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martes, 7 de junio de 2016

Cuatro grandes toros

   Afortunadamente, por mucho que algunos no lo vean o no lo quieran ver, hemos echado una feria muy positiva en cuanto al apartado ganadero se refiere. Corridas en un tono de casta muy alto como la de Alcurrucén del día 24 de mayo, la de Victorino Martín, la de Baltasar Ibán, la de Victoriano del Río, la de Montealto, o la de El Torero, ésta última suavona, pero muy buena para los matadores. Aparte, toros sueltos de buen juego a puñados. De variado estilo, para aquellos que abarquen variedad de comportamientos. 

Voy a recordar en esta entrada cuatro ejemplares que a bote pronto se me vienen a la memoria y que para mi modo de ver se podrían calificar de bravos. Cuatro colores en la heterogénea paleta de la bravura. Uno de tantos aspectos que maravillan de este espectáculo es que no hay un toro igual a otro.
Por orden cronológico:


Cubilón, de El Puerto de San Lorenzo.


A pesar de la ojeriza que le he cogido a los Lisardos de Valdefresno y El Puerto por su comportamiento bueyancón, cuando sale un animal así no queda otra que dar la enhorabuena y despedirlo en pie batiendo palmas, como fue el caso. Este toro me llegó por su casta fiera, con nervio. Tuvimos la dicha de que Román lo pusiera en suerte y más todavía de que a caballo lo ahormara Pedro Iturralde, extraordinario jinete que hace bravo a una burra. En los dos puyazos se arrancó de largo galopando, cumpliendo sin alardes bajo el peto. Lo pareó magistralmente Raúl Martí sin levantar los pies del suelo. Román se vio desbordado en todo momento y eso que faenó en el tercio; Cubilón fue muy codicioso por le pitón izquierdo y repetía con el rabo enhiesto. Al salir me preguntaba qué hubiera sido de la tarde si Ponce, que tuvo el día de querer, se las hubiera visto con este burel. A lo mejor estábamos hablando de otro hito histórico, como el día de Lironcito, quién sabe.



Camarín, de Baltasar Ibán.


Hablaba de esta gran ejemplar en la entrada anterior y lo explicaba de este modo: 

Lo de Camarín fue bravura auténtica, en puridad. La bravura que explicaba en esta entrada, definida llanamente con la frase "hasta aquí hemos llegado". La RAE sólo necesita una palabra para explicarlo, dicho de un animal: fiero o feroz. Porque Camarín, después de cinco tandas en las que Aguilar le dio distancia y se lo dejó llegar de largo, sin esconderlo, intentando gobernar las imparables acometidas del funo sin terminar de conseguirlo, como los bravos de veras, en vez de mirar con tontuna a los tendidos y huir a tablas, Camarín dijo que se acababa la historia y que no le pegaban ni uno más. A esas alturas de faena Camarín no embestía, cazaba. Aguilar se percató, cogió la espada y se lo llevó a los adentros con varios muletazos por bajo que tanto gustan en esta plaza, sin lucimiento, y se tiró de verdad, con el cuerpo tras la espada, llevándose un pitonazo en el pecho y colocando el estoque arriba, donde merecía tamaño toro. Podría haber sido una vuelta al ruedo en vez de una oreja, pero no era, ni mucho menos, para protestar al torero. El presidente no se enteró de nada, otros días sacan el pañuelo azul por cuenta propia, sólo si se cortan las dos orejas en faenas que hierve la plaza; si lo pide la afición tras una lidia intachable, no parecen capaces de verlo.

Porque Camarín acudió de largo a la pelea, fijo en el caballo. En el primer envite empujó con todo y en el siguiente lo sacaron rápido. Pedía pelea y no vimos el ansiado tercer puyazo porque no se administra el castigo, se lidia malamente. En banderillas no hizo ningún ademán de manso y persiguió a Rafael González. Todo ello con viveza, con brío de bravo, codicia y galope que era todo un deleite.



Garrochista, de Victorino Martín.


