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martes, 27 de noviembre de 2018

La maqueta del Museo Municipal


      Hace unos días aproveché el fin de semana para visitar el Museo de Historia de Madrid después de la reforma. No iba desde que era un crío y entre todas las obras de arte que guarda, sus pinturas, esculturas y objetos de valor, me llamaron mucho la atención, quizá por ser menos frecuentes, las maquetas de Madrid y, en especial, la de la Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá, que estuvo dando festejos de toros en nuestra ciudad desde el año 1749 hasta 1874, ¡ahí es nada!


Disfruté muchísimo con esta maqueta, transmite con todo lujo de detalles el microcosmos que hay en torno a una corrida de toros y nos transporta a ella. A la época decimonónica, con el casticismo en todo su esplendor y un sinfín de personajes, costumbres y tradiciones en muchos casos perdidos. Aunque la esencia, toro y torero en buena lid, podemos decir que todavía perdura. 


Dejo unas cuantas fotos donde se aprecian los detalles antes comentados, para los que no puedan ir a verla. Los demás no dudéis en acercaros, la visita es gratuita.  

El autor es Juan de Mata Aguilera, teniente coronel retirado, y la realizó entre enero de 1843 y agosto de 1846. 

Los que deseen ver in situ cómo era esta Plaza tienen visita obligada a Aranjuez y su Plaza de Toros, fundada en 1797, pues está hecha a semejanza de la de la Puerta de Alcalá. Por desgracia los festejos que ahora se dan en Aranjuez y el nivel de exigencia del coso, dudo que cumplan las expectativas de muchos lectores de este blog. 



 La meseta de toriles con clarines y timbales. Junto a la puerta de toriles, los calabozos para los espectadores que alteraran el orden

 Puyazo con el caballo dando los pechos y el toro romaneando

 Exteriores. Tertulias, curiosos y puestos de venta de todo tipo, aguadares, naranjas, etc.




 Caballos muertos, el gran damnificado de la tauromaquia antigua. Alrededor el tendido de los sastres, es decir, los curiosos

 Los monos preparando un caballo para el arrastre. Una parte del tendido en pie, protestando efusivamente. Hay cosas que nunca cambian



 Un grupo de curiosos espera acontecimientos junto a la puerta grande, aunque por aquel momento los toreros no salían a hombros como hoy estamos acostumbrados




 El autor y la orla con los detalles de la obra

 Ficha

Portada del Museo Municipal


Un saludo a la afición.

martes, 21 de noviembre de 2017

Última de la temporada de 1870


(cliquear para ver en grande)


PLAZA DE TOROS

EN LA TARDE DEL DOMINGO 30 DE OCTUBRE DE 1870,
Se verificará (si el tiempo no lo impide)

LA 20ª. CORRIDA DE TOROS, 
ÚLTIMA DE LA TEMPORADA.

A BENEFICIO
DEL HOSPITAL GENERAL.
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PRESIDIRÁ LA PLAZA LA AUTORIDAD COMPETENTE
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La presente función será definitivamente la última de la temporada, porque concluyen, en fin del corriente mes, las contratas con los lidiadores.
Por este motivo, y deseosa la Excma. Diputación provincial de manifestar al público su profundo agradecimiento, por la numerosa concurrencia que tan poderosamente ha contribuido al socorro de los pobres enfermos del Hospital General, ha dispuesto que esta corrida tenga todo el carácter de extraordinaria, y que en obsequio del público, y sin alterar los precios, se lidien

OCHO TOROS

de las más acreditadas ganaderías. También ha dispuesto la Diputación que la Plaza se halle adornada con una vistosa colgadura: que todo el servicio sea de gala; que las banderillas sean de guirnaldas, cintas, flores, plumeros, banderas y gallardetes, y por último los lidiadores se han ofrecido a demostrar en esta función de despedida, que son dignos del aprecio de los aplausos con que el público los ha distinguido constantemente.

Los ocho toros serán de las ganaderías y con las divisas siguientes:


DOS... del Excmo. Sr. Duque de Veragua... Madrid... Encarnada y blanca.
DOS... de D. Vicente Martínez... Colmenar Viejo... Morada.
DOS... del Excmo. Sr. D. Rafael Laffitte (antes Hidalgo Barquero)... Sevilla... Blanca y negra.
UNO... de Antonio Miura... Sevilla... Verde y negra.
UNO... de D. Joaquín Concha y Sierra, hoy de su sobrino D. Joaquín Pérez de la Concha... Sevilla... Celeste, rosa y verde.

LIDIADORES.


PICADORES... A los cuatro primeros toros, JUAN ANTONIO MONDEJAR Y JOSÉ CALDERÓN, y a los cuatro últimos RAMÓN AGUJETAS Y MANUEL CALDERÓN.
Habrá dos reservas de picadores,y si hubiera necesidad se suplirán los de una tanda con la otra, sin que en el caso de inutilizarse los seis pueda exigirse que salgan otros.
ESPADAS... CAYETANO SANZ, FRANCISCO ARJONA REYES Y SALVADOR SÁNCHEZ (Frascuelo), estando a cargo de los tres sus respectivas y excelentes cuadrillas de banderilleros.
SOBRESALIENTE DE ESPADA... ÁNGEL FERNÁNDEZ (Valdemoro), sin perjuicio de banderillear los toros que le correspondan.


