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miércoles, 31 de agosto de 2022

Adiós, Madrid

DE CÓMO EL CENTRO DE ASUNTOS TAURINOS Y EL PARTIDO POPULAR PERMITEN QUE LAS VENTAS PIERDA SU ESENCIA


El cartel

El atraco

 

 

      Eso fue lo que este maltrecho aficionado expresó cuando el pasado miércoles 25 de agosto descubrió la nueva política de precios que Plaza1 ha presentado para la próxima Feria de Otoño y añadidos: ¡adiós, Madrid! Como el Tato aquella tarde madrileña en plena revolución Gloriosa tras la cornada del toro de Vicente Martínez; ¡que me toquen el himno de Riego! −pensaba yo−, que es bien bonito y me sirve de réquiem, como sonó aquella tarde infausta. 

Lo siguiente fue lanzar una batería de denuestos e improperios contra tamaño ultraje, fruto de la indignación, que no trascribiré aquí por no caer de nuevo en un mal gusto que, además, no conduce a ninguna parte. Fue una reacción espontánea cuando acababa de ver que la localidad que ocupé durante diez de mis quince años como abonado, en la grada de sol del 5 primero y en la grada de sol del 7 después, prácticamente triplicaba su precio. 23 € los días de oropel, más 2.50 € de gastos de gestión en el caso de adquirirla vía internet, total 25.50 € para una tarde de figuras, cuando es una entrada que cuesta 9.80 € en taquilla según la web de Las Ventas (9.20 € según el Anexo I del pliego que ha entrado en vigor) y 8.80 € con el descuento de abonado. Una subida de nada menos que el 161 % para una grada de sol, 189 % si la compramos por la web. 

Ahora, con más calma, vamos a analizar la marrullera jugada perpetrada por la empresa Plaza1, Rafael Garrido y, suponemos, que Simón Casas en la sombra; con la anuencia y la brillantez que caracteriza al actual Centro de Asuntos Taurinos (CAT en adelante) que comanda Miguel Abellán, uno de los máximos responsables del golletazo y, finalmente, el Consejero de Presidencia, Justicia e Interior, el señor Enrique López, políticos estos últimos afectos al Partido Popular, ese partido político, al parecer, en pro de la tauromaquia. 

Todo esto se fragua porque la empresa, según dice, tiene pérdidas los días que anuncia a tres figuras en el cartel y con el dinero que deja la taquilla en Madrid no tienen suficiente para pagar los honorarios que dichas figuras exigen. Aquí es donde el árbol se empieza a tronchar y tocamos un problema estructural que la tauromaquia tiene, esto es, los toreros exigen un dinero que por sí solos no generan, no solo en Madrid sino en muchas otras plazas. Esto no es fútbol, aquí no hay un montón de patrocinadores dispuestos a invertir, una mercadotecnia ingente con tiendas de productos explotando la marca que hoy día supone un club de fútbol, y todo un mercado global dispuesto a invertir y a participar en ello; en los toros lo máximo que hay, por el momento, es una televisión privada que pone un buen puñado de pasta por televisar las grandes ferias. A este problema le sumamos la caída paulatina del abono de Madrid, desde la crisis del ladrillo de 2008 hasta hoy hemos pasado de 18 a una cifra estable que se mueve entre los 13 y los 15 mil abonados aproximadamente y, derivado de ello, la pérdida de personalidad que actualmente tiene Las Ventas, aunque este es un problema también estructural que afecta a la generalidad de las plazas y entronca la tauromaquia con la sociología. 

Aquí es donde las cabezas pensantes se ponen a maquinar y urden la idea, no sé si fue Abellán o la empresa quien lo propuso, el caso es que Abellán estaba encantado con el plan y presumía de ello en los corrillos allá por 2019, mucho antes de que saliera el pliego que lo ratificara. Primero dijeron que los abonados iban a ser compensados por su condición, que el resto de público iba a pagar más, generando con ello el incentivo de abonarse pretendían así levantar el abono de Madrid y, después, esto se ha reflejado en la liberalización de los precios de las entradas que ha contemplado el pliego, el discutido y litigado pliego actual que salió allá por el mes de febrero: El adjudicatario tendrá libertad absoluta sobre los precios para la venta de localidades al público en general para los festejos taurinos que se organicen a lo largo de la temporada (Título II, 1.5, apartado B; el subrayado es mío). 

Una liberalización de precios de la que va a gozar Plaza1 precedida de la exención de pagar el canon del año de la pandemia, 2020, una prórroga del contrato de explotación, y una compensación económica en 2021 de nada menos que 3.4 millones. Sumemos a esto que el último pliego ha rebajado el canon económico de 2.8 millones anuales a un máximo de 975 000 euros. Que Plaza1 iba a ganar el concurso de explotación de Las Ventas de este año era una cosa que todos dábamos por hecha, la sensación era que las cosas fluían en favor suya aunque los otros licitantes eran para tirarse a las vías del tren, directamente (Ramón Valencia junto con Matilla; y la FIT y los Chopera). Como ven, a la empresa se le rebaja el canon a menos de la mitad y las entradas sueltas suben más del doble, jugada maestra. Y todo esto, sin que los espectadores de toros hayan visto todavía como se aplica la rebaja del IVA de las entradas del 21 al 10 % que entró en vigor en 2018, otro tanto económico en favor de la empresa y a costa del bolsillo de los aficionados. 

Ustedes dirán: ¿cuál es el problema?, el que quiera ir un día o dos a los toros a ver a las figuras que lo pague; es la ley de la oferta y la demanda; que los que van un día a los toros financien el resto de la temporada a los aficionados, etcétera. No, no y no. Y vamos a explicarnos. 

Lo primero que hay que comentar es que el error de base aquí es esa libertad absoluta que proclama el pliego, esa brillante idea que ha tolerado el CAT y la Comunidad de Madrid. Lo advertimos cuando lo vimos, muchos dijimos que había que poner coto a ese incremento de precios en las entradas sueltas, no se puede dejar en manos de un empresario taurino los designios de Las Ventas, como si Madrid fuera una plaza más porque, sencillamente, no lo es. Un tope máximo de subida, lógico y razonable, sin que Las Ventas perdiera su razón ser, hubiera sido del 30 %, es decir, que una entrada que cuesta 10 pase a costar 13 € los días de postín, la que cuesta 20, 26 €, la que cuesta 40, 52 €, y la que cuesta 80, 104 €. Teniendo en cuenta que los abonados ya gozan de un 20 o un 10 % de descuento sobre los precios fijados, hubiera sido un incentivo razonable para cumplir con la idea que nos están vendiendo el CAT y Plaza1 al alimón. Estamos suponiendo que una entrada que vale 20, a un abonado le cuesta 18 € aplicando un 10 % de descuento como en la presente Feria de Otoño, y a un paisano que quiera ir solamente ese día le costaría 26, es decir de 18 a 26 €; una diferencia de precio sustancial sin llegar al atraco que han perpetrado, donde una entrada de 20.10 en las filas 7-10 de tendido de sol, cuesta ahora para el público general 40 €, o sea, el doble. 