Garrochista no aparentó de salida pero fue creciendo según se desarrollaba la lidia, a cada lance más grande y más serio. No fue el más fiero ni el más exigente de la corrida de Victorino, pero sí el más bravo en conjunto. El que mejor cumplió en el caballo y con la embestida más franca de la tarde, atemperada, larga y humillada; desde el principio que se dejó torear de capa, cosa rara en esta ganadería. Una tercera vara cambiaría mucho la percepción de este toro y lo colocaría en un pedestal. Estoy seguro que la hubiera tomado de buena gana. El Cid estuvo ora aseado, ora superado por el morlaco. Muy lejos de la excelencia de tiempos pretéritos. El de la A coronada fue arrastrado con todos los honores y no era para menos.



Tabernero, de Miura.


Lo primero que hay que decir es que este toro no lo hubiéramos visto si no es por el valor y la maestría de Rafaelillo, en manos de otro coleta nadie en este momento se acordaría de Tabernero. Fue el más serio de la corrida, un Miura monumental como los que se ven en Pamplona; en Madrid, por desgracia, los echan mucho más livianos. Era todo poderío y animalidad, verlo arrancarse al galope constituía de por sí todo un espectáculo. Donde se le ofrecía pelea allí que acudía, y si no también. Porque era un Miura con todas las de la ley y si alguno se confiaba, como le sucedió a José Mora, Tabernero se arrancaba a tirar la cornada, que es el deber del toro. Pegajoso de salida, Rafaelillo se hizo notar y desde el principio dejó claro quién iba a mandar ahí, capeando a Tabernero hasta pararlo en los medios haciendo que solo viera percal. En la pelea con el caballo el Miura se estiraba al sentir la puya y parecía aún más grande, empujando con la cabeza arriba. Qué furia. Rafaelillo se percató de que cazaba moscas por el derecho y se cambió a la zurda, la mano que siempre ha funcionado en Madrid, en los mismísimos medios. Las primeras series, aunque mandonas, fueron despegadas, por si Tabernero soltaba algún hachazo. Pero al final, Rafaelillo dio el medio pecho, se asentó sobre los riñones y le sopló algunos naturales que hicieron rugir la plaza. Cundió la emoción, estuvo sublime. El miureño no quiso cuadrar, Rafaelillo pinchó varias veces, siempre señalando arriba, y dejó una estocada decorosa. Y para los restos una nueva lección del que se ha convertido en icono de la afición con toros de toda sangre y condición. Hace tiempo que le sobra el diminutivo y por todos debería ser conocido como Rafael Rubio, El Grande.

domingo, 19 de julio de 2015

Costurero, de José Escolar


Costurero, de José Escolar. Número 33, 580 kilos, a dos meses de cumplir los seis años. Premio Carriquiri al mejor ejemplar de la Feria del Toro 2015.

Cárdeno claro, botinero, abierto de armas. Se deja capotear de salida demostrando de inicio la nobleza que atesora. Toma dos varas que en verdad son tres porque se revuelve en el primer encuentro, acudiendo rápido y decidido en cuanto siente que pisan su terreno, entregándose en la pelea con el desproporcionado equino que se estila en Pamplona y saliendo del trance con celo, acometiendo a los cites que lo provocan. Pedro Iturralde pica en un sitio ideal, sin recargar ni emplear malas artes. En banderillas aprieta en la corta distancia, no llega a tablas y no se inmuta al sentir el arponcillo. Noble, metiendo la cara con celo y repitiendo, de principio a fin de la faena. Ureña firma una faena de buen aire, ciñéndose y buscando el toreo en redondo. Costurero tiene la mácula de volver la cara tras la estocada, buscando toriles, por lo que nunca se podrá decir que fue un auténtico toro bravo. Esto, sumado a la tercera vara aclaratoria que nunca se produjo y la ausencia de fiereza que la bravura en puridad ha de mostrar. La rueda de peones para tumbar a tan noble animal dice mucho de la afición que hay entre los de a pie. Y la entrevista a Fundi, una vez arrastrado al toro, obviando la opinión del ganadero, también dice mucho de la afición entre los del micrófono.

Enhorabuena a José Escolar, un ganadero casi auténtico (lástima de fundas). Esperamos que la camada del año que viene dé para ir a Madrid, en Pamplona seguro que ya han demandado su regreso.

