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viernes, 26 de mayo de 2023

Stop manipulación de astas, la afición quiere toros íntegros

 Jueves, 25 de mayo, toros de El Puerto de San Lorenzo, la Ventana del Puerto y sobrero de El Vellosino, para José María Manzanares, Emilio de Justo y Roca Rey.







 

 

domingo, 28 de diciembre de 2014

El pico de José Fuentes

  Entrevista con el el matador de toros, José Fuentes, en el número 26 de la revista Taurodelta:

- Hablemos de su polémica relación con la plaza de toros de Las Ventas y con su afición. Allí ha toreado 36 tardes, ha cortado 11 orejas y ha salido en hombros en una ocasión: el 12 de octubre de 1981.
- No creo que fuera polémica, para nada. La afición de Madrid de antes, te hablo de hace veinticinco años para atrás, era la hostia de buena, sobre todo los tendidos ocho y nueve. Muchos aficionados, como aficionados, podían ser incluso figuras del toreo de lo que sabían. Luego se fue creando un malestar en el siete, en mi opinión provocada por un sector de la prensa, concretamente por Alfonso Navalón. Pero a Madrid le estoy profundamente agradecido, y jamás le he reprochado nada. Le estoy agradecido por exigirme tanto. Para mí era una satisfacción, porque veían las cualidades que Fuentes tenía como torero, y querían más.

- Pero la exigencia puede tornarse intransigencia. Y a lo mejor no le daban la oportunidad de desarrollar lo que llevaba dentro.
- Bueno, con Madrid también he tenido mis peleas, como en cualquier relación, y en ocasiones he llegado incluso a encararme con el público. Pero yo no me afligía nunca, al contrario que otros. Mi toreo también necesitaba de un toro que colaborara, y ellos querían verme con todos. Y ahí es cuando me daban fuerte, porque creían que por mis condiciones podía pegarle pases a todos los toros. ¿Qué metía el pico de la muleta? No era el único. El noventa y nueve por ciento de los toreros lo hacían. Pero a alguien tenían que colgarle el sanbenito, y me tocó a mí.

- Creo que tiene una anécdota de arte con el tema del pico…
- La anécdota a la que te refieres sucedió la tarde de la confirmación de alternativa de Paquirri en Madrid. Sin coger la muleta, empezaron a meterse con el pico. ¡Y venga con el pico! Así que, harto de tanta protesta, me fui derecho a la barrera, pedí la puntilla y a la vista de todos corté el pico de la muleta. Para callar bocas. Pero resulta que al volver a la cara del toro el tío de las voces seguía protestando. Ese era el ambiente. Menos mal que la afición terminó echándolo de la plaza. Llamaron a la Policía y se acabó el tema. A ese toro le corté una oreja. Tú dime ahora que torero no mete el pico. A veces pienso que debería cobrar una patente (risas).


   -o-


Revisando lo sucedido en la confirmación de Paquirri el 18 de mayo de 1967, con toros de Juan Pedro Domecq, Paco Camino de padrino y José Fuentes de testigo; el cronista de El Ruedo no cuenta la misma anécdota referida por el matador en la revista Taurodelta. Si hubo reclamaciones por parte de los tendidos pero el torero aguantó el tirón y no hizo el número de cortar la muleta. El cronista lo comenta así:

Pomposo incienso en el éxito de José Fuentes, artista esencial y torero de pundonor. Cuando empezó su primera faena a un cuajado toro de Juan Pedro, uno de los de buena nota de la Feria, tras haberse embalado en ovaciones a sus verónicas llenas de belleza, le gritaron desde una grada:
- ¡Toreas con el pico de la muleta!
Y era verdad. Sin duda era el tanteo inicial para centrarse con el toro en el período nuclear de la faena, pero esta voz -a la que rindo desde aquí público agradecimiento- fue el acicate que le despertó a la competencia con el tendido [...]

  Llama la atención el cronista, que firma "Don Antonio", agradeciendo la voz de recriminación y además dándole razón. Hoy, ante estas situaciones, los "críticos" se despachan a gusto con los aficionados deseándoles todo tipo de maldades, señalándolos y conspirando contra ellos. El público que vocifera falla y se equivoca muchas veces, hay que decirlo, pero también acierta, y un buen crítico habrá de reconocerlo. En cualquier caso esa comunicación que se produce en Madrid entre el público y el torero, siempre que se haga dentro de unos límites, en unos casos con chispa castiza y en otros con fundamento, es una de las maravillas que tiene Madrid desde tiempo inmemorial. A mi me agrada, me resulta atractivo. No soporto las plazas que tragan con todo tipo de abusos y callan. Cuando los coletas se percatan que hay tolerancia y vía libre para sus triquiñuelas acaban con cualquier coso.

  Volviendo al tema que nos trae, el caso de cortar un trozo de muleta, según cuentan las crónicas ocurrió un miércoles 27 de mayo de 1970, con toros de Salvador Domecq, compartiendo cartel con Julián García y confirmación de Manuel Rodríguez. La pluma de Don Antonio lo narra de este modo:


José Fuentes cae con frecuencia en este vicio aliviador. Ya me referí el día de los morenoyagües a su polémica con los de la andanada del 8, en que nada se resolvió . Por eso, al empezar su faena a "Despechugado" (que se lidió con gran bronca por su carita joven y desmedro de toro sin hacer), rebrincado en un primer puyazo casual, bien picado en otra vara y una tercera puya sin recarga, los de las alturas volvieron con su sonsonete: "El pico... pico... pico..."
El matador interrumpió la faena, fue decidido a capotes, pidió una navaja -¡no se asusten, no hay drama!- y capó la muleta, cortando moco de pavo que la remataba.
- ¡Ahora vamos a ver torear! -pienso para mi capote.
Y mi extrañeza es grande al ver que Fuentes se coloca de frente, para el cite, pero presenta la muleta... de perfil. Como antes, para ahora torear con el pico... sin el pico. [...] Siguen disconformes con él, y José termina con "Despechugado" de media con pérdida de la muleta, metisaca, estocada corta y descabello.
  La foto de la discordia:


  El pico, recurso admitido para toros que acortan el viaje, propensos a colarse, trajo sus más y sus menos con el público a este torero de Linares que cosechó numerosos triunfos en la Plaza de Las Ventas. Torero de marcada personalidad, muy vertical y dotado de un gran sentido del temple.

