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viernes, 9 de julio de 2021

Apuntes de una gran corrida de Victoriano del Río

Corrida Extraordinaria de la Cultura, domingo, 4 de julio de 2021. Toros de Cortés y de Victoriano del Río, mano a mano, para Antonio Ferrera y Emilio de Justo.


                 La corrida del pasado domingo 4 de julio que dieron en llamar “de la Cultura” y que, como saben, consistió en un mano a mano entre Antonio Ferrera y Emilio de Justo, fue una tarde repleta de contenido, una gran corrida de toros que supuso, a su vez, la consolidación de este último, De Justo, como un grandísimo torero que está viviendo una segunda juventud después de catorce años de andadura como matador de toros. Los momentos de esplendor van y vienen, hay etapas de sequía y etapas de abundancia, de inspiración y de negación, y Emilio de Justo, a día de hoy, es todo clarividencia y valor. Con un estilo ortodoxo, además, muy del gusto de la afición capitalina. Así lo demostró en Madrid en la corrida que vamos a comentar.


Duende,   nº 101,   551 kg,  cinco años y diez meses. Vuelta al ruedo
 

Los toros fueron de los dos hierros que posee el ganadero madrileño Victoriano del Río, todos ellos a punto de cumplir los seis años. Se quitó una corrida que estaba a punto de cumplir la edad en la que ya no pueden lidiarse, no puede decirse por ello que fuera una limpieza de corrales. Ni mucho menos. Una corrida ligera para la generosidad y el tamaño de los esqueletos que traían, con miradas torvas, y que en conjunto, para mí, mereció la ovación y el saludo del mayoral. Se pueden poner infinidad de objeciones, sí, pero es que prácticamente todos los animales, de una forma o de otra, acabaron embistiendo. Y digo embistiendo, no pasando por allí con actitud bobalicona, salvo el burraco que hizo tercero.


Ferrera caminando hacia el tercer toro de la tarde para estoquearlo
 

Mi crítica más importante hablando en términos generales está dirigida al contenido de la bravura de estos animales y del encaste Domecq por extensión. Esa bravura predominante en la que aparece el fondo mansitonto de la sangre y, en algún momento de la lida, se manifiesta el tic de mansedumbre o de afligirse: cuando se rajan en el caballo a pesar de crecerse después, cuando se tropieza el espada y se quedan mirando al tendido, cuando se quieren ir sueltos después de cada tanda o, directamente, cuando acaban huyendo de la muleta del torero, o cuando se marchan afligidos a morir a tablas, etcétera, haciendo aflorar el sentido de la selección que ha predominado en este encaste, esto es, el de servir a los intereses del torero. No es la bravura altiva, seca y fiera que consideramos pura en este blog, es la bravura de la servidumbre. Esto no quita que muchos animales embistan con poderío y queriendo cogerla hasta el final, como fue el caso de Duende, premiado con la vuelta al ruedo.


Puyazo en los medios al primero,  Soleares
 

Primero abordaré la actuación de Antonio Ferrera, que a mí en los primeros tercios me encandila por mi querencia a los toreros movidos, que se adaptan a las características de comportamiento de los cornúpetas, lidiadores y de tauromaquia larga. Ferrera tiene todo esto y lo lleva demostrando tiempo, aunque el otro día no se animó con las banderillas, donde tiene un gran dominio y consigue pares de gran emoción, habiendo aminorado el embroque acrobático que tanto se le echaba en cara desde el tendido hace años. 

Con el primer astado del domingo vivimos un episodio realmente inusual. El toro era de los que salía escupido del caballo, si bien no era un mansazo exagerado de los que huyen hasta de su sombra. Puede que la acción de Ferrera tuviera mucho que ver con el guirigay que se montó antes de romper el paseíllo porque no estaban pintadas las rayas del ruedo, según hemos sabido después, porque se borraron cuando pasaron la manguera. Quizá fue un gesto de chulería por la exigencia de los aficionados (con razón) para con las rayas, el caso es que después de dos encuentros con el del castoreño de los que el morito salió suelto, Ferrera cogió las riendas del picador Aitor Sánchez y se lo llevó prácticamente a los medios, con el toro en las tablas del nueve lindando con el diez en lo que fue toda  una estampa decimonónica. El picador citó y el toro se arrancó al galope, agarrando un buen puyazo en el que el toro se quedó ahí debajo antes de volver a demostrar su mansedumbre. Es cierto que se podrían haber utilizado otros recursos antes de ver al picador citando en los medios, como cambiar los terrenos del equino o hacerle la carioca una vez que hay reunión; que el toro no era un Opaco, para entendernos, pero oye, ese momento de ver al montado ejecutando la suerte desde esos terrenos fue muy emocionante y contra todo proceder consuetudinario. 


Puyazo en los medios. Foto: Ana Escribano
 

Fue un recurso que resultó eficiente y, en gran medida, adecuado a las condiciones del toro, esto es, ni más ni menos, la lidia. No olvidemos que esos terrenos son los de mayor exposición e indefensión para el picador -también para los toreros- y que, antiguamente, muchos picadores se negaban a salir a las afueras para pisar los terrenos del toro y los públicos tenían buenas broncas con ellos, llegando a lanzarles trozos de fruta o lo primero que tuvieran a mano. La primera de las rayas se instituyó, entre otros, como salvaguarda de los picadores.


Ferrera metido en la lida
 

Ese aparecer de súbito para hacer auténticos quites, sacando a los toros del caballo con lances de capa; o tomar las riendas de la lidia en el tercio de banderillas, como pasó en el tercer toro, llevándose a un animal que se estaba poniendo muy complicado de banderillear al otro lado de la plaza, como mandan los tratados, tratando de hacer que cambie el comportamiento y aminore esas dificultades, y consiguiéndolo. A mí son cosas que me encantan y ojalá más toreros lidiadores como Ferrera y no tanto encorsetamiento como vemos en otros coletas, o peor, los que son incapaces de adaptar la lidia a las condiciones del animal y de salir de las pautas establecidas, al cabo, perjudicándose a sí mismos.


Antonio Ferrera con el único toro suavón de la tarde
 

Luego está el tema de la muleta, donde está claro que el otro día Ferrera naufragó y no poco. Con el más noblón y manejable se pasó de faena jugando con las querencias de los adentros y, sin embargo, con el que pienso que fue el toro más encastado de la corrida, anduvo pajareando desde el principio, lo tapó y no lo quiso ver, pasando este ejemplar desapercibido para una mayoría. Con eso quedaría dicho todo. Cómo era ese quinto, Cantaor se llamaba, un derroche de fiereza con el que Chacón se la jugó de verdad en banderillas. Para plantearle el toreo poniéndose de verdad en los medios, y no mareando la perdiz en el tercio como hizo, hubiera sido una batalla épica. De ese tipo de toros que solo ves si el torero quiere jugársela, como vimos por ejemplo a Pastelero gracias a Ureña, a Navarro con Robleño, o a Camarín con Alberto Aguilar. Ferrera está inmerso en una diatriba interior entre el clasicismo y la sobriedad renacentista y lo superfluo y enmarañado del rococó. Estuvo por debajo del bueno y complicado primero y del quinto. Matando se pasó de excéntrico y quiso recibir al primero desde diez o doce metros de distancia, y también al cuarto, pero como este no se arrancaba tuvo que andar hacia el toro y al final matar al encuentro, quedando ambas espadas con una colocación muy deficiente.

