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sábado, 16 de mayo de 2020

Centenario de la muerte de Gallito



Iré ampliando y editando esta entrada con el numeroso material que se viene publicando estos días. ¡Viva Joselito el Gallo!

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Porque no había toro que pudiera contigo ni existía ninguno ilidiable; porque hacías fácil lo difícil; porque dominabas todos los toros y todas las suertes; porque no hay vergüenza torera como la tuya; porque nunca se había toreado así hasta que tú llegaste; porque nadie ha puesto tanto riesgo en las suertes con la torería que tú lo hiciste; porque no habrá quien te iguale; porque eres y serás el Rey de los Toreros.

Dominguillos

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Boletín monográfico sobre Joselito publicado por la Asociación El Toro de Madrid



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Homenaje en los restos de la fachada de la Monumental de Sevilla.


16 de mayo de 2020


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Crónica de Gregorio Corrochano para ABC, testigo presencial de la fatal cogida


       Todo lo que ocurre me parece una pesadilla. Lo he visto y no lo creo. Me cuesta un esfuerzo horrible escribir: a Joselito le ha matado un toro. Pero es así, así ha ocurrido: a Joselito le ha matado un toro en Talavera de la Reina. Estoy bajo la terrible impresión de la tragedia. No quisiera ser el cronista a quien la fatalidad le reservó esta narración. Estoy entristecido y, sin embargo, tengo que escribir. Escribiré; sería mi sino: como el del pobre Joselito sería venir a morir aquí.
 
Lo que más me preocupa, lo que me obsesiona, es lo que hay de fatalidad en todo esto. Joselito, desde que supo que se organizaba una corrida en Talavera, no pensó nada más que en torearla. La Empresa no quiso traerle, porque esta plaza, de poca cabida, no admite presupuestos caros. Un íntimo amigo suyo tomó el negocio a base de Joselito, y quedó Joselito contratado en Talavera. Entonces surgieron más dificultades. La Empresa de Madrid le reclamaba para ese día, llegó a intervenir la Dirección de Seguridad, y anunció que no dejaría a Joselito salir de Madrid. Este se obstinó en venir; ofreció nuevas fechas, buscó combinaciones, dio toda clase de facilidades para el nuevo abono, a cambio del favor de que le dejaran venir a Talavera. Y vino, y murió casi en el ruedo, pues entró en la enfermería con un colapso, del que no volvió.

Le ha matado el toro quinto; se llamaba Bailador, era negro, tenía cinco años, era muy chico, era corto de pitones y pesaba sólo 260 kilos; pertenecía a la ganadería de la Viuda de Ortega, una cruza de Veragua y Santa Coloma.

La corrida se deslizaba alegre y animosa. Había un lleno imponente. Se le recibió a Gallito como reciben estos pueblos, con entusiasmo y gratitud; como se recibe al artista que hace el favor de ofrendarles su arte: dándose perfecta cuenta de su papel de favorecidos. Gallito brindó animoso, y aún recuerdo el brindis, que fue una evocación: «Brindo por el presidente, por su distinguido acompañamiento y por el pueblo de Talavera, adonde tenía muchas ganas de torear, porque esta plaza la inauguró mi padre, por cuya memoria brindo también».


CÓMO OCURRIÓ LA COGIDA

Salió el quinto toro, tan certero como suelen ser todos los toros cornicortos, y sin recargar, sin llegar apenas a los caballos, pues fue el menos bravo, mató tantos como varas tomó. Joselito me indicó con el gesto que el toro no le gustaba, yo le contesté que a mí tampoco me agradaba... Uno de tantos comentarios mudos como Joselito y yo hacíamos en las corridas. Más tarde le indiqué que el toro era burriciego, él me dijo que el toro había perdido la vista en los caballos. Y salió a matar. El toro se defendía y estaba bronco. José medio lo dominó con la muleta y el toro se fue a las tablas, cerca de mi barrera del 1. Oí perfectamente que le dijo al Cuco dos veces: «Quítate, Enrique, que está el toro contigo y por eso no toma la muleta». El Cuco se cambió de lugar. Joselito lo sacaba con pases de tirón, muy trabajosamente, pues el toro apenas le embestía. José, que estaba muy cerca, dándole con la muleta en la cara, se retiró, y entonces el toro, acaso porque le viera mejor por el defecto de la vista ya apuntado, se le arrancó fuerte y pronto, inesperadamente, en un momento en el que el torero no hacía nada, sino que se disponía a hacer. A José, a quién indudablemente, había sorprendido el toro, no le dio tiempo de nada, ni de darle salida ni de quitarse de allí, a pesar de sus facultades. No hizo más que adelantarse la muleta para taparle y parar el golpe. El toro le cogió de lleno, le enganchó por el muslo derecho, y en el aire le dio una cornada seca y certera en el bajo vientre, como las que había dado a los caballos. Cayó José mortalmente herido, se contrajo, y el toro le derrotó en el suelo pero no lo recogió.
 