   Sirva de ejemplo estas fotos de su presentación como novillero en Barcelona en julio de 1963. 





lunes, 4 de noviembre de 2013

Rafael el Gallo, broncas por ovaciones

23 de junio. Lluvia de almohadillas

Gallito y el tendido 8


  La figura torera del día, pese a los eternos detractores de todo el que se encumbra, une a sus méritos artísticos detalles casi relegados al romanticismo taurino.
  En estos tiempos de pesetas a porrillo y contrata en blanco, es una verdadera anomalía el gallardo espectáculo del desquite en una fiesta como la de los toros, toda pasión y entusiasmo.
  ¡El desquite! He aquí la faena que ha mantenido la afición en todos los tiempos y ha consolidado más de una vez una reputación taurina.
  Los anales del toreo están salpicados de hechos, verdaderos acicates de la pasión por la fiesta de toros.
  ¿Quién no ha oído mil veces el caso de la campana de Lagartijo en la plaza de Sevilla?
  ¿Quién no recuerda clamorosos desquites de Frascuelo, Mazzantini, Espartero y Guerrita?
  ¿Y quién, al escuchar tales hazañas, no evoca tiempos mejores que no tienen la prosaica monotonía de nuestra época? 
***
 
 Si Rafael el Gallo no tuviera en su haber los copiosos laureles de una campaña lucidísima, justificaría un partido con el solo fundamento de sus famosos desquites.
  Un toro al corral, el mayor de los ludibrios, tiene como compensación a los tres días una faena soberana, única indescriptible.
  La condenación unánime, contundente, de todo un tendido, se trueca en ocho días en clamorosa apoteosis del torero artista.
  Y la discusión que encumbra y la diatriba que da reclamo, viene como consecuencia lógica de tales hechos.
  Pública es la repulsa hecha al lidiador gitano por el tendido 8 de la Plaza de Madrid, durante la tarde del 23 de junio próximo pasado.
  Un juicio de faltas en el que quedó demostrada la sinrazón del respetable, parecía haber abierto un abismo entre el torero y el público del tendido 8.
  Y he aquí que Rafael Gómez sale a torear al domingo siguiente, y retando a sus enemigos, que no otra cosa fue el brindis al huraño tendido, realiza una faena de muleta sólo comparable por su adornada elegancia a otra notable del mismo torero: la famosa del día de San Isidro.
  Los detractores del gitano, los hombres de las almohadillas, los condenados material y moralmente por el Tribunal municipal, no obstante el rentoy, batieron palmas ante el mérito indiscutible de la labor de Gallito. La paz entre los enemigos quedó firmada por obra y gracia del arte y el clasicismo torero.
  Sobre el mismo suelo que hollaron en otra tarde dos docenas de almohadillas, rodaron en esta los sombreros que tributaban al héroe el triunfal homenaje.
  Las viñetas de estas planas dan gráfica idea del contraste entre ambos casos, que pintan la especial idiosincrasia de un torero.
 
*** 

30 de junio. Lluvia de sombreros




  - Otra vez Gallito -estamos oyendo decir al lector malévolo.
  Sí, querido amigo, otra vez Gallito, porque él, y solo él, con sus triunfos, sus fracasos, sus desmayos, sus desquites, su despunte sobre lo vulgar, en una palabra, justifica la supremacía de su nombre en la publicidad taurina.
  ¡Y ahora, llámennos ustedes gallistas!... que es lo mismo que si llamaran demócrata a El Universo porque en su sección política habla de Canalejas...
 
The Kon Leche, edición del 7 de julio de 1912

martes, 23 de julio de 2013

Una bronca en Zaragoza

  De lo ocurrido en Zaragoza, con ocasión del último espectáculo taurino de la temporada de 1901, decía la Prensa de la capital aragonesa:
 
   "La fiesta taurina de ayer dio margen a la última bronca y a un escándalo que llegó a trascender fuera del circo taurino, siendo precisa la intervención de las autoridades y de la fuerza pública. Anunciaba el cartel la muerte de seis reses de Carreros. Habían fenecido tres y una volvió al corral, cuando se dio suelta a la quinta, que era de Constancio Martínez y no de Carreros. El público protestó semejante cambio y el Presidente dispuso salieran los cabestros.
  Se da suelta luego a otra res de igual procedencia y la bronca aumenta, llenándose el ruedo de espectadores. El animalito volvió al corral y aparece en el ruedo otra que torean los protestantes, retirándose la cuadrilla. Después otro, otro y otro. La bronca continuaba en aumento y aquí llegó a su período álgido; comenzaron a caer al anillo tableros de la barrera, puertas de la contrabarrera y tabloncillos de grada, en donde ya ardían hogueras de papel.
 
  La res, sujeta por el público, fue sacrificada sobre la candente arena y arrastrada después puertas afuera de la Plaza hasta la calle de la Escopetería. Querían unos llevarla al paseo de la Independencia, y a instancias de otros se intentó meterla en el Hospicio; pero aquí cerraron las puertas y luego se apoderó de la res la Guardia Civil, no logrando los amotinados sus deseos.
  Parejas de la benemérita custodiaron el animal muerto, hasta que llegó  un carro y lo condujo a la Plaza. Entonces se oyeron voces de: ¡A casa del empresario! ¡Al circo! ¡A Pignatelli!, y con dirección al domicilio del primero marcharon los revoltosos.
  Situáronse los que formaban uno de los grupos frente a la casa donde habita el Empresario, la que apedrearon con furor, haciendo añicos el cristal de color que sirve de letrero a la Administración de loterías, propiedad de dicho señor, y varios cristales más de los balcones del estresuelo. Los del grupo cogieron un cartel anunciador de las funciones teatrales que habían de celebrarse en los coliseos de que el Sr. Lapuente también es empresario y le pegaron fuego. Entretanto, otro grupo que habíase dirigido al teatro circo, apedreó éste, rompiendo las dos bombas de los arcos voltaicos que alumbraban la entrada del coliseo y todos los cristales, proponiéndose invadir a viva fuerza la sala; pero acudieron las autoridades, que consiguieron reprimir el tumulto.
  Cuando en esto estaban, un guardia municipal llegó precipitadamente a dar parte que en el teatro Pignatelli otro grupo estaba apedreándolo. Dirigiéronse allí las autoridades, cesando los grupos en su actitud al verlas. Habían roto a pedradas los faroles de los soportales, los arcos voltaicos y la taquilla, e intentaron violentar las puertas del teatro, valiéndose de gruesas piedras y palos; pero aquellas no cedieron.
 
