Continuando con el artículo que publicamos en esta revista en
octubre de 2025, La afición madrileña, de los intransigentes a los
tolerantes, escrito por los periodistas José Antonio Donaire y Julia
Rivera, me dispongo a hacer en esta pieza una continuación y, con ello, un
breve repaso de lo acontecido en Las Ventas en las dos últimas décadas desde
una perspectiva abierta, prestando quizá más atención en el aspecto
sociológico. Sin pretensión de sentar cátedra con ello, sin la precisión y la
rigurosidad del ensayo histórico o científico, simplemente desde el análisis,
los recuerdos y las vivencias en primera persona, desde que me fui acercando a
la plaza siendo un adolescente hasta nuestros días.
De la Cátedra a la crisis de la burbuja inmobiliaria
Hubo un tiempo en el que tener un abono de Las Ventas era
como tener un tesoro, sin ir más lejos, servidor tuvo que hacer varias noches
en la plaza para conseguir un hueco fijo en la piedra. Esta percepción, como
vamos a ir viendo, fue cambiando. Hablamos de la primera década de los dos mil,
por aquel tiempo, el público y la afición de Las Ventas mantenía muchas de las
querencias y las virtudes que le hacían poseer el título de Cátedra del
toreo. Todavía persistían algunas máximas bien marcadas e interiorizadas
por los tendidos. La presencia del toro era muy importante, pero más aún cómo
lo hacía el torero conforme a las características del cornúpeta. Para esto,
claro, hay que saber ver al toro y aquella plaza sabía lo que veía. El toreo al
natural con la mano izquierda era fundamental, no se concebía una faena con
premios mayores si este no se producía; por otra parte, las alharacas, el
tremendismo, y los adornos fastuosos tipo circulares, pases por la espalda y
demás eran muy mal vistos y censurados con vehemencia, percibidos por las
gradas casi como una ofensa: “¡eso lo haces en tu pueblo!”. La colocación de la
espada se miraba con lupa, milimétricamente, no solo por parte de muchos
espectadores, también por los presidentes que, muchas veces, enmendaban al
resto de la plaza. Tan es así que la rigurosidad en este sentido a veces pecaba
de excesivamente categórica; no era extraño presenciar cómo se denegaba la
segunda oreja porque la espada había caído dos o tres dedos fuera de la zona
ideal y, ojo, los presidentes no eran linchados por ello, se contemplaba como
algo inherente a la plaza.
Fueron los años de El Cid y su mano izquierda citando a los
Victorinos desde los medios sin probaturas, mandando desde la primera serie;
los de las últimas lecciones de tauromaquia, manejo preciso de los tiempos,
distancias y terrenos de César Rincón, por ejemplo, aquella tarde de 2005 con
toros de Alcurrucén que nunca olvidaré. La intransigencia y el choque de
conceptos entre la afición y El Juli que vivió durante casi toda su carrera
quedó reflejada en aquella encerrona de 2003, en la que desplegó una tauromaquia
larga y mandona frente a un encierro variado, pero ni con esas. José Tomás regresó
en 2008 después de seis años de ausencia, reventó la plaza, reventó a sus
toros, y nunca más se supo.
Esta década es la del surgimiento de una ganadería de leyenda
en cuanto a casta y fiereza indómita −con genio en muchas ocasiones, también
hay que decirlo−, lo mismo que sucedió antaño con la de Luciano Cobaleda, o muy
antaño con los toros de Coruche. Hablamos de la ganadería de José Joaquín
Moreno Silva y las terroríficas y encastadas novilladas de 2007, la de 2008 en
la que Valentín Mingo tuvo que estoquear cinco ejemplares, 2009, y la de 2010
con mayor repercusión en la feria de San Isidro, en la que los animales
hicieron correr a los de a pie y se adueñaron del ruedo.
Frente a gran parte de la plaza, recuerdo a Salva y a Fausto
defender con ahínco su visión desde sus localidades del siete, que pasaba,
inexorablemente, por la integridad del toro y la verdad del toreo. Fueron
pérdidas muy notables dentro de la parte más combativa y severa de la afición.
Época en las que todavía se luchaba en cada festejo, entre otras cosas, porque
no se le taparan los dos ojos al caballo; la colocación de los actuantes en el
ruedo era una obsesión y el “¡a tu sitio!” durante el tercio de varas era una
constante. Entonces, los picadores se ponían entre la pilastra de la puerta
grande y el burladero de matadores para llevar a cabo la suerte, cosa que se ha
perdido.