 

Chicuelina de Emilio de Justo


Llegamos a Emilio de Justo. Lo que hizo el domingo ponía a un torero millonario y en todas las ferias de España durante varias temporadas, amén de entrar en Madrid y estar en boca de todos los aficionados y mentideros de la capital, cuando Madrid era Madrid, así como reventar la plaza en el próximo cartel que estuviera anunciado.  Quedó por encima de todos sus toros y no de cualquier manera, sino haciendo el toreo bueno que no cede terreno, sin descomponer la figura y pasándoselos por la bragueta. Bien es verdad que la faena del segundo de la tarde tuvo altibajos, el toro lo quería todo por abajo y lo mejor llegó al natural. Una faena para dar la vuelta a ruedo en otra época, cuando había este tipo de premios, y que ahora es una oreja. No cedió ante el torrente de embestidas del cuarto, Duende, lo cual tenía mucho mérito, cuando se templó según avanzaba la obra, llegaron los mejores muletazos. A este toro le faltó esa tercera vara clarificadora, hasta el momento cumplió bien, y no marcharse a tablas a morir para que la vuelta al ruedo no tuviera mácula alguna. En cuanto a la faena de De Justo, se fundamentó por el lado derecho y no hubo rotundidad por el lado natural, lo cual no era ignorado por la plaza no hace tanto tiempo. Como vengo comentando en el blog desde hace años, creo que desde la crisis de abonados que acompañó a la crisis económica en torno a los años 2009 y 2010, hizo decaer sobremanera el criterio del sabio y crítico público venteño.


Toreando y dominando las embestidas del cuarto, Duende
 

Lo mejor del torero cacereño aconteció con el sexto, un toro grandísimo, colorado chorreado en verdugo. Un animal que al principio de la faena parecía imposible por desaborido y por los gañafones que tiraba, difícil papeleta para ratificar las dos orejas del toro anterior, comentábamos Antonio y yo. Pero llegó el toreo y de qué manera. Una faena de las que gustan a los aficionados porque el dominio y la imposición del torero sobre el animal fue total. Obligándolo a ir por donde no quería, lo toreó extraordinariamente por ambos pitones y los muletazos fueron jaleados con olés roncos que levantaron a los aficionados de sus localidades. Señoras y señores, el toreo. Lo mató bien para lo complicado que se lo puso, echando la gaita arriba y tapándole la salida, pero dio creo que dos golpes de descabello antes de despenarlo, y esto, sumado a las prisas de la gente por marcharse, hicieron que el bamboleo de pañuelos fuera mínimo. Para mí, inexplicable. Era una oreja de ley, un orejón.


Imponiéndose al incierto y complicado que cerraba el festejo, con tres orejas ya en el esportón
 

Si no me equivoco fueron tres toros y tres estocadas, tirándose bien al morrillo. Además dejó un quite por chicuelinas que tuvo enjundia. Grandísima tarde de Emilio de Justo que deja a los aficionados con muchas ganas de volver a verlo.


Puerta Grande
 

Como han podido leer si es que han llegado hasta aquí, la tarde dio para mucho y fue realmente memorable. No quiero entretener más. Parece ser que esta y la de Victorino que vimos hace un par de semanas solo han sido un entremés de la empresa y la Comunidad para aplacar el enfado de los aficionados ante el cierre de la plaza, ahora la vuelven a cerrar durante todo el verano con la excusa de que la demanda para estas corridas ha estado por debajo de lo esperado. Pero Madrid es plaza de temporada y muchos aficionados nos veremos desamparados cuando lleguen los fines de semana y veamos que nuestra querida plaza, a pesar de todo, tendrá el cierre echado.

 

Un saludo a la afición. 

jueves, 24 de octubre de 2019

Sobre el estoque simulado


       Terminada la faena, el torero tiene que ir a la barrera a cambiar la espada de juguete por la de verdad, la de acero. Con eso se consiguen dos cosas, a mi juicio importantes: primera, que no se mate casi nunca cuando el toro pide la muerte y en el lugar exacto donde la pide; segunda, que el público, entre el ir y el venir del matador, salga de la situación emocional en que estaba sumido. Ese viaje de ida y vuelta, pues, no beneficia ni a la técnica del toreo ni el interés emocional de la faena. No beneficia a nadie y eso está clarísimo. La espadita de madera es algo que hay que desterrar de las plazas de toros por perjudicial. No puedo entender como Chicuelo, o Manolo Bienvenida, o Armillita, o Joselito, por ejemplo, podían con el estoque de verdad y ante toros duros y encabritados, de sangres ardientes y fuertes como castillos roqueros, y que los toreros de ahora, salvo excepciones, no tengan fuerza para sostenerla durante seis o siete minutos ante toros muchísimo menos fuertes y poderosos...

Decía que el matador va a la barrera y cambia la espada de juguete por la de acero templado. A veces curva ese acero contra esa barrera para comprobar que está bien de temple. La espada brilla ante el sol de la tarde. Son los reflejos de la muerte, porque cuando el torero se dirige con la espada en la mano hacia el toro, alguien, toro o torero, va a morir. El rito ha sido tantas veces repetido y lo hemos visto cada uno de nosotros tantos cientos de veces que ya no nos damos cuenta de que acaban de tocar los clarines, de que acaban de tocar «a matar».

Guillermo Sureda, «Tauromagia», Espasa-Calpe, 1978, págs. 66 – 67.




Emilio de Justo (desconozco autor y plaza)


viernes, 18 de mayo de 2018

La tarde del buey Opaco


Crónica de la corrida de la feria de San Isidro de Las Ramblas, celebrada el lunes 14 de mayo de 2018, para la asociación El Toro de Madrid. 



Séptima corrida de la feria de San Isidro con toros de Las Ramblas, procedencia Salvador Domecq, El Torero. En general grandes y generosos de carnes. Se devuelve el cuarto de la tarde, ¡por manso!, saliendo en su lugar un sobrero de José Cruz. El primero manso en varas, noble y corretón en la muleta, mediano; segundo, manso en varas, suavón en el último tercio; tercero, sale suelto del caballo, chochón y descastado; cuarto, huidizo y embestidor, bueno en la franela; quinto con poder, manso y noble al final, dejándose hacer; y sexto, a menos en la segunda vara, cortando el viaje, tirando el derrote y geniudo.

David Mora. Estocada arriba; saludos. Dos pinchazos, escotada corta caída y tres descabellos; algunas protestas.
Juan del Álamo. Estocada trasera desprendida; saludos. Estocada caída; silencio.
José Garrido. Pinchazo, estocada corta en los rubios y estocada caída; silencio. Cuatro pinchazos, media en los bajos y dos descabellos; silencio.

Presidente. D. Jesús María Gómez Martín. Muy mal. No debió aprobar el sobrero de José Cruz y el sexto era un toro sin remate, con el esqueleto de un caballo, que se tapaba por la cara. Sacó pañuelo verde durante la lidia del cuarto de la tarde debido a su mansedumbre, hecho sin precedentes en nuestra plaza.

