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domingo, 18 de octubre de 2026

El público y la afición madrileña. De la Cátedra a la histeria colectiva

  

Continuando con el artículo que publicamos en esta revista en octubre de 2025, La afición madrileña, de los intransigentes a los tolerantes, escrito por los periodistas José Antonio Donaire y Julia Rivera, me dispongo a hacer en esta pieza una continuación y, con ello, un breve repaso de lo acontecido en Las Ventas en las dos últimas décadas desde una perspectiva abierta, prestando quizá más atención en el aspecto sociológico. Sin pretensión de sentar cátedra con ello, sin la precisión y la rigurosidad del ensayo histórico o científico, simplemente desde el análisis, los recuerdos y las vivencias en primera persona, desde que me fui acercando a la plaza siendo un adolescente hasta nuestros días.

 

De la Cátedra a la crisis de la burbuja inmobiliaria

Hubo un tiempo en el que tener un abono de Las Ventas era como tener un tesoro, sin ir más lejos, servidor tuvo que hacer varias noches en la plaza para conseguir un hueco fijo en la piedra. Esta percepción, como vamos a ir viendo, fue cambiando. Hablamos de la primera década de los dos mil, por aquel tiempo, el público y la afición de Las Ventas mantenía muchas de las querencias y las virtudes que le hacían poseer el título de Cátedra del toreo. Todavía persistían algunas máximas bien marcadas e interiorizadas por los tendidos. La presencia del toro era muy importante, pero más aún cómo lo hacía el torero conforme a las características del cornúpeta. Para esto, claro, hay que saber ver al toro y aquella plaza sabía lo que veía. El toreo al natural con la mano izquierda era fundamental, no se concebía una faena con premios mayores si este no se producía; por otra parte, las alharacas, el tremendismo, y los adornos fastuosos tipo circulares, pases por la espalda y demás eran muy mal vistos y censurados con vehemencia, percibidos por las gradas casi como una ofensa: “¡eso lo haces en tu pueblo!”. La colocación de la espada se miraba con lupa, milimétricamente, no solo por parte de muchos espectadores, también por los presidentes que, muchas veces, enmendaban al resto de la plaza. Tan es así que la rigurosidad en este sentido a veces pecaba de excesivamente categórica; no era extraño presenciar cómo se denegaba la segunda oreja porque la espada había caído dos o tres dedos fuera de la zona ideal y, ojo, los presidentes no eran linchados por ello, se contemplaba como algo inherente a la plaza.

Fueron los años de El Cid y su mano izquierda citando a los Victorinos desde los medios sin probaturas, mandando desde la primera serie; los de las últimas lecciones de tauromaquia, manejo preciso de los tiempos, distancias y terrenos de César Rincón, por ejemplo, aquella tarde de 2005 con toros de Alcurrucén que nunca olvidaré. La intransigencia y el choque de conceptos entre la afición y El Juli que vivió durante casi toda su carrera quedó reflejada en aquella encerrona de 2003, en la que desplegó una tauromaquia larga y mandona frente a un encierro variado, pero ni con esas. José Tomás regresó en 2008 después de seis años de ausencia, reventó la plaza, reventó a sus toros, y nunca más se supo.

Esta década es la del surgimiento de una ganadería de leyenda en cuanto a casta y fiereza indómita −con genio en muchas ocasiones, también hay que decirlo−, lo mismo que sucedió antaño con la de Luciano Cobaleda, o muy antaño con los toros de Coruche. Hablamos de la ganadería de José Joaquín Moreno Silva y las terroríficas y encastadas novilladas de 2007, la de 2008 en la que Valentín Mingo tuvo que estoquear cinco ejemplares, 2009, y la de 2010 con mayor repercusión en la feria de San Isidro, en la que los animales hicieron correr a los de a pie y se adueñaron del ruedo.

Frente a gran parte de la plaza, recuerdo a Salva y a Fausto defender con ahínco su visión desde sus localidades del siete, que pasaba, inexorablemente, por la integridad del toro y la verdad del toreo. Fueron pérdidas muy notables dentro de la parte más combativa y severa de la afición. Época en las que todavía se luchaba en cada festejo, entre otras cosas, porque no se le taparan los dos ojos al caballo; la colocación de los actuantes en el ruedo era una obsesión y el “¡a tu sitio!” durante el tercio de varas era una constante. Entonces, los picadores se ponían entre la pilastra de la puerta grande y el burladero de matadores para llevar a cabo la suerte, cosa que se ha perdido.


Cuando se aguantaba el chaparrón estoicamente


La crisis de la burbuja inmobiliaria que estalló en los años 2008 y 2009 y se dilató varios años es un punto de inflexión importante en el devenir de Las Ventas. Las empresas que poseían un palco de grada o andanada para hacer relaciones, los colegios mayores que tenían muchos abonos repartidos por la plaza, etcétera, todo eso se perdió. El abono fue cayendo progresivamente hasta que en los años 2015 y 2016 tocó fondo con unos trece mil fieles. Mucha gente se fue y nunca volvió, la unidad de criterios que daba un público que siempre llenaba la plaza en los festejos de abono −los de temporada siempre han sido otra historia−, fuera el día que fuera, se fue perdiendo. Es decir, la Cátedra se diluía progresivamente. El momento que marca para mí este cambio de paradigma en el que mucha parte de la afición entendida iba a desaparecer en años venideros es el del 5 de junio de 2009, despedida de Luis Francisco Esplá, torero muy querido y valorado, conocedor y dominador de todas las suertes −menos la de matar− y de todo tipo de toros; inteligente, comunicativo con los tendidos, supo entender la idiosincrasia y el carácter de la plaza mejor que nadie.

De entre la infinita diversidad de público, tribus urbanas y rurales que poblaban Las Ventas por aquellos primeros años de los dos mil estaban “los aficionados de la Movida”, los que aún coleaban de ese Madrid canalla y fiestero y fueron testigos de las últimas actuaciones magistrales de Antoñete, emblema de esta corriente de aficionados. Eran fáciles de reconocer por su estética heterodoxa y subversiva en el contexto del coso taurino, yo mismo conocí a varios en mi primer abono en la grada del cinco, siendo su exponente más señero el gran Jaime Urrutia, un habitual de nuestra plaza.

 

La aparición de las redes sociales. De Taurodelta a Simón Casas y Plaza 1

En esa transición entre una década y otra mi memoria tiene inclinación por dos ganaderías, Palha y Cuadri. Las corridas de la vacada portuguesa acaecieron justo antes de entrar en la década de los años 10. En 2007 destacó un toro bravísimo, Rabosillo, frente a Sánchez Vara; en 2008 hubo una corrida grandiosa en la que sobresalió el toro Rachido, que salió reventando burladeros como en las láminas de La Lidia, y con el que sostengo que estuvo muy bien y muy digno Luis Bolívar, malogrando todos los méritos con la espada. Y en 2009 otro gran encierro, con sabor agridulce por la pavorosa cornada sufrida por Israel Lancho y la polémica servida porque el mayoral fue obligado a saludar.

El caso de Cuadri es un agradable recuerdo, esperamos que aquellos años de gracia se repitan, y es que cualquier persona de bien que sienta pasión por el toro bravo ha de tener admiración por esta casa ganadera. Esos momentos dulces del hierro onubense siempre serán asociados con un torero y su cuadrilla, la de Javier Castaño. Parecía que iban a sentar jurisprudencia haciendo las cosas con tamaña excelencia, especialmente en el tercio de varas, pero nada más lejos de la realidad. En Madrid, por lo que sea, no interesa hacer las cosas bien en varas. Al menos los aficionados supieron compensarlo y, en una jornada histórica, en mitad de una faena, picador y cuadrilla fueron invitados a dar la vuelta al ruedo en medio del clamor popular. Fueron años estupendos para la familia Cuadri y una legión de aficionados los acompañó por todas las plazas, los cuadriadictos.

