sábado, 14 de diciembre de 2013

Taurodelta, resiste

  José Ramón Márquez, a propósito del plantón a la afición de Sevilla de los ya conocidos como los 5G -la historia continúa-, publicó ayer un artículo en Salmonetes recordando el conflicto entre el matador de toros  Ricardo Torres, Bombita, y el empresario de la Plaza de Madrid por aquel entonces, don Indalecio Mosquera, conocido como pleito de las escrituras abiertas. El empresario consideró que era el momento de poner fin a unas claúsulas que consideraba abusivas y, por este motivo, el diestro de Tomares estuvo dos temporadas sin ser acartelado en la Plaza de Toros de Madrid, gracias a ello selieron a relucir toreros de la talla de Vicente Pastor y Rafael El Gallo. Recordé que tenía en el horno la entrevista que transcribo en esta entrada, publicada en mayo del año 1917 en la revista Toros y Toreros, por Luís Uriarte, que viene a reafirmar lo dicho por José Ramón Márquez y pone de manifiesto la autoridad de Indalecio Mosquera para tratar el caso Bombita y, en general, los asuntos propios del empresario taurino de una plaza como la de Madrid; tiempos en los que los organizadores del festejo aún no eran unas marionetas sometidas a todos y cada uno de los caprichos de las figuras del momento.
 
  No seré yo quien defienda la gestión en Sevilla de Eduardo Canorea y Ramón Valencia, (un día hablaremos aquí del daño causado en Las Ventas por el padre, Diodoro Canorea), pero tampoco voy a ser yo quien defienda a estas figuras de poca monta, aupados por un sistema corrupto que ellos mismos manejan, cuyos méritos en nuestra plaza en los últimos años se cuentan por el número de camiones de toros que van y vienen del coso los días que ellos se acartelan, y lo que es más importante, la reducción del toro de lidia a una sola raza -viva la cultura- de comportamiento tonto recalcitrante, útil para pegar doscientos cincuenta mil muletazos sin que el bicho eche una mala miradita.
 
  Que se prepare Taurodelta, los próximos en negociar con los 5G serán ellos. Se rumorea que Julián quiere volver a Las Ventas; una Puerta Grande en 15 años de alternativa, he ahí el aval del monstruo de San Blas en nuestra Plaza. Que no saque tanto pecho. Como Morante, que lo mismo para algún reloj que manda de vuelta para Salamanca un camión de toros preparados minuciosamente para la Beneficencia; después de tropecientos bichos a medida todavía no ha sido capaz de pegar 20 naturales como Dios manda. Está Perera, el torero que carga contra los aficionados por pitarle un "faenón" de circulares después de decenas de series con una y otra mano, con el bichillo encogido pidiendo la muerte a toda costa; pues nada, que no se lo explica el muchacho. Sin embargo, hay que respetarle, de vez en cuando mata Núñez de Alcurrucén, y eso es toda una proeza para los superhéroes taurómacos. Anda en el lío Talavante el cantautor, mala suerte la suya, no le salió el Victorino mejicano y quedó con la taleguilla por los tobillos. Eso de "lidiar y castigar para después dominar y torear" no va con el extremeño, es más, dudo mucho que jamás haya escuchado una cosa así. Cierra el quinteto José María Manzanares hijo, buen espadachín aunque venido a menos desde que conoció el nervio de un toro amusgado que le dio por mover las orejas cual fiera del averno, mala leche la del Victorino. Además de un número inusual de bellezas femeninas, es uno de los que más camiones mueve cuando figura su nombre en los carteles. Solo me queda decir una cosa: Taurodelta, resiste. Por una vez estoy con vosotros, otra Fiesta es posible, ha llegado el momento de pararle los pies a estos toreros que mucho piden pero nada nos dan.
 
  Se dice que la historia de la Tauromaquia es como una rueda en la que los ciclos y las circunstancias van girando y repitiéndose con el tiempo. Pues bien, volvamos a los años de don Indalecio, que tomen las riendas los ganaderos y domine el Toro, como en la época de Bombita y Machaquito, vengan toreros machos y que vuelva la hombría y la vergüenza torera a la Fiesta. Para tener figuras así es mejor no tenerlas. Aprovechemos esta ocasión para satisfacer a la afición, como nos cuenta José María Moreno Bermejo en Recortes y Galleos.
 
  Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos... de momento os dejo con la entrevista. 
 
D. Indalecio Mosquera en la época en que fue empresario de la Plaza de Toros de Madrid

 

El hombre de las gafas de oro (por Luís Uriarte)

 
  No conocía yo a don Indalecio Mosquera más que por las fotografías publicadas durante los tiempos, inolvidables para los taurómacos, en que fue empresario de la plaza de toros matritense. Mi amigo don Alfredo Fábregas, íntimo de Mosquera, a cuyo lado, y en el mismo puesto que hoy ocupa con Echevarría, adquirió gran prestigio por su acertada gestión administrativa, se prestó a servirme, con su amabilidad acostumbrada y exquisita cortesía, de introductor de embajadores, vamos al decir, y me dio una carta de presentación para don Indalecio. Y allá me fui yo, con mi credencial en el bolsillo, hacia la calle de Ferraz, en busca de un hotelito cuyo dueño llegó a ser, no ha mucho tiempo, el hombre del día, de todos los días...
  Mientras el jardinero buscaba a su amo, yo me distraía en el jardín haciendo rabiar a un lorito que a picotazos procuraba evitar que yo le hurgase con una ramita por entre los barrotes de la jaula...
  Al pie de la escalerilla que da acceso a la casa, una gran ave de vistosísimo plumaje tomaba el sol, acurrucada en el suelo, alicaída, con la preciosa cabecita gacha...
  - ¿Es un papagayo? -pregunté a Mosquera, que acababa de acercárseme.
  - No; es un guacamayo. Está enfermo el pobrecito...
  - Veo que es usted muy aficionado a los pájaros.
  - Sí, me gustan. Por ahí debe haber más... pero venga usted... ¿Dónde quiere que hablemos? ¿Dentro de la casa, o aquí mismo en el jardín?
  - Aquí estamos muy bien, don Indalecio.
  Y sentados a la sombra de un árbol, en un rincón de aquel delicioso lugar, comenzamos a charlar como dos buenos amigos, como dos amigos de toda la vida...
  He de advertir, sin embargo, que Mosquera me había dirigido, antes de saludarme, una mirada escrutadora, con la natural e instintiva desconfianza de los gallegos.
  Después, mientras él me contaba "sus cosas", era yo quien le examinaba, mirándole fijamente, a través de las populares gafas de oro, a las niñas pequeñísimas de sus ojos vivos y penetrantes, de color uva...
  - He venido, me decía, con un ganadero en el tranvía.
  - ¡Están que trinan contra nuestra plaza!
  Y mansamente, con mansedumbre de mártir, impropia de su altivez y energía, Mosquera se pasó un buen cuarto de hora comentando el asunto.
  - Los empresarios, contra quienes el público descarga sus iras, llamándoles ladrones, etc. etc., no tienen la culpa. Cuando un empresario, por ejemplo, trae toros de Salamanca, es porque no los hay en condiciones en los campos andaluces, no por economizar mil o dos mil pesetas, como creen algunos. ¿Qué valen dos mil pesetas en este negocio? ¡Bien a gusto las darían los empresarios por no tener que oir ciertas cosas! ¿Y qué van a hacer los ganaderos si no tienen toros? Cuando yo era empresario, los ganaderos me daban toda clase de facilidades. "A ver, fulano; necesito una corrida". Y fulano me contestaba: "Elija uzté, don Indalecio; todo lo que hay en el campo eztá a su dizpozición".  ¿Qué más se le puede pedir?
  - Lo que ahora pasa, don Indalecio, es que los "fenómenos" solo quieren lidiar becerros y las ganaderías que tienen toros...
  - ¿Cómo que solo quieren lidiar becerros? -me interrumpió-. De eso sí que tiene la culpa el empresario. En mis tiempos, también se negaban los toreros a lidiar ciertas reses; pero no les valía. ¡Pues no faltaba más! Cuando había una corrida con tipo y arrobas la toreaban quienes yo quería. Los carteles no lo organizaban los toreros, sino el empresario. Acuérdese usted, para no citar más, de aquella corrida de Miura que mandó a la enfermería a "Bombita" con el tendón de aquiles roto...
