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martes, 19 de marzo de 2024

De pitón a pitón

 

A la espera de que publiquen el libro en vegetal, aquí podéis leer mi prólogo para la obra de Sobaquillo, Mariano de Cavia, titulada De pitón a pitón, reedición a cargo de la Fundación Toro de Lidia.


Acceso a la obra: aquí. También habilitada la descarga en PDF.

Acceso a todos los libros reeditados por la FTL: aquí.




jueves, 28 de febrero de 2019

Otros tiempos (V)





Con el hirviente resoplido moja
el ronco toro la tostada arena,
la vista en el jinete, alta y serena,
ancho espacio buscando al asta roja.

Su arranque, audaz a recibir se arroja
pálida de valor la faz morena,
e hincha en la frente la robusta vena
el picador, a quien el tiempo enoja.

Duda la fiera, el español la llama,
sacude el toro la enastada frente,
la tierra escarba, sopla y desparrama;

le obliga el hombre, parte de repente,
y herido en la cerviz, húyele y brama,
y en grito universal rompe la gente.


José Zorrilla

jueves, 6 de diciembre de 2018

La Hispanibundia


¿La muerte es una fiesta?


   Cada país y cada región tiene sus símbolos tribales, y es fácil rastrear la presencia del dragón en la mitología alemana, del gallo en las leyendas francesas, de la loba en Roma, del león en la heráldica inglesa o del oso en Suiza. También los españoles tenemos nuestros símbolos, fundamentalmente representados por animales de la fauna autóctona, como el caballo, el verraco, el lince, el águila, el azor o el toro.

El conde Fernán González se paseaba con un caballo que había pertenecido a Almanzor y sostenía sobre el guante de su mano izquierda un azor mudado; ambos animales tan bellos que el rey Sancho de León los acodiciaba y pagó una fortuna para comprárselos.

El toro acabó imponiéndose sobre todos nuestros tótems. Fue el origen de los primeros clanes ibéricos, y sucedió en el culto a los bisontes, ciervos y caballos que aparecen en nuestras pinturas rupestres. Muchas fiestas y romerías españolas tienen todavía como personaje central al toro, aunque esas tradiciones pueden recabar un origen más remoto en las civilizaciones indoarias, mesopotámicas y mediterráneas que influyeron en nuestra cultura.

A través de las invasiones que nos llegaron por el Mediterráneo entró en la península ibérica el culto de Mitra, unido al rito de la tauroctonía (el sacrificio de los toros), pues se supone que el dios había matado a un toro para fecundar con su sangre la tierra.

Diodoro ya refiere la importancia del culto taurino en España. Y todas esas tradiciones se mantuvieron sin interrupción desde la antigüedad, siendo incluso asimiladas por los invasores bárbaros. Los godos no suprimieron los sacrificios de toros, sino que, cuando se convirtieron al cristianismo —como otros pueblos germanos— adoptaron enseguida los ritos en los que todavía quedaban restos de las viejas mitologías indoarias.

El rito arcaico de la muerte del tótem se representa en la fiesta española de los toros (¡qué extraño pueblo este que hace coincidir la palabra fiesta con el rito de la muerte!) La liturgia de la corrida tiene un fondo prehistórico, brillante y solar, como aquellos lances sangrientos de las epopeyas homéricas y de las tragedias clásicas que —pese a su brutalidad— nos dejan una sensación deslumbrante.

Las tragedias griegas —igual que el drama hispánico de la corrida de toros— se representaban al aire libre, en grandes cosos y teatros, de forma que el escenario adquiría así la fuerza mágica de un recinto religioso. Y los espectadores no sólo apreciaban el pathos de los actores y su forma de recitar, sino que daban mucha importancia a la expresión corporal, ya que la eurythmia (“ritmo armónico”) y la euharmostia (“donaire”) completaban la parte escultórica del espectáculo artístico, como ocurriría luego en las normas del toreo español. 

La tauromaquia es una lucha, concebida dentro de un reglamento sangriento y guerrero, en la que se representa un drama de muerte y de fuerza. Curiosamente, la afición por los toros decrece en cuanto el torero deja de ser un héroe mítico al que se suponen ciertos carismas y valores. En el momento en que el matador aparece como un simple asalariado, sin aura mítica y sin leyenda heroica, su figura deja de interesar al pueblo.

Digamos que el torero fue, en la galería de las figuras españolas, un arquetipo muy popular. Lo representaron los pintores más ilustres, desde Goya hasta Sorolla, desde Zuloaga hasta Manet, desde Lucas Villaamil hasta Daniel Vázquez Díaz. Y, para los extranjeros que venían a vernos, representaba aquello que Stendhal había llamado «el tipo español», el último «personaje» que quedará en Europa. 

La imagen heroica del torero sustituyó en España a la figura del hidalgo, que ya en el siglo XVIII resultaba caduca y había perdido su prestigio. Y, por eso, este personaje —tan magníficamente recreado en los sainetes de don Ramón de la Cruz— fue enseguida apadrinado por el pueblo. Hasta el extremo de que, ya en el siglo siguiente, se convirtió en el símbolo del «patriotismo popular español» frente a la mitología culta de ilustrados y afrancesados.

No fue tampoco ninguna casualidad que el toreo «a pie» sustituyese en el fervor popular al «toreo a caballo» que había sido más aristocrático y propio de nobles. La inversión de las castas se realizó así en una revolución incruenta, de forma que el torero castizo —hijo del arroyo— despertaba la admiración de duques y duquesas, haciéndose aplaudir y respetar por ellos. Y los viajeros que llegaban a España, especialmente los franceses, se sentían seducidos por estos majos del pueblo que se presentaban en sociedad como si fuesen ellos los vencedores del mariscal Dupont y de los mamelucos.

La corrida va unida a la muerte del animal y al riesgo del torero. Si el toro no ofende y no ataca no hay lidia. Si brinca, huye o no es agresivo, ya puede tener aires de bravucón o desplantes revoltosos, que no será aceptado por el público entendido. Y, por eso, el animal “manso” era rechazado en todas las plazas, ya que la gente venía a ver el sacrificio de un dios y no la muerte cruel de un animalillo burriciego.



Mauricio Wiesenthal, «La hispanibundia», Acantilado, 2018, págs. 151-152







sábado, 3 de febrero de 2018

¡A los toros!