Suerte de varas. Nada reseñable, tarde de trámite en el tercio de varas. Estos toros no se prestan.

Cuadrillas y otros. Destacaron José Otero en el cuarto; Antonio Chacón pareando al sexto; y Roberto Martín, “Jarocho”, con capote y banderillas, echó una tarde extraordinaria.
Apenas tres quintos de entrada en plena feria, algo que tristemente viene siendo habitual.


La corrida de Las Ramblas deparó una tarde para la posteridad en la Plaza de Madrid, un hito histórico del que la afición que ama esta plaza, a buen seguro, no se sentirá orgullosa. Sucedió en el cuarto acto, cuando salió del calabozo, como alma en pena, el toro Opaco, nº10, un castaño generoso de carnes, que, ante las provocaciones de José Antonio Carretero y Ángel Otero, adoptaría un comportamiento de pura estirpe bueyuna, espantándose y volviendo la cara continuamente. David Mora, el espada encargado de despachar al bicho, parecía mostrarse interesado, entiéndase la ironía, pero nunca tomó la resolución de ir hacía el toro a buscarlo a los medios. La impaciencia del público comenzó a aflorar y de ella se contagiaría el palco presidencial. La mansedumbre que mostraba Opaco era de proporciones siderales, tras unos cuantos minutos aún no había tomado la capa una sola vez. Muchos pensábamos que asomaría el pañuelo blanco, saldrían los caballos y, como tantas veces hemos visto, cuando Opaco sintiera el hierro de la puya brotaría su verdadera condición. Pero no, incomprensiblemente, lo que asomó fue el pañuelo verde y la correspondiente bronca del respetable, a la que se sumaron muchos aficionados de sombra, indignados ante tamaña tropelía.

¿Qué hizo que el señor Jesús María Gómez Martín tomara tan sorprendente decisión? Todo parece indicar que se trata una interpretación torticera del artículo 84 del Reglamento, que dice: “El Presidente podrá ordenar la devolución de las reses que salgan al ruedo si resultasen ser manifiestamente inútiles para la lidia, por padecer defectos ostensibles o adoptar conductas que impidieren el normal desarrollo de ésta”. Un texto que por costumbre siempre se ha entendido referido al comportamiento motriz de los toros, siendo la costumbre una de las fuentes de las que emana la ley, no digamos en la fiesta de los toros, cuya liturgia está repleta de gestos basados en esto mismo, la costumbre y la tradición. La mansedumbre es una condición más del toro, detentada, en mayor o menor medida, por la gran mayoría de los ejemplares que se lidian. Bien es verdad que el caso de Opaco no es uno cualquiera. Ni los más viejos del lugar recuerdan un bicho tan espantadizo. No obstante, para la mansedumbre la lidia ofrece herramientas como la pericia de los lidiadores, la puya y, en última instancia, las banderillas negras, antes banderillas de fuego, descrédito de ganaderos. Y a quitarse el toro de en medio lo antes y más decorosamente posible.


Opaco, nº 10, nacido en octubre de 2013, 601 kilos. ¡Devuelto por manso!


Esperamos que lo sucedido en esta corrida no cree jurisprudencia entre los presidentes, en tal caso prescindiríamos de una tesela más, como tantas que se fueron desprendiendo de ese inabarcable mosaico que es la tauromaquia, al que ya le van quedando pocos dibujos. Desterraríamos tantas y tantas lidias caóticas de las que, en no pocos casos, acabó brotando la emoción, ya sea en forma de poder y dominio, o en forma de toreo artístico (ambas al unísono supone el cénit). Recordemos el célebre caso del toro de Cortijoliva en la goyesca del 96, con José Antonio Carretero, precisamente, y José Miguel Arroyo, Joselito, como protagonistas; o el hecho del toro Granizo, de López Navarro, acaecido el 9 de marzo de 1880, saltando la barrera hasta en 19 ocasiones, más otros seis intentos infructuosos; como hacían tantos toros por aquella época.

El resto de la corrida no fue tan mala como se esperaba, dentro de la escasez de fuerzas y de casta que esperamos en esta ganadería. El primer ejemplar, un chorreado en verdugo, atigrado, bajo y gordinflón, manso en varas y poco voluntarioso en banderillas, fue un toro corretón en la muleta que hacía hilo. David Mora se vio superado, toreando perdiendo el terreno, no ganándolo, y solo le apuntamos una tanda de derechazos cadenciosa al final de la faena, antes de mandarlo a hacer filetes de una estocada arriba en los blandos.

El segundo del lote de David Mora, tras el poco interés mostrado en que se lidiara el toro Opaco, como queda dicho, fue el primer sobrero de la feria, de la ganadería de José Cruz. Se llamaba Cortés. De pelo negro, con el morrillo estrecho y pintas anovilladas. Un toro huidizo durante la lidia al que Ángel Otero le puso un grandísimo par en los medios de enorme compromiso, valorado y muy celebrado por los aficionados. El de José Cruz sacó una embestida franca, con sus dificultades y David Mora anduvo como de trámite, toreando por las afueras, siendo desarmado y sin engarzar dos tandas seguidas de mérito. Una vulgaridad con el correspondiente sainete a espadas.

Saleroso se llamaba el castaño que sorteó Juan del Álamo en primer lugar. Un toro que pasa sin pena ni gloria por el equino de Domingo Siro, al que Jarocho le dejaría dos grandes pares, el primero superior. De condición dulzona, el de Las Ramblas fue un toro suavón y bonancible. Lo mejor de Del Álamo fue un par de doblones de inicio por el lado izquierdo, luego practicó el toreo de extrarradio a base de derechazos y, solo al final, vimos de nuevo la calidad del toro por el pitón izquierdo. El quinto de la tarde, segundo para el torero salmantino, fue un toro muy aparatoso, fuerte, que aparentaba seis años en vez de cuatro y medio como publicaron en las reseñas. Le dieron tres buenos trancazos en varas, entre el picador de turno y el que hacía puerta. No sabía Del Álamo por dónde meterle mano en el inicio de faena y solo cuando el toro se cansó pudo el torero empezar a ligar algunos muletazos, sacando dos tandas de naturales aceptables, a las que no se prestó mucha atención a esas alturas de faena. Anduvo solvente con los aceros.

José Garrido tuvo muy mala fortuna con el lote. El tercero de la tarde fue un toro descastado y chochón; el sexto un ejemplar alto, con poco remate y despampanante arboladura, geniudo, cortando el viaje y tirando el hachazo, harto difícil para el toreo. En su haber apuntamos una media verónica de categoría y algunos naturales de excelente propuesta con el tercero de la tarde. Estuvo desastroso con la espada. Escaso bagaje para un torero que apunta maneras, habrá más oportunidades en las que poder resarcirse.

jueves, 29 de octubre de 2015

Opinar de toros

Por Andrés Amorós, en la obra El Cossío.