  El alcalde preguntó a los grupos si querían que la res sacada de la Plaza fuese para La Caridad. Respondieron todos afirmativamente, aplaudiendo la proposición. El Gobernador prometió que así se haría, imponiendo además a la Empresa un severo castigo, aconsejando a los grupos que se disolviesen, una vez que la autoridad prometía seriamente que en lo sucesivo cuantos abusos tratara de cometer la Empresa serían reprimidos.
 
  Además de los sucesos reseñados y llevados a cabo para vengar los atropellos que venía cometiendo el empresario Sr. Lapuente, ocurrieron otros muy significativos de protesta, frente a la Administración de loterías del Sr. Bernal, coempresario de la Plaza. Los grupos arrancaron la anaquelería de cristales, el rótulo y un cartel anunciador, prendiéndoles fuego, y arrojaron piedras a los balcones de la casa."
 
  Ahora cuatro líneas por nuestra cuenta, decía un acreditado periódico taurino de Zaragoza: "Lo que ayer sucedió, más que por la importancia de la infracción en sí, es consecuencia lógica de los muchos abusos cometidos por la Empresa, abusos uno y otro día por nosotros censurados sin ser oídos. Llegó el Pilar; la Empresa se creyó con derecho a jugar con fuego, soltando toros de desecho, y pasaron. Siguió el abuso en crescendo en cada función, llegando su avilantez a soltar un bicho en la famosa novillada de saldo. Como eso también pasó sin que el público protestara, creyose la Empresa con derecho a perderle ayer el respeto, hasta el punto de no anunciarle el cambio de una de las reses. La Presidencia, hay que reconocer que no supo o no quiso cumplir con su deber. La cosa no tiene vuelta de hoja: ¿no se cumple en todas sus partes el cartel, único contrato que la Empresa hace con el público? Pues devuélvase el dinero, que eso era lo que el público pedía, porque a ello tenía perfectísimo derecho. No quiso hacerse así, y el público se tomó la justicia por su mano, excediéndose en su revancha, pero... justificada en parte, cuando las autoridades consienten se le atropelle".
 
Del Doctrinal Taurómaco de "Hache".
 

domingo, 17 de marzo de 2013

Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá en torno al 1867

  Atrás quedaron la Puerta de Alcalá y los jardines del Buen Retiro. Cuando pasaban frente a la iglesia de San José, el señor Cayetano Sanz explicó a Paco Frascuelo:
  -En ese redondel donde hemos estao tomé yo la alternativa de manos del señor Curro Cúchares. Según dicen, esa plaza la mandó hacer el Rey que había entonces, pa que con el producto de las corridas se beneficiasen los hospitales de la Corte. ¡Ya ha llovido!



  El famoso torero no estaba mal informado, porque fue edificada en 1749 por don Fernando VI con el fin dicho. Desde entonces, su prestigio fue en aumento y se convirtió en la más importante de España. Al igual que la de ahora, era la que daba y quitaba en el mundillo taurino. Quien triunfaba en ella podía estar seguro de que su éxito resonaría en toda la Península, aun contando con que entonces, los medios de difusión eran escasos.
  Esta vieja plaza de la Puerta de Alcalá ofrecía una alegre vista con su descotada falta interior, los ciento diez palcos, la gradería cubierta con tres ordenes de asientos y delanteras, y los quince tendidos de piedra, que antes fueran de madera, capaces cada uno, para más de cuatrocientas personas, todo ello encerrado en una pared circular de cal y canto que medía más de mil pies.
  Contaba con enfermería, capilla, habitaciones para el conserje y los carpinteros; corrales, taller, y a la derecha, en edificio separado, unas cuadras y la carnicería. El espacio comprendido entre la plaza y estas dependencias dio en llamarse tendido de los sastres. Allí se apelotonaban, en días de corrida, una caterva de muchachos y cuantos deseaban divertirse acudían para presenciar gratis el paso de los toros, arrastrados por las mulillas, desde el ruedo hasta el desolladero. Frecuentemente, se apoderaban de estos insólitos espectadores tales deseos sangrientos que al pasar ante ellos los toros y los caballos muertos, se empujaban unos a otros, lanzando alaridos salvajes, para acercarse agresivos. Algunos rodaban por el suelo y otros veían cortado su camino por los látigos de los monosabios que caían, sin duelo, sobre sus espaldas. Algunos conseguían montarse en los animales y esgrimiendo palos con la punta aguzada, navajas y hasta puñales, los acuchillaban con furia. Tal saña ponían en esta cruel operación que los toros llegaban a la carnicería con la piel acribillada. Era un espectáculo denigrante y embrutecedor que las autoridades consentían sin hacer nada para evitarlo.