¡Altramuces! ¡Abanicos! ¡Naranjas! ¡El programa de la corrida! ¡La lista grande!
Alcahuetas y cesantes, pícaros y bohemios, ciegos y lisiados, con donaires y lástimas, dan tientos a bolsa ajena. El gentío de a pie, con el sol en la espalda, sube hacia la plaza esparcido por las dos aceras. Endrina y garbosa, ondula la gitana prometiendo venturas. Sobre un penco trota el picador, amarillo jinete, con el azul monosabio a la grupa. Un ciego pregona el romance del Horroroso Crimen de Solana. En la imperial de los ómnibus, chungas y algarabías, calañeses y peinetas de teja, bastoneo y pataleo, luces morenas. El mayoral arrea el tiro de mulas. Bailan borlones y cascabeles. Restalla la fusta. Avinados berridos blasfemos. En torno de la plaza tumulto de ruedas y caballos. Humo de fritangas:
—¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡El programa de la corrida! ¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Patitas de bailaor, déjame una mota!
Moscas y polvareda. Negrea el tendido en las entradas de la plaza. Disputas taurómacas. Impacientes empellones.
—¡Naranjas! ¡Naranjas! ¡Fresa! ¡Fresquita!... ¡De la Fuente del Berro! ¡Aleluyas de don Perlimplín! ¡Risa para un año! ¡El programa de la corrida! ¡El horroso crimen de la Solana!


Ramón María del Valle-Inclán. Viva mi dueño, 1928

domingo, 23 de octubre de 2016

Lagartijo y Frascuelo

Lagartijo, terminación de un recorte. Foto J. Laurent
  

 

  Por Jacinto Benavente. 


   En el día primero de este mes se cumplieron 50 años de la muerte de gran cordobés Rafael Molina, Lagartijo. No seremos ya muchos los que podemos decir que le hemos visto torear. 
   Cuando yo pude verle, yo estaba en lo que pudiéramos llamar su segunda época. A los bríos y arrogancia juveniles, que no le faltaron, según atestiguaban los que le habían conocido antes, había sucedido en su arte una laudable prudencia, y había que esperar una corrida y otra para que algún destello de aquellos bríos y arrogancias nos diera testimonio de que había existido. La sabiduría, eso sí, se mostraba siempre, que la sabiduría resplandece más clara en la prudencia que en la temeridad. Lo difícil en la prudencia es dosificarla. Cargada la dosis, puede confundirse con el miedo, peligroso sucedáneo de la prudencia, y recargada con la despreocupación, que puede llegar a la desvergüenza. Lagartijo no dosificaba siempre con mesura estos ingredientes. 
   Por este preámbulo habrá comprendido el más torpe que yo, en aquel tiempo, era frascuelista como casi todos los madrileños. Frascuelo era el torero del pueblo y de la aristocracia. Lagartijo el de la clase media. En honor a la verdad, los frascuelistas éramos más transigentes y comprensivos. Aplaudimos a Lagartijo en sus tardes triunfales y no éramos los que más nos enfadábamos en sus tardes desdichadas. Los lagartijistas, en cambio, rara vez aplaudían a Frascuelo y se lo negaban todo, hasta el valor, que para ellos era ignorancia o barbaridad.
   Lagartijo, como todo artista genial, era inesperado y sorprendente. Con un toro claro, fácil, cuando se podía esperar una brillante faena estaba desdichadísimo. Y con un boyancón, marrajo y duro, cuando todo el mundo pensaba:
   –Aquí va a ser ella. 
   Lagartijo con su arte supremo, hacía del buey lo que le daba la gana y volvía locos a sus partidarios y le aplaudíamos los frascuelistas. Su habilidad como estoqueador era proverbial. Las medias estocadas de Lagartijo han pasado a la historia. Con su habilidad de banderillero arqueando el brazo, cuarteando, acertaba a colocar el estoque en tan buen sitio, que con menos de media estocada bastaba para dar muerte al toro.
   Como banderillero, eso sí, era maravilloso. El que no haya visto banderillear a Lagartijo no ha visto banderillear. Era, como decía Fray Luis de León del estilo de Santa Teresa, la misma elegancia. En el toreo de capa también era extraordinario. De sus largas también se llevó el secreto. Entonces no se prodigaba el toreo de capa. Con haber visto muchas veces a Lagartijo, creo que sólo dos o tres veces le vi abrirse de capa y torear por verónicas y navarras. Los quites los hacía casi siempre a punta de capote. Se ha hablado mucho de la elegancia de Lagartijo, el quid de su elegancia consistía en que, si alguien le hubiera dicho que era elegante, él hubiera preguntado:
   –Y, ¿qué es eso?
   Por eso era elegante, sin asomos de afectación.
   Para muestra de cómo han sido siempre los aficionados a toreros, no a toros, y hasta dónde llegan sus apasionamientos, parecía lo natural y lógico que al retirarse Lagartijo sus partidarios lo fueran del Guerra, que era su continuador y discípulo más cualificado, con la ventaja de ser joven y repleto de facultades. Pero como los lagartijistas no perdonaban al Guerra que por él hubiera anticipado Lagartijo su retirada, todos se hicieron esparteristas. El toreo y el arte de Espartero que era lo más opuesto a los de Lagartijo, que le calificó de un muerto vestido de máscara. Con esto está dicho de lo que tendría Lagartijo el toreo del Espartero. 
   Algo parecido ocurrió con los partidarios de Ricardo Bomba. También fuera lo natural y lógico que hubieran trasladado sus entusiasmos a Joselito; pero como también creían que por Joselito había anticipado bombita su retirada, trasladaron sus amores a Belmonte, que se parecía a Ricardo como el Espartero a Lagartijo. 
   De la competencia entre Lagartijo y Frascuelo tengo un vivo recuerdo. En una temporada de Madrid no había figurado Lagartijo en el cartel de abono y sí Frascuelo. Los lagartijistas aprovechaban cualquier ocasión de aburrimiento para gritar en la plaza:
   –¡Viva Córdoba!
   En un día de San Bernardo había habido en Aranjuez una corrida de toros de Veragua, con Lagartijo y Guerrita como matadores. Lagartijo mató los cuatro primeros toros y Guerrita, que aún no había tomado la alternativa, los dos últimos, en clase todavía de novillero. Los dos estuvieron muy lúcidos, y Lagartijo tuvo una de sus mejores tardes de sus últimos tiempos. Al día siguiente era domingo, había corrida en Madrid y toreaba Frascuelo. Los toros eran de don Félix Gómez. Unos toros que ahora parecerían cosa del otro mundo. Desde el principio de la corrida, los partidarios de Lagartijo, envalentonados con el triunfo de su torero en Aranjuez en el día anterior, prodigaron "¡viva Córdoba!". Llegó la hora de matar al primer toro. Frascuelo mandó retirarse a la cuadrilla. Se quedó solo, llevo al toro al centro de la plaza y con tres o cuatro muletazos de aquellos duros, secos, de su especialidad, lo dejo cuadrado. Lió la muleta, como era su costumbre y cerca, muy cerca, y despacio, muy despacio, como si el toro fuera un enemigo personal, como en un duelo a muerte, se dejó caer con el más formidable volapié que puede soñarse. El toro rodó, como en el romance se dice: 
Los pies que la tierra hería 
vuelven sus plantas al cielo. 
   En toda la tarde no volvió a oírse un "¡viva Córdoba!".


