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jueves, 6 de diciembre de 2018

La Hispanibundia


¿La muerte es una fiesta?


   Cada país y cada región tiene sus símbolos tribales, y es fácil rastrear la presencia del dragón en la mitología alemana, del gallo en las leyendas francesas, de la loba en Roma, del león en la heráldica inglesa o del oso en Suiza. También los españoles tenemos nuestros símbolos, fundamentalmente representados por animales de la fauna autóctona, como el caballo, el verraco, el lince, el águila, el azor o el toro.

El conde Fernán González se paseaba con un caballo que había pertenecido a Almanzor y sostenía sobre el guante de su mano izquierda un azor mudado; ambos animales tan bellos que el rey Sancho de León los acodiciaba y pagó una fortuna para comprárselos.

El toro acabó imponiéndose sobre todos nuestros tótems. Fue el origen de los primeros clanes ibéricos, y sucedió en el culto a los bisontes, ciervos y caballos que aparecen en nuestras pinturas rupestres. Muchas fiestas y romerías españolas tienen todavía como personaje central al toro, aunque esas tradiciones pueden recabar un origen más remoto en las civilizaciones indoarias, mesopotámicas y mediterráneas que influyeron en nuestra cultura.

A través de las invasiones que nos llegaron por el Mediterráneo entró en la península ibérica el culto de Mitra, unido al rito de la tauroctonía (el sacrificio de los toros), pues se supone que el dios había matado a un toro para fecundar con su sangre la tierra.

Diodoro ya refiere la importancia del culto taurino en España. Y todas esas tradiciones se mantuvieron sin interrupción desde la antigüedad, siendo incluso asimiladas por los invasores bárbaros. Los godos no suprimieron los sacrificios de toros, sino que, cuando se convirtieron al cristianismo —como otros pueblos germanos— adoptaron enseguida los ritos en los que todavía quedaban restos de las viejas mitologías indoarias.

El rito arcaico de la muerte del tótem se representa en la fiesta española de los toros (¡qué extraño pueblo este que hace coincidir la palabra fiesta con el rito de la muerte!) La liturgia de la corrida tiene un fondo prehistórico, brillante y solar, como aquellos lances sangrientos de las epopeyas homéricas y de las tragedias clásicas que —pese a su brutalidad— nos dejan una sensación deslumbrante.

Las tragedias griegas —igual que el drama hispánico de la corrida de toros— se representaban al aire libre, en grandes cosos y teatros, de forma que el escenario adquiría así la fuerza mágica de un recinto religioso. Y los espectadores no sólo apreciaban el pathos de los actores y su forma de recitar, sino que daban mucha importancia a la expresión corporal, ya que la eurythmia (“ritmo armónico”) y la euharmostia (“donaire”) completaban la parte escultórica del espectáculo artístico, como ocurriría luego en las normas del toreo español. 

La tauromaquia es una lucha, concebida dentro de un reglamento sangriento y guerrero, en la que se representa un drama de muerte y de fuerza. Curiosamente, la afición por los toros decrece en cuanto el torero deja de ser un héroe mítico al que se suponen ciertos carismas y valores. En el momento en que el matador aparece como un simple asalariado, sin aura mítica y sin leyenda heroica, su figura deja de interesar al pueblo.

Digamos que el torero fue, en la galería de las figuras españolas, un arquetipo muy popular. Lo representaron los pintores más ilustres, desde Goya hasta Sorolla, desde Zuloaga hasta Manet, desde Lucas Villaamil hasta Daniel Vázquez Díaz. Y, para los extranjeros que venían a vernos, representaba aquello que Stendhal había llamado «el tipo español», el último «personaje» que quedará en Europa. 

La imagen heroica del torero sustituyó en España a la figura del hidalgo, que ya en el siglo XVIII resultaba caduca y había perdido su prestigio. Y, por eso, este personaje —tan magníficamente recreado en los sainetes de don Ramón de la Cruz— fue enseguida apadrinado por el pueblo. Hasta el extremo de que, ya en el siglo siguiente, se convirtió en el símbolo del «patriotismo popular español» frente a la mitología culta de ilustrados y afrancesados.

