lunes, 31 de diciembre de 2012

Recordando a Fundi

  Los libros de toros que se editen a partir de hoy, deberán reseñar que Fundi ha sido, indiscutiblemente, uno de los mejores intérpretes de la historia ejecutando la suerte de matar, materia que no es baladí precisamente. Tengo un recuerdo marcado a fuego, no sé precisar la fecha, hará cuatro o cinco años, ocurrió en la plaza de Las Ventas. Andaba Fundi intentando sacar provecho de un toro cárdeno en vano, de Adolfo o de Victorino, tampoco lo recuerdo; el típico toro de ese encaste que pasa midiendo y busca las zapatillas, el torero tiene que corregir constantemente la posición, un toro muy complicado en redondo, más para lidiar que para torear. El público de Madrid acoge la faena entre pitos constantes, todavía perduran rencillas del pasado... Llega la hora de la verdad, Fundi toma el estoque, se perfila, y yendo recto a por el bicho, marcando los tiempos con admirable perfección, le asesta un espadazo en toda la yema hasta las cintas, mojándose la mano de sangre. Apenas tres segundos tardó el toro en caer desplomado, completamente muerto. ¡Ni los más viejos del lugar recordaban ver morir un toro de casta Albaserrada con tal celeridad! Fue en terrenos de la enfermería, a continuación, Fundi cruzó el platillo a paso marcial, con la cabeza bien alta, hacia el burladero de matadores, mientras sonaba una ovación seca, rotunda. En ese momento, lo miré y fue como ver un Dios.

Texto extraído de una crónica públicada en este blog a propósito de la tarde postrer de Fundi en Madrid.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Hache

 



Un ancianillo cascarrabias y barbiblanco, don Antonio Fernández Heredia, que fue ganadero en tiempos y ante cuyo nombre de guerra -Hache- temblaban ganaderos, toreros y empresarios... así como los lectores pacientes. Era el "Don Quintín" de aquellos tiempos, eterno protestón y perenne descontento, que se indignaba con los que iban a los toros a divertirse y asistía al espectáculo con un maletín, del cual iba extrayendo, en el transcurso de la corrida, gaita, cencerros, pitos, pañuelos de colores y letreros en los que se leía: "Otro borreguito", o "¡Cuidado con la fiera!", los cuales exhibía en la colgadura de la meseta del toril, su localidad, ante el regocijo de los espectadores.

Luis Fernández Salcedo; Mientras abren el toril
 
 
 
 
Fotos publicadas en La razón incorpórea

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Casta Navarra


Pero hay tres detalles que infundían temor en cualquiera que se pusiese delante del torillo navarro o lo conociera de veras: su capa, principalmente colorada, pero de un color vivo, inquietante, en ocasiones de pelo extremadamente largo y ensortijado, que les daba apariencia de reses montaraces; su cornamenta, corniveleta, muchas veces en forma de lira, como dos antenas que surgieran del testuz, no excesivamente grandes, pero sí muy finas y afiladas; y su mirada, penetrante, seria, concentrada, que calaba tanto más hondo que sus afilados cuernos, capaz de dar cornadas en el alma.
Rafael Cabrera Bonet
De poca armadura, cargados del cuarto delantero y muy almendrados de atrás, churros, con pelo rizoso y fino, de patitas cortas y también rizadas, cariavacados, carifoscos, con los cuernos cortos, blancos y veletos. Cuando se presentaron en Madrid, les llamaban los toricos saltarines porque a pesar de su corta estatura, saltaban fácilmente el callejón, no por huida sino persiguiendo a  los toreros. Resultaban muy bravos, con mucho nervio, ágiles y duros. Eran inteligentes, astutos, ligeros, feroces, impetuosos, intrépidos, fogosos, malhumorados; arrancaban de lejos a los caballos, a los que mordían y pateaban en el suelo; se revolvían pegajosos y a la muleta llegaban broncos y difíciles, tirando muchas cornadas desarmando y derrotando alto.
Luís Fernández Salcedo
Aunque son pequeños los de esta provincia, en bravura y astucias son demasiado grandes. Que los picadores que sin experiencia lo ven tan menudos, los exageran con el diminutivo de los torillos de Navarra; pero el escarmiento les reforma el desdén, y los compensan después con el mote abultado de Señores Toros.
José Daza, picador de toros
Tienen la particularidad de vérseles llorar cuando se consienten muertos de la estocada y no pueden coger al lidiador. En los momentos de expirar no buscan terrenos para echarse, al contrario se engarrotan, y en pie exhalan el último aliento. 
[...] Escarbaba con tanta furia que parecía hacía sepulturas para enterrar a los hombres que su braveza había de volver yertos cadáveres [...]
Fernando García de Bedoya
[...] De aquellos que, agitados de ardor ciego no respiran ambiente, sino fuego [...]
[...] Salió vomitando furias y respirando fuego, abriendo calle entre los toreros a punta de lanza [...]
Anónimo
Preñada nube de horroroso estrago
parece; pues mirando lo fogoso
es relámpago horrible cada amago;
trueno cada bramido pavoroso;
rayo la asta que al Tártaro lago
al que hiere remite furioso
y contra el que retando le hace injuria
es relámpago, trueno, rayo y furia.
Pedro Esteban Alava
Ágiles como serpientes, veloces como flechas, secos como el pergamino.
Carmena y Millán 


Vicente Domínguez, una vida en imágenes from Angel Lopez Aleman on Vimeo.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Don Alonso Moreno de la Cova y el toro que se nos va

Don Alonso Moreno de la Cova

 

Seis estampas de toros 

  Don Alonso Moreno de la Cova es un sevillano jaranero, en el buen sentido de la palabra, no juerguista, sino optimista y parlanchín, y fantasioso, pero hombre serio que ha heredado su afición al toro y, por consecuencia de ella, es ganadero que lucha en las tientas y estudia los sementales en busca del renombre y el prestigio para su hierro. Mas para obtenerlo no lo persigue para lo que se ha dado en llamar el toro comercial. Lo rastrea con el fin de alcanzarlo simplemente con el toro de hechuras de tal y, a ser posible, con hechos de bravura. Ejemplo de esto ha sido la corrida de hoy.
  Por el chiquero han salido seis estampas de toro. Regordíos, pero finos de línea. Regordíos, pero no cebados. A la figura de su línea se unía la finura de sus cabezas, la hermosura de sus corpachones. Casi todos fueron ovacionados de salida. En la boca de los espectadores se agolpaban los piropos. Pocos animales existen que provoquen el requiebro encendido, ardoroso, rendido, como el que se dirige a una estupenda mujer. De ella se dice como resumen de nuestra pleitesía: "¡Eso es una mujer!". El elogio de la corrida de don Alonso Moreno también se contiene en la exclamación entusiasta: "¡Eso es un toro!".
  Don Alonso es de suponer que haya traído a Madrid la flor de su ganadería. Los toros de más esclarecida reata. Los hijos de madre de alta nota. Hasta ahí es adonde puede llegar un ganadero con respecto al comportamiento de sus toros. Este no depende enteramente de él. Múltiples e intrincados misterios se reúnen para que su bravura y su nobleza sea una incógnita imposible de anticipar con aproximada certeza. Lo que sí puede hacer, y tantos ganaderos no hacen, es cuidar la presentación de su corrida. Que sean toros cuajados y no lombrices disfrazadas con cuernos. El ganadero concienzudo puede pintar estampas de toro. Lo que no puede es animar las estampas con la vida de la bravura y de la nobleza. Cuando la estampa gallarda de un toro se ofrece a la pública aceptación, el ganadero ha cumplido con su deber no por elemental menos trascendente.
  Me interesa recalcar el contento de la gente ante la aparición de cada una de las seis hermosas estampas. El ruedo lo llenaba el toro. Palidecían los trajes de luces. No parecían negros los toros. Brillaban en el dorado de la arena con el fulgor de su belleza, que deslumbraba los ojos habituados a las lombrices, a los gatos, a los borregos y demás animales que pasan por toro sin serlo. Resplandecía la majestad de su presencia. ¡Eso es un toro!
  [...] La corrida la llenaron seis estampas de toros. Seis estampas que ojalá sirvan de modelo para toda clase de ganaderos y para que el público vaya dándose cuenta de que habiendo toros en el ruedo la fiesta adquiere lo que el torito no puede proporcionarla. Hermosura.