  La explanada donde la plaza se alzaba, ofrecía en los días de festejo un cuadro alegre y luminoso. Los vendedores de naranjas, limonada, abanicos y vino, llenaban el aire con sus hirientes pregones, mezclados con el rodar de los carruajes, el cascabeleo de sus tiros y el bullicio de la multitud.
  Cuando todos estos ruidos comenzaban a apagarse, por estar cercana la hora de la corrida, en el interior adquirían aún mayor proporción. Por lo general, los buenos aficionados tenían ya su sitio reservado, lo cual hacía que cada clase de localidad tuviese sus concurrentes habituales y, a la vez, cada espacio de la plaza peculiares características.
  En la primera fila de la meseta de toril, hallaba su acomodo un hombre singular, por todos conocido y cuya presencia era obligada, perenne e inevitable. Se llamaba Joaquín Marraci. Usaba unos descomunales anteojos, lucía pobladas patillas grises y se le tenía por muy entendido en tauromaquia, porque a gritos daba consejos y advertía a los toreros durante la lidia. Un escritor satírico le definió así: "Bastonero en procesiones, protector de cofradías, azote de las calles, puntal de las esquinas y gacetilla de todo grupo". Llevaba razón. Parecía haber resuelto el problema de la ubicuidad pues, al igual que Dios, estaba en todas partes. También en cierto pliego de aleluyas le llamaron "el hombre universal", porque era socio de cuantas corporaciones científicas, literarias, artísticas, benéficas, taurinas, musicales, obreras, clericales y militares existían en la Corte. Valía para todo y para todo se brindaba incansable. Lo mismo confeccionaba una moña de lujo, que guisaba una paella para veinte amigos; lo mismo organizaba una procesión, que un solemne entierro con carroza a la federica y hacheros. Por su especialidad en este fúnebre menester, Manuel del Palacio dijo de él:
Vive ayudando a morir
a los que luchan inciertos
viendo la muerte venir,
y estos le pagan, ya muertos,
ayudándole a vivir.

  A su iniciativa se debió el traslado de los restos de Calderón de la Barca desde la iglesia del Salvador al cementerio de la Puerta de Atocha; atendió a todo lo relativo a los suntuosos funerales, que a expensas de la Nación, se celebraron en San Francisco el Grande por el alma de Martínez de la Rosa; las monjas de los conventos de Madrid hubieron de agradecerle las limosnas que les procuró, y asistió, con la mayor solicitud, a los enfermos en los hospitales, especialmente a los coléricos en las épocas de epidemia. En pocas palabras: a Marraci se le veía a todas horas en el lugar donde se congregaban más de seis personas. ¡Todo un tipo!



  En una barrera, a la que estaba abonado, se hacía bien ostensible la figura de Antonio Torrijos Chapepa, el más intransigente y escandaloso de los aficionados. Los toreros le temían. Como sería la cosa, que el Gordito llegó a decir:
  -Hasta en Sevilla se oyen los abucheos que me larga Chapepa en Madrí.
  Los tendidos 1, 2 y 3, estaban, casi en su totalidad, ocupados por los partidarios de Cayetano Sanz, entre los que sobresalía el célebre crítico taurino don Mariano Gurisuain, que acaba de fundar El Mengue, y en el 7, llevaba la voz cantante don José Rey, que ponía cátedra analizando las condiciones de una res y la faena de un torero.
  En la barrera del 6 tomaban asiento don Manuel Alvarez Paredes, socio de Juan Mota en el negocio del pescado, en unión de sus hijos Manolita y Santiago, y en la del 14 don José Mondéjar, apoderado de Cayetano Sanz y don Manuel Marqués, que lo era de Curro Cúchares.
  El lugar que más temían los toreros era el tendido 8. En él destacaba el célebre Chironi, pesadilla de la gente de coleta, que le veían hasta en sueños. Con su terrible esquilón, que sonaba en la plaza a toque de difuntos, daba uno, dos, tres golpes, a un repique, según la faena fuese regular, mala, peor o detestable. A su lado, le ayudaba en la feroz crítica, con voces descompuestas, un individuo llamado José María Luna, que se pasaba la tarde gritando:
  -¡No valéis pa na! ¡Si hubiérais visto a Curro Guillén!
  Con ser todo lo dicho digno de señalarse, el tendido más alegre y juvenil era el 5, donde rara vez se sentaba una mujer. No se parecía en nada a los demás. Allí no había gorras ni sombreros hongos. Predominaba el de copa, aunque hoy pueda resultar extraño, y entre sus ocupantes reinaba el buen humor. Eran los mismos que en las tertulias de los cafés La Vieja Iberia y Los Dos Amigos, discutían a gritos de política. Casi es innecesario decir, que imponían su opinión a toda la plaza con manifestaciones siempre unánimes. Otras veces prodigaban chanzonetas y chirigotas que llegaron a hacerse populares y eran siempre acogidas con general aplauso por el resto de los espectadores. Los toreros brindaban las suertes al 5 y las ovaciones del 5 fueron para muchos la base de su reputación.
  Allí sobre la dura piedra, tenían su asiento aficionados tan inteligentes y conocidos como Aguado, Fabierac, Montemar, Alzomora y el escritor don José Carmona, director del antiguo El Enano, ahora, Boletín de Loterías y de Toros. En más de una ocasión, viéronse precisados a salir en defensa de los diestros frente a los intransigentes e hicieron enmudecer, por demasiado severo el cencerro de Chironi. Es pues, natural, que los encargados del orden público de la plaza no perdieran de vista cuanto sucedía en el tendido 5.
   Con motivo de los sucesos revolucionarios del año anterior, algunos de los habituales no dejaron de manifestar sus ideas políticas, y esto hizo que una tarde, aparecieran, mezclados entre ellos, algunos agentes de la policía secreta. Más los hombres del hongo y del rotén no pudieron mantenerse como tales, porque al punto fueron descubiertos. Primeramente con burlas y zumbas, y después a empujones, intentaron arrojarlos del tendido. Resistiéronse estos, sonaron insultos y, en pocos segundos, las gradas fueron testigos de una monumental y ardorosa reyerta a bastonazos, que nadie era capaz de apaciguar. A tal grado de violencia llegó la cosa, que el jefe de la guardia de vigilancia, atropellando a Marraci, colocó en la meseta del toril a un pelotón de soldados. Ante el asombro del público, prepararon los fusiles y apuntaron al tendido. Y habrían sido capaces de disparar si dos comisarios de policía, que se encontraban entre los alborotadores, no hubiesen mostrado, en alto, los bastones insignia de sus cargos, con los brazos en cruz, manifestando su condición de autoridades. Bajaron los soldados las armas y la plaza entera se alzó con gritos de indignación. Hubo señoras desmayadas, personas asustadizas que escaparon despavoridas, órdenes de la presidencia y, por último, desaparición de los soldados y una silba estrepitosa.
  Momentos después, el tendido 5 cobró su aspecto normal, Y fue entonces cuando todos sus ocupantes comenzaron a cantar a coro, acompañándose con palmas, un tango, muy en boga, mientras dirigían sus miradas al palco del general Narváez, presidente del Gobierno:

Usté no es ná
usté no es ná;
usté no es chicha
ni limoná.



