Llevo
acudiendo a Cenicientos de manera intermitente creo que desde el año 2006 o
2007 en el que fui a ver una corrida de Tomás Prieto de la Cal y siempre que he
podido he vuelto. Es un lugar en lo taurino completamente diferente a todo lo
demás, con una autenticidad insuperable. La pasión por el toro fuerte, cornalón
y fiero, por una fiesta con toda su crudeza, donde los caballos acaban derrumbados
o los toreros sudan la gota gorda frente a reses descomunales fluye con
naturalidad entre las gentes de Cenicientos, es una cualidad ínsita para ellos,
como si se hubiera producido un efecto mimético con la dureza del terreno, lo
quebrado de sus montes o la fortaleza del granito que abunda en su tierra.
Los
aficionados coruchos, y los que atraen desde todos los puntos taurinos del mundo, tienen clarísimo lo que quieren de una corrida de toros y
de sus participantes, saben lo que ven y exigen siempre el máximo riesgo en
cada suerte. No es el típico pueblo al que van los toreros a pavonearse y sacar
el máximo rédito con el mínimo riesgo, donde saben que las orejas caerán solas.
No, a Cenicientos se va a sufrir porque a ese público no se la vas a pegar y
además el toro llevará dos puñales por delante. Hablamos, nada menos, que de
una localidad de poco más de dos mil habitantes.
Hubo
un tiempo en el que Cenicientos tuvo una etapa de zozobra. Las corridas se convertían
en un auténtico descalzaperros en donde toreros sin oficio ni recorrido, picadores
astracanados, caballos paquidérmicos y cuadrillas del mercadillo convertían la
armonía de la lidia en verdaderos guirigays donde era cuasi imposible ver algún pasaje
lucido. Todo eso sin perder la esencia taurina del pueblo que antes comentaba,
es decir, el toro con toda la barba y el personal exigiendo la verdad en cada
embroque. Era decepcionante a la par que frustrante, porque la materia más
importante para un espectáculo grandioso la tenían, pero el resultado muchas
veces era desastroso.
Todo
eso ha cambiado los últimos años, especialmente a partir de que el Ayuntamiento,
asesorado por algunos eximios aficionados coruchos y una alcaldesa aficionada a la cabeza, tomaran el mando de la tauromaquia
en su pueblo y, mediante gestión directa, se encargaran de la organización de
los festejos en Cenicientos. Una práctica que siempre defiendo cuando discuto
con otros aficionados, al menos en este tipo de municipios: que el propio pueblo organice su fiesta sintiéndose partícipe,
me parece una garantía de éxito; que no llegue un empresario cualquiera a llevarse
los dineros, jugar al cambio de cromos y si te he visto no me acuerdo.
Las
consecuencias las hemos visto. Este año Cenicientos se ha posicionado como una
de las mejores ferias toristas del orbe taurino. Sin duda, un sitio
imprescindible para los que demandan este tipo de festejos. Otro mundo
comparado con aquellas algarabías de no hace tanto tiempo. En los tres festejos de este año hemos visto cómo se han puesto en suerte todas las reses con el objetivo de calibrar
su bravura, no para un monopuyazo carnicero, sino para varias entradas tratando
de medir el castigo. La venta de entradas por internet ha funcionado más que
correcta; la presidencia ha aportado un punto de rigor, aun con sus fallos, que
los ha habido. Y lo más importante, los toreros y cuadrillas anunciadas presentaban un nivel que,
sumando todos los elementos anteriores, favorecía un acontecimiento de
categoría. Otra cuestión, y que me perdone la juventud del pueblo, es que sin
las peñas dando la matraca la seriedad del espectáculo sube otro peldaño.
No
me canso de felicitar a los que lo han hecho posible. Contaban con una afición
y un toro de plaza de primera, faltaba esto, una organización y un desarrollo
de los festejos a la misma altura. Ahora viene lo más complicado, mantener este
nivel y perpetuarlo en el tiempo, mejorando incluso algunos aspectos y sumando
iniciativas que pongan a Cenicientos en competencia directa con las mejores
ferias toristas del panorama, como ha sucedido este año. Una competencia de la
que solo pueden emanar aspectos positivos para los aficionados y para la fiesta.
*****
Llego
tarde para explayarme con los festejos y más cuando hay crónicas tan buenas por
las redes. La de Cebada deleitó a los aficionados que la vieron y tomó dieciocho
varas, ojo. No tuve la suerte de verla en la plaza. La concurso tuvo a Damián
Castaño como triunfador por encima de los toros, consiguiendo emocionar al
respetable por su toreo de valor frente a dos toros encastados, con capote y
muleta, uno de Prieto de la Cal y otro de Peñajara, el más completo de la tarde,
cumplidor en varas y de ovación más que de vuelta al ruedo. Como él mismo dijo
en una entrevista estos días y yo me siento aludido, muchos íbamos con una idea
preconcebida y negativa de su toreo y nos llevamos una grata sorpresa. El de Prieto de la
Cal fue uno de los toros más bonitos que le he visto a este ganadero, una preciosidad. Al revés
que sucede otras veces, incluso me gustó más en vivo que en fotografía. Robleño no pudo
hacer nada con su lote, Saltillo y un sobrero de Peñajara tras devolución del
toro de Marqués de Albaserrada; el francés Solera podría haber aprovechado el pitón
izquierdo del Barcial pero lo vio tarde, descastado animal del que uno esperaba
más, y el San Martín volvió a salir soso, como casi todos los que veo de esta
ganadería.
La
novillada tuvo interés aunque deslució el viento. Prometía mucho con dos de las
ganaderías que se encuentran en mejor momento. Los de Los Maños fueron más de
muleta que de caballos, dieron muy buen juego en el último tercio con las
peculiaridades del Santa Coloma, especialmente el quinto, y los novilleros
podrían haberlos aprovechado más. La vuelta al ruedo me pareció excesiva porque
el utrero se fue a capotes en el tercer envite y eso que se le veía bastante
fijo en el caballo, y porque se marchó descaradamente a morir a tablas. Creo
que el presidente se dejó llevar en demasía por los gestos de Montero. Los de
Raso de Portillo y su segundo hierro fueron más ásperos y aviesos, duros. El
segundo se hizo el amo del ruedo no obstante pienso que tenía posibilidades por
el pitón izquierdo. De Cristian Pérez, que cortó una oreja, destaco las ganas y
el pundonor, Isaac Fonseca las maneras que tiene y Montero es un torero
arrebatado y excéntrico en demasía.
En
ninguno de los dos festejos que vi, la concurso y la novillada, hubo ningún
animal que empujara en el caballo en dos encuentros continuados metiendo riñones con fuerza
y por derecho. Lástima, porque se lució el tercio más que nunca. Ir, van
muchos, empujar con bravura y salir buscando pelea es otra historia…
Finalizar comentando que para
mí Iván García es uno de los toreros de plata con más capacidad para lidiar con
la capa. Lo era de matador y lo sigue siendo ahora. Todavía se recuerda su
actuación con los toros de Escolar en 2014, si no es por él todavía están tratando
de hacerse con ellos.
La belleza de Ligero, de Prieto de la Cal (Susana Ortiz)
(JCarlos JF)
La lámina de Ligero (Domingo Fernández)
El tercio de varas en todo su esplendor (Philippe Gil)
Damián Castaño, tarde pletórica
Castaño de muleta
Olivares, de Peñajara, ganador de la concurso (Carlos Giménez)
El toro de Cenicientos (Paquetito de Peñajara, Susana Ortiz)