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sábado, 13 de febrero de 2021

De dentro a afuera

                                                      

  O quizá por los adentros...



Archivo Moreno, IPCE, Ministerio de Cultura y Deporte


miércoles, 1 de abril de 2020

Quite del galleo del bu y el maldito bicho




     Al final la -maldita- realidad arroya todo y es implacable. Un virus, del que pronto esperamos que los científicos encuentren remedio, ha conquistado todo el orbe, contagiando a millones y acabando con la vida de miles de personas, azotando con fuerte virulencia en España. Mi deseo es que esta tragedia pase pronto y que todos los amigos que he hecho durante todo este tiempo de correrías por las plazas de toros, así como sus familiares y amigos, superen esto de la mejor manera posible. Igualmente, mis mejores deseos para los generosos lectores de este blog. Toca pelear como los bravos. Volveremos a las plazas y lo apreciaremos más que nunca. 


La foto que veis arriba se corresponde con Gallito ejecutando el galleo del bu en la plaza vieja de Madrid, imagen que han tenido a bien publicar los empleados de Las Ventas, rescatada del archivo fotográfico del Centro de Asuntos Taurinos de la CAM. 

domingo, 1 de marzo de 2020

La despedida de Lagartijo (vista por un frascuelista)


Antonio Peña y Goñi (1846 - 1896)


Desde que empecé con la aventura de este blog tenía la idea de reflejar aquí lo sucedido en la despedida de Rafael Molina, Lagartijo, nada menos que después de actuar en Madrid 412 tardes (frente a las 354 de su gran adversario en los ruedos, Frascuelo). Similar a lo que pasó con Gallito, la última comparecencia de Lagartijo en Madrid acabó en bronca, en vilipendio y en cuasi agresión contra el espada. Hay que hacer un gran esfuerzo por conocer los aspectos históricos y sociales de aquella época, la fiesta de toros en Madrid y su idiosincrasia, y todavía será de gran complejidad comprender lo sucedido en el adiós del espada cordobés de una afición que lo había querido más que a nadie -al menos tanto como a Frascuelo- y que lo había visto más que a nadie. 

Dejo a continuación las impresiones de un frascuelista declarado como era Antonio Peña y Goñi, recogidas en la biografía sobre el Guerra. La pluma altisonante y metafórica del escritor donostiarra, propia de la época, nos transporta a aquel jueves, primero de junio de 1893, así como los aspectos más relevantes que rodearon a tamaño acontecimiento. Queda pendiente, para otra ocasión, aportar la opinión de alguno de los lagartijistas más eminentes, verbigracia, Mariano de Cavia o Luis Carmena y Millán, y así contrastar las opiniones de cada bando.  


---o---

Antonio Peña y Goñi, "Guerrita", publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, 1987, págs. 147-156.



        El día elegido por Rafael para despedirse del público madrileño y torear por última vez, era el 1º de junio de 1893, día del Corpus.

¡Singular coincidencia! Lagartijo exhibía por postrera vez su entidad torera, Corpus Tauromachiae, el mismo día que la Iglesia Católica ensalzaba la memoria del Redentor, Corpus Christi; doble solemnidad que iba a crear gloriosísima efeméride en la historia de la estupidez humana en general y particularmente en los fastos de la estupidez madrileña.

Sólo la pluma de Barbey d'Aurevilly, el cáustico autor de Les ridicules du temps, podría haber comentado el «documento social» que ofreciera entonces a las meditaciones del crítico la villa y corte de todas las Españas.

Ocurrió, pues, como se ha visto, que, fortuito encuentro o voluntaria y premeditada determinación, Rafael había elegido para su última despedida el día 1º de junio, que coincidió aquel año con la festividad del Corpus, cuya procesión se verificaba desde hacía pocos años por la tarde, merced a concesión especial del Padre Santo.

Por la tarde debía, pues, llevarse a efecto la procesión citada y así quedó acordado y se anunció de una manera oficial.

Ahora bien, la hora fijada para la gran corrida era las cuatro, y las cinco en la que había de salir la procesión. ¡Calcúlese el efecto que produciría en el devotísimo pueblo de Madrid aquella noticia estupenda!

A la procesión o a la plaza: tal fue el dilema que amenazó a los piadosos madrileños y la indescriptible zozobra que hizo en ellos presa al verse entre la espada y la pared. Por un lado, el Cuerpo del Señor, por otro el Alma de Lagartijo. No había escape: a la religión católica o a la religión taurina, a los curas o a los cuernos, a gritar ante el Santísimo ¡viva Jesús!; o a gritar ante una larga ¡viva Rafael!





Que no se me llame blasfemo; que no se me acuse de insultar las arraigadas creencias, la fervorosa piedad, etc., de la nación hispana; que nadie juzgue mi conducta como la de un protervo que desea minar los sacrosantos dogmas del catolicismo. Pega, si quieres, ¡oh lector! pero escucha y prosigamos.

Aquel pavoroso dilema, aquella espada de Damocles que pendía sobre el azorado Madrid, dándole a elegir entre la procesión del Corpus y la despedida de Lagartijo, tenía que caer sobre la una o la otra cabeza, sobre la del Obispo o sobre la del matador de toros.

La lucha fue corta, la religión católica comprendió enseguida que no le era posible luchar con la religión taurina, previó la espantosa soledad que amenazaba a la procesión del Corpus y dispuso que se verificase por la mañana.

