Daniel Perea. La lidia, 10 de junio de 1889.
domingo, 8 de enero de 2017
viernes, 23 de diciembre de 2016
Feliz Navidad
1619, Adoración de los Reyes Magos. Diego Velázquez (Fuente: Museo del Prado)
A familiares, amigos, conocidos y personas de buena voluntad. Gracias por visitar este blog, compartir opiniones y la mejor de las aficiones: las fiestas de toros.
Feliz Navidad
sábado, 5 de noviembre de 2016
El doctor Marañón y los toros
Rescato hoy un artículo de interés del periódico ABC, del lunes 23 de mayo de 1983, escrito por Gregorio Marañón Moya, hijo del insigne don Gregorio Marañón, acerca de la afición de su padre por la fiesta taurina, donde entresaca algunas opiniones en torno a la tauromaquia. Don Gregorio Marañón es uno de los médicos y científicos españoles más importantes de la historia, cuyos descubrimientos tuvieron repercusión internacional. Historiador y prolífico escritor, entre sus inacabables distinciones, fue miembro de cinco de las ocho Reales Academias que hay en España (de la Lengua; de la Historia; de las Bellas Artes; Nacional
de Medicina y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales).
Mi padre escribió 85 libros, 250 prólogos, 322 artículos en la gran prensa y 1229 conferencias, ponencias y discursos. Creo que es el español de su tiempo -o uno de los españoles de todos los tiempos- que más ha escrito. Abordó temas variadísimos en Medicina e Historia. Pero, sobre todo, en sus ensayos y escritos breves, fijó sus ojos y su pluma en casi todos los problemas de nuestro tiempo. Como él mismo ha dicho: "El modo noble de servir a Dios es el afán de que nada de cuanto ha creado sea ajeno a nuestra curiosidad".
Pues bien, de toros no escribió más que el prólogo a un escritor colombiano Miguel Rasch Isla, libro editado en Bogotá y prólogo publicado después en forma de artículos, en el diario La Nación, de Buenos Aires, y del que se recogen aquí algunos párrafos.
¿Por qué no escribió más sobre toros? Recuerdo lo que ha dicho José María de Cossío: "Ningún escritor español, de vocación mínimamente realista, puede dejar de reparar en el espectáculo de los toros". Sí, desde Larra hasta Camilo José Cela y Ángel María de Lera, pasando por Pérez de Ayala, Ortega y Gasset, Gerardo Diego y Alberti, Gómez de la Serna, etcétera, todos ellos han llenado páginas y más páginas sobre los toros y su política.
Si Marañón no escribió, pues, nada, o casi nada sobre los toros, no quiere ello decir que no fuese un aficionado, un gran aficionado. Fue aficionado toda su vida, si es que por afición se entiende lo que realmente es, es decir: la inclinación y la propensión a alguna cosa; el ahínco y el esfuerzo en conocer y gozar de una cosa.
Toda su vida sintió y vivió los toros con entusiasmo ferviente, con juvenil emoción, con inteligente y reposada crítica. ¿Quiénes fueron sus íntimos amigos? Precisamente los mejores aficionados de su tiempo, cuando no los propios toreros: Juan Belmonte, Ramón Pérez de Ayala, el duque de Arión, Sebastián Miranda, Luis López Dóriga, José María de Cossío, etcétera. Conoció y trató a muchos, muchos toreros. Muy amigos suyos fueron, de los que podríamos llamar "toreros del 98", Rafael El Gallo y Machaquito, de los que, además de amigo, fue su médico. Con Juan Belmonte tuvo mi padre una entrañable amistad, de sobra conocida. Siempre les unió una mutua comprensión, llena de recíproca admiración, de afecto, y de íntima y pública lealtad. Juan Belmonte fue su amigo y su torero.
El insuperable atractivo del arte taurino que, según él mismo dijo, consiste en su perenne renovación, fue ávidamente observado y analizado por él temporada tras temporada. Todos sus familiares y amigos, todos sus colaboradores y discípulos, recuerdan bien que el tema taurino fue una de sus constantes lecturas y una de sus permanentes y amenas conversaciones.
Si para el público no escribió más que lo que he citado -el prólogo a Rach Isla-, en cambio en centenares de cartas a sus amigos surge siempre la fiesta como la mejor y más sentida de sus fiestas.