El apartado de los toros se verificará en la Plaza el día de la función a las once y media. Los billetes para verle desde los balcones del corral y toriles, se expenderán a cuatro reales, en la administración, contigua a las Caballerizas, desde las once en adelante.
Se observarán todas las prevenciones que la Autoridad tiene dispuestas para las corridas de toros, y se advierte al público, que según está previamente anunciado en los programas, no habrá perros de presa, y en su lugar se usarán banderillas de fuego, para los toros que no entren a varas, cuando lo disponga la Autoridad. Tampoco se lidiará más número de toros que los anunciados.

Los precios de las localidades serán los mismos de la corrida anterior.


Los niños que no sean de pecho necesitan billete y se advierte que una vez tomados los billetes no podrán devolverse al despacho sino en el caso de suspenderse la función y que no se darán contraseñas al salir. El despacho de billetes de la CALLE DE ALCALÁ, NÚM. 24, estará abierto el viernes y el sábado desde las diez de la mañana hasta el anochecer y el domingo desde la misma hora hasta las tres de la tarde. El despacho de la Plaza de Toros se abrirá el día de la corrida a la una.

LA CORRIDA EMPEZARÁ A LAS TRES EN PUNTO.

La banda de música del Hospicio tocará antes de la función y en los intermedios



AVISO A LOS SRES. ABONADOS. Los señores abonados que quieran favorecer a la Beneficencia, asistiendo a esta corrida, pueden servirse recoger sus respectivos billetes, en el referido despacho, presentando documento que tienen en su poder, el viernes hasta el anochecer y el sábado hasta las dos de la tarde.

Imp. a cargo de Montero, Plaza del Carmen, 5.


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NOTA. Nada como leer carteles antiguos y transportarse al mundo taurino decimonónico. Se podrían comentar muchas cosas de este fabuloso cartel, entre ellas, llama la atención que sólo hubiera 20 corridas de toros en toda la temporada, acostumbrados a las cifras de ahora, que a muchos les parecen pocas. Véase el San Isidro actual, motivo de conflicto entre los aficionados, por un lado los que lo ven con buenos ojos o incluso corto, por el otro los que les parece un gran disparate un mes continuado de toros. 
Ya podría copiar la actual empresa, que tanto alardea de innovación y tan de moda está lo vintage, este formato de cartel, aunque solo fuera para un festejo de temporada. Habrá que proponerlo, sería un bombazo.

martes, 15 de septiembre de 2015

Corrida de toros

Corrida de toros, Mariano Fortuny Marsal (hacia 1867/68)

  El carácter abocetado, casi esquemático, de la composición hacen de esta obra una de las más atractivas que sobre temática taurina pintó Fortuny. La pintura ofrece una panorámica de una plaza de toros, seguramente la de Madrid, en la que destaca muy especialmente el potente contraste lumínico entre el tendido de sol y el de sombra y la presencia bulliciosa de los espectadores, que el pintor trata como una masa informe a base de múltiples manchas negras y pequeñas pinceladas ocres, mostrando su preferencia por el lado más colorista del espectáculo y rehuyendo su intensidad más dramática. 

Fuente: Museo del Prado.

miércoles, 15 de octubre de 2014

El brindis que le costó la vida

En 1808, el matador de toros Agustín Aroca moría fusilado a manos del ejército de Napoleón, un brindis en la Plaza de Toros de Madrid le había sentenciado

  Agustín Aroca Castillo nació en Sevilla el 27 de agosto de 1774, fue un matador atípico en su época, pues cursó la carrera de Derecho y era hijo de un notable abogado. Su fuerte vocación taurina le hizo abandonar los estudios y pronto se lanzaría a los ruedos a probar suerte como matador de reses bravas. En el año 1800 ya aparece como banderillero en Sevilla, y en Madrid como media espada en las siguientes temporadas. Tras la desaparición del triunvirato Romero – Costillares – Pepe Hillo, la fiesta sufría un período de sequía de toreros de categoría que en cierto modo vino a ocupar nuestro protagonista, compitiendo con el afamado y controvertido Juan Núñez, “Sentimientos”.

  El 25 de abril de 1803 toma la alternativa, y en 1804, Agustín Aroca figura en Madrid como espada de alternativa, destacando por ser un matador seguro, valiente y decidido. El 10 de febrero de 1805, el Rey Carlos IV emite Real Cédula por la que decreta la absoluta prohibición de las fiestas de toros y novillos de muerte en todo el reino, la más dura de las prohibiciones que han padecido los aficionados a toros a lo largo de la historia. La supresión de las corridas fue un hecho, en los años de 1805, 1806 y 1807 no las hubo. Agustín Aroca marcha a Jaén y trabaja como abogado.