Jacinto Benavente. Madrid, 23 de agosto de 1950.
Las taurinas de ABC.

 Estocada de Frascuelo. Foto: J. Laurent

sábado, 23 de abril de 2016

En el IV Centenario de la muerte de Cervantes. Don Quijote y los toros (y II)

CAPÍTULO LVIII (2ª parte)

Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se daban vagar unas a otras  



    Y con gran furia y muestras de enojo se levantó de la silla, dejando admirados a los circunstantes, haciéndoles dudar si le podían tener por loco o por cuerdo. Finalmente, habiéndole persuadido que no se pusiese en tal demanda, que ellos daban por bien conocida su agradecida voluntad y que no eran menester nuevas demostraciones para conocer su ánimo valeroso, pues bastaban las que en la historia de sus hechos se referían, con todo esto, salió don Quijote con su intención, y puesto sobre Rocinante, embrazando su escudo y tomando su lanza, se puso en la mitad de un real camino que no lejos del verde prado estaba. Siguióle Sancho sobre su rucio, con toda la gente del pastoral rebaño, deseosos de ver en qué paraba su arrogante y nunca visto ofrecimiento.

Puesto, pues, don Quijote en mitad del camino, como se ha dicho, hirió el aire con semejantes palabras:

—¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a pie y de a caballo que por este camino pasáis o habéis de pasar en estos dos días siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante, está aquí puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesías del mundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados y bosques, dejando a un lado a la señora de mi alma Dulcinea del Toboso. Por eso, el que fuere de parecer contrario acuda, que aquí le espero.

Dos veces repitió estas mismas razones y dos veces no fueron oídas de ningún aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor en mejor, ordenó que de allí a poco se descubriese por el camino muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos dellos con lanzas en las manos, caminando todos apiñados, de tropel y a gran priesa. No los hubieron bien visto los que con don Quijote estaban, cuando volviendo las espaldas se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron que si esperaban les podía suceder algún peligro: sólo don Quijote, con intrépido corazón, se estuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con las ancas de Rocinante.


Gustave Doré (1832 - 1883), ilustraciones para El Quijote


Llegó el tropel de los lanceros, y uno dellos que venía más delante a grandes voces comenzó a decir a don Quijote:
—¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos toros!

—¡Ea, canalla —respondió don Quijote—, para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines, así, a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado; si no, conmigo sois en batalla.

No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don Quijote le tuvo de desviarse, aunque quisiera, y, así, el tropel de los toros bravos y el de los mansos cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar los llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobre don Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en tierra, echándole a rodar por el suelo. Quedó molido Sancho, espantado don Quijote, aporreado el rucio y no muy católico Rocinante, pero en fin se levantaron todos, y don Quijote a gran priesa, tropezando aquí y cayendo allí, comenzó a correr tras la vacada, diciendo a voces:
—¡Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera, el cual no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que huye, hacerle la puente de plata!

Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron más caso de sus amenazas que de las nubes de antaño. Detúvole el cansancio a don Quijote, y, más enojado que vengado, se sentó en el camino, esperando a que Sancho, Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo y mozo, y sin volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, y con más vergüenza que gusto, siguieron su camino. 


José Segrelles (1885 - 1969), ilustraciones para El Quijote

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   Es curioso cómo en tiempos ya históricos, el toro se crió asociado a las cuencas de los ríos principales y a algunos de sus afluentes, y también a ciertas serranías. Los límites de la crianza del toro han sido Duero y Ebro hacia el Norte, Tajo en el Centro y Guadiana y Guadalquivir en el Sur...
En los siglos en que el toreo caballeresco predominaba, solíase mencionar la procedencia del ganado bravo adscribiéndolo a un lugar geográfico, hidrográfico más bien, toda vez que a los nombres de ciertos ríos se asociaba la bravura y la acometividad de los ejemplares que en sus riberas se criaban.
Para la entrada en Madrid de la Reina Margarita, esposa de Felipe III, en el mes de octubre de 1599, mandó el concejo de la Villa se compraran cuarenta toros "procurando sean muy buenos, así de los que suelen traer otras veces de Zamora como los de la ribera del Jarama". 
Jarama tuvo, en efecto, gran predicamento entre los buenos aficionados. Y los caballeros alanceadores y rejoneadores los preferían. En Madrid, por su cercanía se lidiaban muchos jarameños. 
Nuestros literatos citan con frecuencia esos lugares geográficos e hidrográficos en sus escritos.
[Francisco López Izquierdo; Historia del toro de lidia (De la Prehistoria a nuestros días); edición Agualarga; página 91]

viernes, 22 de abril de 2016

En el IV Centenario de la muerte de Cervantes. Don Quijote y los toros (I)

Retrato apócrifo de Miguel de Cervantes
Eduardo Balaca y Orejas, hacia 1877
(Museo del Prado)


CAPÍTULO XVII (2ª parte)
De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felicemente acabada aventura de los leones


   En todo este tiempo no había hablado palabra don Diego de Miranda, todo atento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareciéndole que era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo. No había aún llegado a su noticia la primera parte de su historia, que si la hubiera leído cesara la admiración en que lo ponían sus hechos y sus palabras, pues ya supiera el género de su locura; pero como no la sabía, ya le tenía por cuerdo y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto. Y decía entre sí: «¿Qué más locura puede ser que ponerse la celada llena de requesones y darse a entender que le ablandaban los cascos los encantadores? ¿Y qué mayor temeridad y disparate que querer pelear por fuerza con leones?».