  No es raro identificar la fiesta de los toros con la mentalidad castiza, cerril, antieuropea; con el golpismo reaccionario; con la pobreza intelectual. Todo eso puede ser verdad en muchos casos, pero no es necesariamente así.
  Al decir esto no hablo solamente como aficionado, sino con la serenidad del historiador que ha aportado un montoncito de fichas bibliográficas. En este recorrido por un tema literario nos hemos encontrado con nombres como los de Unamuno y James Joyce, Octavio Paz y Francisco Nieva, Michel Leiris y Hemingway, Álvarez de Miranda y Tierno Galván, Américo Castro, Bergamín y Francisco Umbral, además de todos los poetas del 27. Si los límites hubieran sido otros, habría añadido, entre otros, a Picasso y Orson Welles, a Antonio Machado y Valle-Inclán. Después de estos hombres, ¿se puede hablar, exclusivamente, de ideología derechista, de pobreza cultural?
  Parece claro que la fiesta ha impresionado fuertemente la sensibilidad de tantos grandes escritores, españoles o no. Y que la mayoría de nuestros pensadores han reflexionado sobre los toros como fiesta nacional -tópico y verdad, a la vez-, que algo debe de tener que ver con nuestra "vividura" hispánica.

  Recurro -como todos, supongo- a mis recuerdos. En los toros he conocido, junto a muchos energúmenos, a Ernesto Hemingway y Deborah Kerr, a Orson Welles y Lauren Bacall. He visto alguna corrida junto a Domingo Ortega o Luis Miguel Dominguín: estaban callados o comentaban muy poco, en voz baja y con benevolencia para el torero.
  Hace unos meses, en el San Isidro de 1981, he comprobado cómo la fiesta parece renacer: he visto aguantar trombas de agua a José Bergamín y Rafael Alberti; a Fernando Savater, lector de Bergamín, redescubriendo en Paula la "música callada"; a Francisco Nieva, tomando apuntes en su diario dibujado; a Fernando Sánchez Dragó, trinando contra los funcionarios del toreo; a Juan Gómez Soubrier, discutiendo un ayudado por bajo; a Federico Jiménez Losantos, planeando viajes taurinos; a Félix Grande, reviviendo noches de flamenco, vino y rosas. He cambiado pullas con Alfonso Guerra sobre el eterno problema de Curro Romero. Y a la salida, después de una tarde gloriosa, a todos ellos, y muchos más pegando pases por la calle de Alcalá. 
  Algunos ensayistas y pensadores -creo- se acercan a los toros para escribir un artículo, por lo menos; por lo más para formular una teoría sociológica o filosófica de presunta validez universal. La sensibilidad de los poetas no suele permanecer indiferente ante la belleza plástica del espectáculo y el dramatismo de un momento irrepetible.

Orson Welles en Sevilla

  Después de resumir tantas teorías y opiniones, permítaseme, muy brevemente, resumir la mía. No me interesan demasiado las polémicas entre los partidarios y los enemigos de la fiesta. En definitiva, todo es cuestión de gustos. Y, para apreciar algo, hace falta conocer mínimamente sus reglas. A todos los españoles que hemos visto por primera vez un partido de béisbol nos ha parecido algo aburrido, repetitivo, sin ningún interés, pero millones de americanos se apasionan por ese juego y no hay razón suficiente para pensar que todos ellos son estúpidos. Podemos irnos del estadio a los pocos minutos, como los turistas americanos o japoneses que abandonan el tendido al terminar el primer toro, porque todos les parecen iguales (peor para ellos). Lo que no debemos -creo- es escribir sobre baseball solo por esos minutos que hemos pasado, a disgusto, en un estadio yanqui; y todavía menos, sacar de ellos conclusiones teóricas sobre la historia, la psicología o la antropología cultural de los norteamericanos.
  En realidad, cualquier espectáculo, visto desde fuera, sin conocer mínimamente sus reglas ("su código", dicen algunos), sin participar en él, resulta absurdo, un nonsense. Ver bailar a la gente a través de un cristal, sin oír la música, es algo decididamente cómico. No más, en todo caso, que ver correr a unos mozos, en calzón corto, peleándose por una pelotita; o ver a una joven, con faldita corta blanca, intentando mantener el equilibrio y dar vueltas sobre las puntas de los pies; o ver... (ponga cada uno lo que su libidinosa imaginación le sugiera).

  He mencionado la palabra "reglas": me parece evidente que, con demasiada frecuencia, se suele olvidar que el toreo las tiene. Porque no se trata, ante todo, de ponerse más o menos bonito, de revivir antiguos mitos precristianos o de expresar la eterna tragedia de nuestra raza. Lo primero es otra cosa. Simplemente, en el ruedo está un toro, un animal peligroso. Lo primero que hay que conseguir, para torear, es que no te mate ni te hiera. Eso -me parece evidente- es anterior a toda estética, a toda metafísica. Lo segundo, quebrantar la fuerza del toro para que, cuando llegue el momento, puedas matarlo. Lo tercero, lograr que te obedezca, para que puedas realizar la faena sin riesgo grave de cogida. Todo esto -tan prosaico, tan evidente- se llama lidia y se basa en unas reglas que no son caprichosas ni están hechas a priori, sino que han sido descubiertas y renovadas por los toreros, en su práctica, desde hace muchos años. Solo sobre este fundamento puede manifestarse la personalidad individual del torero, su inspiración para cumplir las reglas, renovarlas o destrozarlas. (Igual que la originalidad del escritor, quiéralo o no, porque detrás de él hay una tradición literaria). Y, así, crear belleza.

Toros de Cuadri en el campo

  Lo más interesante del caso es que el torero no se enfrenta a un teorema, a una cuestión fijada de antemano, sino a un animal singular, imprevisible. Cada toro es hijo de su padre y de su madre. Por eso, la cualidad más necesaria en un torero, la más difícil de poseer, es la intuición para ver claro y apreciar, en un segundo, las cualidades de ese toro, y así acomodar a ellas su forma de torear. Ahí, desde luego, un error se paga muy caro. 
  El verdadero arte del toreo no consiste en ponerse bonito, en andar con más o menos gracia, sino en darle a cada toro la lidia que necesita, la que está pidiendo. El buen aficionado es el que observa al animal, es capaz de apreciar sus condiciones y, en función de ellas, valora lo que hace el torero. El simple espectador -no aficionado- es el que pide, siempre, el mismo tipo de faena. El mal torero es el que trae la faena hecha, desde el hotel, sea cual sea el toro que le corresponda. 

  Entender los toros es muy difícil. Hace falta haber visto muchas corridas, no basta con ir el día de la fiesta de mi pueblo. Sobre todo, hay que saber ver las condiciones del animal. Y eso, en nuestra cultura urbana, no es fácil.
  Para apreciar buena literatura, además de la sensibilidad, hace falta haber leído bastante. No estorbará, tampoco, haber intentado escribir: aunque los resultados fueran mediocres, así se habrán podido apreciar, en vivo, las dificultades de este oficio.
  ¿Sucede lo mismo con los toros? Exactamente igual, creo. Por eso hay pocos auténticos aficionados en los miles que llenan una plaza. El turismo extranjero ha aumentado el problema, claro; pero no es solo culpa de los turistas. Entre los españoles que acuden a una plaza, muy pocos se han puesto delante de una vaquilla, alguna vez o, simplemente, han visto las reacciones de los toros en el campo; la mayoría, han acudido allí como otra diversión, sin saber demasiado de qué va la cosa.