No fue tampoco ninguna casualidad que el toreo «a pie» sustituyese en el fervor popular al «toreo a caballo» que había sido más aristocrático y propio de nobles. La inversión de las castas se realizó así en una revolución incruenta, de forma que el torero castizo —hijo del arroyo— despertaba la admiración de duques y duquesas, haciéndose aplaudir y respetar por ellos. Y los viajeros que llegaban a España, especialmente los franceses, se sentían seducidos por estos majos del pueblo que se presentaban en sociedad como si fuesen ellos los vencedores del mariscal Dupont y de los mamelucos.

La corrida va unida a la muerte del animal y al riesgo del torero. Si el toro no ofende y no ataca no hay lidia. Si brinca, huye o no es agresivo, ya puede tener aires de bravucón o desplantes revoltosos, que no será aceptado por el público entendido. Y, por eso, el animal “manso” era rechazado en todas las plazas, ya que la gente venía a ver el sacrificio de un dios y no la muerte cruel de un animalillo burriciego.



Mauricio Wiesenthal, «La hispanibundia», Acantilado, 2018, págs. 151-152







miércoles, 7 de noviembre de 2018

sábado, 19 de marzo de 2016

Andrés Amorós en la revista Taurodelta

P | En ese aspecto hemos evolucionado.
R | Sí, con la democracia hemos aprendido que las aficiones no te marquen ni ideológica ni políticamente. Y digan lo que digan, la Fiesta siempre ha sido de todos los españoles, ni de los ricos ni de los pobres, de todos.

P | Ha escrito sobre la evolución de los espectáculos en España, ¿cómo lo han hecho los toros? 
R | Hablar de eso es bien fácil. Si partimos de la época de Goya, a finales del siglo XVIII, es cuando nace el toreo moderno, las plazas, también surgen las ganaderías, se ordena la lidia y se redactan las primeras tauromaquias. Esto significa que el toreo, en contra de lo que dice la gente, es fruto de la ilustración, de la razón, no de la espontaneidad salvaje; eso es cultura, porque es regla, orden... Durante el siglo XIX, los toros se convirtieron en una pasión nacional hasta tal punto que, cuando el desastre del 98, sólo el teatro y los toros movilizaban a la gente, sobre todo aquí, en Madrid. Y eso se puede demostrar. Después llegará una edad de oro del toreo, con Joselito y Belmonte, luego una edad de plata, con grandiosos toreros. Será tras la guerra civil cuando surjan los problemas: baja el toro, se cometen una serie de fraudes y, además, la tauromaquia como espectáculo se encuentra con la competencia de otros espectáculos. También ocurre que la sociedad pasa de ser agraria a ser urbana, lo que de alguna manera aleja a la gente de los toros.

P | ¿Afirmaría que la Fiesta, actualmente, resulta un anacronismo?
R |... Bien, anacronismo, ¿qué estamos queriendo decir con anacronismo?

P | Pues algo como ver una lata de Coca-Cola en un decorado de la Edad Media.
R | Sí, lo he entendido, pero a ver cómo me explico... Mi respuesta es ‘no’, a pesar de que Luis Miguel repetía mucho, medio en broma, que él era un “anacronismo viviente”, cosa que pensó un día que, estando vistiéndose de torero, vio pasar un reactor. Y yo lo que suelo hacer es preguntar con frecuencia si hoy, por ejemplo, es un anacronismo un soneto, la ópera o la danza clásica. Estas manifestaciones, como el toreo, son un arte y en arte no existen anacronismos. Hay que pensar que en el arte no se avanza, es intemporal, está presente siempre. Así como Las Cuatro Estaciones de Vivaldi la consideramos una obra actual, o el Quijote, escrito en el XVII, no podemos afirmar que Delibes sea mejor autor que Quevedo.

