domingo, 30 de diciembre de 2018

Rachido, de Palha



29 de mayo de 2008. Feria de San Isidro. Toros de Palha para Encabo, Sánchez Vara y Bolívar.

Rachido es el primero por la izquierda. 



Salió reventando la mitad de un burladero y a continuación quiso reventar la otra mitad con el otro pitón. A partir de entonces captó la atención de toda la plaza, veinticuatro mil almas pendientes de este impresionante toro de Palha. Eran los tiempos en que las corridas de este hierro portugués se contaban con las veces que el mayoral salía a saludar tras el festejo. Después vino un bajón y ahora parece que han vuelto a encontrar la senda.

Dos señores puyazos a cargo de Luis Miguel Leiro, piquero curtido en la sierra madrileña, donde antaño pastaban los Toros de la Tierra. Rachido, sin volver la cara en ningún momento, protestó el primer par de garapullos, en el resto ni se inmutó. De esos toros que durante la lidia, en vez de menguar, se crecen y a cada lance parece más grande. 

Uno de los toros de mi vida.  




Luis Bolívar no pudo estar más de verdad, eran tiempos pujantes para él. Aunque la plaza, como suele pasar en las corridas toristas, estuvo exigente y fría, tomando partido por el toro. El pase cambiado por la espalda para iniciar, luciendo la arrancada de Rachido desde largo en todo momento y citando con el cartucho de pescao. Una faena y un toro de enorme emoción la que vivimos en la plaza, y una oreja de ley si llega a matar. Muchas tertulias, corrillos y conversaciones en los que aperece Rachido, aún hoy, cuando han pasado más de diez años.



Pienso que entra bien a matar, no se aprecia intención de salir de la suerte premeditadamente. Hay una toma cenital esclarecedora. Simplemente se le fue la mano a los bajos. Un metesaca y Rachido como si nada. Después, un pinchazo y una estocada en buen sitio al encuentro. Vuelta al ruedo para el burel, cosa que hoy resulta novedosa, ya que la mayoría de las veces que los presidentes muestran el pañuelo azul es porque se han cortado orejas, como si no quisieran molestar a los toreros si no tocan pelo, o como si no existiera la bravura al margen de una faena de triunfo.



Rachido galopando y Bolívar con el cartucho en la mano izquierda. Sin la verdad y la exposición que puso sobre el tapete el torero colombiano hoy no estaríamos hablando de este toro y, seguramente, no le hubieran dado la vuelta al ruedo.



Fotón de Josemi que recoge justo el momento en el que Rachido desarma el burladero de matadores. Con las tablas por los aires y apreciándose la corpulencia del animal. Tremendo ejemplar.

Todas las fotos de esta entrada son, o bien de Josemi, o bien de Juan Pelegrín.



Número 139. 597 kilos. Cinco años y dos meses.




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Podéis ver la faena completa en el canal de YouTube de la Asociación El Toro de Madrid, donde estamos subiendo vídeos de algunos toros célebres de los últimos años, ¡suscribíos!




Un saludo a la afición.

jueves, 6 de diciembre de 2018

La Hispanibundia


¿La muerte es una fiesta?


   Cada país y cada región tiene sus símbolos tribales, y es fácil rastrear la presencia del dragón en la mitología alemana, del gallo en las leyendas francesas, de la loba en Roma, del león en la heráldica inglesa o del oso en Suiza. También los españoles tenemos nuestros símbolos, fundamentalmente representados por animales de la fauna autóctona, como el caballo, el verraco, el lince, el águila, el azor o el toro.

El conde Fernán González se paseaba con un caballo que había pertenecido a Almanzor y sostenía sobre el guante de su mano izquierda un azor mudado; ambos animales tan bellos que el rey Sancho de León los acodiciaba y pagó una fortuna para comprárselos.

