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martes, 29 de junio de 2021

Vuelta de los toros a Las Ventas




 
Sábado, 26 de junio de 2021. Toros de Victorino Martín para Manuel Escribano, Sergio Serrano y Jiménez Fortes.

          Primer festejo serio en Las Ventas desde que empezó la pandemia. Con una corrida de Victorino Martín, ya se sabe que Madrid es plaza torista, volvíamos a reencontrarnos con la plaza, desde aquella corrida de la Hispanidad de 2019, y lo hacíamos con un ambiente agradable, de aficionados a pesar de encontrarnos lindando julio, cuando solo vamos a la plaza una ínfima parte de los abonados, un buen puñado de aficionados irredentos y otro amplio número de guiris despistados. Muchas vidas perdidas en este interregno, tragedias familiares, laborales, presión psicológica, cambio de hábitos… algo ha cambiado en este tiempo. Como la sociedad y como siempre que ha habido grandes impactos en España, el público de toros probablemente también manifestará sus secuelas y puede que haya alguna alteración en el comportamiento, veremos. 

No fue una auténtica tarde de toros en Las Ventas, pero se le asemejó bastante. Todavía queda para ello. Lo mejor fue reencontrarse con los habituales, con muchos de los más fieles, cada uno con su forma de ver los toros pero todos con más nobleza y más fidelidad por este acontecimiento sin par que cualquiera de los toros que para sí demandan las figuras. El aficionado es el animal más noble de la tierra, como reza una de las máximas de este blog.  

Decíamos del público de toros y la sociedad de su tiempo, pues bien, los victorinos tampoco  se escapan de estos avatares. Ni siquiera los aficionados nos libramos de ello y también nos contaminamos. El sentimentalismo y lo superficial a ultranza por encima de la razón y lo auténtico, estos son los tiempos. No digamos la mentira y lo falsario elevado a categoría de digno y verdad incuestionable: lo posmoderno. La tauromaquia liga muy mal con ello, y todo lo que sea apartarla de las esencias, la estética del riesgo y la tradición da como resultado un espectáculo degradado. Victorino hijo debería plantearse dónde tiene ahora la ganadería. Tardes como la del homenaje en Vistalegre al fundador de la vacada, de la que los aficionados salieron como basiliscos; toros indultados, como aquel de Illescas, embistiendo como un borrego; hacer habitual presentar mal las corridas… Muy lejos queda aquel corridón de toros de San Isidro de 2003, uno de los más bravos de lo que va de siglo. Han buscado achicar el toro (la ganadera Pilar considera que para lidiar en Las Ventas tienen que sacar el toro de tipo. Véase La voz de la afición nº 54) y, por lo que se ve, atemperarlo. A esto le sumamos el excesivo número de vacas (lidian en todos los pueblos de España) y una tienta benévola y tenemos un buen número de ingredientes para hacer un cóctel llamado “descaste”, muy conocido en el mundo de los toros. La prueba está en que al entrar a la plaza media hora antes, las taquillas seguían abiertas y había disponibilidad de entradas, Victorino no mete ni 6000 personas en  Las Ventas después de año y medio sin toros.  

La corrida del sábado no estuvo mal presentada, vaya por delante. No tenían la impresionante lámina del Victorino de antaño pero los animales eran cinqueños y eso es un plus. No hace mucho, de las corridas de Victorino salíamos diciendo: “ha sido una corrida encastada”, ahora decimos: “bueno, ha habido un toro encastado”. En este caso fue el cuarto, Galapagueño. Otra cosa que han perdido los victorinos, tanto el bueno como el malo, es su característica forma de humillar, de ir con el hocico arando el platillo. La primera parte de la corrida del sábado, y ya vamos entrando en materia, fue un ejemplo palmario, aquello no había por dónde cogerlo. No humillaban ni para coger los capotes que perdían los peones, como pasó con el tercero. 

El primero y el segundo fueron fuertemente protestados en los primeros tercios, ambos muy blandos de patas y cojitrancos. Volver a la normalidad también era volver a las protestas. Aunque había cierta aceleración, que se apreciaba, por ejemplo, en las palmas de tango, incapaces de mantener el ritmo sin acelerarse. Luego, muchos fueron perdiendo fuelle y apenas protestaron al sexto, uno de los ejemplares más incapaces de la tarde. La cuestión es que se protestaron con fuerza tres toros, que no es para estar contento. Escribano tuvo un animal de dulce para banderillearlo bien, iba muy templado, pero es que ni por esas. Al cuarteo muy mal, lo mejor lo hizo con un quiebro al violín. De muleta no le eché cuentas, el toro no servía para nada. El segundo del festejo, Matraco, se creció en la muleta y se puso muy protestón y peligroso, puede que por la falta de fuerzas, proporcionando una faena emocionante, de la que Serrano salió perdedor en cada tanda. No era nada fácil, dudó mucho, incluso para cambiar el registro y ponerse a machetearlo, tenía que haberlo hecho antes.

Con la cara por las nubes durante los primeros tercios iba el tercero de la tarde, y en vez de castigarle el morrillo lo dejaron crudo. Fortes se quedó como un poste, mucho mérito, porque en esas circunstancias es cuando llega el toreo. Pero no fue en esta ocasión, aquello no tuvo lucided ninguna.

El toro cuarto antes citado, Galapagueño, se le vio desde salida que tenía otro comportamiento. Lo pusieron de largo para una segunda vara, a la que fue para salir de allí rápido en cuanto asomó un capote. Total, que no lo vimos empujar, ni crecerse, ni meter riñones, pero la gente quedó muy contenta por la cosa de la distancia y la carrera del toro hacia la jurisdicción del picador, que es lo que piden ahora. La superficialidad que hablábamos antes. En banderillas galopó y en la muleta había que dominarlo. Escribano se empeñó en torear en redondo desde el principio, sin aliviarlo, ni enseñarlo, ni dominarlo, así que los muletazos salían trompicados. Toda la faena, quitando las dos tandas finales, una de naturales y dos derechazos posteriores. Una estocada rinconera le dio una oreja que en otro tiempo, cuando Madrid tenía la medida que le daba la cátedra -ya perdida-, era de palmas como mucho. Porque el toro fue desperdiciado y, en conjunto, no estuvo por encima de él.


Galapagueño. Nº 23, 559 kg, 12/2015

El quinto fue un bombón dulce y pastueño bautizado como Venenoso. Tito Sandoval lo toreó en el tercio de varas, a partir de la segunda vara dando los pechos y citando de frente una y otra vez. Pero el personal no estaba contento y, sin dar un tiempo prudencial al toro, pretendían que se diera una vuelta por el seis, sin ningún sentido. Hay que decir que antes de tomar el segundo puyazo en el que cumplió, el toro se fue a las excusas de los capotes. Sergio Serrano estuvo despegado y citando para afuera con la izquierda y con la derecha mucho más fluido, aunque siendo el toro tan bueno se veía que aquello no tenía la dimensión que debería. No se puede pedir mucho más a un torero que apenas dispone de contratos. Se volcó en el morrillo del cárdeno y dejó una estocada contraria, así que después de la oreja de regalo de Escribano poco se podía decir de esta. 