  Una vez que Carlos IV abdica en su hijo, Fernando VII, y en plena Guerra de la Independencia, los toros vuelven a la Plaza de Madrid en 1808, quedando para los anales una actuación soberbia de Agustín Aroca en la que estoqueó tres toros por la mañana y tres toros por la tarde de seis estocadas recibiendo, cuatro altas y dos bajas. En este año de 1808, curiosamente, se celebraron en Madrid corridas de toros en honor a la proclamación de José I Bonaparte, que obligado a abandonar Madrid al conocer el desenlace de la Batalla de Bailén, en la que por cierto, participaron numerosos garrochistas y picadores de toros, dejó paso a Fernando VII el Deseado, por el que se organizarían también dos corridas de Proclamación, el viernes 26 de agosto y el lunes 29 de agosto de 1808.

  Después de celebrarse corridas de Proclamación en honor a dos jefes de estado diferentes, se organizó una serie de festejos para dotar de fondos a los Hospitales propietarios del coso madrileño, en los meses de septiembre y octubre. Vestido de de azul turquí con bordados y alamares de plata y faja de color rosa, el día 26 de septiembre de 1808, Agustín Aroca compartía cartel con Juan Núñez “Sentimientos”, frente a toros de Juan Díaz Hidalgo, antes del Conde de Valdeparaíso, procedencia Jijón. Cuando sonaron los clarines para matar, Agustín Aroca hizo este brindis:

“Zeñó Corregior, brindo pó Uzía, por toa la gente é Madrí y porque no quee vivo ni un francés”

   Esa misma tarde, en la lidia de otra res, se dirigió al palco en estos términos:

“Por Vuestra Señoría, por este respetable público y por la independencia”

  Esta sería su última actuación en Madrid, el brindis llegó a oído de los franceses, quienes lo vetarían junto con los españoles “colaboracionistas”. Las siguientes noticias que tenemos de Aroca es que fue hecho prisionero y fusilado por los franceses en tierras de Toledo, según los historiadores en la población de Huecas, cuando combatía contra los ejércitos de Napoleón.

  A Juan Núñez “Sentimientos” también se le atribuyen brindis de la misma índole, sin embargo éste era un gitano hábil y muy sagaz para sacar partido de cualquier situación y no corrió la misma suerte que su colega. Agustín Aroca, hombre culto y de leyes, cuyo valor quedó probado dentro y fuera del ruedo, consciente de lo que hacía, tomó la resolución de luchar por su patria con todas las consecuencias. Sirva este pequeño artículo para honrar la figura de este valiente torero sevillano.

Colección de las principales suertes de una corrida de toros (1790). Antonio Carnicero

Artículo publicado por un servidor en el nº 45 de La voz de la afición. 

lunes, 3 de febrero de 2014

Rumbón, de Torre y Rauri


Rumbón

lidiado en Madrid el 21 de Junio de 1850 - Último toro que toreó el célebre Francisco Montes (Paquiro)
De la vacada de Torre y Rauri (casta jijona) procedía "Rumbón", que fue fogueado por su mucha cobardía * Muy abanto y obligado acometió dos veces a los caballos, pasando a muerte,  "receloso" y de "sentido". En el tercer pase de muleta intentado por el gran MONTES, con la mano que generalmente se toreaba entonces, fue enganchado por la pantorrilla izquierda y retirado a la enfermería acabó con "Rumbón" JOSE REDONDO (El Chiclanero), de una soberbia estocada "arrancando".
Reconocido MONTES, resultó tener una herida encima del tobillo y otra muy grave en la pantorrilla izquierda * Curado casi, en los primeros días de septiembre, marchó a Chiclana a fin de restablecerse; pero unas calenturas intensas y constantes se apoderaron de "Paquiro" hasta que acabaron con la existencia del torero sin rival -según cuentan las crónicas de su tiempo- que falleció en 4 de abril de 1851 (a los 46 años de edad).

domingo, 17 de marzo de 2013

Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá en torno al 1867

  Atrás quedaron la Puerta de Alcalá y los jardines del Buen Retiro. Cuando pasaban frente a la iglesia de San José, el señor Cayetano Sanz explicó a Paco Frascuelo:
  -En ese redondel donde hemos estao tomé yo la alternativa de manos del señor Curro Cúchares. Según dicen, esa plaza la mandó hacer el Rey que había entonces, pa que con el producto de las corridas se beneficiasen los hospitales de la Corte. ¡Ya ha llovido!