El toro acabó imponiéndose sobre todos nuestros tótems. Fue el origen de los primeros clanes ibéricos, y sucedió en el culto a los bisontes, ciervos y caballos que aparecen en nuestras pinturas rupestres. Muchas fiestas y romerías españolas tienen todavía como personaje central al toro, aunque esas tradiciones pueden recabar un origen más remoto en las civilizaciones indoarias, mesopotámicas y mediterráneas que influyeron en nuestra cultura.

A través de las invasiones que nos llegaron por el Mediterráneo entró en la península ibérica el culto de Mitra, unido al rito de la tauroctonía (el sacrificio de los toros), pues se supone que el dios había matado a un toro para fecundar con su sangre la tierra.

Diodoro ya refiere la importancia del culto taurino en España. Y todas esas tradiciones se mantuvieron sin interrupción desde la antigüedad, siendo incluso asimiladas por los invasores bárbaros. Los godos no suprimieron los sacrificios de toros, sino que, cuando se convirtieron al cristianismo —como otros pueblos germanos— adoptaron enseguida los ritos en los que todavía quedaban restos de las viejas mitologías indoarias.

El rito arcaico de la muerte del tótem se representa en la fiesta española de los toros (¡qué extraño pueblo este que hace coincidir la palabra fiesta con el rito de la muerte!) La liturgia de la corrida tiene un fondo prehistórico, brillante y solar, como aquellos lances sangrientos de las epopeyas homéricas y de las tragedias clásicas que —pese a su brutalidad— nos dejan una sensación deslumbrante.

Las tragedias griegas —igual que el drama hispánico de la corrida de toros— se representaban al aire libre, en grandes cosos y teatros, de forma que el escenario adquiría así la fuerza mágica de un recinto religioso. Y los espectadores no sólo apreciaban el pathos de los actores y su forma de recitar, sino que daban mucha importancia a la expresión corporal, ya que la eurythmia (“ritmo armónico”) y la euharmostia (“donaire”) completaban la parte escultórica del espectáculo artístico, como ocurriría luego en las normas del toreo español. 

La tauromaquia es una lucha, concebida dentro de un reglamento sangriento y guerrero, en la que se representa un drama de muerte y de fuerza. Curiosamente, la afición por los toros decrece en cuanto el torero deja de ser un héroe mítico al que se suponen ciertos carismas y valores. En el momento en que el matador aparece como un simple asalariado, sin aura mítica y sin leyenda heroica, su figura deja de interesar al pueblo.

Digamos que el torero fue, en la galería de las figuras españolas, un arquetipo muy popular. Lo representaron los pintores más ilustres, desde Goya hasta Sorolla, desde Zuloaga hasta Manet, desde Lucas Villaamil hasta Daniel Vázquez Díaz. Y, para los extranjeros que venían a vernos, representaba aquello que Stendhal había llamado «el tipo español», el último «personaje» que quedará en Europa. 

La imagen heroica del torero sustituyó en España a la figura del hidalgo, que ya en el siglo XVIII resultaba caduca y había perdido su prestigio. Y, por eso, este personaje —tan magníficamente recreado en los sainetes de don Ramón de la Cruz— fue enseguida apadrinado por el pueblo. Hasta el extremo de que, ya en el siglo siguiente, se convirtió en el símbolo del «patriotismo popular español» frente a la mitología culta de ilustrados y afrancesados.

No fue tampoco ninguna casualidad que el toreo «a pie» sustituyese en el fervor popular al «toreo a caballo» que había sido más aristocrático y propio de nobles. La inversión de las castas se realizó así en una revolución incruenta, de forma que el torero castizo —hijo del arroyo— despertaba la admiración de duques y duquesas, haciéndose aplaudir y respetar por ellos. Y los viajeros que llegaban a España, especialmente los franceses, se sentían seducidos por estos majos del pueblo que se presentaban en sociedad como si fuesen ellos los vencedores del mariscal Dupont y de los mamelucos.