Antonio Díaz-Cañabate
***

  Estas eran las palabras que Antonio Díaz-Cañabate  escribía en el ABC publicado el día 29 de mayo de 1970, era la decimoquinta corrida de San Isidro. Los toros, como habéis visto, fueron de don Alonso Moreno de la Cova, el mexicano Antonio Lomelín confirmó la alternativa, actuando Andrés Vázquez como padrino y José Manuel Inchausti "Tinín" como testigo.



  Estos días hemos recibido la noticia, fatídica noticia, que el heredero de los toros de don Alonso Moreno está a punto de mandar al matadero, si no las ha mandado ya, las últimas vacas de la ganadería. Esto significa que al correrse por alguna ciudad del Levante los pocos machos del hierro de la puya que restan, la rama única de Urcola que constituye esta ganadería habrá desaparecido. Lo sabíamos, don José Joaquín Moreno Silva nunca engañó a nadie y, desde hace años, viene anunciando la desaparición de los alonsomoreno, principalmente por haber sido condenada al ostracismo a pesar de obtener buenos resultados en la mayoría de comparecencias venteñas, sumado a un bache pasajero en los años del toro-elefante de Manolo Chopera. Pero uno siempre alberga esperanzas y vive con la quimérica ilusión de ver triunfante ganaderías de las que hablan emocionados los aficionados veteranos: los Alonso Moreno es un ejemplo de ello, igual que los Tulio, los Murteira Grave, los del Conde de la Corte, Atanasios... ganaderías en boca de aficionados que no hace tantos años vieron como impregnaban de bravura la arena del coso capitalino.



  El toro de guarismo en el brazuelo hizo mella en muchos encastes, igual que sucedió con el toro mastodóntico de los noventa. La figura aposentada en su nube, carente de la vegüenza torera propia del oficio. Las presiones sanitarias y la dañina legislación para con el toro de lidia; el maltrato de las empresas y el mundillo taurino; el olvido de los aficionados por reivindicarlos... Todo ello nos lleva a la penosa situación actual, de forma inexorable observamos como las castas del toro bravo, patrimonio genético único e irreversible, se ven abocadas a la desaparación. Y si las castas del toro van al matadero, el aficionado a toros muere en parte y, por ende, la extinción no es sólo del toro, es también de esos tipos que van a la plaza a degustar la buena lidia y la codicia de un toro.
 

  Reviso el libro publicado por el denominado en su día Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación a propósito del Real Decreto 60/2001 de 26 de enero, en el cual se recogen los encastes reconocidos hasta ese momento, los prototipos raciales del vacuno de lidia. Me dirijo al capítulo sobre Urcola y leo que "estos toros han propiciado en muchas ocasiones éxitos importantes a los toreros gracias a su bravura encastada, que ha sido tradicionalmente capaz de aunar la nobleza y el temple con el picante". Lo llamativo llega al recordar que "las ganaderías más importantes que descienden del minoritario encaste de Urcola son las de los herederos de Alonso Moreno de la Cova, herederos de Salustiano Galache, María Teresa Calderón, Caridad Cobaleda y una de las dos ramas de Francisco Galache. Por lo general los ejemplares de Moreno de la Cova resultan más corpulentos que los de las cuatro divisas salmantinas".
  Bien, a ver si ahora que hemos perdido la rama de Alonso Moreno, el corrompido mundillo taurino espabila de una vez y activa los mecanismos necesarios para que no suceda lo mismo con la rama Urcola que se encuentra careando en tierras salmantinas. No lo verán nuestros ojos, pero oye, por pedir que no quede.
 

  Por cierto, en el festejo de marras que pormenorizaba el maestro Cañabate, salió por la Puerta Grande de Madrid, con tres orejas, Antonio Lomelín; torero de valor, gran banderillero y sensacional estoqueador.
  Hay que dar más valor si cabe a la excelente presentación del ganado por parte de don Alonso Moreno relatada por Cañabate, teniendo en cuenta la guerra de guerrillas que se había fraguado en torno al abuso producido por la lidia de muchos animales utreros. Por aquel año, en 1970, ya se había conseguido que los añojos se herraran con el guarismo de nacimiento en el brazuelo, pero todavía no se jugaría la primera camada hasta el año 1973.  
  El sexto, Napolitano, fue honrado con la vuelta al ruedo tras ser doblemente desorejado. El juego en general fue bravo, boyante y noble; salvo el cuarto, Cocinito, condenado a banderillas negras que de todo hay en la viña del Señor (antes no se andaban con chiquitas porque en el San Isidro 2012, tranquilamente, podríamos haber condenado con garapullos de castigo a toda la corrida de El Cortijillo, por ejemplo).
 
