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lunes, 12 de septiembre de 2022

miércoles, 31 de agosto de 2022

Adiós, Madrid

DE CÓMO EL CENTRO DE ASUNTOS TAURINOS Y EL PARTIDO POPULAR PERMITEN QUE LAS VENTAS PIERDA SU ESENCIA


El cartel

El atraco

 

 

      Eso fue lo que este maltrecho aficionado expresó cuando el pasado miércoles 25 de agosto descubrió la nueva política de precios que Plaza1 ha presentado para la próxima Feria de Otoño y añadidos: ¡adiós, Madrid! Como el Tato aquella tarde madrileña en plena revolución Gloriosa tras la cornada del toro de Vicente Martínez; ¡que me toquen el himno de Riego! −pensaba yo−, que es bien bonito y me sirve de réquiem, como sonó aquella tarde infausta. 

Lo siguiente fue lanzar una batería de denuestos e improperios contra tamaño ultraje, fruto de la indignación, que no trascribiré aquí por no caer de nuevo en un mal gusto que, además, no conduce a ninguna parte. Fue una reacción espontánea cuando acababa de ver que la localidad que ocupé durante diez de mis quince años como abonado, en la grada de sol del 5 primero y en la grada de sol del 7 después, prácticamente triplicaba su precio. 23 € los días de oropel, más 2.50 € de gastos de gestión en el caso de adquirirla vía internet, total 25.50 € para una tarde de figuras, cuando es una entrada que cuesta 9.80 € en taquilla según la web de Las Ventas (9.20 € según el Anexo I del pliego que ha entrado en vigor) y 8.80 € con el descuento de abonado. Una subida de nada menos que el 161 % para una grada de sol, 189 % si la compramos por la web. 

Ahora, con más calma, vamos a analizar la marrullera jugada perpetrada por la empresa Plaza1, Rafael Garrido y, suponemos, que Simón Casas en la sombra; con la anuencia y la brillantez que caracteriza al actual Centro de Asuntos Taurinos (CAT en adelante) que comanda Miguel Abellán, uno de los máximos responsables del golletazo y, finalmente, el Consejero de Presidencia, Justicia e Interior, el señor Enrique López, políticos estos últimos afectos al Partido Popular, ese partido político, al parecer, en pro de la tauromaquia. 

Todo esto se fragua porque la empresa, según dice, tiene pérdidas los días que anuncia a tres figuras en el cartel y con el dinero que deja la taquilla en Madrid no tienen suficiente para pagar los honorarios que dichas figuras exigen. Aquí es donde el árbol se empieza a tronchar y tocamos un problema estructural que la tauromaquia tiene, esto es, los toreros exigen un dinero que por sí solos no generan, no solo en Madrid sino en muchas otras plazas. Esto no es fútbol, aquí no hay un montón de patrocinadores dispuestos a invertir, una mercadotecnia ingente con tiendas de productos explotando la marca que hoy día supone un club de fútbol, y todo un mercado global dispuesto a invertir y a participar en ello; en los toros lo máximo que hay, por el momento, es una televisión privada que pone un buen puñado de pasta por televisar las grandes ferias. A este problema le sumamos la caída paulatina del abono de Madrid, desde la crisis del ladrillo de 2008 hasta hoy hemos pasado de 18 a una cifra estable que se mueve entre los 13 y los 15 mil abonados aproximadamente y, derivado de ello, la pérdida de personalidad que actualmente tiene Las Ventas, aunque este es un problema también estructural que afecta a la generalidad de las plazas y entronca la tauromaquia con la sociología. 

Aquí es donde las cabezas pensantes se ponen a maquinar y urden la idea, no sé si fue Abellán o la empresa quien lo propuso, el caso es que Abellán estaba encantado con el plan y presumía de ello en los corrillos allá por 2019, mucho antes de que saliera el pliego que lo ratificara. Primero dijeron que los abonados iban a ser compensados por su condición, que el resto de público iba a pagar más, generando con ello el incentivo de abonarse pretendían así levantar el abono de Madrid y, después, esto se ha reflejado en la liberalización de los precios de las entradas que ha contemplado el pliego, el discutido y litigado pliego actual que salió allá por el mes de febrero: El adjudicatario tendrá libertad absoluta sobre los precios para la venta de localidades al público en general para los festejos taurinos que se organicen a lo largo de la temporada (Título II, 1.5, apartado B; el subrayado es mío). 

Una liberalización de precios de la que va a gozar Plaza1 precedida de la exención de pagar el canon del año de la pandemia, 2020, una prórroga del contrato de explotación, y una compensación económica en 2021 de nada menos que 3.4 millones. Sumemos a esto que el último pliego ha rebajado el canon económico de 2.8 millones anuales a un máximo de 975 000 euros. Que Plaza1 iba a ganar el concurso de explotación de Las Ventas de este año era una cosa que todos dábamos por hecha, la sensación era que las cosas fluían en favor suya aunque los otros licitantes eran para tirarse a las vías del tren, directamente (Ramón Valencia junto con Matilla; y la FIT y los Chopera). Como ven, a la empresa se le rebaja el canon a menos de la mitad y las entradas sueltas suben más del doble, jugada maestra. Y todo esto, sin que los espectadores de toros hayan visto todavía como se aplica la rebaja del IVA de las entradas del 21 al 10 % que entró en vigor en 2018, otro tanto económico en favor de la empresa y a costa del bolsillo de los aficionados. 

Ustedes dirán: ¿cuál es el problema?, el que quiera ir un día o dos a los toros a ver a las figuras que lo pague; es la ley de la oferta y la demanda; que los que van un día a los toros financien el resto de la temporada a los aficionados, etcétera. No, no y no. Y vamos a explicarnos. 