La corrida va unida a la muerte del animal y al riesgo del torero. Si el toro no ofende y no ataca no hay lidia. Si brinca, huye o no es agresivo, ya puede tener aires de bravucón o desplantes revoltosos, que no será aceptado por el público entendido. Y, por eso, el animal “manso” era rechazado en todas las plazas, ya que la gente venía a ver el sacrificio de un dios y no la muerte cruel de un animalillo burriciego.



Mauricio Wiesenthal, «La hispanibundia», Acantilado, 2018, págs. 151-152







martes, 27 de noviembre de 2018

La maqueta del Museo Municipal


      Hace unos días aproveché el fin de semana para visitar el Museo de Historia de Madrid después de la reforma. No iba desde que era un crío y entre todas las obras de arte que guarda, sus pinturas, esculturas y objetos de valor, me llamaron mucho la atención, quizá por ser menos frecuentes, las maquetas de Madrid y, en especial, la de la Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá, que estuvo dando festejos de toros en nuestra ciudad desde el año 1749 hasta 1874, ¡ahí es nada!


Disfruté muchísimo con esta maqueta, transmite con todo lujo de detalles el microcosmos que hay en torno a una corrida de toros y nos transporta a ella. A la época decimonónica, con el casticismo en todo su esplendor y un sinfín de personajes, costumbres y tradiciones en muchos casos perdidos. Aunque la esencia, toro y torero en buena lid, podemos decir que todavía perdura. 


Dejo unas cuantas fotos donde se aprecian los detalles antes comentados, para los que no puedan ir a verla. Los demás no dudéis en acercaros, la visita es gratuita.  

El autor es Juan de Mata Aguilera, teniente coronel retirado, y la realizó entre enero de 1843 y agosto de 1846. 

Los que deseen ver in situ cómo era esta Plaza tienen visita obligada a Aranjuez y su Plaza de Toros, fundada en 1797, pues está hecha a semejanza de la de la Puerta de Alcalá. Por desgracia los festejos que ahora se dan en Aranjuez y el nivel de exigencia del coso, dudo que cumplan las expectativas de muchos lectores de este blog. 



 La meseta de toriles con clarines y timbales. Junto a la puerta de toriles, los calabozos para los espectadores que alteraran el orden

 Puyazo con el caballo dando los pechos y el toro romaneando

 Exteriores. Tertulias, curiosos y puestos de venta de todo tipo, aguadares, naranjas, etc.




 Caballos muertos, el gran damnificado de la tauromaquia antigua. Alrededor el tendido de los sastres, es decir, los curiosos

 Los monos preparando un caballo para el arrastre. Una parte del tendido en pie, protestando efusivamente. Hay cosas que nunca cambian



 Un grupo de curiosos espera acontecimientos junto a la puerta grande, aunque por aquel momento los toreros no salían a hombros como hoy estamos acostumbrados




 El autor y la orla con los detalles de la obra

 Ficha

Portada del Museo Municipal


Un saludo a la afición.

jueves, 15 de noviembre de 2018

De nuevo, otra ganadería única que perdemos


    Era vox populi. Estábamos avisados desde hace unos cuantos años, aunque en los últimos meses corría la voz en los mentideros diciendo que esta vez si que sí. Don Leopoldo Sainz de la Maza, ganadero de la vacada del Conde de la Maza, advertía que la corrida de Cenicientos del pasado mes de agosto iba a ser la última de su ganadería. Y así ha sido. Acaba de anunciar que la última partida de ganado que queda irá al matadero el próximo viernes.




Esta ganadería daba unos toros -desgraciadamente ya podemos hablar en pasado- especialmente serios y atractivos. La verdad, tenía debilidad por ellos. En principio era una mezcolanza entre Núñez, principal dominante, y un goterón de Gamero Cívico, de ahí los tostados y los chorreados. Los colorados ojinegros eran también muy típicos. Resultaban muy finos de cabos, característico del toro Núñez -por el que también siento predilección-, sin prodigarse mucho el toro ensillado propio del encaste. Con unas miradas terroríficas, torvas, y con los pitones astifinos y buidos como bisturís.