Como dato biográfico de cierta curiosidad, voy a transcribir parte de dos de sus cartas sobre toros. La primera está escrita en su niñez, cuando estudiaba el Bachillerato en el colegio de San Miguel, de Madrid. Se la escribió a su amigo Mariano y González de las Casas. Tenían los dos catorce años. La carta dice así:
Regreso de la plaza y te diré que Regaterín está lo mismo que siempre: ni mejor ni peor; ni para atrás ni para adelante. De Campitos, el semidebutante, te diré que me agrada al vulnerar, pues mete el brazo con arte y valentía. Con la muleta es bastante peor y con la capa es el hombre más maleta que ha pisado la plaza de Madrid. En cambio, Manolete entusiasmó a la gente con el capote, pero con el pincho mal, pero que muy mal. Los toros, de Moreno, fueron unos grandísimos cabestros.
Esta carta termina así:
Quiero ser médico para descubrir el elixir de la inmortalidad. Tú, estate tranquilo, pues te curaré... ¡¡de balde!!
La segunda carta suya, a la que me he referido, es una carta a su hijo, a mí, y está escrita antes de marcharse para siempre y encontrar, por fin, la paz en la paz del Señor.
Me comentaba en ella los toros de antes y los de ahora y me escribía:
La crítica taurina de antaño se reducía a unas pocas líneas sencillas, escuetas, casi como un parte militar, en la que se nos comunicaba, exclusivamente, la bravura del ganado y las estocadas de los toreros. Que esto es lo esencial, según las reglas clásicas de Montes: mucho toro, pocos pases, una estocada.
Los toros tomaban 12 y más puyazos sin volver la cara, con lo cual todo queda dicho sobre lo que "era" tan prodigioso animal. Los toros de mi época tenían en mucha honra a sus cuernos y no toleraban escandalosos maquillajes.
Los toreros conservaban, fuera de la plaza, su entera personalidad torera, los modos peculiares de su castizo vivir. Eran grandes bohemios y grandes señores también, lo que explica el que frecuentaran el trato de los dos extremos sociales: pueblo y aristocracia.
Los toreros de nuestros días, nietos de Juan Belmonte, son, como ha escrito Agustín de Foxá, "jóvenes atléticos, cultos, que hablan varios idiomas, flirtean con las señoritas de la alta sociedad y se curan con penicilina". El que los toreros de hoy sean así, que se curen con penicilina y no con aguardiente, como el Pepe-Hillo, a mí me parece muy bien. Es en otras cosas del toreo de estos nuevos tiempos en lo que ya no estamos de acuerdo. De todas, quizá la más grave, es que los toreros de hoy han matado al toro en la imaginación del aficionado. El toro ha desaparecido del festejo taurino y el público de hoy no va "a los toros", sino que va "a los toreros". Si no se rectifica urgentemente restableciendo al toro como parte fundamental de la lidia, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la fiesta nacional marcha hacia el futuro con plomo en el ala.
¡Cuántas cosas se podrían contar sobre Marañón y los toros y cuántas sobre Marañón y los toreros, a muchos de los cuales admiró mucho y a todos apreció y estimó con su sentido fabuloso de la amistad y del respeto humano!
En el citado prólogo al libro de Miguel Rasch Isla, dice Marañón:
De toros, reconozco que es más difícil hablar sin título oficial. Trátese de una fiesta a la que cualquiera puede asistir, si es lo bastante rico para adquirir el billete; pero cuya técnica, complicada y sutil, cuyos rigurosos reglamentos y cuya ingente casuística, expone a graves errores a quien pretenda opinar sin la suficiente autoridad y erudición. En ningún otro sitio del mundo ocurre lo que en la plaza; a saber: que si alguien se permite emitir en alta voz un juicio no ortodoxo, puede surgir a su lado un aficionado de autoridad que severamente le diga: "Usted se calla, porque no entiende de esto". Y no hay, en efecto, otro remedio que callar, porque ante la iracundia del buen aficionado no es posible ni defensa ni apelación.
Gregorio Marañón Moya.