Como digo y he ejemplificado, el 30 % sería el tope máximo de incremento que hubiera impuesto en el pliego, razonable para el bolsillo de los que quieren ir a los toros esporádicamente, coherente con una política de beneficio para los abonados y sustancioso para el empresario, pero yo no soy el legislador y el atropello ya se ha cometido. El resultado ahí lo tienen, el incremento no es un incentivo para que se abone más gente, esa cautivadora libertad absoluta es un asalto al bolsillo del aficionado (en este caso, parece ser, habría que llamarlo “público”), un abuso, claramente, y un atentado contra la esencia de la Plaza de Madrid, cuya titularidad es pública, es decir, es una plaza propiedad de todos los madrileños, no es una plaza de los abonados como los socios son a un club de futbol, en la que se debe de fomentar el acceso a los toros a un precio asequible en toda condición para todos, no solo en los carteles sin relumbrón fuera de feria. No puede haber una persona al lado de otra que, en algunos casos, haya pagado el triple por lo mismo, porque genera una situación de desigualdad notoria, por muy abonado que uno sea, para acceder a una plaza de toros, pública, en un espectáculo regulado por la Administraciones Públicas. 

El espíritu de la Plaza de Madrid, vigente desde que el egregio Joselito El Gallo tuviera la idea de construir plazas monumentales que dieran cabida a mucha más gente y, con ello, pudieran ofrecer la posibilidad de acceso a personas de toda condición, viene siendo el mismo desde su puesta en marcha en los años 30. Las Ventas, plaza monumental, seguía cumpliendo esta norma y era uno de sus atributos más característicos. Cualquier persona, más allá de su estatus económico, podía permitirse ir a los toros frecuentemente y eso se reflejaba, en consecuencia, en lo castizo de sus reacciones y en su ambiente popular. Esto lo hemos comprobado todos empíricamente, los precios nunca han sido un obstáculo para ir a Las Ventas, donde se respira un ambiente único en el que personas de toda clase y condición social acuden a la plaza y se relacionan en torno a lo que sucede en su ruedo. Muchas personas se apasionaron por los toros gracias a esa facilidad para ir a Las Ventas, porque casi nadie se hace abonado directamente, antes hay que ir y sentir la vena de la afición. A partir de ahora, este espíritu de bonhomía se rompe, entramos en las procelosas aguas de libertad para el empresariado taurino, esa estirpe que prefiere ver una plaza medio vacía a 70 € la entrada que llena a 20 €, cuidado con esto. Porque no hay límite, insistimos, hay libertad absoluta, y el CAT, por mucho que quiera, no podrá oponerse a cualquier cuantía que a la empresa se le ocurra por disparatada que sea. El error de cálculo ha sido muy grave. 

Que lo ejecutado no cumple con la idea inicial, a priori loable, de incrementar el número de abonados, lo estamos viendo en los carteles que han presentado. Donde un festejo de temporada −de especial relevancia pero fuera de abono− como es el día de la Hispanidad, pasa a ser de relumbrón y a multiplicar los precios en las entradas sueltas. No solo eso, las novilladas, que se supone que son festejos para intentar sacar nuevos toreros y fomentar que todo el mundo pueda acceder a ellas debido al menor tirón que tienen, pasan a doblar los precios, en andanada de sol incluso los triplican. ¿Dónde está aquí ese argumento esgrimido de quien quiera ir a los toros a ver a las figuras que lo pague? No, aquí lo que hay es un empresario dispuesto a acabar con la esencia de Madrid y un CAT que lo permite, es el precio que hay que pagar por esa libertad absoluta que aludimos, para mayor paradoja dentro de un pliego de condiciones que regula las cosas más nimias que nos podamos imaginar, cualquier detalle trivial viene marcado disponiendo cómo ha de proceder la empresa, pero los precios, no. 

Creamos por un momento en las buenas intenciones que la empresa y el CAT se atribuyen con esta medida, si el abono creciera de tal manera que llegara al tope máximo y se abonaran 18 o 19 mil personas, ojalá, aunque dudo que eso vaya a suceder. ¿Qué precios pondrían al resto de asistentes teniendo en cuenta la poca disposición de entradas sueltas que quedarían?, ¿qué pasaría con las tarifas de los abonados si con un numero tan alto de ellos y con los precios tan económicos que pagan no se cubren los honorarios que demandan las figuras? 

Todo esto sucede dentro de una dinámica claramente decadente para las plazas de primera y segunda categoría, las cuales vienen mermando la afluencia de público paulatina e incesantemente, en gran medida por un auge de precios exacerbado en plazas monumentales u otras cuyo aforo permite un taquillaje para todos los bolsillos. Están echando a las clases más humildes de los toros y a esto sumémosle la inflación insoportable que nos está asolando. Málaga, reducida a la mínima expresión, solo ha llenado con Roca Rey (podría decirse que es el único torero de verdadero tirón actualmente, con permiso de José Tomás); Córdoba está hundida, como Bilbao y San Sebastián; Salamanca y Logroño moribundas; el abono de Sevilla está más mermado que nunca; la grandeza de Zaragoza pasó a mejor vida y es una plaza semiabandonada; Valencia, donde Rafael Garrido dispone −empresario de nuestra plaza−, ha aplicado esta temporada una subida de precios menor que la de Madrid logrando que el coso de la calle Játiva presentara un aspecto desolador. ¿De verdad era este el momento para disparar los precios de Las Ventas de manera discriminatoria? Creemos, sinceramente, que no. 

De acuerdo, Madrid es mucho Madrid. Claro que Las Ventas no va a caer de un día para otro, pero jamás hubiéramos pensado que en San Isidro fueran a ser comunes las medias entradas o los dos tercios de plaza y hace años que nos hemos acostumbrado a ello. Tampoco pensábamos que Madrid se fuera a contaminar de la oleada lenitiva que padecen todas las plazas otrora con un mínimo de rigor y, ahí está, ahora se entregan orejas donde antaño se daban abucheos. Incluso los presidentes, afectados por el mismo síndrome de flacidez, parece que han empezado a ver toros en Las Ventas antes de ayer. La tendencia y la dinámica es la que es, el público fiestero, el exceso de alcohol, los trofeos sin espíritu crítico, un sistema profundamente viciado, una prensa vendida… son asuntos que afectan a todas las plazas y que darían para otro prolijo artículo. Las medidas que han tomado son el último intento para seguir estirando el chicle y ordeñando la vaca isidreña, una feria de 30 tardes −29 el último San Isidro− que desde hace tiempo viene avisando que ya no soporta semejante magnitud, pero que sigue siendo muy lucrativa para el empresario. El que no se abonaba antes no lo hacía por una cuestión económica, o no hay aficionados dispuestos a ir tantos días seguidos o, simplemente, no disponen del tiempo suficiente. Sin perjuicio de que en esta Feria de Otoño suba el abono, como suele suceder en una feria de fin de semana con pocos festejos. 

Dicen que la diferenciación de precios ya se ha dado en el pasado, lo desconozco porque no he vivido esa etapa. Imagino que fue en la era Lozano (Toresma y Toresma 2, entre 1990 y 2004) porque con Chopera, según figura en el libro San Isidro 50 ferias 50 (Diego Lechuga, Madrid, Alianza Editorial, 1997, pág. 124): la primera medida que toma [Chopera] es igualar el precio de todas las corridas isidriles, precio que, por otra parte, era incluso inferior al registrado en años anteriores a su llegada. Cuesta lo mismo ver a tres segundones que a tres primeros espadas. Dejo para un estudio posterior cómo fue aquella discriminación de precios y si fue tan agresiva como la presente, o algún amable lector que nos comente. En cualquier caso, acciones iguales no tienen porqué provocar idénticos efectos, siendo que las circunstancias y los factores concurrentes son muy diferentes. 

