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domingo, 17 de marzo de 2013

Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá en torno al 1867

  Atrás quedaron la Puerta de Alcalá y los jardines del Buen Retiro. Cuando pasaban frente a la iglesia de San José, el señor Cayetano Sanz explicó a Paco Frascuelo:
  -En ese redondel donde hemos estao tomé yo la alternativa de manos del señor Curro Cúchares. Según dicen, esa plaza la mandó hacer el Rey que había entonces, pa que con el producto de las corridas se beneficiasen los hospitales de la Corte. ¡Ya ha llovido!



  El famoso torero no estaba mal informado, porque fue edificada en 1749 por don Fernando VI con el fin dicho. Desde entonces, su prestigio fue en aumento y se convirtió en la más importante de España. Al igual que la de ahora, era la que daba y quitaba en el mundillo taurino. Quien triunfaba en ella podía estar seguro de que su éxito resonaría en toda la Península, aun contando con que entonces, los medios de difusión eran escasos.
  Esta vieja plaza de la Puerta de Alcalá ofrecía una alegre vista con su descotada falta interior, los ciento diez palcos, la gradería cubierta con tres ordenes de asientos y delanteras, y los quince tendidos de piedra, que antes fueran de madera, capaces cada uno, para más de cuatrocientas personas, todo ello encerrado en una pared circular de cal y canto que medía más de mil pies.
  Contaba con enfermería, capilla, habitaciones para el conserje y los carpinteros; corrales, taller, y a la derecha, en edificio separado, unas cuadras y la carnicería. El espacio comprendido entre la plaza y estas dependencias dio en llamarse tendido de los sastres. Allí se apelotonaban, en días de corrida, una caterva de muchachos y cuantos deseaban divertirse acudían para presenciar gratis el paso de los toros, arrastrados por las mulillas, desde el ruedo hasta el desolladero. Frecuentemente, se apoderaban de estos insólitos espectadores tales deseos sangrientos que al pasar ante ellos los toros y los caballos muertos, se empujaban unos a otros, lanzando alaridos salvajes, para acercarse agresivos. Algunos rodaban por el suelo y otros veían cortado su camino por los látigos de los monosabios que caían, sin duelo, sobre sus espaldas. Algunos conseguían montarse en los animales y esgrimiendo palos con la punta aguzada, navajas y hasta puñales, los acuchillaban con furia. Tal saña ponían en esta cruel operación que los toros llegaban a la carnicería con la piel acribillada. Era un espectáculo denigrante y embrutecedor que las autoridades consentían sin hacer nada para evitarlo.



  La explanada donde la plaza se alzaba, ofrecía en los días de festejo un cuadro alegre y luminoso. Los vendedores de naranjas, limonada, abanicos y vino, llenaban el aire con sus hirientes pregones, mezclados con el rodar de los carruajes, el cascabeleo de sus tiros y el bullicio de la multitud.
  Cuando todos estos ruidos comenzaban a apagarse, por estar cercana la hora de la corrida, en el interior adquirían aún mayor proporción. Por lo general, los buenos aficionados tenían ya su sitio reservado, lo cual hacía que cada clase de localidad tuviese sus concurrentes habituales y, a la vez, cada espacio de la plaza peculiares características.
  En la primera fila de la meseta de toril, hallaba su acomodo un hombre singular, por todos conocido y cuya presencia era obligada, perenne e inevitable. Se llamaba Joaquín Marraci. Usaba unos descomunales anteojos, lucía pobladas patillas grises y se le tenía por muy entendido en tauromaquia, porque a gritos daba consejos y advertía a los toreros durante la lidia. Un escritor satírico le definió así: "Bastonero en procesiones, protector de cofradías, azote de las calles, puntal de las esquinas y gacetilla de todo grupo". Llevaba razón. Parecía haber resuelto el problema de la ubicuidad pues, al igual que Dios, estaba en todas partes. También en cierto pliego de aleluyas le llamaron "el hombre universal", porque era socio de cuantas corporaciones científicas, literarias, artísticas, benéficas, taurinas, musicales, obreras, clericales y militares existían en la Corte. Valía para todo y para todo se brindaba incansable. Lo mismo confeccionaba una moña de lujo, que guisaba una paella para veinte amigos; lo mismo organizaba una procesión, que un solemne entierro con carroza a la federica y hacheros. Por su especialidad en este fúnebre menester, Manuel del Palacio dijo de él:
Vive ayudando a morir
a los que luchan inciertos
viendo la muerte venir,
y estos le pagan, ya muertos,
ayudándole a vivir.