El sexto capítulo, como apunté, fue la nada, el toro era un inválido (apenas protestado) que no tenía ni fuerzas para echar mano a Fortes cuando perdió la verticalidad en el inicio de faena. Después hemos sabido que tenía la rodilla hecha trizas, así que le deseamos lo mejor y que se recupere pronto.  


Un saludo a la afición.


lunes, 18 de marzo de 2019

Bravura


Vuelve la polémica de los indultos después de lo acontecido en Valencia con un toro de Jandilla lidiado por Sebastián Castella. En este blog, por norma, estamos en contra del indulto, el circo en el que se ha convertido y los fines que actualmente persigue. Más claro: prohibiría el indulto por reglamento salvo contadísimas excepciones. A los toros bravos hay que admirarlos mientras mueren a los pies del matador, respetando ese momento sagrado. Claro que lo que yo entiendo por toro bravo, es decir, el toro al que hay que poder, que tiene 30 pases por abajo y dice: o coges la espada de matar o te arranco la cabeza porque no me vas a dar ni uno más, es lo que ahora se ha convertido en un animal al que le pegas 200 muletazos y no se ha enterado de nada. Castella podría seguir toreando como estaba hasta la Feria de Julio y el toro seguiría sin distinguir nada. Como dijo don Fernando Cuadri: un toro simplemente noble es un toro tonto. No es el caso de este Horroroso, de Jandilla, que tenía más cualidades, pero la bravura moderna es eso, un toro que persigue la muleta y no se entera de nada, que permite enganchones, sardinetas, cualquier tipo de alharacas y todo sigue igual. Hablando de esto con otros aficionados recordé la narración de la lidia de Baratero, de Victorino, por el propio matador, Andrés Vázquez, un toro que llegado el momento, cuando se la había jugado de verdad para sacarle unos cuantos muletazos, le dijo: ni uno más. 

A continuación la lidia del toro Baratero contada por Andrés Vázquez, un toro auténticamente bravo.



Afortunadamente, después salió Baratero, uno de los toros más bravos que he visto. Al observarlo salir de toriles me di cuenta de sus cualidades y dificultades. Tenía seis o siete años... persiguió a los banderilleros de un lado a otro del ruedo, y decidí jugarme el todo por el todo. Lo fui metiendo progresivamente en el capote, primero con lances a distancia, después, una vez que estuvo fijado, le bajé las manos y le pegué unas verónicas muy quieto, una tras otra, hasta rematar con una media muy seria que lo dejo frente al caballo, el cual entretanto había salido. Tomó cinco puyazos de los de antes... Y era cada vez más bravo... La bravura no es cómoda. Los toros bravos a menudo tienen mal carácter. Pero Baratero también era noble, aunque de una nobleza relativa... Me miraba con un terrible aire de superioridad, como si me estuviera perdonando la vida... El Rubio de Salamanca, que tenía que picarlo, me dijo al pasar, ¡maestro, que tengo hijos! No hay problema, le dije: te voy a pagar por metro... mil pesetas por cada metro de embestida... El toro se arrancó cinco veces desde los medios, el público estaba de pie, el picador también... Llegando al peto el toro se frenaba, humillaba, metía los riñones y empujaba... Una cosa increíble... Qué romanticismo. No quería más violencia... sólo empujar con fuerza. Victorino estaba de pie. Le hice salir al ruedo y le brindé el toro a él y al picador... Después le di a Baratero 19 pases. Ni uno más. Era imposible. Al salir de un pase de pecho de pitón a rabo, levantó la cabeza y me miró a los ojos... los suyos eran muy grandes... parecía decirme, se acabó... Si continúas te cojo... La gente estaba loca. Monté la espada, lo llamé, ¡eh, bonito, guapo!, y lo maté a cámara lenta. Después lo tomé por el pescuezo. Caminamos un poco, y llegando al tercio me miró antes de caer fulminado... Pedí la vuelta para Baratero... es el toro más bravo y más noble que Victorino haya lidiado jamás en Madrid. ¡19 pases! No me permitió ni uno más. Pero ¡qué pases, qué intensidad! Al comienzo seis o siete seguidos por alto, luego por bajo, la muleta siempre puesta, en la mano izquierda... Mis pies no salían del espacio de un pañuelo y mi corazón latía como si se me fuera a salir del pecho. ¡Es el toro más importante de mi vida! Fue un momento de gran espiritualidad, de gran complicidad entre toro y torero... Madrid comulgó, y ese día, más que nunca, fue el santuario del toreo... Un templo. El más grande del mundo. Yo había triunfado frecuentemente en Madrid, pero frente a Baratero viví el momento espiritual más importante de mi carrera… cada muletazo era un mundo, una resurrección del toreo… El toro transmitía todo eso, y la gente gritaba un ¡olé! tan fuerte que me aturdía.




Toreé a Baratero con naturalidad, como si estuviéramos jugando… dio todo, no se podía mentirle ni hacerle mal las cosas, porque protestaba. (…) Conservo la foto de Baratero en mi mesa camilla, en medio de mis imágenes piadosas. Después de eso podía morir, me había realizado… nunca me he jactado de ser figura ni de nada... simplemente de ser matador de toros… ahí está la historia. ¡Cuando nadie quería ponerse delante de esos toros yo lo hice!


Tierras Taurinas, nº 4, septiembre de 2010, páginas 60-63.



domingo, 11 de febrero de 2018

Pastelero, de Victorino Martín

Pastelero, de Victorino Martín. Dibujo de Juan Pablo Cardona


     Contemplamos el genial dibujo de Juan Pablo Cardona ilustrando a Pastelero nº 20, de Victorino Martín; 520 kilos, cárdeno, cuatro años y medio. Bajo, serio y cornalón. Jugado el día 6 de junio en la feria de San Isidro. De salida se queda en el burladero de matadores, sin dar rodeos, apretando en el capote de Ureña, obligado a sacarlo a los medios. Lo pica Pedro Iturralde cogiéndolo arriba en dos varas que toma empujando con la cara a su altura natural, mirando al caballo continuamente entre envite y envite. Lo sacan presto del segundo encuentro y va largo en el capote de Agustín de Espartinas, fijo en los cites y creciéndose tras la pelea. Pastelero se muestra pegajoso en el percal, dificultando el tercio de banderillas por ello y por cómo va aprendiendo de cada par, necesitando los rehileteros varias pasadas en falso mientras el bicho ignora el castigo de los arponcillos. La lidia más ordenada la proporciona el toro bravo gracias a su fijeza, claro, pero hay que poderlo. Ya en la muleta Ureña lo saca al tercio no sin algún trompicón, donde se desarrollaría toda la obra, es decir, en terrenos intermedios. En los medios hubiera pesado un mundo, también hubiera sido más meritorio. Casi toda la faena la plantea Ureña por el derecho, pitón más franco; por el izquierdo Pastelero se revuelve como un felino. Su fiereza requiere un sitio y un porqué en cada lance, valiendo su peso en oro cada uno de ellos. No está para monerías. El torero murciano le roba un par de tandas portentosas, en otras no tuvo otra alternativa que ceder terreno ante la pujanza del victorino. Cuando lo colocó para estoquearlo se vio la frescura del toro, signo de que no estaba vencido del todo. Dejó una tendida soltando la muleta, de la que tuvo que salir a la carrera por el acoso de Pastelero. Tres golpes de descabello necesitó y todavía seguía apretando y derrotando, y es que estaba para entrar a matar de nuevo. La plaza despidió a Pastelero con una fuerte ovación después de que el presidente, don Javier Cano, ignorara la petición de vuelta al ruedo para el toro. Paco Ureña sí la dio, acababa de vérselas con un auténtico toro bravo. 