  Pero una de las más famosas protestas de aquellos bullangueros espectadores, que por si sola bastaría para acreditarlos como terribles guasones, fue la que una tarde organizaron contra la empresa porque en la corrida habían salido unos toros flacuchos, aunque con la edad reglamentaria. Como un solo hombre, se volvieron todos de espaldas al ruedo, y, a poco, les imitaron los ocupantes de los otros tendidos. En esta posición, conminaron a los de los palcos para que cerrasen los toldillos. Así lo hicieron estos y ni un solo rostro quedó vuelto hacia el anillo hasta que dio fin el festejo. Esta demostración, pacífica y unánime, costó a la empresa una fuerte multa y sacar en la siguiente corrida ocho toros del Duque, aquellos de los que ya se decía en 1846:

Los toritos
de Veragua
como el agua
blandos son,
y lo digo
pues de Trigo
les asusta el regatón.



   Más con ser todo muy atractivo y pintoresco en esta plaza de la Puerta de Alcalá, nada había de tan rancio y clásico sabor como la original figura de Carlos Albarrán el Buñolero, encargado de manejar el cubo del engrudo y la brocha en la fijación de carteles y descorrer el cerrojo de los chiqueros durante las corridas. Era viejo, aunque airoso, un tanto apergaminado y, en su cara llena de arrugas , aun asomaban, cayendo sobre las sienes, unos tufos canosos que él cuidaba con todo esmero. Su estampa se destacaba en el paseo de las cuadrillas como un grabado antiguo junto a una moderna litografía. La antiquísima montera que él afirmaba, muy seriamente, había pertenecido al gran Paquiro; el terno, de color indefinido, lleno de hilachas, con bordados en negro, que caían de puro viejos, y el resobado capote en el que se envolvía con cierto garbo, daban idea aunque remotamente, de lo que fue a principios del siglo XIX el traje de torear. Nadie logró, ni siquiera imitar, el airoso recorte que, montera en mano, daba al caballo del alguacilillo cuando éste le entregaba la llave del toril; y nadie, tampoco, puso en el acto de abrir el portón, para dar salida al toro, tanta solemnidad. Su popularidad era extraordinaria. Los abonados le saludaban con familiaridad; los críticos le dedicaban graciosos pareados en las reseñas y tanto en el patio de caballos como en la calle, nunca pasaba desapercibido. No se hubiera concebido un despejo de la plaza sin el Buñolero. Y lo dijo un revistero de muchas campanillas:

Al abrir los portones del chiquero
y dar salida al toro,
nadie lo hizo y lo hará con más salero
que Carlos Albarrán el Buñolero.

En Festivales de España más sobre el Buñolero

   Los toreros siempre estaban bromeando con él. Y cuando en el patio de caballos se recordaban sucesos taurinos o se hablaba de determinados diestros, muertos o retirados, el Buñolero, que llevaba en la plaza tantos años como el Tuerto, intervenía con su voz lenta, recalcando las palabras:
  -Vosotros no sabéis na de eso, porque habéis llegao, como quien dice, ayer. Entoavia me parece veros ahí, en el tendido de los sastres, a la espera de colaros. Y no habléis de piqueros, porque hoy no se pica como antaño. También valieron pa la guerra. Yo oí decir a mi padre, que en el año ocho se formó en Andalucia un escuadrón en el que toos eran picadores y gente del campo. Con la garrocha en la mano, la navaja en el cinto y el trabuco en la silla, hicieron pasar buenos sustos a los franceses. Luego, don Justo Prieto, que fue teniente de la Visita de Puertas de Madrid, que anduvo por allí, me contó, ya muy viejo, que daba gloria ver a los jinetes empujar a los gabachos sacándolos de las sillas a golpe de garrocha.
  -¡Ya sería algo menos! -dudó alguien.
  -Pues los hermanos Calderón...
  -Esos son buenos picadores -le interrumpió el Buñolero- pero, ¿conoces tu alguno que se eche por delante un toro picándole con el regatón de la vara? Pues eso yo lo he visto yo hacer a José Trigo con un bicho de seis años y escogio. Y escrito está que el señor Manuel Morales Corchado, ganó mil duros en una apuesta por picar seis toros con un solo caballo sacándolo limpio. Y, con media de seda, sin mona, han picado muchos. Al pobre Manolo Ledesma el Coriano, que murió hace poco, le he visto caer, levantarse, tomar un capote y con los hierros puestos, dar media docena de verónicas que ni el señor Cayetano las mejoraría.
  -Diga usté que sí -corroboró un antiguo aficionado de los que nunca faltan en el patio de caballos- ¿Ustés no han visto al señor Joaquín el Charpa? Pues este picador, toreando en Málaga el año cuarenta y siete, salió a los medios, desafió al toro y cebando bien la puya en el morrillo, hizo una suerte de regateo hermosa. El bicho, codicioso, empujó al caballo y al picador contra las tablas. La lucha duró pocos segundos. El Charpa apretó con soberano esfuerzo hasta hacer doblar al toro el cuello. Aquello fue la locura y el delirio de palmas. ¡Cómo sería que, por imposición del público, el presidente regaló el toro al picador!
  -Por eso aseguran que el Charpa tiene el brazo de hierro.
  -Pa que aprendan los de hoy.
  En fin, que no había forma de convencer a el Buñolero de que también en su mocedad hubo malos toros, malos toreros y faenas pésimas. Casi todos, para que no se enojara, le daban la razón. Frascuelo, desde el primer momento, sintió por él una gran simpatía. Le convidaba, le distinguía y le respetaba. Y tal vez por eso, el viejo se aficionó al muchacho y le defendió con frecuencia de algunos compañeros que se mostraban envidiosos de sus éxitos. Frascuelo le llamaba, en broma, su padrino, y cada vez que toreaba, antes de hacer el paseillo, ponía una de sus manos en el hombro del torilero y le decía:
  -¡Vamos a ver, señor Carlos, que me echa usté esta tarde por esa puerta!
  -Si por mi fuese -contestaba el Buñolero- te los elegiría pa que te rieras de toos los fantesiosos.