Destas imaginaciones y deste soliloquio le sacó don Quijote, diciéndole:
—¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle parecido. Bien parece un gallardo caballero a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada con felice suceso a un bravo toro; bien parece un caballero armado de resplandecientes armas pasar la tela  en alegres justas delante de las damas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios militares o que lo parezcan entretienen y alegran y, si se puede decir, honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos estos parece mejor un caballero andante que por los desiertos, por las soledades, por las encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas aventuras, con intención de darles dichosa y bien afortunada cima, solo por alcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballero andante socorriendo a una viuda en algún despoblado que un cortesano caballero requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros tienen sus particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano; autorice la corte de su rey con libreas; sustente los caballeros pobres con el espléndido plato de su mesa; concierte justas, mantenga torneos y muéstrese grande, liberal y magnífico, y buen cristiano sobre todo, y desta manera cumplirá con sus precisas obligaciones. Pero el andante caballero busque los rincones del mundo, éntrese en los más intricados laberintos, acometa a cada paso lo imposible, resista en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; no le asombren leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos, que buscar estos, acometer aquellos y vencerlos a todos son sus principales y verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del número de la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a mí me pareciere que cae debajo de la juridición de mis ejercicios; y, así, el acometer los leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto que conocí ser temeridad esorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos estremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad: pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario que no que baje y toque en el punto de cobarde, que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que el avaro, así es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía; y en esto de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen «el tal caballero es temerario y atrevido» que no «el tal caballero es tímido y cobarde»

—Digo, señor don Quijote —respondió don Diego—, que todo lo que vuesa merced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón, y que entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería andante se perdiesen, se hallarían en el pecho de vuesa merced como en su mismo depósito y archivo. Y démonos priesa, que se hace tarde, y lleguemos a mi aldea y casa, donde descansará vuestra merced del pasado trabajo, que si no ha sido del cuerpo, ha sido del espíritu, que suele tal vez redundar en cansancio del cuerpo.

—Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced, señor don Diego —respondió don Quijote.

Y picando más de lo que hasta entonces, serían como las dos de la tarde cuando llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a quien don Quijote llamaba «el Caballero del Verde Gabán».

Lanzada a pie. Antonio Carnicero, "Principales suertes de una corrida", 1790

Lanzada a pie. Tordesillas, Valladolid. Torneo del Toro de la Vega

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   Intérpretes esotéricos han querido sacar partido, ya en sentido alegórico, ya en alusiones claras a la fiesta. No merece la pena detenerse a reparar en tales juicios. El que formara el gran hidalgo de la fiesta taurina lo sabemos autorizadamente de sus propios labios. Dialogando con el discreto Caballero del Verde Gabán, lo dice. Y aunque esta concesión la hace para parangonar las fiestas cortesanas con los trabajos oscuros y heroicos de los caballeros andantes, el elogio, al menos en la parte de valor y gallardía de la fiesta, está patente. 
[José María de Cossío; Los Toros, literatura y periodismo; tomo VIII; edición Espasa Calpe, página 202 - 203].

jueves, 11 de diciembre de 2014

Los toros, acontecimiento nacional

Todo espectáculo que significa una concepción del mundo es un acontecimiento. Un auto de fe es un acontecimiento, lo es una procesión, los toros, la opera. Subyacente a cada uno de estos espectáculos, dentro del perfil de la comunidad en que radican, existe una concepción del mundo que les de sentido. Si tal supuesto despareciese, el espectáculo perdería carácter de acontecimiento y quedaría en puro espectáculo; es decir, en la visión de algo que no implica de parte del espectador la toma de una actitud radical de aceptación o repulsa por exigencia intrínseca al espectáculo mismo. Notemos de paso que la mayor parte de los "acontecimientos" típicos de la civilización occidental se van reduciendo a pura espectacularidad; los desfiles militares y las procesiones, pongo por ejemplo. Con los toros está ocurriendo algo semejante, en cuanto algunos espectadores, cada día más, a los que agrada la fiesta y la sienten, se conduelen de la fiera lidiada y del  lidiador hasta el punto de asistir intranquilos al acoso y muerte.


Los toros son una constante en la historia de España, y, en algunos periodos de la misma, el acontecimiento en que mejor se expresaba la remota unidad de sus distintos pueblos.

A mi juicio, cuando el acontecimiento taurino llegue a ser para los españoles simple espectáculo, los fundamentos de España en cuanto nación se habrán transformado. Si algún día el español fuere o no fuere a los toros con el mismo talante con que va o no va al "cine", en los Pirineos, umbral de la Península, habría que poner este sentido epitafio: "Aquí yace Tauridia"; es decir, España.

Téngase en cuenta que la lidia del toro, por uno u otro procedimiento, es un suceso viejísimo en la historia de España, de modo que se ha constituido en el animal símbolo, cuasi totémico, de los español. Por su parte, la propia lidia, en cuanto acontecimiento, es, conjuntamente con los religiosos, el de mayor extensión y comprehensión. Al coso asiste la mayoría del pueblo, sin que falte ningún estrato social: artesanos, comerciantes, profesiones liberales, clero, nobleza... La plaza de toros, resulta, singularmente en los pueblos, el lugar físico, social y psicológico en que la totalidad del pueblo convive intensamente una misma situación psicológica en que las actitudes profundas son substancialmente análogas. ¿Con qué otro acontecimiento ocurre esto?

En Inglaterra, por ejemplo, el acontecimiento definidor máximo ha sido el Parlamento, y, en otros pueblos europeos, las instituciones políticas han servido de acontecimiento regulador e incluso educador de la convivencia social. En España, las instituciones políticas nunca tuvieron ese carácter, sucediendo, además, que, cuando los contenidos y formas políticas tradicionales se perdieron por el advenimiento de una dinastía ajena a lo nacional, los toros inician y consiguen rápidamente su definitiva conformación de acontecimiento. La razón quizá esté en que, ausentes otros estímulos y símbolos que hacían relativamente fácil vivir psicológicamente la unidad social de la nación, los toros adquiriesen, y esto justifica su inmenso y acelerado auge, el papel de acontecimiento capital y director.


Los toros son el acontecimiento que más ha educado social, e incluso políticamente, al pueblo español.