Fotografía Javier Alvarado


Artículo para el boletín 51 de La Voz de la Afición.

viernes, 6 de octubre de 2017

Gracias, Victorino

    
        Los 50 y los 60 fueron décadas ominosas para el toro de lidia, el tótem del rito era maltratado y la afición estaba de uñas. La edad no estaba controlada, nadie garantizaba que el animal que se lidiaba tuviera los cuatro años cumplidos, es decir, que se tratase de un toro. Había dudas muy fundadas de que así fuera en vista de lo que salía de toriles, hasta el año 1969 después de una larga lucha tras la que nació el Libro de Ganaderías y el acuerdo de marcar a fuego a todas las reses bravas con el guarismo del año de nacimiento. Por otra parte, el afeitado de las astas se había convertido en hábito y desencadenó una guerra entre aficionados, algunos periodistas y taurinos; entre estos últimos sobresalían algunos hombres del toro conjurados con los aficionados que ansiaban toros despampanantes, con sus pitones limpios, buidos y relucientes. Ahí están Antonio Bienvenida y, andando el tiempo, Victorino Martín. 

Allá por el año 1968 Manuel Benítez ejercía la tiranía del mandamás del toreo consuetudinaria desde los tiempos del Guerra. El Cordobés era pasión e icono de todo un pueblo, pero también se proyectaban sobre él las sombras del toro birrioso y afeitado, amén de los abusos en corrales y despachos. Fue el año en el que Miguelín se lanzó al ruedo de Las Ventas a desmerecer el toro que faenaba El Cordobés. Por la mañana, los mentores de Manuel Benítez cogieron para su poderdante las reses apartadas para el día siguiente, de Soledad Escribano, al ser rechazada la corrida que le correspondía, de Fermín Bohórquez, hijo de aquella. Sin ningún escrúpulo El Cordobés podía con todo. Los medios de comunicación advertían: aquello que parecía una anécdota podría ser el principio del fin si no se empezaba a respetar al toro. 


Aquel año de 1968 Francia vivía una escala de protestas con afán de mejoras sociales y laborales, un desenfreno liberador recorría París. Los aficionados de Las Ventas no imaginaban que, de algún modo, aquello se contagiaría y estaban a punto de contemplar la ansiada y peleada revolución torista entre tanta corrida de utreros desmochados. Cuarenta años de administración de la empresa Jardón daban paso definitivo al afamado Livinio Stuyck. En la prensa, Palomo Linares y El Cordobés pugnaban por una corrida de Galache para San Isidro, los bombones charros. En medio de este panorama apareció un desconocido de Galapagar que ofrecía sus toros a través de un periódico, una corrida cinqueña con toda la barba para que Palomo Linares y Manuel Benítez resolvieran sus diferencias en el ruedo. He aquí nuestro hombre, Victorino Martín Andrés ponía la corrida gratis y además donaba la carne de los morlacos a beneficio de los pobres. Se trataba de los toros de Escudero Calvo que fueron adquiriendo a partir de 1960, ahora en manos de la familia de Victorino, los viejos Albaserradas cuyos tiempos de gloria se perdían en la memoria. Nadie hizo caso a aquel tipo al que tomaron por loco y El Cordobés se salió con la suya matando la corrida de Galache. Victorino tenía aún frescas las gravísimas cornadas que le acababa de dar el semental Hospiciano en la orilla del río de la finca extremeña que consumía a deudas a la familia; para colmo, recién iniciada la aventura ganadera, los toros se acumulaban en los cercados de Galapagar y nadie hacía caso de ellos. La situación para el ganadero era crítica. 


Victorino había entablado buena amistad con Manuel García-Aleas, ganadero colmenareño de estirpe que por aquel entonces era el secretario de la Unión de Criadores de Toros de Lidia. Él confió en Victorino e instó a Livinio Stuyck, explicándole su desesperación, para que se acercase a los cercados de Galapagar aunque fuera por cortesía. Y así fue, junto con otro empleado de la empresa, Livinio se personó en el cerrado de saca de Victorino y al momento estaba profiriendo exclamaciones de sorpresa ante el admirable trapío del hato. El ganadero aguardaba unas palabras de esperanza mientras los empresarios observaban aquella piara de toros colosales. Al fin, adquirieron tres corridas de toros, de momento querían lidiar los más chicos a ver qué pasaba. Victorino estaba a las puertas de lidiar su primera corrida de toros en Madrid donde se iba a jugar su futuro como ganadero de bravo, eso, o volver al ganado de carne, al morucho y a la carnicería.


Continuamos en la canícula de aquel verano sesentero. El debut llega el 18 de agosto; Pepe Osuna, Adolfo Rojas y El Paquiro en el cartel, en grande se leía “antes Albaserrada”, en pequeñito: “Victorino Martín, de Galapagar”. Los toros más chicos de la manada en comparación con lo que se lidiaba en ese momento resultaron un deleite para los aficionados. Cuajo y seriedad irreprochable, de pitón a rabo. Paquiro quedó fuera de combate por cogida dejando el festejo en un mano a mano y, atención, la corrida tomó 23 puyazos. El público y la crítica quedaron encantados, así que la empresa Nueva Plaza de Toros de Madrid advirtiendo que había gustado tanto la presentación de los toros decidió lidiar los más grandes para la jornada del 8 de septiembre, anunciando a Juan Antonio Romero, José Luis Barrero y Flores Blázquez. Toros de cuatro, pero también de cinco, seis o siete años. Esta es la corrida en la que se jugó el célebre toro Domadito; al finalizar, algunos aficionados veteranos comentaban que no se había visto una corrida con semejante estampa desde antes de la guerra. La cara amarga volvió a aparecer y Flores Blázquez se llevó un cornalón, los toros de Victorino no perdonaban. La tercera de las corridas que la empresa había comprado a Victorino se celebró el 22 de septiembre y fue de nuevo un éxito en presentación y casta, cortando una oreja El Paquiro. En apenas un mes Victorino lidió lo más granado de la camada con rotundo éxito, los aficionados y la crítica no cabían en sí, dudaban si aquel oasis era un espejismo e idealizaron durante el invierno aquellas tres corridas magníficas. Cuando iba a dar comienzo la temporada siguiente la buena nueva se había extendido como una mancha de aceite y ya todo el mundo hablaba de “los terroríficos victorinos”.


El resto es conocido por todos. En la primera corrida que lidia en 1969 después de aquel verano meteórico, dentro de un conjunto extraordinario, Andrés Vázquez hizo frente a Baratero; cinco entradas al caballo, cinco tumbos. De este famoso ejemplar dijo el torero castellano: “Los toros bravos a menudo tienen mal carácter aunque Baratero también era noble, de una nobleza relativa. Me miraba con un terrible aire de superioridad. Le di 19 pases, ni uno más. Era imposible. Al salir de un pase de pecho de pitón a rabo, levantó la cabeza y me miró a los ojos, los suyos eran muy grandes, parecía decirme: se acabó, si continuas te cojo”.