***
  Las fotografias que acompañan son cosecha propia, de Javier Salamanca, o mangadas de los blog Saccus Tauri y Carrer y Plaça

domingo, 2 de diciembre de 2012

Hostilidades entre Miura y Desperdicios

Manuel Domínguez, Desperdicios

 Verificose en el circo gallístico de Sevilla una renombrada pelea, en la que se cruzaron importantes apuestas.
  Eran los dueños de los gallos el ganadero D. Antonio Miura y el espada Manuel Domínguez. En la pelea salió vencedor el gallo propiedad del matador de toros. El despecho del ganadero fue grande.
  A los pocos días se celebraba en la plaza de Sevilla una corrida de toros con reses del citado ganadero, y era uno de los matadores encargados de despacharlas el referido Manuel Domínguez. El ganadero, recordando lo pasado, encontrándose en el Suizo con varios amigos, dijo: "Veremos cómo mata ese valiente al tercero de los toros, que es un buen mozo con teinta y dos arrobas en el pellejo".
  Llegó lo que dijera D. Antonio a noticia del matador.
  El día de la corrida, y una vez en el redondel el toro de referencia, mostró el bicho no pocas dificultades.
  Al llegar la hora de estoquearlo, Manuel Domínguez brindó la suerte al palco de ganaderos, y cuando se disponía a ir en busca del enemigo, oyó una voz que le decía: "Ese gallo no me lo mata usted".
  Hizo el diestro que le corrieran al de Miura bajo el palco de ganaderos, y una vez en él, dirigiose al ganadero: "Don Antonio, ¿quie usté que se lo suba ahí arriba?", a lo que contesto el ganadero: "Quiero que le dé buena muerte".
  -Pues allá va por la salú de usté.
  El diestro ejecutó con el toro una excelente faena y lo tumbó de una estocada recibiendo.
  Sacó el estoque y dirigiéndose al palco dijo: "Señor D. Antonio, lo mismo que a este que está a mis pies, mato a toos los de su ganadería y también mato a toos los gallos que usté críe".

Caireles, Chascarrillos taurinos.

 
Más sobre la vida y proezas de Manuel Domínguez en La razón incorpóreaLarga cordobesa

martes, 20 de noviembre de 2012

Esplá y el toro

  Para reponerme del shock a raíz de las palabras de Juli, recupero unos vídeos del maestro (esto es, dominar todo tipo de toros y todas las suertes) Luis Francisco Esplá hablando de toros en el mismo programa y con el mismo periodista que Juli hacía. La profundidad y sabiduría del discurso induce a reflexión constante, podrá haber desacuerdo como es normal, pero no produce esa sensación de desconcierto, como si uno fuera víctima de un timo, que las palabras de Juli originaban. Disfruten:

Primera parte

Segunda parte


lunes, 19 de noviembre de 2012

Juli y el toro

 El Juli, desde su burbuja, en un ejercicio histórico de hipocresía y demagogia, reflejo fiel de la perdida tremenda de orgullo, vegüenza, y gallardía torera que predomina en la actualidad entre los que dicen ser mejores toreros; nos cuenta sus impresiones sobre las ganaderías que hace frente, en un alarde de extraordinaria oratoria según dicen sus acólitos.
 Transcribo literalmente sus declaraciones en Tendido Cero, podríamos comentar muchas cosas sobre ello, para qué, no importa lo que digamos, los aficionados importamos un pimiento. Él es el mejor, es sus manos estamos. Y yo me echo a temblar.

  Federico Arnás pregunta, Julián López "El Juli" responde; disfruten:

 
-Has toreado 39 corridas de toros. Vemos las ganaderías y son todas de distintas ramas de Domecq, no me gusta hablar de monoencaste porque no se ciñe a la realidad pero estamos hablando siempre del mismo tronco, del mismo árbol.
 
-Sí, creo que es verdad que pueda haber modas, que pueda haber oportunidad de momento, pero también hay que ser consciente de la realidad, al igual que yo entiendo que se matan muchas ganaderías de la misma rama, entiendo que es el toro que más se adecua a lo que el público quiere ver y la muestra es que las tardes más importantes del año, salvo algunas excepciones, los momentos históricos han sido con este tipo de toro y de ganaderías, y a eso no hay que darle la espalda ni hay que ser demagogo con lo que significa el toro de las figuras. Si hay un hecho histórico este año es la encerrona de José Tomás en Nimes, lo ha hecho con el toro de las figuras, con el toro que buscamos todos, y con ese toro ha sido capaz de emocionar y hacer una tarde histórica. Manzanares en Sevilla, Talavante, Perera, Morante, yo; todos los toreros que hemos hecho las grandes faenas de nuestra temporada han sido con ese tipo de toros. El rabo de Jerez fue con un toro bueno, con un toro que embiste como nosotros queremos.
Entonces, qué es lo que pasa, que sinceramente creo que muchas veces el toro de las figuras la gente lo quiere atribuir cuando sale el malo, cuando sale el toro parado, cuando sale el toro sin fuerza, cuando sale el toro que no vale, y ese toro a nosotros no nos vale ni nos gusta. No nos gusta. Para nada. Pero creo que sí hay que ser más justo porque el toro bueno de las figuras es el que crea ahora mismo más espectáculo.
 
 
 
-Pero permíteme que haga una corrección a esto. Estás hablando de triunfos de tus compañeros pero te voy a decir ganaderías con la que han triunfado otros compañeros: Toros de Alcurrucén, ha sido un año muy bueno de la familia Fraile, por ejemplo, hablamos no del Pilar, hablamos de Valdefresno, del Puerto de San Lorenzo, es decir hablamos de Atanasio con Lisardo. Ha sido un año muy bueno de Victorino Martín. Y si hay alguien que puede con todo absolutamente es Julián López "El Juli" y por eso hay muchos aficionados y muchos partidarios de Julián López "El Juli" que dicen: también me gustaría verle con esas ganaderías.
 
-Yo creo que muchas veces la perspectiva de las corridas depende de quién las mate, se le exige de una manera y se le exige de otra. Creo sinceramente que hay corridas de las llamadas figuras que si se mataran en carteles con un tinte torista darían un gran espectáculo. Pero lo que quiere ver el público cuando torean las figuras es una forma de torear que hace falta un tipo de toro. Es evidente que sale en muchísimas ganaderías y soy el primero en reconocerlo, y hay ganaderías extraordinarias pero nos movemos en base a un historial, a una serie de acontecimientos. Qué pasa, que a lo mejor muchas veces somos injustos también con algunas ganaderías, lo cual también lo reconozco, pero te da más confianza la regularidad porque nosotros somos los que más responsabilidad tenemos de triunfar. Tu imagínate yo en el mes de marzo que no tengo ninguna corrida firmada porque yo en el mes de marzo no tenía ninguna corrida firmada, o una en el mes de julio, cuando llego a Olivenza y tengo que solucionar lo poquito o lo mucho que pueda en Olivenza. Yo tengo una responsabilidad y yo busco el toro con el que más pueda emocionar al público y con el que más pueda hacer el toreo que yo quiero. Qué pasa, que cuando no sale, pues nos critican, pero es que cuando no sale, ese toro tampoco nos gusta a nosotros. No nos vale, ese toro no nos vale, nos vale el bueno. Y las exigencias con ese tipo de ganaderías es muchísimo superior a con otro tipo de ganaderías.
Hay corridas de las denominadas... yo no quiero entrar en toristas porque no creo en el torismo, ni creo en el torerismo, ni creo en lo comercial, ni creo en eso, creo en el espectáculo. Pero hay corridas de ese tinte que embistiendo un toro se justifican, y corridas de las figuras que embistiendo tres toros dicen que ha sido mala. Entonces, creo sinceramente que muchas veces no se es justo y entiendo que se juzga muchas veces el toro de las figuras por el toro malo y ese toro nosotros no lo queremos. El toro parado, cayendose, o sin moverse, o soso, el primero que no lo queremos somos los toreros.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Granizo, de López Navarro

  El domingo 9 de marzo de 1884 se celebró una novillada especial en la Plaza Vieja de Madrid, lidiándose cuatro ejemplares en puntas, dos de la apreciable ganadería de Boquete, en segundo y tercer lugar; y los restantes, de la torada de López Navarro. Los espadas, el Marinero y Fuentes (Hito), hermano de Bocanegra.
  Previo a los novillos en puntas, se lidió un novillo embolado para José Medrano, según el revistero: nuevo en la plaza de Madrid y creemos que en todas las del reino. El bicho fue devuelto a corrales bajo un foribundo escándalo y lluvia de naranjazos, pues Medrano tomó el olivo nada más principiar la faena de muleta y fue sustituido, no sin disputa, por un torerillo espontáneo llamado Arvelini, incapaz de finiquitar al de las bolas. Un espectáculo digno de Carabanchel. 