  A su iniciativa se debió el traslado de los restos de Calderón de la Barca desde la iglesia del Salvador al cementerio de la Puerta de Atocha; atendió a todo lo relativo a los suntuosos funerales, que a expensas de la Nación, se celebraron en San Francisco el Grande por el alma de Martínez de la Rosa; las monjas de los conventos de Madrid hubieron de agradecerle las limosnas que les procuró, y asistió, con la mayor solicitud, a los enfermos en los hospitales, especialmente a los coléricos en las épocas de epidemia. En pocas palabras: a Marraci se le veía a todas horas en el lugar donde se congregaban más de seis personas. ¡Todo un tipo!



  En una barrera, a la que estaba abonado, se hacía bien ostensible la figura de Antonio Torrijos Chapepa, el más intransigente y escandaloso de los aficionados. Los toreros le temían. Como sería la cosa, que el Gordito llegó a decir:
  -Hasta en Sevilla se oyen los abucheos que me larga Chapepa en Madrí.
  Los tendidos 1, 2 y 3, estaban, casi en su totalidad, ocupados por los partidarios de Cayetano Sanz, entre los que sobresalía el célebre crítico taurino don Mariano Gurisuain, que acaba de fundar El Mengue, y en el 7, llevaba la voz cantante don José Rey, que ponía cátedra analizando las condiciones de una res y la faena de un torero.
  En la barrera del 6 tomaban asiento don Manuel Alvarez Paredes, socio de Juan Mota en el negocio del pescado, en unión de sus hijos Manolita y Santiago, y en la del 14 don José Mondéjar, apoderado de Cayetano Sanz y don Manuel Marqués, que lo era de Curro Cúchares.
  El lugar que más temían los toreros era el tendido 8. En él destacaba el célebre Chironi, pesadilla de la gente de coleta, que le veían hasta en sueños. Con su terrible esquilón, que sonaba en la plaza a toque de difuntos, daba uno, dos, tres golpes, a un repique, según la faena fuese regular, mala, peor o detestable. A su lado, le ayudaba en la feroz crítica, con voces descompuestas, un individuo llamado José María Luna, que se pasaba la tarde gritando:
  -¡No valéis pa na! ¡Si hubiérais visto a Curro Guillén!
  Con ser todo lo dicho digno de señalarse, el tendido más alegre y juvenil era el 5, donde rara vez se sentaba una mujer. No se parecía en nada a los demás. Allí no había gorras ni sombreros hongos. Predominaba el de copa, aunque hoy pueda resultar extraño, y entre sus ocupantes reinaba el buen humor. Eran los mismos que en las tertulias de los cafés La Vieja Iberia y Los Dos Amigos, discutían a gritos de política. Casi es innecesario decir, que imponían su opinión a toda la plaza con manifestaciones siempre unánimes. Otras veces prodigaban chanzonetas y chirigotas que llegaron a hacerse populares y eran siempre acogidas con general aplauso por el resto de los espectadores. Los toreros brindaban las suertes al 5 y las ovaciones del 5 fueron para muchos la base de su reputación.
  Allí sobre la dura piedra, tenían su asiento aficionados tan inteligentes y conocidos como Aguado, Fabierac, Montemar, Alzomora y el escritor don José Carmona, director del antiguo El Enano, ahora, Boletín de Loterías y de Toros. En más de una ocasión, viéronse precisados a salir en defensa de los diestros frente a los intransigentes e hicieron enmudecer, por demasiado severo el cencerro de Chironi. Es pues, natural, que los encargados del orden público de la plaza no perdieran de vista cuanto sucedía en el tendido 5.
   Con motivo de los sucesos revolucionarios del año anterior, algunos de los habituales no dejaron de manifestar sus ideas políticas, y esto hizo que una tarde, aparecieran, mezclados entre ellos, algunos agentes de la policía secreta. Más los hombres del hongo y del rotén no pudieron mantenerse como tales, porque al punto fueron descubiertos. Primeramente con burlas y zumbas, y después a empujones, intentaron arrojarlos del tendido. Resistiéronse estos, sonaron insultos y, en pocos segundos, las gradas fueron testigos de una monumental y ardorosa reyerta a bastonazos, que nadie era capaz de apaciguar. A tal grado de violencia llegó la cosa, que el jefe de la guardia de vigilancia, atropellando a Marraci, colocó en la meseta del toril a un pelotón de soldados. Ante el asombro del público, prepararon los fusiles y apuntaron al tendido. Y habrían sido capaces de disparar si dos comisarios de policía, que se encontraban entre los alborotadores, no hubiesen mostrado, en alto, los bastones insignia de sus cargos, con los brazos en cruz, manifestando su condición de autoridades. Bajaron los soldados las armas y la plaza entera se alzó con gritos de indignación. Hubo señoras desmayadas, personas asustadizas que escaparon despavoridas, órdenes de la presidencia y, por último, desaparición de los soldados y una silba estrepitosa.
  Momentos después, el tendido 5 cobró su aspecto normal, Y fue entonces cuando todos sus ocupantes comenzaron a cantar a coro, acompañándose con palmas, un tango, muy en boga, mientras dirigían sus miradas al palco del general Narváez, presidente del Gobierno:

Usté no es ná
usté no es ná;
usté no es chicha
ni limoná.



  Pero una de las más famosas protestas de aquellos bullangueros espectadores, que por si sola bastaría para acreditarlos como terribles guasones, fue la que una tarde organizaron contra la empresa porque en la corrida habían salido unos toros flacuchos, aunque con la edad reglamentaria. Como un solo hombre, se volvieron todos de espaldas al ruedo, y, a poco, les imitaron los ocupantes de los otros tendidos. En esta posición, conminaron a los de los palcos para que cerrasen los toldillos. Así lo hicieron estos y ni un solo rostro quedó vuelto hacia el anillo hasta que dio fin el festejo. Esta demostración, pacífica y unánime, costó a la empresa una fuerte multa y sacar en la siguiente corrida ocho toros del Duque, aquellos de los que ya se decía en 1846:

Los toritos
de Veragua
como el agua
blandos son,
y lo digo
pues de Trigo
les asusta el regatón.



   Más con ser todo muy atractivo y pintoresco en esta plaza de la Puerta de Alcalá, nada había de tan rancio y clásico sabor como la original figura de Carlos Albarrán el Buñolero, encargado de manejar el cubo del engrudo y la brocha en la fijación de carteles y descorrer el cerrojo de los chiqueros durante las corridas. Era viejo, aunque airoso, un tanto apergaminado y, en su cara llena de arrugas , aun asomaban, cayendo sobre las sienes, unos tufos canosos que él cuidaba con todo esmero. Su estampa se destacaba en el paseo de las cuadrillas como un grabado antiguo junto a una moderna litografía. La antiquísima montera que él afirmaba, muy seriamente, había pertenecido al gran Paquiro; el terno, de color indefinido, lleno de hilachas, con bordados en negro, que caían de puro viejos, y el resobado capote en el que se envolvía con cierto garbo, daban idea aunque remotamente, de lo que fue a principios del siglo XIX el traje de torear. Nadie logró, ni siquiera imitar, el airoso recorte que, montera en mano, daba al caballo del alguacilillo cuando éste le entregaba la llave del toril; y nadie, tampoco, puso en el acto de abrir el portón, para dar salida al toro, tanta solemnidad. Su popularidad era extraordinaria. Los abonados le saludaban con familiaridad; los críticos le dedicaban graciosos pareados en las reseñas y tanto en el patio de caballos como en la calle, nunca pasaba desapercibido. No se hubiera concebido un despejo de la plaza sin el Buñolero. Y lo dijo un revistero de muchas campanillas:

Al abrir los portones del chiquero
y dar salida al toro,
nadie lo hizo y lo hará con más salero
que Carlos Albarrán el Buñolero.

En Festivales de España más sobre el Buñolero

   Los toreros siempre estaban bromeando con él. Y cuando en el patio de caballos se recordaban sucesos taurinos o se hablaba de determinados diestros, muertos o retirados, el Buñolero, que llevaba en la plaza tantos años como el Tuerto, intervenía con su voz lenta, recalcando las palabras:
  -Vosotros no sabéis na de eso, porque habéis llegao, como quien dice, ayer. Entoavia me parece veros ahí, en el tendido de los sastres, a la espera de colaros. Y no habléis de piqueros, porque hoy no se pica como antaño. También valieron pa la guerra. Yo oí decir a mi padre, que en el año ocho se formó en Andalucia un escuadrón en el que toos eran picadores y gente del campo. Con la garrocha en la mano, la navaja en el cinto y el trabuco en la silla, hicieron pasar buenos sustos a los franceses. Luego, don Justo Prieto, que fue teniente de la Visita de Puertas de Madrid, que anduvo por allí, me contó, ya muy viejo, que daba gloria ver a los jinetes empujar a los gabachos sacándolos de las sillas a golpe de garrocha.
  -¡Ya sería algo menos! -dudó alguien.
  -Pues los hermanos Calderón...
  -Esos son buenos picadores -le interrumpió el Buñolero- pero, ¿conoces tu alguno que se eche por delante un toro picándole con el regatón de la vara? Pues eso yo lo he visto yo hacer a José Trigo con un bicho de seis años y escogio. Y escrito está que el señor Manuel Morales Corchado, ganó mil duros en una apuesta por picar seis toros con un solo caballo sacándolo limpio. Y, con media de seda, sin mona, han picado muchos. Al pobre Manolo Ledesma el Coriano, que murió hace poco, le he visto caer, levantarse, tomar un capote y con los hierros puestos, dar media docena de verónicas que ni el señor Cayetano las mejoraría.
  -Diga usté que sí -corroboró un antiguo aficionado de los que nunca faltan en el patio de caballos- ¿Ustés no han visto al señor Joaquín el Charpa? Pues este picador, toreando en Málaga el año cuarenta y siete, salió a los medios, desafió al toro y cebando bien la puya en el morrillo, hizo una suerte de regateo hermosa. El bicho, codicioso, empujó al caballo y al picador contra las tablas. La lucha duró pocos segundos. El Charpa apretó con soberano esfuerzo hasta hacer doblar al toro el cuello. Aquello fue la locura y el delirio de palmas. ¡Cómo sería que, por imposición del público, el presidente regaló el toro al picador!
  -Por eso aseguran que el Charpa tiene el brazo de hierro.
  -Pa que aprendan los de hoy.
  En fin, que no había forma de convencer a el Buñolero de que también en su mocedad hubo malos toros, malos toreros y faenas pésimas. Casi todos, para que no se enojara, le daban la razón. Frascuelo, desde el primer momento, sintió por él una gran simpatía. Le convidaba, le distinguía y le respetaba. Y tal vez por eso, el viejo se aficionó al muchacho y le defendió con frecuencia de algunos compañeros que se mostraban envidiosos de sus éxitos. Frascuelo le llamaba, en broma, su padrino, y cada vez que toreaba, antes de hacer el paseillo, ponía una de sus manos en el hombro del torilero y le decía:
  -¡Vamos a ver, señor Carlos, que me echa usté esta tarde por esa puerta!
  -Si por mi fuese -contestaba el Buñolero- te los elegiría pa que te rieras de toos los fantesiosos.

