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martes, 30 de agosto de 2022

Mandador, de Isaías y Tulio Vázquez (3ª parte)

 

Mandador, de Isaías y Tulio Vázquez. Lidiado en Madrid el 4 de junio de 1983

Foto subida a Twitter por @danitoro7492

-o-

El presidente, que llaman señor González, acertó al desoir la algarada incivil y ordenó que salieran los picadores. Cuadrúpedos eran especie conocida del Tulio, y nada más ver al caballo se arrancó de largo, metió los riñones con tremenda codicia y lo estrelló contra las tablas. 

  Ni un duro daría yo por los huesos de ese caballo si no son para harina, después del salvaje empujón. El toro se ganó una ovación, el presidente otra, y la masa desnortada en ciencia taurámaca, la rechifla de la afición. Más puyazos tomó el Tulio de la papada, que además derribó e hirió; todas desde muy largo; en todas le desbarataron los lomos.

Joaquín Vidal

-o-

Pueden leer algunas cosas sobre este célebre ejemplar aquí (1ª parte) y aquí (2ª parte)

jueves, 26 de mayo de 2016

El toro de Madrid


Foto blog Extrapicurciela

  Estas dos moles de carne, bastos y sin pitones, salieron ayer por los chiqueros de Las Ventas. El de arriba estoqueado por Perera, el otro era para López Simón y fue devuelto al negociado de Florito por su invalidez. Tenía carita recogida, estrecha y cornicorta, como un servidor no ha visto nunca en esta plaza. Todo ello después del consabido desfile de toros en día de figuras, los jandillas fueron desechados por razones desconocidas y en su lugar una corrida fea, sebosa, desigual, blanda y descastada de El Vellosino. Con lo de "figuras" nos referimos concretamente a El Juli. No negamos su carrera o sus virtudes como torero, pero en cuestiones ganaderas, al menos en nuestra plaza, es un cero a la izquierda. Tanto poder para escoger, tanto mando, y al final solo hace acumular escándalos para que le embista uno de cada veinte. Hay toreros como Bautista, El Cid, o Juan del Álamo que, sin ser tan escrupulosos, en Madrid le embisten ocho de cada diez. Las paradojas y los azares que tiene esto.


Buen momento para recordar estos párrafos escritos por Joaquín Vidal:

  El público de Madrid -queremos decir, los aficionados- tiene preferencia por el toro y lo exige. Entiéndase, el toro de lidia, encastado y con trapío. No el toro grande, sino serio, bien armado, bien hecho y con la envergadura correspondiente a su encaste. Ése es el toro que quiere. Naturalmente, si sale un toraco de 600 kilos arriba, no lo va a protestar (no es antirreglamentario, ni mucho menos), aunque si se trata de una amorfa masa de carne también lo protesta y entonces les sirve a los taurinos para reforzar sus acusaciones respecto a las exigencias de la afición madrileña.

  En cierta ocasión -corrían los años sesenta- saltó a la arena un toro para Palomo Linares que, según la tablilla, rebasaba los 600 kilos, y los aficionados lo protestaron con tremenda vehemencia. No era por el tamaño, obviamente, sino por su discutible trapío y, sobre todo, porque tenía aspecto de estar afeitado "hasta las orejas".

  Aquella misma noche ya aparecía determinado taurino en el Telediario de TVE -los taurinos siempre han tenido una facilidad sorprendente para introducirse en TVE cuando les conviene - invitado con el fin de que explicara a la audiencia lo sucedido aquella tarde en Las Ventas. Y lo sucedido, según su versión (en TVE se cuidaron muy mucho de que no pudiera oírse la contraria), lo relató más o menos así: "Los aficionados de un determinado sector de la plaza (entonces eran los de la andanada 8), orquestados por un conocido crítico taurino enemigo de Palomo Linares, habían protestado un toro de más de 600 kilos, pues lo que pretenden es que salgan elefantes con cuernos para que no puedan triunfar los toreros". Semejante interpretación de los hechos era una grosera manipulación de la realidad, por supuesto, pero los taurinos la consideraron genial y han venido utilizando ese argumento hasta nuestros días.

martes, 29 de septiembre de 2015

Bombito, de Miura




Gracias a @Descabellos y a @Pepe__Morata recuperamos el vídeo de la excepcional pelea que Bombito, de Miura, protagonizó en la Plaza de Pamplona en 1999, encelándose desaforadamente con el caballo. Mi agradecimiento más sincero por la disposición y generosidad de ambos, excelentes y apasionados aficionados, por subir a la red estas imágenes que habíamos perdido. Espero que no se vuelvan a extraviar, la pelea de Bombito, es esos ocho minutos, representa gran parte de la singularidad del toro de lidia y los atributos que encarna. La acometividad, el desprecio al castigo y crecerse a él, el poderío, la noble disposición de morir peleando, arrogante y vencedor hasta el último momento. La fiera al fin y al cabo. Bravura en todo su esplendor.