Entrada la década de los años 10, paulatinamente, fuimos sintiendo la degradación del público de la plaza. Las reacciones desproporcionadas por cosas tales como que una montera cayera del derecho tras un brindis, que antaño se vivía con naturalidad; el abaratamiento de los trofeos; las calvas en los tendidos en los festejos de San Isidro que, poco a poco, se iban haciendo habituales, con lo que el público resultaba tornadizo y ampliamente mayoritario con respecto a los más habituales y recalcitrantes. La empresa Taurodelta, aburrida, ayuna de imaginación, de espaldas siempre al aficionado, con unos carteles infames fuera del abono de feria, no ayudaba a contrarrestar ese vacío producido por la crisis. Las figuras tampoco, algún gestito muy puntual, como cuando Talavante se encerró con Victorinos −muy justos de trapío−, pero toreros del corte de Perera o del Juli, con muletas muy poderosas, desaprovecharon la oportunidad de demostrarlo en el cogollo de su carrera frente a toros de poder y se prodigaron, casi exclusivamente, con el ganado facilón que los taurinos llaman “de garantías” y los aficionados “de carril”. Morante de la Puebla, redescubierto ahora por los públicos veinte o veinticinco años después, coleccionaba broncas y abucheos en prácticamente todas sus comparecencias en Las Ventas. Los bailes de corrales fueron importantes, frecuentes y muy sonados en este periodo, recuerdo incluso alguna pitada al iniciarse el paseíllo motivada por la escasez del ganado que se había visto por la mañana en el apartado mientras asomaba la pancarta clásica de aquella época: “hoy toros light”.


La empresa Taurodelta no dejó impronta

Empezada la temporada de 2014, nuestra Asociación y la delantera de grada del siete padecían la ausencia de Joaquín Monfil, aficionado con unos conocimientos profundos de la historia de la tauromaquia, de donde brotaba su particular visión del espectáculo taurino. Rodeado en la grada por mujeres de la categoría de Yolanda o de Rosa, aficionadas que sienten la plaza de Madrid como algo propio, donde la defensa de su crédito y posición se antepone a cualquier circunstancia, debilidad o partidismo. Ese tipo de aficionados que, ante un trofeo inmerecido, no digamos una puerta grande, una vuelta a un toro cuestionable… salen de la plaza dolidos, como si les hubieran clavado a ellos el arponcillo de las banderillas, con un berrinche que durará al menos hasta el siguiente festejo. Los hay por todos los tendidos pero son pocos en comparación al enorme aforo que tiene Las Ventas, sin embargo, es ahí donde reside el auténtico espíritu de la plaza.

Entretanto vivíamos la eclosión de las redes sociales y, con ello, un gran cambio en nuestros modos de vida y de relacionarnos. Propiciaban la inmediatez, la perdida de la reflexión profunda y la atención sostenida, tendencia a lo superfluo, a fingir un mundo ideal. Es notoria también la pérdida del respeto, del principio de autoridad, el colegueo y la banalización de las opiniones que gozan de un estatus y jerarquía. Todo esto iba a tener mucha influencia en el modo y las formas con las que los aficionados venideros se iban a acercar a la plaza, como vamos a ir viendo. Traían también otras cosas muy positivas como el intercambio de conocimientos y opiniones muy válidas y la conexión entre afines. Han sido infinidad los aficionados que han trabado amistad a partir de una relación virtual previa, servidor puede dar fe de ello. Ejemplo de ello podría ser el Ateneo Orson Welles, un grupo de aficionados irreverentes, alejados de los clichés prototípicos, agrupados en torno a una percepción global y vanguardista. Con iniciativas muy loables y una actividad cultural potente como la revista El Monosabio de la que publicaron varias ediciones; lástima que no pudieron mantenerse en el tiempo.

El periodo Taurodelta, que sirvió para enterrar la idea de cubrir la plaza gracias al fracaso de poner una techumbre y que esta se viniera abajo, nos trajo algunos cambios reseñables. Le quitaron el atuendo de torear al chulo de banderillas y al torilero, algo que era costumbre secular en Madrid, y apadrinaron el cambio de distribución de los caballos de picar, llevándoselos a la puerta grande en vez de hacer el clásico recorrido por la plaza desde el patio de caballos. Años anodinos por una empresa anodina que maltrató la calidad de la programación, especialmente fuera de abono. Además, unas figuras que iban a lo fácil y que ignoraban cualquier ganadería que no se plegara a ellos, lo que suponía el ahogamiento de muchos hierros y encastes y, en muchos casos, su desaparición. En contrapartida, surgió el llamado “ciclo de encastes minoritarios”, una forma de aislar oficialmente y de institucionalizar a todas esas ganaderías que se salían de la norma y que, de una forma o de otra, se ha ido manteniendo en el tiempo durante el mes de septiembre.

Podría decirse que Fandiño fue el torero que nos sacó de aquellos años de apatía en los carteles, además se fue haciendo en los festejos de temporada con la plaza semivacía. Estos son los espadas que gozan del mimo y el cariño de la afición, los que se fraguan en la propia plaza en todo tipo de tesituras y no los que vienen entre algodones con vitola de figura sin haberlo contrastado en Madrid. Lo vimos crecer, triunfar, fracasar, su pundonor y su vergüenza torera siempre fue intachable. Se anunció con todo tipo de ganado y lo vimos torear en vaqueros, tirarse a matar con inmensa verdad, a veces sin estoque, encerrarse con seis ganaderías del gusto de la afición a plaza llena... En fin, los que estuvimos ahí y lo vimos progresar, los que lo admiramos y lo sentimos, siempre llevaremos esa espina por su trágica pérdida.


Fandiño

 

De Plaza1 a la degradación de la plaza

En este epígrafe vamos a tratar de exponer los sucesos y actuaciones que han ido concatenándose desde que entró Simón Casas con Garrido hasta llegar al punto de degradación en el que nos encontramos, ya les adelanto que esta etapa es la más interesante desde el punto de vista sociológico.

Como sabemos, la plaza de toros no es un lugar estanco ni ajeno a la vida social y política española sino reflejo de ello. En este sentido, debemos recordar la eclosión del partido político Podemos a mediados de los años 10, dejando claro desde el principio una hostilidad inusitada no solo contra la fiesta de los toros, también contra los aficionados que acudían a las plazas. Sirviéndose de las redes sociales, no era extraño ver a representantes públicos de este partido, o candidatos a ello, tachando a los aficionados de psicópatas, homicidas, etcétera, o desear que las plazas de toros ardieran o una bomba causara su destrucción. Aquellos ataques tan frontales, descarnados y violentos se materializaron en diferentes medidas prohibicionistas que este partido aplicó conforme fue adquiriendo una cuota importante de poder en las diferentes administraciones locales y autonómicas. Las noticias negativas, de censura a la tauromaquia, se sucedían día sí día no, esto caló en muchas personas que no compartían estos ataques furibundos contra la fiesta y soliviantó a los que simpatizaban con ella. En contrapartida y para luchar contra estos ataques incesantes a la tauromaquia desde las instituciones nació la Fundación Toro de Lidia con un gabinete jurídico dispuesto a plantar cara, consiguiendo algunos logros importantes.