La crisis de la burbuja inmobiliaria que estalló en los años
2008 y 2009 y se dilató varios años es un punto de inflexión importante en el
devenir de Las Ventas. Las empresas que poseían un palco de grada o andanada
para hacer relaciones, los colegios mayores que tenían muchos abonos repartidos
por la plaza, etcétera, todo eso se perdió. El abono fue cayendo
progresivamente hasta que en los años 2015 y 2016 tocó fondo con unos trece mil
fieles. Mucha gente se fue y nunca volvió, la unidad de criterios que daba un
público que siempre llenaba la plaza en los festejos de abono −los de temporada
siempre han sido otra historia−, fuera el día que fuera, se fue perdiendo. Es
decir, la Cátedra se diluía progresivamente. El momento que marca para
mí este cambio de paradigma en el que mucha parte de la afición entendida iba a
desaparecer en años venideros es el del 5 de junio de 2009, despedida de Luis
Francisco Esplá, torero muy querido y valorado, conocedor y dominador de todas
las suertes −menos la de matar− y de todo tipo de toros; inteligente,
comunicativo con los tendidos, supo entender la idiosincrasia y el carácter de
la plaza mejor que nadie.
De entre la infinita diversidad de público, tribus urbanas y
rurales que poblaban Las Ventas por aquellos primeros años de los dos mil
estaban “los aficionados de la Movida”,
los que aún coleaban de ese Madrid canalla y fiestero y fueron testigos de las
últimas actuaciones magistrales de Antoñete, emblema de esta corriente de
aficionados. Eran fáciles de reconocer por su estética heterodoxa y subversiva
en el contexto del coso taurino, yo mismo conocí a varios en mi primer abono en
la grada del cinco, siendo su exponente más señero el gran Jaime Urrutia, un
habitual de nuestra plaza.
La aparición de las redes sociales. De Taurodelta a Simón
Casas y Plaza 1
En esa transición entre una década y otra mi memoria tiene
inclinación por dos ganaderías, Palha y Cuadri. Las corridas de la vacada
portuguesa acaecieron justo antes de entrar en la década de los años 10. En
2007 destacó un toro bravísimo, Rabosillo, frente a Sánchez Vara; en
2008 hubo una corrida grandiosa en la que sobresalió el toro Rachido,
que salió reventando burladeros como en las láminas de La Lidia, y con
el que sostengo que estuvo muy bien y muy digno Luis Bolívar, malogrando todos
los méritos con la espada. Y en 2009 otro gran encierro, con sabor agridulce
por la pavorosa cornada sufrida por Israel Lancho y la polémica servida porque
el mayoral fue obligado a saludar.
El caso de Cuadri es un agradable recuerdo, esperamos que
aquellos años de gracia se repitan, y es que cualquier persona de bien que
sienta pasión por el toro bravo ha de tener admiración por esta casa ganadera.
Esos momentos dulces del hierro onubense siempre serán asociados con un torero
y su cuadrilla, la de Javier Castaño. Parecía que iban a sentar jurisprudencia
haciendo las cosas con tamaña excelencia, especialmente en el tercio de varas,
pero nada más lejos de la realidad. En Madrid, por lo que sea, no interesa
hacer las cosas bien en varas. Al menos los aficionados supieron compensarlo y,
en una jornada histórica, en mitad de una faena, picador y cuadrilla fueron
invitados a dar la vuelta al ruedo en medio del clamor popular. Fueron años
estupendos para la familia Cuadri y una legión de aficionados los acompañó por
todas las plazas, los cuadriadictos.
