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miércoles, 1 de mayo de 2024

Hay que picar

 

   Estamos comprobando últimamente que hasta en las plazas repletas de aficionados, no digamos en las otras, cuando llega el tercio de varas, lo que se le pide con ansia al picador desde los tendidos es aquello que tanto se escucha de "¡levanta la vara!". No se tolera que el del castoreño se aplique en su función, y lo que se demanda a toda costa es que el picador acabe en la postura que pueden ver a continuación. Es decir, lo que muchos aficionados denominan "hacer la mayonesa", esta es la suerte que ahora se lleva, la que gusta, la que el público y los aficionados exigen y cierta mayoría no deja de protestar hasta que la ejecutan.

 

La mayonesa, la baticao, el puyazo de hogaño


Los incautos más desaforados gritan aquello de "¡levanta la vara!" incluso cuando el toro está empujando, poniendo en un brete al pica y su jaco. Así que, por unas o por otras, los tercios de varas de las corridas actuales, la mayor parte, se resuelven con esta "mayonesa" o "baticao", postura o suerte infame, que trasmite debilidad del toro, superioridad inmensa del acorazado, desigualdad en la lid, y no atesora nada de torería. Se da la paradoja que los picadores, si gustan y créanme que suelen gustar, con esta "suerte" pueden hacer muchísimo daño a los toros. Muy sencillo, mueven el brazo de un lado a otro, generando nuevos cortes con la pirámide de la puya, haciendo un boquete al animal; o giran la muñeca que sujeta la vara como si empuñaran un destornillador y apretaran y desapretaran un tornillo, es decir barrenando. Y el público tan feliz porque el picador "ha levantado la vara". 

Sí, estoy harto de esta aberrante suerte, si es que podemos llamarlo de este modo. A los toros hay que picarlos, el picador tiene que sujetar la vara, no debe recargar percutiendo, esto es, sacar y meter el palo repetidamente ni, por supuesto, barrenar. Hay que instar a los matadores para que saquen a los toros del castigo cuanto antes, no a los picadores, y mucho menos pedir que levanten la vara cuando los toros están empujando porque la puya es su única defensa y la de la cabalgadura. 

Es motivo de gozo para el aficionado y síntoma de bravura que los astados se crezcan al castigo, metan los riñones y empujen en el peto. Si esto sucede el picador no tiene porqué "levantar la vara" y adoptar la infame postura que motiva este artículo. El jinete se puede defender en todo momento, ojo, decimos defender no masacrar, contando con que el puyazo haya caído en buen sitio de manera que el animal no se lastime. Si el toro se encela en el caballo por bravo, véase un Bombito (Miura), un Fusilito (Palha) o un Bastonito (Ibán) podrá quitar el palo para que le metan el capote al hocico o, llegado el caso, lo coleen. Ojalá pasara esto más a menudo, porque es gloria bendita para el aficionado. 

La puya sirve para ahormar al toro, no para ejecutarlo, no para masacrarlo, el picador ha de sujetar el puyazo midiendo la intensidad y la fuerza con que lo hace −bastante lesiva es de por sí la puya que se utiliza y desmedida la dimensión del caballo−, contando con que en Madrid el cornúpeta podrá entrar varias veces al jaco, es decir, no hay que cebarse en el primer puyazo, cosa que vemos muy habitualmente. Hay que ir calibrando la fuerza y la casta del toro, administrando el castigo en consecuencia.

“Levantar la vara” es una pantomima que sirve justo para lo contrario de lo que muchos piensan. Exijamos una suerte de varas bien hecha, pulcra y bien medida. Hay que picar, ¡basta de mayonesas!


Estética de picador, estética torera


Sujetar, no machacar, no barrenar, no percutir, simplemente sujetar al toro y medir el castigo





lunes, 18 de julio de 2022

Dolores Aguirre en Ceret

 






Acreditados aficionados coinciden: corrida dura, encastada y brava de Dolores Aguirre en Ceret. Grandísima ganadería y grandísima ganadera, que en paz descanse. 


