempre en el objeto que tienen más próximo y cuando éstos son dos, en el de mayor tamaño.


 Al caer el picador debe procurar a toda costa que entre él y el toro quede siempre el caballo; no trocarse en la caída, esto es, no quedar con la cabeza hacia las ancas del jaco y los pies hacia el cuello; pues estas caídas son malísimas, porque se está expuesto a recibir coces en la cara y a que se incorpore el caballo quedando en el suelo el jinete; para evitar lo cual, el diestro agarrará la rienda lo más cerca que pueda del freno de la brida, a fin de sujetar al jaco, tapándose con él; como igualmente sacará, pero esto al caer, los pies de los estribos para no quedar enganchado y que lo arrastre el caballo en el caso de incorporarse éste.

 En las caídas sobre las tablas, que solamente deben ocurrir por no poderlas evitar el diestro cuando el toro sea tan bravo que hiciere regatear al caballo hasta ellas. En este caso, rara avis, cuidará el diestro de poner su costado hacia los tableros, porque el golpe recibido así, además de no ser tan peligroso, evita el porrazo en la cabeza, del que no es fácil librarse al dar con la espalda en la barrera; y jamás, mejor dicho, sólo en casos muy extremos, ha de soltar de la mano su defensa el varilarguero, porque puede servirle en todo trance apurado; y antes de pasar a otra cosa, repetiré aquí lo dicho en distintas partes del libro. El picador tiene derecho para exigir le sean facilitados caballos de su plena confianza, que sean avisados de boca, prontos en todas las salidas, y no marmolillos que no pueden con los remos, pues ya los jinetes, antes de buscar la suerte, se cuidarán de bajar el lomo para manejarlos mejor —agarrarse a la tierra dicen los picadores— y de taparles el ojo derecho; el dejarlos sin vista por completo es de gran perjuicio, pues además de no ver el caballo dónde pisa, tiene el inconveniente, al ir veloz, de dar un tropezón contra las tablas. 


El texto es de Antonio Fernández de Heredia, Hache, en su Doctrinal Taurómaco (1904). Las fotos son del archivo de Baldomero y Aguayo.

martes, 10 de febrero de 2015

Beneficencia del año 1970



Cuando todavía para las figuras existían más ganaderías al margen de cuatro o cinco hierros de la misma procedencia. Y no pasaba nada, algunos piensan que hasta tenían más estima que ahora entre los aficionados.

viernes, 30 de enero de 2015

Agustín García Malla, el torero de Vallecas


  Agustín García Malla, matador de toros nacido en Vallecas el día 28 de agosto de 1886, fue labrador en la hacienda de sus padres y aunque sintió interés por la fiesta siempre, se aventuró a los ruedos más bien tarde para la costumbre de la época. Sus primeras actuaciones datan de septiembre de 1907, actuando en su pueblo junto con su paisano Tomás Fernández, El Alfarerito, y resultó con una herida en la boca. El 27 de marzo de 1910 toma la alternativa en la plaza de toros de Carabanchel, de manos de Lagartijillo Chico, el toro respondía al nombre de Mirando y era de Manuel García Aleas. Confirma en Madrid el 25 de mayo de 1911, con reses de Miura, siendo el padrino Machaquito y los testigos Vicente Pastor y Rafael El Gallo, pues se trataba de un festejo de ocho toros. De ahí en adelante toreó en las plazas más importantes de España e hizo varias excursiones a las repúblicas americanas. Desde 1912 figuró en el abono madrileño en todas las temporadas en las que estuvo activo, pero sus éxitos no pasaron de ser muy medianos.

En Madrid tratando de parar al toro (archivo ABC)

  Fue Agustín un torero de los llamados de valor, que destacaba por su empuje, amor propio y sobriedad en sus maneras. Toreaba con soltura de capa y solía estar oportuno en quites. Banderilleando destacaba al quiebro. Y de muleta era un torero defensivo.
  Fruto del valor que en ocasiones rozaba la temeridad, Mallita recibió numerosas y graves cornadas a lo largo de su carrera.

En Madrid el 16 de mayo de 1915, pase de la muerte (archivo ABC)

  Donde destacaba nuestro torero era a la hora de matar, y probablemente gracias a ello se mantuvo en el candelero, llegando a ser considerado uno de los mejores estoqueadores de su época, certero, con estilo y marcando minuciosamente los tiempos. Si bien, José María de Cossío dice que le costaba mucho igualar a los toros.

Recogiendo una ovación en Valencia, el 22 de junio de 1913 (archivo ABC)

  Fue un torero habitual en las plazas del sur de Francia y en uno de sus cosos encontraría la muerte. El 4 de julio de 1920, en la plaza de Lunel, alternando con José Gárate, Limeño. Los toros pertenecían a la torada francesa de Lescot. La corrida resultó mansa en parte y casi todos llegaron reservones a la muerte. Agustín recibió una ovación al finiquitar a su primero de una corta. El quinto toro, negro zaino, tomó cuatro varas codiciosamente y mató dos caballos, quedando reservón en la muleta. El torero vallecano lo citó de rodillas tras el brindis, no acudió el animal y se acercó el torero temerariamente, y de repente derrotó el toro sobre el espada, lo enganchó por el pecho y lo corneó bárbaramente. Expiró un momento después en la enfermería, ya que la cornada, situada en el pecho, de abajo hacia arriba, interesaba el corazón.