Entrada la década de los años 10, paulatinamente, fuimos
sintiendo la degradación del público de la plaza. Las reacciones
desproporcionadas por cosas tales como que una montera cayera del derecho tras
un brindis, que antaño se vivía con naturalidad; el abaratamiento de los
trofeos; las calvas en los tendidos en los festejos de San Isidro que, poco a
poco, se iban haciendo habituales, con lo que el público resultaba tornadizo y
ampliamente mayoritario con respecto a los más habituales y recalcitrantes. La
empresa Taurodelta, aburrida, ayuna de imaginación, de espaldas siempre al
aficionado, con unos carteles infames fuera del abono de feria, no ayudaba a
contrarrestar ese vacío producido por la crisis. Las figuras tampoco, algún
gestito muy puntual, como cuando Talavante se encerró con Victorinos −muy
justos de trapío−, pero toreros del corte de Perera o del Juli, con muletas muy
poderosas, desaprovecharon la oportunidad de demostrarlo en el cogollo de su
carrera frente a toros de poder y se prodigaron, casi exclusivamente, con el
ganado facilón que los taurinos llaman “de garantías” y los aficionados “de
carril”. Morante de la Puebla, redescubierto ahora por los públicos veinte o
veinticinco años después, coleccionaba broncas y abucheos en prácticamente todas
sus comparecencias en Las Ventas. Los bailes de corrales fueron importantes,
frecuentes y muy sonados en este periodo, recuerdo incluso alguna pitada al
iniciarse el paseíllo motivada por la escasez del ganado que se había visto por
la mañana en el apartado mientras asomaba la pancarta clásica de aquella época:
“hoy toros light”.
Empezada la temporada de 2014, nuestra Asociación y la
delantera de grada del siete padecían la ausencia de Joaquín Monfil, aficionado
con unos conocimientos profundos de la historia de la tauromaquia, de donde
brotaba su particular visión del espectáculo taurino. Rodeado en la grada por
mujeres de la categoría de Yolanda o de Rosa, aficionadas que sienten la plaza
de Madrid como algo propio, donde la defensa de su crédito y posición se
antepone a cualquier circunstancia, debilidad o partidismo. Ese tipo de
aficionados que, ante un trofeo inmerecido, no digamos una puerta grande, una
vuelta a un toro cuestionable… salen de la plaza dolidos, como si les hubieran
clavado a ellos el arponcillo de las banderillas, con un berrinche que durará
al menos hasta el siguiente festejo. Los hay por todos los tendidos pero son
pocos en comparación al enorme aforo que tiene Las Ventas, sin embargo, es ahí
donde reside el auténtico espíritu de la plaza.
Entretanto vivíamos la eclosión de las redes sociales y, con
ello, un gran cambio en nuestros modos de vida y de relacionarnos. Propiciaban
la inmediatez, la perdida de la reflexión profunda y la atención sostenida,
tendencia a lo superfluo, a fingir un mundo ideal. Es notoria también la
pérdida del respeto, del principio de autoridad, el colegueo y la banalización
de las opiniones que gozan de un estatus y jerarquía. Todo esto iba a tener
mucha influencia en el modo y las formas con las que los aficionados venideros
se iban a acercar a la plaza, como vamos a ir viendo. Traían también otras
cosas muy positivas como el intercambio de conocimientos y opiniones muy
válidas y la conexión entre afines. Han sido infinidad los aficionados que han
trabado amistad a partir de una relación virtual previa, servidor puede dar fe
de ello. Ejemplo de ello podría ser el Ateneo Orson Welles, un grupo de
aficionados irreverentes, alejados de los clichés prototípicos, agrupados en
torno a una percepción global y vanguardista. Con iniciativas muy loables y una
actividad cultural potente como la revista El Monosabio de la que
publicaron varias ediciones; lástima que no pudieron mantenerse en el tiempo.
El periodo Taurodelta, que sirvió para enterrar la idea de
cubrir la plaza gracias al fracaso de poner una techumbre y que esta se viniera
abajo, nos trajo algunos cambios reseñables. Le quitaron el atuendo de torear
al chulo de banderillas y al torilero, algo que era costumbre secular en
Madrid, y apadrinaron el cambio de distribución de los caballos de picar,
llevándoselos a la puerta grande en vez de hacer el clásico recorrido por la
plaza desde el patio de caballos. Años anodinos por una empresa anodina que
maltrató la calidad de la programación, especialmente fuera de abono. Además,
unas figuras que iban a lo fácil y que ignoraban cualquier ganadería que no se
plegara a ellos, lo que suponía el ahogamiento de muchos hierros y encastes y,
en muchos casos, su desaparición. En contrapartida, surgió el llamado “ciclo de
encastes minoritarios”, una forma de aislar oficialmente y de institucionalizar
a todas esas ganaderías que se salían de la norma y que, de una forma o de
otra, se ha ido manteniendo en el tiempo durante el mes de septiembre.