Cuando le incorporaron me miró con cara de angustia, y me señaló con la mano la ingle, al mismo tiempo que se recogía los intestinos, que le asomaban. Al Cuco, que le llevaba a la enfermería, le dijo: «A Mascarell, que avisen a Mascarell». Y ya no hablo más, le dio el colapso.
 
Sus íntimos amigos Leandro Villar y Darío López salieron, sin perder un minuto, para Madrid en busca de los doctores Mascarell y Goyanes. Todo inútil. Apenas recorrerían unos minutos, ya su pobre amigo no tendría necesidad de la ciencia que iban a buscar. A Sánchez Mejías le ocultaron la gravedad, y lidió el sexto toro, vengativo, descompuesto, haciendo tantas y temerarias cosas, que ya temíamos por el segundo percance.
 
Mientras tanto, en la enfermería, los médicos Sanguino, Ortega, Muñoz, Luque, Pajares, y no sé si alguno más, cuidaban de reaccionarle con suero, cafeína, alcanfor...; nada, todo inútil porque el pobre torero no reaccionaba. Sólo hubo un momento de esperanza, en que movió los brazos, para caer nuevamente en el sopor, y cuando su cuñado, Sánchez Mejías, muerto el último toro, entraba corriendo en la enfermería ya alarmado por el rumor de la plaza y el ir y venir de la gente por el callejón, expiraba Joselito, de schot traumático.

Yo le he visto muerto, le he visto y no lo creo. He visto como le quitaban del cuello un retrato de su madre y una medalla de la Virgen de la Esperanza, deformada por un toro en San Sebastián. Me parecía dormido. No puedo creer que esté muerto quien unos minutos antes era la alegría de esta plaza y el sueño de todos las Empresas. Me parece mentira que haya muerto quién llegó hace unas horas conmigo, y al montar en la estación en un coche, como esos que van en Madrid con bodas a la Bombilla, empezó a cantar alegremente y fue hasta el hotel gritando como un chico: «Viva la novia». Me parece mentira, pero es la realidad, la trágica realidad: a Joselito le ha matado un toro y yo tengo que contarlo, que es otra dolorosa realidad. Porque lo terrible no es que a un torero le mate un toro, sino la manera, la forma, las circunstancias de este caso concreto. Con Joselito no ha muerto solamente un torero, sino la figura representativa del toreo, y quién sabe si la Fiesta misma.


Gregorio Corrochano


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Plaza de toros de Talavera de la Reina en la actualidad


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Artículo de Ángel Antonio Sánchez-Carrillejo para el Ateneo Orson Welles


El mismo cielo que a las seis y veinte de la tarde va a desplomarse amanece cerrado como una flor nocturna sobre Madrid y Petra, la misma Petra a la que tendrán que sujetar mañana para que no se desplome también al ver entrar por la puerta el cadáver de Joselito, ahora lo nota ausente tras dejarle una segunda infusión sobre la mesilla, y antes de retirarse, en un impulso, se gira y le dice: “no vaya, señorito”. ¿Habrá escuchado Joselito? Desvelado hace rato, dándole vueltas a la tarde anterior, a ese “ojalá te mate un toro en Talavera” que le había gritado uno del diez y eso sí lo había oído, porque todos los toreros escuchan lo que les vocean desde los tendidos pero a Gallito el amor propio le impide además olvidarlo enseguida. Se dice a sí mismo que si hubieran salido las sardinas de Albaserrada no se habrían caído tanto pero el público hubiera estado lo mismo, porque lo único que pasa es que se han cansado de Juan y él. Pero tanto da si ha escuchado a Petra o si anda todavía haciéndose cruces con lo que le gritaron la tarde anterior porque una voluntad superior no cede a la superstición. “No vaya” repite Petra, todavía sin acabar de irse, y ésta vez sí lo ha escuchado porque responde sin mirarla: “no tengo más remedio”. Los augurios son para los que ignoran que la muerte siempre es un burriciego que no falla, y Gallito esto ya lo tenía aprendido, cuando con veinte años explicaba a la prensa la grave cornada sufrida por su hermano en Algeciras, resumiendo que un toro ciego le había cogido “como le podía haber cogido un tranvía”. Desde la barrera había visto cómo el tranvía de la muerte pasaba al lado de Rafael aquella tarde pero El Divino Calvo, siempre haciéndose esperar, había preferido no subir. Pero lo que vale para Rafael no vale para José, porque él no acostumbra a hacerse esperar y además es de los que creen que nada hay más lejos de la muerte que el deseo y es su deseo torear por la tarde en Talavera.


Continúa aquí


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José Ramón Márquez en Salmonetes ya no nos quedan

II

Joselito Maravilla viene a Talavera tras sufrir la dureza de Madrid del día anterior. La insobornable dureza de la Plaza contra la sospecha del abuso, del acomodamiento, de la facilidad, del engaño. La actitud avizor y la exigencia suma de esta Plaza con el que todo lo tiene:

-Un día me voy a sentar en un pitón, dice Gallito.