Las fotos son de Louise de Zan


lunes, 26 de julio de 2021

Pedraza de Yeltes en Mont de Marsan

 

Fotografía de @ToristaFrances




Nueva corrida brava en varas de Pedraza de Yeltes en Francia, en Mont de Marsan. Varios toros han causado sensación y no es para menos viendo algunas imágenes que circulan por las redes. El ejemplar de la foto es Sombrillo, y el picador David Prados. En Madrid hemos visto apuntes pero no una bravura tan rotunda, los aficionados bromean mucho con esto, ¿a qué se debe?

La magnífica fotografía es de la fotógrafa francesa Jennifer Harispe.

viernes, 9 de julio de 2021

Apuntes de una gran corrida de Victoriano del Río

Corrida Extraordinaria de la Cultura, domingo, 4 de julio de 2021. Toros de Cortés y de Victoriano del Río, mano a mano, para Antonio Ferrera y Emilio de Justo.


                 La corrida del pasado domingo 4 de julio que dieron en llamar “de la Cultura” y que, como saben, consistió en un mano a mano entre Antonio Ferrera y Emilio de Justo, fue una tarde repleta de contenido, una gran corrida de toros que supuso, a su vez, la consolidación de este último, De Justo, como un grandísimo torero que está viviendo una segunda juventud después de catorce años de andadura como matador de toros. Los momentos de esplendor van y vienen, hay etapas de sequía y etapas de abundancia, de inspiración y de negación, y Emilio de Justo, a día de hoy, es todo clarividencia y valor. Con un estilo ortodoxo, además, muy del gusto de la afición capitalina. Así lo demostró en Madrid en la corrida que vamos a comentar.


Duende,   nº 101,   551 kg,  cinco años y diez meses. Vuelta al ruedo
 

Los toros fueron de los dos hierros que posee el ganadero madrileño Victoriano del Río, todos ellos a punto de cumplir los seis años. Se quitó una corrida que estaba a punto de cumplir la edad en la que ya no pueden lidiarse, no puede decirse por ello que fuera una limpieza de corrales. Ni mucho menos. Una corrida ligera para la generosidad y el tamaño de los esqueletos que traían, con miradas torvas, y que en conjunto, para mí, mereció la ovación y el saludo del mayoral. Se pueden poner infinidad de objeciones, sí, pero es que prácticamente todos los animales, de una forma o de otra, acabaron embistiendo. Y digo embistiendo, no pasando por allí con actitud bobalicona, salvo el burraco que hizo tercero.


Ferrera caminando hacia el tercer toro de la tarde para estoquearlo
 

Mi crítica más importante hablando en términos generales está dirigida al contenido de la bravura de estos animales y del encaste Domecq por extensión. Esa bravura predominante en la que aparece el fondo mansitonto de la sangre y, en algún momento de la lida, se manifiesta el tic de mansedumbre o de afligirse: cuando se rajan en el caballo a pesar de crecerse después, cuando se tropieza el espada y se quedan mirando al tendido, cuando se quieren ir sueltos después de cada tanda o, directamente, cuando acaban huyendo de la muleta del torero, o cuando se marchan afligidos a morir a tablas, etcétera, haciendo aflorar el sentido de la selección que ha predominado en este encaste, esto es, el de servir a los intereses del torero. No es la bravura altiva, seca y fiera que consideramos pura en este blog, es la bravura de la servidumbre. Esto no quita que muchos animales embistan con poderío y queriendo cogerla hasta el final, como fue el caso de Duende, premiado con la vuelta al ruedo.


Puyazo en los medios al primero,  Soleares
 

Primero abordaré la actuación de Antonio Ferrera, que a mí en los primeros tercios me encandila por mi querencia a los toreros movidos, que se adaptan a las características de comportamiento de los cornúpetas, lidiadores y de tauromaquia larga. Ferrera tiene todo esto y lo lleva demostrando tiempo, aunque el otro día no se animó con las banderillas, donde tiene un gran dominio y consigue pares de gran emoción, habiendo aminorado el embroque acrobático que tanto se le echaba en cara desde el tendido hace años. 