Lo primero que hay que comentar es que el error de base aquí es esa libertad absoluta que proclama el pliego, esa brillante idea que ha tolerado el CAT y la Comunidad de Madrid. Lo advertimos cuando lo vimos, muchos dijimos que había que poner coto a ese incremento de precios en las entradas sueltas, no se puede dejar en manos de un empresario taurino los designios de Las Ventas, como si Madrid fuera una plaza más porque, sencillamente, no lo es. Un tope máximo de subida, lógico y razonable, sin que Las Ventas perdiera su razón ser, hubiera sido del 30 %, es decir, que una entrada que cuesta 10 pase a costar 13 € los días de postín, la que cuesta 20, 26 €, la que cuesta 40, 52 €, y la que cuesta 80, 104 €. Teniendo en cuenta que los abonados ya gozan de un 20 o un 10 % de descuento sobre los precios fijados, hubiera sido un incentivo razonable para cumplir con la idea que nos están vendiendo el CAT y Plaza1 al alimón. Estamos suponiendo que una entrada que vale 20, a un abonado le cuesta 18 € aplicando un 10 % de descuento como en la presente Feria de Otoño, y a un paisano que quiera ir solamente ese día le costaría 26, es decir de 18 a 26 €; una diferencia de precio sustancial sin llegar al atraco que han perpetrado, donde una entrada de 20.10 en las filas 7-10 de tendido de sol, cuesta ahora para el público general 40 €, o sea, el doble. 

Como digo y he ejemplificado, el 30 % sería el tope máximo de incremento que hubiera impuesto en el pliego, razonable para el bolsillo de los que quieren ir a los toros esporádicamente, coherente con una política de beneficio para los abonados y sustancioso para el empresario, pero yo no soy el legislador y el atropello ya se ha cometido. El resultado ahí lo tienen, el incremento no es un incentivo para que se abone más gente, esa cautivadora libertad absoluta es un asalto al bolsillo del aficionado (en este caso, parece ser, habría que llamarlo “público”), un abuso, claramente, y un atentado contra la esencia de la Plaza de Madrid, cuya titularidad es pública, es decir, es una plaza propiedad de todos los madrileños, no es una plaza de los abonados como los socios son a un club de futbol, en la que se debe de fomentar el acceso a los toros a un precio asequible en toda condición para todos, no solo en los carteles sin relumbrón fuera de feria. No puede haber una persona al lado de otra que, en algunos casos, haya pagado el triple por lo mismo, porque genera una situación de desigualdad notoria, por muy abonado que uno sea, para acceder a una plaza de toros, pública, en un espectáculo regulado por la Administraciones Públicas. 

El espíritu de la Plaza de Madrid, vigente desde que el egregio Joselito El Gallo tuviera la idea de construir plazas monumentales que dieran cabida a mucha más gente y, con ello, pudieran ofrecer la posibilidad de acceso a personas de toda condición, viene siendo el mismo desde su puesta en marcha en los años 30. Las Ventas, plaza monumental, seguía cumpliendo esta norma y era uno de sus atributos más característicos. Cualquier persona, más allá de su estatus económico, podía permitirse ir a los toros frecuentemente y eso se reflejaba, en consecuencia, en lo castizo de sus reacciones y en su ambiente popular. Esto lo hemos comprobado todos empíricamente, los precios nunca han sido un obstáculo para ir a Las Ventas, donde se respira un ambiente único en el que personas de toda clase y condición social acuden a la plaza y se relacionan en torno a lo que sucede en su ruedo. Muchas personas se apasionaron por los toros gracias a esa facilidad para ir a Las Ventas, porque casi nadie se hace abonado directamente, antes hay que ir y sentir la vena de la afición. A partir de ahora, este espíritu de bonhomía se rompe, entramos en las procelosas aguas de libertad para el empresariado taurino, esa estirpe que prefiere ver una plaza medio vacía a 70 € la entrada que llena a 20 €, cuidado con esto. Porque no hay límite, insistimos, hay libertad absoluta, y el CAT, por mucho que quiera, no podrá oponerse a cualquier cuantía que a la empresa se le ocurra por disparatada que sea. El error de cálculo ha sido muy grave. 

Que lo ejecutado no cumple con la idea inicial, a priori loable, de incrementar el número de abonados, lo estamos viendo en los carteles que han presentado. Donde un festejo de temporada de especial relevancia pero fuera de abono como es el día de la Hispanidad, pasa a ser de relumbrón y a multiplicar los precios en las entradas sueltas. No solo eso, las novilladas, que se supone que son festejos para intentar sacar nuevos toreros y fomentar que todo el mundo pueda acceder a ellas debido al menor tirón que tienen, pasan a doblar los precios, en andanada de sol incluso los triplican. ¿Dónde está aquí ese argumento esgrimido de quien quiera ir a los toros a ver a las figuras que lo pague? No, aquí lo que hay es un empresario dispuesto a acabar con la esencia de Madrid y un CAT que lo permite, es el precio que hay que pagar por esa libertad absoluta que aludimos, para mayor paradoja dentro de un pliego de condiciones que regula las cosas más nimias que nos podamos imaginar, cualquier detalle trivial viene marcado disponiendo cómo ha de proceder la empresa, pero los precios, no. 

Creamos por un momento en las buenas intenciones que la empresa y el CAT se atribuyen con esta medida, si el abono creciera de tal manera que llegara al tope máximo y se abonaran 18 o 19 mil personas, ojalá, aunque dudo que eso vaya a suceder. ¿Qué precios pondrían al resto de asistentes teniendo en cuenta la poca disposición de entradas sueltas que quedarían?, ¿qué pasaría con las tarifas de los abonados si con un numero tan alto de ellos y con los precios tan económicos que pagan no se cubren los honorarios que demandan las figuras? 

Todo esto sucede dentro de una dinámica claramente decadente para las plazas de primera y segunda categoría, las cuales vienen mermando la afluencia de público paulatina e incesantemente, en gran medida por un auge de precios exacerbado en plazas monumentales u otras cuyo aforo permite un taquillaje para todos los bolsillos. Están echando a las clases más humildes de los toros y a esto sumémosle la inflación insoportable que nos está asolando. Málaga, reducida a la mínima expresión, solo ha llenado con Roca Rey (podría decirse que es el único torero de verdadero tirón actualmente, con permiso de José Tomás); Córdoba está hundida, como Bilbao y San Sebastián; Salamanca y Logroño moribundas; el abono de Sevilla está más mermado que nunca; la grandeza de Zaragoza pasó a mejor vida y es una plaza semiabandonada; Valencia, donde Rafael Garrido dispone −empresario de nuestra plaza−, ha aplicado esta temporada una subida de precios menor que la de Madrid logrando que el coso de la calle Játiva presentara un aspecto desolador. ¿De verdad era este el momento para disparar los precios de Las Ventas de manera discriminatoria? Creemos, sinceramente, que no. 