Paralelamente, en 2017 tuvo lugar el golpe de Estado o procés de Cataluña, en donde, queramos o no, se produjo un ataque contra la soberanía del pueblo español así como posterior humillación, puesto que los partidos políticos que ampararon este proceso de rebelión o sedición pasaron a formar parte de la coalición para formar gobierno, algunos de ellos fueron condenados por la justicia, si bien se procedió a liberarlos de prisión indultándolos, los delitos por los que fueron condenados se eliminaron del Código Penal y, con el tiempo, se impulsó una ley de amnistía ad hoc como si hubieran sido condenados por una dictadura, interfiriendo y eliminando la independencia de los jueces que se limitaron a aplicar la ley que, se supone, emana de la voluntad popular.

Perdonen la digresión, no queda otra que poner estos acontecimientos políticos sobre el tapete para entender la evolución y etología de la plaza de toros de Madrid que, junto con los ataques contra la tauromaquia desde las instituciones antes comentados, por partidos abiertamente hispanófobos, provocaron un efecto rebote y mucha gente empezó a acudir a las plazas de toros no solo como afición sino como defensa y reivindicación de españolidad. Esta fue la época en la que los “viva España” comenzaron a multiplicarse exponencialmente. Antaño, el “viva España” solo se vitoreaba en Las Ventas los días que venía el rey en Beneficencia y sonaba el himno, tras estos sucesos pasó a repetirse varias veces durante la lidia de cada toro, de manera tal que parte de la afición aborreció tanta insistencia.

Sobre este tema es inevitable recordar una anécdota muy divertida sucedida en una corrida de Beneficencia del año 2018 o 2019, presidida por el rey, en la que no paraba de gritarse “¡viva España!” desde los tendidos, continuamente. De repente, en la zona del siete pegando al seis, una mujer vociferó: “¡viva la república!”. Imagínense el revuelo que se montó alrededor, gran cantidad de personas se volvió contra ella, algunos querían echarla de la plaza. A mí me recordó aquello del alma libre y anárquica del ciudadano español que contaba Unamuno, o lo de Pérez de Ayala del carácter nuestro: aunque toda la plaza ovacione siempre habrá uno que se levante y pite, no lo hace contra aquello que provocó la ovación sino contra todos aquellos que baten palmas.

La nueva empresa, conocedora de cómo funciona el ocio actual pues una parte de ella está especializada en el mundo de los viajes y el turismo, comenzó a vender la corrida de toros como una experiencia. Eso que se lleva tanto ahora, como sucede en cualquier otro espectáculo de la actualidad: el cine, el fútbol, la fórmula uno…  el contenido no importa tanto como el decorado y la oferta alrededor del mismo, el atrezo. Las fiestas y las discotecas en la plaza proliferaron de tal manera que llegaron a fagocitar el espectáculo taurino, la música se abría paso incluso mientras se estaba lidiando el sexto de la tarde −luego piden respeto−. El botellón hacía su presencia sin ningún tipo de disimulo, creo que acabará provocando la típica solución salomónica tan nuestra: la prohibición del consumo alcohol en el coso. Es complicado porque hay importantes intereses económicos pero no descarto que, como siempre, acaben pagando justos por pecadores.

La oferta de Casas y Garrido para regentar la plaza ponía en valor la promoción de la juventud y el abono joven. Aquello funcionó −el discotequeo y el botellón son buenos alicientes− y se fueron agrupando y focalizando en la grada del seis. La juventud ya se sabe, es rebelde y opositora por naturaleza y allí había algunos grupos de chavales que bien, son jóvenes, pero no son tontos y muchos de ellos se movían por la afición a los toros más que por el gin-tonic. Entre otros, había aficionados de categoría como la gente de AJTE (Asociación Juvenil Taurina Española) o grupos como el de Borja, de Casta y Bravura, que conocen la plaza perfectamente. Así que, desde la energía de la juventud y la pasión por los toros, la grada del seis se convirtió en un frente de rigor, exigencia y protestas. La plaza tenía un nuevo hervidero, las protestas llegaron a superar ampliamente a las del siete, que nunca ha dejado de ir a menos paulatinamente, así que la empresa tomó cartas en el asunto y se encargó de disolverlos y acabar con este nuevo foco poniendo todo tipo de trabas a la hora de renovar.

Esta etapa coincide con los años en los que la afición que exigía era demonizada sistemáticamente desde los portales digitales, ciertos plumillas de los periódicos y redes sociales, cualquier protesta era sacada de quicio. En las crónicas y tuits de muchos medios y periodistas a los que no voy a dar protagonismo ahora siempre había espacio para alentar el odio contra una parte de la afición. A mi modo de ver aquello estuvo claramente orquestado.

Es verdad que la nueva empresa cambió algunas cosas para bien. Ponía más interés en los carteles que Taurodelta −no era complicado− y abrió el abanico ganadero atendiendo las demandas de los aficionados. La Feria de Otoño de 2018 se confeccionó por sorteo y el bombo dictó la suerte, aunque no se volvió a repetir. Los desafíos ganaderos de septiembre y la corrida concurso, recuperada después de diez años de ausencia, han ofrecido momentos excelsos e inolvidables de toros y toreros.

A pesar de la bajada del IVA para las entradas de los toros, del 21 al 10 %, implementada por el Gobierno en 2017, los precios de las entradas comenzaron a subir inexplicablemente antes de la pandemia por encima de lo que marca el IPC −en esta revista, en su momento, publicamos artículos demostrándolo−, pero la puntilla la sufrimos con el nuevo pliego en 2022. Bajo la premisa de subir el número de abonados y de generar beneficios los días de figuras, la empresa se cameló al director gerente de Asuntos Taurinos en ese momento, Miguel Abellán, y la Comunidad de Madrid cedió a una liberalización de precios sin ningún tipo de pauta o límite dentro de un pliego que, paradójicamente, regula cualquier tipo de detalle. En algunos casos, las localidades más económicas de la plaza multiplican por tres respecto al precio de venta original, no solo en carteles de mucha demanda y expectación, lo que podría explicar este abuso, también en novilladas sin ningún aliciente o en las corridas de los festejos de temporada. Con esta medida, en mitad de una inflación galopante generalizada, se ha ido perdiendo un nicho importante de personas que acudían frecuentemente a los diferentes festejos de temporada, aficionados de Madrid y alrededores, que no tenían por qué ser abonados y han sido claramente perjudicados, mas estos no salen en ninguna estadística.

La pérdida de identidad tras la crisis y la caída del abono; el público de patriotismo rebelde que vino a contracorriente de los ataques sistemáticos contra la tauromaquia o contra la nación; los que se arrimaron porque se enteraron que había barra libre para la fiesta, el botellón y el after bullfight en la discoteca; el público más llano y humilde sustituido por los que sí pueden permitirse unos precios desbocados. Con todos estos ingredientes ya tenemos el cóctel. La empresa encantada, se ha permitido poner algunas guindas, como los últimos carteles para San Isidro dirigidos a una clientela específica y muy concreta, resultante de todos estos factores que hemos ido comentando.

Algunos han dado en llamarlo la cayetanización de la plaza. Lo que está claro es que el carácter diverso y plural, la variedad de estratos sociales, de grupos urbanos y rurales, se han perdido, y el público es mucho más homogéneo. El monoencaste también ha llegado al tendido y esto hace que en Madrid ya no encontremos esa diferenciación que la distinguía, el crisol y la alegría de otros tiempos, siendo ahora una plaza mucho más aburrida, como sucede en el ruedo con el monoencaste.