"El encaste minoritario es minoritario porque no embiste". Daniel Ruiz

miércoles, 17 de julio de 2013

Céret de Toros. Cuadri

  El sábado, en la jornada vespertina, vimos una corrida de toros de Hijos de don Celestino Cuadri con algunos ejemplares monumentales, de ovación en cualquier plaza de primerísima categoría, como los sorteados en primer, cuarto, quinto y sexto lugar. De escaso juego, mansos en varas, con la fuerza justa y descastados en la muleta. Salvaron el honor de la divisa el quinto, Pantanoso, que dio muchas opciones en redondo, y sexto, único del encierro que soportó tres puyazos y embistió con pujanza por ambos lados: Goyesco.
  Los toreros. No cabe duda que no tuvo el mejor lote, no obstante, por mucho que me duela, hay que decir que da pena ver el estado de Uceda Leal en los últimos tiempos: inhibido, taciturno, sin recursos, medroso y superado por sus oponentes. Y es que nada queda del torero de corte clásico, puro, poderoso y excelente matador que no hace mucho conocíamos. Ha llegado el momento de pararse a recapacitar.
  Robleño sin embargo es el ídolo local, máxima autoridad en Céret. Por la mañana fue homenajeado, descubriéndose una placa en la fachada del coso en recuerdo a la gesta -esta sí, de verdadero mérito- de matar seis pavorosos ejemplares de Escolar con total solvencia, dominando a todos ellos y en algún caso toreando como el mejor de los toreros de arte. Por la tarde y más aún con los escolares en la jornada dominical, no dejó en mal lugar a sus partidarios, es decir, a todos los aficionados ceretanos, por mucho que algún aficionado iconoclasta todavía niegue la mayor. Falló a espadas pero dio una gran tarde de toros. 
  Joselillo, para pulir sus cualidades y hacerse con un hueco en el escalafón necesita torear más, máxime con el ganado al que se enfrenta. Matar toros de verdad y quedar bien con la afición es tarea harto complicada si sólo se torean cinco tardes por temporada, como es el caso del torero castellano.
 

  Fernando Robleño, héroe local, agasajado al romper el paseillo.
 




  No tuvo posibilidad alguna Uceda Leal con este Misterioso, ni por la vía de la épica, y menos aún por la de la estética. Bien toreado a caballo por Pedro Iturralde, se desentendió de la pelea en varas. Y bien lidiado por Juan Manuel Molina, llegó al tercio de muleta flojo y muy quedado, tanto es así que se echó a principio de faena. Poco que hacer con él. Uceda Leal se lo quitó de en medio de una gran estocada, no merecía tanto.



 

   El segundo, de nombre Mandadero, fue recibido por Robleño con un gran toreo de capa, consiguiendo parar al animal, cosa de mucho mérito en un ruedo tan pequeño. Le permitió gustarse con la franela toreando de uno en uno, tratándolo con mucho temple. La bravura del bicho no daba para más, como ya adelantó en varas, esperando a que el piquero le provocara a corta distancia, nunca tuvo ansia de repetir las embestidas. Dos pinchazos y un bajonazo estropearon su labor, dejando al público disgustado. 





Aquí vemos a Formal, el primero del lote de Joselillo. Rajado en varas, perdió las manos más de una vez a lo largo de la lidia y fue noble y humillador para la muleta. Joselillo empezó bien pero al final emborronó todo pasándose de faena y dando un mitin con la espada. Toro mediano, con posibilidades en la muleta.



 
  Salero, el cinqueño jugado en cuarto turno era un pavo. Cangrejeó en el caballo y fue pésimamente lidiado por los peones. Orientado y con la cara alta en la muleta, Uceda Leal no tuvo ninguna intención de someterlo y pasó un quinario para conseguir tumbar a tan imponente animal.





  Pantanoso, a pesar de su tremendo volumen y de las bastas hechuras del toro de Cuadri, fue un toro de bella lámina. Además, un buen toro, gracias, todo hay que decirlo, al coleta que le tocó en suerte. En varas completó una pelea regular, siendo bien tratado por la cuadrilla, tuvo un comportamiento franco en la muleta, con poco recorrido. Robleño lo fue haciendo poco a poco hasta lograr dos tandas de derechazos desmayados que caldearon el ambiente. La naturalidad, la altanería del torero pasándose ese tren de mercancías producían una maravillosa estampa; carteles de toros. Nuevamente se estropeó todo a espadas y Robleño no consiguió rematar la faena como se merecía.