Podría decirse que Fandiño fue el torero que nos sacó de
aquellos años de apatía en los carteles, además se fue haciendo en los festejos
de temporada con la plaza semivacía. Estos son los espadas que gozan del mimo y
el cariño de la afición, los que se fraguan en la propia plaza en todo tipo de
tesituras y no los que vienen entre algodones con vitola de figura sin haberlo
contrastado en Madrid. Lo vimos crecer, triunfar, fracasar, su pundonor y su
vergüenza torera siempre fue intachable. Se anunció con todo tipo de ganado y
lo vimos torear en vaqueros, tirarse a matar con inmensa verdad, a veces sin estoque,
encerrarse con seis ganaderías del gusto de la afición a plaza llena... En fin,
los que estuvimos ahí y lo vimos progresar, los que lo admiramos y lo sentimos,
siempre llevaremos esa espina por su trágica pérdida.
De Plaza1 a la degradación de la plaza
En este epígrafe vamos a tratar de exponer los sucesos y
actuaciones que han ido concatenándose desde que entró Simón Casas con Garrido
hasta llegar al punto de degradación en el que nos encontramos, ya les adelanto
que esta etapa es la más interesante desde el punto de vista sociológico.
Como sabemos, la plaza de toros no es un lugar estanco ni
ajeno a la vida social y política española sino reflejo de ello. En este
sentido, debemos recordar la eclosión del partido político Podemos a mediados
de los años 10, dejando claro desde el principio una hostilidad inusitada no
solo contra la fiesta de los toros, también contra los aficionados que acudían
a las plazas. Sirviéndose de las redes sociales, no era extraño ver a
representantes públicos de este partido, o candidatos a ello, tachando a los aficionados
de psicópatas, homicidas, etcétera, o desear que las plazas de toros ardieran o
una bomba causara su destrucción. Aquellos ataques tan frontales, descarnados y
violentos se materializaron en diferentes medidas prohibicionistas que este
partido aplicó conforme fue adquiriendo una cuota importante de poder en las
diferentes administraciones locales y autonómicas. Las noticias negativas, de
censura a la tauromaquia, se sucedían día sí día no, esto caló en muchas
personas que no compartían estos ataques furibundos contra la fiesta y
soliviantó a los que simpatizaban con ella. En contrapartida y para luchar
contra estos ataques incesantes a la tauromaquia desde las instituciones nació
la Fundación Toro de Lidia con un gabinete jurídico dispuesto a plantar cara,
consiguiendo algunos logros importantes.
Paralelamente, en 2017 tuvo lugar el golpe de Estado o procés
de Cataluña, en donde, queramos o no, se produjo un ataque contra la soberanía
del pueblo español así como posterior humillación, puesto que los partidos
políticos que ampararon este proceso de rebelión o sedición pasaron a formar
parte de la coalición para formar gobierno, algunos de ellos fueron condenados
por la justicia, si bien se procedió a liberarlos de prisión indultándolos, los
delitos por los que fueron condenados se eliminaron del Código Penal y, con el
tiempo, se impulsó una ley de amnistía ad hoc como si hubieran sido
condenados por una dictadura, interfiriendo y eliminando la independencia de
los jueces que se limitaron a aplicar la ley que, se supone, emana de la
voluntad popular.
Perdonen la digresión, no queda otra que poner estos
acontecimientos políticos sobre el tapete para entender la evolución y etología
de la plaza de toros de Madrid que, junto con los ataques contra la tauromaquia
desde las instituciones antes comentados, por partidos abiertamente
hispanófobos, provocaron un efecto rebote y mucha gente empezó a acudir a las
plazas de toros no solo como afición sino como defensa y reivindicación de
españolidad. Esta fue la época en la que los “viva España” comenzaron a
multiplicarse exponencialmente. Antaño, el “viva España” solo se vitoreaba en
Las Ventas los días que venía el rey en Beneficencia y sonaba el himno, tras
estos sucesos pasó a repetirse varias veces durante la lidia de cada toro, de
manera tal que parte de la afición aborreció tanta insistencia.
Sobre este tema es inevitable recordar una anécdota muy
divertida sucedida en una corrida de Beneficencia del año 2018 o 2019,
presidida por el rey, en la que no paraba de gritarse “¡viva España!” desde los
tendidos, continuamente. De repente, en la zona del siete pegando al seis, una
mujer vociferó: “¡viva la república!”. Imagínense el revuelo que se montó
alrededor, gran cantidad de personas se volvió contra ella, algunos querían
echarla de la plaza. A mí me recordó aquello del alma libre y anárquica del ciudadano
español que contaba Unamuno, o lo de Pérez de Ayala del carácter nuestro:
aunque toda la plaza ovacione siempre habrá uno que se levante y pite, no lo
hace contra aquello que provocó la ovación sino contra todos aquellos que baten
palmas.