Pancartas contra la actitud lamentable de la plaza

Cuando hablamos de la pérdida de criterio y rigor de la plaza es recurrente escuchar aquello de “es que el siete ya no es lo que era”. Vale, esto es cierto, pero no es el siete el único que ha mermado su condición reivindicativa con el paso del tiempo. Los tendidos de sombra merecen una atención en toda esta cuestión que pocas veces se analiza, el cambio de actitud a partir de lo sucedido tras la crisis de 2008 fue muy acusado. La Cátedra que recordábamos iniciando este artículo lo era, en gran medida, gracias al tendido ocho y a los tendidos de sombra, allí abundaban grandes aficionados que vivían la corrida con pasión, a su manera, con más mesura y un talante distinto al del siete y los tendidos de sol. La sombra que conocí en mi juventud protestaba los inválidos igual que el resto de la plaza, abroncaba cuando tocaba −sin la hostilidad y la predisposición del siete, claro−, se revolvía contra el palco cuando los presidentes la liaban y era un referente cuando había una pañolada demandando trofeos, especialmente los tendidos ocho y nueve. Sabían lo que veían perfectamente, aportaban un punto de equilibrio magnífico y defendían el crédito de Las Ventas frente a la bullanga y las facilidades que ofrecían los tendidos de solanera a los toreros. No obstante, los toreros armaban sus faenas frente a estos tendidos si querían triunfar de verdad, sin embargo, en la actualidad prácticamente nadie torea frente a la sombra, la histeria de los tendidos de sol se ha impuesto a la parsimonia del resto. Ya no se protesta nada por muy escandaloso que sea el asunto y no queda asomo de la personalidad que había en aquellos tendidos, los miras y parece un trampantojo.

Y esta, señores, es la plaza que tenemos ahora. El público cambiante y de oleadas con la caída del abono, los beodos que entran pasados de vueltas, desinhibidos y cargados de odio contra todo aquel que ose discrepar, los del vivaspaña, los silencios impostados, el palco y los asesores a la deriva, el pastoreo que se ha empleado desde los despachos, por ejemplo, cuadrando los “carteles de figuras” en días de la semana muy concretos… Recordemos que la categoría no la otorga el título de plaza monumental, ni siquiera el de bien de interés cultural, esto se gana por la seriedad y el trapío del toro que salta a la arena y la calidad y criterio del público que pondera y valora lo que sucede. Es necesario que los tendidos se pronuncien, para bien o para mal, sin la actividad y el juicio del público la corrida de toros carece de sentido, por eso no se ha de estar como en misa.

¿Cómo recuperar aquella plaza que añoramos, cómo hacer que regrese la Cátedra? Si alguien tiene la fórmula que venga y nos la cuente. Lo que sí podemos afirmar, es que los procedimientos, los modos de ser y estar de una sociedad están en permanente cambio y transformación, los ciclos pueden ser circulares, y la plaza de toros de Madrid no está al margen de ellos. Así que no desesperen.


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Artículo para el boletín número 66 de la asociación El Toro de Madrid, La Voz de la Afición.

miércoles, 1 de mayo de 2024

Hay que picar

 

   Estamos comprobando últimamente que hasta en las plazas repletas de aficionados, no digamos en las otras, cuando llega el tercio de varas, lo que se le pide con ansia al picador desde los tendidos es aquello que tanto se escucha de "¡levanta la vara!". No se tolera que el del castoreño se aplique en su función, y lo que se demanda a toda costa es que el picador acabe en la postura que pueden ver a continuación. Es decir, lo que muchos aficionados denominan "hacer la mayonesa", esta es la suerte que ahora se lleva, la que gusta, la que el público y los aficionados exigen y cierta mayoría no deja de protestar hasta que la ejecutan.

 

La mayonesa, la baticao, el puyazo de hogaño


Los incautos más desaforados gritan aquello de "¡levanta la vara!" incluso cuando el toro está empujando, poniendo en un brete al pica y su jaco. Así que, por unas o por otras, los tercios de varas de las corridas actuales, la mayor parte, se resuelven con esta "mayonesa" o "baticao", postura o suerte infame, que trasmite debilidad del toro, superioridad inmensa del acorazado, desigualdad en la lid, y no atesora nada de torería. Se da la paradoja que los picadores, si gustan y créanme que suelen gustar, con esta "suerte" pueden hacer muchísimo daño a los toros. Muy sencillo, mueven el brazo de un lado a otro, generando nuevos cortes con la pirámide de la puya, haciendo un boquete al animal; o giran la muñeca que sujeta la vara como si empuñaran un destornillador y apretaran y desapretaran un tornillo, es decir barrenando. Y el público tan feliz porque el picador "ha levantado la vara". 

Sí, estoy harto de esta aberrante suerte, si es que podemos llamarlo de este modo. A los toros hay que picarlos, el picador tiene que sujetar la vara, no debe recargar percutiendo, esto es, sacar y meter el palo repetidamente ni, por supuesto, barrenar. Hay que instar a los matadores para que saquen a los toros del castigo cuanto antes, no a los picadores, y mucho menos pedir que levanten la vara cuando los toros están empujando porque la puya es su única defensa y la de la cabalgadura. 

Es motivo de gozo para el aficionado y síntoma de bravura que los astados se crezcan al castigo, metan los riñones y empujen en el peto. Si esto sucede el picador no tiene porqué "levantar la vara" y adoptar la infame postura que motiva este artículo. El jinete se puede defender en todo momento, ojo, decimos defender no masacrar, contando con que el puyazo haya caído en buen sitio de manera que el animal no se lastime. Si el toro se encela en el caballo por bravo, véase un Bombito (Miura), un Fusilito (Palha) o un Bastonito (Ibán) podrá quitar el palo para que le metan el capote al hocico o, llegado el caso, lo coleen. Ojalá pasara esto más a menudo, porque es gloria bendita para el aficionado. 

La puya sirve para ahormar al toro, no para ejecutarlo, no para masacrarlo, el picador ha de sujetar el puyazo midiendo la intensidad y la fuerza con que lo hace −bastante lesiva es de por sí la puya que se utiliza y desmedida la dimensión del caballo−, contando con que en Madrid el cornúpeta podrá entrar varias veces al jaco, es decir, no hay que cebarse en el primer puyazo, cosa que vemos muy habitualmente. Hay que ir calibrando la fuerza y la casta del toro, administrando el castigo en consecuencia.

“Levantar la vara” es una pantomima que sirve justo para lo contrario de lo que muchos piensan. Exijamos una suerte de varas bien hecha, pulcra y bien medida. Hay que picar, ¡basta de mayonesas!


Estética de picador, estética torera


Sujetar, no machacar, no barrenar, no percutir, simplemente sujetar al toro y medir el castigo





martes, 19 de marzo de 2024

De pitón a pitón

 

A la espera de que publiquen el libro en vegetal, aquí podéis leer mi prólogo para la obra de Sobaquillo, Mariano de Cavia, titulada De pitón a pitón, reedición a cargo de la Fundación Toro de Lidia.


Acceso a la obra: aquí. También habilitada la descarga en PDF.

Acceso a todos los libros reeditados por la FTL: aquí.




jueves, 22 de junio de 2023

Plaza1 y el Centro de Asuntos Taurinos siguen desprestigiando la plaza de Las Ventas



 


−Una feria de San Isidro plagada de ganaderías facilonas que las figuras suelen llevar consigo allí donde torean, las ganaderías domequianas que, si no sirven para torear, no molestan y aburren a los tendidos. Muchas tardes de figuras, poca variedad de encastes y desaparición de las ganaderías de otra índole o toristas, que dinamizaban la feria y siempre han gustado en Las Ventas. Madrid se ha sevillanizado y esa no es su idiosincrasia, el Centro de Asuntos Taurinos nunca debería haberlo permitido.

