Como en las pastelerías de Londres que entra todo por la vista y luego sabe insípido. Así fueron los veraguas
Fiasco, plomo, petardo, decepción, revés, catástrofe... y todos los adjetivos que se quieran poner; la novillada que ha traído don Tomás no ha valido un mísero duro. Presencia justa, variedad de capas y juego muy desagradable, tanto para los coletas como para los aficionados de exigentes pretensiones. Cero poder; cero casta, cero fijeza, cero bravura en el caballo.
Con pesadumbre y desazón según transcurría la tarde, hemos visto un primero devuelto por inválido, en el mismo tono que el resto de la novillada, muy blandita toda ella. Un varapalo que nos ponía sobre aviso de lo que iba a ser el resto de la tarde. Sustituido por un novillo de Juan Antonio Ruiz Román, manso de tableros y puerta de toriles, pese a la insistencia del novillero, que pasó toda la faena corriendo tras el bicho, de medios a tablas.
Un segundo negro zaino que ni fu ni fa. Se repucha del caballo; no aprieta ni hacia dentro ni hacia fuera; se queja de los arpones. Tuvo dos tandas que no encontraron el mando que exigía, mas enseguida torna en protestón, no pasa y pega brincos; desconozco si el efecto es causa de la falta de dominio. Sin fijeza ni codicia.
Un tercero de pelo jabonero que no tardó en doblar las pezuñas a pesar de salir como el rayo del calabozo. Simulacro en varas. Es noble pero se desploma en la muleta y se acaba echando. Lo que viene llamándose una babosa con bondad.
Un cuarto retinto ojinegro, o castaño según rezaba la reseña. Sale perdiendo las manos y hace cosas de burriciego, lo cual acarrea más de un susto y topetazos a los de a pie. Corta en banderillas. No embiste, pasa mirando al público de la andanada. Descaste total.
Un quinto que salió del revés. Berrendo en negro aparejado, bien puesto de armas. La infantería lo saca rápido, recibiendo dos picotazos perfectamente señalados por Ismael Alcón. Tuvo la virtud de humillar, cualidad que sirve de poco cuando no hay codicia ni nobleza para seguir los engaños. Medio embistió dos veces por abajo y la tercera protestó. Eso fue todo.
Se acabó la novillada (menos mal) con otro negro. Sale barbeando y no llega a los burladeros cuando lo reclaman. Basto de hechuras. Pega coces en el caballo; huye. Ni una sola embestida, se defiende continuamente. Manso con genio.
Pésima tarde de los prietodelacal, como ocurre tantas veces en los toros y a otras tantas ganaderías que son repetidas año tras año, temporada tras temporada. Por ello, reivindico el mismo trato para el bueno de don Tomás; la oportunidad de resarcirse más pronto que tarde. No sería de recibo una condena al ostracismo porque la grandeza de la Fiesta reside en su variedad, en su riqueza, y su losa se fundamenta en la monotonía.
Al volver a casa, no podía dejar de recordar estas palabras que escribía Luis Fernández Salcedo hablando de la ganadería de don Juan Manuel Sanchez, "Juanito Carreros":
Bastó que él faltase, o que se apartara en sus últimos tiempos, para que se viniese abajo todo aquel gran castillo de naipes. No olvidemos, por otra parte, que en este asunto, por lo mucho que tiene de misterioso cuanto se relaciona con la bravura (y ahora me remito a mi primer libro de El toro bravo, en el cual se habla de la difícil selección de la bravura), hay un factor suerte (por llamarlo de algún modo) que cuando actúa en el mismo sentido que la competencia del criador, produce grandes efectos; pero que, en otros casos, hace un efecto enteramente letal. Podría formarse una interminable lista de grandes ganaderos en teoría, cuya actuación práctica quedó muy por bajo de su insignes merecimientos. Algo de esto debió de ocurrir a don Juan Manuel...