Con el primer astado del domingo vivimos un episodio realmente inusual. El toro era de los que salía escupido del caballo, si bien no era un mansazo exagerado de los que huyen hasta de su sombra. Puede que la acción de Ferrera tuviera mucho que ver con el guirigay que se montó antes de romper el paseíllo porque no estaban pintadas las rayas del ruedo, según hemos sabido después, porque se borraron cuando pasaron la manguera. Quizá fue un gesto de chulería por la exigencia de los aficionados (con razón) para con las rayas, el caso es que después de dos encuentros con el del castoreño de los que el morito salió suelto, Ferrera cogió las riendas del picador Aitor Sánchez y se lo llevó prácticamente a los medios, con el toro en las tablas del nueve lindando con el diez en lo que fue toda  una estampa decimonónica. El picador citó y el toro se arrancó al galope, agarrando un buen puyazo en el que el toro se quedó ahí debajo antes de volver a demostrar su mansedumbre. Es cierto que se podrían haber utilizado otros recursos antes de ver al picador citando en los medios, como cambiar los terrenos del equino o hacerle la carioca una vez que hay reunión; que el toro no era un Opaco, para entendernos, pero oye, ese momento de ver al montado ejecutando la suerte desde esos terrenos fue muy emocionante y contra todo proceder consuetudinario. 


Puyazo en los medios. Foto: Ana Escribano
 

Fue un recurso que resultó eficiente y, en gran medida, adecuado a las condiciones del toro, esto es, ni más ni menos, la lidia. No olvidemos que esos terrenos son los de mayor exposición e indefensión para el picador -también para los toreros- y que, antiguamente, muchos picadores se negaban a salir a las afueras para pisar los terrenos del toro y los públicos tenían buenas broncas con ellos, llegando a lanzarles trozos de fruta o lo primero que tuvieran a mano. La primera de las rayas se instituyó, entre otros, como salvaguarda de los picadores.


Ferrera metido en la lida
 

Ese aparecer de súbito para hacer auténticos quites, sacando a los toros del caballo con lances de capa; o tomar las riendas de la lidia en el tercio de banderillas, como pasó en el tercer toro, llevándose a un animal que se estaba poniendo muy complicado de banderillear al otro lado de la plaza, como mandan los tratados, tratando de hacer que cambie el comportamiento y aminore esas dificultades, y consiguiéndolo. A mí son cosas que me encantan y ojalá más toreros lidiadores como Ferrera y no tanto encorsetamiento como vemos en otros coletas, o peor, los que son incapaces de adaptar la lidia a las condiciones del animal y de salir de las pautas establecidas, al cabo, perjudicándose a sí mismos.


Antonio Ferrera con el único toro suavón de la tarde
 

Luego está el tema de la muleta, donde está claro que el otro día Ferrera naufragó y no poco. Con el más noblón y manejable se pasó de faena jugando con las querencias de los adentros y, sin embargo, con el que pienso que fue el toro más encastado de la corrida, anduvo pajareando desde el principio, lo tapó y no lo quiso ver, pasando este ejemplar desapercibido para una mayoría. Con eso quedaría dicho todo. Cómo era ese quinto, Cantaor se llamaba, un derroche de fiereza con el que Chacón se la jugó de verdad en banderillas. Para plantearle el toreo poniéndose de verdad en los medios, y no mareando la perdiz en el tercio como hizo, hubiera sido una batalla épica. De ese tipo de toros que solo ves si el torero quiere jugársela, como vimos por ejemplo a Pastelero gracias a Ureña, a Navarro con Robleño, o a Camarín con Alberto Aguilar. Ferrera está inmerso en una diatriba interior entre el clasicismo y la sobriedad renacentista y lo superfluo y enmarañado del rococó. Estuvo por debajo del bueno y complicado primero y del quinto. Matando se pasó de excéntrico y quiso recibir al primero desde diez o doce metros de distancia, y también al cuarto, pero como este no se arrancaba tuvo que andar hacia el toro y al final matar al encuentro, quedando ambas espadas con una colocación muy deficiente.