  De todos modos, entender y valorar rápidamente las condiciones del animal es algo muy difícil. Ni siquiera muchos toreros saben demasiado de eso. Además de costumbre, oficio, se necesita una peculiar intuición. El buen aficionado sabe que hay que ir a la plaza con humildad, dispuesto siempre a aprender. Antes cité una frase del maestro Corrochano: "¿Qué es torear? Yo no lo sé. Creí que lo sabía Joselito y vi cómo le mató un toro".
  Lo que uno propondría -si le pidieran opinión- es muy sencillo: ver el toro. Intentar entenderlo y valorar lo que hace el torero con ese toro concreto. Callarse. De momento, al menos, no escribir. Si es posible, disfrutar. Y, si se tiene alguna oportunidad, intentar ver los toros de cerca, en el campo. 
  Con esto -y la dosis necesaria de amor, paciencia y suerte- podemos vivir, en cualquier plaza, tardes inolvidables, "momentos mágicos".

martes, 28 de julio de 2015

Las medidas de Taurodelta

  Vamos a comentar las famosas medidas que nuestra queridísima empresa ha decidido implantar, o al menos poner en periodo de prueba. Como comprobarán, la mayoría son temas de urgente necesidad, no como la infumable programación que comentábamos en esta entrada, culpable del solar en que se ha convertido la plaza ante unos carteles que no interesan ni al que asó la manteca.

Madrí, Madrí, Madrííííí

1. Con carácter inmediato el Centro de Asuntos Taurinos analizará la posibilidad de incorporar al reglamento la limitación del uso del descabello y la puntilla en los espectáculos taurinos de Las Ventas, en cuanto al número de intentos que puedan practicar los matadores y sus cuadrillas. Se insta además a los matadores a la utilización del puntillero de plaza para lo cual Taurodelta facilitará su óptima preparación y su gratuidad para los matadores. 

  Fomentar el uso del puntillero de plaza me parece bien, era algo que se echaba en falta. Se supone que nadie mejor para hacer una suerte de matadero como esta. Limitar el número de descabellos y puntillazos es un absurdo y una medida en la que se intuye cierto complejo y concesión ante los animalistas y los partidarios acérrimos de Walt Disney, tufillo que, por otra parte, desprende todo el comunicado.

  El toro ha de morir en la plaza, es el principio fundamental del rito, a no ser que el presidente ordene el tercer aviso. Y no hay más. Convertir la muerte de un toro en un concurso televisivo con los espectadores contando intentos a coro es un absurdo. Dentro de los muchos azares e imponderables que tiene la lidia entra el desatino con el verduguillo, como otros tantos. Por otra parte, sacar los cabestros para retirar un toro herido y probablemente amorcillado no parece la mejor opción, con el tiempo que conlleva ahora que miran tanto la ligereza. Si se da el caso de que es el puntillero de plaza el que cumple con el número de intentos, después de un faenón, sale Florito con los mansos y echa un rato para retirar la res malamente herida, qué se supone que hace el público después de todo el ajetreo, cómo reacciona. ¿Pide la oreja diez minutos después, saca a saludar al torero? ¿Y el lugar para reconocer los méritos del toro si ha sido un buen ejemplar, cuándo se le aplaude, cuándo se pide la vuelta al ruedo?

2. Durante el próximo mes de agosto, de forma experimental, el caballo de turno en la suerte de varas accederá al ruedo por la puerta de Madrid (entre los tendido 7 y 8) en vez de hacerlo por la puerta de cuadrillas (entre los tendidos 3 y 4). El objetivo es  reducir la duración del espectáculo en alrededor de 10 o 12 minutos por corrida, no interrumpir  el ritmo de la lidia, no obligar al toro a un ejercicio y a un desgaste innecesario ni permitir la reiteración de derrotes en el burladero del 7. Los presidentes ordenarán la salida del caballo sólo cuando el toro haya sido parado por el matador y / o su cuadrilla.
  En los albores de la lidia los picadores aguardaban al toro en el ruedo antes de que asomara por el chiquero, una brutalidad de entonces, porque los sufridos piqueros aguantaban los primeros empellones encontrándose los toros en toda su pujanza y totalmente descompuestos, sin haber sido convenientemente fijados. Ahora pretendemos que el tercio de varas sea lo más fugaz posible, porque molesta. Aquí lo que hace falta es reducir las protecciones que hacen del caballo un acorazado, haciéndolas más livianas, poner un caballo bien domado, hacer una puya menos dañina, volver a los tres puyazos mínimos por ley, destapar el ojo izquierdo del penco y hacerles análisis de sangre después de cada festejo, que ya nos conocemos, taurinos... Lo demás, pamplinas.

 Con esta medida supongo que cambiaremos el aparcamiento de cornúpetas, del burladero del seis al burladero del diez, lo siento por los aficionados de la solanera que aprovechaban ese tiempo para tirar fotos de los morlacos. 
  Las labores del director de lidia acompañando al picador de tanda a su sitio pasaron a mejor vida, aunque esto no lo echaremos mucho de menos, pues muy pocos cumplían con sus obligaciones.
  Veremos si es compatible esta medida con que los caballos dejen las bostas en las inmediaciones de la enfermería...

3. A partir del próximo domingo los presidentes exhibirán un pañuelo blanco por cada trofeo concedido y lo mantendrán visible hasta el arrastre de la res. Igual práctica se producirá con la exhibición de otros pañuelos, como el verde que ordena la devolución, que deberá permanecer visible hasta que la res vuelva a corrales.
  Bien está, pero el señor Cano Seijo ahí sigue, con una vuelta al ruedo a un toro y una segunda oreja contrarias al Reglamento. El pañuelo verde hasta que el morito vuelva a corrales es una exageración, pero bueno.

4. Los presidentes extremarán el cuidado en la valoración de la petición de trofeos por parte de los espectadores en el caso del primer trofeo, teniendo en cuenta que esta petición no siempre se realiza mediante la exhibición de pañuelos blancos, y en su pronta concesión siempre que exista mayoría en la petición.
  Ah, es que ahora los presidentes tienen que valorar si el señor que está en la otra punta de la plaza haciendo aspavientos está pidiendo la oreja o está suplicando para que no la concedan. Esta es una medida que entra claramente en conflicto con el Reglamento de Espectaculos Taurinos, en oposición al mismo, y por tanto ilegítima. Todavía estamos esperando una respuesta por parte de la Asociación Nacional de Presidentes de Plazas de Toros de España, quince días han pasado y seguimos sin noticias. Las orejas se conceden por la exhibición de pañuelos, los presidentes no pueden interpretar voces, silbidos o aspavientos, y si tanto le gustan las matemáticas y contar puntillazos y descabellos, habiliten un aparatito para que el público vote las orejas desde su localidad. Los presidentes lo que han de hacer es ponderar la gente que no exhibe pañuelo, no solo los que los agitan, como decía Joaquín Vidal. 

  Esta medida suponemos que la haría el mismísimo Miguel Ángel Perera en persona, abogando por el triunfalismo que según él tanta falta hace.