De acuerdo, Madrid es mucho Madrid. Claro que Las Ventas no va a caer de un día para otro, pero jamás hubiéramos pensado que en San Isidro fueran a ser comunes las medias entradas o los dos tercios de plaza y hace años que nos hemos acostumbrado a ello. Tampoco pensábamos que Madrid se fuera a contaminar de la oleada lenitiva que padecen todas las plazas otrora con un mínimo de rigor y, ahí está, ahora se entregan orejas donde antaño se daban abucheos. Incluso los presidentes, afectados por el mismo síndrome de flacidez, parece que han empezado a ver toros en Las Ventas antes de ayer. La tendencia y la dinámica es la que es, el público fiestero, el exceso de alcohol, los trofeos sin espíritu crítico, un sistema profundamente viciado, una prensa vendida… son asuntos que afectan a todas las plazas y que darían para otro prolijo artículo. Las medidas que han tomado son el último intento para seguir estirando el chicle y ordeñando la vaca isidreña, una feria de 30 tardes −29 el último San Isidro− que desde hace tiempo viene avisando que ya no soporta semejante magnitud, pero que sigue siendo muy lucrativa para el empresario. El que no se abonaba antes no lo hacía por una cuestión económica, o no hay aficionados dispuestos a ir tantos días seguidos o, simplemente, no disponen del tiempo suficiente. Sin perjuicio de que en esta Feria de Otoño suba el abono, como suele suceder en una feria de fin de semana con pocos festejos. 

Dicen que la diferenciación de precios ya se ha dado en el pasado, lo desconozco porque no he vivido esa etapa. Imagino que fue en la era Lozano (Toresma y Toresma 2, entre 1990 y 2004) porque con Chopera, según figura en el libro San Isidro 50 ferias 50 (Diego Lechuga, Madrid, Alianza Editorial, 1997, pág. 124): la primera medida que toma [Chopera] es igualar el precio de todas las corridas isidriles, precio que, por otra parte, era incluso inferior al registrado en años anteriores a su llegada. Cuesta lo mismo ver a tres segundones que a tres primeros espadas. Dejo para un estudio posterior cómo fue aquella discriminación de precios y si fue tan agresiva como la presente, o algún amable lector que nos comente. En cualquier caso, acciones iguales no tienen porqué provocar idénticos efectos, siendo que las circunstancias y los factores concurrentes son muy diferentes. 

Para ser totalmente francos no quiero finalizar esta pieza sin referir mi situación personal. Dejé de ser abonado la Feria de San Isidro de este año porque mi coyuntura no daba para ir a más de un 30 o 40 % de las tardes, me parecía absurdo renovar en esas condiciones. En general y, aunque me pese, he tenido que reducir notablemente el número de festejos a los que acudo. Fui quince años abonado −antes de ello aficionado de temporada−, para conseguirlo tuve que hacer varias noches pegado a la fachada neomudéjar, mi última localidad estaba en la fila 23 del tendido 7, junto con un grupito de aficionados que son de lo mejor que hay en la plaza: con unos criterios firmemente asentados, exigentes, equilibrados, duros con el rico, tolerantes con el pobre… la flor y nata del tendido 7. 

Sea o no abonado, eso es circunstancial, pensaría lo mismo, por encima de todo está la defensa de los que pasan por taquilla así como la Plaza de Madrid, la mejor, la que amamos y respetamos a partes iguales por su idiosincrasia única. El incremento de precios me parece tan abusivo y espurio que voy a mantener la intención previa de no abonarme a la Feria de Otoño (pensaba ir a todos los festejos que pudiera) y, menos aún, comprar entradas sueltas multiplicando el precio que paga un abonado. Veremos lo que sucede el año que viene, de momento no concibo esa forma de ir a Las Ventas, lo primero por el bolsillo, claro está, y después porque me considero aficionado de temporada y, para mí, vale lo mismo un festejo en abril, en agosto o en septiembre que en San Isidro o en Otoño, la disposición con la que voy a la plaza es la misma, calibrar la bravura de los toros y desentrañar cómo están los espadas con ellos. 

Será un antes y un después. A partir de ahora habrá una estadística que no vamos a ver reflejada en ningún sitio, la de las personas que van a dejar de ir a Las Ventas debido a las tarifas desmedidas que han puesto, el nicho de futuros aficionados que ahí había, o las que van a tener que reducir exponencialmente el número de comparecencias. Y un aficionado, sea abonado o no, con quien ha de solidarizarse es con aquel que pasa por taquilla −no obstante y como se suele decir somos profesionales de la taquilla− nunca con el empresario taurino.

¡Fuera los mercaderes del templo!

 

 

Un saludo a la afición.

 

jueves, 21 de mayo de 2020

Centenario de la muerte de Gallito (II)

 

JOSELITO 100 AÑOS DESPUÉS DE TALAVERA DE LA REINA

Andrés de Miguel.   Presidente de la Peña Taurina “Los de José y Juan”

 

La conmemoración del centenario de la muerte de José Gómez Ortega, “Gallito” en los carteles y Joselito en la sociedad y la prensa de su época, ha tenido una gran circulación entre numerosos aficionados, que se ha frenado por el maldito coronavirus que tanto caos está generando.

Pero ¿quién era Joselito y cuál fue su importancia para el toreo?

Joselito fue un personaje importante de la sociedad de inicios del siglo XX, no solo como torero sino como referente social. Los periódicos de la época daban cuenta de sus apariciones en sociedad, sus amoríos con destacadas artistas, sus viajes, acompañado de amigos, atraían numerosos curiosos y su muerte fue un gran duelo para la sociedad, que le escoltó multitudinariamente en el recorrido de su féretro en Madrid y Sevilla e incluso el cambio de vía del tren fúnebre en Alcázar de San Juan, se aprovechó para organizar un sentido homenaje.