Sueltos oficios mandados por la autoridad eclesiástica (esto no me lo ha contado nadie, lo vi yo mismo) a los principales diarios de Madrid y en los cuales se trataba de atenuar, en vano, los motivos de aquella incalificable abdicación, destruyeron la angustia del religiosísimo pueblo madrileño e hicieron que el júbilo brillase en todos los semblantes.

Ya no había cuidado: la procesión no estorbaría en lo más mínimo a la corrida; el Sacramento del Altar se inclinaba humildemente ante el Sacramento del Toreo, y le decía: ¡pase usted!

Por la mañana a la iglesia, a recibir el Señor; por la tarde a la plaza, a aguantar a Rafael. Y la procesión se verificó por la mañana y la corrida se celebró por la tarde.

Así acabó aquella farsa monstruosa, así acabó aquél sainete de la hipocresía que puso de manifiesto una vez más ese adorable fondo de fervor católico que consume lentamente a la capital de la nación, sin perjuicio de banderillear los toros que le correspondan, quiero decir, sin perjuicio de mostrar al desnudo, cuando la ocasión se presenta, los vicios que le afligen en su lamentable decrepitud.

La corrida de los toros vino aquel día precedida de la corrida de las letras; la literatura se anticipa a la tauromaquia e iluminó espléndidamente los albores de Waterloo. Hubo quien comparó a Lagartijo con Homero, Miguel Ángel y Shakespeare; hubo quien, para cantar las glorias del Califa, pidió auxilio a las musas de Castelar y Núñez de Arce, a las paletas de Rosales y Pradilla; el nombre del héroe cordobés irradió sobre Madrid como el de Radamés, vencedor de los etíopes, sobre los muros de Tebas; y, lo mismo que el Faraón de Verdi, el pueblo del oso y del madroño, elevó sus brazos solemnemente y dijo a Rafael: Salvator della patria, io ti saluto!

A todo esto, Sierra Morena había trasladado sus reales a la corte; los billetes andaban por las nubes; Harpagón y Shylock venían a echar la última redada y apretaban a pedir de boca los tornillos.

Diez mil duros —cuatro mil más que Salvador—, había pedido Lagartijo a la empresa por el acontecimiento. Así es que el papel se cotizaba a precios exorbitantes y los revendedores eran dueños de la situación. Las protestas llegaban al cielo, pero los bolsillos se vaciaban al fin; se pegaba, pero se pagaba; quod erat demostrandum.





Cuando llegó la tarde, nada puede dar idea del aspecto que presentaba la calle de Alcalá. Un sol de pura cepa lagartijista, radiante de luz, vestido de gala, toreaba a Madrid, jugueteaba con la villa y corte, dando recortes y medias verónicas, rascándole el hocico y rematando las monerías con una larga maravillosa que lo llevaba como un borrego hasta la plaza de toros.

La anchurosa vía de la calle de Alcalá era insuficiente para contener el sinnúmero de vehículos: ómnibus, tranvías, simones, tartanas, jardineras, breaks, landós, victorias, mylords, que se amontonaban y comprimían allí, como en feria rodada, y se dirigían al templo de la carrera de Aragón.

Las madrileñas habían echado el resto, lo mismo que las hembras del bronce; las mantillas blancas, las de casco y madroños se rozaban con los mantones de Manila; y, allá arriba, en las imperiales de los ómnibus, la gente estudiantil bombardeaba con sus piropos a tirias y troyanas, gritando y gesticulando sin cesar.

Al lado de aquella juventud desquiciada que saturaba el ambiente de una alegría robusta y pegajosa, veíanse pasar al diplomático en su coche, al ministro, al diputado, al senador, confundidos todos en la oleada humana, gotas de agua que venían a engrosar aquel día el océano del lagartijismo y se aprestaban a dar lucido contingente a la apoteosis de Rafael.

¡Viva Lagartijo! era el grito que se presentía hasta en las vibraciones del aire. ¡Vítor al Califa!; parecía exclamar el sol, inundando con sus rayos aquella inenarrable escena, aquel rodar de coches y bullir de gentes que envolvía al nombre del maestro en frenética aclamación.





A las cuatro la plaza era un hervidero, trece mil almas apiñadas, una embriaguez de color, un derroche de garbo indígena, de madrileña sal, que partía los corazones. Cuando tocaron al despejo y se vació el redondel, hubiérase dicho que se ensanchaba, que adquiría colosales proporciones para recibir dignamente al gran torero que iba a pisarlo por última vez; y cuando se abrieron las puertas por donde salen las cuadrillas y sonaron los primeros acordes del pasodoble, jamás ha caído sobre la plaza de Madrid galerna de aplausos y de vítores semejantes a la que produjo la aparición de Rafael.

Los años lo habían comprimido considerablemente; la cara se había achicado, surcada de arrugas, tostada por veinticinco años vividos al sol, y asomaba bajo la montera como una mancha negra en la cual se destacaba la fina arista de la nariz.

Marchaba solo, al frente de la cuadrilla, lentamente, con el capote de paseo que le cubría medio busto y le ceñía la cintura; y el cuerpo todo se movía con su adorable pereza, con su característico abandono, mientras el brazo derecho se balanceaba a compás.

Las aclamaciones del público lo acompañaron mientras duró el paseo, y lo envolvieron como una onda de cariño y de admiración. Aquel conmovedor saludo representaba el testimonio envidiable del respeto y de la gratitud de un pueblo, el último adiós dado al maestro por dos generaciones que habían puesto todo su entusiasmo y toda su actividad al servicio de la causa lagartijista, y representaba al propio tiempo un mundo de esperanzas, al afán de dedicarle en su despedida un homenaje digno del incomparable diestro que había logrado cautivar las voluntades, esclavizar los corazones y dejar en los anales del toreo un nombre inmortal.