ABC, 23 de mayo de 1983.
miércoles, 2 de noviembre de 2016
La suerte de varas
La suerte de varas, hacia 1855. Eugenio Lucas Velázquez (1817-1870)
Entre las múltiples fuentes de inspiración que Eugenio Lucas
encontró en la obra de Goya, el mundo de los toros protagonizó una parte muy sustancial
de su carrera como pintor. Fue además buen aficionado a esta fiesta y amigo de
toreros, reflejando su conocimiento del arte de la tauromaquia en una enorme
cantidad de pinturas de la más diversa envergadura, ambición e interés,
resueltas siempre con la factura enérgica y apasionada de su personal estilo,
de toque vibrante y abocetado, que le identificó ya en su tiempo como el más
legítimo seguidor del lenguaje goyesco entre la reducida clientela que apreció
su obra en los años centrales del siglo XIX. De esta faceta del arte de Lucas
es espléndido testimonio el presente cuadro. Representa un cruento episodio en
el que un fiero toro berrendo, después de haber cogido al matador, atendido a
la izquierda por su cuadrilla, embiste al caballo del picador -quien se apresta
a realizar la suerte de varas-, desgarrando las entrañas del animal, que sangra
abundantemente. Otro picador a caballo acude al galope a auxiliar a su
compañero, mientras el resto de los subalternos intentan llamar la atención del
astado con sus capotes. La corrida tiene lugar en la amplia plaza de un pueblo,
formados los burladeros del improvisado ruedo con carretas y barricadas delante
del caserío, dispuestas en círculo.
Fuente: Museo del Prado.
lunes, 31 de octubre de 2016
Gonzalo Anes en la revista Taurodelta
Gonzalo Anes, entre otros, ha sido historiador y director de la Real Academia de la Historia entre 1988 y 2014, año de su fallecimiento
Ya sabe que Ortega y Gasset decía que era impensable
estudiar la Historia de España sin tener en cuenta la historia de las corridas
de toros...
... Sí, claro que lo sé. Hace años di una conferencia sobre
los toros en la Historia. Según la información que obtuve, muy episódica, el toreo
a caballo estaba muy ligado al conocimiento del estribo –difundido en Europa a
comienzo del siglo VIII–. Entonces el caballo era muy utilizado en los
conflictos bélicos, por lo que los guerreros se entrenaban a conciencia alanceando
toros a campo abierto. Era así como adquirían destreza para la lucha... El toreo
a caballo lo veo así, ligado a la participación de los caballeros en la guerra,
lo mismo que las justas y los torneos, donde había presencia de damas para
mayor lucimiento de los caballeros.
Eso ocurría en la Europa húmeda, pero ¿qué sucedía en
España?
Aquí también era necesario entrenarse para atacar a
infantes, que guerreaban a pie. Por eso no había mejor ejercicio para los
caballeros que el toreo a caballo.
Está usted hablando de alanceadores, que no de toreros.
Sí, de alanceadores con gran habilidad. Por eso, en España,
tiene un gran desarrollo el toreo durante la Edad Media, porque hay guerras
continuamente. El toreo a caballo alcanza gran relevancia en el Siglo XVII, en
la corte de Felipe IV y en la de Carlos II, pues el toreo se convierte en el entretenimiento
favorito de los caballeros de la época. Era un toreo aristocrático, según la
definición de la condesa francesa de D’Alnoy. Para ella, el público no encontraba
atractivo el toreo si no perecían al menos diez hombres. ¡Una exagerada! Aunque
lo cierto es que las muertes originaron condenas de pontífices y condenas de
extranjeros.
Wilhelm Gaïl (1804 -1890). "Sturz des picador", hacia 1834
jueves, 27 de octubre de 2016
Cazarrata, de Moreno Silva
Cazarrata, de José Joaquín Moreno de Silva. Nº 45, 503 kilos.
Probablemente, el único toro de la historia condenado a banderillas negras que las tomó como un bravo. Sin queja, sin inmutarse, sin la más mínima protesta.
Fotos: De la web de Las Ventas, Andrew Moore y del blog de fotos de Ana Escribano.
