lunes, 29 de octubre de 2018

Torrestrella en Bilbao


Los que la vieron dicen que fue una gran corrida de toros donde predominó la casta. Espero verla en 2019 en Madrid.











Esta de abajo me parece una gran foto, un toro de irreprochable trapío con una estampa preciosa. No me canso de mirarlo.

Enhorabuena a André Viard, autor de las imágenes.


sábado, 20 de octubre de 2018

A la luz del toreo

O cómo el humanismo del Renacimiento estableció la distinción entre personas y animales.



       El Renacimiento renovará y afianzará esta magnífica idea de «universal humano», y la teología española del siglo XVI (Vitoria, Soto, Suárez...) la proyectará con fuerza para defender la humanidad esencial y absoluta de los indígenas recién descubiertos con motivo de la conquista de América. Pero ya antes, a finales del siglo XV, un culto y refinado filósofo italiano, Giovanni Pico della Mirandola, había actualizado y profundizado la cuestión de la privilegiada singularidad humana en su celebérrima Oratio de hominis aignitate (1487). Se trata de un discurso que resultaría clave en el humanismo renacentista y que era culminación de textos anteriores de su propio siglo sobre la excelencia humana, así como referencia de los que vendrían después. En la parte más conocida y aleccionadora de ese Discurso, Pico imagina la tesitura de Dios una vez creado el universo y el mundo angélico, animal y vegetal: «deseó que hubiera alguna criatura capaz de comprender la razón de tal empresa, de amar su belleza, de admirar su grandeza...». El Creador piensa entonces en crear al hombre, pero se da cuenta de que la gran cadena de los seres está completa en todos los órdenes, cada especie con sus rasgos e instintos propios. Decide, pues, crearlo como un ser sin rasgo definido ni determinación alguna, para que, en virtud de su «libre albedrío», se modele en la forma que él mismo quiera. «Podrás degenerar —le dice— en criaturas inferiores, que son los animales brutos; podrás, si así lo dispone el juicio de tu espíritu, convertirte en las superiores, que son seres divinos».

Si la fábula de Pico en este fragmento ha tenido tantísima fortuna en el pensamiento occidental es porque señala sin equívoco posible los fundamentos éticos y existenciales de la antropología humanista, todos ellos elaborados, por cierto, sobre una explícita distancia entre el hombre y el animal. Mientras que este es un esclavo del instinto, solo aquel goza de libertad interior, y ese albedrío es la marca definitoria de su naturaleza y la causa exclusiva de su dignidad como criatura. Esta dignidad surge de la ecuación entre libertad y responsabilidad, dos instancias que no concurren ni en las bestias ni en los seres angélicos. Pico deja bien claro que la ubicación específica del ser humano se encuentra entre los dos polos de la feritas y de la divinitas. El hombre debe ser consciente de esta ubicación para evitar tanto la hybris de parangonarse con Dios como el embrutecimiento que lo aproxime al animal. Pero es evidente que, en este enclave central, su misión de hombre, auspiciada por el libre albedrío, es tender hacia lo alto, alejándose lo más posible de la feritas y aproximándose lo más posible a la divinitas. En esa lucha, precisamente, radica el signo distintivo de su humanitas. Como decía Petrarca, el primer humanista moderno, en Sobre la vida solitaria, la misión del hombre es «revestirse de humanidad y deponer la animalidad» (humanitatem induere feritatemque deponere).


Sergio Aguilar poniendo un par a un toro de Adolfo la pasada Feria de Otoño. Foto: Álvaro Marcos


Como vemos, y al margen de las posturas tradicionales de los teólogos, que apelaban al alma, o de los filósofos, que apelaban al logos (en sus distintas acepciones: razón, discurso, lenguaje), Pico, sin desmerecerlas, plantea otro enfoque más específicamente humanista, aunque no menos radical, para distinguir cualitativamente a los hombres de las bestias; un enfoque que se asienta en la doble condición —noble y miserable— del ser humano y que apela al carácter hondamente trágico de su destino, al hacerle consciente de su limitación y de su muerte. Y un enfoque que gravita sobre el libre albedrío, en virtud del cual, y a diferencia del animal, el hombre es perfectible, es capaz de sobreponerse a su instinto, tiene autonomía para dictarse una ley moral, goza de capacidad para plantearse el «nosce te ipsum» (conócete a ti mismo) como reto y finalidad de su existencia y, en definitiva, atesora la responsabilidad de estar o no a la altura de la dignidad que le corresponde por ser la única criatura verdaderamente libre sobre la tierra. Puede el hombre renunciar a todo eso, y entonces será un hombre animalizado, pero no dejará de ser un hombre. El animal, en cambio, a nada de ello tiene acceso. Por eso sería tan absurdo decir que somos mejores que las bestias como que ellas «son mejores que nosotros» (algo que se oye con harta frecuencia), porque los animales, al carecer de libre albedrío, no pueden valorarse con criterios éticos. La diferencia entre hombres y bestias es, por tanto, abismal en la tradición humanista.