III

José va a Talavera para congraciarse con el crítico don Gregorio Corrochano que le había retirado su apoyo. La corrida la organizan los primos del crítico, Venancio y David Ortega Corrochano. El ganado es de la señora viuda de Ortega, doña Josefa Corrochano, tía del crítico. Al fondo, el pleito con los Maestrantes sevillanos. Parece algo de hoy en día.



Texto completo aquí


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JOSELITO EN 1920

 

Rafael Cabrera BonetPresidente de UBTE y director del Aula de Tauromaquia de la Universidad CEU San Pablo

 

       Cúmplanse este año los 100 redondos que marcan el centenario de la tragedia de Talavera. Inopinadamente, esa tarde desaparecía de los ruedos, de la vida, el más grande de los toreros de la historia, José Gómez Ortega, Joselito. El asombro y la estupefacción recorrieron España, primero, y luego el orbe taurómaco por completo. El héroe de tantas tardes, el diestro más alabado, ensalzado, temido u odiado por algunos, caía en la toledana plaza víctima de un toro. 

De un toro, además, de ganadería secundaria, de un Bailaor, de la Sra. viuda de Ortega, del que nadie hubiese previsto mayor complicación. Mezcla de sangres, al intento de unir el comportamiento espectacular en el primer tercio de las reses del duque de Veragua con la bravura duradera de las del conde de Santa Coloma. Bailaor y Ortega, dos palabras que marcaron la vida y la muerte de José: su madre Gabriela Ortega, bailaora, fallecida apenas un año y cuatro meses atrás, y este toro camino de unas prometedoras patas blancas. Sin duda fue el sino... 

1920 no fue sólo el año trágico, aunque es cierto que hubo cierto desencanto, cierto hastío y alguna pesadumbre. 1920 fue una temporada brillante para José, con triunfos por doquier salvo, quizá, menores en Madrid y Sevilla donde sus resultados no fueron como deseara. Gallito chico se veía constantemente apremiado, casi perseguido y acosado, por su propia fama, por la gloria de sus propias hazañas, porque los públicos, siempre inmisericordes, pretendían que cada tarde estuviera mejor, más completo, inconmensurable ante cualquier toro y en cualquier situación. Lo que para otros diestros hubiera sido de aplauso, en él se censuraba a veces porque querían ver más, y algunos, ciegos por la pasión belmontista, le negaban aun el pan y la sal.

A todos los grandes toreros, de casi cualquier época, les ha pasado otro tanto. Los aficionados de más edad aun recordaban lo que se reclamaba a Lagartijo y Frascuelo, lo que echó de los ruedos a Guerrita, los recientes desencantos de Ricardo Torres Bombita. 

Pero, con ello y todo, hubo muchísimas más alegrías que pesares. La de 1920 fue una temporada de sonados triunfos y recompensas, que comenzó, atípicamente, en tierras americanas, en Perú, en cuya plaza limeña de Acho actuó en el tránsito entre 1919 y el fatídico 20. Fueron hasta once los festejos de aquella temporada invernal, y de ellos seis desde enero, logrando triunfos notables y reconocimiento general a su labor. Volvería a España a continuación para comenzar la temporada nacional en Sevilla, el domingo de Resurrección. ¡Vaya cartel el de aquella tarde! José, Juan, el valiente Sánchez Mejías y el incomparable Chicuelo. Solamente el ganado desdijo de aquella ocasión, preparada para mayor gloria del arte del toreo. Y luego diecinueve corridas más; veinte festejos en total para redondear con la fecha en un arcano trágico. Sólo los aceros le distrajeron de un recorrido glorioso. Los cortes de oreja abundaron también este año: en Madrid una oreja en la Corrida de Beneficencia el 5 de abril; en Sevilla otra el 28 del mismo mes; en Barcelona dos orejas en la corrida del 6 de mayo en la Monumental; eso sólo en plazas de primera categoría; hubo vueltas al ruedo en muchas de estas apariciones en cosos de importancia, como las cuatro de Sevilla, o aquella de Madrid del 5 de mayo. En Murcia cortaría dos rabos, otro y cuatro orejas en Játiva, trofeos obtiene asimismo en Jerez, en Andújar, o en Écija. Su temporada se va desarrollando –con el paréntesis madrileño- entre muchas actuaciones memorables y alguna tarde de menor relieve. 

Y lo verdaderamente trascendente para la historia taurina, su toreo ya manifiesta la inequívoca transformación, puesta en marcha en campañas anteriores, hacia la posteridad. Cuando comenzó su carrera, sus modos y formas se adecuaban al toreo preliminar, si bien a unos niveles que, en conjunto, nadie había alcanzado en la historia del arte de Montes. Su toreo evoluciona en consonancia con los nuevos tiempos, sin perder la gracia, la elegancia, los adornos o la variedad de sus primeros años. El público exige ya una mayor quietud, más exposición del diestro, más colocación y más dominio sobre la fiera. Y busca, además, mayor belleza estética en todo cuanto se hace, más reposo, más temple y ligazón. En apenas una década se han transformado las apetencias del respetable a la luz del toreo épico de José y Juan. Algo que apenas diez años antes no se podría haber solicitado, ni aun intuido. 