Este torero que vivía para su profesión, fue la cumbre del toreo clásico que venía de los maestros del siglo XIX y tuvo una gran trascendencia en la génesis del toreo moderno, como han explicado numerosos estudiosos de la historia, la técnica y la evolución del arte de torear.

Pero a los efectos de la conmemoración me voy a fijar en tres iniciativas trascendentales para el desarrollo de las corridas de toros, que resumo

· Ve la necesidad de mejorar el espectáculo, que se va orientando hacia una mayor importancia de las faenas de muleta, e influye en la selección del ganado hacia una bravura más depurada que dure más en la faena de muleta. Para ello organiza de una manera más racional la selección de la bravura.

· Impulsa la creación de las plazas monumentales. Amplia El Sport de Barcelona y la convierte en la Monumental, crea la Monumental de Sevilla e inicia las gestiones de Las Ventas. Estas plazas no sólo aumentan la cantidad de gente sino que amplían la base social de los asistentes a las corridas, que se ponen al alcance de todos. El impacto de la Monumental de Sevilla hay que entenderlo sabiendo que tiene 24.000 localidades en una ciudad que en 1918 no llega a los 200.000 habitantes.

· Da una gran importancia a los nuevos medios de difusión, en especial al naciente cinematógrafo. Joselito grabó su alternativa, su confirmación, la corrida de Martínez, otra de seis toros de Contreras en Valencia y numerosas faenas en Madrid, Sevilla, Zaragoza, Barcelona y más sitios. Prácticamente si contamos todos los minutos grabados en cine de toros desde la llegada de Alexander Promio, enviado de Lumiere Freres a España en 1896, hasta la guerra Civil, la mitad de lo grabado es de Joselito. Entendió la importancia de los nuevos medios de comunicación en la difusión de las   corridas de toros, sin descuidar la prensa generalista y la taurina.

En resumen un hombre joven, torero de dinastía que supo mejorar la calidad del espectáculo, amplió la base social de sus asistentes y gestionó los medios de comunicación apropiados para difundirla de una manera adecuada a la sociedad de su tiempo, creando un espectáculo abierto a las mayorías sociales.

Este repaso no exhaustivo creo que es necesario para ver la difusión e interés que había despertado la conmemoración del Centenario, no como un recuerdo meramente necrológico sino como una conmemoración de un torero que en sólo 25 años de vida y poco más de siete temporadas completas, fue capaz de elevar el arte de torear a la cumbre del clasicismo, como base para la renovación, consolidación y difusión de las corridas de toros. Todo ello con el completo compromiso personal con su arte, que le condujo, de manera sorprendente para sus seguidores, a su propia muerte en el ruedo.

Por eso conmemoramos su centenario. 


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—¿Por qué no se ha contado la realidad de Joselito?

 

—Estamos casi convencidos que ha sido para ocultar su grandeza. Por eso de La Monumental de Sevilla casi nadie sabía de su existencia. Ignacio lo dice en el prólogo de nuestro primer libro, si hiciéramos una encuesta de estas modernas entre la gente de Sevilla mucha gente no la conocerá y otros muchos dirán que fue un fracaso o que nunca se llenó. Todo ha sido mentira.

No entiendo como con la aceptación que tuvo esa plaza entre la gente se ha olvidado. No sé si ha sido un trabajo de dejadez, si ha sido como en los nacionalismos que lavan el cerebro a la gente, no sé qué ha pasado ahí, nunca se ha reconocido el éxito de esa plaza.

Aquello plaza fue un motivo de satisfacción para Joselito, una alegría. Cuando Joselito muere en Talavera se celebraba una novillada en La Monumental, él muere bien tranquilo con la plaza. Cuando le hundieron la plaza en las pruebas de carga de 1917 le sentaría mal, como es lógico, pero de ahí a la depresión va mucho.

Se han echado encima de la plaza muchas mentiras para empequeñecer lo que hizo Joselito y lo que fue el coso. Cómo dice Ignacio, la historia del toreo la han escrito los belmontistas. No le falta razón.


Entrevista   a  Fidel  Carrasco, autor de varios libros sobre  Joselito   El Gallo y  su relación con la Munumental de Sevilla.  En Patrimonio Taurino. 

Entrevista completa   aquí.


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domingo, 1 de marzo de 2020

La despedida de Lagartijo (vista por un frascuelista)


Antonio Peña y Goñi (1846 - 1896)


Desde que empecé con la aventura de este blog tenía la idea de reflejar aquí lo sucedido en la despedida de Rafael Molina, Lagartijo, nada menos que después de actuar en Madrid 412 tardes (frente a las 354 de su gran adversario en los ruedos, Frascuelo). Similar a lo que pasó con Gallito, la última comparecencia de Lagartijo en Madrid acabó en bronca, en vilipendio y en cuasi agresión contra el espada. Hay que hacer un gran esfuerzo por conocer los aspectos históricos y sociales de aquella época, la fiesta de toros en Madrid y su idiosincrasia, y todavía será de gran complejidad comprender lo sucedido en el adiós del espada cordobés de una afición que lo había querido más que a nadie -al menos tanto como a Frascuelo- y que lo había visto más que a nadie. 

Dejo a continuación las impresiones de un frascuelista declarado como era Antonio Peña y Goñi, recogidas en la biografía sobre el Guerra. La pluma altisonante y metafórica del escritor donostiarra, propia de la época, nos transporta a aquel jueves, primero de junio de 1893, así como los aspectos más relevantes que rodearon a tamaño acontecimiento. Queda pendiente, para otra ocasión, aportar la opinión de alguno de los lagartijistas más eminentes, verbigracia, Mariano de Cavia o Luis Carmena y Millán, y así contrastar las opiniones de cada bando.  


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Antonio Peña y Goñi, "Guerrita", publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, 1987, págs. 147-156.



        El día elegido por Rafael para despedirse del público madrileño y torear por última vez, era el 1º de junio de 1893, día del Corpus.