Duros, correosos, broncos, pero también embestidores, nobles y bravos. Con mucho carácter. Una más que se nos va. El ganadero, me temo, prefiere verla en el matadero que en manos de otra persona. Ha pasado antes con otros, es un tema controvertido porque supone la pérdida de una ganadería que ha conseguido una sangre y un tipo únicos, reconocible frente a las demás. No nos confundamos, no tiene nada que ver con el típico arribista que se hace con una punta de ganado con desechos de desechos de desechos de una ganadería de encaste Juan Pedro Domecq.





La debacle sigue su curso. La desaparición de las castas del toro bravo viene sufriendo una especial sangría en los últimos años. Y, por mucho que digan algunos, no tiene que ver con que, supuestamente, en un sector de la plaza de Madrid se demande el toro grande. Esos están desenfocados, es pura sinrazón y cainismo. Ejemplos, a vuelapluma, puedo citar a Sánchez-Cobaleda (Vega-Villar), Alonso Moreno (Urcola), Conde de la Corte (parece que algo queda), José María Escobar (Graciliano), Guardiola (Villamarta), María Luisa Domínguez (Pedrajas)... y seguro que a ustedes se les ocurren unas cuantas más. Y estas no son precisamente ganaderías de toros chicos.




No hay ningún plan para atajar este problema. Especialmente por las asociaciones de ganaderos, que se crearon para defender al toro y a las ganaderías que los toreros querían arrinconar, recuerden, señores de la Unión. Es ridículo, los colectivos ganaderos no tienen absolutamente ninguna medida para paliar este problema. Ni por parte de la Administración Pública, que tiene un deber por conservar el patrimonio animal español. Ni, por supuesto, de las asociaciones de empresarios, que son los que confeccionan los carteles y podrían consensuar protocolos que favorecieran a este tipo de ganaderías. Los aficionados, aparte, predicamos en mitad del desierto, ese es nuestro poder a excepción de unas poquitas comisiones en Francia y España, que también las hay. 




En fin, tuve la suerte o la desgracia de estar en Cenicientos viendo la última corrida del Conde de la Maza junto con algunos amigos aficionados. Salió áspera, algunos dejándose dar de lo lindo en varas, siendo muy castigada, otros embistiendo, como aquel colorado con el que Alberto Lamelas estuvo como un titán. Pero el recuerdo imborrable es cómo nos cautivó la facha de aquel hato de toros, estuve varios días dándole vueltas. Hubo al menos tres ejemplares que me emocionaron solo con verlos pavonearse de salida, tremendamente serios y, por supuesto, ovacionados ante la admiración de los que allí estábamos. 





Las próximas generaciones de aficionados no tendrán la suerte de emocionarse ante la presencia de los toros del Conde de la Maza. 

Saludos a la afición. Ánimo.



Cenicientos, 15 de agosto de 2018. Última corrida de toros de la ganadería de los Herederos del Excelentísimo Señor Conde de la Maza.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Otra ganadería única que perdemos


   La gran tragedia zoológica de la tauromaquia de las dos últimas décadas es la cantidad de ganaderías, encastes enteros en el peor de los casos, que estamos perdiendo. Por supuesto no hay una única causa, no obstante la más acusada es la moda que imponen los toreros, principal demandante de ganado bravo, además del aficionado, cuyo peso es minúsculo comparado con el de los toreros, con mucho más poder. Pues bien, la última pérdida, ya intuida y, seguramente, conocida por muchos aficionados, es la de los gracilianos de la familia Escobar con sus dos hierros:  Herederos de don José María Escobar y don Mauricio Soler Escobar




Me lo confirma el aficionado francés Florent Moreau a través de twitter después de leer (usando el traductor) una entrada en su blog "Afición a los Toros" que les enlazo aquí.