  En cuarto lugar salió nuestro protagonista, así cuenta la salida y el tercio de varas la pluma de El Toreo, con el pseudónimo de Juan de Invierno: 




 Es en la segunda parte de la reseña donde descubrimos la ajetreada lidia que protagonizó el burel de López Navarro, que hubo de aguantar media hora para recibir el cachetazo final, saltando al callejón un total de 19 veces más 6 intentos infructuosos. Hay que significar que la barrera de aquella plaza difería de la actual de Las Ventas en sólo 10 centímetros menos.
  Un acontecimiento sin parangón. El novillo Granizo ofreció una lidia, cuando menos, extraordinaria y singular:



  Sirva el novillo Granizo como ejemplo de animalidad salvaje y rusticidad que detentaba el toro decimonónico, sin ánimo de hacer afrenta a la ganadería de Carlos López Navarro, formada con reses de la Tierra, que previamente tuvo en su poder Francisco Arjona Guillén "Curro Cúchares" y anteriormente el Marqués de la Conquista; y que sirvió para formar, en buena parte, la vacada de Juan Manuel Sánchez Hernández "Juan Carreros".
  Qué clase de barbaridades sobre Granizo diría hoy la crítica especializada, esa que hace saltar todas las alarmas y se ve desbordada cuando presencia una corrida de comportamiento seco que vende muy cara la muerte, pidiendo matadero o tachándola de moruchada. Vaya usted a saber...

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Don Modesto, cronista taurino

 José de la Loma, Don Modesto (1860-1916), fotografía publicada en La razón incorpórea

  El 25 de marzo de 1915, José de la Loma, Don Modesto, en la "Charla Taurina" que dio en el Círculo de Bellas Artes de Madrid se encarga de aclarar taxativamente los términos "revistero de toros" y "cronista taurino". Estima Don Modesto que el revistero es un, llamémosle así, índice de los capítulos de la corrida. Un fiel o infiel (que hay de todo) narrador de los sucesos que tienen la arena como lugar de acción. Es un detallista. Debe, por imposición de sus obligaciones, anotar y consignar, para trasmitírselo al público, cada uno de los lances que en la fiesta se suceden. Hay una enorme masa de público que quiere saber al detalle lo que en la corrida ha ocurrido y el revistero debe satisfacer su curiosidad, no olvidando el más ligero pormenor. Resalta a continuación que, apenas concluida la corrida, se lanzan a la calle periódicos profesionales que relatan los incidentes de la fiesta. Luego, dos horas después, El Heraldo, La Correspondencia, La Tribuna, El Mundo, España Nueva y otros varios amplían estos informes y cuentan a sus lectores punto por punto, toda la corrida de toros. Aquí está el revistero. Esta es la misión del revistero: El Barquero, Claridades, P. Álvarez, Pepe Laña, Corinto y Oro han popularizado sus seudónimos relatando con escrupulosa sinceridad los lances del espectáculo. Luego, al día siguiente, surge el cronista taurino. Este no es un detallista. Sería ridículo que lo fuese. Aquí, dados los poderosos medios de comunicación que existen, saben los periódicos cualquier suceso ocurrido en Europa o América a las dos o tres horas. Y en ediciones ordinarias o especiales se lo dan a sus lectores. El aficionado de pura cepa -dice Don Modesto- compra los periódicos taurinos y los de la noche para leer la revista de toros. Ese no espera a mañana. Quiere saber lo que en la plaza ha ocurrido y consulta la opinión de los revisteros. Al indiferente, al aficionado templado, que sólo lee el periódico de la mañana, no le importa saber si el picador "H" puso una vara baja, o si el banderillero "M" clavó un solo palillo. Quiere una impresión de la corrida. Lo bueno o lo malo ocurrido en ella, comentado con más o menos gracia, con mayor o menor ingenio ¡Y aquí surge el cronista taurino! Este tiene el deber de comentar, con arreglo a su especial criterio, los lances más importantes de la fiesta. Debe juzgarlos y clasificarlos. Debe dar a cada lidiador el pago a que por sus faenas se haya hecho acreedor. Y es ahora cuando afirma Don Modesto:
  Yo, por escribir en El Liberal, diario de la mañana, soy cronista taurino, no revistero de toros. Y añade inmediatamente: Muchos se lamentan de que en mis crónicas omito incidentes de la fiesta que tienen interés, y creen que lo hago por olvido. No señores, lo hago deliberadamente. Porque creo que mi misión se circunscribe a comentar lo de más bulto, y a dejar en la sombra lo anodino, fútil e insustancial. Y para terminar, proclama:
"Cronista soy, pues, y cronista seré mientras las circunstancias no dispongan otra cosa. Los que intentan mortificarme, llamándome despectivamente revistero de toros, no consiguen su propósito. En primer lugar porque el cargo no es deshonroso, y después, porque todos los revisteros de toros, que yo conozco, son personas dignísimas, mucho más inteligentes y con más sentido común que esos ridículos, sucios y fracasados pedantuelos que los combaten".   Sobre la crónica taurina impresionista de Don Modesto escribe José María de Cossío, en el tomo II de Los Toros:

"Una concepción nueva de la revista taurina iba a implantarse por obra de un ingenioso revistero, que no fue, o acaso no quiso ser, sino eso: revistero taurino. (...) Don Modesto, que siempre ejerció su magisterio en las columnas de El Liberal, comienza a escribir hacia 1890, y ya en sus primeros tanteos procura encontrar una manera personal de enfocar la crítica de la fiesta. Coincide su época con la del Impresionismo, y esa intención periodística influye sin duda en la concepción de su menester periodístico y hace la crónica impresionista de la fiesta. De ella no escogió sino los momentos más expresivos para su relato y su ingenio aporta todo género de amenidades y anécdotas de distritos distantísimos para redondear el juicio. Este suele ser hiperbólico y desaforado, pero lo es viéndose la intención cómica del cronista, como se veía y con toda claridad en Sobaquillo (Mariano de Cavia), muy dado también a exageraciones jocosas. La crónica de Don Modesto no es siempre modelo de buen gusto literario, pero siempre es personal y apasionante. En su tiempo de plenitud, que fue el de la competencia de Bombita y Machaquito y posteriormente la de Bombita y Gallito, llegó a ser, sin disputa, el revistero de más prestigio y más leído de todos." 
María Celia Forneas; La crónica impresionista de Don Modesto  
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  Don Modesto fue el crítico que más pasiones desataba, el de más influencia y el que hacía subir la tirada del periódico cuando salían sus artículos de toros. Era irónico, beligerante y pendenciero y lo mismo usaba del estilo epistolar que del conversacional, del lírico que del escueto. LLevó a la crónica taurina rigor intelectual, agudeza de ideas, cierto conceptualismo y el gancho de sus titulares. Valga como ejemplo referido a la sosería de Vicente Pastor: "Es un huevo sin sal".
  Aunque José de la Loma se declare el primer cronista, la revista de Abenámar empieza a tener ya algo de crónica. Y no digamos la de Sobaquillo (Mariano de Cavia), con el que Don Modesto tiene muchas afinidades.
  Mariano de Cavia decía de sí mismo que no era un escritor taurino, sino "un modesto guisandero que da más importancia a la salsa que a los caracoles"; autoinculpación que, para desacreditarlo, aprovechó uno que firmaba sus revistas como Uno al Sesgo, diciendo que "Sobaquillo, hace sus crónicas como un estofado de conejo, pero sin conejo". El conejo, inexistente según Uno al Sesgo, eran, por supuesto, las peripecias de la corrida que Sobaquillo simulaba ignorar.
  De los reproches que se le han hecho a Don Modesto, el más acusado es la pluralidad de sus gustos y el de elogiar siempre al fenómeno de turno. Él lo atribuía al sentido común y a la obligación del periodista de seguir los vientos de la actualidad. Don Modesto no era crítico cambiante, sino acumulativo. Le cabían muchos toreros en la cabeza, como a los buenos aficionados les caben muchos toros. Sin que dejara de censurarlos cuando era menester, Don Modesto fue, sucesivamente, machaquista, pastorista, belmontista, gallista. Su unica pasión perdurable fue Bombita. José de la Loma es el claro precedente, lugar acaso compartido con Mariano de Cavia, de Gregorio Corrochano que excedió a sus precursores en estilo literario y en elegancia expresiva.
Javier Villán; La crítica taurina
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  Sobre su diversidad de gustos y alabanzas al figura de turno, no sin razón, Don Modesto escribió:
  Cuando Don Modesto contemplaba con el cabello erizado aquellas tremendas faenas de Bombita, con terribles bueyancones Don Modesto era bombista.
  Cuando a Don Modesto se le achicaba el corazón viendo a Machaquito acostarse en el morrillo como si se echara sobre un colchón de muelles, Don Modesto era machaquista.
  Cuando Don Modesto aclamaba frenético a Vicente Pastor, sereno, imperturbable, toreando y dominando con la izquierda como ninguno y arrancando a matar con los ojos clavados en las agujas para llegar a ellas con la mano, ¡ah!, entonces era pastorista.
  Cuando Don Modesto presenció aquella inenarrable faena de Belmonte el día 2 de mayo, y le vio de novillero dar cinco verónicas sin enmendarse, que no las había visto dar nunca, Don Modesto era belmontista.
  Y ahora que ve todas las tardes y en todas las corridas y en todos los toros, sean grandes o chicos, bravos o mansos, broncos o suaves, difíciles o inocentes, a Joselito, triunfar siempre, entendiéndolo todo, dominándolo todo, allanando obstáculos para otros, invencibles, como si fuesen leves montoncillos de arena, ahora es joselista, tiene que ser joselista; la razón, la lógica, el sentido común le impulsan a ser joselista.
  Este Don Modesto cambia de ídolo de día en día.

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Madrid, tarde del 16 de octubre de 1913, en principio se anunciaron toros de Bañuelos para Machaquito, Rafael El Gallo y Juan Belmonte
  Para finalizar, un escrito recogido el día después de tomar la alternativa Juan Belmonte en Madrid, en El Liberal del viernes 17 de octubre de 1913. Tras la crónica de una tarde agitada, con invasión del ruedo incluida, titulada "Lo que se temía ¡Once toros en el redondel!", a modo de conversación, Don Modesto deja una muestra de su extraordinaria clarividencia taurina reflexionando acerca de la labor de Juan y sus insólitas cualidades como torero. Ahí va:  
  ¡Ya es matador de toros Juanito Belmonte!
  De la solemne ceremonia de su doctorado guardará el simpático trianero perdurable memoria.
  Todos sus mayores enemigos, en apretada piña y sabiamente aconsejados, no le hubieran logrado preparar una ratonera más hábil ni más astuta. Si ayer no cayó Belmonte desde su pedestal y se rompió la frente contra el suelo, fue precisamente por ser fenómeno. Fenómeno en lo suyo, no pretendan ustedes que ahora nos borre Belmonte a Salvador dando estocadas.
  Me dirijo a los que niegan el agua y el fuego al diestro de Triana. A los que con los lentes empañados por el uso, no ven, o no quieren ver, lo que es realmente fenomenal en este torero.
  Esa su manera de torear de capa y ese su modo de jugar la muleta, todo ello en lucha franca, cara a cara con el bruto, que "le lame" cien veces los alamares de la taleguilla, ni tiene ni ha tenido igual en la lidia de los toros. Es un asombro; es un caso increíble si no se viera. Es un fenómeno.
  Los rutinarios, los tradicionalistas, los enamorados del ayer, ponen el grito en el cielo cuando se nombra a Lagartijo y Frascuelo hablando del ayer.
  -¡Es un profanación!
  -¡Es un sacrilegio!
  -¡Es una herejía!
  Yo confieso que no me acuerdo de Rafael ni Salvador cuando veo torear de capa a Belmonte. ¿Para qué? ¡Cómo me he de acordar de Juan Pérez o de Pedro López oyendo una obra colosal de Wagner!
  Ni hay herejía, ni hay sacrilegio, ni hay profanación.
  Al hablar de Belmonte toreando de capa, no se puede uno acordar de nadie. Porque torea como nadie.
  Si Guerrita, Fracuelo y Lagartijo ganaban seis mil pesetas cuando se retiraron, Belmonte, sólo por torear de capa, debía ganar sesenta mil.
  ¡Cómo se reirán los viejos aficionados!
  -Este "Don Modesto" ha perdido el poco juicio que tenía -dirán.
  Sí, sí. Ríanse lo que quieran, pero díganme una cosa.
  ¿Quién ha toreado de capa como toreó ayer Belmonte el último toro?
  Un nombre. Venga un nombre.
  -El último era un choto. Con un toro de muchos cuernos le hubieramos querido ver.
  Bien. Admitido el argumento.
  ¿Es que Guerrita no ha matado muchos toros más pequeños que el último de ayer?
  Bueno; ¿pues a que toro pequeño de los muchos que ha matado Guerrita, le toreó nunca de capa, como toreo ayer Belmonte al suyo?
  Venga una fecha. Venga el nombre de ese torete.
  No se empeñen ustedes de que los ríos vayan cuesta arriba.
  La verdad, cuando es tal verdad, se impone por encima de todos los obstáculos que sobre ella se amontonen.
  Belmonte torea de capa como no ha toreado nadie. Y tanto es así, que los buenos toreros de hoy dicen que, como torea Belmonte no se puede torear. Que es lo mismo que decir que el trianero torea como no se ha toreado nunca.
  Que habrá otros toreros que entretengan y diviertan más porque son más largos de conocimientos y pueden lucir en cualquier momento de la lidia, eso es indudable.
  Pero torero que toreando de capa o de muleta llegue al fondo del espíritu del espectador y le emocione y le asombre y le estupefacte, eso uno solo. Uno hoy. Juan Belmonte.
  En fin, señores; si será grande el poder de este fenónomeno, que ayer, después de una desesperante corrida de bueyes, con el ánimo echando lumbre, al sentir en la piel la burla que de la afición se estaba haciendo, cuando al público le faltaba poco para estallar como un triquitraque, Belmonte, con un choto, hizo tales cosas toreando de capa y otras tales toreando de muleta, tan estupendas, tan maravillosas, tan enormes, que casi se olvidó el público de la "tardecita" que había pasado, y rompió a aplaudir, y sus mejillas enrojecieron de alegría y entusiasmo.
  -¡Muy bien! Pero eso que lo haga con un toro grande, si lo hace diré que es un fenómeno nunca visto, gritaba un tradicionalista.
  Vamos, menos mal que "aquéllo" le parecía bueno.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Toro