Para ser totalmente francos no quiero finalizar esta pieza sin referir mi situación personal. Dejé de ser abonado la Feria de San Isidro de este año porque mi coyuntura no daba para ir a más de un 30 o 40 % de las tardes, me parecía absurdo renovar en esas condiciones. En general y, aunque me pese, he tenido que reducir notablemente el número de festejos a los que acudo. Fui quince años abonado −antes de ello aficionado de temporada−, para conseguirlo tuve que hacer varias noches pegado a la fachada neomudéjar, mi última localidad estaba en la fila 23 del tendido 7, junto con un grupito de aficionados que son de lo mejor que hay en la plaza: con unos criterios firmemente asentados, exigentes, equilibrados, duros con el rico, tolerantes con el pobre… la flor y nata del tendido 7. 

Sea o no abonado, eso es circunstancial, pensaría lo mismo, por encima de todo está la defensa de los que pasan por taquilla así como la Plaza de Madrid, la mejor, la que amamos y respetamos a partes iguales por su idiosincrasia única. El incremento de precios me parece tan abusivo y espurio que voy a mantener la intención previa de no abonarme a la Feria de Otoño (pensaba ir a todos los festejos que pudiera) y, menos aún, comprar entradas sueltas multiplicando el precio que paga un abonado. Veremos lo que sucede el año que viene, de momento no concibo esa forma de ir a Las Ventas, lo primero por el bolsillo, claro está, y después porque me considero aficionado de temporada y, para mí, vale lo mismo un festejo en abril, en agosto o en septiembre que en San Isidro o en Otoño, la disposición con la que voy a la plaza es la misma, calibrar la bravura de los toros y desentrañar cómo están los espadas con ellos. 

Será un antes y un después. A partir de ahora habrá una estadística que no vamos a ver reflejada en ningún sitio, la de las personas que van a dejar de ir a Las Ventas debido a las tarifas desmedidas que han puesto, el nicho de futuros aficionados que ahí había, o las que van a tener que reducir exponencialmente el número de comparecencias. Y un aficionado, sea abonado o no, con quien ha de solidarizarse es con aquel que pasa por taquilla −no obstante y como se suele decir somos profesionales de la taquilla− nunca con el empresario taurino.

¡Fuera los mercaderes del templo!

 

 

Un saludo a la afición.

 

domingo, 6 de septiembre de 2020

El gobierno de la Comunidad de Madrid prohíbe los festejos taurinos

      Como ya conocerán los lectores de este blog, el gobierno de la Comunidad de Madrid, con el Partido Popular a la cabeza e Isabel Díaz Ayuso como presidenta, ha prohibido la celebración de espectáculos taurinos en todo el territorio de la Comunidad de Madrid. Esta medida no es baladí, puesto que el atentado que se comete contra la libertad de todas las partes que forman el mundo del toro, el agravio y la discriminación hacia la tauromaquia no puede ser mayor. Y es que en Madrid se pueden celebrar partidos de fútbol (sin público), partidos de baloncesto y otros deportes; se puede ir a ver una obra de teatro, se puede ir al cine; también podemos ir a los museos o salas de exposiciones; a bares y restaurantes; podemos ir a ver carreras de caballos al hipódromo tolerándose un 60 % del aforo; podemos hacer todo eso, pero los festejos taurinos no están autorizados.

Es un absoluto dislate, un atropello. A partir de mañana lunes entrará en vigor esta medida y en toda la Comunidad de Madrid, con mayores o menores restricciones, se pueden desarrollar todo tipo de actividades a excepción de las fiestas de toros. Que nos expliquen a qué razones científicas o sanitarias responde esta censura.

Desconozco qué se esconde detrás de tan intolerante decisión, tan injusta que pudiera entenderse como prevaricatoria. Ahora bien, para que un juez pudiera admitirlo a trámite alguien tendría que denunciarlo y, de momento, nadie mueve ficha dentro de los profesionales. Han metido la cabeza bajo tierra como las avestruces. La medida está siendo ignorada por organizaciones como ANOET (los empresarios taurinos), el sindicato mayoritario de banderilleros y picadores UNPBE, la Fundación Toro de Lidia y, por supuesto, nuestras queridísimas figuras a excepción de Morante, que se ha desahogado a gusto contra Miguel Abellán, más al socaire de su partido -Vox- que otra cosa.  

Es una decisión que no se entiende puesto que en la Comunidad de Madrid la tauromaquia goza de muchísimo tirón en la gran mayoría de pueblos y ciudades que la conforman. Septiembre es un mes plagado de festejos en muchos de los pueblos de nuestra Comunidad, ¡ay esas novilladas toristas de la serranía! Por tanto es una medida impopular que puede tener un coste importante de votos, que es el pensamiento que siempre planea en toda decisión política. Si no querían dar toros, por lo que fuera, era más fácil permitirlos con unas restricciones que hicieran inviable para los empresarios la celebración de festejos antes que prohibirlos de manera taxativa. De esta manera los políticos salvarían su imagen porque permitirían los festejos y dejarían la responsabilidad en el tejado de las empresas taurinas. Puede que esta percepción sea equivocada y compense más prohibirlo de cara a la presión animalista que estas últimas semanas hostigaba por la celebración de corridas, poniendo como treta que en muchos casos no se estaban respetando las medidas de seguridad. Pero, ¿van a votar los animalistas al PP?

Luego está el papelón de Miguel Abellán, máximo responsable del Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid, que todavía no ha dicho esta boca es mía. Si está en ese puesto para defender la fiesta de los toros en la Comunidad de Madrid y su propio partido es el que la prohíbe, siendo el único espectáculo que sufre esta agresión, lo mínimo que debería hacer es presentar su dimisión. No pasará. 

A ver con qué cara vuelve Abellán al callejón de Las Ventas después de esto, no digamos la presidenta Ayuso, que tanto presumía de aficionada haciéndose fotos con capotes y con toreros, y que tanto ponderaba el valor de la tauromaquia en nuestra región. En fin.

En el documento dicen que estas medidas se revisan cada 15 días, aunque viendo la escasa presión, por no decir nula, que están haciendo los profesionales del toro, me da que la prohibición seguirá en vigor. De momento, sartenazo del PP a la tauromaquia madrileña.

Y a todo esto seguimos sin saber nada de las obras de Las Ventas. Un proyecto que hubiera sido perfecto acometer aprovechando el parón de esta temporada debido a la pandemia, como ha hecho el Real Madrid con las obras del Bernabéu, por ejemplo. La burocracia y los intereses de la Administración llevan otro ritmo. Probablemente, se pondrán con ello cuando la fiesta de los toros vuelva a ponerse en marcha y el público y los aficionados salgan perjudicados. ¡Políticos!




Recuerden, a partir del lunes 7 de septiembre en la región de Madrid puede haber teatro, puede haber cine, pueden celebrarse carreras de caballos. Los toros, no.


Saludos a la afición.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

sábado, 20 de octubre de 2018

A la luz del toreo

O cómo el humanismo del Renacimiento estableció la distinción entre personas y animales.



