domingo, 18 de octubre de 2026

El público y la afición madrileña. De la Cátedra a la histeria colectiva

  

Continuando con el artículo que publicamos en esta revista en octubre de 2025, La afición madrileña, de los intransigentes a los tolerantes, escrito por los periodistas José Antonio Donaire y Julia Rivera, me dispongo a hacer en esta pieza una continuación y, con ello, un breve repaso de lo acontecido en Las Ventas en las dos últimas décadas desde una perspectiva abierta, prestando quizá más atención en el aspecto sociológico. Sin pretensión de sentar cátedra con ello, sin la precisión y la rigurosidad del ensayo histórico o científico, simplemente desde el análisis, los recuerdos y las vivencias en primera persona, desde que me fui acercando a la plaza siendo un adolescente hasta nuestros días.

 

De la Cátedra a la crisis de la burbuja inmobiliaria

Hubo un tiempo en el que tener un abono de Las Ventas era como tener un tesoro, sin ir más lejos, servidor tuvo que hacer varias noches en la plaza para conseguir un hueco fijo en la piedra. Esta percepción, como vamos a ir viendo, fue cambiando. Hablamos de la primera década de los dos mil, por aquel tiempo, el público y la afición de Las Ventas mantenía muchas de las querencias y las virtudes que le hacían poseer el título de Cátedra del toreo. Todavía persistían algunas máximas bien marcadas e interiorizadas por los tendidos. La presencia del toro era muy importante, pero más aún cómo lo hacía el torero conforme a las características del cornúpeta. Para esto, claro, hay que saber ver al toro y aquella plaza sabía lo que veía. El toreo al natural con la mano izquierda era fundamental, no se concebía una faena con premios mayores si este no se producía; por otra parte, las alharacas, el tremendismo, y los adornos fastuosos tipo circulares, pases por la espalda y demás eran muy mal vistos y censurados con vehemencia, percibidos por las gradas casi como una ofensa: “¡eso lo haces en tu pueblo!”. La colocación de la espada se miraba con lupa, milimétricamente, no solo por parte de muchos espectadores, también por los presidentes que, muchas veces, enmendaban al resto de la plaza. Tan es así que la rigurosidad en este sentido a veces pecaba de excesivamente categórica; no era extraño presenciar cómo se denegaba la segunda oreja porque la espada había caído dos o tres dedos fuera de la zona ideal y, ojo, los presidentes no eran linchados por ello, se contemplaba como algo inherente a la plaza.

Fueron los años de El Cid y su mano izquierda citando a los Victorinos desde los medios sin probaturas, mandando desde la primera serie; los de las últimas lecciones de tauromaquia, manejo preciso de los tiempos, distancias y terrenos de César Rincón, por ejemplo, aquella tarde de 2005 con toros de Alcurrucén que nunca olvidaré. La intransigencia y el choque de conceptos entre la afición y El Juli que vivió durante casi toda su carrera quedó reflejada en aquella encerrona de 2003, en la que desplegó una tauromaquia larga y mandona frente a un encierro variado, pero ni con esas. José Tomás regresó en 2008 después de seis años de ausencia, reventó la plaza, reventó a sus toros, y nunca más se supo.

Esta década es la del surgimiento de una ganadería de leyenda en cuanto a casta y fiereza indómita −con genio en muchas ocasiones, también hay que decirlo−, lo mismo que sucedió antaño con la de Luciano Cobaleda, o muy antaño con los toros de Coruche. Hablamos de la ganadería de José Joaquín Moreno Silva y las terroríficas y encastadas novilladas de 2007, la de 2008 en la que Valentín Mingo tuvo que estoquear cinco ejemplares, 2009, y la de 2010 con mayor repercusión en la feria de San Isidro, en la que los animales hicieron correr a los de a pie y se adueñaron del ruedo.

Frente a gran parte de la plaza, recuerdo a Salva y a Fausto defender con ahínco su visión desde sus localidades del siete, que pasaba, inexorablemente, por la integridad del toro y la verdad del toreo. Fueron pérdidas muy notables dentro de la parte más combativa y severa de la afición. Época en las que todavía se luchaba en cada festejo, entre otras cosas, porque no se le taparan los dos ojos al caballo; la colocación de los actuantes en el ruedo era una obsesión y el “¡a tu sitio!” durante el tercio de varas era una constante. Entonces, los picadores se ponían entre la pilastra de la puerta grande y el burladero de matadores para llevar a cabo la suerte, cosa que se ha perdido.