¡Singular coincidencia! Lagartijo exhibía por postrera vez su entidad torera, Corpus Tauromachiae, el mismo día que la Iglesia Católica ensalzaba la memoria del Redentor, Corpus Christi; doble solemnidad que iba a crear gloriosísima efeméride en la historia de la estupidez humana en general y particularmente en los fastos de la estupidez madrileña.

Sólo la pluma de Barbey d'Aurevilly, el cáustico autor de Les ridicules du temps, podría haber comentado el «documento social» que ofreciera entonces a las meditaciones del crítico la villa y corte de todas las Españas.

Ocurrió, pues, como se ha visto, que, fortuito encuentro o voluntaria y premeditada determinación, Rafael había elegido para su última despedida el día 1º de junio, que coincidió aquel año con la festividad del Corpus, cuya procesión se verificaba desde hacía pocos años por la tarde, merced a concesión especial del Padre Santo.

Por la tarde debía, pues, llevarse a efecto la procesión citada y así quedó acordado y se anunció de una manera oficial.

Ahora bien, la hora fijada para la gran corrida era las cuatro, y las cinco en la que había de salir la procesión. ¡Calcúlese el efecto que produciría en el devotísimo pueblo de Madrid aquella noticia estupenda!

A la procesión o a la plaza: tal fue el dilema que amenazó a los piadosos madrileños y la indescriptible zozobra que hizo en ellos presa al verse entre la espada y la pared. Por un lado, el Cuerpo del Señor, por otro el Alma de Lagartijo. No había escape: a la religión católica o a la religión taurina, a los curas o a los cuernos, a gritar ante el Santísimo ¡viva Jesús!; o a gritar ante una larga ¡viva Rafael!





Que no se me llame blasfemo; que no se me acuse de insultar las arraigadas creencias, la fervorosa piedad, etc., de la nación hispana; que nadie juzgue mi conducta como la de un protervo que desea minar los sacrosantos dogmas del catolicismo. Pega, si quieres, ¡oh lector! pero escucha y prosigamos.

Aquel pavoroso dilema, aquella espada de Damocles que pendía sobre el azorado Madrid, dándole a elegir entre la procesión del Corpus y la despedida de Lagartijo, tenía que caer sobre la una o la otra cabeza, sobre la del Obispo o sobre la del matador de toros.

La lucha fue corta, la religión católica comprendió enseguida que no le era posible luchar con la religión taurina, previó la espantosa soledad que amenazaba a la procesión del Corpus y dispuso que se verificase por la mañana.

Sueltos oficios mandados por la autoridad eclesiástica (esto no me lo ha contado nadie, lo vi yo mismo) a los principales diarios de Madrid y en los cuales se trataba de atenuar, en vano, los motivos de aquella incalificable abdicación, destruyeron la angustia del religiosísimo pueblo madrileño e hicieron que el júbilo brillase en todos los semblantes.

Ya no había cuidado: la procesión no estorbaría en lo más mínimo a la corrida; el Sacramento del Altar se inclinaba humildemente ante el Sacramento del Toreo, y le decía: ¡pase usted!

Por la mañana a la iglesia, a recibir el Señor; por la tarde a la plaza, a aguantar a Rafael. Y la procesión se verificó por la mañana y la corrida se celebró por la tarde.

Así acabó aquella farsa monstruosa, así acabó aquél sainete de la hipocresía que puso de manifiesto una vez más ese adorable fondo de fervor católico que consume lentamente a la capital de la nación, sin perjuicio de banderillear los toros que le correspondan, quiero decir, sin perjuicio de mostrar al desnudo, cuando la ocasión se presenta, los vicios que le afligen en su lamentable decrepitud.

La corrida de los toros vino aquel día precedida de la corrida de las letras; la literatura se anticipa a la tauromaquia e iluminó espléndidamente los albores de Waterloo. Hubo quien comparó a Lagartijo con Homero, Miguel Ángel y Shakespeare; hubo quien, para cantar las glorias del Califa, pidió auxilio a las musas de Castelar y Núñez de Arce, a las paletas de Rosales y Pradilla; el nombre del héroe cordobés irradió sobre Madrid como el de Radamés, vencedor de los etíopes, sobre los muros de Tebas; y, lo mismo que el Faraón de Verdi, el pueblo del oso y del madroño, elevó sus brazos solemnemente y dijo a Rafael: Salvator della patria, io ti saluto!

A todo esto, Sierra Morena había trasladado sus reales a la corte; los billetes andaban por las nubes; Harpagón y Shylock venían a echar la última redada y apretaban a pedir de boca los tornillos.

Diez mil duros —cuatro mil más que Salvador—, había pedido Lagartijo a la empresa por el acontecimiento. Así es que el papel se cotizaba a precios exorbitantes y los revendedores eran dueños de la situación. Las protestas llegaban al cielo, pero los bolsillos se vaciaban al fin; se pegaba, pero se pagaba; quod erat demostrandum.





Cuando llegó la tarde, nada puede dar idea del aspecto que presentaba la calle de Alcalá. Un sol de pura cepa lagartijista, radiante de luz, vestido de gala, toreaba a Madrid, jugueteaba con la villa y corte, dando recortes y medias verónicas, rascándole el hocico y rematando las monerías con una larga maravillosa que lo llevaba como un borrego hasta la plaza de toros.

La anchurosa vía de la calle de Alcalá era insuficiente para contener el sinnúmero de vehículos: ómnibus, tranvías, simones, tartanas, jardineras, breaks, landós, victorias, mylords, que se amontonaban y comprimían allí, como en feria rodada, y se dirigían al templo de la carrera de Aragón.

Las madrileñas habían echado el resto, lo mismo que las hembras del bronce; las mantillas blancas, las de casco y madroños se rozaban con los mantones de Manila; y, allá arriba, en las imperiales de los ómnibus, la gente estudiantil bombardeaba con sus piropos a tirias y troyanas, gritando y gesticulando sin cesar.