  El famoso torero no estaba mal informado, porque fue edificada en 1749 por don Fernando VI con el fin dicho. Desde entonces, su prestigio fue en aumento y se convirtió en la más importante de España. Al igual que la de ahora, era la que daba y quitaba en el mundillo taurino. Quien triunfaba en ella podía estar seguro de que su éxito resonaría en toda la Península, aun contando con que entonces, los medios de difusión eran escasos.
  Esta vieja plaza de la Puerta de Alcalá ofrecía una alegre vista con su descotada falta interior, los ciento diez palcos, la gradería cubierta con tres ordenes de asientos y delanteras, y los quince tendidos de piedra, que antes fueran de madera, capaces cada uno, para más de cuatrocientas personas, todo ello encerrado en una pared circular de cal y canto que medía más de mil pies.
  Contaba con enfermería, capilla, habitaciones para el conserje y los carpinteros; corrales, taller, y a la derecha, en edificio separado, unas cuadras y la carnicería. El espacio comprendido entre la plaza y estas dependencias dio en llamarse tendido de los sastres. Allí se apelotonaban, en días de corrida, una caterva de muchachos y cuantos deseaban divertirse acudían para presenciar gratis el paso de los toros, arrastrados por las mulillas, desde el ruedo hasta el desolladero. Frecuentemente, se apoderaban de estos insólitos espectadores tales deseos sangrientos que al pasar ante ellos los toros y los caballos muertos, se empujaban unos a otros, lanzando alaridos salvajes, para acercarse agresivos. Algunos rodaban por el suelo y otros veían cortado su camino por los látigos de los monosabios que caían, sin duelo, sobre sus espaldas. Algunos conseguían montarse en los animales y esgrimiendo palos con la punta aguzada, navajas y hasta puñales, los acuchillaban con furia. Tal saña ponían en esta cruel operación que los toros llegaban a la carnicería con la piel acribillada. Era un espectáculo denigrante y embrutecedor que las autoridades consentían sin hacer nada para evitarlo.



  La explanada donde la plaza se alzaba, ofrecía en los días de festejo un cuadro alegre y luminoso. Los vendedores de naranjas, limonada, abanicos y vino, llenaban el aire con sus hirientes pregones, mezclados con el rodar de los carruajes, el cascabeleo de sus tiros y el bullicio de la multitud.
  Cuando todos estos ruidos comenzaban a apagarse, por estar cercana la hora de la corrida, en el interior adquirían aún mayor proporción. Por lo general, los buenos aficionados tenían ya su sitio reservado, lo cual hacía que cada clase de localidad tuviese sus concurrentes habituales y, a la vez, cada espacio de la plaza peculiares características.
  En la primera fila de la meseta de toril, hallaba su acomodo un hombre singular, por todos conocido y cuya presencia era obligada, perenne e inevitable. Se llamaba Joaquín Marraci. Usaba unos descomunales anteojos, lucía pobladas patillas grises y se le tenía por muy entendido en tauromaquia, porque a gritos daba consejos y advertía a los toreros durante la lidia. Un escritor satírico le definió así: "Bastonero en procesiones, protector de cofradías, azote de las calles, puntal de las esquinas y gacetilla de todo grupo". Llevaba razón. Parecía haber resuelto el problema de la ubicuidad pues, al igual que Dios, estaba en todas partes. También en cierto pliego de aleluyas le llamaron "el hombre universal", porque era socio de cuantas corporaciones científicas, literarias, artísticas, benéficas, taurinas, musicales, obreras, clericales y militares existían en la Corte. Valía para todo y para todo se brindaba incansable. Lo mismo confeccionaba una moña de lujo, que guisaba una paella para veinte amigos; lo mismo organizaba una procesión, que un solemne entierro con carroza a la federica y hacheros. Por su especialidad en este fúnebre menester, Manuel del Palacio dijo de él:
Vive ayudando a morir
a los que luchan inciertos
viendo la muerte venir,
y estos le pagan, ya muertos,
ayudándole a vivir.

  A su iniciativa se debió el traslado de los restos de Calderón de la Barca desde la iglesia del Salvador al cementerio de la Puerta de Atocha; atendió a todo lo relativo a los suntuosos funerales, que a expensas de la Nación, se celebraron en San Francisco el Grande por el alma de Martínez de la Rosa; las monjas de los conventos de Madrid hubieron de agradecerle las limosnas que les procuró, y asistió, con la mayor solicitud, a los enfermos en los hospitales, especialmente a los coléricos en las épocas de epidemia. En pocas palabras: a Marraci se le veía a todas horas en el lugar donde se congregaban más de seis personas. ¡Todo un tipo!