  Para un español la palabra "toro" no significa un concepto tan genérico como Bull para un inglés o Strer para un alemán. Me refiero a un español que lleve en las venas la tradición nacional. Los españoles de hoy, que en su mayoría, por causas muy curiosas mas no oportunas aquí, hace un cuarto de siglo perdieron la continuidad de la tradición, andan cerca del inglés o del alemán al usar la palabra "toro": la envaguecen y la dilatan.
  Mas para un español de cepa -repito- "toro" no significa cualquier macho bovino, sino precisa y exclusivamente el macho bovino que tiene cuatro o cinco años y del que se reclama que posea estas tres virtudes: casta, poder y pies. Si no tiene cuatro años no es toro, es novillo o becerro. Si no posee, en una u otra dosis y combinación, aquellas tres virtudes, podrá llamársele "toro", pero comprometiéndose a agregar "malo" -será un toro malo-, donde malo significa lo que, cuando había duros de plata, llevaba a decir: "¡Hombre, hoy me han dado un duro malo!", donde "malo" significaba que, por haches o por erres, no era un duro. Esto le pasa a un toro que no posea ni casta ni pies ni poder. Aparte los cuernos, ligero detalle que va ya anticipado y presumido en el vocablo "bovino", son estos los tres ingredientes sine quibus non de la estupenda realidad que los españoles castizos llaman "toro". Más aún, esos tres componentes constituyen, en sus varias dosis y modos, los términos que nos permiten precisar la ecuación que es cada toro.
 (Respecto a los años: cuando de ellos se habla se suele entender que se refiere uno al tamaño. ¡Esto es una tontería! Un toro que tuviese las tres virtudes, aun siendo diminuto, le sobraría tamaño para hacer las fechorías imaginables. Es más -vaya como paradoja frente a la preferencia actual por pequeños supuestos toros-, hubo un momento en que fue preciso eliminar de la fiesta a los toros navarros, precisamente porque eran pequeños.)
  Da un poco de vergüenza haber tenido que tomar la precaución de definir rigurosamente al toro cuando hablo no sólo ante españoles, sino ante aficionados a toros. Pero si sois sinceros reconoceréis que no sobra. Además me era imprescindible para esto que necesito decir a porta gaiola.
  El asunto de que voy a hablar no es el toreo en el sentido que casi todos los que están aquí dan a la palabra y en que se basan casi todas las discusiones actuales entre los aficionados. Si yo digo que los buenos y mejores aficionados de hace cincuenta años discutían muy poco sobre el toreo dirán ustedes que no lo entienden, y, sin embargo, es la pura verdad. Con la palabra "toreo" ha pasado lo contrario que con la palabra "toro". A ésta se le ha ensanchado el sentido, a aquella se le ha constreñido.
  José Ortega y Gasset; Sobre la caza, los toros y el toreo.

lunes, 29 de octubre de 2012

Torismo

"Es la supremacía del toro, dentro y fuera de la fiesta. El toro -él solo, por sí solo- es ya un espectáculo, cosa que no me negará nadie que no puede decirse del torero. En la plaza se reúnen los dos. Parece que sin la reunión de los dos no hay nada. Y no es cierto. Suprimid al torero y el toro solo interesa. Ahí está, en el apartado, y el público paga por ver al toro solo, sin torero en los corrales. Ahí está, en el desencajonamiento, y el público paga por ver al toro solo en el ruedo". Adolfo Bollaín


miércoles, 24 de octubre de 2012

Jaquetón, ¿primer indulto de la historia?

   Ocurrió en Madrid, en la tercera corrida de abono del año 1887, domingo 24 de abril. Los toros pertenecían a la torada del "cura de Solís" (don Agustín Solís), de Trujillo, antes del Marqués viudo de Salas. Los toreros anunciados fueron Francisco Arjona Reyes, Currito (hijo del célebre Cúchares); Salvador Sánchez, Frascuelo; y Ángel Pastor.
   En cuarto lugar se lidió Jaquetón (nº 11), toro que ha pasado a la historia como uno de los más bravos que jamás se han lidiado, y también, como el primer indulto acaecido en la historia y en la plaza de Madrid. Pero no fue tal, tras bucear en la vasta hemeroteca de la Biblioteca Nacional y en los pocos libros que poseo, las conclusiones que saco difieren de la historia que ha corrido de boca en boca durante tantos años, bulos que se hinchan con el paso del tiempo, tan dados en el mundo de los toros. Como aquel que se cuenta de Gallito, cuando debutó en Madrid de novillero el 13 de junio del año 1912 cambiando los novillos del Duque de Tovar por toros de Olea. Falso.