Aquel saludo rememoraba una historia, traía a la mente una etapa memorable de la vida, los ardimientos de cien batallas libradas en el campo en que el héroe se presentaba para no volverlo a pisar.

Había, por lo tanto, una ansia loca de palmas, el prurito de promover una manifestación nunca vista en loor de Lagartijo, algo que dejase atrás todo lo precedente y sellase con timbre inmarcesible de gloria la carrera de Rafael. Los menos optimistas, los que conocían al maestro y sabían a qué atenerse con respecto a sus facultades y a su arte de lidiar, esperaban que en el transcurso de la corrida no le faltaría una ocasión, una tan sola, que le permitiría confiarse y recordar brillantemente los días del pasado, haciendo olvidar al público los enormes sacrificios que implicaba la fiesta.

Y en verdad que hubiese bastado eso para conseguir el fin que se perseguía, y dejar recuerdo perdurable de la retirada de Rafael. En toda la plaza se presentía un exceso de cariño, un acopio previo de entusiasmo que no necesitaba más que leve pretexto para estallar; había en el público esa tensión nerviosa que precede a los grandes accidentes y necesita salida franca para evitar una congestión.

Digámoslo de una vez: que Rafael matase bien un toro, nada más que un toro; todo el problema estaba ahí. La faena del maestro hubiese traído el desahogo del público; las manos se hubiesen roto, las gargantas se hubiesen deshecho, los corazones se hubiesen vaciado, cuantos agasajos le llevaban sus admiradores hubiesen sembrado la plaza, y la maestría de cinco minutos hubiese hecho olvidar las deficiencias todas, por grandes que fueran, de la corrida entera.

Esta era la situación de Rafael Molina cuando el presidente agitó su pañuelo, sonaron los clarines y el primer toro del Duque de Veragua se presentó en el redondel.

No quiero ser hipócrita, no quiero cubrir a Lagartijo con un manto indigno de su fama, el manto de la compasión. A los muertos se les deben las verdades y yo se las quiero cantar a Rafael Molina.

Ocurrió en aquella corrida desastrosa, digno pendant de la de Bilbao, que el hombre se sobrepuso al lidiador, que Harpagón pudo más que Lagartijo y que el peso de ciento veinticinco mil pesetas que había en el bolsillo de Rafael aniquiló sus escasas facultades, destruyó los restos de su voluntad y le hizo huir de los toros como alma que lleva... veinticinco mil duros.

Francisco I dijo en Pavía: «Todo se ha perdido menos el honor». Lagartijo pudo decir después de la corrida del 1º de junio: «Todo se ha perdido menos la luz».

La luz se salvó, en efecto; los diez mil duros de la corrida de Madrid fueron a engrosar la considerable cantidad que habían producido las otras despedidas; pero la gaveta ganó lo que perdió la honra del torero, y bastaron tres horas para que el usurero arrojase una mancha indeleble sobre la historia del lidiador.




Mancha indeleble, en efecto, el amor propio por los suelos, la dignidad profesional desecha, veinticinco años de carrera brillantísima oscurecidos para siempre, la efeméride de la gloria final que hubiese irradiado sobre una vida llena de triunfos, convertida en odiosa fecha que nadie se atreve a recordar; esa fue la última despedida de Lagartijo, terrible venganza de la religión vencida sobre el torero vencedor.

Logró matar el primer toro con prontitud relativa, por lo cual escuchó algunos aplausos; pero desde aquel instante la corrida fue la más horrible e inexplicable de las decepciones, algo inverosímil por lo malo, una serie de vergüenzas que el público no podía ni quiso tolerar.

Desde la muerte del tercer toro se acentuó la catástrofe. Hasta entonces se había contenido trabajosamente porque se alimentaba la esperanza de que Lagartijo sacudiese su apatía y volviese en sí, a la vista de aquella inmensa masa de admiradores que no esperaba más que una ocasión para aclamarlo.

Pero al observarse que toda esperanza era inútil, al convencerse el público de que no le era posible forjarse ilusiones, el cariño se convirtió en ira, la confianza en desengaño, la admiración en odio, la victoria esperada en derrota total. Hay que tener en cuenta el estado de los ánimos antes de la corrida, estado que he descrito a la ligera hace poco, para darse idea de la reacción. Fue espantosa; las esperanzas perdidas y los bolsillos vaciados se unieron en común protesta y barrieron al malaventurado lidiador.





La manifestación duró hasta que cayó el último toro, entre los silbidos y los improperios de la muchedumbre. Como en Bilbao, Lagartijo huyó a refugiarse en su coche, pero se vio perseguido e insultado hasta allí. La Guardia Civil a caballo tuvo que protegerlo, obligó a retroceder al populacho, rodeó el landó y dio escolta a Rafael Molina hasta su domicilio.

Entretanto, la gente aglomerada en el Prado y en la calle de Alcalá, silbaba y se burlaba del público que volvía de los toros, soltándole todo género de epítetos, «lilas», «primaveras», y otros más expresivos que la pluma no puede escribir. Los aludidos oían y callaban, bajaban la cabeza, se sometían a aquel castigo y proseguían su camino sin chistar. Y como cadencia de aquel infernal allegro, estallaban a la puerta de la casa de Rafael los silbidos y las imprecaciones de la plebe que allí le aguardaba para obsequiarle con la despedida final.