  En una barrera, a la que estaba abonado, se hacía bien ostensible la figura de Antonio Torrijos Chapepa, el más intransigente y escandaloso de los aficionados. Los toreros le temían. Como sería la cosa, que el Gordito llegó a decir:
  -Hasta en Sevilla se oyen los abucheos que me larga Chapepa en Madrí.
  Los tendidos 1, 2 y 3, estaban, casi en su totalidad, ocupados por los partidarios de Cayetano Sanz, entre los que sobresalía el célebre crítico taurino don Mariano Gurisuain, que acaba de fundar El Mengue, y en el 7, llevaba la voz cantante don José Rey, que ponía cátedra analizando las condiciones de una res y la faena de un torero.
  En la barrera del 6 tomaban asiento don Manuel Alvarez Paredes, socio de Juan Mota en el negocio del pescado, en unión de sus hijos Manolita y Santiago, y en la del 14 don José Mondéjar, apoderado de Cayetano Sanz y don Manuel Marqués, que lo era de Curro Cúchares.
  El lugar que más temían los toreros era el tendido 8. En él destacaba el célebre Chironi, pesadilla de la gente de coleta, que le veían hasta en sueños. Con su terrible esquilón, que sonaba en la plaza a toque de difuntos, daba uno, dos, tres golpes, a un repique, según la faena fuese regular, mala, peor o detestable. A su lado, le ayudaba en la feroz crítica, con voces descompuestas, un individuo llamado José María Luna, que se pasaba la tarde gritando:
  -¡No valéis pa na! ¡Si hubiérais visto a Curro Guillén!
  Con ser todo lo dicho digno de señalarse, el tendido más alegre y juvenil era el 5, donde rara vez se sentaba una mujer. No se parecía en nada a los demás. Allí no había gorras ni sombreros hongos. Predominaba el de copa, aunque hoy pueda resultar extraño, y entre sus ocupantes reinaba el buen humor. Eran los mismos que en las tertulias de los cafés La Vieja Iberia y Los Dos Amigos, discutían a gritos de política. Casi es innecesario decir, que imponían su opinión a toda la plaza con manifestaciones siempre unánimes. Otras veces prodigaban chanzonetas y chirigotas que llegaron a hacerse populares y eran siempre acogidas con general aplauso por el resto de los espectadores. Los toreros brindaban las suertes al 5 y las ovaciones del 5 fueron para muchos la base de su reputación.
  Allí sobre la dura piedra, tenían su asiento aficionados tan inteligentes y conocidos como Aguado, Fabierac, Montemar, Alzomora y el escritor don José Carmona, director del antiguo El Enano, ahora, Boletín de Loterías y de Toros. En más de una ocasión, viéronse precisados a salir en defensa de los diestros frente a los intransigentes e hicieron enmudecer, por demasiado severo el cencerro de Chironi. Es pues, natural, que los encargados del orden público de la plaza no perdieran de vista cuanto sucedía en el tendido 5.
   Con motivo de los sucesos revolucionarios del año anterior, algunos de los habituales no dejaron de manifestar sus ideas políticas, y esto hizo que una tarde, aparecieran, mezclados entre ellos, algunos agentes de la policía secreta. Más los hombres del hongo y del rotén no pudieron mantenerse como tales, porque al punto fueron descubiertos. Primeramente con burlas y zumbas, y después a empujones, intentaron arrojarlos del tendido. Resistiéronse estos, sonaron insultos y, en pocos segundos, las gradas fueron testigos de una monumental y ardorosa reyerta a bastonazos, que nadie era capaz de apaciguar. A tal grado de violencia llegó la cosa, que el jefe de la guardia de vigilancia, atropellando a Marraci, colocó en la meseta del toril a un pelotón de soldados. Ante el asombro del público, prepararon los fusiles y apuntaron al tendido. Y habrían sido capaces de disparar si dos comisarios de policía, que se encontraban entre los alborotadores, no hubiesen mostrado, en alto, los bastones insignia de sus cargos, con los brazos en cruz, manifestando su condición de autoridades. Bajaron los soldados las armas y la plaza entera se alzó con gritos de indignación. Hubo señoras desmayadas, personas asustadizas que escaparon despavoridas, órdenes de la presidencia y, por último, desaparición de los soldados y una silba estrepitosa.
  Momentos después, el tendido 5 cobró su aspecto normal, Y fue entonces cuando todos sus ocupantes comenzaron a cantar a coro, acompañándose con palmas, un tango, muy en boga, mientras dirigían sus miradas al palco del general Narváez, presidente del Gobierno:

Usté no es ná
usté no es ná;
usté no es chicha
ni limoná.



  Pero una de las más famosas protestas de aquellos bullangueros espectadores, que por si sola bastaría para acreditarlos como terribles guasones, fue la que una tarde organizaron contra la empresa porque en la corrida habían salido unos toros flacuchos, aunque con la edad reglamentaria. Como un solo hombre, se volvieron todos de espaldas al ruedo, y, a poco, les imitaron los ocupantes de los otros tendidos. En esta posición, conminaron a los de los palcos para que cerrasen los toldillos. Así lo hicieron estos y ni un solo rostro quedó vuelto hacia el anillo hasta que dio fin el festejo. Esta demostración, pacífica y unánime, costó a la empresa una fuerte multa y sacar en la siguiente corrida ocho toros del Duque, aquellos de los que ya se decía en 1846:

Los toritos
de Veragua
como el agua
blandos son,
y lo digo
pues de Trigo
les asusta el regatón.



   Más con ser todo muy atractivo y pintoresco en esta plaza de la Puerta de Alcalá, nada había de tan rancio y clásico sabor como la original figura de Carlos Albarrán el Buñolero, encargado de manejar el cubo del engrudo y la brocha en la fijación de carteles y descorrer el cerrojo de los chiqueros durante las corridas. Era viejo, aunque airoso, un tanto apergaminado y, en su cara llena de arrugas , aun asomaban, cayendo sobre las sienes, unos tufos canosos que él cuidaba con todo esmero. Su estampa se destacaba en el paseo de las cuadrillas como un grabado antiguo junto a una moderna litografía. La antiquísima montera que él afirmaba, muy seriamente, había pertenecido al gran Paquiro; el terno, de color indefinido, lleno de hilachas, con bordados en negro, que caían de puro viejos, y el resobado capote en el que se envolvía con cierto garbo, daban idea aunque remotamente, de lo que fue a principios del siglo XIX el traje de torear. Nadie logró, ni siquiera imitar, el airoso recorte que, montera en mano, daba al caballo del alguacilillo cuando éste le entregaba la llave del toril; y nadie, tampoco, puso en el acto de abrir el portón, para dar salida al toro, tanta solemnidad. Su popularidad era extraordinaria. Los abonados le saludaban con familiaridad; los críticos le dedicaban graciosos pareados en las reseñas y tanto en el patio de caballos como en la calle, nunca pasaba desapercibido. No se hubiera concebido un despejo de la plaza sin el Buñolero. Y lo dijo un revistero de muchas campanillas:

Al abrir los portones del chiquero
y dar salida al toro,
nadie lo hizo y lo hará con más salero
que Carlos Albarrán el Buñolero.