La nueva empresa, conocedora de cómo funciona el ocio actual
pues una parte de ella está especializada en el mundo de los viajes y el
turismo, comenzó a vender la corrida de toros como una experiencia. Eso que se
lleva tanto ahora, como sucede en cualquier otro espectáculo de la actualidad:
el cine, el fútbol, la fórmula uno… el
contenido no importa tanto como el decorado y la oferta alrededor del mismo, el
atrezo. Las fiestas y las discotecas en la plaza proliferaron de tal manera que
llegaron a fagocitar el espectáculo taurino, la música se abría paso incluso
mientras se estaba lidiando el sexto de la tarde −luego piden respeto−. El
botellón hacía su presencia sin ningún tipo de disimulo, creo que acabará
provocando la típica solución salomónica tan nuestra: la prohibición del
consumo alcohol en el coso. Es complicado porque hay importantes intereses
económicos pero no descarto que, como siempre, acaben pagando justos por
pecadores.
La oferta de Casas y Garrido para regentar la plaza ponía en
valor la promoción de la juventud y el abono joven. Aquello funcionó −el
discotequeo y el botellón son buenos alicientes− y se fueron agrupando y
focalizando en la grada del seis. La juventud ya se sabe, es rebelde y
opositora por naturaleza y allí había algunos grupos de chavales que bien, son
jóvenes, pero no son tontos y muchos de ellos se movían por la afición a los
toros más que por el gin-tonic. Entre otros, había aficionados de
categoría como la gente de AJTE (Asociación Juvenil Taurina Española) o grupos
como el de Borja, de Casta y Bravura, que conocen la plaza
perfectamente. Así que, desde la energía de la juventud y la pasión por los
toros, la grada del seis se convirtió en un frente de rigor, exigencia y
protestas. La plaza tenía un nuevo hervidero, las protestas llegaron a superar
ampliamente a las del siete, que nunca ha dejado de ir a menos paulatinamente,
así que la empresa tomó cartas en el asunto y se encargó de disolverlos y
acabar con este nuevo foco poniendo todo tipo de trabas a la hora de renovar.
Esta etapa coincide con los años en los que la afición que
exigía era demonizada sistemáticamente desde los portales digitales, ciertos
plumillas de los periódicos y redes sociales, cualquier protesta era sacada de
quicio. En las crónicas y tuits de muchos medios y periodistas a los que no
voy a dar protagonismo ahora siempre había espacio para alentar el odio contra
una parte de la afición. A mi modo de ver aquello estuvo claramente orquestado.
Es verdad que la nueva empresa cambió algunas cosas para
bien. Ponía más interés en los carteles que Taurodelta −no era complicado− y
abrió el abanico ganadero atendiendo las demandas de los aficionados. La Feria
de Otoño de 2018 se confeccionó por sorteo y el bombo dictó la suerte, aunque
no se volvió a repetir. Los desafíos ganaderos de septiembre y la corrida
concurso, recuperada después de diez años de ausencia, han ofrecido momentos
excelsos e inolvidables de toros y toreros.
A pesar de la bajada del IVA para las entradas de los toros,
del 21 al 10 %, implementada por el Gobierno en 2017, los precios de las
entradas comenzaron a subir inexplicablemente antes de la pandemia por encima
de lo que marca el IPC −en esta revista, en su momento, publicamos artículos demostrándolo−, pero la puntilla la sufrimos con el
nuevo pliego en 2022. Bajo la premisa de subir el número de abonados y de
generar beneficios los días de figuras, la empresa se cameló al director
gerente de Asuntos Taurinos en ese momento, Miguel Abellán, y la Comunidad de
Madrid cedió a una liberalización de precios sin ningún tipo de pauta o límite
dentro de un pliego que, paradójicamente, regula cualquier tipo de detalle. En
algunos casos, las localidades más económicas de la plaza multiplican por tres
respecto al precio de venta original, no solo en carteles de mucha demanda y
expectación, lo que podría explicar este abuso, también en novilladas sin
ningún aliciente o en las corridas de los festejos de temporada. Con esta
medida, en mitad de una inflación galopante generalizada, se ha ido perdiendo
un nicho importante de personas que acudían frecuentemente a los diferentes
festejos de temporada, aficionados de Madrid y alrededores, que no tenían por
qué ser abonados y han sido claramente perjudicados, mas estos no salen en
ninguna estadística.