Por la noche, los periódicos daban cuenta de la fantástica corrida, ensalzándolo como un héroe al principio, tratándolo como un guiñapo después. Uno de ellos lo glorificaba en las tres primeras planas y lo llamaba ¡ladrón! en la última. Tengo prisa por concluir este capítulo, el más triste, ya lo he dicho antes, de mi obra, y el más desagradable y penoso para mí. Demasiado sé que no lo creerán muchos, pero me tiene sin cuidado.

Toreros de la talla de Rafael Molina quedarían empequeñecidos si la crítica y la historia llorasen como damiselas histéricas ante la tumba del maestro cordobés. Y como de todas suertes mis lágrimas serían de cocodrilo, vale más decir la verdad y dejar que los molestados por ella se despachen a su gusto.





Hacía falta una pluma que encerrase en poco espacio los horrores de aquel Corpus inolvidable; una pluma que extrajese la quinta esencia de la retirada de Rafael.

Esa pluma fue, quién lo dijera, la de Sobaquillo. Sí, Sobaquillo fue el encargado de enterrar al Califa, y lo enterró, efectivamente, de un modo regio, de un modo digno del gran interfecto y digno a la vez del incomparable anabaptista que lo había sostenido en su trono, con valentía y tesón inquebrantables. Sobaquillo había querido acompañar al maestro en sus despedidas, había dedicado a las de Zaragoza, Barcelona y Valencia reseñas telegráficas llenas de ternura sin igual, habíale preparado el terreno para la última, la grande, la de Madrid, y disponíase seguramente a terminar, el también, su obra largatijista con alguna despedida literaria en que el maravilloso ingenio del escritor y el cariño acendrado del amigo tejiesen a Rafael su mejor corona.

¡Y todo, todo se lo había llevado la trampa en la fatal corrida del Corpus! El golpe era demasiado rudo para un temperamento impresionable, temperamento de poeta; había en el popular escritor demasiado entusiasmo tragado, un exceso de comprensión que necesitaba desahogarse.

Ante el inesperado derrumbamiento de tantas ilusiones, ante el naufragio de tantas y tan risueñas esperanzas, ante aquel siniestro que acababa de arrastrar de golpe y porrazo, brutalmente, el poema del afecto y de la admiración que ardía en el alma del gran anabaptista, Sobaquillo no pudo más. La conciencia se irguió imponiendo silencio al cariño, la decepción horrenda borró todo sentimiento de hipócrita piedad, y la pluma de oro que se había plegado como una bayadera a las morbideces orientales del estilo y había bailado tantas veces en loor de Lagartijo la danza del vientre, se convirtió en estilete florentino y trazó valiente y hermosa, transfigurada, sobre la tumba de Rafael Molina, el epitafio siguiente:

«Si acabó como un maleta
 el que antes llegó a la meta,
no sirvan excusas vanas;
aquí yace su coleta,
respetad sus muchas canas».






Antonio Peña y Goñi, "Guerrita", publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, 1987, págs. 147-156.

sábado, 30 de marzo de 2019

Gallito pareando (por Vandel)



Una foto que descubrí en una exposición del Centro de Asuntos Taurinos (entre el 28 de septiembre y el 7 de octubre de 2018) en la sala Antonio Bienvenida de Las Ventas en la que se exponían varias fotografías de Juan Pacheco Padial "Vandel" (1884/1935). Desde entonces quedé cautivado por ella. En la exposición, con la foto expuesta a gran tamaño, era como estar presente en la plaza. Una de las mejores fotos que he visto de un par de banderillas, ¡viva Joselito el Gallo!

Se desconoce la fecha exacta, a ver si algún gallista asiduo a este blog pudiera arrojar luz.

Saludos a la afición.

martes, 6 de marzo de 2018

En los corrales de la Plaza Vieja







Los corrales, por fotografías que he visto en otros lugares, se reconocen claramente y son los de la Plaza Vieja de Madrid (1874/1934). Pertenecen al archivo Ruiz Vernazzi. Desconozco más datos.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Don Tancredo


Don Tancredo en plena acción. 

No era extraño en el lenguaje popular sacar a relucir el nombre artístico de Don Tancredo para referirse a una persona que permanece impasible o se queda muy quieta. Parece que se está perdiendo y ahora se oye menos. 

sábado, 3 de febrero de 2018

¡A los toros!




—¡Altramuces! ¡Abanicos! ¡Naranjas! ¡El programa de la corrida! ¡La lista grande!
Alcahuetas y cesantes, pícaros y bohemios, ciegos y lisiados, con donaires y lástimas, dan tientos a bolsa ajena. El gentío de a pie, con el sol en la espalda, sube hacia la plaza esparcido por las dos aceras. Endrina y garbosa, ondula la gitana prometiendo venturas. Sobre un penco trota el picador, amarillo jinete, con el azul monosabio a la grupa. Un ciego pregona el romance del Horroroso Crimen de Solana. En la imperial de los ómnibus, chungas y algarabías, calañeses y peinetas de teja, bastoneo y pataleo, luces morenas. El mayoral arrea el tiro de mulas. Bailan borlones y cascabeles. Restalla la fusta. Avinados berridos blasfemos. En torno de la plaza tumulto de ruedas y caballos. Humo de fritangas:
—¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡El programa de la corrida! ¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Patitas de bailaor, déjame una mota!
Moscas y polvareda. Negrea el tendido en las entradas de la plaza. Disputas taurómacas. Impacientes empellones.
—¡Naranjas! ¡Naranjas! ¡Fresa! ¡Fresquita!... ¡De la Fuente del Berro! ¡Aleluyas de don Perlimplín! ¡Risa para un año! ¡El programa de la corrida! ¡El horroso crimen de la Solana!