¿Qué hay -y esta es la cuestión- en el acontecimiento taurino capaz de unimismar situaciones sociales distintas, puntos de vista diferentes y, sobre todo, que afecte al pueblo en conjunto de modo tan radical?
Por lo pronto en la plaza los espectadores son en absoluto iguales. No desde un punto de vista social, sino primigeniamente, en cuanto sujetos de elementales tendencias. Todos los que sin riesgo miran al torero jugándose la vida son en ese momento, desde el punto de vista español, inferiores a él. Y esta inferioridad los iguala. Es una igualación que afecta a los últimos resortes de la personalidad y, por lo tanto, equivale a poner en evidencia que substantivamente todos los hombres son iguales salvo en un caso: el de la actitud personal en el juego de la muerte. Todos y cada uno de los que contemplan la lidia están haciendo pública confesión de lo que en otro caso es inconfesable: que, en hombría, el torero vale más. De aquí, a mi juicio, que en los toros haya una actitud colectiva de humildad y una lección utilísima para quien concede demasiado a las diferencias de clase, poder económico, etc. Ante los toros, los españoles revalidan la sabiduría irracional de que solo el aventurero y burlador de la muerte vive de modo superior a los demás. Por esta razón el torero es símbolo de la hombría heroica y cuando queremos hiperbolizar el valor de alguien le comparamos con algún diestro famoso.

El espectador de los toros percibe tal autenticidad y ve la fiesta como la verdad, sin ambages. De aquí que acudir a los toros sea un acto de brutal sinceridad social, que nos delata, en cierto modo, ante los demás. Como ya hemos dicho, es una declaración, al mismo tiempo humilde y retadora, de nuestra manera de ser.


Como todo acontecimiento, la fiesta es, particularmente, extroversión. Cada uno está en presencia de los demás y los demás en presencia de cada uno. Precisamente esta apertura a la crítica confiere a los toros la peculiaridad de ser el acontecimiento de mayor contenido axiológico. En cierto sentido la fiesta es una continua apreciación y valoración.

El espectador de los toros no es un mero, un simple aficionado a lo espectacular, ni tampoco exclusivamente un entusiasta de la exaltación embriagadora, es, mejor que todo eso un amante del conjunto del cual, en cuanto acontecimiento, es parte necesaria. Ahora bien, constituyendo la universalidad de la fiesta, el espectador juzga acerca de lo bueno, de lo justo y de lo bello. 

Por lo pronto, viendo los toros nos quitamos de encima parte de la actitud moral de juzgar con valores éticos socialmente prefabricados. Nos colocamos en una situación primigenia desde la cual lo bueno y lo malo tienen una significación ontológica. Es bueno lo que realiza perfectamente la plenitud del sentido de una substancia. No hay duda que desde este punto de vista el toro, entidad definida por la agresividad y la fiereza, logra la plenitud de su ser en la lidia. El espectador supone, con mayor o menor exactitud, que el toro vive en el ruedo una gloriosa aventura coronada por la mayor concesión que el hombre puede hacer al animal: la lucha franca e igualada; al toro no se le caza, se le vence. 


Por lo que respecta a lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, ¿qué mejor juez que el público de los toros? Parte del tiempo que dura la corrida lo emplea en justipreciar y premiar las hazañas del torero, y esto de modo espontáneo, sin la guía y prejuicio de normas fijas. El propio partidismo desaparece ante la extremosidad de la aventura y el público se rinde al mérito intrínseco cuando éste recibe su prestigio de la presencia de la muerte. Los juicios de valor que los espectadores de la fiesta formulan poseen absoluta autenticidad. Se trata de una valoración colectiva en la que cada uno de los participantes aprende a juzgar con despiadada rectitud. Y aún más: no sólo aprende a valorar y juzgar respecto del hecho, tremendo por lo insólito, de la actitud de un hombre ante la muerte, sino que se enseña a buscar de todos los puntos de vista posibles para la valoración aquel que es, objetivamente, más adecuado al juicio. 
 En este aspecto, la fiesta es un continuo adiestramiento en el arte de hallar las perspectivas propicias para la justificación de los hechos. La fiesta enseña a valorar con justicia y a apreciar con
finura la validez del juicio. 

 Los toros son, desde luego, un espectáculo cruento; pero hay una clara tendencia en ello a evitar la visión de la sangre, lo que es testimonio, a mi juicio, de la creciente adecuación de la sensibilidad española a la europea.

Finalizaré, por último, estas indicaciones con una observación general que replantee la cuestión del acontecimiento como testimonio y signo de una concepción del mundo. A mi juicio, los toros son un acto colectivo de fe. La afición a los toros implica la participación de una creencia; de aquí, que para el auténtico aficionado, la afición sea en cierto sentido un culto. Pero ¿creencia en qué? ¿Fe en qué? En el hombre. El espectador cree en ciertas cualidades inherentes al hombre que constituyen la hombría, y precisamente porque cree en ella va a los toros. El torero se presenta como portaestandarte de la hombría y ratifica en cada momento de la lidia que la fe en un determinado tipo de hombre en que cree el público, tiene pleno sentido y actualidad. Este tipo humano expresa a su vez el punto de vista de una determinada concepción del mundo predominante. Por esta razón el torero es un símbolo.


Quizá desde esta perspectiva pudiera esclarecerse el peculiar significado del insulto en la fiesta. Se ha observado repetidas veces que el público de los toros es singularmente hábil en el insulto, que sabe elevar a la categoría de sarcasmo, sin que pierda por ello violencia la injuria en cuanto tal. Es un modo profundo y personal de insultar; en el que lejos de ser el denuesto puro grito o exclamación indignada, conserva todos los matices de la ofensa ad hominem. Esta intencionalidad concreta, más la ironía, que existe casi siempre, dan al insulto taurino un especial vigor y un tono sarcástico característicos. Ordinariamente el insulto brota con extraordinaria violencia cuando el diestro da señales de miedo. El público lo increpa con pasión, aludiendo a las cualidades que definen la hombría, y propende incluso a la agresión personal. No se trata, por lo común, de un insulto colectivo, sino un colectivo insultar. El torero se transforma en una entidad multivalente, relacionada con cada uno de los espectadores de modo propio y diferenciado por medio del insulto, que el espectador taurino es una injuria trabada de “hombre a hombre”, y no simplemente una reacción colectiva de desagrado. 
Al primer momento de arrebato sigue una actitud irónica que pone en el insulto un matiz sarcástico. Las expresión que con más fidelidad recoge esta actitud es la de “eso también lo hago yo”, en la que se transparenta la nota peculiar del improperio taurino; a saber, la decepción.