Cuando se aguantaba el chaparrón estoicamente


La crisis de la burbuja inmobiliaria que estalló en los años 2008 y 2009 y se dilató varios años es un punto de inflexión importante en el devenir de Las Ventas. Las empresas que poseían un palco de grada o andanada para hacer relaciones, los colegios mayores que tenían muchos abonos repartidos por la plaza, etcétera, todo eso se perdió. El abono fue cayendo progresivamente hasta que en los años 2015 y 2016 tocó fondo con unos trece mil fieles. Mucha gente se fue y nunca volvió, la unidad de criterios que daba un público que siempre llenaba la plaza en los festejos de abono −los de temporada siempre han sido otra historia−, fuera el día que fuera, se fue perdiendo. Es decir, la Cátedra se diluía progresivamente. El momento que marca para mí este cambio de paradigma en el que mucha parte de la afición entendida iba a desaparecer en años venideros es el del 5 de junio de 2009, despedida de Luis Francisco Esplá, torero muy querido y valorado, conocedor y dominador de todas las suertes −menos la de matar− y de todo tipo de toros; inteligente, comunicativo con los tendidos, supo entender la idiosincrasia y el carácter de la plaza mejor que nadie.

De entre la infinita diversidad de público, tribus urbanas y rurales que poblaban Las Ventas por aquellos primeros años de los dos mil estaban “los aficionados de la Movida”, los que aún coleaban de ese Madrid canalla y fiestero y fueron testigos de las últimas actuaciones magistrales de Antoñete, emblema de esta corriente de aficionados. Eran fáciles de reconocer por su estética heterodoxa y subversiva en el contexto del coso taurino, yo mismo conocí a varios en mi primer abono en la grada del cinco, siendo su exponente más señero el gran Jaime Urrutia, un habitual de nuestra plaza.

 

La aparición de las redes sociales. De Taurodelta a Simón Casas y Plaza 1

En esa transición entre una década y otra mi memoria tiene inclinación por dos ganaderías, Palha y Cuadri. Las corridas de la vacada portuguesa acaecieron justo antes de entrar en la década de los años 10. En 2007 destacó un toro bravísimo, Rabosillo, frente a Sánchez Vara; en 2008 hubo una corrida grandiosa en la que sobresalió el toro Rachido, que salió reventando burladeros como en las láminas de La Lidia, y con el que sostengo que estuvo muy bien y muy digno Luis Bolívar, malogrando todos los méritos con la espada. Y en 2009 otro gran encierro, con sabor agridulce por la pavorosa cornada sufrida por Israel Lancho y la polémica servida porque el mayoral fue obligado a saludar.

El caso de Cuadri es un agradable recuerdo, esperamos que aquellos años de gracia se repitan, y es que cualquier persona de bien que sienta pasión por el toro bravo ha de tener admiración por esta casa ganadera. Esos momentos dulces del hierro onubense siempre serán asociados con un torero y su cuadrilla, la de Javier Castaño. Parecía que iban a sentar jurisprudencia haciendo las cosas con tamaña excelencia, especialmente en el tercio de varas, pero nada más lejos de la realidad. En Madrid, por lo que sea, no interesa hacer las cosas bien en varas. Al menos los aficionados supieron compensarlo y, en una jornada histórica, en mitad de una faena, picador y cuadrilla fueron invitados a dar la vuelta al ruedo en medio del clamor popular. Fueron años estupendos para la familia Cuadri y una legión de aficionados los acompañó por todas las plazas, los cuadriadictos.

Entrada la década de los años 10, paulatinamente, fuimos sintiendo la degradación del público de la plaza. Las reacciones desproporcionadas por cosas tales como que una montera cayera del derecho tras un brindis, que antaño se vivía con naturalidad; el abaratamiento de los trofeos; las calvas en los tendidos en los festejos de San Isidro que, poco a poco, se iban haciendo habituales, con lo que el público resultaba tornadizo y ampliamente mayoritario con respecto a los más habituales y recalcitrantes. La empresa Taurodelta, aburrida, ayuna de imaginación, de espaldas siempre al aficionado, con unos carteles infames fuera del abono de feria, no ayudaba a contrarrestar ese vacío producido por la crisis. Las figuras tampoco, algún gestito muy puntual, como cuando Talavante se encerró con Victorinos −muy justos de trapío−, pero toreros del corte de Perera o del Juli, con muletas muy poderosas, desaprovecharon la oportunidad de demostrarlo en el cogollo de su carrera frente a toros de poder y se prodigaron, casi exclusivamente, con el ganado facilón que los taurinos llaman “de garantías” y los aficionados “de carril”. Morante de la Puebla, redescubierto ahora por los públicos veinte o veinticinco años después, coleccionaba broncas y abucheos en prácticamente todas sus comparecencias en Las Ventas. Los bailes de corrales fueron importantes, frecuentes y muy sonados en este periodo, recuerdo incluso alguna pitada al iniciarse el paseíllo motivada por la escasez del ganado que se había visto por la mañana en el apartado mientras asomaba la pancarta clásica de aquella época: “hoy toros light”.


La empresa Taurodelta no dejó impronta

Empezada la temporada de 2014, nuestra Asociación y la delantera de grada del siete padecían la ausencia de Joaquín Monfil, aficionado con unos conocimientos profundos de la historia de la tauromaquia, de donde brotaba su particular visión del espectáculo taurino. Rodeado en la grada por mujeres de la categoría de Yolanda o de Rosa, aficionadas que sienten la plaza de Madrid como algo propio, donde la defensa de su crédito y posición se antepone a cualquier circunstancia, debilidad o partidismo. Ese tipo de aficionados que, ante un trofeo inmerecido, no digamos una puerta grande, una vuelta a un toro cuestionable… salen de la plaza dolidos, como si les hubieran clavado a ellos el arponcillo de las banderillas, con un berrinche que durará al menos hasta el siguiente festejo. Los hay por todos los tendidos pero son pocos en comparación al enorme aforo que tiene Las Ventas, sin embargo, es ahí donde reside el auténtico espíritu de la plaza.