 

−La discoteca dentro de la plaza funcionando mientras los toreros estaban haciendo faena o mientras estaban siendo atendidos en la enfermería, luego van por ahí pidiendo respeto. Esto, para cualquier persona que entienda la tauromaquia como es debido, constituye una profanación del templo y más en la llamada primera plaza del mundo. Derivado del ocio discotequero, el empresario se apunta el tanto de la abundancia de juventud en la plaza, esto es falso, en Madrid siempre ha habido mucha juventud y mucha variedad de gentes de toda índole y clase social, gracias a lo accesible de sus precios y a su condición de plaza pública y monumental. Ahora, las tarifas accesibles están dejando de existir, se ven muchos jóvenes, sí, pero la gran mayoría son de un perfil social y económico muy concreto. De igual modo, la discoteca conlleva un problema de seguridad grave y evidente a la hora de desalojar el coso mientras otros quieren acceder al mismo. Nadie hará nada hasta que no suceda algo grave, esto es España, hay que lamentar primero para imponer después medidas drásticas.

 

−El discotequeo y la fiesta no casa muy bien con la seriedad y el rigor. Los aficionados que todavía exigen, los últimos de Filipinas todavía no se han enterado que Madrid ya ha caído y siguen luchando por su plaza, mientras tanto, una serie de periodistas, viles y serviles, utilizan sus plataformas para azuzar al público contra aquellos, una campaña de desprestigio del sector crítico de Las Ventas sin precedentes. Los últimos de filipinas contra el público que ha crecido viendo las retransmisiones televisivas donde un bajonazo es un estocadón, los que se dejan manipular por los medios que acabamos de comentar, los que van un día a los toros, se han dejado un pastizal y la afición no les llega como para protestar un simulacro en varas o un toro que se cae constantemente, los que se han pasado de vueltas con las copas y entran desinhibidos... Lo metes en una coctelera, lo agitas y te sale el San Isidro que hemos visto. Triunfos exagerados, donde la mentira se impone a la verdad, y de los que los profesionales son los primeros afectados porque no les sirven para nada.   

 

−Casi tres mil personas pueden acceder a la plaza sin haber pagado un céntimo, no entiendo cómo se conjuga esto con la crítica y el papel activo que el espectáculo de los toros otorga al público, éticamente es inaceptable, ¿cómo se puede exigir nada cuando no has pasado por taquilla? Por otro lado, el sacrificio de los que se ponen delante del toro, al fin y al cabo, es para ganarse la vida y a costa de unos honorarios, ¿por qué tiene que haber tres mil personas en la plaza que no paguen nada, es esto moralmente aceptable? ¿Es congruente que algunos pasen gratis y el que está al lado, en una grada de sol, pague treinta euros?

 

−La temporada abandonada a su suerte, maltratada y denigrada por la empresa que solo tiene ojitos para la mercadotecnia de San Isidro. Dijeron, literalmente, que iban a “reforzar el carácter de plaza de temporada” y que iba a “primar la programación de calidad”, y ya ven. A la temporada le han quitado siete u ocho corridas de toros y la han llenado de novilladas en las que siguen viniendo chavales a debutar en Madrid con caballos, esto es, festejos sin ningún atractivo y condenados por lo general al fracaso. Por si no bastara con esto, a los festejos de temporada también los han subido el precio, llegando a costar el doble en los tendidos altos de sol. Muchas gracias por esto, por no haber previsto lo que iba a suceder, señor Abellán y demás ingenieros del Centro de Asuntos Taurinos y la Consejería de Presidencia, así es como se promociona la temporada, claro que sí. Carteles que más que atraer repelen, ganaderías que andan medio desahuciadas, precios de plaza privada, novilladas en vez de corridas, cambios en el cartel a última hora porque lo que anuncian no vale y una “programación de calidad” que brilla por su ausencia.

 

−El toro, desaparecido. Salvo honrosas excepciones, todos los días ha habido dos o tres toros que no servían para Madrid y, según la empresa, son los que más y mejor pagan. De lo que se deduce que los están engañando como a unos primos (a los chinos ya no los engaña nadie). El medio toro se ha instalado en Madrid. La variedad de encastes desaparecida, abocada a un mes de septiembre en el que nos volverán a anunciar otra novillada concurso de ganaderías, un festejo barato y sin fuste que no está a la altura de la categoría de la plaza. Han salido a malas con una de las casas ganaderas más humildes y honradas que hay como es Cuadri, así que gracias a la torpeza de esta empresa a saber cuándo la volveremos a ver. De un año para otro saben que en septiembre “el toro es el más protagonista” (sic) y, hasta el momento, no son capaces de agradar con un ciclo ganadero y una corrida concurso en la que se vea que hay un trabajo detrás de selección y de buscar hierros y ganaderías que sorprendan, atrayentes o que estén en buen momento, en definitiva, de generar expectación entre los aficionados.

 

−La manipulación de astas también ha llegado a Las Ventas. En otros tiempos había quejas porque se decía que se afilaban pitones, decían que los toros venían con los cuernos excesivamente buidos y, por lo tanto, se sacaba punta, sin embargo ahora no hay manera de ver un pitón que termine en punta. Aquí, además de la empresa, los equipos presidenciales tienen gran parte de responsabilidad, con la manipulación y el fraude tolerancia cero.

 

−El Batán, la mejor iniciativa que hemos visto materializarse y no se quedó en promesas y palabras huecas, se ha gestionado de manera verdaderamente chapucera. Un error de redacción en el pliego, como sucedió con el sistema precios, ha propiciado el abuso y la renuncia de muchos ganaderos. Solo unos pocos han venido al Batán para cumplir el expediente, las ganaderías de las figuras bajo ningún concepto, claro, y desde el Centro de Asuntos Taurinos y la empresa no se ha promocionado ni se ha anunciado las ganaderías que estaban en los corrales del Batán o anticipado las siguientes que iban a mostrar. Pagan mucho según dicen, pero no lo suficiente como para que los ganaderos cumplan con el pliego y el requisito de llevar sus toros a la Casa de Campo. Las instalaciones además están en estado ruinoso y necesitan un lavado de cara urgente. El castizo patio de mayorales del Batán, donde otrora se engalanaba con los azulejos de los toros más bravos ha sido suplantado por una ventana del desolladero de Las Ventas, donde ahora han colocado el azulejo del toro Duplicado, de Victoriano del Río. 

 

−A todo esto hay que añadir que la plaza sigue en un estado de mantenimiento muy deficiente, por decirlo de una manera suave. Un edificio catalogado de “bien de interés cultural con categoría de monumento histórico-artístico” que no se cuida. A todos se nos llena la boca con lo público, pero, ¿sucedería esto si el mantenimiento de Las Ventas dependiera de una entidad privada? A los madrileños nos gustaría presumir de plaza en vez de avergonzarnos.


miércoles, 12 de abril de 2023

La Asoc. El Toro de Madrid pide una reforma del Reglamento que contemple el enfundado de los toros

 

   La asociación El Toro de Madrid ha solicitado mediante un escrito que se reforme el Reglamento en vigor para que el enfundado y desenfundado de los toros sea recogido por el Reglamento de Espectáculos Taurinos, de manera tal que esta "faena" de campo ofrezca unas garantías de no manipulación e intangibilidad de las astas de las reses que se lidian en las plazas de toros. Efectivamente, tal y como recoge la carta, es una barbaridad que, a día de hoy, el enfundado de los toros no tenga ningún tipo de reglamentación. Además hemos pedido que se mejore el sistema de reconocimientos post mortem (art. 58), que se practiquen habitualmente, y que se pongan las medidas necesarias para atajar el afeitado y manipulación que actualmente vemos en todas las plazas. 