P | Y si hablamos sólo de toros.
R | Si hablamos sólo de toros, que es algo que todo el mundo identifica con lo español, citaría a mi maestro, don Américo Castro, quien decía que para expresar la peculiar ‘vividura’ hispánica nada mejor que la Fiesta Nacional. Él, precisamente, no era aficionado. Tampoco lo fue Madariaga y reconoció que el toreo era el arte más completo, o Tierno Galván que definió a la Fiesta como el mayor acontecimiento nacional.


miércoles, 15 de octubre de 2014

El brindis que le costó la vida

En 1808, el matador de toros Agustín Aroca moría fusilado a manos del ejército de Napoleón, un brindis en la Plaza de Toros de Madrid le había sentenciado

  Agustín Aroca Castillo nació en Sevilla el 27 de agosto de 1774, fue un matador atípico en su época, pues cursó la carrera de Derecho y era hijo de un notable abogado. Su fuerte vocación taurina le hizo abandonar los estudios y pronto se lanzaría a los ruedos a probar suerte como matador de reses bravas. En el año 1800 ya aparece como banderillero en Sevilla, y en Madrid como media espada en las siguientes temporadas. Tras la desaparición del triunvirato Romero – Costillares – Pepe Hillo, la fiesta sufría un período de sequía de toreros de categoría que en cierto modo vino a ocupar nuestro protagonista, compitiendo con el afamado y controvertido Juan Núñez, “Sentimientos”.

  El 25 de abril de 1803 toma la alternativa, y en 1804, Agustín Aroca figura en Madrid como espada de alternativa, destacando por ser un matador seguro, valiente y decidido. El 10 de febrero de 1805, el Rey Carlos IV emite Real Cédula por la que decreta la absoluta prohibición de las fiestas de toros y novillos de muerte en todo el reino, la más dura de las prohibiciones que han padecido los aficionados a toros a lo largo de la historia. La supresión de las corridas fue un hecho, en los años de 1805, 1806 y 1807 no las hubo. Agustín Aroca marcha a Jaén y trabaja como abogado.

  Una vez que Carlos IV abdica en su hijo, Fernando VII, y en plena Guerra de la Independencia, los toros vuelven a la Plaza de Madrid en 1808, quedando para los anales una actuación soberbia de Agustín Aroca en la que estoqueó tres toros por la mañana y tres toros por la tarde de seis estocadas recibiendo, cuatro altas y dos bajas. En este año de 1808, curiosamente, se celebraron en Madrid corridas de toros en honor a la proclamación de José I Bonaparte, que obligado a abandonar Madrid al conocer el desenlace de la Batalla de Bailén, en la que por cierto, participaron numerosos garrochistas y picadores de toros, dejó paso a Fernando VII el Deseado, por el que se organizarían también dos corridas de Proclamación, el viernes 26 de agosto y el lunes 29 de agosto de 1808.

  Después de celebrarse corridas de Proclamación en honor a dos jefes de estado diferentes, se organizó una serie de festejos para dotar de fondos a los Hospitales propietarios del coso madrileño, en los meses de septiembre y octubre. Vestido de de azul turquí con bordados y alamares de plata y faja de color rosa, el día 26 de septiembre de 1808, Agustín Aroca compartía cartel con Juan Núñez “Sentimientos”, frente a toros de Juan Díaz Hidalgo, antes del Conde de Valdeparaíso, procedencia Jijón. Cuando sonaron los clarines para matar, Agustín Aroca hizo este brindis:

“Zeñó Corregior, brindo pó Uzía, por toa la gente é Madrí y porque no quee vivo ni un francés”

   Esa misma tarde, en la lidia de otra res, se dirigió al palco en estos términos:

“Por Vuestra Señoría, por este respetable público y por la independencia”

  Esta sería su última actuación en Madrid, el brindis llegó a oído de los franceses, quienes lo vetarían junto con los españoles “colaboracionistas”. Las siguientes noticias que tenemos de Aroca es que fue hecho prisionero y fusilado por los franceses en tierras de Toledo, según los historiadores en la población de Huecas, cuando combatía contra los ejércitos de Napoleón.

  A Juan Núñez “Sentimientos” también se le atribuyen brindis de la misma índole, sin embargo éste era un gitano hábil y muy sagaz para sacar partido de cualquier situación y no corrió la misma suerte que su colega. Agustín Aroca, hombre culto y de leyes, cuyo valor quedó probado dentro y fuera del ruedo, consciente de lo que hacía, tomó la resolución de luchar por su patria con todas las consecuencias. Sirva este pequeño artículo para honrar la figura de este valiente torero sevillano.