La ascensión fue imparable, Victorino no dejó de cosechar triunfos, de echar toros y corridas de premio, tantos que no caben en su museo. Manteniendo la ganadería en un punto de casta sobresaliente el tiempo que la administró, capitaneando con su gorrilla calada el barco de la fiesta verdadera. En medio de la pesadumbre que asolaba a los aficionados por los desmanes que devastaban la fiesta desde la posguerra emergió la figura de Victorino, encarnando los valores que muchos daban por perdidos: toros con edad, íntegros y bravos en todos los tercios. Su nombre en el cartel bastaba para llenar cualquier plaza. Él presumía -no sin razón- de que era un humilde hombre de campo de la serranía madrileña, no era un ganadero de herencia, de ahí la guasa de los aficionados capitalinos: “el paleto de Galapagar”. Se le puede acusar de complaciente, de populista, pero lo cierto es que cuando aparecía la bravura fiera auténtica o el toro cabrón, ahí estaba él con su sonrisa de oreja a oreja que nunca olvidaremos. Era uno de los nuestros. Nunca flaqueó en la defensa de la integridad del toro, el toreo sin trampas, y no tuvo inconveniente en desafiar a las figuras negándose a tolerar que le tocaran las orejas a sus toros. Un discurso atrayente que puede parecer fácil, de cara a la galería, lo difícil es materializarlo cuando tocan los clarines y saltan los toros al ruedo, así durante cincuenta años. Soy del que lo hace, diría Joaquín Vidal, y Victorino Martín Andrés lo hizo, vaya que si lo hizo.


Gracias por todo. Descansa en paz.



lunes, 10 de abril de 2017

Sin toreros no hay victorinos

Corridas del estilo que echó Victorino necesitan toreros muy versados, conocedores de las pautas técnicas que necesitan estos animales, claras y bien definidas a lo largo de todos estos años; que si un aficionado conoce, un torero debería tener grabadas a fuego. Visto lo visto, analizando lo que pasó en la arena de Las Ventas en tarde tan propicia, uno duda si los coletas conocen de qué van estos toros, o bien, es tal la jindama que anula la capacidad de pensar en la cara. No hay otra.


Que no fue la mejor victorinada lo sabemos todos, ahora bien, que hubo toros para darles fiesta, está tan claro como el cielo que ayer disfrutamos en la plaza de toros de Madrid. No puedes presentarles la muleta a media altura ni porfiar por el pitón que vienen avisados, como hizo Gómez del Pilar con el primero por el lado derecho, en una faena, como la del quinto, amontonada, sin darle aire a los toros, tratándolos muy brusco. A cabezonería no les vas a ganar, hay que faenar por el pitón más potable y luego ya veremos lo que pasa. En esto se parecen a los miuras. 

La gente no sabe ver toros y el ojo humano es traicionero. Al quinto, Murallón, con la morfología de tantos victorinos que hemos visto en Las Ventas, lo abroncaron de salida, y es que se acababa de lidiar una mole de 631 kilos, Bosquimano, con más pinta de toro viejuno de Buendía, y a la gente se le hizo chico el bueno de Murallón, que tuvo un pitón izquierdo de dulce. Hace poco pasó algo similar en una corrida de Miura. Salió un sobrero de Valdefresno y el personal se escandalizó con aquella mole de carne comparándola con los agalgados miureños, y era lo mismo que vemos en todas las corridas del hierro salmantino.

A Fandiño deberían correrle a gorrazos en el momento que empieza las primeras tandas de faena toreando en redondo, echándose el toro detrás de la cadera. Mandamiento número uno de las santísimas tablas del paleto de Galapagar: "Las primeras tandas en línea recta". Barbacano se llamaba, el segundo, un toro con viveza, que cumplió en el peto y tuvo un buen número de embestidas con el hocico por la arena. Chocó con la inefable muleta de Fandiño, incapaz de darle una tanda con armonía, no hablemos de construir faena con un hilo argumental. Mató a paso de banderillas y dejó una estocada infame en el chaleco.

Mejor no profundizar en cómo estuvo el de Orduña con Bosquimano, que metía mucho miedo, no solo por su fachada imponente, sino porque tenía tendencia a ir con la cara alta, gazapear, quedarse corto y pensar mucho todo lo que hacía. Es probable, incluso, que pensara más y mejor que Fandiño, a merced y sin fundamento continuamente. Petardo gordo y palmas -de castigo al torero- al toro en el arrastre. 

Alberto Aguilar tiene un don, si es que a esto le podemos llamar don, de vérselas con toros de poderío marmóreo que embisten como auténticas fieras. A bote pronto, y hay muchos más, recuerdo haberle visto con Lirio, de Montealto; Aviador, de Cuadri; Camarín, de Ibán; uno de José Escolar en Ceret que quitaba el aliento, Conducido; u otro pájaro de Palha en la pasada Feria de Otoño, Yegüero. Si hay alguien que sepa lo que es sentir la fiereza y el poderío del toro de lidia en sus carnes ese es Alberto Aguilar. Ayer se echó en cara a Buscador, un toro que, como bien me decía De Diego en las cañas, se encogía y se estiraba para embestir como hacen los guepardos del Serengueti cuando se arrancan tras los antílopes. Embestía muy fuerte, largo y metía la cara; Aguilar era consciente de ello. Hubo un aviso por el derecho y Buscador lo lanzó a la arena. Era de esos toros que si le pegas tres tandas la plaza ruge y abres la puerta que da a la calle Alcalá de par en par con todas las de la ley. Se vio algún muletazo de mérito, pero también pausas entre pase y pase y muchas dudas. Quedarse en el sitio y ligarle, qué fácil es escribirlo.

Echaron al corral al otro cinqueño de la corrida, con el pelo del testuz rizado y la cabeza acarnerada se daba un aire a las cabezas de toros antiguos. Creo que en la muleta hubiera aguantado sin doblar, otra característica típica de los victorinos. Salió en su lugar uno de San Martín que también se podría haber ido de vuelta, blando y pastueño, con el que Aguilar tuvo momentos para poder gustarse. Comparado con el resto de la corrida se me hizo demasiado empalagoso y no le eché muchas cuentas.

A Victorino hay que animarle a que siga criando toros que necesiten de toreros inteligentes, valientes y conocedores de sus triquiñuelas; que pidan dominio en cada embestida y les pongan a cavilar. Seguiremos esperando a que aparezca el que pueda con ellos, no queremos victorinos tontos. 