La pérdida de identidad tras la crisis y la caída del abono;
el público de patriotismo rebelde que vino a contracorriente de los ataques
sistemáticos contra la tauromaquia o contra la nación; los que se arrimaron
porque se enteraron que había barra libre para la fiesta, el botellón y el after
bullfight en la discoteca; el público más llano y humilde sustituido por
los que sí pueden permitirse unos precios desbocados. Con todos estos
ingredientes ya tenemos el cóctel. La empresa encantada, se ha permitido poner
algunas guindas, como los últimos carteles para San Isidro dirigidos a una
clientela específica y muy concreta, resultante de todos estos factores que
hemos ido comentando.
Algunos han dado en llamarlo la cayetanización de la
plaza. Lo que está claro es que el carácter diverso y plural, la variedad de
estratos sociales, de grupos urbanos y rurales, se han perdido, y el público es
mucho más homogéneo. El monoencaste también ha llegado al tendido y esto
hace que en Madrid ya no encontremos esa diferenciación que la distinguía, el
crisol y la alegría de otros tiempos, siendo ahora una plaza mucho más
aburrida, como sucede en el ruedo con el monoencaste.
Cuando hablamos de la pérdida de criterio y rigor de la plaza
es recurrente escuchar aquello de “es que el siete ya no es lo que era”. Vale,
esto es cierto, pero no es el siete el único que ha mermado su condición
reivindicativa con el paso del tiempo. Los tendidos de sombra merecen una
atención en toda esta cuestión que pocas veces se analiza, el cambio de actitud
a partir de lo sucedido tras la crisis de 2008 fue muy acusado. La Cátedra
que recordábamos iniciando este artículo lo era, en gran medida, gracias al
tendido ocho y a los tendidos de sombra, allí abundaban grandes aficionados que
vivían la corrida con pasión, a su manera, con más mesura y un talante distinto
al del siete y los tendidos de sol. La sombra que conocí en mi juventud
protestaba los inválidos igual que el resto de la plaza, abroncaba cuando
tocaba −sin la
hostilidad y la predisposición del siete, claro−, se revolvía contra el palco cuando
los presidentes la liaban y era un referente cuando había una pañolada
demandando trofeos, especialmente los tendidos ocho y nueve. Sabían lo que
veían perfectamente, aportaban un punto de equilibrio magnífico y defendían el
crédito de Las Ventas frente a la bullanga y las facilidades que ofrecían los
tendidos de solanera a los toreros. No obstante, los toreros armaban sus faenas
frente a estos tendidos si querían triunfar de verdad, sin embargo, en la
actualidad prácticamente nadie torea frente a la sombra, la histeria de los
tendidos de sol se ha impuesto a la parsimonia del resto. Ya no se protesta
nada por muy escandaloso que sea el asunto y no queda asomo de la personalidad
que había en aquellos tendidos, los miras y parece un trampantojo.
Y esta, señores, es la plaza que tenemos ahora. El público
cambiante y de oleadas con la caída del abono, los beodos que entran pasados de
vueltas, desinhibidos y cargados de odio contra todo aquel que ose discrepar,
los del vivaspaña, los silencios impostados, el palco y los asesores a
la deriva, el pastoreo que se ha empleado desde los despachos, por ejemplo,
cuadrando los “carteles de figuras” en días de la semana muy concretos…
Recordemos que la categoría no la otorga el título de plaza monumental, ni
siquiera el de bien de interés cultural, esto se gana por la seriedad y el
trapío del toro que salta a la arena y la calidad y criterio del público que
pondera y valora lo que sucede. Es necesario que los tendidos se pronuncien,
para bien o para mal, sin la actividad y el juicio del público la corrida de
toros carece de sentido, por eso no se ha de estar como en misa.
¿Cómo recuperar aquella plaza que añoramos, cómo hacer que regrese la Cátedra? Si alguien tiene la fórmula que venga y nos la cuente. Lo que sí podemos afirmar, es que los procedimientos, los modos de ser y estar de una sociedad están en permanente cambio y transformación, los ciclos pueden ser circulares, y la plaza de toros de Madrid no está al margen de ellos. Así que no desesperen.
---o---
Artículo para el boletín número 66 de la asociación El Toro de Madrid, La Voz de la Afición.


















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