Entretanto vivíamos la eclosión de las redes sociales y, con ello, un gran cambio en nuestros modos de vida y de relacionarnos. Propiciaban la inmediatez, la perdida de la reflexión profunda y la atención sostenida, tendencia a lo superfluo, a fingir un mundo ideal. Es notoria también la pérdida del respeto, del principio de autoridad, el colegueo y la banalización de las opiniones que gozan de un estatus y jerarquía. Todo esto iba a tener mucha influencia en el modo y las formas con las que los aficionados venideros se iban a acercar a la plaza, como vamos a ir viendo. Traían también otras cosas muy positivas como el intercambio de conocimientos y opiniones muy válidas y la conexión entre afines. Han sido infinidad los aficionados que han trabado amistad a partir de una relación virtual previa, servidor puede dar fe de ello. Ejemplo de ello podría ser el Ateneo Orson Welles, un grupo de aficionados irreverentes, alejados de los clichés prototípicos, agrupados en torno a una percepción global y vanguardista. Con iniciativas muy loables y una actividad cultural potente como la revista El Monosabio de la que publicaron varias ediciones; lástima que no pudieron mantenerse en el tiempo.

El periodo Taurodelta, que sirvió para enterrar la idea de cubrir la plaza gracias al fracaso de poner una techumbre y que esta se viniera abajo, nos trajo algunos cambios reseñables. Le quitaron el atuendo de torear al chulo de banderillas y al torilero, algo que era costumbre secular en Madrid, y apadrinaron el cambio de distribución de los caballos de picar, llevándoselos a la puerta grande en vez de hacer el clásico recorrido por la plaza desde el patio de caballos. Años anodinos por una empresa anodina que maltrató la calidad de la programación, especialmente fuera de abono. Además, unas figuras que iban a lo fácil y que ignoraban cualquier ganadería que no se plegara a ellos, lo que suponía el ahogamiento de muchos hierros y encastes y, en muchos casos, su desaparición. En contrapartida, surgió el llamado “ciclo de encastes minoritarios”, una forma de aislar oficialmente y de institucionalizar a todas esas ganaderías que se salían de la norma y que, de una forma o de otra, se ha ido manteniendo en el tiempo durante el mes de septiembre.

Podría decirse que Fandiño fue el torero que nos sacó de aquellos años de apatía en los carteles, además se fue haciendo en los festejos de temporada con la plaza semivacía. Estos son los espadas que gozan del mimo y el cariño de la afición, los que se fraguan en la propia plaza en todo tipo de tesituras y no los que vienen entre algodones con vitola de figura sin haberlo contrastado en Madrid. Lo vimos crecer, triunfar, fracasar, su pundonor y su vergüenza torera siempre fue intachable. Se anunció con todo tipo de ganado y lo vimos torear en vaqueros, tirarse a matar con inmensa verdad, a veces sin estoque, encerrarse con seis ganaderías del gusto de la afición a plaza llena... En fin, los que estuvimos ahí y lo vimos progresar, los que lo admiramos y lo sentimos, siempre llevaremos esa espina por su trágica pérdida.


Fandiño

 

De Plaza1 a la degradación de la plaza

En este epígrafe vamos a tratar de exponer los sucesos y actuaciones que han ido concatenándose desde que entró Simón Casas con Garrido hasta llegar al punto de degradación en el que nos encontramos, ya les adelanto que esta etapa es la más interesante desde el punto de vista sociológico.

Como sabemos, la plaza de toros no es un lugar estanco ni ajeno a la vida social y política española sino reflejo de ello. En este sentido, debemos recordar la eclosión del partido político Podemos a mediados de los años 10, dejando claro desde el principio una hostilidad inusitada no solo contra la fiesta de los toros, también contra los aficionados que acudían a las plazas. Sirviéndose de las redes sociales, no era extraño ver a representantes públicos de este partido, o candidatos a ello, tachando a los aficionados de psicópatas, homicidas, etcétera, o desear que las plazas de toros ardieran o una bomba causara su destrucción. Aquellos ataques tan frontales, descarnados y violentos se materializaron en diferentes medidas prohibicionistas que este partido aplicó conforme fue adquiriendo una cuota importante de poder en las diferentes administraciones locales y autonómicas. Las noticias negativas, de censura a la tauromaquia, se sucedían día sí día no, esto caló en muchas personas que no compartían estos ataques furibundos contra la fiesta y soliviantó a los que simpatizaban con ella. En contrapartida y para luchar contra estos ataques incesantes a la tauromaquia desde las instituciones nació la Fundación Toro de Lidia con un gabinete jurídico dispuesto a plantar cara, consiguiendo algunos logros importantes.