Si la presencia de una multitud de espectadores en la plaza acredita la fe en la hombría y en lo que ésta significa, la decepción implica la pérdida de esa misma fe, pérdida que afecta a los supuestos irracionales en los que está, y desde los que piensa y obra todo humano. De aquí la tremenda violencia inicial del insulto taurino y la postura escéptica, envuelta en el amargo humorismo del improperio sarcástico. Sin embargo, la fe vinculada al subsuelo irracional de una concepción del mundo es tan firme que, pese a todas las decepciones, persevera en la esperanza, y el espectador taurino acude una y otra vez al coso a revalidar su creencia.

Enrique Tierno Galván 



domingo, 12 de octubre de 2014

En el día de la Patria

Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el Rey y su célebre ministro, a quienes no consideraba con igual respeto. Como yo no sabía más historia que la que aprendí en la Caleta, para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después. Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales pensamientos el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros.

Pero en el momento que precedió al combate comprendí todo lo que aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu, iluminándole y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche y saca de la oscuridad un hermoso paisaje. Me representé mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria; es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus niños, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje, el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amasan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia; desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara.

Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos algo, en lo cual no iba del todo descaminado. Parecíame, por tanto, tan legítima la defensa como brutal la agresión, y como había oído decir que la justicia triunfaba siempre, no dudaba de la victoria. Mirando nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que mejor representan al fuego, sentí que mi pecho se ensanchaba; no pude contener algunas lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz, de Véjer; me acordé de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos con ansiedad; y todas estas ideas y sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hacia Dios, a quien dirigí una oración que no era padrenuestro ni avemaría, sino algo nuevo que a mí se me ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento, haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el primer cañonazo.

Benito Pérez Galdós. Episodios Nacionales, Trafalgar.



sábado, 16 de noviembre de 2013

A los toros

Alcahuetas y cesantes, pícaros y bohemios, ciegos y lisiados, con donaires y lástimas, dan tientos a bolsa ajena. El gentío de a pie, con el sol en la espalda, sube hacia la plaza esparcido por las dos aceras. Endrina y garbosa, ondula la gitana prometiendo venturas. Sobre un penco trota el picador, amarillo jinete, con el azul monosabio a la grupa. Un ciego pregona el romance del Horroroso Crimen de Solana. En la imperial de los ómnibus, chungas y algarabías, calañeses y peinetas de teja, bastoneo y pataleo, luces morenas. El mayoral arrea el tiro de mulas. Bailan borlones y cascabeles. Restalla la fusta. Avinados berridos blasfemos. En torno de la plaza tumulto de ruedas y caballos. Humo de fritangas:
¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡El programa de la corrida! ¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Patitas de bailaor, déjame una mota!
Moscas y polvareda. Negrea el tendido en las entradas de la plaza. Disputas taurómacas. Impacientes empellones.
¡Naranjas! ¡Naranjas! ¡Fresa! ¡Fresquita!... ¡De la Fuente del Berro! ¡Aleluyas de don Perlimplín! ¡Risa para un año! ¡El programa de la corrida! ¡El horroso crimen de la Solana!

Ramón María del Valle-Inclán



domingo, 17 de marzo de 2013

Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá en torno al 1867

  Atrás quedaron la Puerta de Alcalá y los jardines del Buen Retiro. Cuando pasaban frente a la iglesia de San José, el señor Cayetano Sanz explicó a Paco Frascuelo:
  -En ese redondel donde hemos estao tomé yo la alternativa de manos del señor Curro Cúchares. Según dicen, esa plaza la mandó hacer el Rey que había entonces, pa que con el producto de las corridas se beneficiasen los hospitales de la Corte. ¡Ya ha llovido!



  El famoso torero no estaba mal informado, porque fue edificada en 1749 por don Fernando VI con el fin dicho. Desde entonces, su prestigio fue en aumento y se convirtió en la más importante de España. Al igual que la de ahora, era la que daba y quitaba en el mundillo taurino. Quien triunfaba en ella podía estar seguro de que su éxito resonaría en toda la Península, aun contando con que entonces, los medios de difusión eran escasos.
  Esta vieja plaza de la Puerta de Alcalá ofrecía una alegre vista con su descotada falta interior, los ciento diez palcos, la gradería cubierta con tres ordenes de asientos y delanteras, y los quince tendidos de piedra, que antes fueran de madera, capaces cada uno, para más de cuatrocientas personas, todo ello encerrado en una pared circular de cal y canto que medía más de mil pies.
  Contaba con enfermería, capilla, habitaciones para el conserje y los carpinteros; corrales, taller, y a la derecha, en edificio separado, unas cuadras y la carnicería. El espacio comprendido entre la plaza y estas dependencias dio en llamarse tendido de los sastres. Allí se apelotonaban, en días de corrida, una caterva de muchachos y cuantos deseaban divertirse acudían para presenciar gratis el paso de los toros, arrastrados por las mulillas, desde el ruedo hasta el desolladero. Frecuentemente, se apoderaban de estos insólitos espectadores tales deseos sangrientos que al pasar ante ellos los toros y los caballos muertos, se empujaban unos a otros, lanzando alaridos salvajes, para acercarse agresivos. Algunos rodaban por el suelo y otros veían cortado su camino por los látigos de los monosabios que caían, sin duelo, sobre sus espaldas. Algunos conseguían montarse en los animales y esgrimiendo palos con la punta aguzada, navajas y hasta puñales, los acuchillaban con furia. Tal saña ponían en esta cruel operación que los toros llegaban a la carnicería con la piel acribillada. Era un espectáculo denigrante y embrutecedor que las autoridades consentían sin hacer nada para evitarlo.