Florentino Hernández Girbal en Salvador Sánchez "Frascuelo", el matador clásico.

viernes, 25 de enero de 2013

Retazos de la competencia el Tato - Gordito

  [...] Al año siguiente, que fue el de 1868, toreó veinte corridas en la plaza de Madrid (Frascuelo) y otras tantas en provincias alternando con Antonio Sánchez el Tato y con Antonio Carmona el Gordito, sus ídolos de antaño. No puede decirse que estuviera mal en ellas porque su toreo tenía emoción y esto lo valoraban mucho los públicos; pero cierto es que anduvo lejos de los triunfos resonantes que necesitaba para colocarse a la altura de los dos grandes espadas. No había que engañarse. Quienes por aquellos días mantenían a los aficionados divididos y apasionados eran los dos Antonios. Después de sus enfrentamientos en diferentes plazas y de conducirse de un modo, que si bien agradaba a los partidarios de uno y otro, disgustaba a los espectadores sensatos, corrió el rumor de que habían hecho las paces por mediación de algunos amigos influyentes. Mas, en realidad no sucedió así. Frascuelo quedó ajustado para actuar con ellos, digamos como moderador o contrapeso en la enconada rivalidad. Ni el creador del quiebro ni su cuadrilla podían aparecer en el ruedo madrileño sin que los tatistas, que estaban en mayoría, acogieran su presencia, con silbidos, gritos de rechazo y otras demostraciones hostiles, desconocidas en la plaza desde los tiempos del absolutismo. Difícilmente conseguían verse aplaudidos por las personas imparciales.

 
  A poco de compartir cartel en Madrid los tres matadores, se produjo una gran bronca contra el banderillero de el Gordito, José Cirineo, originada por motivos muy claros, la cual se hizo extensiva a toda la cuadrilla y, finalmente, descargó sobre el maestro. ¡Para qué quisieron más los incondicionales de el Tato! Les dominó tal furor, que yo no fueron solamente epítetos los lanzados contra el Gordito, sino que, para hacer su protesta más ruidosa, se emplearon cencerros y pitos.
  Debe decirse que como estoqueador, Antonio Carmona no podía medirse con Antonio Sánchez que ejecutaba el volapié con la mayor perfección; pero tenía un toreo tan alegre, tan lleno de gracia, que se completaba muy bien con el de su rival. Y este contraste fue el que mantuvo, más encarnizada que nunca, la famosa competencia Tato-Gordito. El público la creo, y el periódico taurino El Mengue se encargó de avivarla, poniendo en ello demasiado calor. Tanto, que se hizo sospechoso. Corrió el rumor de que lo pagaba el Tato y que don Mariano Garisuain, que firmaba con el seudónimo de Mariné, lo había fundado el año anterior con la única finalidad de acometer sistemáticamente contra el Gordito, para arrojarle de la Plaza de Madrid en beneficio de su oponente. Esto no pasaba de ser una afirmación gratuita. Garisuain, hombre de gran corazón, taurófilo incandescente, honrado a carta cabal y pobre como una rata, era incapaz de poner precio a su pluma.
  Desde luego, algo, y aun mucho de partidismo hubo en él, porque mientras trataba con benevolencia a Frascuelo y al Tato, la emprendía contra el Gordito, con tanta dureza y tan constantes censuras, que algunos periódicos andaluces, partidarios de Carmona, al que llamaban "gloria del arte", lanzaron de nuevo, contra él la calumnia, ya popular, de que el Tato le pagaba. ¡Allí fue Troya! El Mengue se desbordó, y consiguió con su campaña, que se desbordase también él. La competencia se recrudeció y la Plaza de Toros de Madrid fue teatro de los espectáculos más lamentables a los que puede conducir la pasión taurina.