  Y Mosquera, levantándose de la silla, peroraba fogosamente, tal que si ahora estuviera en su elemento con los brazos en cruz y los ojillos relampagueantes como un apóstol...
  - Lo que hace falta es dar la cara, tener decisión. ¿Imposiciones? ¡Nunca las que no deban admitirse! Yo me arruinaba con "Bombita" y "Machaquito"; mis compañeros de empresa, me dejaron solo; aquello iba de mal en peor... ¿Qué más me daba arruinarme con "Bombita" que sin él? Y le dije: "Yo le doy a usted mil pesetas más por corrida y ocho mil por las extraordinarias; pero desaparecen las escrituras abiertas. Usted no es el empresario, sino el torero; yo soy el empresario y yo he de organizar las corridas" Y muy diplomáticamente, eso sí, pues "Bombita" era un caballero de los negocios, rompimos las relaciones de torero empresario, no las particulares, que todavía conservo cartas muy cariñosas que escribió Ricardo en el tiempo que no toreó en Madrid.
  Mosquera volvió a sentarse, y, ya más calmosamente prosiguió:
  - El primer año fue malo, muy malo: perdí cuarenta y cinco mil duros; pero el siguiente ya fue mejor, y poco a poco fui recuperando todo lo perdido y hasta llegué a ganar algo...
  - Dicen que un millón de pesetas...
  - ¡Qué barbaridad! ¡Están locos! Yo no voy a decir lo que gané: sería tonto; pero puede usted asegurar que ni tan siquiera este hotelito lo he comprado con las ganancias, pues ya andaba detrás de él antes de ser empresario. Ah, y diga usted que he dicho yo, Indalecio Mosquera, que no habrá quien gane un perro chico, porque será imposible, el día que desaparezca lo del concierto económico.
  - Pues usted, según oído, no ha olvidado los tiempos en que fue empresario Plaza de Toros de Madrid.
  - Ni los olvido... allá veremos, cuando termine la guerra... para estas fechas ya debería yo ser empresario de una plaza en Madrid, pero no hay quien pueda con la Diputación... Y eso que tomaba parte en el negocio la mayor influencia de España...
  - Dicen que el Conde de...
  - Ese mismo. Con objeto de no alarmar, ¿sabe usted? a más de Plaza de Toros pondríamos campos de "sport", etc., y lo llamaríamos el "Parque Luna", como ese inglés... Pero...
  - Era en el hipódromo, ¿verdad?
  - Sí... Pero...
  Y no dijo más. A buen seguro que interiormente dio las gracias al criado que vino a avisar que la comida estaba en la mesa.
  - Dispénseme... Hoy comemos pronto por ser mi santo. Si usted gusta...
  - Mil gracias, don Indalecio; que aproveche... y que lo celebre usted durante muchos años.
  - ¡Oh! Ya no serán muchos... ¡Tengo más de sesenta!...
  Dijo esto con un tono de tristeza que me conmovió.
  Luego, con tal ironía que me hizo sonreír a mi pesar, explicome:
  - ¡Mi santo es bobo! Ahí dentro tengo una imagen suya, con las barbas rubias... ¡Tiene una cara de bandido!... Bueno; pero no es santo, ¿eh? Según he oído, San Indalecio no existe...
  Y me acompañó hasta la cancela de la puerta del jardín, diciéndome, en contestación a cierta pregunta mía, que no era ni había sido jamás aficionado a la tauromaquia, de cuyo arte no entendía ni media palabra.
  No era fácil adivinar la verdad en la enigmática inmovilidad de sus microscópicos ojos de color uva...
  ¡Era el hombre de las gafas de oro!  

Don Indalecio Mosquera en su despacho
 

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