       El Renacimiento renovará y afianzará esta magnífica idea de «universal humano», y la teología española del siglo XVI (Vitoria, Soto, Suárez...) la proyectará con fuerza para defender la humanidad esencial y absoluta de los indígenas recién descubiertos con motivo de la conquista de América. Pero ya antes, a finales del siglo XV, un culto y refinado filósofo italiano, Giovanni Pico della Mirandola, había actualizado y profundizado la cuestión de la privilegiada singularidad humana en su celebérrima Oratio de hominis aignitate (1487). Se trata de un discurso que resultaría clave en el humanismo renacentista y que era culminación de textos anteriores de su propio siglo sobre la excelencia humana, así como referencia de los que vendrían después. En la parte más conocida y aleccionadora de ese Discurso, Pico imagina la tesitura de Dios una vez creado el universo y el mundo angélico, animal y vegetal: «deseó que hubiera alguna criatura capaz de comprender la razón de tal empresa, de amar su belleza, de admirar su grandeza...». El Creador piensa entonces en crear al hombre, pero se da cuenta de que la gran cadena de los seres está completa en todos los órdenes, cada especie con sus rasgos e instintos propios. Decide, pues, crearlo como un ser sin rasgo definido ni determinación alguna, para que, en virtud de su «libre albedrío», se modele en la forma que él mismo quiera. «Podrás degenerar —le dice— en criaturas inferiores, que son los animales brutos; podrás, si así lo dispone el juicio de tu espíritu, convertirte en las superiores, que son seres divinos».

Si la fábula de Pico en este fragmento ha tenido tantísima fortuna en el pensamiento occidental es porque señala sin equívoco posible los fundamentos éticos y existenciales de la antropología humanista, todos ellos elaborados, por cierto, sobre una explícita distancia entre el hombre y el animal. Mientras que este es un esclavo del instinto, solo aquel goza de libertad interior, y ese albedrío es la marca definitoria de su naturaleza y la causa exclusiva de su dignidad como criatura. Esta dignidad surge de la ecuación entre libertad y responsabilidad, dos instancias que no concurren ni en las bestias ni en los seres angélicos. Pico deja bien claro que la ubicación específica del ser humano se encuentra entre los dos polos de la feritas y de la divinitas. El hombre debe ser consciente de esta ubicación para evitar tanto la hybris de parangonarse con Dios como el embrutecimiento que lo aproxime al animal. Pero es evidente que, en este enclave central, su misión de hombre, auspiciada por el libre albedrío, es tender hacia lo alto, alejándose lo más posible de la feritas y aproximándose lo más posible a la divinitas. En esa lucha, precisamente, radica el signo distintivo de su humanitas. Como decía Petrarca, el primer humanista moderno, en Sobre la vida solitaria, la misión del hombre es «revestirse de humanidad y deponer la animalidad» (humanitatem induere feritatemque deponere).


Sergio Aguilar poniendo un par a un toro de Adolfo la pasada Feria de Otoño. Foto: Álvaro Marcos


Como vemos, y al margen de las posturas tradicionales de los teólogos, que apelaban al alma, o de los filósofos, que apelaban al logos (en sus distintas acepciones: razón, discurso, lenguaje), Pico, sin desmerecerlas, plantea otro enfoque más específicamente humanista, aunque no menos radical, para distinguir cualitativamente a los hombres de las bestias; un enfoque que se asienta en la doble condición —noble y miserable— del ser humano y que apela al carácter hondamente trágico de su destino, al hacerle consciente de su limitación y de su muerte. Y un enfoque que gravita sobre el libre albedrío, en virtud del cual, y a diferencia del animal, el hombre es perfectible, es capaz de sobreponerse a su instinto, tiene autonomía para dictarse una ley moral, goza de capacidad para plantearse el «nosce te ipsum» (conócete a ti mismo) como reto y finalidad de su existencia y, en definitiva, atesora la responsabilidad de estar o no a la altura de la dignidad que le corresponde por ser la única criatura verdaderamente libre sobre la tierra. Puede el hombre renunciar a todo eso, y entonces será un hombre animalizado, pero no dejará de ser un hombre. El animal, en cambio, a nada de ello tiene acceso. Por eso sería tan absurdo decir que somos mejores que las bestias como que ellas «son mejores que nosotros» (algo que se oye con harta frecuencia), porque los animales, al carecer de libre albedrío, no pueden valorarse con criterios éticos. La diferencia entre hombres y bestias es, por tanto, abismal en la tradición humanista.


Javier García Gibert. A la luz del toreo, tradición hispánica y humanística en la tauromaquia. Biblioteca Nueva, 2018. Págs. 22-23.


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Aquí queda la recomendación de un libro genial, escrito por el doctor en filología y profesor de literatura clásica española de la Universidad de Valencia, Javier García Gibert, publicado este mismo año. Tras haber leído apenas cincuenta páginas no tengo ninguna duda en declarar que estamos ante una obra de referencia, de todas las que se han publicado, de afirmación de la tauromaquia desde un punto filosófico, esto es, desde la razón. He dejado unos párrafos de los muchos que podría poner en tan pocas páginas leídas, así que no descarto, en un futuro, volver a transcribir alguna otra cita. 

Háganse con él. Merece la pena. 

Un saludo a la afición. Llegan los meses sin festejos taurinos, a cargar pilas y aprovechar para leer de toros. Y buena temporada para los que nos leen al otro lado del charco.


domingo, 4 de marzo de 2018

Anacronismo de los toros


Artículo de Agustín de Foxá publicado en el diario ABC el 24 de abril de 1957, muchas veces publicado en la blogosfera taurina, no obstante siempre merece la pena volver a ser leído. Absolutamente brillante.


*** 


     El secreto de los toros reside en que es un espectáculo anacrónico. Cuando vuela un avión a reacción sobre el embudo dorado de la plaza, uno se asombra de que sean contemporáneos los hombres de arriba -tocando botones, radares, ondas hertzianas, luces parpadeantes en verde y rojo, palancas de robot, en el límite de los viajes interplanetarios- con los hombres de abajo, de verde manzana y plata, de corinto y oro, ídolos asiáticos con espada y lanza y saetas de papel rizado, entre caballos y toros, manejando la sangre en lugar de la gasolina, con la Muerte allí, en el diamante de la puntilla, que desconecta al toro de la red eléctrica de la Vida. O con la enfermería, entre santos óleos. 

Cuando se desintegra la materia y se forma el hongo venenoso de ecuaciones de la bomba de hidrógeno, todavía unos mozos matan con la espada como en los albores de la Edad del Bronce. En torno a la plaza, de esta isla primitiva de relinchos y mugidos, de esa gota de selva, de esa partícula de Génesis, rugen los claxons, las bocinas, los motores del mundo hecho por el hombre, con su fauna mecánica, con sus "autos" -coches amputados de caballos-, con sus motocicletas con una muchacha a la grupa como un recuerdo atávico de la jaca; con su biscuter, mestizaje o cruce entre el automóvil y la motocicleta. 

Vigilan al combate virginal, primitivo, fresco, palpitante, no unos ojos humanos, sino lentes de máquinas de turistas, teleobjetivos, cóncavas pupilas del "cine" en colores. 