Ramón María del Valle-Inclán. Viva mi dueño, 1928

miércoles, 20 de abril de 2016

Toruno, por Luis Juliá

El primero de la Plaza Vieja



  Entre las fantásticas pinturas de toros que hizo el destacado artista en esta materia, Luis Juliá y Carrere, damos con esta maravillosa obra y un vídeo sobre la depurada restauración de la misma, a cargo de Laura Jiménez. Se trata de Toruno, de Veragua, el toro que primeramente asomó por los toriles de la Plaza Vieja, el día 4 de septiembre de 1874, estoqueado por Manuel Fuentes Rodríguez "Bocanegra", del que hablamos en esta entrada. 

sábado, 2 de enero de 2016

Una oreja para el ganadero Manuel Gargía-Aleas

  Era la octava de abono en la Plaza Vieja de Madrid, el domingo 24 de Mayo de 1925. Componían el cartel Luis Freg, Julián Saiz "Saleri II" y Juan Anlló "Nacional II". Los toros, de la ganadería de Aleas, propiedad de Manuel García-Aleas Gómez. Por aquel entonces las reses jijonas que poseían ya habían sido cruzadas con el toro Luminario, del Conde de Santa Coloma, añadido en 1916. Después se añadieron ejemplares de Graciliano, José Escobar y Hernández Pla, y mucho antes, en 1830, se adquirió el toro Azulito, puro Vistahermosa, pues tenía el hiero de El Barbero de Utrera.

Manuel García-Aleas Gómez (1900). Foto: Company
  La corrida dio un juego memorable, aunque también paradójico, pues los tres primeros toros fueron de bandera pero en la segunda parte de la corrida se foguearon dos y el restante salió mediano. El ejemplar que abrió plaza fue premiado con la vuelta al ruedo póstuma, siendo despachado por Luis Freg de una estocada recibiendo que quedó para los anales. Corrochano la describiría de este modo en el diario ABC: "La suerte de recibir nos remonta a los origenes sobrios y secos del toreo. Es algo clásico y evocador que no se lleva y que apenas sabemos cómo se llevó, pero que, sin duda, fue como lo hizo Freg en el primer toro de Aleas. No se puede consumar mejor la suerte; modernamente nadie la consumó como él. Citó; no acudió el toro. Y, sin inquietarse, volvió a liar la muleta; citó otra vez, el toro partió rápido, y Luis Freg, sin moverse, le esperó, jugó admirablemente la mano izquierda, se le vio doblarse sobre el toro, meter el acero hasta dar con la mano y todavía sin moverse hasta que el toro -que pasó todo- le rozó con el cuarto trasero. Nunca vi esperar tanto a un toro, ni consumar más clásicamente esa suerte evocadora de los orígenes del toreo, para nosotros más leída que vista". Esta fenomenal estocada le valió la oreja.

  El segundo toro también se fue entre ovaciones, con vuelta honorífica al platillo. Previamente, "Saleri II" dejó un par al quiebro en el centro del ruedo que a decir de los cronistas no se veía desde tiempos de Gallito. Pero el momento por el que esta corrida ha quedado para la historia, fue a la muerte del tercero de la tarde, de nombre Malagueño, número 67, que por su comportamiento excepcional se le dio dos vueltas al ruedo y una vez en los medios, a petición del público, se le cortó la oreja que fue entregada al ganadero, el cual se encontraba en el palco número 9 junto con su familia, viéndose obligado a destocarse de su sombrero de ala ancha y corresponder la ovación enardecida de la plaza. No se puede afirmar con rotundidad dado que en los toros la historia es larga y nutrida en anécdotas, pero un hecho como este es más que probable que no se haya vuelto a repetir. 

Momento del corte de oreja de Malagueño. La Lidia
  Leyendo las crónicas se aprecia el notable cambio que dos colosos del toreo como Belmonte y Gallito inspiraron en los cronistas de la época, ninguno de ellos pormenoriza cómo fue el tercio de varas de tan célebre ejemplar, algo impensable tan solo diez años atrás. En La Lidia se limitan a comentar que: "Los tres primeros toros de Aleas fueron finos de tipo, terciados de tamaño, buenos en todo momento; se arrancaron de largo, recargando y llegaron a la muerte con toda la nobleza y bravura con que salieron; pero de todos ellos y de muchos de los toros que se han lidiado, merece especial mención el lidiado en tercer lugar, noble y bravo animal, que con dos medias estocadas y dos pinchazos se arrancó poderoso y con bravura al descabellarle; dos vueltas le dieron al ruedo entre delirante ovación; y fue cortada la oreja para el ganadero, en premio a la pelea hecha por el noble animal". 

Diferentes lances de la terna
  Corrochano escribió: "Nacional II se dio cuenta de que el toro tercero era de gran faena. Tan bravo y superior estaba el toro, que, después de entrarle cuatro veces, tomaba la muleta como la primera vez, y el público se volvía a ovacionar al ganadero. Estaba el toro para sacarle los caballos, y ver qué hacía después de herido cuatro veces. Si se pudieran hacer en las plazas estas pruebas radicales, cuántas cosas bonitas se verían. Nacional II hizo cuanto pudo, intentándolo todo con la derecha y con la izquierda, y algunos pases sueltos fueron muy buenos; pero el conjunto de la faena no respondió ni al toro ni a los propósitos, como lo prueba que la oreja fue para el ganadero. Y es que con estos toros, el toreo violento y forzado no es el adecuado; la suavidad y el temple es el estilo en que se torean bien estos toros, y eso lo saben hacer pocos toreros. Dio también la vuelta al ruedo, después que el toro, al que se le dio preferencia en los honores".