 

Chicuelina de Emilio de Justo


Llegamos a Emilio de Justo. Lo que hizo el domingo ponía a un torero millonario y en todas las ferias de España durante varias temporadas, amén de entrar en Madrid y estar en boca de todos los aficionados y mentideros de la capital, cuando Madrid era Madrid, así como reventar la plaza en el próximo cartel que estuviera anunciado.  Quedó por encima de todos sus toros y no de cualquier manera, sino haciendo el toreo bueno que no cede terreno, sin descomponer la figura y pasándoselos por la bragueta. Bien es verdad que la faena del segundo de la tarde tuvo altibajos, el toro lo quería todo por abajo y lo mejor llegó al natural. Una faena para dar la vuelta a ruedo en otra época, cuando había este tipo de premios, y que ahora es una oreja. No cedió ante el torrente de embestidas del cuarto, Duende, lo cual tenía mucho mérito, cuando se templó según avanzaba la obra, llegaron los mejores muletazos. A este toro le faltó esa tercera vara clarificadora, hasta el momento cumplió bien, y no marcharse a tablas a morir para que la vuelta al ruedo no tuviera mácula alguna. En cuanto a la faena de De Justo, se fundamentó por el lado derecho y no hubo rotundidad por el lado natural, lo cual no era ignorado por la plaza no hace tanto tiempo. Como vengo comentando en el blog desde hace años, creo que desde la crisis de abonados que acompañó a la crisis económica en torno a los años 2009 y 2010, hizo decaer sobremanera el criterio del sabio y crítico público venteño.


Toreando y dominando las embestidas del cuarto, Duende
 

Lo mejor del torero cacereño aconteció con el sexto, un toro grandísimo, colorado chorreado en verdugo. Un animal que al principio de la faena parecía imposible por desaborido y por los gañafones que tiraba, difícil papeleta para ratificar las dos orejas del toro anterior, comentábamos Antonio y yo. Pero llegó el toreo y de qué manera. Una faena de las que gustan a los aficionados porque el dominio y la imposición del torero sobre el animal fue total. Obligándolo a ir por donde no quería, lo toreó extraordinariamente por ambos pitones y los muletazos fueron jaleados con olés roncos que levantaron a los aficionados de sus localidades. Señoras y señores, el toreo. Lo mató bien para lo complicado que se lo puso, echando la gaita arriba y tapándole la salida, pero dio creo que dos golpes de descabello antes de despenarlo, y esto, sumado a las prisas de la gente por marcharse, hicieron que el bamboleo de pañuelos fuera mínimo. Para mí, inexplicable. Era una oreja de ley, un orejón.


Imponiéndose al incierto y complicado que cerraba el festejo, con tres orejas ya en el esportón
 

Si no me equivoco fueron tres toros y tres estocadas, tirándose bien al morrillo. Además dejó un quite por chicuelinas que tuvo enjundia. Grandísima tarde de Emilio de Justo que deja a los aficionados con muchas ganas de volver a verlo.


Puerta Grande
 

Como han podido leer si es que han llegado hasta aquí, la tarde dio para mucho y fue realmente memorable. No quiero entretener más. Parece ser que esta y la de Victorino que vimos hace un par de semanas solo han sido un entremés de la empresa y la Comunidad para aplacar el enfado de los aficionados ante el cierre de la plaza, ahora la vuelven a cerrar durante todo el verano con la excusa de que la demanda para estas corridas ha estado por debajo de lo esperado. Pero Madrid es plaza de temporada y muchos aficionados nos veremos desamparados cuando lleguen los fines de semana y veamos que nuestra querida plaza, a pesar de todo, tendrá el cierre echado.

 

Un saludo a la afición. 

miércoles, 13 de enero de 2021

sábado, 19 de septiembre de 2020

miércoles, 15 de mayo de 2019

Un puyazo para sacar las vergüenzas


Mi crónica para la web de la Asociación El Toro de Madrid.



Primera de feria de San Isidro, con tiempo caluroso y algo menos de media plaza se ha jugado una corrida de La Quinta (encaste Santa Coloma – Buendía), cinqueña, guapa, muy seria y generosa de carnes. El sexto atacado. En general corrida encastada, que no brava, fuerte, empleándose en el peto aunque agarrados y renuentes al cite del varilarguero. Primero pastueño y chochón (silencio); segundo voluntarioso y complicado por el derecho (palmas); tercero encastado con viveza (palmas); cuarto encastado de buena condición (palmas); quinto espabilado, codicioso y a media altura (ovación); sexto metiendo la cara, soso y a menos (silencio).