José ha sido capaz de transformarlo y de transformarse, ya no sólo se cuentan los pases ceñidos o los lances capoteros ligados; se pondera, además, la exquisitez con que se realizan, la belleza y la estética en la figura del lidiador y en el vuelo de los engaños. Y con el toro de entonces, nada que ver con las pastueñas y boyantes reses de hogaño. 

Su toreo de capote se suaviza, se prolonga sobre sí mismo, se curva para recoger la embestida y ligarla de inmediato, ya no despide los toros con el mismo alzamiento de brazos que realizara en sus años iniciales, a lo más se rematan los lances a la altura del hombro, porque es preciso ligarlos. En las crónicas aparecen con frecuencia cinco o seis verónicas, dos de ellas superiores, excelsas, bellísimas, como puede suceder hoy en día. La variedad en quites y lances es prodigiosa, nadie como él domina tantas suertes, y aun los galleos, capote sobre los hombros, o el bú, son lances que pueden contemplarse bellamente ejecutados por Gallito chico. El propio Antonio Fuentes, el de la elegancia innata, diría de él que “Había perfeccionado la suerte [a la verónica] hasta marcar los tiempos de manera matemática y de un temple y suavidad exquisitos”. 

Prodigioso también en banderillas, aunque los más entendidos echaran en falta algunas de las gallardías de Fuentes, la maestría del Guerra o la elegancia y dominio del gran Lagartijo. Solamente le faltaba practicar más los pares de poder a poder, dando todas las ventajas al toro, aunque la reunión con el toro y la colocación, según el propio Fuentes, eran inigualables.

Pero donde su importancia cobra auténtica trascendencia es en la transformación del toreo de muleta. Antes los pases se contaban por unidades: Fulano dio quince pases entre naturales, de pecho y por la cara. Pero en esta década, José y Juan y a su sombra varios más, han transformado la concepción de la faena de muleta.

 Los lances se cuentan ya por tandas o series; se describe la sucesión de la faena, se habla –por ejemplo- de cinco naturales ligados, o se comentan los tres pases de rodillas seguidos de cuatro con la derecha y tres al natural, rematados con un molinete y uno de pecho. José torea ligado y en redondo tantas tardes... Ya no despide al animal en cada muletazo, se remata el lance según el canon clásico –ahora sí hecho efectivo- para intentar ligarlo con el siguiente, y por ende, dejando al toro colocado a la espalda del lidiador. José, en esto, es el verdadero revolucionario, el diestro que empieza a comprender la necesidad de ligar y de llevar al toro en redondo, el primero también que lo ejecute con la necesaria continuidad y brillantez. Fíjense lo que de él dice Enrique Vargas Minuto: “...hoy no me encuentra usted un torero de más bonita figura, que más le diera el parón y que más cerca le pasaran los toros”, y “Empieza usted por el pase natural, esos los daba por series; se liaba a dar vueltas con el toro y lo mareaba”. Ligazón y toreo en redondo, con aquellos toros y en aquella época, algo que no había hecho nadie antes con la regularidad precisa. 

Manejó el acero con cierta desenvoltura, y aunque sus estocadas pecaron de caídas en muchas ocasiones; alcanzó a matar con seguridad y con un tranquillo que hoy no nos resulta extraño: el salto a la hora del embroque para superar el pitón derecho de la res. 

Todo, inexorablemente, se fue cumpliendo para la consagración del mito. Un torero singular, único, revolucionario, con un dominio tal de toros y lances como hasta entonces no se había conocido, un diestro alegre en las formas, trascendente en el fondo, que no rehuía los alardes temerarios de valor –de ahí que abundara en el toreo genuflexo y el agarre de pitones de aquellas reses, en desplantes constantes, en alardes mirando al tendido-, que era un prodigio banderilleando –especialmente al quiebro-, y que poseía un enorme repertorio tanto con el percal como con la franela. 

De ahí que la sorpresa de su muerte fuese superlativa y que algunos concibieran negros presagios para al arte de la tauromaquia. Pero al morir José en Talavera se convertirá en auténtico héroe y se le elevará a los altares del rito taurómaco. Héroe, mito, leyenda, siempre con una base de realidad palpable, fundada, fundamentada, pero al que la muerte envuelve en un aura luminosa y eterna que lo ensalza y realza por encima del común de los mortales. Joselito así, vive para siempre.


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Dibujos de Enrique Martín.