Una concesión del ruedo sangriento, de ese "confetti" de desierto, a la vida moderna, es el camión que riega la plaza con su abanico, con sus dos alas de agua. 

Pero a los toros los siguen arrastrando las mulillas, siempre un poco espantadas ante la cabeza muerta. Y ni una rueda gira sobre la arena porque la rueda es humana; ninguna creación divina la utiliza; sino piernas o patas, o el reptar, o las aletas, o las alas. 

El hombre de la ciudad; el de las oficinas y los empleos; el del piano tedioso de la máquina de escribir; el del alfabeto, sin poema de amor, de la taquigrafía; el de los archivos -que son los nichos de las cosas-; el de la hipoteca, que es lo más opuesto a un bosque en Primavera; el de los tranvías, que es la negación del libre galope; ese hombre va a la plaza a rejuvenecerse, a oír mugidos que jamás serán congelados en la serpiente del hilo magnetofónico; a escuchar relinchos que nunca se extenderán a secar, como ropa blanca, en los hilos de teléfono; a ver la sangre sin análisis ni velocidad de sedimentación; a contemplar apagarse corazones que no conocen el electrocardiograma.

Los toros traen el campo a la ciudad, su paisaje de encinas y de ríos, sus florecillas amarillas o moradas de la Primavera. Hombres que nunca han visto la luna, ciudadanos del asfalto y de la propiedad horizontal, hablan de cuántas hierbas tiene ese toro; de los pastos de mayo que embravecen; de por qué los toros de aquella ganadería tienen las patas tan fuertes, ya que el abrevadero está a muchos kilómetros de “sus cerrados; y comentan cornadas, de las cuales ya nadie muere en el mundo. Los toros son el espectáculo de un pueblo religioso que juega con el Más Allá; no tienen nada de república ateniense (deporte), sino de Imperio romano (sacrificio). 

Tenía razón aquel aficionado cuando decía que a los toros no iba uno a divertirse (el fútbol es mucho más divertido), porque tienen de todo menos de entretenidos. El toreo es intuitivo y racional, y matar frente a frente es maravillosamente absurdo existiendo mataderos de punzón eléctrico y frigoríficos donde la carne viva se convierte en cosa acartonada. 

Todo lo que en el ruedo sucede es imprevisto y deslumbrante y allí se congrega todo lo inesperado; hay en los tendidos indios turistas de Bombay, chinos miopes; y entran, volando, villanos portadores de semillas; y alguna vez planea una paloma de tendido a tendido; o se suelta un globo; y discuten, y están a punto de pegarse, un abogado y un médico por la cojera de un toro; y preside un Rey o una princesa; y dos Felipes Segundos pintados por Velázquez -los alguacilillos- llevan al galope una enorme llave que no abre ninguna puerta. 

En los toros se venden, astronómicamente, como en un eclipse, el sol y la sombra; ya semejanza de las rústicas cosechas, el espectáculo depende de la lluvia; de una nube que pasa. 

Las gentes están tan tristes a la vuelta de los toros porque retornan a la vulgaridad, a la Civilización, a todo lo artificial y antibiológico. 

Muchos pueblos han jugado con los toros; desde; hace miles de años en Creta, hasta el actual "rodeo" americano donde algunos capotazos de auxilio al vaquero caído son como la prehistoria de la arqueología del toreo. California está a punto de inventar las corridas de toros; como en las reelecciones de sus presidentes, Norteamérica está descubriendo la Monarquía. 

Están tan en la entraña de nuestros sueños ancestrales los combates de toros, que han suscitado poemas, romances, novelas, esculturas, cuadros, músicas, grabados y óperas y todavía no ha surgido, ni creo que nacerá nunca, la Carmen, de Bizet, del fútbol; ni habrá tapices de Goya sobre un "penalti"; ni romances de Federico o décimas de Gerardo, a un "córner". 

El toreo es casto y sensual; pueden ir a él los frailes y los niños, pero jamás una mujer es más apetecible que ensangrentada de claveles en una barrera de sol. 

Antes, los toros eran más hermosos y bárbaros, y más imaginativos. Había plazas partidas; matadores en zancos; saltos a la garrocha; hombres como Martincho, que, esposado, saltaba desde una mesa sobre el lomo del toro; enanos y gigantes; globos de humo caliente; luchas de toros con leones y tigres; perros de presa... 

Ahora, al intelectualizarse, las corridas han perdido vitaminas. Porque lo excesivamente clásico comporta algo de tedio. Y cuando se ve ese esqueleto de mármol, que es el Partenón, se siente, a veces, la nostalgia de las anárquicas gárgolas y de los monstruos de las sillerías de coro de nuestras Catedrales. 

Cuando un pueblo sobre un bistec ensangrentado coloca, en lugar de mostaza, unas banderillas de lujo, se encuentra lejísimos de lo cartesiano y de la lógica. 

Como el mito de Fausto y Mefistófeles, el toreo devuelve la juventud a la ciudad envejecida de reglamentos urbanos. 

El toreo está fuera de nuestro tiempo; es un drama de capa y espada en el siglo del cinemascope. Y cuando un espada brinda a una bella mujer de anhelante pecho la muerte del toro, revive un piropo de hace veinte mil años.



sábado, 5 de noviembre de 2016

El doctor Marañón y los toros

Rescato hoy un artículo de interés del periódico ABC, del lunes 23 de mayo de 1983, escrito por Gregorio Marañón Moya, hijo del insigne don Gregorio Marañón, acerca de la afición de su padre por la fiesta taurina, donde entresaca algunas opiniones en torno a la tauromaquia. Don Gregorio Marañón es uno de los médicos y científicos españoles más importantes de la historia, cuyos descubrimientos tuvieron repercusión internacional. Historiador y prolífico escritor, entre sus inacabables distinciones, fue miembro de cinco de las ocho Reales Academias que hay en España (de la Lengua; de la Historia; de las Bellas Artes; Nacional de Medicina y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales).
 

 

   Mi padre escribió 85 libros, 250 prólogos, 322 artículos en la gran prensa y 1229 conferencias, ponencias y discursos. Creo que es el español de su tiempo -o uno de los españoles de todos los tiempos- que más ha escrito. Abordó temas variadísimos en Medicina e Historia. Pero, sobre todo, en sus ensayos y escritos breves, fijó sus ojos y su pluma en casi todos los problemas de nuestro tiempo. Como él mismo ha dicho: "El modo noble de servir a Dios es el afán de que nada de cuanto ha creado sea ajeno a nuestra curiosidad".

Pues bien, de toros no escribió más que el prólogo a un escritor colombiano Miguel Rasch Isla, libro editado en Bogotá y prólogo publicado después en forma de artículos, en el diario La Nación, de Buenos Aires, y del que se recogen aquí algunos párrafos. 

¿Por qué no escribió más sobre toros? Recuerdo lo que ha dicho José María de Cossío: "Ningún escritor español, de vocación mínimamente realista, puede dejar de reparar en el espectáculo de los toros". Sí, desde Larra hasta Camilo José Cela y Ángel María de Lera, pasando por Pérez de Ayala, Ortega y Gasset, Gerardo Diego y Alberti, Gómez de la Serna, etcétera, todos ellos han llenado páginas y más páginas sobre los toros y su política.