Las dos últimas oportunidades que he tenido de ver estos hierros, y creo que las únicas, fueron en Ceret, en una novillada en 2012,  y en Madrid, en otra novillada en 2014.

De la novillada de Ceret tenemos crónica de Rubén con fotos de Josué. La pueden leer aquí.


Dejo imagen de dos novillos de aquella tarde ceretana. El de abajo muy en la línea ibarreña del encaste, la que en teoría ha de prodominar en Graciliano.


De la novillada de Las Ventas yo mismo hice crónica que pueden leer aquí, aunque ya les adelanto que tuvo dureza y salió mala en el sentido de desaborida:
Tenían tendencia a ceñirse cuando no iban directamente al cuerpo de los toreros, el viaje corto, la cara por las nubes o a media altura en el mejor de los casos, eran reservones y con grandes dosis de inteligencia. En el caballo en general se dejaron dar de lo lindo, con la cara arriba, teniendo que salir los picadores a buscarlos. El mejor el serio quinto, boyante, permitió una faena larga. 

No busquen fotos en la web de Las Ventes porque con el cambio de empresa y remodelación de la página se han perdido muchos festejos y este de Escobar ha desaparecido de las reseñas de aquel año. 

En fin, otra ganadería que perdemos con una sangre en peligro de extinción, la gran tragedia del campo bravo. 

Saludos a la afición.



miércoles, 7 de noviembre de 2018

jueves, 1 de noviembre de 2018

Día de los difuntos


En el día de los difuntos nos acordamos de Iván, del que no se ha escrito nada aquí desde que se marchó. Es tanto el respeto y el pesar por su muerte que no he tenido arrestos a escribir nada. Su recuerdo sigue y seguirá presente. Gloria a los toreros caídos. 



lunes, 29 de octubre de 2018

Torrestrella en Bilbao


Los que la vieron dicen que fue una gran corrida de toros donde predominó la casta. Espero verla en 2019 en Madrid.











Esta de abajo me parece una gran foto, un toro de irreprochable trapío con una estampa preciosa. No me canso de mirarlo.

Enhorabuena a André Viard, autor de las imágenes.


sábado, 20 de octubre de 2018

A la luz del toreo

O cómo el humanismo del Renacimiento estableció la distinción entre personas y animales.



       El Renacimiento renovará y afianzará esta magnífica idea de «universal humano», y la teología española del siglo XVI (Vitoria, Soto, Suárez...) la proyectará con fuerza para defender la humanidad esencial y absoluta de los indígenas recién descubiertos con motivo de la conquista de América. Pero ya antes, a finales del siglo XV, un culto y refinado filósofo italiano, Giovanni Pico della Mirandola, había actualizado y profundizado la cuestión de la privilegiada singularidad humana en su celebérrima Oratio de hominis aignitate (1487). Se trata de un discurso que resultaría clave en el humanismo renacentista y que era culminación de textos anteriores de su propio siglo sobre la excelencia humana, así como referencia de los que vendrían después. En la parte más conocida y aleccionadora de ese Discurso, Pico imagina la tesitura de Dios una vez creado el universo y el mundo angélico, animal y vegetal: «deseó que hubiera alguna criatura capaz de comprender la razón de tal empresa, de amar su belleza, de admirar su grandeza...». El Creador piensa entonces en crear al hombre, pero se da cuenta de que la gran cadena de los seres está completa en todos los órdenes, cada especie con sus rasgos e instintos propios. Decide, pues, crearlo como un ser sin rasgo definido ni determinación alguna, para que, en virtud de su «libre albedrío», se modele en la forma que él mismo quiera. «Podrás degenerar —le dice— en criaturas inferiores, que son los animales brutos; podrás, si así lo dispone el juicio de tu espíritu, convertirte en las superiores, que son seres divinos».