Paralelamente, en 2017 tuvo lugar el golpe de Estado o procés de Cataluña, en donde, queramos o no, se produjo un ataque contra la soberanía del pueblo español así como posterior humillación, puesto que los partidos políticos que ampararon este proceso de rebelión o sedición pasaron a formar parte de la coalición para formar gobierno, algunos de ellos fueron condenados por la justicia, si bien se procedió a liberarlos de prisión indultándolos, los delitos por los que fueron condenados se eliminaron del Código Penal y, con el tiempo, se impulsó una ley de amnistía ad hoc como si hubieran sido condenados por una dictadura, interfiriendo y eliminando la independencia de los jueces que se limitaron a aplicar la ley que, se supone, emana de la voluntad popular.

Perdonen la digresión, no queda otra que poner estos acontecimientos políticos sobre el tapete para entender la evolución y etología de la plaza de toros de Madrid que, junto con los ataques contra la tauromaquia desde las instituciones antes comentados, por partidos abiertamente hispanófobos, provocaron un efecto rebote y mucha gente empezó a acudir a las plazas de toros no solo como afición sino como defensa y reivindicación de españolidad. Esta fue la época en la que los “viva España” comenzaron a multiplicarse exponencialmente. Antaño, el “viva España” solo se vitoreaba en Las Ventas los días que venía el rey en Beneficencia y sonaba el himno, tras estos sucesos pasó a repetirse varias veces durante la lidia de cada toro, de manera tal que parte de la afición aborreció tanta insistencia.

Sobre este tema es inevitable recordar una anécdota muy divertida sucedida en una corrida de Beneficencia del año 2018 o 2019, presidida por el rey, en la que no paraba de gritarse “¡viva España!” desde los tendidos, continuamente. De repente, en la zona del siete pegando al seis, una mujer vociferó: “¡viva la república!”. Imagínense el revuelo que se montó alrededor, gran cantidad de personas se volvió contra ella, algunos querían echarla de la plaza. A mí me recordó aquello del alma libre y anárquica del ciudadano español que contaba Unamuno, o lo de Pérez de Ayala del carácter nuestro: aunque toda la plaza ovacione siempre habrá uno que se levante y pite, no lo hace contra aquello que provocó la ovación sino contra todos aquellos que baten palmas.

La nueva empresa, conocedora de cómo funciona el ocio actual pues una parte de ella está especializada en el mundo de los viajes y el turismo, comenzó a vender la corrida de toros como una experiencia. Eso que se lleva tanto ahora, como sucede en cualquier otro espectáculo de la actualidad: el cine, el fútbol, la fórmula uno…  el contenido no importa tanto como el decorado y la oferta alrededor del mismo, el atrezo. Las fiestas y las discotecas en la plaza proliferaron de tal manera que llegaron a fagocitar el espectáculo taurino, la música se abría paso incluso mientras se estaba lidiando el sexto de la tarde −luego piden respeto−. El botellón hacía su presencia sin ningún tipo de disimulo, creo que acabará provocando la típica solución salomónica tan nuestra: la prohibición del consumo alcohol en el coso. Es complicado porque hay importantes intereses económicos pero no descarto que, como siempre, acaben pagando justos por pecadores.

La oferta de Casas y Garrido para regentar la plaza ponía en valor la promoción de la juventud y el abono joven. Aquello funcionó −el discotequeo y el botellón son buenos alicientes− y se fueron agrupando y focalizando en la grada del seis. La juventud ya se sabe, es rebelde y opositora por naturaleza y allí había algunos grupos de chavales que bien, son jóvenes, pero no son tontos y muchos de ellos se movían por la afición a los toros más que por el gin-tonic. Entre otros, había aficionados de categoría como la gente de AJTE (Asociación Juvenil Taurina Española) o grupos como el de Borja, de Casta y Bravura, que conocen la plaza perfectamente. Así que, desde la energía de la juventud y la pasión por los toros, la grada del seis se convirtió en un frente de rigor, exigencia y protestas. La plaza tenía un nuevo hervidero, las protestas llegaron a superar ampliamente a las del siete, que nunca ha dejado de ir a menos paulatinamente, así que la empresa tomó cartas en el asunto y se encargó de disolverlos y acabar con este nuevo foco poniendo todo tipo de trabas a la hora de renovar.

Esta etapa coincide con los años en los que la afición que exigía era demonizada sistemáticamente desde los portales digitales, ciertos plumillas de los periódicos y redes sociales, cualquier protesta era sacada de quicio. En las crónicas y tuits de muchos medios y periodistas a los que no voy a dar protagonismo ahora siempre había espacio para alentar el odio contra una parte de la afición. A mi modo de ver aquello estuvo claramente orquestado.

Es verdad que la nueva empresa cambió algunas cosas para bien. Ponía más interés en los carteles que Taurodelta −no era complicado− y abrió el abanico ganadero atendiendo las demandas de los aficionados. La Feria de Otoño de 2018 se confeccionó por sorteo y el bombo dictó la suerte, aunque no se volvió a repetir. Los desafíos ganaderos de septiembre y la corrida concurso, recuperada después de diez años de ausencia, han ofrecido momentos excelsos e inolvidables de toros y toreros.