Rubén Pinar. Pinchazo y estocada pescuecera saliéndose, silencio. Metesaca recibiendo y estocada, saludos con división de opiniones.
Javier Cortés. Estocada caída y tendida entrando con telonazo, saluda con escasa petición. Estocada a la atmósfera, estocada corta y dos golpes de descabello, silencio (un aviso).
Thomas Dufau. Estocada corta suelta, estocada pescuecera y estocada trasera, silencio (un aviso). Estocada trasera y caída, silencio.

Presidente: D. Trinidad López-Pastor Expósito. Sin complicaciones.
Tercio de varas:  Puyazos insistentes en la paletilla, traseros, algún navajazo y barrenar fue lo que aconteció en los primeros toros, el cabreo era monumental porque aquello tenía todos los visos de escabechina por parte de los del castoreño contra la corrida de La Quinta, hasta que salió a picar, rumboso y torero, Juan Francisco Peña, y puso la plaza en pie durante la lidia del quinto ejemplar por lo que explicaremos más adelante. La corrida, como queda dicho, le costó mucho ir al jaco una vez que ya habían tenido el primer contacto, pero al sentir el hierro empujaban y no salieron de najas.


La primera de esta luenga e inflamada feria que nos espera será recordada, por mucho tiempo, por el impresionante puyazo que agarró Juan Francisco Peña, habiendo sido descabalgado previamente por el fuerte encontronazo que propinó Fogoso a la cabalgadura, haciendo honor a su nombre. Citó de largo, tiró el palo y picó arriba, a la par que el cárdeno iba desde la distancia al galope y daba un terrible topetazo, pudiendo Juan Francisco sujetar al bicho y aguantar a horcajadas a duras penas con todo el peso de su cuerpo en el estribo izquierdo mientras el toro recargaba y apretaba con pujanza. Extraordinaria ejecución. La gente en pie aplaudiendo desaforados, manicomio en los tendidos. Luego movió el caballo con soltura y citó dando los pechos. Al terminar el tercio, una vez comprobamos que lo de Fogoso no era arrancarse de largo y rechazaba por activa y por pasiva todas las invitaciones del bueno de Juan Francisco, daban ganas de bajar al callejón y darle un abrazo. ¡Eso es picar un toro, sí señor!

Aquello tuvo aún más mérito teniendo en cuenta los antecedentes con los que se estaba desarrollando el festejo en varas. Juan Francisco Peña puso valor y dignidad a su oficio sacando todo el brillo y la grandeza al noble arte de picar toros, se distinguió frente al resto de sus compañeros, los cuales parecía como si estuvieran confabulados y hubieran venido hoy a Madrid a acabar con la corrida en el primer tercio. Afortunadamente no fue así porque los toros de La Quinta resistieron bien las sangrías de esos matatoros con castoreño y, para más vergüenza, chaquetilla de oro. Los espadas no supieron aprovechar las posibilidades que dieron, que no fueron pocas, y al finalizar el festejo la sensación es que no había habido una sola tanda de auténtico dominio e imposición.

Rubén Pinar retomó su versión más vulgar de hace unos cuantos años, transmitiendo apatía con el rompeplaza, un toro que tenía sus posibilidades, sus veinte muletazos si se le buscaban las vueltas y se le daba buen trato, pero ahí no pasó absolutamente nada. El cuarto fue el toro más franco en la muleta, al menos por el pitón derecho, al que Rubén Pinar estuvo enganchando continuamente al relance y por las afueras, dejando mucho espacio entre ambos. Bisutería.