Los políticos, en plena campaña electoral, competentes para legislar y llevar a cabo esta reforma de la Ley de espectáculos taurinos, por supuesto que no van a hacer ni caso. Los profesionales del toro, huelga decir, van a hacer menos todavía. Están muy acomodados en el sistema corrupto y fraudulento actual, donde cada vez escasean más los aficionados pasionales, exigentes, y prolifera el público condescendiente, lenitivo, de fotito y postureo en redes sociales. Pero hay queda eso, esto es lo mínimo que hay que exigir, que dejen de manipular, de afeitar, de arreglar y de hacer bolitas a placer, como llevan haciendo las últimas temporadas. 

Dejo aquí abajo el escrito, y también el enlace a la web.






¡¡FUNDAS NO!! ¡¡REGULARIZACIÓN YA!!


sábado, 8 de octubre de 2022

Las bolitas, la última lacra

 

   Esta modalidad podríamos enmarcarla dentro de una nueva etapa que daremos en llamar el afeitado posmoderno, nos referimos a ese sutil y disimulado redondeo de puntas que estamos viendo en todas las plazas, incluidas las de primera categoría, las bolitas. La desvergüenza aumenta conforme va disminuyendo la categoría del coso, así que tenemos bolitas de diferentes calibres según la plaza, pero también las hay dependiendo de la categoría del espada que se anuncia o los prejuicios que genere la ganadería o el encaste a lidiar. El siglo XXI y sus adelantos eran esto, una manipulación de perfecta ejecución, en la mayoría de casos aprovechando el desfundado de los toros. Unas fundas que, para mayor gloria y recochineo del asunto, se supone que están ahí para que los llamados astados se lidien con las puntas impolutas y no acaben lijándolas escarbando en el terruño. El enfundado de los toros ha de ser regulado garantizando limpieza e integridad en todas sus maniobras, lo mismo que se reguló el guarismo de las reses para que no nos dieran novillo por toro; y las asociaciones ganaderas miran para otro lado. Los presidentes deben velar por la integridad del espectáculo y también están haciéndose los despistados. Los aficionados necesitamos un Antonio Bienvenida que pegue un puñetazo en la mesa, pero, ¿quién le pone el cascabel al gato? Vivimos instalados en un trampantojo cornúpeta y ya no me acuerdo lo que era un toro con los cuernos astifinos y puntiagudos, ¿dónde están las puntas de los pitones?


Pieza escrita para el número 58 de La Voz de la Afición.


Retama, nº 103, de Fuente Ymbro, lidiado en Madrid en primer lugar el 7 de octubre de 2018


Núñez del Cuvillo para Salamanca, 9 de septiembre de 2021


Novillo de Casasola para Salamanca, 11 de septiembre de 2019


Mediodia nº 8, de Domingo Hernández, aprobado como sobrero para Bilbao, 24 de agosto de 2022




Así podríamos continuar de manera infinita...

martes, 20 de septiembre de 2022

Tarde histórica de Robleño en Madrid

18 de septiembre de 2022. Desafío ganadero entre José Escolar y Hoyo de la Gitana para Fernando Robleño, Miguel Tendero y la confirmación de Luis Gerpe


          Los aficionados lo estaban esperando y tomaron buena nota después de lo que pasó en el segundo de la tarde, una faena de arrestos, de querer, con un toro descastado y renuente de Hoyo de la Gitana que pasaba midiendo. Todo lo que allí sucedió fue gracias a las mañas de Robleño, que tuvo que tragar tela y se impuso en todo momento. Un pinchazo arriba y una estocada rinconera dieron lugar al flameo de pañuelos, siendo el premio final una vuelta al ruedo soberana tributando toda la plaza un reconocimiento sincero. Cómo hacerle faena a un Graciliano con guasa, podría haber sido el título de la lección impartida.

Saltó el cuarto del festejo, un cárdeno que clareaba de José Escolar y, digámoslo de paso, el único de la tarde de este hierro con la seriedad irreprochable que gusta en Las Ventas, un señor toro. Desde que vio la luz en los pagos abulenses de Valdetiétar atendía al nombre de Camionero, bajo, aleonado, bien colocado de defensas, la única tacha para estamparlo en un cuadro es que el borlón de la cola escaseaba. La lidia fue toda a pedir de boca, se dejo capear de salida, el del castoreño lo cogió delanterito en los dos envites, sin cebarse, pues Camionero no andaba sobrado de poder. Luego los de los palitroques montaron un lío como no podía ser de otro modo tratándose de Iván García y Fernando Sánchez que, esta vez sí, cito de frente y arrancó el cuarteo desde la rectitud, a diferencia del par que puso al toro anterior. Sonaron los clarines para el tercio de muerte y qué podemos decir, aquello fue como entrar en otra dimensión, en un sueño de los que no se olvidan. Robleño compuso una faena con argumento, el de la pureza, escrupulosamente medida en su metraje, manteniendo la intensidad del toreo y la emoción de los que tuvieron la suerte de vivirlo a flor de piel, de principio a fin. Un trasteo fugaz y al alza constante, desde los muletazos genuflexos para someter al toro e iniciar la obra, pasando por los redondos con la mano diestra que prologaron la especialidad de la tauromaquia del torero madrileño, el pase natural. Los aficionados enloquecieron ante la cadencia y la verdad de aquellos naturales de pata palante y mano baja. Los adornos y los trincherazos dieron paso a la suerte suprema, dos pinchazos en la cruz y una estocada tumbaron a Camionero y poco a poco volvimos del arrobamiento. Todavía estamos recuperándonos, la huella que dejó aquella efímera faena a buen seguro que será imperecedera en la memoria de los aficionados.

Fueron dos vueltas al ruedo, las dos orejas que debería haber cortado, y toda una lección de tauromaquia con el toro bueno y con el toro malo.  Un antes y un después, probablemente el aldabonazo definitivo del torero de San Fernando de Henares en Las Ventas, el que le otorga galones ante la afición de Madrid. Porque el que lo hace, lo hace, y van unas cuantas.






















Fotos de la web de Las Ventas, Andrew Moore y Luis Sánchez Olmedo

lunes, 12 de septiembre de 2022

miércoles, 31 de agosto de 2022

Adiós, Madrid

DE CÓMO EL CENTRO DE ASUNTOS TAURINOS Y EL PARTIDO POPULAR PERMITEN QUE LAS VENTAS PIERDA SU ESENCIA


El cartel

El atraco

 

 

      Eso fue lo que este maltrecho aficionado expresó cuando el pasado miércoles 25 de agosto descubrió la nueva política de precios que Plaza1 ha presentado para la próxima Feria de Otoño y añadidos: ¡adiós, Madrid! Como el Tato aquella tarde madrileña en plena revolución Gloriosa tras la cornada del toro de Vicente Martínez; ¡que me toquen el himno de Riego! −pensaba yo−, que es bien bonito y me sirve de réquiem, como sonó aquella tarde infausta. 

Lo siguiente fue lanzar una batería de denuestos e improperios contra tamaño ultraje, fruto de la indignación, que no trascribiré aquí por no caer de nuevo en un mal gusto que, además, no conduce a ninguna parte. Fue una reacción espontánea cuando acababa de ver que la localidad que ocupé durante diez de mis quince años como abonado, en la grada de sol del 5 primero y en la grada de sol del 7 después, prácticamente triplicaba su precio. 23 € los días de oropel, más 2.50 € de gastos de gestión en el caso de adquirirla vía internet, total 25.50 € para una tarde de figuras, cuando es una entrada que cuesta 9.80 € en taquilla según la web de Las Ventas (9.20 € según el Anexo I del pliego que ha entrado en vigor) y 8.80 € con el descuento de abonado. Una subida de nada menos que el 161 % para una grada de sol, 189 % si la compramos por la web. 