A pesar de la bajada del IVA para las entradas de los toros, del 21 al 10 %, implementada por el Gobierno en 2017, los precios de las entradas comenzaron a subir inexplicablemente antes de la pandemia por encima de lo que marca el IPC −en esta revista, en su momento, publicamos artículos demostrándolo−, pero la puntilla la sufrimos con el nuevo pliego en 2022. Bajo la premisa de subir el número de abonados y de generar beneficios los días de figuras, la empresa se cameló al director gerente de Asuntos Taurinos en ese momento, Miguel Abellán, y la Comunidad de Madrid cedió a una liberalización de precios sin ningún tipo de pauta o límite dentro de un pliego que, paradójicamente, regula cualquier tipo de detalle. En algunos casos, las localidades más económicas de la plaza multiplican por tres respecto al precio de venta original, no solo en carteles de mucha demanda y expectación, lo que podría explicar este abuso, también en novilladas sin ningún aliciente o en las corridas de los festejos de temporada. Con esta medida, en mitad de una inflación galopante generalizada, se ha ido perdiendo un nicho importante de personas que acudían frecuentemente a los diferentes festejos de temporada, aficionados de Madrid y alrededores, que no tenían por qué ser abonados y han sido claramente perjudicados, mas estos no salen en ninguna estadística.

La pérdida de identidad tras la crisis y la caída del abono; el público de patriotismo rebelde que vino a contracorriente de los ataques sistemáticos contra la tauromaquia o contra la nación; los que se arrimaron porque se enteraron que había barra libre para la fiesta, el botellón y el after bullfight en la discoteca; el público más llano y humilde sustituido por los que sí pueden permitirse unos precios desbocados. Con todos estos ingredientes ya tenemos el cóctel. La empresa encantada, se ha permitido poner algunas guindas, como los últimos carteles para San Isidro dirigidos a una clientela específica y muy concreta, resultante de todos estos factores que hemos ido comentando.

Algunos han dado en llamarlo la cayetanización de la plaza. Lo que está claro es que el carácter diverso y plural, la variedad de estratos sociales, de grupos urbanos y rurales, se han perdido, y el público es mucho más homogéneo. El monoencaste también ha llegado al tendido y esto hace que en Madrid ya no encontremos esa diferenciación que la distinguía, el crisol y la alegría de otros tiempos, siendo ahora una plaza mucho más aburrida, como sucede en el ruedo con el monoencaste.


Pancartas contra la actitud lamentable de la plaza

Cuando hablamos de la pérdida de criterio y rigor de la plaza es recurrente escuchar aquello de “es que el siete ya no es lo que era”. Vale, esto es cierto, pero no es el siete el único que ha mermado su condición reivindicativa con el paso del tiempo. Los tendidos de sombra merecen una atención en toda esta cuestión que pocas veces se analiza, el cambio de actitud a partir de lo sucedido tras la crisis de 2008 fue muy acusado. La Cátedra que recordábamos iniciando este artículo lo era, en gran medida, gracias al tendido ocho y a los tendidos de sombra, allí abundaban grandes aficionados que vivían la corrida con pasión, a su manera, con más mesura y un talante distinto al del siete y los tendidos de sol. La sombra que conocí en mi juventud protestaba los inválidos igual que el resto de la plaza, abroncaba cuando tocaba −sin la hostilidad y la predisposición del siete, claro−, se revolvía contra el palco cuando los presidentes la liaban y era un referente cuando había una pañolada demandando trofeos, especialmente los tendidos ocho y nueve. Sabían lo que veían perfectamente, aportaban un punto de equilibrio magnífico y defendían el crédito de Las Ventas frente a la bullanga y las facilidades que ofrecían los tendidos de solanera a los toreros. No obstante, los toreros armaban sus faenas frente a estos tendidos si querían triunfar de verdad, sin embargo, en la actualidad prácticamente nadie torea frente a la sombra, la histeria de los tendidos de sol se ha impuesto a la parsimonia del resto. Ya no se protesta nada por muy escandaloso que sea el asunto y no queda asomo de la personalidad que había en aquellos tendidos, los miras y parece un trampantojo.

Y esta, señores, es la plaza que tenemos ahora. El público cambiante y de oleadas con la caída del abono, los beodos que entran pasados de vueltas, desinhibidos y cargados de odio contra todo aquel que ose discrepar, los del vivaspaña, los silencios impostados, el palco y los asesores a la deriva, el pastoreo que se ha empleado desde los despachos, por ejemplo, cuadrando los “carteles de figuras” en días de la semana muy concretos… Recordemos que la categoría no la otorga el título de plaza monumental, ni siquiera el de bien de interés cultural, esto se gana por la seriedad y el trapío del toro que salta a la arena y la calidad y criterio del público que pondera y valora lo que sucede. Es necesario que los tendidos se pronuncien, para bien o para mal, sin la actividad y el juicio del público la corrida de toros carece de sentido, por eso no se ha de estar como en misa.