Si Marañón no escribió, pues, nada, o casi nada sobre los toros, no quiere ello decir que no fuese un aficionado, un gran aficionado. Fue aficionado toda su vida, si es que por afición se entiende lo que realmente es, es decir: la inclinación y la propensión a alguna cosa; el ahínco y el esfuerzo en conocer y gozar de una cosa.

Toda su vida sintió y vivió los toros con entusiasmo ferviente, con juvenil emoción, con inteligente y reposada crítica. ¿Quiénes fueron sus íntimos amigos? Precisamente los mejores aficionados de su tiempo, cuando no los propios toreros: Juan Belmonte, Ramón Pérez de Ayala, el duque de Arión, Sebastián Miranda, Luis López Dóriga, José María de Cossío, etcétera. Conoció y trató a muchos, muchos toreros. Muy amigos suyos fueron, de los que podríamos llamar "toreros del 98", Rafael El Gallo y Machaquito, de los que, además de amigo, fue su médico. Con Juan Belmonte tuvo mi padre una entrañable amistad, de sobra conocida. Siempre les unió una mutua comprensión, llena de recíproca admiración, de afecto, y de íntima y pública lealtad. Juan Belmonte fue su amigo y su torero.


El insuperable atractivo del arte taurino que, según él mismo dijo, consiste en su perenne renovación, fue ávidamente observado y analizado por él temporada tras temporada. Todos sus familiares y amigos, todos sus colaboradores y discípulos, recuerdan bien que el tema taurino fue una de sus constantes lecturas y una de sus permanentes y amenas conversaciones. 

Si para el público no escribió más que lo que he citado -el prólogo a Rach Isla-, en cambio en centenares de cartas a sus amigos surge siempre la fiesta como la mejor y más sentida de sus fiestas.

Como dato biográfico de cierta curiosidad, voy a transcribir parte de dos de sus cartas sobre toros. La primera está escrita en su niñez, cuando estudiaba el Bachillerato en el colegio de San Miguel, de Madrid. Se la escribió a su amigo Mariano y González de las Casas. Tenían los dos catorce años. La carta dice así:

Regreso de la plaza y te diré que Regaterín está lo mismo que siempre: ni mejor ni peor; ni para atrás ni para adelante. De Campitos, el semidebutante, te diré que me agrada al vulnerar, pues mete el brazo con arte y valentía. Con la muleta es bastante peor y con la capa es el hombre más maleta que ha pisado la plaza de Madrid. En cambio, Manolete entusiasmó a la gente con el capote, pero con el pincho mal, pero que muy mal. Los toros, de Moreno, fueron unos grandísimos cabestros. 

Esta carta termina así:

Quiero ser médico para descubrir el elixir de la inmortalidad. Tú, estate tranquilo, pues te curaré... ¡¡de balde!!

La segunda carta suya, a la que me he referido, es una carta a su hijo, a mí, y está escrita antes de marcharse para siempre y encontrar, por fin, la paz en la paz del Señor.
Me comentaba en ella los toros de antes y los de ahora y me escribía:

La crítica taurina de antaño se reducía a unas pocas líneas sencillas, escuetas, casi como un parte militar, en la que se nos comunicaba, exclusivamente, la bravura del ganado y las estocadas de los toreros. Que esto es lo esencial, según las reglas clásicas de Montes: mucho toro, pocos pases, una estocada.
Los toros tomaban 12 y más puyazos sin volver la cara, con lo cual todo queda dicho sobre lo que "era" tan prodigioso animal. Los toros de mi época tenían en mucha honra a sus cuernos y no toleraban escandalosos maquillajes.
Los toreros conservaban, fuera de la plaza, su entera personalidad torera, los modos peculiares de su castizo vivir. Eran grandes bohemios y grandes señores también, lo que explica el que frecuentaran el trato de los dos extremos sociales: pueblo y aristocracia. 
Los toreros de nuestros días, nietos de Juan Belmonte, son, como ha escrito Agustín de Foxá, "jóvenes atléticos, cultos, que hablan varios idiomas, flirtean con las señoritas de la alta sociedad y se curan con penicilina". El que los toreros de hoy sean así, que se curen con penicilina y no con aguardiente, como el Pepe-Hillo, a mí me parece muy bien. Es en otras cosas del toreo de estos nuevos tiempos en lo que ya no estamos de acuerdo. De todas, quizá la más grave, es que los toreros de hoy han matado al toro en la imaginación del aficionado. El toro ha desaparecido del festejo taurino y el público de hoy no va "a los toros", sino que va "a los toreros". Si no se rectifica urgentemente restableciendo al toro como parte fundamental de la lidia, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la fiesta nacional marcha hacia el futuro con plomo en el ala. 

¡Cuántas cosas se podrían contar sobre Marañón y los toros y cuántas sobre Marañón y los toreros, a muchos de los cuales admiró mucho y a todos apreció y estimó con su sentido fabuloso de la amistad y del respeto humano!

En el citado prólogo al libro de Miguel Rasch Isla, dice Marañón:

De toros, reconozco que es más difícil hablar sin título oficial. Trátese de una fiesta a la que cualquiera puede asistir, si es lo bastante rico para adquirir el billete; pero cuya técnica, complicada y sutil, cuyos rigurosos reglamentos y cuya ingente casuística, expone a graves errores a quien pretenda opinar sin la suficiente autoridad y erudición. En ningún otro sitio del mundo ocurre lo que en la plaza; a saber: que si alguien se permite emitir en alta voz un juicio no ortodoxo, puede surgir a su lado un aficionado de autoridad que severamente le diga: "Usted se calla, porque no entiende de esto". Y no hay, en efecto, otro remedio que callar, porque ante la iracundia del buen aficionado no es posible ni defensa ni apelación.


Gregorio Marañón Moya.
ABC, 23 de mayo de 1983.


viernes, 10 de junio de 2016

Apoyo al Toro de la Vega (II)

   En El Norte de Castilla, el periodista Vidal Arranz publicó hace unos días una columna en la que apelaba al respeto a las minorías que se supone que propugna un sistema democrático así como la tradición. El artículo se llama Defender la tradición. 
      Se apela al conflicto entre el festejo tordesillano y la sensibilidad de nuestro tiempo. Como si la sensibilidad de los tiempos fuera garantía de virtud. Sin duda, quienes legislaron históricamente contra los homosexuales estaban conformes con el sentir de su época; como lo estaban los que defendían la esclavitud o la limitación del trabajo femenino; o quienes calificaban al arte de vanguardia como arte degenerado o quienes decidieron ponerles una cruz estigmatizante a los judíos.
      Todos ellos, en efecto, actuaban en sintonía con el sentir de su tiempo y envueltos en esa bandera atropellaron a aquellos que tenían unos gustos o preferencias minoritarios. Como hoy. El problema es que creíamos que la democracia era ser conscientes de esto, y respetar a las minorías, a todas, y en vez de eso nos encontramos con políticos y opinadores que proclaman que lo más moderno es imitar a Franco y volver a prohibir la fiesta.
-o-

 Jorge Bustos, en El Mundo, nos dejó un artículo breve sobre el tema, Vacas indias en Castilla.
El Toro de la Vega es una mina analítica. Como toda manifestación genuinamente popular se puede abordar desde la política, el Derecho, la Etnografía, la estética y hasta desde el psicoanálisis. A mí no me interesa el festejo en sí, aunque opino que no puede asimilarse a la tauromaquia porque en ésta se entabla un duelo minuciosamente codificado ausente de la fiesta de Tordesillas, que más que un coso es un acoso. Me interesa la prohibición como síntoma, por lo que tiene de victoria -otra más- de las sensaciones sobre el raciocinio. Parece que ha ganado la civilización y hasta la democracia, cuando quien se ha impuesto aquí es el iusnaturalismo sobre el iuspositivismo. El mito edénico sobre la técnica del progreso, que nace precisamente con el dominio del animal por el hombre.