A los toreros les dejamos el mandamiento segundo de las santísimas tablas del paleto de Galapagar: "nada de toques bruscos si no quieres amoscar al Victorino". Y como muestra de generosidad un mandamiento extra, nacido de la sabiduría de habérselas visto con decenas de ejemplares como los que vimos ayer: "Algo que hace fracasar a muchos toreros con Victorino es salir a dominar. Es un toro al que no se domina. Se le ha de engañar. Si vas a dominarlo, aprende enseguida"; Luis Francisco Esplá en el número uno de la revista El Monosabio, del Ateneo Orson Welles.

martes, 7 de junio de 2016

Cuatro grandes toros

   Afortunadamente, por mucho que algunos no lo vean o no lo quieran ver, hemos echado una feria muy positiva en cuanto al apartado ganadero se refiere. Corridas en un tono de casta muy alto como la de Alcurrucén del día 24 de mayo, la de Victorino Martín, la de Baltasar Ibán, la de Victoriano del Río, la de Montealto, o la de El Torero, ésta última suavona, pero muy buena para los matadores. Aparte, toros sueltos de buen juego a puñados. De variado estilo, para aquellos que abarquen variedad de comportamientos. 

Voy a recordar en esta entrada cuatro ejemplares que a bote pronto se me vienen a la memoria y que para mi modo de ver se podrían calificar de bravos. Cuatro colores en la heterogénea paleta de la bravura. Uno de tantos aspectos que maravillan de este espectáculo es que no hay un toro igual a otro.
Por orden cronológico:


Cubilón, de El Puerto de San Lorenzo.


A pesar de la ojeriza que le he cogido a los Lisardos de Valdefresno y El Puerto por su comportamiento bueyancón, cuando sale un animal así no queda otra que dar la enhorabuena y despedirlo en pie batiendo palmas, como fue el caso. Este toro me llegó por su casta fiera, con nervio. Tuvimos la dicha de que Román lo pusiera en suerte y más todavía de que a caballo lo ahormara Pedro Iturralde, extraordinario jinete que hace bravo a una burra. En los dos puyazos se arrancó de largo galopando, cumpliendo sin alardes bajo el peto. Lo pareó magistralmente Raúl Martí sin levantar los pies del suelo. Román se vio desbordado en todo momento y eso que faenó en el tercio; Cubilón fue muy codicioso por le pitón izquierdo y repetía con el rabo enhiesto. Al salir me preguntaba qué hubiera sido de la tarde si Ponce, que tuvo el día de querer, se las hubiera visto con este burel. A lo mejor estábamos hablando de otro hito histórico, como el día de Lironcito, quién sabe.



Camarín, de Baltasar Ibán.


Hablaba de esta gran ejemplar en la entrada anterior y lo explicaba de este modo: 

Lo de Camarín fue bravura auténtica, en puridad. La bravura que explicaba en esta entrada, definida llanamente con la frase "hasta aquí hemos llegado". La RAE sólo necesita una palabra para explicarlo, dicho de un animal: fiero o feroz. Porque Camarín, después de cinco tandas en las que Aguilar le dio distancia y se lo dejó llegar de largo, sin esconderlo, intentando gobernar las imparables acometidas del funo sin terminar de conseguirlo, como los bravos de veras, en vez de mirar con tontuna a los tendidos y huir a tablas, Camarín dijo que se acababa la historia y que no le pegaban ni uno más. A esas alturas de faena Camarín no embestía, cazaba. Aguilar se percató, cogió la espada y se lo llevó a los adentros con varios muletazos por bajo que tanto gustan en esta plaza, sin lucimiento, y se tiró de verdad, con el cuerpo tras la espada, llevándose un pitonazo en el pecho y colocando el estoque arriba, donde merecía tamaño toro. Podría haber sido una vuelta al ruedo en vez de una oreja, pero no era, ni mucho menos, para protestar al torero. El presidente no se enteró de nada, otros días sacan el pañuelo azul por cuenta propia, sólo si se cortan las dos orejas en faenas que hierve la plaza; si lo pide la afición tras una lidia intachable, no parecen capaces de verlo.

Porque Camarín acudió de largo a la pelea, fijo en el caballo. En el primer envite empujó con todo y en el siguiente lo sacaron rápido. Pedía pelea y no vimos el ansiado tercer puyazo porque no se administra el castigo, se lidia malamente. En banderillas no hizo ningún ademán de manso y persiguió a Rafael González. Todo ello con viveza, con brío de bravo, codicia y galope que era todo un deleite.



Garrochista, de Victorino Martín.


Garrochista no aparentó de salida pero fue creciendo según se desarrollaba la lidia, a cada lance más grande y más serio. No fue el más fiero ni el más exigente de la corrida de Victorino, pero sí el más bravo en conjunto. El que mejor cumplió en el caballo y con la embestida más franca de la tarde, atemperada, larga y humillada; desde el principio que se dejó torear de capa, cosa rara en esta ganadería. Una tercera vara cambiaría mucho la percepción de este toro y lo colocaría en un pedestal. Estoy seguro que la hubiera tomado de buena gana. El Cid estuvo ora aseado, ora superado por el morlaco. Muy lejos de la excelencia de tiempos pretéritos. El de la A coronada fue arrastrado con todos los honores y no era para menos.



Tabernero, de Miura.


Lo primero que hay que decir es que este toro no lo hubiéramos visto si no es por el valor y la maestría de Rafaelillo, en manos de otro coleta nadie en este momento se acordaría de Tabernero. Fue el más serio de la corrida, un Miura monumental como los que se ven en Pamplona; en Madrid, por desgracia, los echan mucho más livianos. Era todo poderío y animalidad, verlo arrancarse al galope constituía de por sí todo un espectáculo. Donde se le ofrecía pelea allí que acudía, y si no también. Porque era un Miura con todas las de la ley y si alguno se confiaba, como le sucedió a José Mora, Tabernero se arrancaba a tirar la cornada, que es el deber del toro. Pegajoso de salida, Rafaelillo se hizo notar y desde el principio dejó claro quién iba a mandar ahí, capeando a Tabernero hasta pararlo en los medios haciendo que solo viera percal. En la pelea con el caballo el Miura se estiraba al sentir la puya y parecía aún más grande, empujando con la cabeza arriba. Qué furia. Rafaelillo se percató de que cazaba moscas por el derecho y se cambió a la zurda, la mano que siempre ha funcionado en Madrid, en los mismísimos medios. Las primeras series, aunque mandonas, fueron despegadas, por si Tabernero soltaba algún hachazo. Pero al final, Rafaelillo dio el medio pecho, se asentó sobre los riñones y le sopló algunos naturales que hicieron rugir la plaza. Cundió la emoción, estuvo sublime. El miureño no quiso cuadrar, Rafaelillo pinchó varias veces, siempre señalando arriba, y dejó una estocada decorosa. Y para los restos una nueva lección del que se ha convertido en icono de la afición con toros de toda sangre y condición. Hace tiempo que le sobra el diminutivo y por todos debería ser conocido como Rafael Rubio, El Grande.

viernes, 15 de abril de 2016

Indulto en Sevilla de Cobradiezmos, de Victorino Martín






 Ahora que han pasado los días y las emociones están de resaca, hagamos unas cuantas consideraciones en frío. Cobradiezmos, de Victorino Martín, al que han mandado de regreso al campo en esta Feria de Abril 2016 es el tercer indulto contemporáneo en la Plaza de Sevilla, en la década de los sesenta hubo un novillo de Albaserrada y hace pocos años fue un toro de Núñez del Cuvillo, Arrojado, que produce sonrojo solo de pensarlo. Mucho antes se le perdonó la vida a otros morlacos, en tiempo heroico de picadores de acero, hilo de oro y batacazos de muy señor mío. 