¿Cómo recuperar aquella plaza que añoramos, cómo hacer que regrese la Cátedra? Si alguien tiene la fórmula que venga y nos la cuente. Lo que sí podemos afirmar, es que los procedimientos, los modos de ser y estar de una sociedad están en permanente cambio y transformación, los ciclos pueden ser circulares, y la plaza de toros de Madrid no está al margen de ellos. Así que no desesperen.


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Artículo para el boletín número 66 de la asociación El Toro de Madrid, La Voz de la Afición.

miércoles, 10 de junio de 2026

Toros que pasaron a la historia (II)

 

EL PREMIO DEL AYUNTAMIENTO AL TORO MÁS BRAVO DE LA FERIA (II) 


           En este caso, continuando con la serie, nos remontamos al domingo 13 de mayo de 1951, los toros fueron de José Luis y Hdros. de Felipe de Pablo Romero. Para lidiarlos y estoquearlos se anunciaron Rafael Llorente, Paco Muñoz y Manolo dos Santos. Y al igual que el año anterior fue de nuevo el torero portugués Manolo dos Santos el que estoqueó el que a la postre fue el toro premiado de aquella Feria de San Isidro de 1951, que ya contaba con once festejos, jugado en sexto lugar, de nombre Rizador, marcado a fuego con el número 25. Le acompañaban en el cartel Rafael Llorente y Paco Muñoz.

El toro esmirriado de la posguerra iba quedando atrás en aquella década de los 50 en un progreso lógico y natural después de la contienda fratricida y las miserias posteriores. Se empezaban a ver en Las Ventas corridas más serias a la par que el aficionado también demandaba un ganado que impusiera respeto, si bien, es más destacable la bravura y la casta rústica y natural de aquellos años que el trapío y el cuajo que lucían, entre otras cosas, ni siquiera se conocía la edad de los animales con certeza. Los toros no estaban tan moldeados como ahora, eran más brutotes, con mucha movilidad y con una embestida imperfecta, en el caso de Pablo Romero habitualmente a media altura. Como se pueden imaginar, aquellos animales carecían de la nobleza de ahora que permite hacer faenas interminables sin que los toros se resabien.

La ganadería de Pablo Romero, en aquel tiempo en manos de José Luis de Pablo Romero, siempre fue muy apreciada por los aficionados venteños debido a varias razones. Por ejemplo, la belleza y el trapío excelente de estos toros en una época, como decimos, de vacas flacas. Era un toro que frecuentemente se empleaba con bravura y alegría en todos los tercios, lo que satisfacía enormemente a los aficionados, a pesar de una embestida imperfecta que no se ponderaba ni se demandaba como hogaño. Además, José Luis de Pablo Romero había tenido enfrentamientos muy serios con el apoderado de Manolete, el conocido Camará, puesto que se había negado a tocarle los pitones a los Pablo Romero para que el diestro de Córdoba se anunciara con ellos, lo que derivó en un veto contra la vacada andaluza, que incluso tuvo que mandar algunas reses al matadero por no encontrar salidas comerciales y negarse a cumplir con las exigencias de Camará.  Como se pueden imaginar, gran parte de los aficionados se posicionaron a favor de la honradez y la integridad del señor José Luis de Pablo Romero que se opuso en todo momento a tocarle los pitones a sus toros.

En el caso que nos ocupa, el toro Rizador no fue el único de una corrida de muchísimo nivel, y hubo más toros susceptibles de haber sido premiados. Sobre el conjunto, en las páginas de El Ruedo, podemos leer: “Pues si por su trapío y su seriedad hubieron de conquistar previamente en la Venta del Batán la máxima admiración luego, en el ruedo, el entusiasmo del público subió de tono ante la bravura de los bichos”. En cuanto al juego que ofreció nuestro protagonista, Areva reseña: “El sexto, Rizador, número 25, cárdeno, recibió cinco varas en el mismo tercio, como casi todos los hermanos, y llegó a la muleta con arrancada larga, alegre y templada”. El director de la revista en ese momento, Manuel Casanova, acerca de esta corrida afirmaba: “De los Pablo Romero solamente hubo uno peligroso: el primero, que se vencía mucho por el lado derecho. Hubo, en cambio, dos toros magníficos: el cuarto y el sexto, siquiera casi todos humillasen poco y embistiesen con la cara alta”.

En cuando a la faena del torero portugués, la valoración que hizo el crítico de El Ruedo fue la siguiente: “De la primera corrida de la Feria, no queda en el recuerdo de los aficionados, sino la presencia, el trapío, de los toros de Pablo Romero y la faena que realizó en el sexto el torero portugués Manolo dos Santos. Si Dos Santos la realiza en el tercero, o la corrida se hubiera medio enderezado antes, es seguro que el premio que se hubiese otorgado hubiera sido más amplio”. Sobre el broche de la faena y lo sucedido después, añade: “Dejó una estocada de la que rodó el bravo animal sin puntilla. Y entonces se dio el caso curioso de que una labor jaleada mientras la estaba ejecutando, y bien y prontamente rematada, se discutiera luego, y mientras unos espectadores pedían insistentemente que se le concediera a Dos Santos la oreja, otros le negaban autorización para que diera la vuelta al ruedo. En tales dudas, que no se resolvieron en ningún sentido, Dos Santos abandonó la Plaza entre aplausos y los espectadores entre discusiones”.