En Festivales de España más sobre el Buñolero

   Los toreros siempre estaban bromeando con él. Y cuando en el patio de caballos se recordaban sucesos taurinos o se hablaba de determinados diestros, muertos o retirados, el Buñolero, que llevaba en la plaza tantos años como el Tuerto, intervenía con su voz lenta, recalcando las palabras:
  -Vosotros no sabéis na de eso, porque habéis llegao, como quien dice, ayer. Entoavia me parece veros ahí, en el tendido de los sastres, a la espera de colaros. Y no habléis de piqueros, porque hoy no se pica como antaño. También valieron pa la guerra. Yo oí decir a mi padre, que en el año ocho se formó en Andalucia un escuadrón en el que toos eran picadores y gente del campo. Con la garrocha en la mano, la navaja en el cinto y el trabuco en la silla, hicieron pasar buenos sustos a los franceses. Luego, don Justo Prieto, que fue teniente de la Visita de Puertas de Madrid, que anduvo por allí, me contó, ya muy viejo, que daba gloria ver a los jinetes empujar a los gabachos sacándolos de las sillas a golpe de garrocha.
  -¡Ya sería algo menos! -dudó alguien.
  -Pues los hermanos Calderón...
  -Esos son buenos picadores -le interrumpió el Buñolero- pero, ¿conoces tu alguno que se eche por delante un toro picándole con el regatón de la vara? Pues eso yo lo he visto yo hacer a José Trigo con un bicho de seis años y escogio. Y escrito está que el señor Manuel Morales Corchado, ganó mil duros en una apuesta por picar seis toros con un solo caballo sacándolo limpio. Y, con media de seda, sin mona, han picado muchos. Al pobre Manolo Ledesma el Coriano, que murió hace poco, le he visto caer, levantarse, tomar un capote y con los hierros puestos, dar media docena de verónicas que ni el señor Cayetano las mejoraría.
  -Diga usté que sí -corroboró un antiguo aficionado de los que nunca faltan en el patio de caballos- ¿Ustés no han visto al señor Joaquín el Charpa? Pues este picador, toreando en Málaga el año cuarenta y siete, salió a los medios, desafió al toro y cebando bien la puya en el morrillo, hizo una suerte de regateo hermosa. El bicho, codicioso, empujó al caballo y al picador contra las tablas. La lucha duró pocos segundos. El Charpa apretó con soberano esfuerzo hasta hacer doblar al toro el cuello. Aquello fue la locura y el delirio de palmas. ¡Cómo sería que, por imposición del público, el presidente regaló el toro al picador!
  -Por eso aseguran que el Charpa tiene el brazo de hierro.
  -Pa que aprendan los de hoy.
  En fin, que no había forma de convencer a el Buñolero de que también en su mocedad hubo malos toros, malos toreros y faenas pésimas. Casi todos, para que no se enojara, le daban la razón. Frascuelo, desde el primer momento, sintió por él una gran simpatía. Le convidaba, le distinguía y le respetaba. Y tal vez por eso, el viejo se aficionó al muchacho y le defendió con frecuencia de algunos compañeros que se mostraban envidiosos de sus éxitos. Frascuelo le llamaba, en broma, su padrino, y cada vez que toreaba, antes de hacer el paseillo, ponía una de sus manos en el hombro del torilero y le decía:
  -¡Vamos a ver, señor Carlos, que me echa usté esta tarde por esa puerta!
  -Si por mi fuese -contestaba el Buñolero- te los elegiría pa que te rieras de toos los fantesiosos.

Florentino Hernández Girbal en Salvador Sánchez "Frascuelo", el matador clásico.

lunes, 28 de enero de 2013

Cuando no había tapadera

Deseando despedirse dignamente del público de esta Corte, que tanto les ha distinguido, los aplaudidos espadas Lagartijo y Frascuelo, y de acuerdo con la empresa, dispuesta siempre a proporcionar al público todo género de novedades, han convenido, guiados sólo por su afición y su constante deseo de agradar al público, en lididar los días 3 y 10 de noviembre dos corridas extraordinarias matando en la del día 3 los seis toros Rafael Molina Lagartijo y en la del día 10 los seis toros Salvador Sánchez Frascuelo, y presenciando la función el que no trabaje desde un palco de la plaza, dispuesto a reemplazar a su compañero en caso desgraciado.
Exigiendo la índole de estas corridas toda la posible igualdad en las condiciones del ganado, los doce toros que han de correrse en ambas funciones, serán de la misma ganadería.
Las cuadrillas de picadores y banderilleros trabajarán unidas las dos tardes.
La empresa, por su parte, ha acordado, en obsequio y atención a las especiales circunstancias de estas corridas, una rebaja de precios.
 