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viernes, 15 de noviembre de 2019

Sevillano, de José Escolar



Jugado el 28 de mayo de 2019

Nº 68, 04/2014, cinqueño, 520 kilos


 Foto: Ana Escribano

Foto: Andrew Moore



Foto: Javier Alvarado


Para no variar Gómez del Pilar se fue de nuevo a porta gayola a recibir a su segundo y, por segunda vez, una vez puesto en pie manejó con gran eficacia el capote, consintiendo al toro en su ímpetu hacia los adentros y sacándoselo luego hacia los medios sin un solo tropezón en el percal. Cuando el toro, Sevillano, arremete contra la cabalgadura de Juan Manuel Sangüesa, lo desmonta del leñazo que le mete. En la segunda entrada el toro acomete con vigor y Sangüesa le pega duro; en la tercera le cita dándole el pecho y agarra una buena vara. En banderillas espera y no da facilidades, tirándose al pecho directamente y pese a eso Iván Aguilera y Pedro Cebadera dejan sus seis rehiletes en el toro, tragando lo que no está escrito. Muy bien ambos. El capote del Ruso vuelve a serle arrebatado de las manos, que ésta no era su tarde, y Gómez del Pilar, blanco y plata, se dispone a torear la fiereza, la embestida cortada e incierta, la guasa de Sevillano presentando un argumentario de menor entidad que el de su primero, pero es que las condiciones del toro, su presencia, su pavorosa presencia eran un puerto de primera categoría especial ante el que Gómez del Pilar puso su decisión y, nuevamente, su valor. Con un pinchazo y media estocada tendida lo mandó a manos de los destazadores.

José Ramón Márquez. En Salmonetes ya no nos quedan.

lunes, 7 de octubre de 2019

Última tarde de El Cid en Madrid


Viernes, 4 de octubre de 2019.













Si hay una cualidad que ha de tener el aficionado es memoria. Y El Cid, aun con una carrera venida a menos, es un torero forjado en Madrid, en el Valle del Tiétar y en todo lo que se le ha puesto por delante. Una de las mejores manos al natural en lo que llevamos de centuria, con más de diez faenas de Puerta Grande. El torero de una generación de aficionados.
 Hasta siembre, Manuel. 




Imprescindible la pieza de despedida que le dedica José Ramón Marquez, aficionado a toros, en el blog Salmonetes ya no nos quedan.



domingo, 8 de mayo de 2016

Goya, "antitaurino"


   Es de tal envergadura la mamarrachada y la inmoralidad a la que se ha prestado una institución como la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando que no sabe uno por dónde empezar. No solo por el revisionismo arbitrario que se hace sobre los gustos del pintor taurófilo por antonomasia, que no viene de nuevas según nos están recordando eminentes aficionados, sino por acoger una exposición que dice barbaridades lindando con el delito del tipo: "los toreros son psicópatas", dentro de un establecimiento favorecido por el Ministerio de Cultura, encargado de custodiar y difundir nuestra historia y nuestro arte; o que un grupito de maleantes, condenados por atentar contra el orden público y apologistas de la violencia, se dediquen a recoger libros para enviarlos a la muy ilustre, antigua, coronada, leal y nobilísima villa de Tordesillas. Un regodeo de pretendida superioridad cultural y moral, con propósito de humillar a todo un pueblo, verdaderamente repugnante. Todo esto, como digo, bajo el auspicio de la Real Academia, la misma que en su propia guía del museo, en la página 222, hablando de la pintura goyesca "Toros en un pueblo", dice textualmente: "Este cuadro refleja la afición taurina de Goya que desde joven frecuentó capeas y corridas en las que él mismo participaba".

Los urbanitas antitaurinos de hogaño, tan alejados de la realidad real de la naturaleza, tan prestos insultando al aficionado a toros y a dar lecciones de maltrato mientras tiran de la correa de un perro condenado a las cuatro paredes de un piso, normalmente capado, e incluso de raza cazadora que jamás sabrá lo que es correr detrás de una presa; pretenden atribuirle a Goya lo mismo que se les pasa a ellos por su estrecha cabeza cuando ven una pintura de tema taurino. De resultas tenemos un aderezo de tergiversación histórica, pensamiento antropomorfista y publicidad antitaurina para gente naíf.


Martincho vuelca un toro en la plaza de Madrid. Lo que traduciríamos como "suerte de mancornar", empleada en el campo y con mucho arraigo en Portugal


La exposición aprovecha el segundo centenario de la serie La Tauromaquia (1816) pero es tan paranoica que está encabezada por una estampa de Los toros de Burdeos (1825). Ciertamente, como taurófilo y modesto aficionado al arte, observando las estampas de ambas colecciones no dejo de descubrir nuevos detalles y de acrecentar mi admiración por este artista inalcanzable. Goya nos regala las fotografías de tauromaquias y suertes pretéritas que nunca tuvimos, y los que gustamos de ahondar en la historia de los toros siempre estaremos en deuda con don Francisco, "el de los toros", como le gustaba firmar algunas cartas.

¿Puede alguien creerse que un aficionado a los toros de toda la vida, reniegue en la vejez de su pasión y tres años antes de morir, frente a la oportunidad de creación y los avances que le ofrecía el establecimiento litográfico de Gaulon, en Burdeos, se inclinara a realizar una serie de cuatro estampas y escogiese el tema taurino? Responder a esta pregunta, como la exposición de la Real Academia, no tendría ninguna base científica. Afortunadamente, son muchos los historiadores y los documentos (suscritos por el propio Goya), que prueban de modo fehaciente la afición del genio aragonés. Y si no, qué diantres, miren su obra.