Y es que como venía a decir el gran Fernández Salcedo, cuando sale un toro bravo de veras la faena es discutida porque siempre, para muchos aficionados, queda la sensación de que el torero podía hacer más. Esto sucedía hace setenta y cinco años y sigue sucediendo hoy.

Esta ha sido la historia de Rizador, “toro de azulejo”, que es el dicho típico madrileño y no “toro de vacas”, como dicen e insisten muchos en redes en estos tiempos, lo que a nuestro juicio nos resulta una expresión grotesca con vientos del sur. En cualquier caso, no podemos hacer otra cosa que alegrarnos enormemente porque los toros de Pablo Romero continúan lidiándose en las plazas de España y Francia, con buenos resultados y una mejoría notable respecto a décadas pasadas, gracias al trabajo de sus actuales propietarios y a la generosidad de la familia de Pablo Romero que, con más de cien años administrándola, tuvo a bien vender la vacada en su momento en vez de acabar con la estirpe una vez que la familia no iba continuar con ella. Mandarla al matadero antes que verla en otras manos es lo que, desgraciadamente, hubieran hecho muchos otros ganaderos. 


Los toros de Pablo Romero en el Batán


Manolo dos Santos toreando a Rizador

Toro de Pablo Romero jugado este San Isidro

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Artículo para La Voz de la Afición


miércoles, 3 de junio de 2026

Damián Castaño y Minutero, de José Escolar

 











Todavía sigo dándole vueltas a lo sucedido ayer en el quinto episodio de la tarde y me vienen ramalazos de la lidia de Bastonito. Los tres envites con el jaco, esa fiereza y casta salvaje del toro, cómo le echo mano al peón -y lo corneó en un milisegundo-, la pelea a carta cabal en la muleta, con qué saña quería echar mano a Damián después de la suerte de matar... Tremendo. Si le pega una tanda y media un poco más mandonas, si consigue matarlo medio bien -talón de Aquiles de este torero- y le corta la oreja, porque se la hubiera cortado, los aficionados estaríamos discutiendo esta faena y esa hipotética oreja durante años. 

Fue una pena lo del viento, que tanto desconcierta a los toros e impide a los toreros manejar las telas. Pienso que con mejores condiciones Damián hubiera podido sacar esa tanda y media, la disposición y la verdad estaba ahí. La embestida del toro no sabemos si era tal o si solo pretendía matar. 

Entiendan que mis recuerdos vienen por lo salvaje del toro, su casta fiera, por cómo se desarrolló la lidia y la faena, un combate en cada tanda, y por la saña de Minutero, muy similar a la de Bastonito. Mi intención no es comparar a dos toreros como César Rincón y Damián Castaño, que están a mucha distancia uno de otro sino el hilo argumental de ambos acontecimientos. En cualquier caso, torrente de emociones las que vivimos ayer gracias una vez más a ese grandísimo ganadero que es don José Escolar y a un torero que se la jugó de verdad, Damián Castaño. 

domingo, 10 de mayo de 2026

Tarde histórica


[Crónica para la asociación El Toro de Madrid] 


Segundo festejo de la Feria de San Isidro, lleno de “no hay billetes”, con tiempo desapacible e inestable se ha lididado y estoqueado una corrida de La Quinta. En la mañana del día del festejo la empresa ha publicado un Acta de pesaje de los caballos de picar, hecho histórico sin precedentes.

Sosos y descastados los cuatro primeros, mal presentados Todos cinqueños, el quinto fue un toro mediano y el sexto un buen toro. El primero alto de agujas; el segundo bajo, generoso de carnes y badanudo; el tercero demasiado estrecho de cara; el berrendo cuarto no tuvo plaza y no aparentaba lo suficiente; quinto grandullón y sexto guapo y asaltillado.

 

Miguel Ángel Perera. Estocada atravesada saliéndose y varios descabellos; SILENCIO. Dos pinchazos y estocada caída saliéndose; SILENCIO.

Daniel Luque. Pinchazo y estocada; SILENCIO. Media estocada y descabello (un aviso); SILENCIO.

Tomás Rufo. Tres pinchazos y estocada honda (un aviso); SILENCIO. Estocada baja y dos descabellos (un aviso); SILENCIO.  

 

Presidente: Presidió el festejo el don Iñaki Sanjuán Rodríguez. Por la mañana envió a varios caballos a la báscula de pesaje y se publicó un Acta, muy bien. Por la tarde no tuvo ninguna situación comprometida, sin incidencias.

Tercio de varas: No se ha picado con mucha saña para lo que se estila. Se aplaudió a Juan Melgar por su labor con el cuarto, su caballo perdió los aplomos en la pelea y hubo un momento de peligro. Los toros, después de los primeros encuentros, no han sido huidizos ni tardos.