  La explanada donde la plaza se alzaba, ofrecía en los días de festejo un cuadro alegre y luminoso. Los vendedores de naranjas, limonada, abanicos y vino, llenaban el aire con sus hirientes pregones, mezclados con el rodar de los carruajes, el cascabeleo de sus tiros y el bullicio de la multitud.
  Cuando todos estos ruidos comenzaban a apagarse, por estar cercana la hora de la corrida, en el interior adquirían aún mayor proporción. Por lo general, los buenos aficionados tenían ya su sitio reservado, lo cual hacía que cada clase de localidad tuviese sus concurrentes habituales y, a la vez, cada espacio de la plaza peculiares características.
  En la primera fila de la meseta de toril, hallaba su acomodo un hombre singular, por todos conocido y cuya presencia era obligada, perenne e inevitable. Se llamaba Joaquín Marraci. Usaba unos descomunales anteojos, lucía pobladas patillas grises y se le tenía por muy entendido en tauromaquia, porque a gritos daba consejos y advertía a los toreros durante la lidia. Un escritor satírico le definió así: "Bastonero en procesiones, protector de cofradías, azote de las calles, puntal de las esquinas y gacetilla de todo grupo". Llevaba razón. Parecía haber resuelto el problema de la ubicuidad pues, al igual que Dios, estaba en todas partes. También en cierto pliego de aleluyas le llamaron "el hombre universal", porque era socio de cuantas corporaciones científicas, literarias, artísticas, benéficas, taurinas, musicales, obreras, clericales y militares existían en la Corte. Valía para todo y para todo se brindaba incansable. Lo mismo confeccionaba una moña de lujo, que guisaba una paella para veinte amigos; lo mismo organizaba una procesión, que un solemne entierro con carroza a la federica y hacheros. Por su especialidad en este fúnebre menester, Manuel del Palacio dijo de él:
Vive ayudando a morir
a los que luchan inciertos
viendo la muerte venir,
y estos le pagan, ya muertos,
ayudándole a vivir.

  A su iniciativa se debió el traslado de los restos de Calderón de la Barca desde la iglesia del Salvador al cementerio de la Puerta de Atocha; atendió a todo lo relativo a los suntuosos funerales, que a expensas de la Nación, se celebraron en San Francisco el Grande por el alma de Martínez de la Rosa; las monjas de los conventos de Madrid hubieron de agradecerle las limosnas que les procuró, y asistió, con la mayor solicitud, a los enfermos en los hospitales, especialmente a los coléricos en las épocas de epidemia. En pocas palabras: a Marraci se le veía a todas horas en el lugar donde se congregaban más de seis personas. ¡Todo un tipo!



  En una barrera, a la que estaba abonado, se hacía bien ostensible la figura de Antonio Torrijos Chapepa, el más intransigente y escandaloso de los aficionados. Los toreros le temían. Como sería la cosa, que el Gordito llegó a decir:
  -Hasta en Sevilla se oyen los abucheos que me larga Chapepa en Madrí.
  Los tendidos 1, 2 y 3, estaban, casi en su totalidad, ocupados por los partidarios de Cayetano Sanz, entre los que sobresalía el célebre crítico taurino don Mariano Gurisuain, que acaba de fundar El Mengue, y en el 7, llevaba la voz cantante don José Rey, que ponía cátedra analizando las condiciones de una res y la faena de un torero.
  En la barrera del 6 tomaban asiento don Manuel Alvarez Paredes, socio de Juan Mota en el negocio del pescado, en unión de sus hijos Manolita y Santiago, y en la del 14 don José Mondéjar, apoderado de Cayetano Sanz y don Manuel Marqués, que lo era de Curro Cúchares.
  El lugar que más temían los toreros era el tendido 8. En él destacaba el célebre Chironi, pesadilla de la gente de coleta, que le veían hasta en sueños. Con su terrible esquilón, que sonaba en la plaza a toque de difuntos, daba uno, dos, tres golpes, a un repique, según la faena fuese regular, mala, peor o detestable. A su lado, le ayudaba en la feroz crítica, con voces descompuestas, un individuo llamado José María Luna, que se pasaba la tarde gritando:
  -¡No valéis pa na! ¡Si hubiérais visto a Curro Guillén!
  Con ser todo lo dicho digno de señalarse, el tendido más alegre y juvenil era el 5, donde rara vez se sentaba una mujer. No se parecía en nada a los demás. Allí no había gorras ni sombreros hongos. Predominaba el de copa, aunque hoy pueda resultar extraño, y entre sus ocupantes reinaba el buen humor. Eran los mismos que en las tertulias de los cafés La Vieja Iberia y Los Dos Amigos, discutían a gritos de política. Casi es innecesario decir, que imponían su opinión a toda la plaza con manifestaciones siempre unánimes. Otras veces prodigaban chanzonetas y chirigotas que llegaron a hacerse populares y eran siempre acogidas con general aplauso por el resto de los espectadores. Los toreros brindaban las suertes al 5 y las ovaciones del 5 fueron para muchos la base de su reputación.
  Allí sobre la dura piedra, tenían su asiento aficionados tan inteligentes y conocidos como Aguado, Fabierac, Montemar, Alzomora y el escritor don José Carmona, director del antiguo El Enano, ahora, Boletín de Loterías y de Toros. En más de una ocasión, viéronse precisados a salir en defensa de los diestros frente a los intransigentes e hicieron enmudecer, por demasiado severo el cencerro de Chironi. Es pues, natural, que los encargados del orden público de la plaza no perdieran de vista cuanto sucedía en el tendido 5.
   Con motivo de los sucesos revolucionarios del año anterior, algunos de los habituales no dejaron de manifestar sus ideas políticas, y esto hizo que una tarde, aparecieran, mezclados entre ellos, algunos agentes de la policía secreta. Más los hombres del hongo y del rotén no pudieron mantenerse como tales, porque al punto fueron descubiertos. Primeramente con burlas y zumbas, y después a empujones, intentaron arrojarlos del tendido. Resistiéronse estos, sonaron insultos y, en pocos segundos, las gradas fueron testigos de una monumental y ardorosa reyerta a bastonazos, que nadie era capaz de apaciguar. A tal grado de violencia llegó la cosa, que el jefe de la guardia de vigilancia, atropellando a Marraci, colocó en la meseta del toril a un pelotón de soldados. Ante el asombro del público, prepararon los fusiles y apuntaron al tendido. Y habrían sido capaces de disparar si dos comisarios de policía, que se encontraban entre los alborotadores, no hubiesen mostrado, en alto, los bastones insignia de sus cargos, con los brazos en cruz, manifestando su condición de autoridades. Bajaron los soldados las armas y la plaza entera se alzó con gritos de indignación. Hubo señoras desmayadas, personas asustadizas que escaparon despavoridas, órdenes de la presidencia y, por último, desaparición de los soldados y una silba estrepitosa.
  Momentos después, el tendido 5 cobró su aspecto normal, Y fue entonces cuando todos sus ocupantes comenzaron a cantar a coro, acompañándose con palmas, un tango, muy en boga, mientras dirigían sus miradas al palco del general Narváez, presidente del Gobierno:

Usté no es ná
usté no es ná;
usté no es chicha
ni limoná.