***

Sobre el Gordito 

  El día 12 de julio de 1868, en la decimotercera corrida de la temporada, quedó rota en Madrid la competencia que mantenían Antonio Carmona el Gordito y Antonio Sánchez el Tato. Y sucedió cuando estaba en plena efervescencia la campaña antigordista.
  Carmona quedó muy mal en su primer toro y recibió una silba estruendosa en el segundo. Nervioso y descompuesto, le propinó tantos pinchazos que el presidente ordenó la salida de la media luna. Esto significaba volver el toro al corral, pero el Gordito, desobedeciendo la orden, continuó en su inútil empeño de darle muerte como fuera. El escándalo adquirió caracteres de motín cuando el diestro, encarándose con los ocupantes del tendido 5, lleno de exaltados tatistas, se permitió hacer un además despectivo, entre un infernal griterío, el Gordito fue llevado por dos alguacilillos al palco de la presidencia donde le fue impuesta una multa de quinientos reales.
  Aquella misma noche rompió su escritura con la empresa y juró que no volvería a pisar el ruedo madrileño. La conjuración contra el torero había dado su fruto. La cosa no era nueva. Se repitió la de Ronda que costó la muerte a Francisco Herrera, Curro Guillén; la que animaron los liberales contra Antonio Ruiz el Sombrerero; la de Cádiz contra Juan León Leoncillo y la de Sevilla contra Francisco Montes Paquiro.
  Antonio Carmona el Gordito, salió de Madrid abucheado, pagando con amarguras y sinsabores el triunfo clamoroso que alcanzara en el año 1861. ¡Así es el público de toros!

 
  Tres días después, el Tato y el Gordito volvieron a encontrarse en Cádiz. Allí las cañas se volvieron lanzas para Antonio Sánchez y las espinas se cambiaron en rosas para Carmona. La corrida se convirtió en una airada manifestación de protesta contra lo ocurrido en la Corte. Al disponerse Carmona a matar a su primero, volaron sobre los tendidos multitud de papeles de colores con poesías laudatorias dedicadas al diestro.
 
  El periódico taurino El Látigo, dijo en un largo artículo:
  El público de Cádiz ha dado una severa lección al de la Villa y Corte. Los gaditanos no se arrastran (sic) por el espíritu de pandillaje, ni secundan las miras de los que por fines determinados querían ensañarse con algún diestro con objeto de hundir su reputación bien adquirida.
 
  Cualquiera podría pensar al leer estas líneas que los espadas actuaron tranquilos ante el público sereno. ¡Nada de eso! La corrida transcurrió en medio de un escándalo continuo. Las reyertas entre tatistas y gordistas, fueron tan frecuentes y airadas, que en más de una ocasión se esgrimieron bastones y navajas. La fuerza pública se vio en la necesidad de intervenir para intentar calmar a los belicosos aficionados y algunos pagaron con cardenales, heridas o unos días de cárcel sus entusiasmos toreros. A partir de entonces, Andalucía entera ardió en pasión taurina. En todas las ciudades, numerosos grupos animaron las tertulias de casinillos y colmados dispuestos a enzarzarse, sin más ni más, por defender una estocada de el Tato o un par de banderillas de el Gordito. A tanto llegó la cosa, que en más de una ocasión, la autoridad se vio precisada a echar la tropa a la calle para abortar posibles batallas campales. [...]
 