Si la fábula de Pico en este fragmento ha tenido tantísima fortuna en el pensamiento occidental es porque señala sin equívoco posible los fundamentos éticos y existenciales de la antropología humanista, todos ellos elaborados, por cierto, sobre una explícita distancia entre el hombre y el animal. Mientras que este es un esclavo del instinto, solo aquel goza de libertad interior, y ese albedrío es la marca definitoria de su naturaleza y la causa exclusiva de su dignidad como criatura. Esta dignidad surge de la ecuación entre libertad y responsabilidad, dos instancias que no concurren ni en las bestias ni en los seres angélicos. Pico deja bien claro que la ubicación específica del ser humano se encuentra entre los dos polos de la feritas y de la divinitas. El hombre debe ser consciente de esta ubicación para evitar tanto la hybris de parangonarse con Dios como el embrutecimiento que lo aproxime al animal. Pero es evidente que, en este enclave central, su misión de hombre, auspiciada por el libre albedrío, es tender hacia lo alto, alejándose lo más posible de la feritas y aproximándose lo más posible a la divinitas. En esa lucha, precisamente, radica el signo distintivo de su humanitas. Como decía Petrarca, el primer humanista moderno, en Sobre la vida solitaria, la misión del hombre es «revestirse de humanidad y deponer la animalidad» (humanitatem induere feritatemque deponere).


Sergio Aguilar poniendo un par a un toro de Adolfo la pasada Feria de Otoño. Foto: Álvaro Marcos


Como vemos, y al margen de las posturas tradicionales de los teólogos, que apelaban al alma, o de los filósofos, que apelaban al logos (en sus distintas acepciones: razón, discurso, lenguaje), Pico, sin desmerecerlas, plantea otro enfoque más específicamente humanista, aunque no menos radical, para distinguir cualitativamente a los hombres de las bestias; un enfoque que se asienta en la doble condición —noble y miserable— del ser humano y que apela al carácter hondamente trágico de su destino, al hacerle consciente de su limitación y de su muerte. Y un enfoque que gravita sobre el libre albedrío, en virtud del cual, y a diferencia del animal, el hombre es perfectible, es capaz de sobreponerse a su instinto, tiene autonomía para dictarse una ley moral, goza de capacidad para plantearse el «nosce te ipsum» (conócete a ti mismo) como reto y finalidad de su existencia y, en definitiva, atesora la responsabilidad de estar o no a la altura de la dignidad que le corresponde por ser la única criatura verdaderamente libre sobre la tierra. Puede el hombre renunciar a todo eso, y entonces será un hombre animalizado, pero no dejará de ser un hombre. El animal, en cambio, a nada de ello tiene acceso. Por eso sería tan absurdo decir que somos mejores que las bestias como que ellas «son mejores que nosotros» (algo que se oye con harta frecuencia), porque los animales, al carecer de libre albedrío, no pueden valorarse con criterios éticos. La diferencia entre hombres y bestias es, por tanto, abismal en la tradición humanista.


Javier García Gibert. A la luz del toreo, tradición hispánica y humanística en la tauromaquia. Biblioteca Nueva, 2018. Págs. 22-23.


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Aquí queda la recomendación de un libro genial, escrito por el doctor en filología y profesor de literatura clásica española de la Universidad de Valencia, Javier García Gibert, publicado este mismo año. Tras haber leído apenas cincuenta páginas no tengo ninguna duda en declarar que estamos ante una obra de referencia, de todas las que se han publicado, de afirmación de la tauromaquia desde un punto filosófico, esto es, desde la razón. He dejado unos párrafos de los muchos que podría poner en tan pocas páginas leídas, así que no descarto, en un futuro, volver a transcribir alguna otra cita. 

Háganse con él. Merece la pena. 