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Es lo que rezaban los carteles que inundaban Madrid allá por el año 1872. Aquellos aficionados no tenían a la mejor empresa taurina de la historia (sic), pero se encontraban, para culminar la temporada, con que los dos mejores espadas se encerraban con seis toros en sincera competencia, allá por el mes de noviembre (!!). Debe ser que en el siglo XIX aún no se había inventado el frío y no era necesario una cubierta insalubre para proteger a los aficinados de las terribles inclemencias que, como todos sabemos, suele soportar Madrid en el mes de abril. Estos empresarios de la prehistoria, como diría el señor Choperita, todavía se permitían el lujo de hacer rebaja en el precio de las localidades. Cómo eran los antiguos.

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Lean a Rafael Cabrera y José Ramón Márquez sobre el atentado perpretado vilmente a la Plaza de Madrid por políticos y taurinos, cuya onda expansiva puede que nos alcance en los rigores de la primavera, despojando al rito de uno de sus elementos: el cielo; testigo secular de la batalla librada por hombre y toro sobre la arena del coso, confiriendo solemnidad al espectáculo. 
Se recomienda también el gran artículo que El Entendío ha escrito sobre este tema.


 
¡Adiós, Madrid!
 

viernes, 25 de enero de 2013

Retazos de la competencia el Tato - Gordito

  [...] Al año siguiente, que fue el de 1868, toreó veinte corridas en la plaza de Madrid (Frascuelo) y otras tantas en provincias alternando con Antonio Sánchez el Tato y con Antonio Carmona el Gordito, sus ídolos de antaño. No puede decirse que estuviera mal en ellas porque su toreo tenía emoción y esto lo valoraban mucho los públicos; pero cierto es que anduvo lejos de los triunfos resonantes que necesitaba para colocarse a la altura de los dos grandes espadas. No había que engañarse. Quienes por aquellos días mantenían a los aficionados divididos y apasionados eran los dos Antonios. Después de sus enfrentamientos en diferentes plazas y de conducirse de un modo, que si bien agradaba a los partidarios de uno y otro, disgustaba a los espectadores sensatos, corrió el rumor de que habían hecho las paces por mediación de algunos amigos influyentes. Mas, en realidad no sucedió así. Frascuelo quedó ajustado para actuar con ellos, digamos como moderador o contrapeso en la enconada rivalidad. Ni el creador del quiebro ni su cuadrilla podían aparecer en el ruedo madrileño sin que los tatistas, que estaban en mayoría, acogieran su presencia, con silbidos, gritos de rechazo y otras demostraciones hostiles, desconocidas en la plaza desde los tiempos del absolutismo. Difícilmente conseguían verse aplaudidos por las personas imparciales.

 
  A poco de compartir cartel en Madrid los tres matadores, se produjo una gran bronca contra el banderillero de el Gordito, José Cirineo, originada por motivos muy claros, la cual se hizo extensiva a toda la cuadrilla y, finalmente, descargó sobre el maestro. ¡Para qué quisieron más los incondicionales de el Tato! Les dominó tal furor, que yo no fueron solamente epítetos los lanzados contra el Gordito, sino que, para hacer su protesta más ruidosa, se emplearon cencerros y pitos.
  Debe decirse que como estoqueador, Antonio Carmona no podía medirse con Antonio Sánchez que ejecutaba el volapié con la mayor perfección; pero tenía un toreo tan alegre, tan lleno de gracia, que se completaba muy bien con el de su rival. Y este contraste fue el que mantuvo, más encarnizada que nunca, la famosa competencia Tato-Gordito. El público la creo, y el periódico taurino El Mengue se encargó de avivarla, poniendo en ello demasiado calor. Tanto, que se hizo sospechoso. Corrió el rumor de que lo pagaba el Tato y que don Mariano Garisuain, que firmaba con el seudónimo de Mariné, lo había fundado el año anterior con la única finalidad de acometer sistemáticamente contra el Gordito, para arrojarle de la Plaza de Madrid en beneficio de su oponente. Esto no pasaba de ser una afirmación gratuita. Garisuain, hombre de gran corazón, taurófilo incandescente, honrado a carta cabal y pobre como una rata, era incapaz de poner precio a su pluma.
  Desde luego, algo, y aun mucho de partidismo hubo en él, porque mientras trataba con benevolencia a Frascuelo y al Tato, la emprendía contra el Gordito, con tanta dureza y tan constantes censuras, que algunos periódicos andaluces, partidarios de Carmona, al que llamaban "gloria del arte", lanzaron de nuevo, contra él la calumnia, ya popular, de que el Tato le pagaba. ¡Allí fue Troya! El Mengue se desbordó, y consiguió con su campaña, que se desbordase también él. La competencia se recrudeció y la Plaza de Toros de Madrid fue teatro de los espectáculos más lamentables a los que puede conducir la pasión taurina.