***
Nota añadida: Viendo el número de visitas que está generando esta entrada debido al furor que está despertando este toro dos temporadas después (¿?), me gustaría añadir unas palabras aclaratorias. Efectivamente, Cazarrata no se dolió al castigo de las banderillas negras, bien, pero es solo un detalle dentro del conjunto de su lidia que, como sabemos, cuenta desde que sale del toril hasta que el hondero le pone la cincha para arrastrarlo. Este ejemplar, cuyas hechuras eran mucho más estrechas de lo que suele presentar su ganadero y también con respecto a las fotos que se vieron los días previos a su lidia, salió frenándose y buscando por el pitón derecho desde el primer momento, cosa que podemos atribuir a una naturaleza aviesa del animal o a que estaba currado, como opinan muchos aficionados. No estoy en posición de afirmar nada categóricamente, solo el ganadero lo sabe. En el tercio de varas Cazarrata se comportó con una mansedumbre clara y palmaria, buscando las vueltas del caballo, calamocheando o simplemente huyendo. Por mucho que le dieran siete u ocho veces, la mayoría fueron picotazos porque el bicho no se dejaba dar ni los picadores acertaron a taparle la salida. Ya en la muleta, Sánchez Vara, dentro de la dignidad de su actuación, no explotó el pitón izquierdo todo lo que debería a tenor de que el lado opuesto era imposible, como ya he comentado, creo que hubiera tenido alguna posibilidad por la zurda. El aliño fue muy corto y cuando cogió la tizona dejó media estocada tendida y baja, suficiente para que Cazarrata se echara sin mucha demora. Muy poca dureza de patas a la hora de morir. Esta es la lidia que yo vi, el que quiera la puede rememorar en YouTube.
A mí el toro no me parece un dechado de nada, probablemente llama la atención por sus intenciones homicidas por el lado derecho y porque fue protagonista de un tercio con banderillas negras (en Madrid hemos pasado lustros completos sin que asomara el pañuelo rojo y no será por falta de mansos). He visto toros igual o mucho más listos, con tanta o más mansedumbre, pero con muchísimo más poder y casta, requisitos indispensables que Cazarrata apenas tuvo. He presenciado cantidad de toros desangrados en varas, con medio metro de palo dentro, y parecía imposible que nadie fuera capaz de tumbarlos. Cazarrata no tuvo casta ni en el sentido de acometividad, ni en el de vender cara su vida. Ni siquiera me trasmitió mucha fiereza o animalidad, simplemente mala leche para ir al cuerpo del torero y para arrancarse cuando entendía que podía hacer presa.
A mí el toro no me parece un dechado de nada, probablemente llama la atención por sus intenciones homicidas por el lado derecho y porque fue protagonista de un tercio con banderillas negras (en Madrid hemos pasado lustros completos sin que asomara el pañuelo rojo y no será por falta de mansos). He visto toros igual o mucho más listos, con tanta o más mansedumbre, pero con muchísimo más poder y casta, requisitos indispensables que Cazarrata apenas tuvo. He presenciado cantidad de toros desangrados en varas, con medio metro de palo dentro, y parecía imposible que nadie fuera capaz de tumbarlos. Cazarrata no tuvo casta ni en el sentido de acometividad, ni en el de vender cara su vida. Ni siquiera me trasmitió mucha fiereza o animalidad, simplemente mala leche para ir al cuerpo del torero y para arrancarse cuando entendía que podía hacer presa.
Después hay otro aspecto no menos importante. A este comportamiento un tanto extraño, hay que sumar las declaraciones de su criador días después de la lidia de Cazarrata, afirmando que le había puesto una vacuna, a este y a toda la corrida, para tranquilizarlos y para que no se pegaran en el campo tratando de evitar bajas. De ahí, al parecer, la estrechez de hechuras. No sé si fue un arrebato del ganadero para exculparse y que los toreros no le hicieran la cruz, o si es cierto. En principio, si lo dice el ganadero, lo tengo que tomar por cierto, y, siendo así, un animal que ha sido vacunado antes de salir al ruedo para modificar su comportamiento no puede entrar en ninguna escala de méritos que yo haga. Es muy simple, el comportamiento del toro está manipulado, no es natural. Si esto le pasa a un ganadero del encaste dominante hubiera sido vapuleado. Cualquier tipo de manipulación siempre será censurada por un servidor, venga de donde venga, los toros han de salir a la plaza tal y como los parió la vaca.
Se levantan muchas sospechas fundadas sobre Cazarrata. ¿Estaba toreado, estaba vacunado? Con estos aspectos oscuros, sumado, como he dicho, a que no fue ningún dechado de poderío y de casta, no me parece un toro, ni mucho menos, para elevar a los altares del torismo, del torismo que yo entiendo, al menos.
He dicho.
He dicho.
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