Ahora, con más calma, vamos a analizar la marrullera jugada perpetrada por la empresa Plaza1, Rafael Garrido y, suponemos, que Simón Casas en la sombra; con la anuencia y la brillantez que caracteriza al actual Centro de Asuntos Taurinos (CAT en adelante) que comanda Miguel Abellán, uno de los máximos responsables del golletazo y, finalmente, el Consejero de Presidencia, Justicia e Interior, el señor Enrique López, políticos estos últimos afectos al Partido Popular, ese partido político, al parecer, en pro de la tauromaquia. 

Todo esto se fragua porque la empresa, según dice, tiene pérdidas los días que anuncia a tres figuras en el cartel y con el dinero que deja la taquilla en Madrid no tienen suficiente para pagar los honorarios que dichas figuras exigen. Aquí es donde el árbol se empieza a tronchar y tocamos un problema estructural que la tauromaquia tiene, esto es, los toreros exigen un dinero que por sí solos no generan, no solo en Madrid sino en muchas otras plazas. Esto no es fútbol, aquí no hay un montón de patrocinadores dispuestos a invertir, una mercadotecnia ingente con tiendas de productos explotando la marca que hoy día supone un club de fútbol, y todo un mercado global dispuesto a invertir y a participar en ello; en los toros lo máximo que hay, por el momento, es una televisión privada que pone un buen puñado de pasta por televisar las grandes ferias. A este problema le sumamos la caída paulatina del abono de Madrid, desde la crisis del ladrillo de 2008 hasta hoy hemos pasado de 18 a una cifra estable que se mueve entre los 13 y los 15 mil abonados aproximadamente y, derivado de ello, la pérdida de personalidad que actualmente tiene Las Ventas, aunque este es un problema también estructural que afecta a la generalidad de las plazas y entronca la tauromaquia con la sociología. 

Aquí es donde las cabezas pensantes se ponen a maquinar y urden la idea, no sé si fue Abellán o la empresa quien lo propuso, el caso es que Abellán estaba encantado con el plan y presumía de ello en los corrillos allá por 2019, mucho antes de que saliera el pliego que lo ratificara. Primero dijeron que los abonados iban a ser compensados por su condición, que el resto de público iba a pagar más, generando con ello el incentivo de abonarse pretendían así levantar el abono de Madrid y, después, esto se ha reflejado en la liberalización de los precios de las entradas que ha contemplado el pliego, el discutido y litigado pliego actual que salió allá por el mes de febrero: El adjudicatario tendrá libertad absoluta sobre los precios para la venta de localidades al público en general para los festejos taurinos que se organicen a lo largo de la temporada (Título II, 1.5, apartado B; el subrayado es mío). 

Una liberalización de precios de la que va a gozar Plaza1 precedida de la exención de pagar el canon del año de la pandemia, 2020, una prórroga del contrato de explotación, y una compensación económica en 2021 de nada menos que 3.4 millones. Sumemos a esto que el último pliego ha rebajado el canon económico de 2.8 millones anuales a un máximo de 975 000 euros. Que Plaza1 iba a ganar el concurso de explotación de Las Ventas de este año era una cosa que todos dábamos por hecha, la sensación era que las cosas fluían en favor suya aunque los otros licitantes eran para tirarse a las vías del tren, directamente (Ramón Valencia junto con Matilla; y la FIT y los Chopera). Como ven, a la empresa se le rebaja el canon a menos de la mitad y las entradas sueltas suben más del doble, jugada maestra. Y todo esto, sin que los espectadores de toros hayan visto todavía como se aplica la rebaja del IVA de las entradas del 21 al 10 % que entró en vigor en 2018, otro tanto económico en favor de la empresa y a costa del bolsillo de los aficionados. 

Ustedes dirán: ¿cuál es el problema?, el que quiera ir un día o dos a los toros a ver a las figuras que lo pague; es la ley de la oferta y la demanda; que los que van un día a los toros financien el resto de la temporada a los aficionados, etcétera. No, no y no. Y vamos a explicarnos. 

Lo primero que hay que comentar es que el error de base aquí es esa libertad absoluta que proclama el pliego, esa brillante idea que ha tolerado el CAT y la Comunidad de Madrid. Lo advertimos cuando lo vimos, muchos dijimos que había que poner coto a ese incremento de precios en las entradas sueltas, no se puede dejar en manos de un empresario taurino los designios de Las Ventas, como si Madrid fuera una plaza más porque, sencillamente, no lo es. Un tope máximo de subida, lógico y razonable, sin que Las Ventas perdiera su razón ser, hubiera sido del 30 %, es decir, que una entrada que cuesta 10 pase a costar 13 € los días de postín, la que cuesta 20, 26 €, la que cuesta 40, 52 €, y la que cuesta 80, 104 €. Teniendo en cuenta que los abonados ya gozan de un 20 o un 10 % de descuento sobre los precios fijados, hubiera sido un incentivo razonable para cumplir con la idea que nos están vendiendo el CAT y Plaza1 al alimón. Estamos suponiendo que una entrada que vale 20, a un abonado le cuesta 18 € aplicando un 10 % de descuento como en la presente Feria de Otoño, y a un paisano que quiera ir solamente ese día le costaría 26, es decir de 18 a 26 €; una diferencia de precio sustancial sin llegar al atraco que han perpetrado, donde una entrada de 20.10 en las filas 7-10 de tendido de sol, cuesta ahora para el público general 40 €, o sea, el doble. 

Como digo y he ejemplificado, el 30 % sería el tope máximo de incremento que hubiera impuesto en el pliego, razonable para el bolsillo de los que quieren ir a los toros esporádicamente, coherente con una política de beneficio para los abonados y sustancioso para el empresario, pero yo no soy el legislador y el atropello ya se ha cometido. El resultado ahí lo tienen, el incremento no es un incentivo para que se abone más gente, esa cautivadora libertad absoluta es un asalto al bolsillo del aficionado (en este caso, parece ser, habría que llamarlo “público”), un abuso, claramente, y un atentado contra la esencia de la Plaza de Madrid, cuya titularidad es pública, es decir, es una plaza propiedad de todos los madrileños, no es una plaza de los abonados como los socios son a un club de futbol, en la que se debe de fomentar el acceso a los toros a un precio asequible en toda condición para todos, no solo en los carteles sin relumbrón fuera de feria. No puede haber una persona al lado de otra que, en algunos casos, haya pagado el triple por lo mismo, porque genera una situación de desigualdad notoria, por muy abonado que uno sea, para acceder a una plaza de toros, pública, en un espectáculo regulado por la Administraciones Públicas. 

El espíritu de la Plaza de Madrid, vigente desde que el egregio Joselito El Gallo tuviera la idea de construir plazas monumentales que dieran cabida a mucha más gente y, con ello, pudieran ofrecer la posibilidad de acceso a personas de toda condición, viene siendo el mismo desde su puesta en marcha en los años 30. Las Ventas, plaza monumental, seguía cumpliendo esta norma y era uno de sus atributos más característicos. Cualquier persona, más allá de su estatus económico, podía permitirse ir a los toros frecuentemente y eso se reflejaba, en consecuencia, en lo castizo de sus reacciones y en su ambiente popular. Esto lo hemos comprobado todos empíricamente, los precios nunca han sido un obstáculo para ir a Las Ventas, donde se respira un ambiente único en el que personas de toda clase y condición social acuden a la plaza y se relacionan en torno a lo que sucede en su ruedo. Muchas personas se apasionaron por los toros gracias a esa facilidad para ir a Las Ventas, porque casi nadie se hace abonado directamente, antes hay que ir y sentir la vena de la afición. A partir de ahora, este espíritu de bonhomía se rompe, entramos en las procelosas aguas de libertad para el empresariado taurino, esa estirpe que prefiere ver una plaza medio vacía a 70 € la entrada que llena a 20 €, cuidado con esto. Porque no hay límite, insistimos, hay libertad absoluta, y el CAT, por mucho que quiera, no podrá oponerse a cualquier cuantía que a la empresa se le ocurra por disparatada que sea. El error de cálculo ha sido muy grave. 