La Lidia (04/11/1889) celebraba la contratación de Currito para la temporada de 1890 con un dibujo del Sr. Chavez. Torero querido y bien tratado por la afición madrileña, él hubo de pechar con Jaquetón


  El festejo dio inicio a las cuatro de la tarde bajo un clima agradable, la entrada fue buena, "con algunos pequeños claros en las gradas", mas algunos periódicos afirman que "los reventas fueron perseguidos". El palco regio estaba ocupado por la Infanta Isabel, los Duques de Montpensier y la Condesa de París. Pero vayamos al meollo de la cuestión, la corrida en conjunto fue buena, muy buena o sobresaliente, según criterio del revistero; Cossío habla de 48 varas en total, por 20 caídas y 20 jacos para el arrastre.
   La terna quedó regular: Currito, con el toro que abrió plaza anduvo mal con la muleta y sin acierto a espadas; Frascuelo dio una estocada de las suyas al quinto, "arrancando corto, derecho y saliendo limpio de la suerte"; y Ángel Pastor no tuvo material en el tercero y dejó una buena estocada en el último de la corrida.
   Agustín Solís se hizo con la vacada del Marqués el mismo año de lidiarse Jaquetón, si bien la ganadería venía de cuajar una gran temporada el año anterior y por lo general era bien recibida en Madrid aunque su comportamiento solía ser irregular. Como ejemplo de las dudas que generaba esta ganadería, Paco Media-Luna, en su Diccionario Cómico Taurino, dando significado -irónico y atinado significado- a varios hierros ganaderos, se refiere a la "S" del Marqués de Salas diciendo "¿saldré bueno?".


Coplilla escrita por Sobaquillo (Don Mariano de Cavia) en El Liberal del día después


  En lo tocante a la presentación del famoso Jaquetón, habiendo recabado varias reseñas y opiniones, da como resultado una fachada sin exageraciones y unos pitones astifinos aunque justos para la exigencia de la plaza. "Cárdeno, chorreado y algo escurrido de carnes" dice Cossío; "de hermosa lámina y adelantao de cuerno" según El Imparcial; en El Toreo lo reseñan "cárdeno, cornicorto, delantero, un tanto sacudido de carnes y con un pequeño defecto en el lado izquierdo".
   Manuel el Sastre, Canales, Paco Fuentes y Manitas fueron los picadores que se enfrentaron a la bravura de Jaquetón. En El Enano, Tiberio escribe: "Superior con la garrocha Paco Fuentes, que es hoy uno de los mejores picadores, por no decir el número uno, y muy bien el Sastre. En estas corridas que pegan es donde se conoce a los picadores de verdad".
   No se puede precisar los números exactos de Jaquetón en el tercio de varas, según el revistero la ecuación varía. Si partimos de la reseña de Cossío, cuento 9 entradas, 6 caídas y 5 pencos; 9 entradas y 6 jacos relata El Enano; en La Correspondencia afirman que "cuantas veces entró a los picadores los dejó en tierra, mató 6 caballos"; El Imparcial refiere "10 varas recargando, volteando a jinetes y caballos"; Sobaquillo en El Liberal habla de 11 puyazos derribando en todos, matando 7 caballos.
   Bien es verdad que los números de Jaquetón no son tan espectaculares en comparación con la leyenda que lo ha hecho famoso; peor resultado extraemos si lo comparamos con otros toros célebres que se lidiaron por aquella época y presumen de números mucho mejores. En su descargo hay que decir que los toros nada tienen que ver con las matemáticas. 

Dibujo de Perea dedicado a Jaquetón. La Lidia del lunes 23 de mayo de 1887

   El animal acometió con furia desde salida, desarrollándose el tercio con mucha rápidez y, más allá de las veces que acudió a los picadores, la importancia de Jaquetón radica en el tremendo poder, codicia y bravura que derrochó en los caballos, derribando prácticamente en cada acometida, yendo a más continuamente. Se desconoce el límite de tan extraordinario animal si no hubiera sido por una coz que lo dejó convulso cuando Jaquetón hacía hilo tras un caballo, después de descabalgar al picador Canales.
   En el fragor de tan movido tercio de varas, Ángel Pastor tropezó con un caballo inerte y cerca estuvo de sufrir una cogida de Jaquetón si no es por un quite providencial de Pulguita cuando el espada estaba a punto de convertirse en presa de Jaquetón.


Cuando hay un toro bravo en la arena ya se sabe... (El Imparcial sobre el tercio de varas de Jaquetón)

     La "versión oficial" dice que Jaquetón recibió una coz cuando llevaba siete u ocho puyazos con una codicia sensacional, de una u otra forma el burel quedó atontado, y el público pidió insistentemente que no se matara a tan sublime ejemplar. Entretanto, Corito clavó un par y se ganó una tremenda bronca. El presidente, don Juan José Giménez, accedió a tal demanda pero Jaquetón ignoró la parada de bueyes, por lo que Currito hubo de darle muerte al tercer golpe de descabello.
   Esa es la historia. El indulto de Jaquetón no llegó a materializarse y, en cualquier caso, el público lo solicitó al ver que el animal se había lastimado y no podía continuar la lidia, pues no querían ver morir en la plaza tan magnífico ejemplar encontrándose en un estado tan lamentable, otorgándole la indulgencia en aras de una posible recuperación. La petición se produjo por la lesión, si no, el público de aquel momento hubiera solicitado "¡más caballos!" hasta exprimir la bravura de Jaquetón al máximo posible; quién sabe cuantas varas hubiera llegado a coger. Fue un conato de indulto concedido por la presidencia debido a causas sobrevenidas.
   Jaquetón, como no podía ser de otro modo, fue despedido con una atronadora ovación cuando era arrastrado por el tiro de mulillas, después de arrastrar toda la caballería víctima de su poderío, como era costumbre cuando el comportamiento de los toros era bravo, pues en caso contrario eran arrastrados en primer lugar, antes que los caballos.


Con esta maestría lo contó don Mariano de Cavia


  Las cosas no podían quedar ahí, mucho se habló de tan singular toro y todavía habrían de venir nuevas hipótesis acerca de la malograda vida de Jaquetón. El número de La Lidia del día 2 de mayo, en una nueva vuelta de tuerca, da la exclusiva sobre la lesión de Jaquetón afirmando que fue un derrote seco a un caballo que perecía en la arena. Ni siquiera valoran la coz de un penco, causa que tuvo más partidarios; en este caso hablan de un puyazo, motivo que también se barajó, llegándose a comentar que una vara perforó un pulmón de Jaquetón.

La Lidia aportó nuevas razones acerca de la lesión de Jaquetón

 
  Cuenta Cossío en su obra: "Hace pocos años vimos en Trujillo la cabeza del toro Jaquetón. Está disecada al estilo antiguo, es decir, que puede decirse que está estrictamente la cabeza, sin apenas cuello. Su aspecto es insignificante, muy cariavacado, muy corto de pitones y muy afilados, muy descarnada y estrecha. Su dueño, un empleado de la casa de Banca Artadoitia y Cortés, la cuida con esmero, preservándola en lo posible de las inevitables contingencias del tiempo". 
  Desconozco si Banca Artadoitia y Cortés son descendientes de Agustín Solís, pero antes de poseerla ellos, la tuvo el propio ganadero por lo que cuentan en varias crónicas.

La Correspondencia de España


  Jaquetón ha permanecido siempre vigente en el mundo del toro, durante mucho tiempo los cronistas citaban su nombre como expresión máxima de bravura. Se ha utilizado para bautizar reatas de muchas ganaderías; en la jerga taurina, cuando se ve un gran toro por bravura y fiereza se dice que era un jaquetón, aunque hoy esta expresión ha caído en desuso. Incluso, yo he llegado a escuchar a amigos míos que no tienen ni idea de toros, referirse a una mujer de "buenas hechuras" como una jaquetona y, dejando a un lado la controversia de este uso, me parece impresionante que una persona iletrada en toros evoque el nombre de Jaquetón más de ciento veinte años después.