5. Se descarta por amplia mayoría la solicitud de algunas peñas y asociaciones de aficionados en el sentido de que el criterio para abrir la puerta grande de Madrid requiera de dos trofeos en la misma res. Se entiende que la apertura de la puerta grande debe seguir siendo un acto democrático y producirse como consecuencia de la petición mayoritaria del público (a quien corresponde la concesión del primer trofeo) en vez de depender de la decisión de una sola persona.
  Otro clásico. Y me parece una decisión acertada. Soy un romántico de los toros, creo en las puertas grandes de una y una a ley, en la verdad de Madrid. Aunque las últimas hayan sido auténticas birrias. El problema es que el público le ha ido comiendo el terreno a la afición a pasos agigantados. Donde antes había conocimiento, seriedad, juicio crítico; ahora hay paloselfie, gintonic e ignorancia. El publico ocasional y festivo domina, ya no hay ese sentimiento de "esta es mi plaza". Y es lo que buscan los taurinos, gente que no moleste y muchas barras de bar, de ahí que las ferias cada vez sean más largas y el resto de la temporada (donde se hacen aficionados y no gente que va a posturear un día a los toros) parezca diseñada por Pilar Rahola. Por muy difícil que pongan la puerta grande, si no cambia el signo de los tendidos, pedirán la segunda, el rabo y lo que haga falta. 

  Aquí quiero tener una mención especial para la vuelta al ruedo, esa gran olvidada por el público de San Isidro. De la nada a la oreja, pobre vuelta al ruedo, con el buen sabor que dejabas entre toreros y aficionados, y el señorío que ostentabas.


6. Se volverá a estudiar y valorar técnicamente la disminución en la elevación del centro del ruedo de Las Ventas para atender la demanda de matadores, picadores y banderilleros en este sentido, siempre que se garantice la óptima evacuación de agua para evitar encharcamientos y, en su caso, suspensiones.
  Todo el mundo sabe que cuando quiten el cerro de los medios del platillo, Morante pegará quince naturales como Dios manda. Y a lo mejor hasta consigue una puerta grande, que ya va siendo hora.


7. Con carácter inmediato se sustituirá el vestido de torear que lucen el torilero y el chulo de banderillas en Las Ventas por una vestimenta adecuada, que respete el hecho de que sólo quienes participan en la lidia pueden vestir de luces.

   Vieja petición de picadores y toreros de a pie, desconocedores de la tradición y la costumbre en la plaza de Madrid que, desde tiempo inmemorial, e incluso regulado por Reglamento, el torilero ha vestido traje de torero. Para otras cosas no se ponen tan puristas.

  Dice el profesor Luis del Campo en su capítulo titulado “El Traje en la Fiesta Nacional” que “la prosa del legislador muestra un espíritu tendente a dar realce a la Fiesta y, plausiblemente, orienta al empresario para que vista al torilero con el traje de luces. Es lástima que sean contadísimas las plazas donde aceptan su indicación trajeando al torilero en forma especial. Resulta vistoso y agradable, tras los sones agudos del clarín anunciador de la salida del toro y después de abrir la puerta correspondiente de barrera, ver asomarse al ruedo a una persona ataviada con vestimentas alegres y brillantes, cerciorándose de que el ambiente es propicio para que pueda salir la fiera astada".

  Otra tradición que mandamos al garete. A ver si a alguno de estos subalternos, tan castos ellos, les da por parar un toro y correrlo a una mano, en vez de atosigarlos entre varios, orientarlos, y estrellarlos contra las tablas. Ni uno, me moriré y no lo veo.

El célebre Carlos Albarrán, el Buñolero, pintado por Zuloaga. Ejerció de torilero desde 1843 hasta 1903

8. Los presidentes se encargarán de que el trofeo que se concede a los matadores deje de ser la exhibición de la oreja completa de la res, limitando el tamaño y del trofeo.
  Tal y como está la plaza no teníamos otra medida que tomar, y todo por tratar de disfrazar la realidad, por complejo. ¡Menudo disparate!

  Propongo que en vez de mini orejas les den el crotal y lo paseen en la vuelta al ruedo.


9. Los presidentes extremarán la vigilancia en la diligencia de los mulilleros en el arrastre de las reses para evitar tiempos muertos y presión artificial en las decisiones del equipo presidencial.

  Lo siento por el bolsillo de los mulilleros, es un gremio que me cae simpático. Bye bye propinas.

domingo, 19 de julio de 2015

Costurero, de José Escolar


Costurero, de José Escolar. Número 33, 580 kilos, a dos meses de cumplir los seis años. Premio Carriquiri al mejor ejemplar de la Feria del Toro 2015.

Cárdeno claro, botinero, abierto de armas. Se deja capotear de salida demostrando de inicio la nobleza que atesora. Toma dos varas que en verdad son tres porque se revuelve en el primer encuentro, acudiendo rápido y decidido en cuanto siente que pisan su terreno, entregándose en la pelea con el desproporcionado equino que se estila en Pamplona y saliendo del trance con celo, acometiendo a los cites que lo provocan. Pedro Iturralde pica en un sitio ideal, sin recargar ni emplear malas artes. En banderillas aprieta en la corta distancia, no llega a tablas y no se inmuta al sentir el arponcillo. Noble, metiendo la cara con celo y repitiendo, de principio a fin de la faena. Ureña firma una faena de buen aire, ciñéndose y buscando el toreo en redondo. Costurero tiene la mácula de volver la cara tras la estocada, buscando toriles, por lo que nunca se podrá decir que fue un auténtico toro bravo. Esto, sumado a la tercera vara aclaratoria que nunca se produjo y la ausencia de fiereza que la bravura en puridad ha de mostrar. La rueda de peones para tumbar a tan noble animal dice mucho de la afición que hay entre los de a pie. Y la entrevista a Fundi, una vez arrastrado al toro, obviando la opinión del ganadero, también dice mucho de la afición entre los del micrófono.

Enhorabuena a José Escolar, un ganadero casi auténtico (lástima de fundas). Esperamos que la camada del año que viene dé para ir a Madrid, en Pamplona seguro que ya han demandado su regreso.

"El encaste minoritario es minoritario porque no embiste". Daniel Ruiz

martes, 30 de junio de 2015

Mojonero, de Victorino Martín



Cuatreño, nº 79, 546 kilos. En el tipo de la casa, cabeza de hacha, avacado.
 Fue lidiado en el tercio postrer con solo tres palos en lo alto. Salidas en falso, cuarteos a una mano, pasadas de Judas, atragantones varios, pares a la atmósfera... Alcalareño y David Saugar "Pirri", curtidos en mil batallas, fueron incapaces de llegar a la cara de Mojonero y dejar los rehiletes que marca el Reglamento. El usía no tuvo más remedio que cambiar el tercio y tocar a matar.

lunes, 30 de marzo de 2015

El quite que cambió la tarde


Toros de Partido de Resina, Adolfo Martín, Cebada Gago, José Escolar, Victorino Martín (se lidia un sobrero de Adolfo Martín) y Palha para Iván Fandiño en solitario.