Que lo ejecutado no cumple con la idea inicial, a priori loable, de incrementar el número de abonados, lo estamos viendo en los carteles que han presentado. Donde un festejo de temporada −de especial relevancia pero fuera de abono− como es el día de la Hispanidad, pasa a ser de relumbrón y a multiplicar los precios en las entradas sueltas. No solo eso, las novilladas, que se supone que son festejos para intentar sacar nuevos toreros y fomentar que todo el mundo pueda acceder a ellas debido al menor tirón que tienen, pasan a doblar los precios, en andanada de sol incluso los triplican. ¿Dónde está aquí ese argumento esgrimido de quien quiera ir a los toros a ver a las figuras que lo pague? No, aquí lo que hay es un empresario dispuesto a acabar con la esencia de Madrid y un CAT que lo permite, es el precio que hay que pagar por esa libertad absoluta que aludimos, para mayor paradoja dentro de un pliego de condiciones que regula las cosas más nimias que nos podamos imaginar, cualquier detalle trivial viene marcado disponiendo cómo ha de proceder la empresa, pero los precios, no. 

Creamos por un momento en las buenas intenciones que la empresa y el CAT se atribuyen con esta medida, si el abono creciera de tal manera que llegara al tope máximo y se abonaran 18 o 19 mil personas, ojalá, aunque dudo que eso vaya a suceder. ¿Qué precios pondrían al resto de asistentes teniendo en cuenta la poca disposición de entradas sueltas que quedarían?, ¿qué pasaría con las tarifas de los abonados si con un numero tan alto de ellos y con los precios tan económicos que pagan no se cubren los honorarios que demandan las figuras? 

Todo esto sucede dentro de una dinámica claramente decadente para las plazas de primera y segunda categoría, las cuales vienen mermando la afluencia de público paulatina e incesantemente, en gran medida por un auge de precios exacerbado en plazas monumentales u otras cuyo aforo permite un taquillaje para todos los bolsillos. Están echando a las clases más humildes de los toros y a esto sumémosle la inflación insoportable que nos está asolando. Málaga, reducida a la mínima expresión, solo ha llenado con Roca Rey (podría decirse que es el único torero de verdadero tirón actualmente, con permiso de José Tomás); Córdoba está hundida, como Bilbao y San Sebastián; Salamanca y Logroño moribundas; el abono de Sevilla está más mermado que nunca; la grandeza de Zaragoza pasó a mejor vida y es una plaza semiabandonada; Valencia, donde Rafael Garrido dispone −empresario de nuestra plaza−, ha aplicado esta temporada una subida de precios menor que la de Madrid logrando que el coso de la calle Játiva presentara un aspecto desolador. ¿De verdad era este el momento para disparar los precios de Las Ventas de manera discriminatoria? Creemos, sinceramente, que no. 

De acuerdo, Madrid es mucho Madrid. Claro que Las Ventas no va a caer de un día para otro, pero jamás hubiéramos pensado que en San Isidro fueran a ser comunes las medias entradas o los dos tercios de plaza y hace años que nos hemos acostumbrado a ello. Tampoco pensábamos que Madrid se fuera a contaminar de la oleada lenitiva que padecen todas las plazas otrora con un mínimo de rigor y, ahí está, ahora se entregan orejas donde antaño se daban abucheos. Incluso los presidentes, afectados por el mismo síndrome de flacidez, parece que han empezado a ver toros en Las Ventas antes de ayer. La tendencia y la dinámica es la que es, el público fiestero, el exceso de alcohol, los trofeos sin espíritu crítico, un sistema profundamente viciado, una prensa vendida… son asuntos que afectan a todas las plazas y que darían para otro prolijo artículo. Las medidas que han tomado son el último intento para seguir estirando el chicle y ordeñando la vaca isidreña, una feria de 30 tardes −29 el último San Isidro− que desde hace tiempo viene avisando que ya no soporta semejante magnitud, pero que sigue siendo muy lucrativa para el empresario. El que no se abonaba antes no lo hacía por una cuestión económica, o no hay aficionados dispuestos a ir tantos días seguidos o, simplemente, no disponen del tiempo suficiente. Sin perjuicio de que en esta Feria de Otoño suba el abono, como suele suceder en una feria de fin de semana con pocos festejos. 

Dicen que la diferenciación de precios ya se ha dado en el pasado, lo desconozco porque no he vivido esa etapa. Imagino que fue en la era Lozano (Toresma y Toresma 2, entre 1990 y 2004) porque con Chopera, según figura en el libro San Isidro 50 ferias 50 (Diego Lechuga, Madrid, Alianza Editorial, 1997, pág. 124): la primera medida que toma [Chopera] es igualar el precio de todas las corridas isidriles, precio que, por otra parte, era incluso inferior al registrado en años anteriores a su llegada. Cuesta lo mismo ver a tres segundones que a tres primeros espadas. Dejo para un estudio posterior cómo fue aquella discriminación de precios y si fue tan agresiva como la presente, o algún amable lector que nos comente. En cualquier caso, acciones iguales no tienen porqué provocar idénticos efectos, siendo que las circunstancias y los factores concurrentes son muy diferentes. 

Para ser totalmente francos no quiero finalizar esta pieza sin referir mi situación personal. Dejé de ser abonado la Feria de San Isidro de este año porque mi coyuntura no daba para ir a más de un 30 o 40 % de las tardes, me parecía absurdo renovar en esas condiciones. En general y, aunque me pese, he tenido que reducir notablemente el número de festejos a los que acudo. Fui quince años abonado −antes de ello aficionado de temporada−, para conseguirlo tuve que hacer varias noches pegado a la fachada neomudéjar, mi última localidad estaba en la fila 23 del tendido 7, junto con un grupito de aficionados que son de lo mejor que hay en la plaza: con unos criterios firmemente asentados, exigentes, equilibrados, duros con el rico, tolerantes con el pobre… la flor y nata del tendido 7. 

Sea o no abonado, eso es circunstancial, pensaría lo mismo, por encima de todo está la defensa de los que pasan por taquilla así como la Plaza de Madrid, la mejor, la que amamos y respetamos a partes iguales por su idiosincrasia única. El incremento de precios me parece tan abusivo y espurio que voy a mantener la intención previa de no abonarme a la Feria de Otoño (pensaba ir a todos los festejos que pudiera) y, menos aún, comprar entradas sueltas multiplicando el precio que paga un abonado. Veremos lo que sucede el año que viene, de momento no concibo esa forma de ir a Las Ventas, lo primero por el bolsillo, claro está, y después porque me considero aficionado de temporada y, para mí, vale lo mismo un festejo en abril, en agosto o en septiembre que en San Isidro o en Otoño, la disposición con la que voy a la plaza es la misma, calibrar la bravura de los toros y desentrañar cómo están los espadas con ellos. 

Será un antes y un después. A partir de ahora habrá una estadística que no vamos a ver reflejada en ningún sitio, la de las personas que van a dejar de ir a Las Ventas debido a las tarifas desmedidas que han puesto, el nicho de futuros aficionados que ahí había, o las que van a tener que reducir exponencialmente el número de comparecencias. Y un aficionado, sea abonado o no, con quien ha de solidarizarse es con aquel que pasa por taquilla −no obstante y como se suele decir somos profesionales de la taquilla− nunca con el empresario taurino.

¡Fuera los mercaderes del templo!

 

 

Un saludo a la afición.