El segundo de la tarde fue un precioso ejemplar aldiblanco, aplaudido de salida, con el que Javier Cortés dio algunos naturales estimables sin terminar nunca de redondear y cerrar una serie de cabo a rabo. Por el derecho se quedaba corto, y cerró la faena con un muletazo tan brusco que dejó al toro echado. Estuvo generoso en demasía colocando en varas al asaltillado que hizo quinto, también recibido entre aplausos. La distancia para la primera vara superaba los diez metros así que en la segunda, el ya mentado Fogoso, terminó en la boca de riego y nunca se quiso arrancar. Se movió mucho en la muleta sin terminar de humillar, Javier Cortés puso ganas, pero aquello nunca tomó aire de toreo caro y en ningún momento logró meterlo en el canasto.




El tercero de la tarde, de nombre Coronel, fue un toro que embistió con fiereza toda la lidia, haciendo hilo a los rehileteros y embistiendo con brío en la muleta de Dufau, que solo sacó una tanda por el lado derecho de inicio y el resto estuvo a merced de lo que Coronel quiso, sin conseguir bajarle los humos ni hacer que entrara en vereda. Un toro encastado al que había que castigar para después torear. Para concluir, un ejemplar atacado de kilos y soso que al inicio de faena se vio que metía muy bien la cara, para torearlo despacio las quince arrancadas que tuvo antes de apagarse del todo, cosa que, como imaginan, Dufau no hizo.

El encierro tuvo las peculiaridades que distinguen al toro cinqueño de Santa Coloma. Miradas torvas, listas y desafiantes. Se dejó poco con el capote, se colaban en los de pecho o si veían el hueco, hacían hilo cuando sentían posibilidades de coger, echaron la cara arriba a los banderilleros y en la muleta había que tratarlos muy bien y ser muy ducho en el encaste, ya que penalizaban los errores. Para especialistas en sangre cárdena, pero, ¿los hay? La terna se empleó a la hora de matar, tratando a toda costa de clavar sin dar muchas pasadas para que los animales no se pusieran imposibles.

Al final, nos llevamos un grandísimo puyazo que puso la plaza a flor de piel. Esperamos que el resto de picadores que lo contemplaban desde el callejón del tendido tres, al menos, pasaran vergüenza cavilando lo que habían hecho ellos en comparación con Juan Francisco Peña, picador de toros.





viernes, 15 de marzo de 2019

Infeliz, de Torrestrella




Ganador de la corrida concurso de Zaragoza en 2012. Un Señor Toro.


Muchas ganas de volver a ver esta divisa en Madrid, que por lo visto y oído estos últimos años está en un gran momento. Pero no se escuchan ni rumores.



Foto: Josemi

jueves, 28 de febrero de 2019

Otros tiempos (V)





Con el hirviente resoplido moja
el ronco toro la tostada arena,
la vista en el jinete, alta y serena,
ancho espacio buscando al asta roja.

Su arranque, audaz a recibir se arroja
pálida de valor la faz morena,
e hincha en la frente la robusta vena
el picador, a quien el tiempo enoja.

Duda la fiera, el español la llama,
sacude el toro la enastada frente,
la tierra escarba, sopla y desparrama;

le obliga el hombre, parte de repente,
y herido en la cerviz, húyele y brama,
y en grito universal rompe la gente.


José Zorrilla

lunes, 27 de noviembre de 2017

El toro de Urbina que mandó al equino y al torero a la enfermería


     Ocurrió el 30 de agosto en la plaza de Toro, en la provincia de Zamora. Sobrero de Sánchez Urbina lidiado en sexto lugar, anunciando, según la tablilla, 580 kilos. De nombre Desencanto. Le hizo frente David de Miranda, que sufrió un terrible volteretón del que pudo salir muy mal parado. El toro me llama poderosamente la atención por la escena que propició en el tercio de varas.

Las imágenes hablan por sí solas. 