Simpática anécdota en El Liberal del 20 de mayo de 1887 haciendo alusión a Jaquetón

 
  Los curiosos sobre la casta de procedencia del toro Jaquetón podrán encontrar una buena reseña sobre los antecedentes de la ganadería del cura de Solís y avatares del Marqués de Salas en la edición de El Toreo del día 21 de mayo de 1894. Cuentan que el Marqués de Salas formó su ganadería con un hato de Toros de la Tierra (reses colmenareñas) de D. Pedro Varela y un semental de D. Antonio Miura. Dato interesante, ya que por aquella época los toros de nombre Jaquetón eran habituales en la ganadería de Miura... lo que nos puede dar una explicación sobre la capa de Jaquetón, toda vez que los toros jijones no se prodigaban en pelos cárdenos.
  Sin embargo, don Luis Fernández Salcedo, en el libro Trece ganaderos románticos, dice: "A su muerte (por don Pablo Bañuelos, en el año 1853), se divide toda su hacienda en tres partes, que se adjudican a sus hijos Manuel, Julián y Prudencia Bañuelos y Salcedo. Doña Prudencia, que entonces era muy joven, vende su parte a un vecino de San Agustín. Posteriormente, esta porción sirve para formar la ganadería del Marqués de Salas, con sementales de Muñoz y de don Manuel Bañuelos". Fernández Salcedo coincide con la reseña de El Toreo ya que, al fin y al cabo, lo de D. Pedro Varela venía de Bañuelos; de lo que no habla es del toro miureño.


  Para terminar dejo los versos que en La Lidia dedicaron a Jaquetón, en la edición del día 23 de mayo del año de la efeméride, los cuales pasan a formar parte de este blog de manera permanente, en honor al grandioso toro Jaquetón, ejemplo de bravura, poder y fiereza entre los de su especie.

La tarde clara y hermosa
de un día primaveral,
convidaba, bulliciosa,
a asistir a la famosa
fiesta hispano-nacional.
La madre tierra lucía
sus más esplendidas galas,
el gran circo contenía
al público que acudía
a ver seis toros de Salas.
El clarín volvió a sonar;
volvieron a rechinar
las puertas de los chiqueros,
y asomo, en cuarto lugar
un toro de los primeros.
Cárdeno el pelo y sedoso
bien puesto, fino, nervioso,
los cuernos en proporción,
bravo, duro, codicioso,
y por nombre Jaquetón.
Al salir pausadamente,
giro la mirada ardiente
por el ancho redondel,
y se abalanzó a la gente
cual a la caza el lebrel.
Ni a contener su pujanza,
ni a resistir su fiereza,
el arte sereno alcanza,
ni el caballo, ni la lanza,
que es un ciclón su cabeza.
Como arrolla el huracán
al objeto más sencillo,
lo mismo a su impulso van
el peón y el alazán
por el espacioso anillo.
Tan ruda es la acometida,
tal la furia de la res,
que deja en cada embestida,
la tierra en sangre teñida
y un cadáver a sus pies.
Y su indomable denuedo
siembra a punto de tal suerte
la consternación y el miedo,
que en el arenoso ruedo,
se confunden vida y muerte.
Hasta que el toro, asombrado,
ante su propia bravura,
y ciego, desesperado,
frenético, es atacado
del vértigo y la locura;
quedando en tal situación
que nadie da explicación
satisfactoria del hecho;
la cabeza sobre el pecho
y en horrible convulsión.
Absorta la plaza entera
ve como al dolor latiera
su altiva cerviz humilla,
e impide que la cuadrilla
se aproxime tan siquiera
a Jaquetón, que abatido,
descoyuntado, rendido,
loco de rabia y de pena,
cae al fin sobre la arena
muerto, sí, más no vencido.
Al arrastrar los despojos
 de tan soberbio animal,
con cariño hacia el corral,
le siguen todos los ojos,
y un aplauso general
resuena en la inmensa plaza,
como tritubo elocuente
al toro hermoso y valiente;
de su fina y noble raza,
ejemplar sobresaliente.

Mariano del Todo y Herrero

lunes, 22 de octubre de 2012

El temple según Belmonte


  ¿Qué piensa sobre el temple Juan Belmonte?

  Pues pienso lo mismo que usted. Los dos -cada uno desde nuestro sitio- vemos el temple de idéntica manera; de la única que, a mi juicio, puede concebirse: como concordancia de movimientos, si; pero con ejecución lenta y soberanía sobre el toro. No admito que pueda hacerse nada meritorio con una muleta o con un capote en las manos, sino a base de que el torero sea siempre el supremo dictador. Torear es llevar la contraria al toro, obligarle... a lo que él no quiere: si es huido, a que doble; si es tardo, a que embista; si se resiste a pasar, a que pase; si se cuela, a que acometa derecho; si derrota alto, a que humille; si se revuelve pronto, a que vaya lejos; si acomete recto hacia el torero porque éste se cruzó con él, a que quiebre la derechura del viaje; y si embiste fuerte y rápido, a que pase suave y lento. Sí, sí; no lo dude: templar es una manifestación -la más relevante- de ese llevar la contraria al toro en que el toreo consiste, porque es ejecutar con lentitud, aunque sea rápida la embestida.

  Resulta muy difícil hablar de toreo -siguió diciendo Juan- sin entremezclar lo que de ninguna manera está separado: la técnica y la inspiración, la ciencia y el arte. El temple, en efecto, parece que ha de ser catalogado entre lo eminentemente técnico y científico del toreo; y es que la gran ciencia de la tauromaquia tiene su base en el parar, templar y mandar. Sin embargo, puedo asegurarle que mi temple/lentitud arranca de un sentimiento íntimo de pura sustancia artística. Yo concebí el toreo como la antítesis de la lucha, de la brusquedad, de la violencia, de la rapidez. Yo -ese yo artístico que llevamos dentro y que en unos se exterioriza y en otros queda sin editar- sentí el toreo como cadencia, ritmo, suavidad, lentitud... Y así lo hice... siempre que los toros me dejaron. Puedo decir, sin jactancia, que muchas, muchísimas veces, cité, más que con el capote o la muleta, con la llama viva de mi concepción del arte; y que, citando así, toreé despacio y limpio a toros fuertes y rápidos. Cuando el acierto y la inspiración fueron mis acompañantes, el lento andar del engaño que mis manos movían regulaba la velocidad del toro. Era, pues, éste el que se ponía a mi son, y no yo al suyo.

Luis Bollaín recoge estas palabras de Belmonte en el libro titulado El Toreo

Foto La razón incorpórea

¿Utopía o realidad?
Tratándose de un genio, cuesta desacreditar sus palabras...