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Sobre el Gordito 

  El día 12 de julio de 1868, en la decimotercera corrida de la temporada, quedó rota en Madrid la competencia que mantenían Antonio Carmona el Gordito y Antonio Sánchez el Tato. Y sucedió cuando estaba en plena efervescencia la campaña antigordista.
  Carmona quedó muy mal en su primer toro y recibió una silba estruendosa en el segundo. Nervioso y descompuesto, le propinó tantos pinchazos que el presidente ordenó la salida de la media luna. Esto significaba volver el toro al corral, pero el Gordito, desobedeciendo la orden, continuó en su inútil empeño de darle muerte como fuera. El escándalo adquirió caracteres de motín cuando el diestro, encarándose con los ocupantes del tendido 5, lleno de exaltados tatistas, se permitió hacer un además despectivo, entre un infernal griterío, el Gordito fue llevado por dos alguacilillos al palco de la presidencia donde le fue impuesta una multa de quinientos reales.
  Aquella misma noche rompió su escritura con la empresa y juró que no volvería a pisar el ruedo madrileño. La conjuración contra el torero había dado su fruto. La cosa no era nueva. Se repitió la de Ronda que costó la muerte a Francisco Herrera, Curro Guillén; la que animaron los liberales contra Antonio Ruiz el Sombrerero; la de Cádiz contra Juan León Leoncillo y la de Sevilla contra Francisco Montes Paquiro.
  Antonio Carmona el Gordito, salió de Madrid abucheado, pagando con amarguras y sinsabores el triunfo clamoroso que alcanzara en el año 1861. ¡Así es el público de toros!

 
  Tres días después, el Tato y el Gordito volvieron a encontrarse en Cádiz. Allí las cañas se volvieron lanzas para Antonio Sánchez y las espinas se cambiaron en rosas para Carmona. La corrida se convirtió en una airada manifestación de protesta contra lo ocurrido en la Corte. Al disponerse Carmona a matar a su primero, volaron sobre los tendidos multitud de papeles de colores con poesías laudatorias dedicadas al diestro.
 
  El periódico taurino El Látigo, dijo en un largo artículo:
  El público de Cádiz ha dado una severa lección al de la Villa y Corte. Los gaditanos no se arrastran (sic) por el espíritu de pandillaje, ni secundan las miras de los que por fines determinados querían ensañarse con algún diestro con objeto de hundir su reputación bien adquirida.
 
  Cualquiera podría pensar al leer estas líneas que los espadas actuaron tranquilos ante el público sereno. ¡Nada de eso! La corrida transcurrió en medio de un escándalo continuo. Las reyertas entre tatistas y gordistas, fueron tan frecuentes y airadas, que en más de una ocasión se esgrimieron bastones y navajas. La fuerza pública se vio en la necesidad de intervenir para intentar calmar a los belicosos aficionados y algunos pagaron con cardenales, heridas o unos días de cárcel sus entusiasmos toreros. A partir de entonces, Andalucía entera ardió en pasión taurina. En todas las ciudades, numerosos grupos animaron las tertulias de casinillos y colmados dispuestos a enzarzarse, sin más ni más, por defender una estocada de el Tato o un par de banderillas de el Gordito. A tanto llegó la cosa, que en más de una ocasión, la autoridad se vio precisada a echar la tropa a la calle para abortar posibles batallas campales. [...]
 
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Reflexión de Vazqueño

 Todos sabemos el final de el Tato, el toro Peregrino de Vicente Martínez truncó su carrera el verano de 1869, cuando gozaba del favor de crítica y público en el coso madrileño, sucediendo todo lo contrario de Despeñaperros para abajo.
  Carmona sufrió la ira del público merced a un estilo lleno de excentricidades que en Madrid suele ser acogido con recelo, plaza conservadora donde las haya. Ejecutó mal la estocada, lo cual supone una merma vital en aquel tiempo; si bien, a él se le atribuye la invención del par al quiebro, suerte que realzó el segundó tercio de la lidia (hoy en tercer lugar) y que los espadas de aquella época trataban de imitar para no ser menos que el Gordito, consiguiéndolo alguno de ellos, no sin pasar más de un apuro o pagar tributo de sangre.
  Uno es joven y, si gustan, "rutinario, tradicionalista y amigo del ayer" como decía Don Modesto, pero el caso es que no he vivido en mi corta historia como aficionado ninguna competencia enconada entre figuras en las plazas de mayor fuste, pongamos Madrid por ser el coso que un servidor frecuenta. Estoy viviendo la época de grandes (?) como Ponce, José Tomás, Morante o Juli... y aquí estamos, esperando en vano a que se reten, a que demuestren su valer en la plaza, cara a cara con sus rivales. El toreo moderno, la época contemporánea no se presta a esta lides, los ases huyen de la competencia, no hay dinero en España para dar un solo cartel en Madrid en el que se enfrenten, ni acuerdo en derechos de imagen que lo consienta, ni siquiera ganadería que satisfaga a todas las partes, etc, etc... El público pierde, el aficionado pierde, la Tauromaquia pierde.
  Así que entiendan y permítanme que admire a los antiguos y desconfie de la gloria de los modernos. De momento...
 
 
Nota: Los textos son de de Herández Girbal; del libro Salvador Sánchez Frascuelo, el matador clásico.