  Cobradiezmos, como los frailes de Andalucía que a base de tributos en forma de ganado vacuno profesionalizaron la cría del toro bravo y crearon algunas de las castas fundacionales, es un toro guapo, como no podía ser de otra forma y como prácticamente todos los toros que resultan máquinas de embestir, que al final solo vemos guapura. He de decir que aun viéndolo bajo el prisma de la pantalla, con la esterelización que produce, no puede uno evitar el embargo de la emoción que produce esta fiesta simpar. Cobradiezmos fue un señor toro que no dejó de embestir codicioso, planeando y surcando el albero con el hocico; desde el principio fija la atención del espectador merced a esa extraordinaria forma de acometer en la muleta de Manuel Escribano. A comienzos de faena lo hace incluso galopando, cosa rara en este encaste, como galopando acude a los dos puyazos que recibió. Bajo el peto hace una pelea discreta, empujando de lado, con el pitón izquierdo; en el segundo encuentro se apresuran y lo sacan rápido. Se dice que los puyazos traseros no favorecen a que los toros humillen, no fue el caso de Cobradiezmos, castigado trasero tuvo en la humillación una de sus cualidades más destacables. Para concretar diríamos que el toro, aunque tardeando, acude alegre y decidido al caballo, donde pelea sin grandes alardes, y sale del trance embistiendo a todo lo que se le ofrece, sin hacer el mínimo gesto de desprecio o de huida. Falta ese tercer y sacrosanto puyazo, definitorio y meridiano de bravura, aunque viendo que el animal no parecía muy sobrado de remos -hay varias perdidas de manos- ni atesora el poder y la fiereza que tanto miedo produce a los de abajo, parece lógico que no lo pusieran nuevamente en suerte. En banderillas acude presto y galopa, parece que siente los palos en el segundo par, pero es mínimo y, como los puyazos, también caen traseros.  

  Para poder sacar conclusiones y mojarme sobre el indulto he contado la lidia de Cobradiezmos desde mi punto de vista. Y siendo consecuente con mi forma de ver esto, para aprobar el indulto, al toro le falta un punto más de fuerza, o poder como decían los antiguos, y una pelea en varas más brava, más demoledora. De este modo se hubiera puesto contrapunto a la nobleza que exhibió en la muleta que, para gusto de un servidor, tiene una cucharada de azúcar de más. Y no es desprecio a esa cualidad inefable que hace posible el toreo, hogaño tan estigmatizada, como es la nobleza. El toro se revuelve rápido, sobre los cuartos traseros, como es tradicional en este encaste, su condición de bravura noble le hace embestir hasta el fin del mundo. Lo que pasó en Sevilla no es otra cosa que el reflejo de una visión de tauromaquia que imponen, donde la faena de muleta es lo único que cuenta y el resto se ignora o, en el peor de los casos, se menosprecia.

  Cada aficionado tiene una opinión sobre el concepto de máxima bravura, y la mía es la de "hasta aquí hemos llegado". El toro bravo se entrega con franqueza cuando encuentra un torero con suficiente poder como para domeñarlo, pero también es fuerte, listo, fiero, y tiene que llegar un momento, con el paso de la faena, en el que se va enterando, se avisa, y vuelven las complicaciones. Ese "hasta aquí hemos llegado" que comento. La bravura infinita, de muletazos sin fin, no la concibo, porque el toro bravo es noble, pero no es tonto.

  Debería haber empezado diciendo que no soy partidario de ningún indulto, en otras ocasiones lo he comentado aquí. Uno de los momentos más emocionantes y solemnes de la lidia, génesis y razón de ser de la tauromaquia, es la estocada final y la muerte del toro bravo entre la admiración del público. El indulto nos priva de ello. Los toros han de morir en la plaza frente a un hombre que expone su integridad y su mayor valía, la vida, y solo haría la excepción con animales de sangres en peligro de desaparecer que no tienen dónde refrescar, como bien me hizo comprender David Delajota. En plazas de segunda y tercera que sigan con el indulto si quieren, tampoco vamos a privar al público de la fiesta pandereta en plazas de pandereta, donde el toro, la lidia, el tercio de varas y la más mínima rigurosidad brillan por su ausencia.




miércoles, 7 de octubre de 2015

Señorío

Último paseíllo en Madrid como único espada. 1966
   
   En 1971, volvió a los ruedos y cuajó una tarde histórica en la alternativa de José Luis Galloso, en El Puerto de Santa María. El crítico Navalón había hecho comentarios desfavorables a su vuelta. Se anunció en Las Ventas con una corrida de Victorino Martín, le cortó las dos orejas a un toro y, cuando pasó delante de él, en la vuelta al ruedo, se las dejó en la barrera. Así hablan las figuras del toreo. (Andrés Luque Gago, Recuerdos de un torero)


Enlazo un interesante ensayo publicado en Taurología por Carmen de la Mata Arcos: Antonio Bienvenida, clasicismo y pureza en el arte del toreo.

martes, 1 de septiembre de 2015

Rafaelillo en Bilbao




 Después de una semana de toros bonitos, pastueños y nobles hasta la extenuación, fingiendo el tercio de varas con rutina funcionarial, llegó Victorino Martín a Bilbao y con él la emoción del toro de lidia. Se abrió el toril para el primero, Sobornado nº 44, un tío que atenazaba el cuerpo solo con la mirada. El picador, después de una semana de teatrillo, cargó el peso sobre el palo y puso al rojo el morrillo de Sobornado, que a pesar de ello fue creciendo en pujanza según transcurría la lidia, como hacen los toros auténticos, pidiendo un torero que gobernara todo ese caudal de casta. Apareció en escena el gran Rafaelillo, que resoplaba entre tanda y tanda de las que unas veces salía vencedor y otras vencido. Una faena de poder a poder. En esos instantes de victoria, con la plaza del Bocho enardecida, jaleando con olés propios de aficiones más meridionales, Rafaelillo dejó algunos naturales categóricos, en los que el hombre, con inteligencia, valor y torería, impuso su ley ante la fiera. Pinchó arriba y seguidamente dejó una estocada hasta la gamuza de la que Sobornado salía muerto de necesidad. No le concedieron trofeos, no le han dado portadas, pero quizá dentro de diez años, hablando con los aficionados en una tasca, alguno recuerde a los demás los naturales que dejó Rafaelillo una tarde en Bilbao, con un toro de Victorino. 

Fotografías de Ninja Elisa 

martes, 30 de junio de 2015

Mojonero, de Victorino Martín



Cuatreño, nº 79, 546 kilos. En el tipo de la casa, cabeza de hacha, avacado.
 Fue lidiado en el tercio postrer con solo tres palos en lo alto. Salidas en falso, cuarteos a una mano, pasadas de Judas, atragantones varios, pares a la atmósfera... Alcalareño y David Saugar "Pirri", curtidos en mil batallas, fueron incapaces de llegar a la cara de Mojonero y dejar los rehiletes que marca el Reglamento. El usía no tuvo más remedio que cambiar el tercio y tocar a matar.

sábado, 6 de junio de 2015

Seis victorinos para El Cid, ni el uno ni el otro

  Albergamos esperanzas viendo la disposición de Manuel Jesús, El Cid, con el primer burel de la tarde, animal mediano, tanto de presencia como de juego, al que le sopló dos naturales profundos y mandones que nos recordaron la mejor versión del torero de Salteras, la del otrora Capitán General de Madrid. Sin embargo al coger su particular Tizona, que desgraciadamente siempre destacó por roma y fallida en los momentos más decisivos, le asestó al cárdeno un metesaca en los bajos mortífero de necesidad. Murrieto caía víctima de tan indecoroso espadazo igual que lo hacía la tarde, pues ya no volveríamos a ver nada comparable con aquellos naturales en los que El Cid aguantó, mandó y templó. Era el primer capítulo de la corrida.