***

Reflexión de Vazqueño

 Todos sabemos el final de el Tato, el toro Peregrino de Vicente Martínez truncó su carrera el verano de 1869, cuando gozaba del favor de crítica y público en el coso madrileño, sucediendo todo lo contrario de Despeñaperros para abajo.
  Carmona sufrió la ira del público merced a un estilo lleno de excentricidades que en Madrid suele ser acogido con recelo, plaza conservadora donde las haya. Ejecutó mal la estocada, lo cual supone una merma vital en aquel tiempo; si bien, a él se le atribuye la invención del par al quiebro, suerte que realzó el segundó tercio de la lidia (hoy en tercer lugar) y que los espadas de aquella época trataban de imitar para no ser menos que el Gordito, consiguiéndolo alguno de ellos, no sin pasar más de un apuro o pagar tributo de sangre.
  Uno es joven y, si gustan, "rutinario, tradicionalista y amigo del ayer" como decía Don Modesto, pero el caso es que no he vivido en mi corta historia como aficionado ninguna competencia enconada entre figuras en las plazas de mayor fuste, pongamos Madrid por ser el coso que un servidor frecuenta. Estoy viviendo la época de grandes (?) como Ponce, José Tomás, Morante o Juli... y aquí estamos, esperando en vano a que se reten, a que demuestren su valer en la plaza, cara a cara con sus rivales. El toreo moderno, la época contemporánea no se presta a esta lides, los ases huyen de la competencia, no hay dinero en España para dar un solo cartel en Madrid en el que se enfrenten, ni acuerdo en derechos de imagen que lo consienta, ni siquiera ganadería que satisfaga a todas las partes, etc, etc... El público pierde, el aficionado pierde, la Tauromaquia pierde.
  Así que entiendan y permítanme que admire a los antiguos y desconfie de la gloria de los modernos. De momento...
 
 
Nota: Los textos son de de Herández Girbal; del libro Salvador Sánchez Frascuelo, el matador clásico. 

jueves, 10 de enero de 2013

La primera tarde de toros de Frascuelo

Allá por el año 1852, cuando Salvador Sánchez "Frascuelo" era un muchachillo de diez años y ni siquiera había contemplado la idea de ser torero, tuvo la ocurrencia de acercarse con su hermano Frasco (conocido en el mundo taurino como Paco Frascuelo) a la plaza de toros de Toledo, ciudad donde la familia Sánchez Povedano vivió unos pocos meses, antes de partir a tierras aragonesas. Atraídos por el cartel que habían visto por las calles de la Ciudad Imperial y por aquel jugar al toro que tanto se estilaba entre los chicos de aquel tiempo, Salvador y Frasco acudieron al coso taurino por primera vez, y esto fue lo que ocurrió:
 