  La tarde se las prometía felices, la temperatura era óptima y Eolo estaba calmado. En derredor al coso las calles rebosaban aficionados venidos desde todas las partes del planeta de los toros, no se podía entrar en los bares y nunca antes se había visto tanta gente joven en Las Ventas para un festejo mayor. Me cuentan que ya desde por la mañana la expectación fue cosa inusitada, el apartado fue un caos de tantos que acudieron desde primera hora, reventas y listillos hicieron acto de presencia sembrando desorden y encendiendo los ánimos. La plaza presentaba un lleno espléndido. Como digo, no se podía pedir más. Hasta que unos segundos antes de aparecer Fandiño por el túnel del miedo, los imbéciles de turno, los mismos que el pasado invierno han reventando actos de cátedra en universidades, los mismos que a su paso han dejado aficionados con lesiones que tardarán mucho en curar, acaparaban unos instantes de protagonismo haciendo el memo desde el graderío del bajo del dos, y de paso nos arrebataban ese momento mágico de la presentación del espada en el platillo. La ovación fue atronadora, pero el significado ya no era el mismo pues tenía mucho de desquite. Fue como una premonición.

   El festejo discurría por los cauces del "aquí no pasa nada", "el torero no tiene la culpa", "es que los toros no valen", hasta que salió el ejemplar de don José Escolar Gil. Un galán rematado de cabo a rabo que no necesitaba de exagerada arboladura para provocar la admiración y el respeto de la concurrencia. Redondeado en el tipo santacolomeño de la ganadería, de mirada penetrante y estrechito de sienes, como gusta decir a los taurinos. Salió levantando astillas, aprovechando el montón de arena del burladero para pasar el morrillo tratando de deshacerse de la divisa. Era uno de esos ejemplares de especial viveza que se crían en los cercados de Valdetiétar. El cuarto cartucho de la encerrona. La plaza se puso boca abajo en el tercio de varas, el Escolar, de nombre Curioso I, estrelló el caballo en tablas en el primer encuentro; en el segundo, Fandiño lo dejó en la boca de riego y el toro poco a poco fue acelerando el galope hasta llegar a jurisdicción, metiendo la cara decidido en el embroque. En ese momento, cuando muchos se relamían pensando en una tercera entrada, Fandiño se llevó a Curioso I a los medios y le recetó un quite a base de chicuelinas, alguna de ellas tan enganchada que hacía llegar el sonido del percal hasta las alturas de la grada donde me situaba. Me giré fulminante buscando a Alex, excelente aficionado a toros, los dos teníamos la misma cara de estupefacción. ¡Cómo osaba, tocarle las orejas a un toro de Escolar!, para más inri enganchando el capote. Comprendí que todo lo sucedido anteriormente no era fruto de la casualidad, Fandiño no estaba y ahora dudo si alguna vez estuvo en toda la tarde. Como cabía esperar el de Escolar llegó orientado a la muleta de Fandiño y ni siquiera la fabulosa y ovacionada lidia de Javier Ambel consiguió desengañarlo. Ese quite por chicuelinas fue el detonante, la confirmación de que Fandiño no iba a poder. 

  Semejante error con el de Valdetiétar explicaba porqué el blandito pablorromero nunca encontró las medias alturas que pedía, o cómo el boyante Adolfo era excesivamente sometido en redondo desde el primer muletazo en una faena de altibajos que dejaba una sensación pobre. El melocotón de Cebada encontró la arena del ruedo en su primera acometida a la pañosa, quedando lastimado para el resto. La culebrilla jugada en quinto bis, de Adolfo, era el típico Albaserrada que acaba haciendo surcos con el hocico si encuentra hombre que aguante firme y lleve largo sus embestidas, y solo hubo pajareo en el tercio. Y el de Palha acabó rajado y entablerado después de un tercio de varas de bravo, un gesto inexplicable y feo, como sus hechuras.

  Tres veces fue desarmado. Pasó apuros de capa. Enseñó todos los toros en los caballos y los tercios de varas fueron muy celebrados en la segunda parte de la corrida. Y precisó de un pinchazo y una estocada atravesada que hace guardia; media estocada y dos descabellos; una estocada trasera; media en el hoyo y cuatro descabellos; dos pinchazos y una estocada en la cruz; y dos pinchazos a paso de banderillas y un golpe de descabello, para despenar a los seis ejemplares dos horas y dieciocho minutos después. 
  


sábado, 13 de diciembre de 2014

Don Antonio Bienvenida en Las Ventas la tarde triunfal del 30 de junio del 63

Madrid, 30 de junio de 1963. En la Plaza de Toros de Las Ventas se corrieron toros de Núñez Hermanos para la confirmación de alternativa de Antonio Medina, en presencia de Curro Romero y ejerciendo de padrino Antonio Bienvenida. 

A continuación algunos retazos y fotografías que publicó la revista El Ruedo sobre esta tarde histórica, (lo pies de foto son de mi cosecha).


Bienvenida confirma a Medina en presencia de Curro. Obsérvese el aspecto de los tendidos un 30 de junio y compárese con la capacidad de llamamiento que tienen los carteles de Taurodelta fuera de abono

  Esta ha sido la semana de don Antonio Bienvenida. 
  Con veintiún años de alternativa sobre los hombros y cuarenta y uno de vida sobre las espaldas; con una docena de cornadas duras sobre el cuerpo y una familia sobre la conciencia, don Antonio -y nadie le birle el don- ha puesto una pica en Flandes. Ha mantenido en vilo durante sus dos faenas a la primera afición del mundo.
  La gente joven, que, afortunadamente, vuelve a ocupar los tendidos, hastiada de fútbol, vio por vez primera el pasado domingo eso tan aparentemente sencillo que es torear.  
  Don Antonio dirigió la lidia de sus toros y de los toros de los demás; colocó las reses ante los caballos y no junto a los caballos o debajo de los caballos; hizo del quite lo que es: recurso de S.O.S. o respiro para una congestión del cornúpeta; clavó banderillas por la derecha y por la izquierda, al cuarteo y al quiebro, en los medios y en las tablas, trasteó con gracia, macheteó con donaire, intercaló alegrías -siempre serenas, medidas, sobrias-, e hizo, sin enhebrar monotonías, algo mejor que las series: la inconsútil unidad de la armonía.
  Con todo merecimiento, allá se fue a hombros del pueblo por la puerta grande, calle de Alcalá adelante.

Obsérvese los ojos del caballo y cómo es posible cumplir con las condiciones indicadas en el Reglamento

Obsérvese los pies de don Antonio, queda demostrado que se pueden clavar banderillas sin necesidad de pegar brincos

  Era plenamente consciente en el tendido de que asistía a un solemne acto de contrarreforma, a un Trento taurino. Me sentí testigo histórico. Todos los jóvenes nos sentimos testigos históricos.
  En mi cuaderno de notas nada anoté sino estas preguntas ateridas de pasmo: "¿Qué es esto? ¿Qué me sucede? ¿Por qué he aplaudido antes de ahora?"
  Un caballero atildado, pulquérrimo, no miraba al ruedo. Me miraba a los ojos y a las manos con escrutadora impertinencia, con descaro inquisititivo.
  - ¿Acaso no le emociona don Antonio?
  Y con la sonrisa blanda de la beatitud me contestó:
  - Me emociona más su emoción de usted. Me emocionan esos tendidos convertidos. Ustedes, los mozos, acaban de probar el vino añejo y estoy seguro de que no volverán a confundirlo con el peleón. Creo que no volveré más a la Plaza. He esperado mucho este momento y he sufrido mucho hasta vivirlo. Ahora la tradición está asegurada. 
  De aquí y de allá, terminada la corrida, saltaban costaleros voluntarios. Iban a izarlo con el fervor procesional de los abriles.
  Entonces ocurrió algo que tío Ernesto no se hubiera atrevido a imaginar para "Fiesta". Un obrerillo joven, despechugado, encendido del sol de los andamios, clavó su rodilla en tierra, tomó reverente la diestra de don Antonio y se la besó con unción casi sacra.
  Solo le dijo:
  - Gracias.
  Y a nadie pareció ridícula la escena.