  Después del ejemplar comentado vino un cárdeno claro con pinta de novillo que se ceñía por ambos pitones e iba con la cara alta, pegajoso. Seguidamente uno de buen trapío, humillador, soso y con poca vida. El cuarto, avacado, se orientó a raíz de una lidia fatídica en la que Alcalareño y David Saugar, Pirri, fueron incapaces de dejar cuatro palos en la cerviz del toro. El quinto, un pavo y todo un regalito de aviesas intenciones, duro, ágil y seco. Y como guinda de tan amargo pastel, otro torazo, Mentorillo, muy vivo en los primeros tercios, en la pañosa va midiendo con la cara alta, ofreciendo apenas media arrancada.

   Con semejante encierro lo más que se puede hacer es estar por encima del modo más decoroso posible, ni eso. Ni Victorino, ni El Cid. No nos molesta el toro avieso de Victorino que pide los papeles, pero sí escama que no haya sido capaz de echar alguno de los que va haciendo surcos en la arena, el que planea, además que ahora la clásica alimaña resulta más rodillera que tobillera, preocupante. El Cid hace tiempo que dejo de ser Campeador, es evidente. Sin llegar a la derrota clara y meridiana, ha estado amontonado, espeso. Acosando en exceso a los toros, ahogándolos constantemente. Alguno dirá que podría haber hecho más con el tercero o que hay otra lidia con los toros orientados, además de las gestos para coger rápido la espada. Seguramente, aunque dudo que tal y como estaba el ánimo de la parroquia se hubiera aceptado de buena gana. Como nota positiva señalar que aguantó bien los embates de salida, pues más de un cárdeno salió incierto y con muchos pies.

Corretón, el más serio del encierro, lidiado en 5º lugar

  Gran parte de responsabilidad del juego de los bichos es imputable a las lidias administradas y los puyazos infames que han colocado los del castoreño, con la honorable excepción de Francisco María con el tercero y Tito Sandoval con el que cerró plaza, toreando, citando con los pechos del jaco, tirando el palo, le ha dado toda una lección a sus compañeros. El público de toros tiende a soliviantarse por lo trivial y pasar por alto lo que de verdad importa. Y es que los picadores deberían haber sido abroncados severamente por tan viles lanzadas y se han ido de rositas. Fíjense si ha sido gravoso que el primero llevaba un puyazo ¡en los ijares!

  A las 20:48 de la tarde caía el último toro. Manuel Jesús, El Cid, necesitó de un metesaca; media estocada en el rincón; un pinchazo y una estocada caída; una estocada pasada y dos descabellos; una corta desprendida y tres descabellos; una corta trasera y un descabello; para despachar la corrida de Victorino Martín con la que todos, por muy incrédulos que fueran, habían soñado con su mano izquierda. La que pudo ser y no fue. Gracias, torero.


sábado, 19 de julio de 2014

Céret de Toros 2014. Victorino Martín vs. José Escolar (y V)

Tres toros de Victorino Martín y tres toros de José Escolar para Fernando Robleño, Paulita y Alberto Aguilar.


   El último festejo de la Feria de Céret 2014 nos ofrecía el esperado desafío entre dos hierros abanderados del toro-toro, dos ganaderos con marcada personalidad y acreditadas vacadas que a priori, en una plaza de personalidad torista como pocas, no se iban a dejar ganar la partida. Al final, damos como ganador a don José Escolar, el tío Pichorronco. Porque Victorino hijo, si no llega a ser por la buena embestida y la gran condición muletera del sexto y último de la tarde, hubiera salido muy mal parado, y esto no es suficiente en una plaza en la que el tercio de varas cobra vital importancia. 
  Veamos el juego de los toros uno por uno.

Desafío ganadero. Dibujo incluido en el programa de la ADAC

  Fernando Robleño fue el único de los espadas que echó por delante el toro de Victorino, José Escolar es una ganadería talismán que entiende a las mil maravillas, por ello procedió de este modo; y acertó, porque al cuarto le acabaría cortando una oreja. El Victorino con el que comenzó el festejo se apodaba Cominito, un toro negro entrepelado, en tipo, sin ninguna exageración en el tamaño ni en la envergadura de los pitones. Cuatro puyazos en total, saliendo muy suelto en los dos primeros, después parece que se calienta acudiendo pronto y sin salir tan aquerenciado. La cuadrilla pasó apuros porque Cominito esperaba una barbaridad. En la muleta el toro acude como desentendido, con poco celo, pero humillando, y Robleño le instrumenta una faena simplona en la que nunca toreó con confianza, como se vio en el detalle de echarle la izquierda y cambiar rápido de mano, en vez de no parar hasta dominarlo al natural como ha hecho tantas veces en esta plaza. Lo mata de un pinchazo, al parecer en una banderilla, y una estocada desprendida. Aplausos para el toro, silencio para Robleño.

Cominito, de Victorino Martín. eltorodelajota.com


  Turno para José Escolar y Paulita. Cedido era el toro, ejemplar voluminoso y bien colocado de pitones. Brutote de salida, iba a cabezazos. Paulita lo lidió fenomenal, nunca le tocó las telas y lo puso en suerte de menos a más con una proporcionalidad milimétrica. Acudió con un galope precioso y vibrante las tres veces que Paulita lo colocó, empujando con buen estilo, hasta que en el tercer encuentro se acordó de lo que iba a suceder y en el momento de llegar a la jurisdicción de José Manuel García, pegó un salto embistiendo al cuello del caballo, proporcionando el primer y único batacazo del ciclo. En banderillas Carretero anduvo desafortunado y cuando tocaron a matar, Cedido llegó poco voluntarioso, soso y blandeando. Poco lucimiento podía obtener Paulita que lo pasaporta de un pinchazo con achuchón librándose de una cornada segura y una gran estocada de efecto fulminante. El toro fue aplaudido, igual que en el resto de plazas se olvidan del caballo y aplauden solo por lo que se ve en la muleta, en Céret se aplauden los toros que dan espectáculo en el caballo aunque no mantengan el tono en el tercio de muerte.