Si el ajetreo de la feria de San Isidro lo permite iré prorrogando esta serie y de paso nos deleitamos con la pintura taurina de Goya. A no ser que los animalistas decidan vilipendiar a Picasso y tengamos que cambiar por estilos más vanguardistas. Mientras tanto, enlazo algunos de los artículos más jugosos que hasta el momento se han publicado, comentando la bajeza de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de los animalistas no esperábamos menos.

Andrés Amorós, en ABC.

José Ramón Márquez, en Salmonetes.

José María Moreno Bermejo, en Del toro al infinito.

Fernando Fernández Román, en La República.

Benjamín Bentura Remacha, en Del toro al infinito.



Francisco de Goya y Lucientes. Autorretrato ante su caballete, hacia 1785
(Expuesto en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y descargado de su web)

Chupa y camisa de chorreras del mismo estilo que en el retrato que hizo de Costillares, taleguilla, medias con espiga, manoletinas... ¡torero!

sábado, 14 de diciembre de 2013

Taurodelta, resiste

 
    José Ramón Márquez, a propósito del plantón a la afición de Sevilla de los ya conocidos como los 5G -la historia continúa-, publicó ayer un artículo en Salmonetes recordando el conflicto entre el matador de toros  Ricardo Torres, Bombita, y el empresario de la Plaza de Madrid por aquel entonces, don Indalecio Mosquera, conocido como pleito de las escrituras abiertas. El empresario consideró que era el momento de poner fin a unas claúsulas que consideraba abusivas y, por este motivo, el diestro de Tomares estuvo dos temporadas sin ser acartelado en la Plaza de Toros de Madrid, gracias a ello selieron a relucir toreros de la talla de Vicente Pastor y Rafael El Gallo. Recordé que tenía en el horno la entrevista que transcribo en esta entrada, publicada en mayo del año 1917 en la revista Toros y Toreros, por Luís Uriarte, que viene a reafirmar lo dicho por José Ramón Márquez y pone de manifiesto la autoridad de Indalecio Mosquera para tratar el caso Bombita y, en general, los asuntos propios del empresario taurino de una plaza como la de Madrid; tiempos en los que los organizadores del festejo aún no eran unas marionetas sometidas a todos y cada uno de los caprichos de las figuras del momento.
 
  No seré yo quien defienda la gestión en Sevilla de Eduardo Canorea y Ramón Valencia, (un día hablaremos aquí del daño causado en Las Ventas por el padre, Diodoro Canorea), pero tampoco voy a ser yo quien defienda a estas figuras de poca monta, aupados por un sistema corrupto que ellos mismos manejan, cuyos méritos en nuestra plaza en los últimos años se cuentan por el número de camiones de toros que van y vienen del coso los días que ellos se acartelan, y lo que es más importante, la reducción del toro de lidia a una sola raza -viva la cultura- de comportamiento tonto recalcitrante, útil para pegar doscientos cincuenta mil muletazos sin que el bicho eche una mala miradita.
 
  Que se prepare Taurodelta, los próximos en negociar con los 5G serán ellos. Se rumorea que Julián quiere volver a Las Ventas; una Puerta Grande en 15 años de alternativa, he ahí el aval del monstruo de San Blas en nuestra Plaza. Que no saque tanto pecho. Como Morante, que lo mismo para algún reloj que manda de vuelta para Salamanca un camión de toros preparados minuciosamente para la Beneficencia; después de tropecientos bichos a medida todavía no ha sido capaz de pegar 20 naturales como Dios manda. Está Perera, el torero que carga contra los aficionados por pitarle un "faenón" de circulares después de decenas de series con una y otra mano, con el bichillo encogido pidiendo la muerte a toda costa; pues nada, que no se lo explica el muchacho. Sin embargo, hay que respetarle, de vez en cuando mata Núñez de Alcurrucén, y eso es toda una proeza para estos superhéroes taurómacos. Anda en el lío Talavante el cantautor, mala suerte la suya, no le salió el Victorino mejicano y quedó con la taleguilla por los tobillos. Eso de "lidiar y castigar para después dominar y torear" no va con el extremeño, es más, dudo mucho que jamás haya escuchado una cosa así. Cierra el quinteto José María Manzanares hijo, buen espadachín aunque venido a menos desde que conoció el nervio de un toro amusgado que le dio por mover las orejas cual fiera del averno, mala leche la del Victorino. Además de un número inusual de bellezas femeninas, es uno de los que más camiones mueve cuando figura su nombre en los carteles. Solo me queda decir una cosa: Taurodelta, resiste. Por una vez estoy con vosotros, otra Fiesta es posible, ha llegado el momento de pararle los pies a estos toreros que mucho piden pero nada nos dan.
 
  Se dice que la historia de la Tauromaquia es como una rueda en la que los ciclos y las circunstancias van girando y repitiéndose con el tiempo. Pues bien, volvamos a los años de don Indalecio, que tomen las riendas los ganaderos y domine el Toro, como en la época de Bombita y Machaquito, vengan toreros machos y que vuelva la hombría y la vergüenza torera a la Fiesta. Para tener figuras así es mejor no tenerlas. Aprovechemos esta ocasión para satisfacer a la afición, como nos cuenta José María Moreno Bermejo en Recortes y Galleos.
 
  Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos... de momento os dejo con la entrevista. 
 
D. Indalecio Mosquera en la época en que fue empresario de la Plaza de Toros de Madrid

 

El hombre de las gafas de oro (por Luís Uriarte)

 
  No conocía yo a don Indalecio Mosquera más que por las fotografías publicadas durante los tiempos, inolvidables para los taurómacos, en que fue empresario de la plaza de toros matritense. Mi amigo don Alfredo Fábregas, íntimo de Mosquera, a cuyo lado, y en el mismo puesto que hoy ocupa con Echevarría, adquirió gran prestigio por su acertada gestión administrativa, se prestó a servirme, con su amabilidad acostumbrada y exquisita cortesía, de introductor de embajadores, vamos al decir, y me dio una carta de presentación para don Indalecio. Y allá me fui yo, con mi credencial en el bolsillo, hacia la calle de Ferraz, en busca de un hotelito cuyo dueño llegó a ser, no ha mucho tiempo, el hombre del día, de todos los días...

  Mientras el jardinero buscaba a su amo, yo me distraía en el jardín haciendo rabiar a un lorito que a picotazos procuraba evitar que yo le hurgase con una ramita por entre los barrotes de la jaula...
  Al pie de la escalerilla que da acceso a la casa, una gran ave de vistosísimo plumaje tomaba el sol, acurrucada en el suelo, alicaída, con la preciosa cabecita gacha...
  - ¿Es un papagayo? -pregunté a Mosquera, que acababa de acercárseme.
  - No; es un guacamayo. Está enfermo el pobrecito...

  - Veo que es usted muy aficionado a los pájaros.
  - Sí, me gustan. Por ahí debe haber más... pero venga usted... ¿Dónde quiere que hablemos? ¿Dentro de la casa, o aquí mismo en el jardín?
  - Aquí estamos muy bien, don Indalecio.
  Y sentados a la sombra de un árbol, en un rincón de aquel delicioso lugar, comenzamos a charlar como dos buenos amigos, como dos amigos de toda la vida...
  He de advertir, sin embargo, que Mosquera me había dirigido, antes de saludarme, una mirada escrutadora, con la natural e instintiva desconfianza de los gallegos.
  Después, mientras él me contaba "sus cosas", era yo quien le examinaba, mirándole fijamente, a través de las populares gafas de oro, a las niñas pequeñísimas de sus ojos vivos y penetrantes, de color uva...

  - He venido, me decía, con un ganadero en el tranvía.
  - ¡Están que trinan contra nuestra plaza!
  Y mansamente, con mansedumbre de mártir, impropia de su altivez y energía, Mosquera se pasó un buen cuarto de hora comentando el asunto.
  - Los empresarios, contra quienes el público descarga sus iras, llamándoles ladrones, etc. etc., no tienen la culpa. Cuando un empresario, por ejemplo, trae toros de Salamanca, es porque no los hay en condiciones en los campos andaluces, no por economizar mil o dos mil pesetas, como creen algunos. ¿Qué valen dos mil pesetas en este negocio? ¡Bien a gusto las darían los empresarios por no tener que oir ciertas cosas! ¿Y qué van a hacer los ganaderos si no tienen toros? Cuando yo era empresario, los ganaderos me daban toda clase de facilidades. "A ver, fulano; necesito una corrida". Y fulano me contestaba: "Elija uzté, don Indalecio; todo lo que hay en el campo eztá a su dizpozición".  ¿Qué más se le puede pedir?

  - Lo que ahora pasa, don Indalecio, es que los "fenómenos" solo quieren lidiar becerros y las ganaderías que tienen toros...
  - ¿Cómo que solo quieren lidiar becerros? -me interrumpió-. De eso sí que tiene la culpa el empresario. En mis tiempos, también se negaban los toreros a lidiar ciertas reses; pero no les valía. ¡Pues no faltaba más! Cuando había una corrida con tipo y arrobas la toreaban quienes yo quería. Los carteles no lo organizaban los toreros, sino el empresario. Acuérdese usted, para no citar más, de aquella corrida de Miura que mandó a la enfermería a "Bombita" con el tendón de aquiles roto...
  Y Mosquera, levantándose de la silla, peroraba fogosamente, tal que si ahora estuviera en su elemento con los brazos en cruz y los ojillos relampagueantes como un apóstol...
  - Lo que hace falta es dar la cara, tener decisión. ¿Imposiciones? ¡Nunca las que no deban admitirse! Yo me arruinaba con "Bombita" y "Machaquito"; mis compañeros de empresa, me dejaron solo; aquello iba de mal en peor... ¿Qué más me daba arruinarme con "Bombita" que sin él? Y le dije: "Yo le doy a usted mil pesetas más por corrida y ocho mil por las extraordinarias; pero desaparecen las escrituras abiertas. Usted no es el empresario, sino el torero; yo soy el empresario y yo he de organizar las corridas" Y muy diplomáticamente, eso sí, pues "Bombita" era un caballero de los negocios, rompimos las relaciones de torero empresario, no las particulares, que todavía conservo cartas muy cariñosas que escribió Ricardo en el tiempo que no toreó en Madrid.