La prohibición de matar un toro bravo, frente a un hombre que gratuitamente se juega la vida, no lo olvidemos; no significa que nos haga mejores personas y nos convierta en una sociedad moderna. De ello habla muy bien este artículo del Ateneo Orson Welles, La sociedad avanzada.
 Se acaba de conocer el final del Toro de la Vega en Tordesillas. Una reliquia infecta del pasado que no puede sobrevivir en esta sociedad impoluta, como un estadio de Albert Speer. Una sociedad “avanzada” que ni Henry Ford hubiese soñado.
Ya nos sentimos más daneses; qué digo, más suecos. Nuestra economía está bombeando, las bibliotecas no dan de sí. Todo en instantes. La “gente” ha empezado a encontrar trabajo.
La destrucción de la naturaleza con los motores adulterados de la bienpensante Volkswagen o con los pedos de las vacas estabuladas (que al morir no hacen ruido ni casi manchan) pasa a un segundo plano. Siria, la leche que no es leche, el Amazonas. Todo pasa a un segundo plano.



Por último la carta que ha remitido el político británico, que ejerció de Ministro de Asuntos Exteriores, Lord Tristan Garel-Jones, creemos que a las Cortes de Castilla y León y también al Patronato del Toro de la Vega, web en donde se ha publicado. No tiene desperdicio.
 Escribo en nombre propio y como miembro del Club Taurino de Londres. Escribo con la esperanza de que puedan reconsiderar la prohibición del Toro de la Vega.
     Vivimos en un mundo cada vez más interconectado donde la lengua inglesa y la cultura que conlleva es cada vez más dominante. Como inglés esto no me molesta salvo que no quiero vivir en un mundo mono cultural. La única lengua/cultura que puede actuar de contra peso a esta tendencia es el español, la segunda lengua más hablada en el mundo libre.
     Una parte fundamental de la cultura hispana es la Fiesta de los Toros. Esto choca directamente con la cultura sajona donde el antropomorfismo (es decir la atribución de características humanas a los animales) es aceptado. De ahí que en el Reino Unido hay más entidades benéficas trabajando para animales que para niños necesitados.
     En la conversación cotidiana en Inglaterra apenas se usa la palabra "muerte". Se emplea cualquier eufemismo con tal de no mirarla a la cara. Por el contrario uno de las mensajes fundamentales de los Toros es que lo que hace a un ser humano equilibrado es la capacidad de mirar la muerte a la cara y caminar hacia ella con dignidad.
      Finalmente debo decir que el Tratado de Roma tiene un protocolo específico sobre el trato de animales. Termina diciendo - y cito -
"Respetando las provisiones administrativas y legislativas y las costumbres de los Estados Miembros con relación específica a ritos religiosos, tradición cultural y herencia histórica regional".
 La campaña antitaurina es un ejemplo más de cómo los valores sajones (que en muchos terrenos son muy valiosos) no deben imponerse sobre uno de los temas más valiosas de la cultura hispánica.
Espero que la Junta reconsidere este tema.
Respetuosamente, Tristán Garel-Jones.

jueves, 9 de junio de 2016

Apoyo al Toro de la Vega

    De súbito, el PP de Castilla y León ha impulsado una ley que prohíbe la muerte en público de las reses en festejos populares, ayer la aprobaron en Las Cortes autonómicas. Esto significa dejar a Tordesillas en desamparo, sin que teóricamente puedan celebrar su fiesta como acostumbran desde hace 500 años, salvo prohibición franquista y alguna otra del mismo corte autoritario. El pueblo, principal afectado, no ha tenido la oportunidad de pronunciarse, ni siquiera en una de esas "consultas populares" que están tan en boga. El PP no lo llevaba en su programa, por lo tanto sus electores desconocían que esta medida pudiera llevarse a cabo. Ha sido un acto espontáneo y vil contra la libertad del pueblo, contra el festejo popular y, por extensión, contra la tauromaquia. Un ordeno y mando despótico, sin tomar en consideración la parte afectada, sin que tuvieran oportunidad de argumentar y defenderse, del que no se atisban los mecanismos mínimos como para poder llamarlo democrático.  

Ya me dirán qué sentido tiene un festejo que consiste en correr un toro desde el centro del pueblo hasta un pinar a las afueras, para enfrentarse a él y combatirlo a muerte con lanza, si prohíben la muerte del toro. De las cornadas mortales que pueda dar a las personas parece que los políticos no han regulado nada, esto preocupa menos. Lo que era un rito en el que el hombre se enfrentaba al tótem ibérico por excelencia, en mitad del campo, ahora no sabemos muy bien lo que será. Imaginamos que embarcarán al toro en un camión, lo llevarán a un matadero y lo finiquitarán como una vulgar res de carne, en el anonimato, sin oportunidad de acometer y demostrar su braveza. Sin que nadie lo vea, que es el fondo de la cuestión de todo esto.

Cualquiera que ame la fiesta del toro, cualquiera que sepa cómo se sienten las fiestas y las tradiciones en los pueblos, cualquiera que haya estado en un festejo popular y haya pisado en la misma calle donde había un toro. Cualquiera que ame la libertad debería estar con el pueblo de Tordesillas y su Torneo del Toro de la Vega. 

Esto no acaba aquí. La lucha continúa.



Aquí van algunos artículos que se han publicado sobre el tema.


Es largo, hay que leerlo con atención, pero es extraordinario. El mal es aquello que no puede prohibirse, del filósofo Jean Palette-Cazajus.

Si los ritos táuricos cruentos resultan hoy tan escandalosos es porque son la única manifestación publica de la muerte -¡hablo, claro, de nuestras sociedades!-,  donde se exhibe sin tapujos, con su implacable evidencia yerta, bajo una luz cenital. En los ritos táuricos el acto de la muerte aparece desnudo, crudo, transparente a sí mismo y a la sociedad, sin antecedentes ni consecuencias, totalmente carente de odio, ni de ponzoñas sociales. Por su carácter público y ejemplar, por sus espacios privativos (la Plaza de Toros, la Vega de Tordesillas...), por su periodicidad (anual, en el caso que nos ocupa), la muerte del toro amansa el crimen intrahumano y lo arrastra fuera de la Polis.
Es esta exterioridad social de la violencia sobre el toro la que nos permitirá mostrar que la postura animalista es una impostura moral. Los hombres que matan toros no lo hacen con nocturnidad y alevosía sádica, la simple idea resulta grotesca. La muerte del toro es siempre un elemento necesario, pero jamás suficiente. Lo importante es cumplir con el ritual público normativo al final del cual se puede conseguir un prestigio social particularmente gratificante, siempre y cuando se respeten las ya citadas reglas y quien mate al toro lo haga con peligro de su propia vida. 