Colección de las principales suertes de una corrida de toros (1790). Antonio Carnicero

Artículo publicado por un servidor en el nº 45 de La voz de la afición

domingo, 17 de marzo de 2013

Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá en torno al 1867

  Atrás quedaron la Puerta de Alcalá y los jardines del Buen Retiro. Cuando pasaban frente a la iglesia de San José, el señor Cayetano Sanz explicó a Paco Frascuelo:
  -En ese redondel donde hemos estao tomé yo la alternativa de manos del señor Curro Cúchares. Según dicen, esa plaza la mandó hacer el Rey que había entonces, pa que con el producto de las corridas se beneficiasen los hospitales de la Corte. ¡Ya ha llovido!



  El famoso torero no estaba mal informado, porque fue edificada en 1749 por don Fernando VI con el fin dicho. Desde entonces, su prestigio fue en aumento y se convirtió en la más importante de España. Al igual que la de ahora, era la que daba y quitaba en el mundillo taurino. Quien triunfaba en ella podía estar seguro de que su éxito resonaría en toda la Península, aun contando con que entonces, los medios de difusión eran escasos.
  Esta vieja plaza de la Puerta de Alcalá ofrecía una alegre vista con su descotada falta interior, los ciento diez palcos, la gradería cubierta con tres ordenes de asientos y delanteras, y los quince tendidos de piedra, que antes fueran de madera, capaces cada uno, para más de cuatrocientas personas, todo ello encerrado en una pared circular de cal y canto que medía más de mil pies.
  Contaba con enfermería, capilla, habitaciones para el conserje y los carpinteros; corrales, taller, y a la derecha, en edificio separado, unas cuadras y la carnicería. El espacio comprendido entre la plaza y estas dependencias dio en llamarse tendido de los sastres. Allí se apelotonaban, en días de corrida, una caterva de muchachos y cuantos deseaban divertirse acudían para presenciar gratis el paso de los toros, arrastrados por las mulillas, desde el ruedo hasta el desolladero. Frecuentemente, se apoderaban de estos insólitos espectadores tales deseos sangrientos que al pasar ante ellos los toros y los caballos muertos, se empujaban unos a otros, lanzando alaridos salvajes, para acercarse agresivos. Algunos rodaban por el suelo y otros veían cortado su camino por los látigos de los monosabios que caían, sin duelo, sobre sus espaldas. Algunos conseguían montarse en los animales y esgrimiendo palos con la punta aguzada, navajas y hasta puñales, los acuchillaban con furia. Tal saña ponían en esta cruel operación que los toros llegaban a la carnicería con la piel acribillada. Era un espectáculo denigrante y embrutecedor que las autoridades consentían sin hacer nada para evitarlo.



  La explanada donde la plaza se alzaba, ofrecía en los días de festejo un cuadro alegre y luminoso. Los vendedores de naranjas, limonada, abanicos y vino, llenaban el aire con sus hirientes pregones, mezclados con el rodar de los carruajes, el cascabeleo de sus tiros y el bullicio de la multitud.
  Cuando todos estos ruidos comenzaban a apagarse, por estar cercana la hora de la corrida, en el interior adquirían aún mayor proporción. Por lo general, los buenos aficionados tenían ya su sitio reservado, lo cual hacía que cada clase de localidad tuviese sus concurrentes habituales y, a la vez, cada espacio de la plaza peculiares características.
  En la primera fila de la meseta de toril, hallaba su acomodo un hombre singular, por todos conocido y cuya presencia era obligada, perenne e inevitable. Se llamaba Joaquín Marraci. Usaba unos descomunales anteojos, lucía pobladas patillas grises y se le tenía por muy entendido en tauromaquia, porque a gritos daba consejos y advertía a los toreros durante la lidia. Un escritor satírico le definió así: "Bastonero en procesiones, protector de cofradías, azote de las calles, puntal de las esquinas y gacetilla de todo grupo". Llevaba razón. Parecía haber resuelto el problema de la ubicuidad pues, al igual que Dios, estaba en todas partes. También en cierto pliego de aleluyas le llamaron "el hombre universal", porque era socio de cuantas corporaciones científicas, literarias, artísticas, benéficas, taurinas, musicales, obreras, clericales y militares existían en la Corte. Valía para todo y para todo se brindaba incansable. Lo mismo confeccionaba una moña de lujo, que guisaba una paella para veinte amigos; lo mismo organizaba una procesión, que un solemne entierro con carroza a la federica y hacheros. Por su especialidad en este fúnebre menester, Manuel del Palacio dijo de él:
Vive ayudando a morir
a los que luchan inciertos
viendo la muerte venir,
y estos le pagan, ya muertos,
ayudándole a vivir.