*

De la crónica que hizo el maestro Joaquín Vidal, entresaco unas líneas que refieren la lidia de Bombito:


Todo esto desvelaba una bravura excepcional del Miura llamada a levantar en su memoria un airoso monolito. La única reserva que podía hacerse -no baladí- era que todo se estaba produciendo en la querencia de chiqueros. El toro se arrancó allá, desde muy lejos, en cuanto vio aparecer al picador con su castoreño y su instrumental acorazado, y ya no dejó de recargar, metida la cabeza bajo el peto. Diez minutos así, aunque otros cronometradores aseguran que fueron cerca de 15. Un caso histórico, en efecto. Y, mientras, el capoteo, el coleo, el zarandeo e incluso la intervención de su matador Juan José Padilla, que debió ponerse nervioso y tras tirarle al toro de un cuerno sin ningún resultado, le dio de puñadas en la cara.


Uno duda de que un torero auténtico hubiese tenido jamás semejante ocurrencia, ni siquiera por lo nervios. Y esta flagrante falta de torería fue como una premonición. Cuando finalmente el toro acudió al espeso revoloteo de capotes que le sacudían las orejas, lo propio habría sido llevarle lejos de toriles y ponerle de nuevo en suerte para comprobar cuál era la verdad de su bravura. Y, sin embargo, Padilla pidió el cambio, el público también, la presidenta accedió y santas pascuas: nos quedamos sin ver al toro y sin la posibilidad de erigirle el airoso monolito.

lunes, 20 de octubre de 2014

Persiste el espíritu de la andanada del 8

  Mañana, en la plaza de Las Ventas, después del apartado de los toros, se colocará en la andanada del 8 una placa de cerámica en recuerdo de Juanito Parra, el popular aficionado que presenció desde dicha localidad absolutamente todos los festejos que se celebraron en el coso entre 1939 y 1979, año en que falleció, y animó constantemente el llamado «espíritu de la andanada», que empezó a formarse mediada la década de los cincuenta. La andanada del 8 ha adquirido tal fuerza que es alternativamente temible y gratificante. La andanada del 8 se puede cargar el cartel de un torero o de un ganadero, o una corrida entera, con la misma rotundidad con que puede encumbrarlos o sacar de la nada al subalterno más modesto.

  Hoy, la andanada es una tronante tribuna que indigna a los taurinos y agota la paciencia de muchos espectadores, y se le acusa de inoportuna, aquejada de un prurito de divismo e iconoclasta a ultranza. Todo lo cual no compone una verdad (ni siquiera parcial), pues la verdad de cuanto es y significa la andanada va por otros caminos, y es ésta: sin su actitud vigilante, crítica y sonora, la plaza de Madrid nunca habría recobrado la seriedad y la importancia que tiene en la actualidad.

  Pero todo empezó, como decíamos, hacia la mitad de la década de los cincuenta. Hasta entonces, Juanito era un espectador solitario, con sus aficiones, sus filias y sus fobias, que invariablemente ocupaba una localidad de la fila sexta pegada al 9. Daba palmas de tango, silbaba tapándose los oídos, gritaba «¡Fuera, fuera!»; llevaba el reglamento en el bolsillo, pedía a gritos el aviso a la hora en punto, etcétera. Era un aficionado intransigente, convencido de que Las Ventas debía ser consecuente con su condición de primera plaza del mundo.

  Justo un día de junio de 1955 -cuando Antonio Bienvenida alcanzó el gran triunfo de la corrida del Montepío, lidiando seis toros- ya no estuvo solo, pues éramos dos. Y al domingo siguiente, tres.

  Para la década de los sesenta ya había andanadistas insignes, como el contable Ángel López y el coronel Echalecu (ambos ya fallecidos), y otros que siguen aún hoy ocupando la localidad, fieles al espíritu de la andanada. Pocos, pero con más moral que el Alcoyano y dotados de unos pulmones privilegiados, capaces de hacer tronante la voz y crispar a todo el taurineo chabacano y corrupto.

  La autoridad no era la que debía ser y los andanadistas aplicaban a los presidentes serios correctivos orales -nunca ofensivos ni irrespetuosos, que hasta la vulgaridad estaba proscrita en la andanada-, los cuales producían la inmediata presencia de la fuerza pública, que ordenaba callar. Un día, Juanito le gritó al palco: «¡Orejas regala usted muchas, pero no devuelve los toros cojos al corral!», y fue detenido. Algo que hoy sería impensable.

  El aglutinante y el animador del espíritu de la andanada era Juanito Parra -carpintero encofrador-, que, arrastrado el tercer toro, obsequiaba, a los correligionarios con diminutos caramelos Saci, seguramente para que suavizaran las gargantas. Así fue durante años y años. Corriendo el tiempo, se formó la Peña Andanada -que asume el homenaje de mañana-, y nuevos efectivos de aficionados se incorporaron a la localidad. Y llegó la novillada inaugural de 1979, en la que, por primera vez durante cuarenta años, Juanito no estaba en su localidad. Los andanadistas pensaron que algo muy grave había debido suceder e hicieron averiguaciones. En efecto: Juanito había muerto, de un infarto, precisamente en la muy taurina calle de la Victoria.