-o-


Hugues publicó una entrada en su blog de ABC, como acostumbra dispara directo y certero. Se titula Un acto de barbarie.

Así que se acaba con una tradición por decreto. Esto es un acto de brutalidad cultural que hiere también la sensibilidad, otra sensibilidad. No se acaba por el paso del tiempo, por la sustitución de una tradición por otras (los festivales, lamerle a tu gato con una espátula protésica que salía ayer en prensa, o las romerías futbolísticas…), sino mediante la prohibición. Jesulín protestó una vez con una profundidad de siglos, jesulinesca y honda: “Me opongo a a prohibición porque yo defiendo las tradiciones”. Lo dijo un hombre que tenía a Currupipi. La política se rinde así a un estado opinativo compasivo, gatófilo, pseudoanimalista.



En FestejosPopulares.net encontramos este artículo, escrito por Víctor Manuel Giménez Remón, con amplitud de miras hace una reflexión sobre la polémica y porqué debemos defender esta modalidad todos los aficionados. Tordesillas.

¿Qué es el Toro de la Vega? Una tradición ancestral que se celebra todos los años en Tordesillas el segundo o tercer Martes de Septiembre, dentro de sus fiestas patronales. Proviene del medievo cuando el hombre y la bestia medían sus fuerzas. El toro, como animal de culto y mito ibérico y el humano con su inteligencia. Se suelta en el pueblo el toro, recorre un par de calles y baja por el puente sobre el Duero. Al llegar a la vega, puede alancearse por los torneantes. Que son quienes previamente se han inscrito en el Torneo del Toro de la Vega y no superan la cincuentena. Si el toro traspasa el límite de la vega, se le deja vivo. Cosa que apenas ha sucedido, la verdad. Y es que, igual que sabe muy malo cuando se manipula contra lo taurino, no se debe tampoco engañar desde dentro. El toro va a morir con casi total seguridad todos los años. Es un rito duro, cierto, pero no es como se pinta, tiene muchos matices.


miércoles, 8 de junio de 2016

El hombre y los animales

El filósofo Fernando Savater disertando en una conferencia acerca de la tauromaquia y la relación entre personas y animales. Como es característico en él, es admirable la facilidad con la que explica asuntos complejos. Un placer escucharle.

Por si te quedas con ganas, aquí algunos artículos suyos.


miércoles, 27 de abril de 2016

Gonzalo Santonja en la revista Taurodelta

Usted es profesor honorario en la Universidad de Iowa (USA). ¿Le han preguntado alguna vez en EEUU por los toros?
Sí. Viajo siempre con distintas publicaciones, entre ellas revistas taurinas, que normalmente llaman mucho la atención.

¿Qué suele contar?
Mi primer argumento siempre es el de la ecología, lo que el toro sostiene. Les cuento por ejemplo que sólo en Salamanca se conservan 8.000 encinas centenarias. Esto significa que la mayor extensión que hay en Europa de alcornoques, quejigos, melojos y encinas es la del campo charro. Y todo lo preserva el toro. O sea, que en las dehesas encontramos el mejor ejemplo de desarrollo sostenible, tan de moda en estos tiempos

¿Qué se agostaría en España si el toro desapareciera?
Bueno, eso lo dice Federico García Lorca: “Qué sería de España si cesasen los clarines de la corrida”. Él considera que una de las grandes aportaciones a la humanidad es el patrimonio taurino y que nuestra cultura sería otra sin ese componente. En Literatura, por ejemplo, tenemos dos grandes elegías que son verdaderos patrimonios de la humanidad: la de Jorge Manrique y la de García Lorca al diestro Sánchez Mejías.

Antes de terminar, ¿qué tiene que decir del lenguaje taurino?
Que está al orden del día. Fíjese, un día analicé uno de los discursos de Carod Rovira y encontré hasta ocho expresiones muy taurinas. Hay muchas palabras que en su día nacieron en los ruedos y que hoy se han generalizado. Un ejemplo es ganapanes, que se usaba para llamar, en el siglo XVI, a quienes sacaban arrastra los toros ya muertos. No había mulillas y lo hacían a cambio de un pan. Cuando entraron los tiros de mulillas desaparecieron, sin embargo la palabra sigue usándose.


 Doctor en Filología Hispánica, diplomado en Documentación por la Escuela Nacional de Documentalistas y "Honorary Fellow in Writing" por la Universidad de Iowa (USA), es catedrático en la Universidad Complutense de Madrid


martes, 5 de abril de 2016

Araceli Guillaume en la revista Taurodelta

Como estudiosa de la Fiesta, ¿hasta dónde llega el alcance cultural de los toros?
Personalmente, asistir a una corrida de toros es, en sí, una actividad tan cultural como ir al teatro o la ópera. Los toros son una escuela de tolerancia, de respeto, pero también de exigencia. Suscitan inquietud, entusiasmo, emoción. Enseñan a aceptar la desilusión, a contemplar el fracaso y el triunfo como dos caras de la vida misma.


¿Qué riqueza resaltaría de la Fiesta? 
Su variedad: no se puede esperar lo mismo de una corrida en Sanlúcar que en Bilbao. En Bilbao se exige más, aunque en Sanlúcar parte del público pueda saber más de toros que en Bilbao, pero va con otro ánimo y tiene otra personalidad. Está además la cuestión de la ruralidad, del contacto con el campo, del entorno taurino natural de las tierras gaditanas. Y esos son matices que enseñamos a los niños de mi familia, también a observar al público y sus reacciones: nadie engaña a un andaluz y a otros hombres de regiones ganaderas sobre las cualidades y los defectos de un toro o de una faena. Puede ser amable, aplaudir y hasta pedir muchas orejas, pero él sabe perfectamente qué ha pasado en el ruedo. Por eso entiendo que hay que ver campo, es imprescindible para preservar la Fiesta, su sentido profundo. La relación campo-ciudad es un elemento clave de la propia existencia histórica de las corridas de toros.


Para Francis Wolff, la ética de la corrida se sustenta en el concepto de bravura. ¿Comparte esa idea?
Sí, la corrida se sustenta en el concepto de bravura, necesario, indispensable, pero no lo es todo, también está el hombre. El primer requisito ético consiste en exigir del toro lo que por su naturaleza seleccionada puede ofrecer: integridad dentro de su morfología propia y bravura. Estas condiciones irán sazonadas, según la estirpe y el individuo, con cualidades y defectos que pondrán a prueba al torero, cuyo valor es el corolario natural de la bravura del toro. Tan necesarios son lo uno como lo otro y la corrida se sustenta en ambos. Un torero no podría torear a un ciervo y un bravísimo toro sin torero delante no serviría ni para una feria de ganado; con el trapío le bastaba para la exhibición. El hecho de que un hombre exponga su integridad frente a un toro es la mejor justificación ética de la Fiesta. Por muy voluntaria que sea la entrega de un torero y por asumido que esté el riesgo que conlleva, sigue siendo tremendo asistir a un espectáculo así y ahí reside toda su grandeza ética: en el doble sacrificio. El del toro porque el toreo es la finalidad de su existencia misma y en el del torero porque, con su libre albedrío, acepta la eventualidad de lo inaceptable para cualquier humano: su propia muerte.


Doctora en Filología Hispánica y profesora titular de la Sorbona en París