  Mosquera volvió a sentarse, y, ya más calmosamente prosiguió:
  - El primer año fue malo, muy malo: perdí cuarenta y cinco mil duros; pero el siguiente ya fue mejor, y poco a poco fui recuperando todo lo perdido y hasta llegué a ganar algo...
  - Dicen que un millón de pesetas...
  - ¡Qué barbaridad! ¡Están locos! Yo no voy a decir lo que gané: sería tonto; pero puede usted asegurar que ni tan siquiera este hotelito lo he comprado con las ganancias, pues ya andaba detrás de él antes de ser empresario. Ah, y diga usted que he dicho yo, Indalecio Mosquera, que no habrá quien gane un perro chico, porque será imposible, el día que desaparezca lo del concierto económico.

  - Pues usted, según oído, no ha olvidado los tiempos en que fue empresario Plaza de Toros de Madrid.
  - Ni los olvido... allá veremos, cuando termine la guerra... para estas fechas ya debería yo ser empresario de una plaza en Madrid, pero no hay quien pueda con la Diputación... Y eso que tomaba parte en el negocio la mayor influencia de España...

  - Dicen que el Conde de...
  - Ese mismo. Con objeto de no alarmar, ¿sabe usted? a más de Plaza de Toros pondríamos campos de "sport", etc., y lo llamaríamos el "Parque Luna", como ese inglés... Pero...

  - Era en el hipódromo, ¿verdad?
  - Sí... Pero...
  Y no dijo más. A buen seguro que interiormente dio las gracias al criado que vino a avisar que la comida estaba en la mesa.
  - Dispénseme... Hoy comemos pronto por ser mi santo. Si usted gusta...
  - Mil gracias, don Indalecio; que aproveche... y que lo celebre usted durante muchos años.
  - ¡Oh! Ya no serán muchos... ¡Tengo más de sesenta!...
  Dijo esto con un tono de tristeza que me conmovió.

  Luego, con tal ironía que me hizo sonreír a mi pesar, explicome:
  - ¡Mi santo es bobo! Ahí dentro tengo una imagen suya, con las barbas rubias... ¡Tiene una cara de bandido!... Bueno; pero no es santo, ¿eh? Según he oído, San Indalecio no existe...
  Y me acompañó hasta la cancela de la puerta del jardín, diciéndome, en contestación a cierta pregunta mía, que no era ni había sido jamás aficionado a la tauromaquia, de cuyo arte no entendía ni media palabra.
  No era fácil adivinar la verdad en la enigmática inmovilidad de sus microscópicos ojos de color uva...
  ¡Era el hombre de las gafas de oro!  

Don Indalecio Mosquera en su despacho
 

lunes, 28 de enero de 2013

Cuando no había tapadera

Deseando despedirse dignamente del público de esta Corte, que tanto les ha distinguido, los aplaudidos espadas Lagartijo y Frascuelo, y de acuerdo con la empresa, dispuesta siempre a proporcionar al público todo género de novedades, han convenido, guiados sólo por su afición y su constante deseo de agradar al público, en lididar los días 3 y 10 de noviembre dos corridas extraordinarias matando en la del día 3 los seis toros Rafael Molina Lagartijo y en la del día 10 los seis toros Salvador Sánchez Frascuelo, y presenciando la función el que no trabaje desde un palco de la plaza, dispuesto a reemplazar a su compañero en caso desgraciado.
Exigiendo la índole de estas corridas toda la posible igualdad en las condiciones del ganado, los doce toros que han de correrse en ambas funciones, serán de la misma ganadería.
Las cuadrillas de picadores y banderilleros trabajarán unidas las dos tardes.
La empresa, por su parte, ha acordado, en obsequio y atención a las especiales circunstancias de estas corridas, una rebaja de precios.
 
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Es lo que rezaban los carteles que inundaban Madrid allá por el año 1872. Aquellos aficionados no tenían a la mejor empresa taurina de la historia (sic), pero se encontraban, para culminar la temporada, con que los dos mejores espadas se encerraban con seis toros en sincera competencia, allá por el mes de noviembre (!!). Debe ser que en el siglo XIX aún no se había inventado el frío y no era necesario una cubierta insalubre para proteger a los aficinados de las terribles inclemencias que, como todos sabemos, suele soportar Madrid en el mes de abril. Estos empresarios de la prehistoria, como diría el señor Choperita, todavía se permitían el lujo de hacer rebaja en el precio de las localidades. Cómo eran los antiguos.

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Lean a Rafael Cabrera y José Ramón Márquez sobre el atentado perpretado vilmente a la Plaza de Madrid por políticos y taurinos, cuya onda expansiva puede que nos alcance en los rigores de la primavera, despojando al rito de uno de sus elementos: el cielo; testigo secular de la batalla librada por hombre y toro sobre la arena del coso, confiriendo solemnidad al espectáculo. 
Se recomienda también el gran artículo que El Entendío ha escrito sobre este tema.


 
¡Adiós, Madrid!