  El cadáver fue trasladado a Vallecas, donde recibió sepultura arropado por su familiares, vecinos y toreros de la época. El infortunado matador fue una persona modesta, de trato afable, muy querido por su pueblo. Tres años antes de recibir la cornada mortal contrajo matrimonio con una mujer de Vallecas, tras siete años de noviazgo, con la que tenía el propósito de vivir en una retirada que ya planificaba puesto que la mella de las cornadas que había sufrido no eran en balde.

  El archivo de Baldomero y Aguayo da fe de la magnitud del cortejo fúnebre que dio la última despedida a Agustín García Malla en su pueblo de Vallecas. Por la calidad de las imágenes e intensidad que trasmiten reproducimos varias de ellas.

Entierro de Mallita en Vallecas










  La historia no termina aquí, porque Agustín García Malla ha recibido justo homenaje de la localidad que lo vio nacer, hoy una barriada absorbida por la gran urbe madrileña, y tiene una calle a su nombre entre las estaciones de tren de Vallecas y Santa Eugenia. Aquí las fotos que lo atestiguan, de cosecha propia.




Gloria a todos los toreros que entregaron su vida en las astas de un toro

miércoles, 28 de enero de 2015

Los valores de la Fiesta

El toreo es la fiesta que más enardece a las muchedumbres, porque es una fiesta de pasión. Y la pasión es una de las virtudes creadores de la raza española. Pasión no quita conocimiento. Tampoco sensibilidad. El toreo es una fiesta de sensibilidad y de entendimiento; de pasión y de concepto. Fiesta de ver, de sentir y de entender. De este entendimiento pende y depende el arte. Y, sobre todo, es fiesta de valor, de ese valor que triunfa de la vida con la muerte y crea el tipo clásico del héroe. También es un juego, un juego inteligente, valeroso y diestro; pero un juego trágico y mortal, porque en él se arriesga la vida y se arriesga de verdad. Por el amor y por la gloria, el hombre juega con la muerte; y juega bellamente, graciosamente, porque le importa más la gloria que la vida. Solo un pueblo tan fecundo y pródigo en heroísmos como el español podía crear el tipo perfecto del héroe y, con el héroe, un arte de tan recia, opulenta y viril hermosura como el del toreo. Un arte puro, despojado de todo artificio, dotado de las más hondas calidades dramáticas que han conocido los hombres. Espectáculo de fascinadora y fascinante belleza, cuyo atributo más señalado es vivir de la muerte; pero de una muerte bella y heroica -heroísmo de belleza y belleza de heroísmo-, cual corresponde a un artista tan singular, tan genuinamente español como el torero

Federico M. Alcázar


domingo, 18 de enero de 2015

Cuando los toros del Marqués de Domecq dejaban caballos para el arrastre


Los toros del Marqués de Domecq lidiados en Cádiz fueron toros-toros. Fueron aplaudidos en el arrastre y dieron lugar a caídas como la del picador de la fotografía, y escenas tan desusadas como la del caballo arrastrado por las mulillas. ¡Enhorabuena!

  Así se referían en la revista El Ruedo a la corrida jugada por la ganadería del Marqués de Domecq el 14 de julio de 1963 en la plaza de toros de Cádiz. Eran otros tiempos, no cabe duda. A los "críticos" de hoy no se les pasaría por la cabeza felicitar al ganadero que echara una corrida de este estilo, las exigencias del guión son las que son. Diego Puerta, El Cordobés y El Caracol fueron los espadas que dieron cuenta de tan bravo encierro, cosechando triunfos de diversa índole.

Momento del arrastre de un caballo

  La ganadería del Marqués de Domecq, tradicionalmente una de las ramas más encastadas del tronco Parladé que yo atribuyo a ese goterón de sangre Pedrajas, con el tiempo fue perdiendo esta grata diferencia respecto a los demás, adaptándose a los tiempos del toro dócil, obediente y de carril al que muchos ganaderos tienen que rebajarse, antes de ser estigmatizados como ganadería torista, para que los toreros no rechacen sus productos. También fue una rama de acusada diferencia morfológica respecto a otras del mismo tronco, destacando por lo cornalón de sus ejemplares, su tipo basto, piel gruesa y mayor capacidad torácica. 


Ejemplares del Marqués de Domecq

 En 2011 vendieron la vacada, una mitad a Daniel Ramos, siendo la primera ganadería de la Unión situada en la Comunidad Valenciana, y la otra fue a parar a manos del matador de toros retirado, Ángel Teruel. Afortunadamente hay numerosas vacadas procedentes de esta sangre, algunas de ellas con buena reputación entre los aficionados.

D. Pedro Domecq Rivero, Marqués de Domecq