Un saludo a la afición. Llegan los meses sin festejos taurinos, a cargar pilas y aprovechar para leer de toros. Y buena temporada para los que nos leen al otro lado del charco.


sábado, 6 de octubre de 2018

El resurgir de Robleño


           Los que vimos a Fernando Robleño en la célebre encerrona del 2012 con seis toros de José Escolar en la coqueta y exigente plaza francesa de Ceret, igual que en los años que rodearon aquel festejo inolvidable, sabemos de lo que es capaz. Se dice que los toreros son de otra pasta, pero los que son capaces de aguantar una larga y dilatada carrera en la cara de los toros más fuertes, fieros e inteligentes, lo son más todavía. Y estos últimos no son muchos, gran parte de ellos se quedan por el camino, por la misma senda en la que fueron derramando el depósito del valor que acabó vacío. Los toreros de ganaderías duras que son capaces de mantenerse, a pesar de los lógicos altibajos, no abundan tanto como creemos y no son tan valorados como se debería. Con el toro noble y de carril encontramos un buen ramillete de coletas que llevan en la pomada décadas, pónganse a pensar ya verán como los encuentran, sin embargo, con el toro áspero hay muy pocos. Podemos citar a dos de los últimos héroes que consiguieron mantenerse con dignidad a lo largo del tiempo con las corridas de respeto, véase Luis Francisco Esplá y José Pedro Prados “El Fundi”. En activo eran continuamente discutidos, ay, la eterna iconoclastia del aficionado, en cambio ahora son estos los que se desmonteran cuando se cruzan con tamaños ases de la torería. Basta que no estén para apreciar su valor. Con Robleño verán que sucederá lo mismo.

Bien es cierto que llevaba un par de temporadas anodinas en las que sus actuaciones no pasaban de un oficio más que acreditado para despachar con solvencia cualquier tipo de situación. No es cosa baladí eso de la solvencia y el oficio, ya lo quisieran para sí otros espadas, pero a Robleño se le pedía más. Y ese más llegó el pasado 9 de septiembre con la corrida desafío entre Saltillo y el debut de Valdellán con tres pavos que derrocharon casta, casta y más casta, ¡así se debuta en Madrid! Suele suceder que el toro que más llama la atención en la previa luego es un gran fiasco, pero esta vez no fue así. Era un entrepelado, lucero, berrendo remendado, apodado Navarro, que superaba los 600 kilos y encampanado ganaba en talla al pequeño gran torero de San Fernando de Henares. Tomo tres varas con alegría y derrochó fiereza y acometividad toda la lidia.

Cuando maduramos la grandeza de aquel trasteo caímos en la cuenta de que aquello había sido un episodio del más puro estilo robleñista, cuando la veíamos en vivo pensábamos que no pasaría del oficio y la solvencia antes comentado. El toro era una estampida en cada arrancada, acudía con la cara muy suelta. Y es que en los primeros compases lo fue dejando a su aire, madurándolo, estudiando por dónde le iba a meter mano, como tantas otras veces le habíamos visto hacer. Después llegó la apoteosis, fueron sólo tres tandas, dos por la derecha y una tremenda de naturales. Robleño, nuestro pequeño gran hombre, se armó de valor, echó la pata palante y se dispuso a hacer el toreo con aquel torazo, pasándoselo por la bragueta y rematando los muletazos detrás de la cadera sin ceder el terreno. Cada tanda valió un potosí, el toreo auténtico. Se veía, Robleño salía de cada uno de estos encuentros con Navarro como si hubiera corrido un esprint. El esfuerzo era palpable, salía sin aire de la cara del toro. Cayó una oreja después de un pinchazo y una estocada desprendida entrando derecho, con más aficionados en la plaza y una muerte más certera la faena había sido para rozar la puerta grande. Es lo de menos, los que lo vieron no lo olvidarán, fue el resurgir de Fernando Robleño, y esperamos que para seguir viéndole así por mucho tiempo.




Artículo publicado en el nº 53 de La Voz de la Afición, boletín de la asociación El Toro de Madrid.