  A su iniciativa se debió el traslado de los restos de Calderón de la Barca desde la iglesia del Salvador al cementerio de la Puerta de Atocha; atendió a todo lo relativo a los suntuosos funerales, que a expensas de la Nación, se celebraron en San Francisco el Grande por el alma de Martínez de la Rosa; las monjas de los conventos de Madrid hubieron de agradecerle las limosnas que les procuró, y asistió, con la mayor solicitud, a los enfermos en los hospitales, especialmente a los coléricos en las épocas de epidemia. En pocas palabras: a Marraci se le veía a todas horas en el lugar donde se congregaban más de seis personas. ¡Todo un tipo!



  En una barrera, a la que estaba abonado, se hacía bien ostensible la figura de Antonio Torrijos Chapepa, el más intransigente y escandaloso de los aficionados. Los toreros le temían. Como sería la cosa, que el Gordito llegó a decir:
  -Hasta en Sevilla se oyen los abucheos que me larga Chapepa en Madrí.
  Los tendidos 1, 2 y 3, estaban, casi en su totalidad, ocupados por los partidarios de Cayetano Sanz, entre los que sobresalía el célebre crítico taurino don Mariano Gurisuain, que acaba de fundar El Mengue, y en el 7, llevaba la voz cantante don José Rey, que ponía cátedra analizando las condiciones de una res y la faena de un torero.
  En la barrera del 6 tomaban asiento don Manuel Alvarez Paredes, socio de Juan Mota en el negocio del pescado, en unión de sus hijos Manolita y Santiago, y en la del 14 don José Mondéjar, apoderado de Cayetano Sanz y don Manuel Marqués, que lo era de Curro Cúchares.
  El lugar que más temían los toreros era el tendido 8. En él destacaba el célebre Chironi, pesadilla de la gente de coleta, que le veían hasta en sueños. Con su terrible esquilón, que sonaba en la plaza a toque de difuntos, daba uno, dos, tres golpes, a un repique, según la faena fuese regular, mala, peor o detestable. A su lado, le ayudaba en la feroz crítica, con voces descompuestas, un individuo llamado José María Luna, que se pasaba la tarde gritando:
  -¡No valéis pa na! ¡Si hubiérais visto a Curro Guillén!
  Con ser todo lo dicho digno de señalarse, el tendido más alegre y juvenil era el 5, donde rara vez se sentaba una mujer. No se parecía en nada a los demás. Allí no había gorras ni sombreros hongos. Predominaba el de copa, aunque hoy pueda resultar extraño, y entre sus ocupantes reinaba el buen humor. Eran los mismos que en las tertulias de los cafés La Vieja Iberia y Los Dos Amigos, discutían a gritos de política. Casi es innecesario decir, que imponían su opinión a toda la plaza con manifestaciones siempre unánimes. Otras veces prodigaban chanzonetas y chirigotas que llegaron a hacerse populares y eran siempre acogidas con general aplauso por el resto de los espectadores. Los toreros brindaban las suertes al 5 y las ovaciones del 5 fueron para muchos la base de su reputación.
  Allí sobre la dura piedra, tenían su asiento aficionados tan inteligentes y conocidos como Aguado, Fabierac, Montemar, Alzomora y el escritor don José Carmona, director del antiguo El Enano, ahora, Boletín de Loterías y de Toros. En más de una ocasión, viéronse precisados a salir en defensa de los diestros frente a los intransigentes e hicieron enmudecer, por demasiado severo el cencerro de Chironi. Es pues, natural, que los encargados del orden público de la plaza no perdieran de vista cuanto sucedía en el tendido 5.
   Con motivo de los sucesos revolucionarios del año anterior, algunos de los habituales no dejaron de manifestar sus ideas políticas, y esto hizo que una tarde, aparecieran, mezclados entre ellos, algunos agentes de la policía secreta. Más los hombres del hongo y del rotén no pudieron mantenerse como tales, porque al punto fueron descubiertos. Primeramente con burlas y zumbas, y después a empujones, intentaron arrojarlos del tendido. Resistiéronse estos, sonaron insultos y, en pocos segundos, las gradas fueron testigos de una monumental y ardorosa reyerta a bastonazos, que nadie era capaz de apaciguar. A tal grado de violencia llegó la cosa, que el jefe de la guardia de vigilancia, atropellando a Marraci, colocó en la meseta del toril a un pelotón de soldados. Ante el asombro del público, prepararon los fusiles y apuntaron al tendido. Y habrían sido capaces de disparar si dos comisarios de policía, que se encontraban entre los alborotadores, no hubiesen mostrado, en alto, los bastones insignia de sus cargos, con los brazos en cruz, manifestando su condición de autoridades. Bajaron los soldados las armas y la plaza entera se alzó con gritos de indignación. Hubo señoras desmayadas, personas asustadizas que escaparon despavoridas, órdenes de la presidencia y, por último, desaparición de los soldados y una silba estrepitosa.
  Momentos después, el tendido 5 cobró su aspecto normal, Y fue entonces cuando todos sus ocupantes comenzaron a cantar a coro, acompañándose con palmas, un tango, muy en boga, mientras dirigían sus miradas al palco del general Narváez, presidente del Gobierno:

Usté no es ná
usté no es ná;
usté no es chicha
ni limoná.



  Pero una de las más famosas protestas de aquellos bullangueros espectadores, que por si sola bastaría para acreditarlos como terribles guasones, fue la que una tarde organizaron contra la empresa porque en la corrida habían salido unos toros flacuchos, aunque con la edad reglamentaria. Como un solo hombre, se volvieron todos de espaldas al ruedo, y, a poco, les imitaron los ocupantes de los otros tendidos. En esta posición, conminaron a los de los palcos para que cerrasen los toldillos. Así lo hicieron estos y ni un solo rostro quedó vuelto hacia el anillo hasta que dio fin el festejo. Esta demostración, pacífica y unánime, costó a la empresa una fuerte multa y sacar en la siguiente corrida ocho toros del Duque, aquellos de los que ya se decía en 1846:

Los toritos
de Veragua
como el agua
blandos son,
y lo digo
pues de Trigo
les asusta el regatón.



   Más con ser todo muy atractivo y pintoresco en esta plaza de la Puerta de Alcalá, nada había de tan rancio y clásico sabor como la original figura de Carlos Albarrán el Buñolero, encargado de manejar el cubo del engrudo y la brocha en la fijación de carteles y descorrer el cerrojo de los chiqueros durante las corridas. Era viejo, aunque airoso, un tanto apergaminado y, en su cara llena de arrugas , aun asomaban, cayendo sobre las sienes, unos tufos canosos que él cuidaba con todo esmero. Su estampa se destacaba en el paseo de las cuadrillas como un grabado antiguo junto a una moderna litografía. La antiquísima montera que él afirmaba, muy seriamente, había pertenecido al gran Paquiro; el terno, de color indefinido, lleno de hilachas, con bordados en negro, que caían de puro viejos, y el resobado capote en el que se envolvía con cierto garbo, daban idea aunque remotamente, de lo que fue a principios del siglo XIX el traje de torear. Nadie logró, ni siquiera imitar, el airoso recorte que, montera en mano, daba al caballo del alguacilillo cuando éste le entregaba la llave del toril; y nadie, tampoco, puso en el acto de abrir el portón, para dar salida al toro, tanta solemnidad. Su popularidad era extraordinaria. Los abonados le saludaban con familiaridad; los críticos le dedicaban graciosos pareados en las reseñas y tanto en el patio de caballos como en la calle, nunca pasaba desapercibido. No se hubiera concebido un despejo de la plaza sin el Buñolero. Y lo dijo un revistero de muchas campanillas:

Al abrir los portones del chiquero
y dar salida al toro,
nadie lo hizo y lo hará con más salero
que Carlos Albarrán el Buñolero.