  Pero una de las más famosas protestas de aquellos bullangueros espectadores, que por si sola bastaría para acreditarlos como terribles guasones, fue la que una tarde organizaron contra la empresa porque en la corrida habían salido unos toros flacuchos, aunque con la edad reglamentaria. Como un solo hombre, se volvieron todos de espaldas al ruedo, y, a poco, les imitaron los ocupantes de los otros tendidos. En esta posición, conminaron a los de los palcos para que cerrasen los toldillos. Así lo hicieron estos y ni un solo rostro quedó vuelto hacia el anillo hasta que dio fin el festejo. Esta demostración, pacífica y unánime, costó a la empresa una fuerte multa y sacar en la siguiente corrida ocho toros del Duque, aquellos de los que ya se decía en 1846:

Los toritos
de Veragua
como el agua
blandos son,
y lo digo
pues de Trigo
les asusta el regatón.



   Más con ser todo muy atractivo y pintoresco en esta plaza de la Puerta de Alcalá, nada había de tan rancio y clásico sabor como la original figura de Carlos Albarrán el Buñolero, encargado de manejar el cubo del engrudo y la brocha en la fijación de carteles y descorrer el cerrojo de los chiqueros durante las corridas. Era viejo, aunque airoso, un tanto apergaminado y, en su cara llena de arrugas , aun asomaban, cayendo sobre las sienes, unos tufos canosos que él cuidaba con todo esmero. Su estampa se destacaba en el paseo de las cuadrillas como un grabado antiguo junto a una moderna litografía. La antiquísima montera que él afirmaba, muy seriamente, había pertenecido al gran Paquiro; el terno, de color indefinido, lleno de hilachas, con bordados en negro, que caían de puro viejos, y el resobado capote en el que se envolvía con cierto garbo, daban idea aunque remotamente, de lo que fue a principios del siglo XIX el traje de torear. Nadie logró, ni siquiera imitar, el airoso recorte que, montera en mano, daba al caballo del alguacilillo cuando éste le entregaba la llave del toril; y nadie, tampoco, puso en el acto de abrir el portón, para dar salida al toro, tanta solemnidad. Su popularidad era extraordinaria. Los abonados le saludaban con familiaridad; los críticos le dedicaban graciosos pareados en las reseñas y tanto en el patio de caballos como en la calle, nunca pasaba desapercibido. No se hubiera concebido un despejo de la plaza sin el Buñolero. Y lo dijo un revistero de muchas campanillas:

Al abrir los portones del chiquero
y dar salida al toro,
nadie lo hizo y lo hará con más salero
que Carlos Albarrán el Buñolero.

En Festivales de España más sobre el Buñolero

   Los toreros siempre estaban bromeando con él. Y cuando en el patio de caballos se recordaban sucesos taurinos o se hablaba de determinados diestros, muertos o retirados, el Buñolero, que llevaba en la plaza tantos años como el Tuerto, intervenía con su voz lenta, recalcando las palabras:
  -Vosotros no sabéis na de eso, porque habéis llegao, como quien dice, ayer. Entoavia me parece veros ahí, en el tendido de los sastres, a la espera de colaros. Y no habléis de piqueros, porque hoy no se pica como antaño. También valieron pa la guerra. Yo oí decir a mi padre, que en el año ocho se formó en Andalucia un escuadrón en el que toos eran picadores y gente del campo. Con la garrocha en la mano, la navaja en el cinto y el trabuco en la silla, hicieron pasar buenos sustos a los franceses. Luego, don Justo Prieto, que fue teniente de la Visita de Puertas de Madrid, que anduvo por allí, me contó, ya muy viejo, que daba gloria ver a los jinetes empujar a los gabachos sacándolos de las sillas a golpe de garrocha.
  -¡Ya sería algo menos! -dudó alguien.
  -Pues los hermanos Calderón...
  -Esos son buenos picadores -le interrumpió el Buñolero- pero, ¿conoces tu alguno que se eche por delante un toro picándole con el regatón de la vara? Pues eso yo lo he visto yo hacer a José Trigo con un bicho de seis años y escogio. Y escrito está que el señor Manuel Morales Corchado, ganó mil duros en una apuesta por picar seis toros con un solo caballo sacándolo limpio. Y, con media de seda, sin mona, han picado muchos. Al pobre Manolo Ledesma el Coriano, que murió hace poco, le he visto caer, levantarse, tomar un capote y con los hierros puestos, dar media docena de verónicas que ni el señor Cayetano las mejoraría.
  -Diga usté que sí -corroboró un antiguo aficionado de los que nunca faltan en el patio de caballos- ¿Ustés no han visto al señor Joaquín el Charpa? Pues este picador, toreando en Málaga el año cuarenta y siete, salió a los medios, desafió al toro y cebando bien la puya en el morrillo, hizo una suerte de regateo hermosa. El bicho, codicioso, empujó al caballo y al picador contra las tablas. La lucha duró pocos segundos. El Charpa apretó con soberano esfuerzo hasta hacer doblar al toro el cuello. Aquello fue la locura y el delirio de palmas. ¡Cómo sería que, por imposición del público, el presidente regaló el toro al picador!
  -Por eso aseguran que el Charpa tiene el brazo de hierro.
  -Pa que aprendan los de hoy.
  En fin, que no había forma de convencer a el Buñolero de que también en su mocedad hubo malos toros, malos toreros y faenas pésimas. Casi todos, para que no se enojara, le daban la razón. Frascuelo, desde el primer momento, sintió por él una gran simpatía. Le convidaba, le distinguía y le respetaba. Y tal vez por eso, el viejo se aficionó al muchacho y le defendió con frecuencia de algunos compañeros que se mostraban envidiosos de sus éxitos. Frascuelo le llamaba, en broma, su padrino, y cada vez que toreaba, antes de hacer el paseillo, ponía una de sus manos en el hombro del torilero y le decía:
  -¡Vamos a ver, señor Carlos, que me echa usté esta tarde por esa puerta!
  -Si por mi fuese -contestaba el Buñolero- te los elegiría pa que te rieras de toos los fantesiosos.

Florentino Hernández Girbal en Salvador Sánchez "Frascuelo", el matador clásico.