Al lado de aquella juventud desquiciada que saturaba el ambiente de una alegría robusta y pegajosa, veíanse pasar al diplomático en su coche, al ministro, al diputado, al senador, confundidos todos en la oleada humana, gotas de agua que venían a engrosar aquel día el océano del lagartijismo y se aprestaban a dar lucido contingente a la apoteosis de Rafael.

¡Viva Lagartijo! era el grito que se presentía hasta en las vibraciones del aire. ¡Vítor al Califa!; parecía exclamar el sol, inundando con sus rayos aquella inenarrable escena, aquel rodar de coches y bullir de gentes que envolvía al nombre del maestro en frenética aclamación.





A las cuatro la plaza era un hervidero, trece mil almas apiñadas, una embriaguez de color, un derroche de garbo indígena, de madrileña sal, que partía los corazones. Cuando tocaron al despejo y se vació el redondel, hubiérase dicho que se ensanchaba, que adquiría colosales proporciones para recibir dignamente al gran torero que iba a pisarlo por última vez; y cuando se abrieron las puertas por donde salen las cuadrillas y sonaron los primeros acordes del pasodoble, jamás ha caído sobre la plaza de Madrid galerna de aplausos y de vítores semejantes a la que produjo la aparición de Rafael.

Los años lo habían comprimido considerablemente; la cara se había achicado, surcada de arrugas, tostada por veinticinco años vividos al sol, y asomaba bajo la montera como una mancha negra en la cual se destacaba la fina arista de la nariz.

Marchaba solo, al frente de la cuadrilla, lentamente, con el capote de paseo que le cubría medio busto y le ceñía la cintura; y el cuerpo todo se movía con su adorable pereza, con su característico abandono, mientras el brazo derecho se balanceaba a compás.

Las aclamaciones del público lo acompañaron mientras duró el paseo, y lo envolvieron como una onda de cariño y de admiración. Aquel conmovedor saludo representaba el testimonio envidiable del respeto y de la gratitud de un pueblo, el último adiós dado al maestro por dos generaciones que habían puesto todo su entusiasmo y toda su actividad al servicio de la causa lagartijista, y representaba al propio tiempo un mundo de esperanzas, al afán de dedicarle en su despedida un homenaje digno del incomparable diestro que había logrado cautivar las voluntades, esclavizar los corazones y dejar en los anales del toreo un nombre inmortal.

Aquel saludo rememoraba una historia, traía a la mente una etapa memorable de la vida, los ardimientos de cien batallas libradas en el campo en que el héroe se presentaba para no volverlo a pisar.

Había, por lo tanto, una ansia loca de palmas, el prurito de promover una manifestación nunca vista en loor de Lagartijo, algo que dejase atrás todo lo precedente y sellase con timbre inmarcesible de gloria la carrera de Rafael. Los menos optimistas, los que conocían al maestro y sabían a qué atenerse con respecto a sus facultades y a su arte de lidiar, esperaban que en el transcurso de la corrida no le faltaría una ocasión, una tan sola, que le permitiría confiarse y recordar brillantemente los días del pasado, haciendo olvidar al público los enormes sacrificios que implicaba la fiesta.

Y en verdad que hubiese bastado eso para conseguir el fin que se perseguía, y dejar recuerdo perdurable de la retirada de Rafael. En toda la plaza se presentía un exceso de cariño, un acopio previo de entusiasmo que no necesitaba más que leve pretexto para estallar; había en el público esa tensión nerviosa que precede a los grandes accidentes y necesita salida franca para evitar una congestión.

Digámoslo de una vez: que Rafael matase bien un toro, nada más que un toro; todo el problema estaba ahí. La faena del maestro hubiese traído el desahogo del público; las manos se hubiesen roto, las gargantas se hubiesen deshecho, los corazones se hubiesen vaciado, cuantos agasajos le llevaban sus admiradores hubiesen sembrado la plaza, y la maestría de cinco minutos hubiese hecho olvidar las deficiencias todas, por grandes que fueran, de la corrida entera.

Esta era la situación de Rafael Molina cuando el presidente agitó su pañuelo, sonaron los clarines y el primer toro del Duque de Veragua se presentó en el redondel.

No quiero ser hipócrita, no quiero cubrir a Lagartijo con un manto indigno de su fama, el manto de la compasión. A los muertos se les deben las verdades y yo se las quiero cantar a Rafael Molina.

Ocurrió en aquella corrida desastrosa, digno pendant de la de Bilbao, que el hombre se sobrepuso al lidiador, que Harpagón pudo más que Lagartijo y que el peso de ciento veinticinco mil pesetas que había en el bolsillo de Rafael aniquiló sus escasas facultades, destruyó los restos de su voluntad y le hizo huir de los toros como alma que lleva... veinticinco mil duros.

Francisco I dijo en Pavía: «Todo se ha perdido menos el honor». Lagartijo pudo decir después de la corrida del 1º de junio: «Todo se ha perdido menos la luz».

La luz se salvó, en efecto; los diez mil duros de la corrida de Madrid fueron a engrosar la considerable cantidad que habían producido las otras despedidas; pero la gaveta ganó lo que perdió la honra del torero, y bastaron tres horas para que el usurero arrojase una mancha indeleble sobre la historia del lidiador.




Mancha indeleble, en efecto, el amor propio por los suelos, la dignidad profesional desecha, veinticinco años de carrera brillantísima oscurecidos para siempre, la efeméride de la gloria final que hubiese irradiado sobre una vida llena de triunfos, convertida en odiosa fecha que nadie se atreve a recordar; esa fue la última despedida de Lagartijo, terrible venganza de la religión vencida sobre el torero vencedor.

Logró matar el primer toro con prontitud relativa, por lo cual escuchó algunos aplausos; pero desde aquel instante la corrida fue la más horrible e inexplicable de las decepciones, algo inverosímil por lo malo, una serie de vergüenzas que el público no podía ni quiso tolerar.

Desde la muerte del tercer toro se acentuó la catástrofe. Hasta entonces se había contenido trabajosamente porque se alimentaba la esperanza de que Lagartijo sacudiese su apatía y volviese en sí, a la vista de aquella inmensa masa de admiradores que no esperaba más que una ocasión para aclamarlo.