Joaquín Vidal, 4 de julio de 1981


lunes, 27 de enero de 2014

El poderío de Ruiz Miguel


  Los victorinos por sí solos, sin los lidiadores adecuados, no hubieran generado gran espectáculo, por supuesto. El espectáculo se producía en el primer tercio si había un torero que supiera plantear la lidia de forma que los toros dieran la caba medida de su bravura y fortaleza. Para fortuna del ganadero y de la propia fiesta, esos toreros surgieron de inmediato y se conviertieron, también ellos, en favoritos de la afición madrileña. Primero fue Andrés Vázquez, aún en tiempos predemocráticos; luego, Ruiz Miguel. Con este último torero la Plaza de Las Ventas conoció tardes heroicas de indescriptibles emociones. El valor y la capacidad dominadora de Ruiz Miguel llegaron a ser asombrosos.
 
  A lo largo de la historia del toreo se ha dicho de algunos maestros que un toro malo lo convertían en bueno, y las más de las veces se trataba de un eufemismo. Al toro malo lo dominaban de manera que, con magistrales muletazos de castigo, acababan ahormándolo y cuadrándolo, hacían el alarde de cogerle un pitón para demostrar que estaba sometido y lo tumbaban patas arriba de un soberano estoconazo.  Tenía un mérito enorme, por supuesto, pero, si bien se mira, la hazaña no había producido el prodigio de convertir en bueno el toro malo. En cambio, Ruiz Miguel sí alcanzó esta taumaturgia. La alcanzó muchas veces a lo largo de sus numerosas actuaciones en la plaza de de Madrid.
 
  Junto a los maravillosos victorinos bravos había gran cantidad de victorinos broncos, que incluso podían ser pregonaos, y buena parte de estos toros le correspondió lidiarlos a Ruiz Miguel. Salían los victorinos fieros y poderosos, pegando cornadas al lucero del alba, y ya querían partir en dos a Ruiz Miguel, que hurtaba de su alcance el cuerpo, como podía. Pero nunca rehuyendo la pelea, sino planteándola y allegando a la lidia una pasmosa entereza. Con la correcta elección de terrenos y distancias y ejecutando las suertes adecuadas -ora consintiendo, ora obligando, entre ayes y suspiros-, llegaba un momento en que el victorino se rendía al poderío del matador, tomaba la muleta -podía ser por el lado derecho- y Ruiz Miguel corría la mano llevándolo embebido en el ritmo circular del pase en redondo. El público al contemplar aquello, saltaba de sus asientos, y no necesitaba ver más para entregarle sin reserva alguna el triunfo. Pero Ruiz Miguel, agotando las más insospechadas piruetas de lo inverosímil, se echaba la muleta a la izquierda y volvía a empezar la pelea, ahora para dominar al toro por ese lado, obligarle a embestir con humillada rectitud y ligarle pases, ¡y lo conseguía!
 
  Luego, las cualidades toreras de Ruiz Miguel se desvanecían cuando -rara vez, por cierto- le salía el torillo insignificante y bobalicón que les valía a las figuras para mantener su liderazgo, y entonces aprovechaban los taurinos para descalificarlo y divulgar que no daba la talla. Y, de paso les servía para descalificar al público de Madrid, por encumbrar a un diestro de tan rústico corte e inspiración escasa como Ruiz Miguel. Obviamente era injusto y capcioso. Ruiz Miguel, en sus años de plenitud, fue un gran torero, y ejemplar la afición madrileña por haberlo sabido apreciar y reconocerlo públicamente, sin prejuicios ni complejos. Lo penoso es que, al retirarse del toreo con manifiesto propósito de no regresar nunca -al menos así lo estuvo declarando a cuantos le quisieron preguntar-, sólo estuvo un año ausente, volvió, y dio la impresión de que se había convertido en un diestro decadente. La afición de Madrid le recibió con frialdad y rechazó su toreo estereotipado, que a veces parecía caricatura de sí mismo.
 
Joaquín Vidal
 
Fotografías subidas a tuiter por Iván Colomer

martes, 14 de enero de 2014

Canorea en Las Ventas

  Repaso en esta entrada, como había prometido al hablar de los huelguistas del Baratillo en artículos anteriores, el paso por Madrid de la empresa Canorea. Fue un periodo breve de un año, dos contando la asociación con Martín Berrocal, hasta ser expulsados por la Diputación. Diego Lechuga hace un análisis pormenorizado en su libro "San Isidro, 50ferias50" del que he sacado la parte que nos interesa y he obviado broncas foribundas que motivaron la expulsión, como aquella en la que los aficionados invadieron el patio del desolladero tras una corrida escandalosa, buscando responsabilidades en las oficinas de la empresa, hasta ser desalojados por la policía. Después, incluyo un texto de Joaquín Vidal en el que menciona algunos cambios controvertidos impuestos por Canorea que se siguen manteniendo a día de hoy. Bien es verdad que la historia aquí contada poco tiene que ver con los actuales gestores del coso sevillano, salvo por una relación de parentesco. Pero no está de más recordar cómo fue el paso de Canorea por Madrid y el recuerdo desagradeble que esta empresa ha dejado entre los aficionados veteranos.