  El hijo del ganadero triunfador aquel 24 de mayo de 1925, Manuel García-Aleas Carrasco, comentaba en los años 90 que "cuando derribaron la Plaza Vieja, mi padre se ocupó de encontrar la barandilla del palco número 9, que durante 50 años hemos tenido en nuestra casa, y al trasladarla hace poco a la finca de El Quemadillo, nos la robaron, hecho que he lamentado, pues la pensaba donar junto con otros recuerdos al museo que hace poco anunciaron se piensa hacer en Colmenar Viejo".

Juan Anlló, Nacional II. Falleció poco después, en
octubre de 1925, a causa de una refriega con
aficionados que habían criticado a otro torero, en
 la plaza de Soria. El tema da para otro artículo...
  La legendaria ganadería de Aleas, que posee antigüedad del 5 de mayo de 1788, cuenta con numerosos días de gloria y también con otros menos afortunados, de ahí el dicho "a los Aleas ni los veas". Entre sus fechas señaladas, por ejemplo, están la del 15 de mayo de 1912, en Madrid, en la que Rafael El Gallo hizo una de las mejores faenas de su vida al toro Jerezano. O, esta más próxima, el 20 de septiembre de 1959, también en Madrid, cortándole las orejas Curro Romero al toro Regatero, número 4. 

   A duras penas sobrevivió a la carnicería y caza sistemática que sufrió el campo bravo madrileño durante la Guerra Civil; y en el año 1983, la vacada del hierro del 9, con cintas encarnada y caña, fue vendida a José Vázquez que, pasado el tiempo, acabaría liquidando lo santacolomeño, adquiriendo ganado bodeguero de Zalduendo y otras líneas. Frecuenta Las Ventas y suele salir insulso y falto de personalidad, noblón, destacando algún animal entre tanta vulgaridad. Muy al estilo actual.

viernes, 16 de octubre de 2015

Capirote, de Concha y Sierra


Capirote
de Concha y Sierra, lidiado en Madrid en quinto lugar la tarde del 10 de abril de 1882.

Después de proporcionar dos caídas y matar un caballo, en las diez veces que llegó a estos, enfrontiló al espada Ángel Pastor al dar el pase de tanteo con la muleta, derribando al diestro, quien, una vez en el suelo, fue enganchado y volteado por el toro. Retirado Pastor a la enfermería, estoqueó al de Concha y Sierra el notabilísimo torero Rafael Molina (Lagartijo).

lunes, 22 de diciembre de 2014

Otros tiempos (II)

En el primer tercio de la lidia tienen una influencia decisiva el peto, la puya, el puyazo y el quite. No estoy contra del peto, que, si técnicamente es inaceptable, lo acepto por urbanidad de la fiesta. Estoy contra el peto desproporcionado actual, que no es el que se aprobó reglamentariamente. Acepto el peto defensivo del caballo, no el peto defensivo de la torpeza del picador. No acepto el peto-muralla, el peto-tanque, contra el que se estrella el toro, se lastima el toro, se resabia el toro y entorpece la maniobra del toreo a caballo. La cuestión de las puyas es una vieja cuestión. Hay dos intereses encontrados: el del picador y el del ganadero. ¿Cuál de los dos tiene razón? Creemos que los dos estarían asistidos de razón si el ganadero enviara toros y el picador los picara. Pero ni lo que hace este se parece en nada a la suerte de picar, ni el toro que manda el ganadero es toro. Y esto lo saben los dos, el picador y el ganadero.


Gregorio Corrochano en Teoría de las corridas de toros. La foto es de Baldomero y Aguayo, fecha desconocida, en la Plaza de la carretera de Aragón.

martes, 16 de diciembre de 2014

Otros tiempos

  Me había hecho con seis entradas para los toros. Tres de ellas eran barreras, la primera fila junto al ruedo, y las otras tres eran sobrepuertas, asientos con respaldo de madera situados hacia la mitad del tendido. Mike pensaba que era mejor que Brett se sentara un poco lejos de la arena la primera vez que asistía a una corrida y Cohn quería estar con ellos. Bill y yo nos sentamos en la barrera, y la entrada sobrante se la di a uno de los camareros para que la vendiera. Bill le explicó a Cohn lo que tenía que hacer y cómo debía mirar para no impresionarse con los caballos. Bill ya había visto una temporada de corridas.
- Eso no me preocupa -respondió Cohn-. De lo que tengo miedo es de aburrirme.
- ¿De veras?
- No mires a los caballos después de que el toro los haya corneado -le expliqué a Brett-. Observa cómo ataca el toro y cómo el picador trata de mantenerlo a distancia. Pero si alcanza al caballo, no lo mires después de que haya recibido la cornada hasta que esté muerto.
- Estoy un poco nerviosa solo de pensarlo -dijo Brett-. Me preocupa saber si podré resistirlo hasta el final sin ponerme enferma.
- Lo soportarás. Lo único que debe preocuparte es esa parte de la corrida en que los caballos pueden ser alcanzados por el toro. Y solo dura unos pocos minutos con cada toro. Si las cosas se ponen feas, no mires.
- No le pasará nada -dijo Mike-. Yo me preocuparé de ella.
- No creo que te aburras -añadió Bill.
- Voy a ir al hotel a buscar los prismáticos y las botas de vino -les dije-. Nos encontraremos aquí mismo. No os emborrachéis.
- Voy contigo -me dijo Bill. Brett nos dedicó una sonrisa.