Florentino Hernández Girbal en Salvador Sánchez "Frascuelo", el matador clásico.

viernes, 25 de enero de 2013

Retazos de la competencia el Tato - Gordito

  [...] Al año siguiente, que fue el de 1868, toreó veinte corridas en la plaza de Madrid (Frascuelo) y otras tantas en provincias alternando con Antonio Sánchez el Tato y con Antonio Carmona el Gordito, sus ídolos de antaño. No puede decirse que estuviera mal en ellas porque su toreo tenía emoción y esto lo valoraban mucho los públicos; pero cierto es que anduvo lejos de los triunfos resonantes que necesitaba para colocarse a la altura de los dos grandes espadas. No había que engañarse. Quienes por aquellos días mantenían a los aficionados divididos y apasionados eran los dos Antonios. Después de sus enfrentamientos en diferentes plazas y de conducirse de un modo, que si bien agradaba a los partidarios de uno y otro, disgustaba a los espectadores sensatos, corrió el rumor de que habían hecho las paces por mediación de algunos amigos influyentes. Mas, en realidad no sucedió así. Frascuelo quedó ajustado para actuar con ellos, digamos como moderador o contrapeso en la enconada rivalidad. Ni el creador del quiebro ni su cuadrilla podían aparecer en el ruedo madrileño sin que los tatistas, que estaban en mayoría, acogieran su presencia, con silbidos, gritos de rechazo y otras demostraciones hostiles, desconocidas en la plaza desde los tiempos del absolutismo. Difícilmente conseguían verse aplaudidos por las personas imparciales.

 
  A poco de compartir cartel en Madrid los tres matadores, se produjo una gran bronca contra el banderillero de el Gordito, José Cirineo, originada por motivos muy claros, la cual se hizo extensiva a toda la cuadrilla y, finalmente, descargó sobre el maestro. ¡Para qué quisieron más los incondicionales de el Tato! Les dominó tal furor, que yo no fueron solamente epítetos los lanzados contra el Gordito, sino que, para hacer su protesta más ruidosa, se emplearon cencerros y pitos.
  Debe decirse que como estoqueador, Antonio Carmona no podía medirse con Antonio Sánchez que ejecutaba el volapié con la mayor perfección; pero tenía un toreo tan alegre, tan lleno de gracia, que se completaba muy bien con el de su rival. Y este contraste fue el que mantuvo, más encarnizada que nunca, la famosa competencia Tato-Gordito. El público la creo, y el periódico taurino El Mengue se encargó de avivarla, poniendo en ello demasiado calor. Tanto, que se hizo sospechoso. Corrió el rumor de que lo pagaba el Tato y que don Mariano Garisuain, que firmaba con el seudónimo de Mariné, lo había fundado el año anterior con la única finalidad de acometer sistemáticamente contra el Gordito, para arrojarle de la Plaza de Madrid en beneficio de su oponente. Esto no pasaba de ser una afirmación gratuita. Garisuain, hombre de gran corazón, taurófilo incandescente, honrado a carta cabal y pobre como una rata, era incapaz de poner precio a su pluma.
  Desde luego, algo, y aun mucho de partidismo hubo en él, porque mientras trataba con benevolencia a Frascuelo y al Tato, la emprendía contra el Gordito, con tanta dureza y tan constantes censuras, que algunos periódicos andaluces, partidarios de Carmona, al que llamaban "gloria del arte", lanzaron de nuevo, contra él la calumnia, ya popular, de que el Tato le pagaba. ¡Allí fue Troya! El Mengue se desbordó, y consiguió con su campaña, que se desbordase también él. La competencia se recrudeció y la Plaza de Toros de Madrid fue teatro de los espectáculos más lamentables a los que puede conducir la pasión taurina.

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Sobre el Gordito 

  El día 12 de julio de 1868, en la decimotercera corrida de la temporada, quedó rota en Madrid la competencia que mantenían Antonio Carmona el Gordito y Antonio Sánchez el Tato. Y sucedió cuando estaba en plena efervescencia la campaña antigordista.
  Carmona quedó muy mal en su primer toro y recibió una silba estruendosa en el segundo. Nervioso y descompuesto, le propinó tantos pinchazos que el presidente ordenó la salida de la media luna. Esto significaba volver el toro al corral, pero el Gordito, desobedeciendo la orden, continuó en su inútil empeño de darle muerte como fuera. El escándalo adquirió caracteres de motín cuando el diestro, encarándose con los ocupantes del tendido 5, lleno de exaltados tatistas, se permitió hacer un además despectivo, entre un infernal griterío, el Gordito fue llevado por dos alguacilillos al palco de la presidencia donde le fue impuesta una multa de quinientos reales.
  Aquella misma noche rompió su escritura con la empresa y juró que no volvería a pisar el ruedo madrileño. La conjuración contra el torero había dado su fruto. La cosa no era nueva. Se repitió la de Ronda que costó la muerte a Francisco Herrera, Curro Guillén; la que animaron los liberales contra Antonio Ruiz el Sombrerero; la de Cádiz contra Juan León Leoncillo y la de Sevilla contra Francisco Montes Paquiro.
  Antonio Carmona el Gordito, salió de Madrid abucheado, pagando con amarguras y sinsabores el triunfo clamoroso que alcanzara en el año 1861. ¡Así es el público de toros!