***

  A pesar de la tan cacareada crisis, la plaza de toros de Las Ventas continúa siendo un bocado apetecible para el mundo empresarial taurino. En 1978 cumple el contrato de arrendamiento con la empresa Nueva Plaza de Toros de Madrid, al frente de la cual figura ahora Fernando Jardón con su gerente, Juan Martínez. La Diputación Provincial de Madrid, propietaria del coso, es la encargada de establecer la modalidad de adjudicación y decidir. Leopoldo Matos se mantiene como diputado encargado de los asuntos relacionados con Las Ventas. Diputado visitador de Las Ventas es la denominación oficial del cargo.
  Se opta por convocar la modalidad de subasta para adjudicar la explotación del coso. El mecanismo es bien sencillo: aquel que más dinero ofrezca por el arrendamiento se queda con la gestión de Las Ventas, siempre que se pongan encima de la mesa un mínimo establecido en ochenta millones de pesetas; más del doble del canon que venía cobrando desde 1968.
  La puja de la empresa Nueva Plaza de Toros de Madrid, con Fernando Jardón, la tercera generación de la familia, a la cabeza del negocio, ofrece nada menos que ciento cuatro millones y medio netos por temporada. Supone un aumento descomunal con respecto a los años anteriores, en los que se pagaba un canon de treinta y siete millones.
  El principal competidor es un grupo al frente del cual figura el empresario taurino de la Real Maestranza de Sevilla, Diodoro Canorea, que ofrece la friolera de ciento sesenta y un millones netos por temporada. ¡Ahí es nada!
  Con el pliego de condiciones en la mano, la decisión es bien sencilla: Canorea es el nuevo empresario de Las Ventas desde 1979 y por cinco años. Los Jardón han de abandonar la plaza después de casi cincuenta años de gestión.

 
  El mismo año, 1979, se celebran en España las primeras elecciones municipales democráticas. La mayor parte de los municipios de Madrid pasan a ser gobernados por ediles socialistas y comunistas y en consecuencia la Diputación, constituida por representantes de las Corporaciones Locales de la provincia, ha de ser abandonada por los hombres del régimen anterior para dar paso a los nuevos gobernantes salidos de las urnas. Sólo por unos meses Matos deja Las Ventas a Canorea.
  Los nuevos diputados no ven con buenos ojos el sistema de adjudicación por el que se ha entregado la plaza. Pero el compromiso es por cinco años y está firmado. Como herederos legítimos y legales de la Diputación los nuevos diputados han de aceptarlo así.
  Canorea es el nuevo gestor a la cabeza de un importante grupo de accionistas que le respaldan económicamente. Se rumorean nombres con mayor o menor fiabilidad. Lo que sí parece cierto es que todos ellos deben contar con un considerable poder económico. No puede ser de otra forma para hacer frente a la desmesurada oferta económica. Canorea no desvela la identidad de sus socios, pero es vox populi que en la empresa hay varios accionistas de Albacete. En la temporada del 79 va a ser más que evidente este dato por la contratación de toreros albacetenses, algunos de ellos de escaso relieve y valía.
 
  Canorea organiza una feria de veinte festejos -dieciséis corridas de toros, dos novilladas y dos de rejones- que realmente no contentan a nadie. Son carteles a los que se les reprocha escaso fuste para la importancia del ciclo. Se percibe que Canorea tiene poco poder de maniobra y se encuentra entre la espada de sus socios y la pared de las exigencias de la parroquia de Madrid. El empresario intenta contentar a todos, aunque no siempre lo consigue. Varios de los carteles han de ser reforzados con la participación de uno o incluso dos rejoneadores para aumentar el reclamo hacia el gran público. En la última semana de feria logra subir el listón con los nombre de El Viti, Teruel, NIño de la Capea, Paquirri, Manzanares, Palomo Linares, Dámaso González, Rafael de Paula y Ruiz Miguel, entre otros. Realmente es lo que hay en el momento en el mercado taurino, la flor y nata del escalafón. Otra cosa es que el aficionado madrileño esté contento con el escalafón de la segunda mitad de los ochenta.
  [...] Canorea, empresario acreditado de Sevilla, se da cuenta, quizás ya demasiado tarde, que Las Ventas no es la Maestranza, que son públicos diferentes, exigencias distintas, problemas diferentes, y que no se puede dirigir una plaza con la misma batuta que la otra. El toro que se exige en Madrid no es el mismo que se admite en Sevilla y la pelea, día a día, tarde a tarde con los veterinarios es dura y no siempre positiva. Los entresijos de la feria de San Isidro se le revelan con un disgusto diario. El público salde de cada corrida malhumorado, descontento, protestando y bajo la conjura de no volver más.
 
  A vuelapluma, el periodista José Antonio del Moral le echa las cuentas a Canorea en la revista Toro y afirma que la feria ha dejado ciento diecisiete millones de pesetas, cantidad insuficiente para afrontar el tremendo canon de arrendamiento ofrecido. Del Moral, animoso, a la vista de los resultados mantiene en su reportaje la esperanza de que los buenos resultados que se deben esperar del resto de la temporada y de la Feria de Otoño hagan lo suficientemente rentable la temporada en conjunto como para cubrir las exigencias económicas comprometidas. Pero no. Las cuentas de Madrid se basan en las de San Isidro, son las de San Isidro, y si la feria no da resultados no puede esperar superávit del resto de la temporada, ni siquiera de la Feria de Otoño, para entonces en franca decadencia y con poco predicamento salvo para los círculos de aficionados con más entrega.
  Al finalizar la temporada del 79, Canorea anuncia públicamente que las pérdidas superan los cien millones de pesetas, y lo peor es que las expectativas de recuperación son escasas o nulas. Diodoro Canorea pretende enjugar sus pérdidas y disponer del efectivo suficiente de cara a la próxima temporada, pero las cuentas no le salen.