El texto es de Hemingway, de la novela Fiesta. La fotografía es en la Plaza Vieja de Madrid, desconozco más datos, de Otto Wunderlich.

martes, 9 de diciembre de 2014

Florido, de Pérez de la Concha


Florido
de Pérez de la Concha (D. Joaquín), lidiado en Madrid, en quinto lugar, el día 4 de Octubre de 1896.

Fue el mejor toro de la temporada. * Con muchísima codicia mató cuatro caballos en ocho ocasiones que acometió a los picadores "Agujetas", "Charpa", "Inglés" y "Cigarrón", que pegaron muy bien y cayeron cinco veces, siendo retirados a la enfermería los primeros. * Cuando se ordenó el cambio de suerte, "FLORIDO" pedía caballos sin abandonar el sitio en que peleó. * Con igual bravura y nobleza hizo los tres estados de la lidia, y previa una breve y buena faena de muleta ejecutada por BOMBITA (Emilio), en los medios y en un palmo de terreno, entró a matar desde corto y con rectitud, completando aquella una magnifica estocada que valió al diestro grande y merecida ovación.

La corrida en los corrales de la Plaza Vieja

viernes, 4 de julio de 2014

Un adorno


Joselito en el tercer toro de la corrida de los siete

Como saben los lectores de La Lidia, José Gómez, Gallito, mató siete toros de los herederos de don Vicente Martínez, el viernes último, en el coso de la carretera de Aragón.
El tercer bicho, llamado Barrabás, numero 43, berrendo en negro, salpicao, botinero y coliblanco, fue el mejor.
Joselito, que vestía traje ceniza y oro y cabos rosa, le dio cuatro ceñidísimos y ovacionados recortes capote al brazo. Le quebró soberanamente una vez, sin clavar, y luego mejor aún clavando, más un par al cuarteo un poco trasero y otro colosal de dentro afuera, estallando gran ovación.
Solo y en los medios, le dio magnos pases ayudados por alto y bajo, uno de molinete y trincherillas arrodillado. 
Cogió los pitones al de Martínez, le escupió y luego limpióle con el pañuelo, siendo ese el momento que representa la portada de este número.
Murió Barrabás de media estocada ligeramente desprendida y trasera, que se ovacionó.

{ejemplar de La Lidia del 7 de julio de 1914}

jueves, 3 de julio de 2014

Centenario de la encerrona de Gallito con 7 toros de Martínez

  Hoy, 3 de julio de 2014 se cumplen 100 años de una de las tardes más gloriosas que ha dado la historia de la Tauromaquia, y no es otra que el día en el que José Gómez Ortega, Gallito, se encerró en la Plaza de Madrid con una corrida de toros de la ganadería de Vicente Martínez.

  Fue la única ocasión en la que José se acarteló en solitario en Madrid, sin embargo, a lo largo de su corta pero intensa carrera lo haría hasta en 23 ocasiones. Él mismo escogería esta ganadería, los denominados Toros de la Tierra, descartando los hierros andaluces que la empresa le ofreció para que no le echaran en cara un regionalismo excesivo. Como tantas otras veces, José “pensando en aficionado”, escogía un hierro del agrado del público.

  La corrida en conjunto resultó mediana, la mayoría llegaron quedados al tercio de muerte y, curiosamente, los de mejor juego fueron los toros de pelo berrendo que más contrariedad causaron a José en los prados colmenareños de “Cañadas de Mojapán”, cuando días antes se presentó en casa del ganadero don Julián Fernández Martínez en compañía de su picador, “Camero”, y los empresarios de la plaza, a fin de escoger una corrida que convenciera a todas las partes.

  El comportamiento deslucido de los toros de Martínez no fue ningún impedimento para que el genio de Gelves dictara una autentica lección de torería y poder durante toda la corrida, más el sobrero que regaló para deleite de los afortunados espectadores. La corrida, toda ella, fue lidiada con riguroso orden, sin un capotazo de más ni de menos. José tiró de repertorio, enfervorizando al público con garbosos quites, recortes y galleos inigualables, un muestrario de todo tipo de suertes de capa. Al berrendo “Barrabás” lo paró de salida con el capote a una mano, imágenes que se conservan y que son una verdadera delicia para el aficionado. En banderillas dominio absoluto de las distancias y los terrenos, ortodoxia y clasicismo máximo en el embroque, cada par era colocado en el morrillo de los toros con la máxima delicadeza, ¡carteles de toros! En la muleta proseguía ese conocimiento perfecto del toro, esa difícil facilidad para conseguir dominarlos con toda naturalidad. Pases por alto, ayudados, trincheras, molinetes, kikirikís majestuosos… y los pases ligados en redondo,  novedad de la época heredada hasta nuestros días, cimientos de la faena de muleta tal y como conocemos, piedra de toque gallista tantas veces desdeñada. Con efectividad pasaportó los siete morlacos colmenareños, la espada nunca fue su mejor facultad.

  Apenas se habían cumplido las dos horas desde el paseíllo y José era llevado en volandas desde el desaparecido coso madrileño de la Carretera de Aragón hasta el Hotel Palace por centenares de aficionados enfervorecidos, absolutamente emocionados.

  Viernes laborable y caluroso en Madrid, tarde de lleno hasta la bandera, terno ceniza y oro. Dominio y conocimiento absoluto de todo tipo de reses, ya sea por su casta o su condición; dominio absoluto de todas las suertes del toreo. La gracia, el adorno, la torería, el arte sin afectación, sin amaneramiento. ¡Pónganle los adjetivos que quieran! Aquella tarde del 3 de julio de 1914, José Gómez Ortega impartió una de sus mejores lecciones de cátedra tauromáquica, contando tan solo con 19 años. 