Obsérvese las condiciones en las que sale a hombros el maestro y compárese con las puertas grandes que vemos hoy en ese botellódromo que llaman San Isidro

  La gente que llenaba la Plaza, al salir, salía como chico con zapatos nuevos. Y allí nada nuevo había ocurrido. Solo habían pasado dos cosas ya muy viejas, aunque no frecuentes: EL TOREO Y UN TORERO. 
  Antonio Bienvenida ha demostrado que para torear bien solo es necesario esto: maestría. Con dos toros distintos, dos faenas distintas. Faenas distintas, precisas, completas, de principio a fin. Desde la salida de los dos toros hasta la hora de matar, todo perfecto. Con la capa, maravillas. Con las banderillas, elegancia. Con la muleta, bordados. Y con la espada, valentía, precisión y eficacia. Sumen esto a un sentido de la lidia de privilegio. Siempre atento. Sabe mandar en la cuadrilla y en el toro. Sin descomponerse. Siempre vigilante y oportuno, siempre torero en sus toros, en los toros de los compañeros. Siempre torero: al empezar y al acabar. Ha enseñado a llevar el toro al caballo con el mínimo de capotazos y hasta con florituras de ensueño. Ha marcado el natural con la izquierda y el pase con la derecha con olor y sabor de torero consumado. Ha manejado la capa como nadie: al pasearla por la Plaza, al dibujar la verónica, a la hora de amparar a todos los compañeros de a pie y montados. Ha tenido delicadeza con los morenos y con los de sombra. Se ha dejado besar por su hermano al acabar las faenas. Ha sido esta una tarde redonda para Antonio Bienvenida. Ha toreado a gusto y ha dado en el clavo. A los aficionados maduros se les caía la baba. A los jóvenes les ha convencido de que el toreo bien hecho es una obra de arte incomparable, llena de sugerencias y matices, preñada de incitaciones, donde aparece todo menos la violencia. 
  Antonio Bienvenida sale de la Plaza a hombros con tres orejas en su haber:  dos de su primero y una de su segundo. Nada ha importado que los toros de Núñez Hermanos no fueran de esos a los que se les pueden hacer "monerías". EL TOREO y UN TORERO estaban en la Plaza Monumental de Madrid. EL PÚBLICO acaba de ver eso, ni más ni menos que esto: EL TOREO Y UN TORERO.

El Toreo y un Torero. Obsérvese cómo no es necesario poner posturas raras para que el de negro lleve el hocico a rastras por la arena

Firmando la obra, el toro vencido. Obsérvese cómo no hacen falta los peones para hacer doblar al toro que está mortalmente herido después de una faena superior; ni tampoco para vender la burra y mendigar orejas en la primera plaza del orbe

jueves, 3 de julio de 2014

Centenario de la encerrona de Gallito con 7 toros de Martínez

  Hoy, 3 de julio de 2014 se cumplen 100 años de una de las tardes más gloriosas que ha dado la historia de la Tauromaquia, y no es otra que el día en el que José Gómez Ortega, Gallito, se encerró en la Plaza de Madrid con una corrida de toros de la ganadería de Vicente Martínez.

  Fue la única ocasión en la que José se acarteló en solitario en Madrid, sin embargo, a lo largo de su corta pero intensa carrera lo haría hasta en 23 ocasiones. Él mismo escogería esta ganadería, los denominados Toros de la Tierra, descartando los hierros andaluces que la empresa le ofreció para que no le echaran en cara un regionalismo excesivo. Como tantas otras veces, José “pensando en aficionado”, escogía un hierro del agrado del público.

  La corrida en conjunto resultó mediana, la mayoría llegaron quedados al tercio de muerte y, curiosamente, los de mejor juego fueron los toros de pelo berrendo que más contrariedad causaron a José en los prados colmenareños de “Cañadas de Mojapán”, cuando días antes se presentó en casa del ganadero don Julián Fernández Martínez en compañía de su picador, “Camero”, y los empresarios de la plaza, a fin de escoger una corrida que convenciera a todas las partes.

  El comportamiento deslucido de los toros de Martínez no fue ningún impedimento para que el genio de Gelves dictara una autentica lección de torería y poder durante toda la corrida, más el sobrero que regaló para deleite de los afortunados espectadores. La corrida, toda ella, fue lidiada con riguroso orden, sin un capotazo de más ni de menos. José tiró de repertorio, enfervorizando al público con garbosos quites, recortes y galleos inigualables, un muestrario de todo tipo de suertes de capa. Al berrendo “Barrabás” lo paró de salida con el capote a una mano, imágenes que se conservan y que son una verdadera delicia para el aficionado. En banderillas dominio absoluto de las distancias y los terrenos, ortodoxia y clasicismo máximo en el embroque, cada par era colocado en el morrillo de los toros con la máxima delicadeza, ¡carteles de toros! En la muleta proseguía ese conocimiento perfecto del toro, esa difícil facilidad para conseguir dominarlos con toda naturalidad. Pases por alto, ayudados, trincheras, molinetes, kikirikís majestuosos… y los pases ligados en redondo,  novedad de la época heredada hasta nuestros días, cimientos de la faena de muleta tal y como conocemos, piedra de toque gallista tantas veces desdeñada. Con efectividad pasaportó los siete morlacos colmenareños, la espada nunca fue su mejor facultad.

  Apenas se habían cumplido las dos horas desde el paseíllo y José era llevado en volandas desde el desaparecido coso madrileño de la Carretera de Aragón hasta el Hotel Palace por centenares de aficionados enfervorecidos, absolutamente emocionados.

  Viernes laborable y caluroso en Madrid, tarde de lleno hasta la bandera, terno ceniza y oro. Dominio y conocimiento absoluto de todo tipo de reses, ya sea por su casta o su condición; dominio absoluto de todas las suertes del toreo. La gracia, el adorno, la torería, el arte sin afectación, sin amaneramiento. ¡Pónganle los adjetivos que quieran! Aquella tarde del 3 de julio de 1914, José Gómez Ortega impartió una de sus mejores lecciones de cátedra tauromáquica, contando tan solo con 19 años. 

  Gloria a ti, Gallito.


Gallito parando a Barrabás a una mano. Caviar


Insuperable par de banderillas al quiebro, también a Barrabás

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  Este artículo, escrito por un servidor, ha sido publicado en el boletín nº 44 de La voz de la afición. 

  Puedes leer con más detalle cómo se desarrolló esta histórica corrida según la opinión del ilustre aficionado y mejor pluma, don Luis Fernández Salcedo, en esta entrada que publiqué En homenaje a Gallito.