Javier García Gibert. A la luz del toreo, tradición hispánica y humanística en la tauromaquia. Biblioteca Nueva, 2018. Págs. 22-23.


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Aquí queda la recomendación de un libro genial, escrito por el doctor en filología y profesor de literatura clásica española de la Universidad de Valencia, Javier García Gibert, publicado este mismo año. Tras haber leído apenas cincuenta páginas no tengo ninguna duda en declarar que estamos ante una obra de referencia, de todas las que se han publicado, de afirmación de la tauromaquia desde un punto filosófico, esto es, desde la razón. He dejado unos párrafos de los muchos que podría poner en tan pocas páginas leídas, así que no descarto, en un futuro, volver a transcribir alguna otra cita. 

Háganse con él. Merece la pena. 

Un saludo a la afición. Llegan los meses sin festejos taurinos, a cargar pilas y aprovechar para leer de toros. Y buena temporada para los que nos leen al otro lado del charco.


sábado, 6 de octubre de 2018

El resurgir de Robleño


           Los que vimos a Fernando Robleño en la célebre encerrona del 2012 con seis toros de José Escolar en la coqueta y exigente plaza francesa de Ceret, igual que en los años que rodearon aquel festejo inolvidable, sabemos de lo que es capaz. Se dice que los toreros son de otra pasta, pero los que son capaces de aguantar una larga y dilatada carrera en la cara de los toros más fuertes, fieros e inteligentes, lo son más todavía. Y estos últimos no son muchos, gran parte de ellos se quedan por el camino, por la misma senda en la que fueron derramando el depósito del valor que acabó vacío. Los toreros de ganaderías duras que son capaces de mantenerse, a pesar de los lógicos altibajos, no abundan tanto como creemos y no son tan valorados como se debería. Con el toro noble y de carril encontramos un buen ramillete de coletas que llevan en la pomada décadas, pónganse a pensar ya verán como los encuentran, sin embargo, con el toro áspero hay muy pocos. Podemos citar a dos de los últimos héroes que consiguieron mantenerse con dignidad a lo largo del tiempo con las corridas de respeto, véase Luis Francisco Esplá y José Pedro Prados “El Fundi”. En activo eran continuamente discutidos, ay, la eterna iconoclastia del aficionado, en cambio ahora son estos los que se desmonteran cuando se cruzan con tamaños ases de la torería. Basta que no estén para apreciar su valor. Con Robleño verán que sucederá lo mismo.

Bien es cierto que llevaba un par de temporadas anodinas en las que sus actuaciones no pasaban de un oficio más que acreditado para despachar con solvencia cualquier tipo de situación. No es cosa baladí eso de la solvencia y el oficio, ya lo quisieran para sí otros espadas, pero a Robleño se le pedía más. Y ese más llegó el pasado 9 de septiembre con la corrida desafío entre Saltillo y el debut de Valdellán con tres pavos que derrocharon casta, casta y más casta, ¡así se debuta en Madrid! Suele suceder que el toro que más llama la atención en la previa luego es un gran fiasco, pero esta vez no fue así. Era un entrepelado, lucero, berrendo remendado, apodado Navarro, que superaba los 600 kilos y encampanado ganaba en talla al pequeño gran torero de San Fernando de Henares. Tomo tres varas con alegría y derrochó fiereza y acometividad toda la lidia.

Cuando maduramos la grandeza de aquel trasteo caímos en la cuenta de que aquello había sido un episodio del más puro estilo robleñista, cuando la veíamos en vivo pensábamos que no pasaría del oficio y la solvencia antes comentado. El toro era una estampida en cada arrancada, acudía con la cara muy suelta. Y es que en los primeros compases lo fue dejando a su aire, madurándolo, estudiando por dónde le iba a meter mano, como tantas otras veces le habíamos visto hacer. Después llegó la apoteosis, fueron sólo tres tandas, dos por la derecha y una tremenda de naturales. Robleño, nuestro pequeño gran hombre, se armó de valor, echó la pata palante y se dispuso a hacer el toreo con aquel torazo, pasándoselo por la bragueta y rematando los muletazos detrás de la cadera sin ceder el terreno. Cada tanda valió un potosí, el toreo auténtico. Se veía, Robleño salía de cada uno de estos encuentros con Navarro como si hubiera corrido un esprint. El esfuerzo era palpable, salía sin aire de la cara del toro. Cayó una oreja después de un pinchazo y una estocada desprendida entrando derecho, con más aficionados en la plaza y una muerte más certera la faena había sido para rozar la puerta grande. Es lo de menos, los que lo vieron no lo olvidarán, fue el resurgir de Fernando Robleño, y esperamos que para seguir viéndole así por mucho tiempo.




Artículo publicado en el nº 53 de La Voz de la Afición, boletín de la asociación El Toro de Madrid.