 
  Es entonces cuando aparece un personaje singular, José Luis Martín Berrocal, multimillonario hombre de negocios, propietario de ganadería brava, empresario del sector de transportes, pero cuya personalidad inquieta y un tanto megalómana le ha llevado a intentar aventuras tan dispares como la presidencia de un equipo de fútbol -el Atlético de Madrid-, o a organizar grandes combates de boxeo, sector en el que ha conseguido un relativo éxito.
  Berrocal aparece como el salvador in extremis de Canorea. Pone sobre la mesa los 80 millones de aval que el empresario busca desesperadamente para salir del pozo económico en que la nefasta temporada del 79 le ha sumido. A cambio, naturalmente, el millonario Berrocal exige el absoluto mando en plaza. La fórmula legal es hacerse nombrar consejero delegado de la empresa adjudicataria, la Taurina Hispalense.
  La nueva Diputación, con el comunista Luis Larroque al frente de los asuntos taurinos, se opone a la sustitución. En el fondo, no deja de ser una subrogación encubierta que los diputados consideran ilícita puesto que la gestión de la plaza de toros le fue adjudicada a un hombre y ahora iba a estar gestionada por otro. Los enfrentamientos entre Berrocal y los representantes de la Diputación son habituales y las relaciones muy tensas.
  Con Berrocal la temporada madrileña y, como no, la feria de San Isidro van a estar marcadas por la tormenta continua durante 1980. En general, la gestión de "Napoleoncito" Berrocal, lejos de contentar al público de Madrid, lo único que consigue es encrespar aún más los ánimos. Los escándalos se suceden tarde tras tarde, los bailes de corrales son continuos y cada día los poseedores de billetes para la corrida no saben si al final tendrán que acudir a su localidad o a la taquilla a exigir la devolución del dinero.
 
  [...] Al final de la feria el Gobierno Civil propone al Ministerio del Interior una multa de dos millones de pesetas a la empresa por las irregularidades cometidas durante el serial.
  La tormentosa feria y la irregular gestión de la temporada taurina en la Plaza de Madrid ofrecen a los nuevos gestores de la Diputación Provincial de Madrid elementos jurídicos más que sobrados para desalojar a Berrocal de Las Ventas. No se trataba únicamente de dar la batalla a un empresario para que otro ocupara su lugar. Para los nuevos diputados, la mayoría de ellos de partidos políticos de izquierdas, el tuténtico fin era inyectar a la temporada taurina madrileña una nueva concepción sociocultural de la fiesta por encima de la concepción puramente economicista que permitió poner Las Ventas en manos del mejor postor, sin atender a la dignidad que como primera plaza del mundo requiere este coso, y con los negativos resultados obtenidos. Curiosamente los representanes de aquellos partidos que durante la transición se mostraron contrarios a las corridas de toros por considerarlas, equivocadamente, producto residual de la dictadura, se convertirían ahora en los defensores de los valores culturales que entraña.
  El comunista Luis Larroque encabeza la propuesta de rescindir el contrato a Berrocal para dar vía a una nueva adjudicación en la que lo primordial no sea la rentabilidad económica, sino la social y cultural que beneficie a los aficionados y a la fiesta taurina, no solo en Madrid capital, sino en toda la provincia. Con un arduo examen jurídico a disposición de los diputados, se debate en pleno la propuesta de rescindir contrato a Berrocal. Comunistas y socialistas votan a favor mientras los representantes de Unión de Centro Democrático (UCD), la fuerza política centrista-conservadora, votan en contra. Solo un diputado de esta formación, Eduardo González Velayos, excelente aficionado a los toros, se muestra en desacuerdo con las tesis de su partido a favor de mantener el contrato con Berrocal. En conciencia, y como buen conocedor del mundo taurino, sabe que es necesario devolver la dignidad y seriedad que la afición de Las Ventas merece; pero por otra parte no puede votar en contra de sus compañeros de filas políticas. Opta por una solución de caballero y se ausenta discretamente de la votación. Los votos de comunistas y socialistas deciden, por amplia mayoría, la rescisión de contrato a Berrocal. Los motivos los ha puesto, sobradamente, en bandeja el propio empresario: incumplimiento de contrato. Consecuentemente, se acuerda poner en marcha de nuevo el mecanismo para nombrar a un empresario para la temporada del 81.
 
Diego Lechuga
 
En estas estamos
 
 ***
 
 Un año duró la gestión de Canorea y tuvo muy negativas consecuencias para la categoría de Las Ventas. Él fue quien implantó la modalidad absurda (y éticamente dudosa) de fijar un precio único para las localidades, con independencia de la categoría del cartel, y este precedente lo han asumido los siguientes empresarios, pues, al parecer, para ellos supone un buen negocio. Él fue quien, arbitrariamente, suprimió la tradición de que los toreros adquirieran su antigüedad en Madrid. La costumbre era que los novilleros tomaban como fecha de antigüedad la de su debut con picadores, hasta que se presentaban en Madrid y entonces quedaba fijada su antigüedad definitiva. Sin embargo, aduciendo que Las Ventas era una plaza como otra cualquiera (ya se puede imaginar con qué criterios descalificadores pretendía regentar el coso a quien habían entregado la plaza), acabó con esta tradición que ya no se ha vuelto a recuperar nunca. De forma que los debutantes en Madrid salen muchas veces como directores de lidia; algo absolutamente impensable durante los cincuenta años en que Las Ventas había sido considerada la primera plaza del mundo.
 