 
  Tres días después, el Tato y el Gordito volvieron a encontrarse en Cádiz. Allí las cañas se volvieron lanzas para Antonio Sánchez y las espinas se cambiaron en rosas para Carmona. La corrida se convirtió en una airada manifestación de protesta contra lo ocurrido en la Corte. Al disponerse Carmona a matar a su primero, volaron sobre los tendidos multitud de papeles de colores con poesías laudatorias dedicadas al diestro.
 
  El periódico taurino El Látigo, dijo en un largo artículo:
  El público de Cádiz ha dado una severa lección al de la Villa y Corte. Los gaditanos no se arrastran (sic) por el espíritu de pandillaje, ni secundan las miras de los que por fines determinados querían ensañarse con algún diestro con objeto de hundir su reputación bien adquirida.
 
  Cualquiera podría pensar al leer estas líneas que los espadas actuaron tranquilos ante el público sereno. ¡Nada de eso! La corrida transcurrió en medio de un escándalo continuo. Las reyertas entre tatistas y gordistas, fueron tan frecuentes y airadas, que en más de una ocasión se esgrimieron bastones y navajas. La fuerza pública se vio en la necesidad de intervenir para intentar calmar a los belicosos aficionados y algunos pagaron con cardenales, heridas o unos días de cárcel sus entusiasmos toreros. A partir de entonces, Andalucía entera ardió en pasión taurina. En todas las ciudades, numerosos grupos animaron las tertulias de casinillos y colmados dispuestos a enzarzarse, sin más ni más, por defender una estocada de el Tato o un par de banderillas de el Gordito. A tanto llegó la cosa, que en más de una ocasión, la autoridad se vio precisada a echar la tropa a la calle para abortar posibles batallas campales. [...]
 
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Reflexión de Vazqueño

 Todos sabemos el final de el Tato, el toro Peregrino de Vicente Martínez truncó su carrera el verano de 1869, cuando gozaba del favor de crítica y público en el coso madrileño, sucediendo todo lo contrario de Despeñaperros para abajo.
  Carmona sufrió la ira del público merced a un estilo lleno de excentricidades que en Madrid suele ser acogido con recelo, plaza conservadora donde las haya. Ejecutó mal la estocada, lo cual supone una merma vital en aquel tiempo; si bien, a él se le atribuye la invención del par al quiebro, suerte que realzó el segundó tercio de la lidia (hoy en tercer lugar) y que los espadas de aquella época trataban de imitar para no ser menos que el Gordito, consiguiéndolo alguno de ellos, no sin pasar más de un apuro o pagar tributo de sangre.
  Uno es joven y, si gustan, "rutinario, tradicionalista y amigo del ayer" como decía Don Modesto, pero el caso es que no he vivido en mi corta historia como aficionado ninguna competencia enconada entre figuras en las plazas de mayor fuste, pongamos Madrid por ser el coso que un servidor frecuenta. Estoy viviendo la época de grandes (?) como Ponce, José Tomás, Morante o Juli... y aquí estamos, esperando en vano a que se reten, a que demuestren su valer en la plaza, cara a cara con sus rivales. El toreo moderno, la época contemporánea no se presta a esta lides, los ases huyen de la competencia, no hay dinero en España para dar un solo cartel en Madrid en el que se enfrenten, ni acuerdo en derechos de imagen que lo consienta, ni siquiera ganadería que satisfaga a todas las partes, etc, etc... El público pierde, el aficionado pierde, la Tauromaquia pierde.
  Así que entiendan y permítanme que admire a los antiguos y desconfie de la gloria de los modernos. De momento...
 
 
Nota: Los textos son de de Herández Girbal; del libro Salvador Sánchez Frascuelo, el matador clásico. 

sábado, 29 de diciembre de 2012

Hache

 



Un ancianillo cascarrabias y barbiblanco, don Antonio Fernández Heredia, que fue ganadero en tiempos y ante cuyo nombre de guerra -Hache- temblaban ganaderos, toreros y empresarios... así como los lectores pacientes. Era el "Don Quintín" de aquellos tiempos, eterno protestón y perenne descontento, que se indignaba con los que iban a los toros a divertirse y asistía al espectáculo con un maletín, del cual iba extrayendo, en el transcurso de la corrida, gaita, cencerros, pitos, pañuelos de colores y letreros en los que se leía: "Otro borreguito", o "¡Cuidado con la fiera!", los cuales exhibía en la colgadura de la meseta del toril, su localidad, ante el regocijo de los espectadores.

Luis Fernández Salcedo; Mientras abren el toril
 
 
 
 
Fotos publicadas en La razón incorpórea

viernes, 24 de agosto de 2012

Carácter español




16 de octubre de 1913, alternativa de Juan Belmonte. La desastrosa presencia del ganado y el escasísimo juego que ofrecieron, sumado al encarecimiento de los billetes para tan insigne fecha, propicia una severa bronca con invasión del ruedo cuando se corría el que hacía tercero del encierro. La tarde continuó, aunque en los mismos derroteros. Curiosamente, en aquella ocasión, el público sí actuó con la rigurosidad que merecía el abuso; posiblemente en exceso.



  Un español suele ser un buen hombre, generalmente inclinado a la piedad. Las prácticas crueles -a pesar de nuestra afición a los toros- no tendrán nunca buena opinión en España. En cambio nos falta respeto, simpatía, y sobre todo, complacencia en el éxito ajeno. Si veis que un torero ejecuta en el ruedo una faena impecable y que la plaza entera bate palmas estrepitosamente, aguardad un poco. Cuando el silencio se haya establecido, veréis, indefectiblemente, un hombre que se levanta, se lleva dos dedos a la boca, y silba con toda la fuerza de sus pulmones. No creáis que ese hombre silba al torero -probablemente él lo aplaudió también-: silba al aplauso.