  Gloria a ti, Gallito.


Gallito parando a Barrabás a una mano. Caviar


Insuperable par de banderillas al quiebro, también a Barrabás

-o-

  Este artículo, escrito por un servidor, ha sido publicado en el boletín nº 44 de La voz de la afición. 

  Puedes leer con más detalle cómo se desarrolló esta histórica corrida según la opinión del ilustre aficionado y mejor pluma, don Luis Fernández Salcedo, en esta entrada que publiqué En homenaje a Gallito.

sábado, 16 de noviembre de 2013

A los toros

Alcahuetas y cesantes, pícaros y bohemios, ciegos y lisiados, con donaires y lástimas, dan tientos a bolsa ajena. El gentío de a pie, con el sol en la espalda, sube hacia la plaza esparcido por las dos aceras. Endrina y garbosa, ondula la gitana prometiendo venturas. Sobre un penco trota el picador, amarillo jinete, con el azul monosabio a la grupa. Un ciego pregona el romance del Horroroso Crimen de Solana. En la imperial de los ómnibus, chungas y algarabías, calañeses y peinetas de teja, bastoneo y pataleo, luces morenas. El mayoral arrea el tiro de mulas. Bailan borlones y cascabeles. Restalla la fusta. Avinados berridos blasfemos. En torno de la plaza tumulto de ruedas y caballos. Humo de fritangas:
¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡El programa de la corrida! ¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Patitas de bailaor, déjame una mota!
Moscas y polvareda. Negrea el tendido en las entradas de la plaza. Disputas taurómacas. Impacientes empellones.
¡Naranjas! ¡Naranjas! ¡Fresa! ¡Fresquita!... ¡De la Fuente del Berro! ¡Aleluyas de don Perlimplín! ¡Risa para un año! ¡El programa de la corrida! ¡El horroso crimen de la Solana!

Ramón María del Valle-Inclán



lunes, 4 de noviembre de 2013

Rafael el Gallo, broncas por ovaciones

23 de junio. Lluvia de almohadillas

Gallito y el tendido 8


  La figura torera del día, pese a los eternos detractores de todo el que se encumbra, une a sus méritos artísticos detalles casi relegados al romanticismo taurino.
  En estos tiempos de pesetas a porrillo y contrata en blanco, es una verdadera anomalía el gallardo espectáculo del desquite en una fiesta como la de los toros, toda pasión y entusiasmo.
  ¡El desquite! He aquí la faena que ha mantenido la afición en todos los tiempos y ha consolidado más de una vez una reputación taurina.
  Los anales del toreo están salpicados de hechos, verdaderos acicates de la pasión por la fiesta de toros.
  ¿Quién no ha oído mil veces el caso de la campana de Lagartijo en la plaza de Sevilla?
  ¿Quién no recuerda clamorosos desquites de Frascuelo, Mazzantini, Espartero y Guerrita?
  ¿Y quién, al escuchar tales hazañas, no evoca tiempos mejores que no tienen la prosaica monotonía de nuestra época? 
***
 
 Si Rafael el Gallo no tuviera en su haber los copiosos laureles de una campaña lucidísima, justificaría un partido con el solo fundamento de sus famosos desquites.
  Un toro al corral, el mayor de los ludibrios, tiene como compensación a los tres días una faena soberana, única indescriptible.
  La condenación unánime, contundente, de todo un tendido, se trueca en ocho días en clamorosa apoteosis del torero artista.
  Y la discusión que encumbra y la diatriba que da reclamo, viene como consecuencia lógica de tales hechos.
  Pública es la repulsa hecha al lidiador gitano por el tendido 8 de la Plaza de Madrid, durante la tarde del 23 de junio próximo pasado.
  Un juicio de faltas en el que quedó demostrada la sinrazón del respetable, parecía haber abierto un abismo entre el torero y el público del tendido 8.
  Y he aquí que Rafael Gómez sale a torear al domingo siguiente, y retando a sus enemigos, que no otra cosa fue el brindis al huraño tendido, realiza una faena de muleta sólo comparable por su adornada elegancia a otra notable del mismo torero: la famosa del día de San Isidro.
  Los detractores del gitano, los hombres de las almohadillas, los condenados material y moralmente por el Tribunal municipal, no obstante el rentoy, batieron palmas ante el mérito indiscutible de la labor de Gallito. La paz entre los enemigos quedó firmada por obra y gracia del arte y el clasicismo torero.
  Sobre el mismo suelo que hollaron en otra tarde dos docenas de almohadillas, rodaron en esta los sombreros que tributaban al héroe el triunfal homenaje.
  Las viñetas de estas planas dan gráfica idea del contraste entre ambos casos, que pintan la especial idiosincrasia de un torero.
 
*** 

30 de junio. Lluvia de sombreros




  - Otra vez Gallito -estamos oyendo decir al lector malévolo.
  Sí, querido amigo, otra vez Gallito, porque él, y solo él, con sus triunfos, sus fracasos, sus desmayos, sus desquites, su despunte sobre lo vulgar, en una palabra, justifica la supremacía de su nombre en la publicidad taurina.
  ¡Y ahora, llámennos ustedes gallistas!... que es lo mismo que si llamaran demócrata a El Universo porque en su sección política habla de Canalejas...
 
The Kon Leche, edición del 7 de julio de 1912