Joaquín Vidal

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Público de Madrid (II)

Una bronca
 
  La Monumental de Las Ventas, a pesar de sus avatares, tiene consolidada su categoría de primera plaza del mundo. No es por su aforo, ni por la amplitud de sus instalaciones, ni por las calidades arquitectónicas del falso mudéjar -muy discutibles, por otra parte-; ni siquiera porque se encuentre en la capital del reino. Esa categoría se la ha dado su clientela habitual, una masa de aficionados conocedores profundos de la tauromaquia, verdaderos enamorados de la Fiesta, exigentes y apasionados. Precisamente el rigor de la afición madrileña es lo que suscita las desaforadas críticas de los taurinos profesionales, lo que no les impide reconocer -principalmente los toreros- que un triunfo ante estos aficionados no tiene parangón con ningún otro.
  Lo suelen decir muchos toreros en privado, y a veces también lo declaran así a los medios de comunicación. Un espada de modesta trayectoria que cuajó una excelente faena en Madrid y al concluirla ya se había convertido en figura, relataba así el recuerdo de aquella tarde y otras que siguieron de la siguiente manera: "Cuando empiezas a cuajar una buena faena en Las Ventas se produce un run-run indefinible en los tendidos. Te das cuenta de cómo el público se está apercibiendo de qué pretendes, de que estás acertando en el planteamiento, y sólo con eso ya reacciona de forma ostensible, empieza a entregarse y lo manifiesta, y te entra entonces un verdadero escalofrío. Luego, los olés son de tal naturaleza, que te sientes elevado a la gloria y no te cambiarías por nadie en el mundo".

  Es muy curioso también observar las reacciones del público durante una de esas faenas que se desarrollan con éxito. Cada tanda de pases la corea con los correspondientes olés, es cierto, mas no todos los olés son iguales; incluso algún pase puede quedarse sin olé. Porque el aficionado madrileño goza con el buen toreo, pero también lo somete a análisis y matiza sus sanciones. Es como si el diestro estuviera sometiéndose a examen y la afición examinadora lo fuera calificando: este primer pase un 10, el siguiente un 9, el tercero un 10, el cuarto un 5 por los pelos, el quinto vuelve a subir la nota... Y así los olés son tan largos y fuertes o tan débiles y cortos cuanto merezca cada ejecución de la suerte a juicio del tribunal examinador. La afición madrileña, puesta a corear faenas, constituye todo un espectáculo.
  Algo parecido ocurre con las protestas. La afición madrileña está vigilante de todo, desde que se abre el portón de chiqueros y salta el toro a la arena hasta su arrastre. Es una afición ojo avizor. En ninguna plaza de España se produce un considerable alboroto, de súbito, porque un banderillero llama la atención del toro desde el callejón, o porque un diestro no está correctamente colocado en el tercio de banderillas, o porque el matador de turno se sitúa a la derecha del caballo durante la suerte de varas. "¡Ese torero a su sitio!", es voz habitual en los tendidos de Las Ventas. Naturalmente, en ninguna otra plaza se oyen tampoco lo vozarrones de denuncia por cuestiones técnicas, como "¡El picooo!", "¡No ahogue la embestida!" o "¡Haga usted el favor de ligar los pases!". Los aficionados madrileños son de la opinión de que lo cortés no excluye lo valiente;  a los toreros los llaman de usted -incluso a los monosabios también- y, si recriminan, lo hacen en el marco de las más exquisitas reglas de la urbanidad y la buena crianza.
  Siempre puede haber patosos en el tendido venteño, o algún espectador de temperamento incivil, como en todas partes, pero en estos casos la afición lo margina y estaría dispuesta a expulsarlo del venerable recinto. "¡Fuera de la cátedra!", le suelen decir. Cuidado aquí, sin embargo, pues la expresión no es ociosa. El término cátedra lo emplean muchos aficionados con auténtico convencimiento. No es, exactamente, que ellos se crean catedráticos y en realidad no se lo creen; es que le reconocen a Las Ventas la condición de cátedra del toreo. No es ocioso subrayar el matiz.

Atormentado, de Palha, arrancándose al caballo en el San Isidro 2008. Foto Josemi
 
  Precisamente por no matizar -y por auténtica mala fe- algunos taurinos han pretendido establecer una competencia de la afición madrileña con la habitual de la Maestranza de Sevilla, y ya dentro de ese discurso, han fabulado un desdén maniqueo hacia los aficionados sevillanos por parte de los de Madrid, que ni existe ahora ni se ha conocido jamás. Antes al contrario, la afición madrileña siente gran respeto y admiración por el mundo taurino sevillano, su capacidad creativa, su riqueza ganadera, su plantel de excelentes toreros y la gran sensibilidad de los aficionados de la Maestranza. A mayor abundamiento, uno de los ídolos del público madrileño es Curro Romero, como lo fue en su época Pepe Luis Vázquez, el padre, y tiene ahora en gran consideración la asombrosa naturalidad torera de Pepe Luis Vázquez hijo, y dio a Manolo Vázquez una categoría artística que durante su primera época no había llegado a reconocerle en igual medida el público sevillano. Y ya, en época reciente, descubrió el arte de Fernando Cepeda cuando se presentó de novillero en Madrid, lo estuvo apoyando hasta mucho después de que tomara la alternativa en esta misma plaza, y elogió sin reservas su sevillanía. Todo lo cual se cita de manera indicativa y a título de ejemplo, naturalmente.