En Festivales de España más sobre el Buñolero

   Los toreros siempre estaban bromeando con él. Y cuando en el patio de caballos se recordaban sucesos taurinos o se hablaba de determinados diestros, muertos o retirados, el Buñolero, que llevaba en la plaza tantos años como el Tuerto, intervenía con su voz lenta, recalcando las palabras:
  -Vosotros no sabéis na de eso, porque habéis llegao, como quien dice, ayer. Entoavia me parece veros ahí, en el tendido de los sastres, a la espera de colaros. Y no habléis de piqueros, porque hoy no se pica como antaño. También valieron pa la guerra. Yo oí decir a mi padre, que en el año ocho se formó en Andalucia un escuadrón en el que toos eran picadores y gente del campo. Con la garrocha en la mano, la navaja en el cinto y el trabuco en la silla, hicieron pasar buenos sustos a los franceses. Luego, don Justo Prieto, que fue teniente de la Visita de Puertas de Madrid, que anduvo por allí, me contó, ya muy viejo, que daba gloria ver a los jinetes empujar a los gabachos sacándolos de las sillas a golpe de garrocha.
  -¡Ya sería algo menos! -dudó alguien.
  -Pues los hermanos Calderón...
  -Esos son buenos picadores -le interrumpió el Buñolero- pero, ¿conoces tu alguno que se eche por delante un toro picándole con el regatón de la vara? Pues eso yo lo he visto yo hacer a José Trigo con un bicho de seis años y escogio. Y escrito está que el señor Manuel Morales Corchado, ganó mil duros en una apuesta por picar seis toros con un solo caballo sacándolo limpio. Y, con media de seda, sin mona, han picado muchos. Al pobre Manolo Ledesma el Coriano, que murió hace poco, le he visto caer, levantarse, tomar un capote y con los hierros puestos, dar media docena de verónicas que ni el señor Cayetano las mejoraría.
  -Diga usté que sí -corroboró un antiguo aficionado de los que nunca faltan en el patio de caballos- ¿Ustés no han visto al señor Joaquín el Charpa? Pues este picador, toreando en Málaga el año cuarenta y siete, salió a los medios, desafió al toro y cebando bien la puya en el morrillo, hizo una suerte de regateo hermosa. El bicho, codicioso, empujó al caballo y al picador contra las tablas. La lucha duró pocos segundos. El Charpa apretó con soberano esfuerzo hasta hacer doblar al toro el cuello. Aquello fue la locura y el delirio de palmas. ¡Cómo sería que, por imposición del público, el presidente regaló el toro al picador!
  -Por eso aseguran que el Charpa tiene el brazo de hierro.
  -Pa que aprendan los de hoy.
  En fin, que no había forma de convencer a el Buñolero de que también en su mocedad hubo malos toros, malos toreros y faenas pésimas. Casi todos, para que no se enojara, le daban la razón. Frascuelo, desde el primer momento, sintió por él una gran simpatía. Le convidaba, le distinguía y le respetaba. Y tal vez por eso, el viejo se aficionó al muchacho y le defendió con frecuencia de algunos compañeros que se mostraban envidiosos de sus éxitos. Frascuelo le llamaba, en broma, su padrino, y cada vez que toreaba, antes de hacer el paseillo, ponía una de sus manos en el hombro del torilero y le decía:
  -¡Vamos a ver, señor Carlos, que me echa usté esta tarde por esa puerta!
  -Si por mi fuese -contestaba el Buñolero- te los elegiría pa que te rieras de toos los fantesiosos.

Florentino Hernández Girbal en Salvador Sánchez "Frascuelo", el matador clásico.