Antonio Machado en Juan de Mairena (1936)


-o-


  Una nación, para estar bien gobernada, necestita que el pueblo, sepa adoptar enfrente de la autoridad, una de estas dos actitudes, según convenga; o de sumisión voluntaria en tanto que la autoridad no excede en su jurisdicción propia, o de imperio inquebrantable, si la autoridad fuese arbitraria o abusiva. En las corridas de toros el pueblo aprende y se habitúa a conducirse justamente de las dos maneras opuestas: con mofa y escarnio, ante la autoridad justa e inofensiva; con debilidad, ante la autoridad arbitraria o abusiva. Por una diferencia de apreciación sobre el número de pares de  banderillas, se le llama "burro", a coro, al concejal, diputado o gobernador que preside. Si la Empresa comete un abuso fraudulento, y el presidente con su autoridad lo mantiene, se le llama asimismo "burro", pero en seguida, los espectadores vanse tranquilos a su casa. En aquel libro raro del siglo XVIII, titulado El pensador matritense, el autor de la impugnación contra las corridas de toros refiere cómo los asistentes acosan a denuestos e insultos al alguacil, "sólo por ser alguacil", desmedrada y carnavalesca encarnación del principio de autoridad. ¡Lástima que el cúmulo de energía que se malgasta en los toros no se conserve para la vida cívica y pública, fuera del coso!

  Si injusto es el espectador de toros con la autoridad, no lo es menos como juez de toreros. La justicia impulsiva se excede, por lo pronto, en el fallo; y poco después reacciona, se arrepiente y peca por exceso de lenidad. Nunca mantiene sus sanciones. El espectador de toros aplica a lo toreros la sanción momentánea e impulsiva; les asaetea con viles improperios, les denigra, les mienta la madre, les lanza almohadillas, naranjas y otras cosas arrojadizas; pero sale el toro siguiente, el torero ejecuta una pamplina revolera, y el espectador ya lo ha olvidado todo. El ciudadano español se conduce en la vida pública como espectador de toros.

Ramón Pérez de Ayala en Política y toros (1918)




29 de mayo de 2012, despedida de Julio Aparicio tras cortarse la coleta a raíz de dos tardes de ausencia en cuerpo y espíritu. Bronca con improperios y lanzamiento de almohadillas, de las más gordas que se recuerdan en los úlimos años. (Foto de Extrapicurciela)






Toritos de Madrid jugados en la Feria del santo patrón. Arriba uno de Valdefresno, casta Atanasio-Lisardo; se lidiaron dos de la ganadería anunciada (Vellosino) y cuatro remiendos de Valdefresno. Sobre estas líneas uno de Cuvillo; baile mañanero en su primera tarde (dos devueltos) y remiendos para la segunda, en Beneficencia, cartel anunciado con siete meses de antelación. Así, día tras día. Resultado: no paso nada, niguna manifestación de protesta que significar.


miércoles, 22 de agosto de 2012

El día antes

 
 

 
 
Sábado, 15 de mayo 1920.
 
  - Han desechado la corrida de Albaserrada. Es terciada, pobre de cabeza, y no está gorda. Va en su lugar la de Murube buena moza y tan bien criada como en aquella casa se acostumbra.
  - Pues lo siento. Verás como le atribuyen el cambio a "Gallito". Los toros de esa nueva ganadería habían despertado gran expectación.
  - ¡Pero no hay tal novedad! Santa Coloma ha vendido a su hermano la mitad de su ganado. Es de suponer que se haya quedado con lo mejor. El debut del marqués fue con una corrida pasada, fuera de tipo, que salió bravísima y con mucho temperamento y que trajo de cabeza a los toreros. Pero las aguas tienen que volver a su cauce. Y estos toros pronto serán preferidos por todos los toreros.
 
    [...]
                                         
    ¡Qué desagradable ha sido la corrida! El público iba de uñas contra José, porque, en efecto, le atribuían el cambio de los toros y, además, ha sentado mal que no toree aquí mañana... ¡Menuda silba ha escuchado en el paseo! Para colmo de males, los Murubes, como les ocurre a veces, han dado en caerse, y las  broncas han sido fenomenales. Los dos de "Gallito" han ido al corral y el segundo de Belmonte. Los tres espadas han estado mal, es decir, se han limitado a salir del paso. La gente ha chillado a José con verdadero ensañamiento. Hasta le han tirado una almohadilla. En el sexto toro ha hecho un quite magnífico, por verónicas y con delantaleo, allá por los toriles, y ha salido una voz en el tendido de sol, diciendo: "¡Seis mil pesetas por un quite! ¡Ladrones!"
  Nos hemos apeado del tranvía en la Puerta del Sol y, al pasar por las Cuatro Calles, comentando el infortunado festejo, nos indigna el pregón de un golfillo: "¡La Tribuna! ¡Con el fracaso de Joselito!" ... ¡Como si los demás hubieran quedado a gran altura! ¿Qué llegaría a pasar si hubiera dado un mitin de veras? Mi padre decide, de pronto, ir a verle, porque supone que estará desesperado y casi solo, contra costumbre.
 
Luis Fernández Salcedo; Mientras abren el toril
 
 
-o-
 
 
[...] La aparición del primer bicho fue un escándalo. Con manifiesto escarnio de los espectadores se fue jugando el animal, cayendo y levantándose; la grita era imponente; el pobre toro, muy noble, muy bravo, pero sin poderse tener, no debió ni salir por los chiqueros. Cuando tocaron a matar y salió Joselito, un espectador tiró al diestro una almohadilla y le dio en pleno rostro. Gallito, entonces, soltó los avíos y se negó a torear. El presidente, como la otra tarde, torpe y tardíamente, mandó salir los mansos. Salieron, y el cornúpeto no los quiso seguir. En otra de las caídas de la indefensa fiera le dieron la puntilla. El tremendo alboroto no era más que... templar. Faltaba el resto de la tarde en igual tono, en continua protesta, en confusión, denuestos, burlas y ocasión ejemplar para que los isidros de Navalagamella vean que sus acreditadas capeas son un Areópago al lado de una fiesta de toros en Madrid [...]
 

Aquel domingo 16 de mayo, en Talavera de la Reina, el toro Bailaor de la ganadería Señora Viuda de Ortega segó la vida del Rey de los Toreros