  El toro de la tarde fue Goyesco. Tito Sandoval le dio tres varas midiendo el castigo. A la muerte llegó con pies, embistiendo con brío por ambos pitones, mejor por el lado natural. Joselillo realizó una faena acelerada y movida, soportando las acometidas de Goyesco como buenamente podía, desconociendo adónde quería llegar, al menos, esa fue la sensación que transmitió. Pinchazo y estocada de la que salió volteado, aparentemente sin lesiones graves. Dio una vuelta al ruedo, en compensación al esfuerzo puesto en liza.

martes, 16 de julio de 2013

Céret de Toros. La novillada

  Comenzó la esperada feria ceretana con una novillada de Hubert Yonnet, procedencia Pinto Barreiros según rezaban los carteles. Dando un juego más que interesante en el caballo, recibieron un total de 16 puyazos, primando la fijeza y la prontitud en la arrancada por encima de las peleas bajo el peto. Los tres primeros complicados, ofrecieron embestidas cortas, desarrollando sentido en algunos casos, el resto boyantes, humilladores, destacando el jugado en cuarto lugar, con poderío y muy completo en los tres tercios.
 Las hechuras de los utreros nada tuvieron que ver con el animal que uno habría de esperar por la conformación de las sangres Gamero Cívico - Santa Coloma - Conde de la Corte que vinieron a formar la ganadería de Pinto Barreiros, pues vimos en su mayoría animales zancudos, altos de cruz, de poca caja y estrechos; salvo el gran novillo que hizo cuarto, más bajo que sus hermanos y hondo.

  De la terna, quedo mal Jesús Fernández, muy mal Cayetano Ortiz y Vicente Soler dejó una grata impresión por capacidad y disposición.

  Primer despeje de plaza en Céret de Toros 2013, aficionados nativos y muchos más, desde todos los rincones del mundo, esperaban ansiosos este momento.




  
  Rompió plaza Maestro, un novillo notable que fue alegre al jaco en tres ocasiones, yendo a más y acudiendo con prontitud al cite de Pedro Iturralde, que a la postre y con toda justicia recibió el premio al mejor picador de la novillada. Toreó con alegría, de frente, sujetando bien las acometidas del bicho.
  Por el pitón izquierdo se intuyeron muchos problemas, Jesús Fernández no lo quiso ver por ahí, basando todo el trasteo de muleta en el pitón derecho. Muletazos cortos y mucho movimiento del espada, finiquitando con una estocada caída.




  Cayetano Ortiz lidiando al segundo bis de la tarde, un novillo terciado y blando. Por ambos pitones tuvo un viaje corto a media altura, insistiendo el novillero en redondo sin obtener lucimiento alguno. Mató mal, marchándose de la suerte.

 



  Vicente Soler entró por la vía de la sustitución, en lugar de Luis Miguel Castrillón, y fue quien dejó mejor impresión. Tres puyazos acudiendo con alegría a los pencos tomó Escaludo, quedando tobillero para el tercio de muerte. Soler peleó bien con él, siempre bien colocado, sacó algunos redondos de mucho mérito. Mató de estocada honda caída.





 

  La salida de Galapian y momentos correspondientes al primer, segundo y tercer puyazo. Se aprecia la diferencia de morfología respecto a sus hermanos, más bajo de cruz, más hondo, capacho. Se observa también el poderío del novillo, que acudió pronto a la llamada de Óscar Bernal, creciéndose en el castigo vigorosamente. Jesús Fernández toreó muy bien de capa, sin embargo, no estuvo a la altura de las francas embestidas de Galapían por ambos pitones, sacando solo algún muletazo fugaz. Ejemplar sobresaliente, fue arrastrado bajo una fuerte ovación.




  Mala imagen de Cayetano Ortiz con el segundo de su lote, perdiendo pasos constantemente, se vio superado por las nobles y templadas embestidas del novillo. Recibió tres puyazos de mala manera a cargo de Ignacio Duarte. Silencio para el coleta, aplausos para el de Yonnet.





  Dos puyazos blandeando recibió Segur para cerrar la novillada. Soler banderilleó animoso pero con poco dominio de las suertes y escaso poderío, hubo de tomar el olivo en más de una ocasión. Nuevamente mostró mucha voluntad con la franela y a la hora de matar, después de un pinchazo, fue volteado dejando una entera en buen sitio. El presidente, incomprensiblemente, denegó la oreja pedida por la mayoría, recibiendo una buena bronca. Soler hubo de dar dos vueltas al ruedo demandadas por la afición.