Pero al observarse que toda esperanza era inútil, al convencerse el público de que no le era posible forjarse ilusiones, el cariño se convirtió en ira, la confianza en desengaño, la admiración en odio, la victoria esperada en derrota total. Hay que tener en cuenta el estado de los ánimos antes de la corrida, estado que he descrito a la ligera hace poco, para darse idea de la reacción. Fue espantosa; las esperanzas perdidas y los bolsillos vaciados se unieron en común protesta y barrieron al malaventurado lidiador.





La manifestación duró hasta que cayó el último toro, entre los silbidos y los improperios de la muchedumbre. Como en Bilbao, Lagartijo huyó a refugiarse en su coche, pero se vio perseguido e insultado hasta allí. La Guardia Civil a caballo tuvo que protegerlo, obligó a retroceder al populacho, rodeó el landó y dio escolta a Rafael Molina hasta su domicilio.

Entretanto, la gente aglomerada en el Prado y en la calle de Alcalá, silbaba y se burlaba del público que volvía de los toros, soltándole todo género de epítetos, «lilas», «primaveras», y otros más expresivos que la pluma no puede escribir. Los aludidos oían y callaban, bajaban la cabeza, se sometían a aquel castigo y proseguían su camino sin chistar. Y como cadencia de aquel infernal allegro, estallaban a la puerta de la casa de Rafael los silbidos y las imprecaciones de la plebe que allí le aguardaba para obsequiarle con la despedida final.

Por la noche, los periódicos daban cuenta de la fantástica corrida, ensalzándolo como un héroe al principio, tratándolo como un guiñapo después. Uno de ellos lo glorificaba en las tres primeras planas y lo llamaba ¡ladrón! en la última. Tengo prisa por concluir este capítulo, el más triste, ya lo he dicho antes, de mi obra, y el más desagradable y penoso para mí. Demasiado sé que no lo creerán muchos, pero me tiene sin cuidado.

Toreros de la talla de Rafael Molina quedarían empequeñecidos si la crítica y la historia llorasen como damiselas histéricas ante la tumba del maestro cordobés. Y como de todas suertes mis lágrimas serían de cocodrilo, vale más decir la verdad y dejar que los molestados por ella se despachen a su gusto.





Hacía falta una pluma que encerrase en poco espacio los horrores de aquel Corpus inolvidable; una pluma que extrajese la quinta esencia de la retirada de Rafael.

Esa pluma fue, quién lo dijera, la de Sobaquillo. Sí, Sobaquillo fue el encargado de enterrar al Califa, y lo enterró, efectivamente, de un modo regio, de un modo digno del gran interfecto y digno a la vez del incomparable anabaptista que lo había sostenido en su trono, con valentía y tesón inquebrantables. Sobaquillo había querido acompañar al maestro en sus despedidas, había dedicado a las de Zaragoza, Barcelona y Valencia reseñas telegráficas llenas de ternura sin igual, habíale preparado el terreno para la última, la grande, la de Madrid, y disponíase seguramente a terminar, el también, su obra largatijista con alguna despedida literaria en que el maravilloso ingenio del escritor y el cariño acendrado del amigo tejiesen a Rafael su mejor corona.

¡Y todo, todo se lo había llevado la trampa en la fatal corrida del Corpus! El golpe era demasiado rudo para un temperamento impresionable, temperamento de poeta; había en el popular escritor demasiado entusiasmo tragado, un exceso de comprensión que necesitaba desahogarse.

Ante el inesperado derrumbamiento de tantas ilusiones, ante el naufragio de tantas y tan risueñas esperanzas, ante aquel siniestro que acababa de arrastrar de golpe y porrazo, brutalmente, el poema del afecto y de la admiración que ardía en el alma del gran anabaptista, Sobaquillo no pudo más. La conciencia se irguió imponiendo silencio al cariño, la decepción horrenda borró todo sentimiento de hipócrita piedad, y la pluma de oro que se había plegado como una bayadera a las morbideces orientales del estilo y había bailado tantas veces en loor de Lagartijo la danza del vientre, se convirtió en estilete florentino y trazó valiente y hermosa, transfigurada, sobre la tumba de Rafael Molina, el epitafio siguiente:

«Si acabó como un maleta
 el que antes llegó a la meta,
no sirvan excusas vanas;
aquí yace su coleta,
respetad sus muchas canas».






Antonio Peña y Goñi, "Guerrita", publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, 1987, págs. 147-156.

martes, 27 de noviembre de 2018

La maqueta del Museo Municipal


      Hace unos días aproveché el fin de semana para visitar el Museo de Historia de Madrid después de la reforma. No iba desde que era un crío y entre todas las obras de arte que guarda, sus pinturas, esculturas y objetos de valor, me llamaron mucho la atención, quizá por ser menos frecuentes, las maquetas de Madrid y, en especial, la de la Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá, que estuvo dando festejos de toros en nuestra ciudad desde el año 1749 hasta 1874, ¡ahí es nada!


Disfruté muchísimo con esta maqueta, transmite con todo lujo de detalles el microcosmos que hay en torno a una corrida de toros y nos transporta a ella. A la época decimonónica, con el casticismo en todo su esplendor y un sinfín de personajes, costumbres y tradiciones en muchos casos perdidos. Aunque la esencia, toro y torero en buena lid, podemos decir que todavía perdura. 


Dejo unas cuantas fotos donde se aprecian los detalles antes comentados, para los que no puedan ir a verla. Los demás no dudéis en acercaros, la visita es gratuita.  

El autor es Juan de Mata Aguilera, teniente coronel retirado, y la realizó entre enero de 1843 y agosto de 1846. 

Los que deseen ver in situ cómo era esta Plaza tienen visita obligada a Aranjuez y su Plaza de Toros, fundada en 1797, pues está hecha a semejanza de la de la Puerta de Alcalá. Por desgracia los festejos que ahora se dan en Aranjuez y el nivel de exigencia del coso, dudo que cumplan las expectativas de muchos lectores de este blog. 