 
 Al día siguiente, por la tarde, a los muchachos les faltó tiempo para dirigirse a la Plaza de Toros. Lo hicieron tras una banda de música que llenaba las calles con las notas garbosas de un pasodoble. Una vez allí, contemplaron absortos el para ellos inédito espectáculo. Apretábase el gentío ante las puertas, pugnando cada uno por ser el primero en traspasarlas. Un clamor ensordecedor surgía de entre la apiñada multitud. Rasgaban el aire los estridentes pregones de los vendedores de agua, limonada, avellanas y almendras. Los abanicos pericones y los pañolones chinescos, ponían bajo el sol una nota de cruda policromía. Los anchos huecos de entrada no cesaban de tragar gente. De pronto, la masa se agitó expectante.
  Entre gritos de admiración, vítores y alegre cascabeleo, irrumpió en la explanada, tirado por cuatro jacas enjaezadas a la andaluza, el coche de los toreros. Inmediatamente, fue rodeado por los entusiastas que rivalizaron por poder tocar sus trajes de seda, recargados de adornos en plata y oro. Al brazo los bordados capotes de paseo, se apearon para entrar en la plaza. Pasó primero la figura jaque y fachendosa de Curro Cúchares; tras él la desenvuelta y arrogante de el Chiclanero y siguiéndolos, sus cuadrillas. Los famosos matadores, entre los cuales había colocado la afición celos y rivalidades, saludaron sonrientes. Una voz gritó junto al coche:
  -¡Esta va a ser tu tarde, Curro!
  A lo que algo más lejos contestó otra con no menos vigor:
  -¡No hay más espada que el Chiclanero!
  En poco tiempo, las afueras de la plaza fueron quedando desiertas. Frasco y Salvador, al lado de la puerta principal, cavilaban la forma de transponerla. Hasta ellos llegaron, perfectamente audibles, el rumor, unas veces apagado y otras unánime de la multitud; las palmas y los olés enardecidos, y, de cuando en cuando, el sonido vibrante de los clarines acompañados por el ronco y medido golpear de los timbales. En algunos momentos, todo parecía aquietarse y de pronto, un inmenso clamor llenaba el coso. Estos ruidos interiores, que no sabían a que atribuir, no hicieron sino espolear el ansia que los dos hermanos sentían por saber lo que dentro pasaba. Y cuando ya desesperaban de conseguirlo, la suerte vino en su ayuda.
  Un hombre, con aspecto de tratante de ganados, salió de la plaza y enseguida pegó la hebra con el portero.
  -¡Que galleos los del señor Curro! Le va a ganar la partida al de Chiclana.
  -¡Eso habrá que verlo! -contestó incrédulo el otro.
  Salvador y Frasco se aproximaron a la entrada con disimulo. Curiosos atisbaron el interior, y mientras el desconocido espectador ponderaba las excelencias del arte de Curro Cúchares, se introdujeron sin ser vistos, pasillo adelante. Con el temor de ser descubiertos, corrieron hacia donde vieron luz. Subieron las breves escaleras de un vomitorio, y, de pronto, se encontraron al otro extremo de la boca, frente a la plaza rebosante de público, partida con violencia en dos trozos de luz y sombra.
  ¡Jamás pudo olvidar Salvador aquel momento! Un griterío ensordecedor acompañaba a la faena de muleta que el Chiclanero hacía a su primer toro. Solos en el centro de la arena, mantenían una dura lucha. Una y otra vez acometía la fiera contra el hombre y otras tantas la burlaba éste con habilidad y gracia. No tenía más que mover ante su fiera cabeza el trapo rojo. El enorme y poderoso cuerpo del animal pasaba amenazante cerca de él, rozando con sus afilados cuernos los alamares de oro. El público no cesaba en sus aplausos. Salvador permanecía absorto, como si de pronto le hubiesen trasladado a un mundo irreal. Cerca de él oyó gritar:
  -¡Anda con él, Chiclanero!
  Y entonces, vió algo que le pareció imposible. Aquel hombre dejó parado al toro. En la plaza se hizo un silencio total. Algo muy importante iba a pasar. ¡Y vaya si pasó! El de Chiclana se mantuvo erguido enfrente del astado. Colocó el puño de la espada que llevaba en su mano derecha a la altura del pecho manteniendo el codo alto, en tanto dirigía la punta hacia el morrillo. Dejó la muleta recogida, tocando el suelo. Con un grito hizo que el animal se le arrancase. Él no se movió. Al humillar el astado, movió el trapillo que llevaba en su izquierda y dejó el estoque enterrado hasta la empuñadura. El público, enloquecido, se levantó de sus asientos batiendo palmas. Vaciló el animal; intentó afianzar torpemente sus patas en la arena y a los pocos momentos rodó con ellas al aire.
  -¡Así se matan los toros! -rugió un espectador enardecido.
  Y mientras el Chiclanero recogía cigarros y devolvía sombreros a los aficionados, Salvador comentó con su hermano la soberbia estocada recibiendo:
  -¿Te has fijao, Frasco, qué tío más valiente? ¡Hacen falta reaños!
   Lejos estaba entonces de pensar el muchachillo granadino que años después sería él quien heredaría la escuela de aquel torero y su peculiarísima manera de matar.
 
-o-
 
  Lo cuenta el periodista Hernández Girbal en la biografía del espada titulada Salvador Sánchez "Frascuelo", el matador clásico. Libro que estoy leyendo estos días y que aprovecho para recomendar a los aficionados amantes de aquel tiempo en el que los toros eran fieras provistas de nervio y genio, y los toreros, espadas que buscaban la gloria a cambio de entregar su vida por una cornada que hoy sería de carácter leve. Además, está muy bien escrito.