No quedó claro si el caballo murió o no. Las imágenes, como ven, son de otra época. En La opinión de Zamora, E. S. Domínguez firmaba la siguiente reseña:

Desencanto se llamaba, 580 kilos de toro, alto, imponente, negro zaino, mal encarado y el sobrero que no tenía que haber sido lidiado. Fue el último astado de la tarde, el séptimo, y se convirtió en el protagonista para mal de la corrida de toros de las fiestas de San Agustín. Una dura cogida sobre David de Miranda dejó al joven matador inconsciente sobre el suelo, haciendo temer lo peor a todos los allí presentes. Instantes antes de la fuerte cogida sobre el de Huelva, el animal había derrumbado al caballo en el tercio de varas, dejando atrapada la pierna del picador durante más de un agónico minuto en la que el astado no dejó de embestir sobre el equino, que tuvo que ser arrastrado por los toreros fuera de la plaza sangrando abundantemente y prácticamente sin moverse. El Cid, que logró salir por la puerta grande, quedó opacado por la desgracia que protagonizó la última faena de la tarde en la que también toreó Juan José Padilla.  

No tuvo suerte David de Miranda con las reses ayer, el sexto volvió a toriles tras el tercio de varas, su pata trasera derecha estaba dañada y el astado cojeaba ostensiblemente. Y el séptimo, de 580 kilos, era un mal bicho. Con 70 kilos menos que el segundo de "El Cid" aparentaba todavía un tamaño mayor. En el segundo pase que le dio el joven matador el astado entró con una fuerza desmesurada, a diferencia del resto de animales, nadie hubiera pitado un duro castigo por parte del picador. Puntazo que no pudo ser porque el sobrero derrumbó al subalterno de Miranda y creó la primera escena de pánico de la tarde.  

El animal tenía una arrancada terrorífica, cargó contra el caballo y lo derrumbó casi de inmediato. El toro no atendía a llamada alguna y se cebó con el equino. "Fortuna" que permitió, tras un agónico minuto, liberar la pierna atrapada del picador, que estuvo a merced del de Sánchez Urbina si este hubiera dejado de embestir un solo momento. El caballo, totalmente indefenso y desprovisto de las protecciones desgarradas por el toro comenzó a sangrar abundantemente. Tras finalmente conseguir llamar la atención del animal, mozos y toreros evacuaron al caballo arrastrándolo, tras cubrirlo con una lona. El animal fue inmediatamente operado por el veterinario. Solo una coz al viento cuando salía por el ruedo mostró que en el equino quedaba vida, inmóvil sobre el albero minutos después de la horrible cogida. Desencanto no perdió peligro ni frescura tras el tercio de banderillas, repleto de tensión y miedo en los tendidos. David de Miranda no se achantó y consiguió, ya con la muleta, pegarle un par de derechazos al animal. Las ganas de agradar del joven matador hizo que se acercara bastante y en un desplazamiento lateral el toro forzó un tropiezo del torero, que al intentar recuperar la verticalidad sufrió un tornillazo del toro que le cogió de lleno, alzándolo en volandas hasta caer de una altura considerable. No hubo pitonazo, pero Miranda cayó con el cuello y quedó inconsciente al instante. La plaza enmudeció, para después sobrecogerse por el estado del matador, que indicaba a primera vista lo peor. El toro, embravecido con el capote, no se cebó sobre el cuerpo inconsciente del torero, que fue trasladado rápidamente a la UVI Móvil y de ahí al complejo hospitalario de Zamora, con un esguince cervical y pendiente de una revisión más exhaustiva, tal y como confirmaron las autoridades allí presentes. La ambulancia salió de la plaza arropada por un estruendoso aplauso. Fue Padilla el encargado de acabar con el séptimo toro de la tarde, tras varios intentos con la espada.






Analizando los detalles que nos proporciona el periodista, sin más versiones a mano y con la ligereza que tienen este tipo de opiniones, diría que sucedió lo que tantas veces sucede hogaño, y más en este tipo de plazas. Salió un toro duro, de patas y de cabeza, que nadie supo o ver, o que si vieron temieron seguir picando por el qué dirán y la consiguiente bronca del público iletrado que no quiere ver tercio de varas. El cornúpeta llegó entero a la franela (se ve muy poca sangre en la cerviz) y se quitó de en medio al matador de un tantarantán que le pudo provocar una lesión gravísima. O quizá no, si alguien sabe más o hay otra versión que lo diga, si sabe qué pasó con el equino, también.

A día de hoy, David de Miranda todavía se está recuperando de las lesiones que le provocó el revolcón. Desde aquí le deseo lo mejor y una pronta y satisfactoria recuperación.