 La meseta de toriles con clarines y timbales. Junto a la puerta de toriles, los calabozos para los espectadores que alteraran el orden

 Puyazo con el caballo dando los pechos y el toro romaneando

 Exteriores. Tertulias, curiosos y puestos de venta de todo tipo, aguadares, naranjas, etc.




 Caballos muertos, el gran damnificado de la tauromaquia antigua. Alrededor el tendido de los sastres, es decir, los curiosos

 Los monos preparando un caballo para el arrastre. Una parte del tendido en pie, protestando efusivamente. Hay cosas que nunca cambian



 Un grupo de curiosos espera acontecimientos junto a la puerta grande, aunque por aquel momento los toreros no salían a hombros como hoy estamos acostumbrados




 El autor y la orla con los detalles de la obra

 Ficha

Portada del Museo Municipal


Un saludo a la afición.

martes, 21 de noviembre de 2017

Última de la temporada de 1870


(cliquear para ver en grande)


PLAZA DE TOROS

EN LA TARDE DEL DOMINGO 30 DE OCTUBRE DE 1870,
Se verificará (si el tiempo no lo impide)

LA 20ª. CORRIDA DE TOROS, 
ÚLTIMA DE LA TEMPORADA.

A BENEFICIO
DEL HOSPITAL GENERAL.
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PRESIDIRÁ LA PLAZA LA AUTORIDAD COMPETENTE
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La presente función será definitivamente la última de la temporada, porque concluyen, en fin del corriente mes, las contratas con los lidiadores.
Por este motivo, y deseosa la Excma. Diputación provincial de manifestar al público su profundo agradecimiento, por la numerosa concurrencia que tan poderosamente ha contribuido al socorro de los pobres enfermos del Hospital General, ha dispuesto que esta corrida tenga todo el carácter de extraordinaria, y que en obsequio del público, y sin alterar los precios, se lidien

OCHO TOROS

de las más acreditadas ganaderías. También ha dispuesto la Diputación que la Plaza se halle adornada con una vistosa colgadura: que todo el servicio sea de gala; que las banderillas sean de guirnaldas, cintas, flores, plumeros, banderas y gallardetes, y por último los lidiadores se han ofrecido a demostrar en esta función de despedida, que son dignos del aprecio de los aplausos con que el público los ha distinguido constantemente.

Los ocho toros serán de las ganaderías y con las divisas siguientes:


DOS... del Excmo. Sr. Duque de Veragua... Madrid... Encarnada y blanca.
DOS... de D. Vicente Martínez... Colmenar Viejo... Morada.
DOS... del Excmo. Sr. D. Rafael Laffitte (antes Hidalgo Barquero)... Sevilla... Blanca y negra.
UNO... de Antonio Miura... Sevilla... Verde y negra.
UNO... de D. Joaquín Concha y Sierra, hoy de su sobrino D. Joaquín Pérez de la Concha... Sevilla... Celeste, rosa y verde.

LIDIADORES.


PICADORES... A los cuatro primeros toros, JUAN ANTONIO MONDEJAR Y JOSÉ CALDERÓN, y a los cuatro últimos RAMÓN AGUJETAS Y MANUEL CALDERÓN.
Habrá dos reservas de picadores,y si hubiera necesidad se suplirán los de una tanda con la otra, sin que en el caso de inutilizarse los seis pueda exigirse que salgan otros.
ESPADAS... CAYETANO SANZ, FRANCISCO ARJONA REYES Y SALVADOR SÁNCHEZ (Frascuelo), estando a cargo de los tres sus respectivas y excelentes cuadrillas de banderilleros.
SOBRESALIENTE DE ESPADA... ÁNGEL FERNÁNDEZ (Valdemoro), sin perjuicio de banderillear los toros que le correspondan.


El apartado de los toros se verificará en la Plaza el día de la función a las once y media. Los billetes para verle desde los balcones del corral y toriles, se expenderán a cuatro reales, en la administración, contigua a las Caballerizas, desde las once en adelante.
Se observarán todas las prevenciones que la Autoridad tiene dispuestas para las corridas de toros, y se advierte al público, que según está previamente anunciado en los programas, no habrá perros de presa, y en su lugar se usarán banderillas de fuego, para los toros que no entren a varas, cuando lo disponga la Autoridad. Tampoco se lidiará más número de toros que los anunciados.

Los precios de las localidades serán los mismos de la corrida anterior.


Los niños que no sean de pecho necesitan billete y se advierte que una vez tomados los billetes no podrán devolverse al despacho sino en el caso de suspenderse la función y que no se darán contraseñas al salir. El despacho de billetes de la CALLE DE ALCALÁ, NÚM. 24, estará abierto el viernes y el sábado desde las diez de la mañana hasta el anochecer y el domingo desde la misma hora hasta las tres de la tarde. El despacho de la Plaza de Toros se abrirá el día de la corrida a la una.

LA CORRIDA EMPEZARÁ A LAS TRES EN PUNTO.

La banda de música del Hospicio tocará antes de la función y en los intermedios



AVISO A LOS SRES. ABONADOS. Los señores abonados que quieran favorecer a la Beneficencia, asistiendo a esta corrida, pueden servirse recoger sus respectivos billetes, en el referido despacho, presentando documento que tienen en su poder, el viernes hasta el anochecer y el sábado hasta las dos de la tarde.

Imp. a cargo de Montero, Plaza del Carmen, 5.


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NOTA. Nada como leer carteles antiguos y transportarse al mundo taurino decimonónico. Se podrían comentar muchas cosas de este fabuloso cartel, entre ellas, llama la atención que sólo hubiera 20 corridas de toros en toda la temporada, acostumbrados a las cifras de ahora, que a muchos les parecen pocas. Véase el San Isidro actual, motivo de conflicto entre los aficionados, por un lado los que lo ven con buenos ojos o incluso corto, por el otro los que les parece un gran disparate un mes continuado de toros. 
Ya podría copiar la actual empresa, que tanto alardea de innovación y tan de moda está lo vintage, este formato de cartel, aunque solo fuera para un festejo de temporada. Habrá que proponerlo, sería un bombazo.