Cuadrillas:  Saludó la cuadrilla de Daniel Luqué tras el segundo tercio de su primer toro, lidiando Antonio Manuel Punta y banderilleando Juan Contreras y Jesús Arruga. Asimismo, saludó la cuadrilla de Rufo en el sexto de la tarde, lidiando José Luis Triviño y pareando Sergio Blasco y Fernando Sánchez, este último puso un par de categoría.


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No pasó apenas nada reseñable en lo estrictamente artístico y, sin embargo, fue una corrida histórica. Era la comidilla de todos los corrillos entre los aficionados, por fin, después de toda la lucha incesante por parte de esta Asociación, de su junta directiva encabezada por Carlos Rodríguez-Villa, hemos dado un pequeño gran paso acerca de las demandas sobre el pesaje de los caballos de picar, su publicidad y transparencia. En la mañana del día del festejo, el presidente de la jornada, el señor Iñaki Sanjuán Rodríguez, envió al menos dos caballos a la báscula −utilizada habitualmente para pesar los toros− y la empresa publicó un Acta de pesaje con una relación de seis caballos y sus correspondientes pesos en sus redes sociales, un hecho histórico y sin precedentes en esta plaza.

Algo a priori tan básico y sencillo como es cumplir con el pliego que rige Las Ventas y con el Reglamento de Espectáculos Taurinos vigente se transforma, por mor de los insondables recovecos de la Administración y la picaresca inherente de los taurinos, en toda una odisea. No se imaginan la lucha y la batalla que conlleva activar a todas las partes implicadas. Hemos dado un pequeño gran paso, como he dicho, pero todavía queda mucho. Para empezar, la infraestructura, es necesaria una báscula en el patio de caballos, sobre esto nuestra Asociación se ha ofrecido a instalar una. El pesaje ha de ser público y publicado, y los aficionados han de tener la forma de correlacionar y de hacer un seguimiento del caballo pesado con el que después sale a la plaza. Esos petos inmensos y rígidos también deben ser controlados, en fin, queremos justicia, equilibrio y espectáculo en el tercio de varas.

Además de las conversaciones sobre la acorazada de picar y el Acta de pesaje milagroso, se corrió y estoqueó una corrida cinqueña de La Quinta, de las malas, esto es, de las que van desarrollando descaste y, con ello, los malos vicios del encaste. Miradas al tendido, desentendidos de la pelea, sosería, paso sin embestir, dormidos, pegando el derrote por las nubes… un suplicio tanto para el público como para los toreros. Se me antoja realmente complicado conseguir algo lucido con animales de este cariz. Así fueron los cuatro primeros, además de feos o mal presentados.

Poco o nada pudo hacer Perera con su lote, desesperado frente al segundo de su lote viendo que aquello se diluía sin que pasara nada. Lo que sí pudo mejorar es la forma de matar dado que entró descaradamente a paso de banderillas en todas las ocasiones. En el saludo del cuarto de la tarde se llevó un susto y tuvo que tomar el olivo, lo paró resueltamente el subalterno Daniel Duarte.

Daniel Luque dio muestras de su dominio de las suertes de capa y tuvo momentos de lucimiento especialmente en un quite por cordobinas. Su primero se apagó tras la primera tanda, pero el quinto de la tarde se movió con más nervio que sus hermanos y permitió hacer faena. Me gustó su intención y actitud porfiando por el lado izquierdo hasta quedar por encima del animal, luego como que se pasó de faena. La gente no le echó cuentas en ningún momento, probablemente debido al sopor que llevaban encima a esas alturas de festejo.

El sexto tenía hechuras asaltilladas sobre todo por la conformación de pitones, veleto y cornipaso. Salió con viveza y en el segundo puyazo como que entró en calor y mostró buenos detalles. No estaba Rufo por la labor de pegarle otro puyazo clarificador, él juega en otra liga: la muletera. Fernando Sánchez le dejó al público de cara con un señor par del que salió con chulería mirando al tendido, tocaron a matar y Rufo se fue a los tendidos populares de sol y, entré las rayas, pegó dos tandas de derechazos excesivamente jaleadas. La primera perdiendo pasos y la segunda con la cosa de que ahí mandaba el toro. Por el izquierdo decayó su labor puesto que el morlaco ofrecía peores cualidades. Le dio una más por el derecho y cogió la espada de acero para dejar una estocada caída, también muy celebrada por unos tendidos que estaban locos por no irse de vacío. Había aficionados que afirmaban que le iban a pedir una oreja por semejante vulgaridad, pero esto se esfumó cuando Rufo empezó a fallar con el descabello.

Nos queda una corrida de La Quinta para toreros, digamos, de menor rango. Muchos aficionados nos recordábamos que si todo se desarrolla como se tiene que desarrollar y los ganaderos cumplen con el proceder acostumbrado, la del próximo sábado arreará mucho más que esta. Veremos.


El Acta milagroso que tanto ha costado conseguir



El toro Carretero, sexto de la tarde. Con varios como este estaríamos hablando de otra corrida...