Joaquín Vidal; Los toros en Madrid.

viernes, 23 de agosto de 2013

Mandador, de Isaías y Tulio Vázquez

El Tulio de la papada (Joaquín Vidal)

 
  Apareció pasito a paso, le decían dormido, pero en realidad era receloso; presentía lo que le iba a ocurrir en esa explanada de albero donde no había estado jamás. Era un Tulio hondo, de nombre Mandador. Tulio amazacotado, anchísimo de lomo y vueltas astas; la piel tirante por la presión de una musculatura que parecía iba a estallar. Pero lo que le caracterizaba era la papada; badantida papada, que le bamboleaba entre los brazuelos, casi le ocultaba la cara, y ésta emergía fosca, con una expresión demoniaca. El Tulio de la papada no quería embestir. Recelaba la fantasmagoría escarlata que se agitaba ante sus ojos aterrados. Gentes sin norte en la ciencia taurómaca lo protestaron con la audacia que la ignorancia conlleva, y arrojaban al ruedo botes y almohadillas. El presidente, que llaman señor González, acertó al desoir la algarada incivil y ordenó que salieran los picadores. Cuadrúpedos eran especie conocida del Tulio, y nada más ver al caballo se arrancó de largo, metió los riñones con tremenda codicia y lo estrelló contra las tablas.
 
  Ni un duro daría yo por los huesos de ese caballo si no son para harina, después del salvaje empujón. El toro se ganó una ovación, el presidente otra, y la masa desnortada en ciencia taurámaca, la rechifla de la afición. Más puyazos tomó el Tulio de la papada, que además derribó e hirió; todas desde muy largo; en todas le desbarataron los lomos.
 
  Las Tulio sufrieron el más desproporcionado, duro y rufianesco castigo que hayan recibido las corridas de la feria. Los destrozaron en varas. Deliberadamente apuntaban los picadores atrás y abajo, rasgando sus carnes de grosera forma y lacerando órganos vitales. Los picadores han convertido el hermosísimo primer tercio en una carnicería que avergüenza a cuantos la contemplan. Ellos son los verdugos de la fiesta y ellos tuvieron culpa de que los Tulio se quedaran sin embestida.
 
  El mismo toro de la papada, que era noble, perdió recorrido y José Luis Palomar se vio obligado a exponerle mucho, pisar su terreno, darle distancia -cuando se la dio; no tanto como convenía-, para sacar muletazos en redondo, Los instrumentó con mucho mérito y las veces que adelantaba al hocico las bambas del engaño, mejoraba el pase. El espada soriano hacía gala de reciedumbre y cuando se volcó en el volapié y salió prendido por un mullo, ni siquiera se miró el desgarro de la taleguilla. En su otro toro, que acabó absolutamente aplomado y reservón, porfió inútilmente; total, para sacar dos o tres pases limpios y algún peligroso gañafón [...]

***

  Es parte de la crónica que Joaquín Vidal escribió el 5 de junio de 1983, a propósito de la corrida celebrada el día anterior en la Feria de San Isidro, con toros de Isaías y Tulio Vázquez para los espadas Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá y José Luis Palomar.
  El crítico, haciendo gala de su fantástico estilo, destaca sobremanera la bravura de Mandador en el caballo, uno de los ejemplares que más ha sobresalido en los últimos años en este tercio por su codicia y poderío; como nos recordó, a raíz de la lidia de Aviador de Cuadri, ese estupendo aficionado de Madrí, y abonado en los altos del siete, que es Andrés de Miguel.
  Por esas desgracias intrínsecas a la devastadora evolución de la Fiesta para con el toro de lidia, las ganaderías de Isaías y Tulio Vázquez y María Luisa Domínguez Perez de Vargas que tan bien representaban la Casta Pedrajas, se encuentran hoy prácticamente desaparecidas. Es un hecho sin vuelta atrás, los tulios que sembraron el terror en Madrid y los marialuisadomínguez que tantas alegrías dieron los lunes de resaca sevillanos, nunca más volverán por sus fueros.  Encontramos alguna excepción que lucha por la supervivencia de esta estirpe en la ganadería del Marqués de Albaserrada, a la que deseamos toda la suerte del mundo, y algún goterón aislado en otras familias ganaderas como los Guardiola.
  Vaya desde aquí este pequeño homenaje en memoria de Mandador, y por ende del toro bravo, duro y encastado que es lo que gusta en este blog, a la par que hacemos un llamamiento a los aficionados que puedan aportar más referencias sobre la lidia de tan sobresaliente ejemplar, escritas o visuales.
  Queremos contemplar cómo era la mirada de Mandador.