Cedido, como si de un toro navarro se tratara, acude al cite de José Manuel García pegando un brinco. Acabaría en derribo y Cedido embistiendo al caballo. eltorodelajota.com


  El tercero de la tarde fue un toro de armas tomar, con el hierro de José Escolar. Conducido, cárdeno, fino de cabos, veleto y apretado de defensas, con una mirada que daba auténtico pavor y hablo por mi sensación desde el tendido. En la arena debía de transmitir lo mismo porque Alberto Aguilar no lo quiso ver en ningún momento, el bicho salió midiendo en el capote y desde ahí inhibición total y absoluta. En el caballo, mientras arreciaba una buena bronca, con Alberto Aguilar haciéndose el longui y Rafael González metiéndolo debajo del peto, le pegaron tres señores puyazos, seis en total si contamos las veces que Juan Carlos Sánchez Moran sacaba el hierro y lo volvía a clavar. Una auténtica escabechina. Menos mal que andaron rápidos en banderillas, porque al llegar a la muleta se vio que Conducido era un toro seco y ágil como hacía tiempo que no se veía. Arremetía con la cabeza por arriba con verdadera violencia, Aguilar lo pasó de muleta brevemente, sin intentar lidiarlo y quedar por encima del toro, y se fue a por la espada de matar. Dos pinchazos y una media arriba entre la bronca de los aficionados pasaportaron a Conducido, arrastrado con división de opiniones.

Conducido, el toro de la discordia. plazadetoros.bloog.it


  El cuarto, para Fernando Robleño, un toro de Escolar fino de cabos, cabeza chica, muy degollado y cornalón; de nombre Cantador. Cumplió bien en las tres varas que tomó, le dieron bien de cera, pero la cuadrilla y el matador no estuvieron por la labor de enseñar el toro y hacer bien las cosas, parace ser que barruntaban algún regalito como el anterior a tenor de las hechuras que tenía y la forma tan viva de moverse. Era de esos toros de Escolar que aun estando toda la tarde pegándole puyazos no doblaría una pezuña jamás. Cantador sembró el miedo en el tercio de palitroques, a los peones les costó un mundo llegar a la cara. La faena de muleta, con la que muchos aficionados se manifestaron en contra, a mi sí me gustó. Es verdad que Robleño no paró quieto y fue un trasteo muy movido, pero el toro era un pájaro, humillaba con el viaje muy corto, sabiendo en todo momento dónde estaba el matador. Fue una faena en redondo pero a la antigua, como la lámina que tenía Cantador. Al final sacó un par de tandas dominadoras, lo macheteó y le pegó una estocada en la yema entrando con rectitud, una de las mejores del ciclo, sino la mejor. Aun con esas Cantador necesitó un golpe de verduguillo. A mi me vale; este toro a muchos matadores les hubiera quitado el sitio.

Este es Cantador, de José Escolar Gil. Foto plazadetoros.bloog.it


  Último cartucho para Paulita con un ejemplar playero de Victorino Martín, Muchopan. No valió nada, y eso que gracias a la buena lidia de Paulita y José Antonio Carretero vimos que aun tardeando, cuando arrancaba tenía un buen trote e iba alegre a la cabalgadura de Juan Manuel Sangüesa; qué bien toreó. El burel era muy pegajoso en los primeros tercios, quién iba a decir que quedaría tan dormido al final, como un buey, y que incluso se acabaría echando. Imposible para Paulita, se lo quitó de en medio con una media estocada caída que lo tumbó rápidamente.

  Victorino Martín y Alberto Aguilar salvaron los muebles con Esotérico. Aguilar por el cabreo que tenían con él los aficionados tras la lidia del tercero, y Victorino porque estaba siendo vapuleado por el tío Pichorronco. Un señor toro Esotérico, grande, con trapío para cualquier plaza. Manso en las tres varas que cogió a regañadientes, buscando excusas y tardeando una barbaridad. Tras una buena lidia de Raúl Ruiz-Bonilla, en la muleta se comporta embistiendo con franqueza, muy obediente a los toques. Aguilar pudo redimirse con la afición y torear a placer, dejando patente la dimensión y madurez que ha alcanzado. Faena llena de torería, da gusto ver a este torero. Lo manda para el otro barrio de una gran estocada, oreja. ¡Y Victorino salvado por la campana!

Aguilar pasándose por la bragueta a Esotéricoplazadetoros.bloog.it


  Los picadores de la cuadrilla de Paulita se llevaron los premios ex aequo, José Manuel García y Juan Manuel Sangüesa. Los piqueros que mejor hicieron la suerte en todos estos días de toros que pasamos en Céret, dominando los jacos, dando los pechos en el cite y dosificando el castigo. Enhorabuena.

  Como queda dicho y ya habrás deducido, querido lector, Escolar ganó el desafío, sencillamente porque fueron más bravos en el caballo, tuvieron más poder y vendieron más cara su vida. Toros-toros, que para eso viajamos hasta Francia.

  Hasta el año que viene Céret, Dios mediante. Fue un placer, como siempre.

jueves, 3 de abril de 2014

El veto de Victorino

Fotografía Antón Goiri

XL. ¿Nunca se han negado a que sus toros estén en un determinado cartel?
Victorino Martín García. Hay un solo antecedente: en 2003, mi padre se negó a que una figura que quería torear sus toros en Madrid lo hiciera, y la figura no los mató. El empresario decía: «Esto no lo he visto en mi vida».
 
XL. ¿Se está refiriendo al Juli?
V.M.G. Sí, le hizo una pajarraca en Ávila y mi padre dijo: «Este ya no me mata una corrida más».
 
XL. ¿Qué es una pajarraca?
V.M.G. Actuó de una forma muy poco correcta en Ávila y mi padre se molestó y se plantó.
 
XL. ¿Y qué quiere decir con «poco correcta»?
V.M.G. No trató bien a los toros en el ruedo. Digamos que acabó con el toro antes de la cuenta y mi padre le puso cruz y raya.
 
Victorino, que para entrar en calor se ha acercado a la chimenea, escucha a su hijo hablar del Juli y se arranca:
Victorino Martín. Es que era...
V.M.G. ¡Cuidado que luego se publica todo! [le interrumpe el hijo a su padre]. Hay que ser diplomáticos...
V.M. Ni diplomáticos ni gaitas [insiste el ganadero]. A mí me van a hablar ahora de diplomacias a estas alturas. ¡Y que publique lo que quiera! Son unos golfos. A mi edad ya puedo decir lo que me dé la gana [enfadado], que tengo más premios que años.
 
***
 
Un nuevo episodio del viejo conflicto Victorino Martín-Juli en la entrevista que los ganaderos han concedido para el Grupo Vocento. El mejor ganadero de la segunda mitad del siglo XX, con su brevísima intervención, hace gala de ello y de la rígida personalidad que siempre le ha caracterizado. Victorino Martín Andrés es un ganadero romántico y acreditado que cría sus bravos ejemplares con mucho esmero y, más de diez años después no da un paso atrás y no perdona que nadie, se llame como se llame, eche a perder sus toros de manera caprichosa, usando los peores trucos y artimañas que el arte de la lidia ofrece -tan viejos como la propia tauromaquia-. Julián López, como si de un torero decrépito se tratara, eligio un mal día y la divisa equivocada para tapar al toro. Otro obscuro capítulo en la carrera del torero de San Blas, al que veremos actuar en San Isidro en apenas un mes. No torea en Sevilla y, casualidades de la vida, esta temporada si ha habido entendimiento con la empresa de Madrid. Ojalá no tenga tan mala suerte como en Valencia y no le salga un toro bravo. Te esperamos Julián.