martes, 10 de abril de 2012

Joaquín Vidal



 En el libro "Los toros en Madrid", encuentro este texto sobre temas tan candentes que se tratan a diario; Madrid, su afición, los taurinos y el trapío. Joaquín Vidal en estado puro: 

  La llamada "era Chopera" ha sido determinante para el desarrollo de la fiesta de toros en Madrid. También ha sido contradictoria. Chopera recuperó para Las Ventas la solvencia que tuvo durante los años de gestión de Nueva Plaza de Toros de Madrid, S. A., y que había perdido durante las aventuras de Diodoro Canorea y Martín Berrocal. La primera temporada de Chopera puede considerarse una de las mejores que se hayan conocido en el coso (año 1982), satisfizo las exigencias primordiales de los aficionados -el toro; el toro sin reservas, con edad, fortaleza y trapío-, concertó una cuadra de caballos de picar que posibilitó el correcto desarrollo del fundamental tercio de varas, y además montó excelentes carteles de toreros, dentro del marco artístico en que se desenvolvía la Fiesta. De entre cuanto había, eligió lo mejor. Si esta tónica se hubiera mantenido durante los nueve años que Chopera tuvo a su cargo la gestión  de Las Ventas, la fiesta de toros habría visto definitivamente recuperada su autenticidad en Madrid, y no estaría ahora en la fase de aguda decadencia que atraviesa.

  Los años siguientes de la "era Chopera", sin embargo, no fueron tan maravillosos. Salía el toro de trapío, por lo general, pero solía ser ilidiable. Muchas veces a los toreros les era absolutamente imposible estar lucidos con esos toros. Los taurinos profesionales culpaban al público, aduciendo que imponía unas disparatadas exigencias en lo que se refiere al ganado: "Lo que quieren es que salgan elefantes con cuernos y que no se les pueda pegar ni un pase".  Los taurinos profesionales modernos no han sabido entender al público de Madrid, en el mejor de los casos, y con carácter general, parecen haberse puesto de acuerdo para utilizar argumentos capciosos en su contra. Es evidente que las exigencias de la afición de Madrid atentan contra sus intereses particularísimos, y los taurinos actúan en consecuencia. Su principal objetivo es echarlos de la plaza.

  El público de Madrid -queremos decir, los aficionados- tiene preferencia por el toro y lo exige. Entiéndase, el toro de lidia, encastado y con trapío. No el toro grande, sino serio, bien armado, bien hecho y con la envergadura correspondiente a su encaste. Ése es el toro que quiere. Naturalmente, si sale un toraco de 600 kilos arriba, no lo va a protestar (no es antirreglamentario, ni mucho menos), aunque si se trata de una amorfa masa de carne también lo protesta y entonces les sirve a los taurinos para reforzar sus acusaciones respecto a las exigencias de la afición madrileña.

  En cierta ocasión -corrían los años sesenta- saltó a la arena un toro para Palomo Linares que, según la tablilla, rebasaba los 600 kilos, y los aficionados lo protestaron con tremenda vehemencia. No era por el tamaño, obviamente, sino por su discutible trapío y, sobre todo, porque tenía aspecto de estar afeitado "hasta las orejas".

  Aquella misma noche ya aparecía determinado taurino en el Telediario de TVE -los taurinos siempre han tenido una facilidad sorprendente para introducirse en TVE cuando les conviene - invitado con el fin de que explicara a la audiencia lo sucedido aquella tarde en Las Ventas. Y lo sucedido, según su versión (en TVE se cuidaron muy mucho de que no pudiera oírse la contraria), lo relató más o menos así: "Los aficionados de un determinado sector de la plaza (entonces eran los de la andanada 8), orquestados por un conocido crítico taurino enemigo de Palomo Linares, habían protestado un toro de más de 600 kilos, pues lo que pretenden es que salgan elefantes con cuernos para que no puedan triunfar los toreros". Semejante interpretación de los hechos era una grosera manipulación de la realidad, por supuesto, pero los taurinos la consideraron genial y han venido utilizando ese argumento hasta nuestros días.

  Joaquín Vidal.

 
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 Y ahora, un ejemplo del que servidor guarda grato recuerdo:



 Guitarra II, nº 335, de la torada de Alcurrucén, procedencia Carlos Nuñez. 538 kilos en la tablilla, jugado en Las Ventas el 14 de mayo de 2010, el toro, nacido en mayo de 2006 tenía los 4 años recien cumplidos. Lidia y muerte para "El Cid".





  Un toro con el trapío que corresponde a su sangre, de lámina recortada, bajo, muy fino de cabos, algo ensillado y escurrido por detrás, sin embargo, no se escuchó ninguna protesta, al menos de forma notoria. El toro era de respeto, la otra forma que hay para referirse al trapío.




  Con cierta fiereza y poco voluntarioso el juego fue muy en Nuñez, a más y de mucha exigencia para el torero, que no pasó de discreto, ante la decepción de los concurrentes que, ilusionados ellos, esperaban la resurrección de "El Cid", la cual, aún hoy no se ha producido.

  Guitarra II fue despedido con palmas. Muy bien en esta ocasión el público de Madrid que supo entender perfectamente la procedencia del toro, admitiendo su trapío, a pesar de su escaso tamaño.