viernes, 10 de agosto de 2018

Sobre toreros artistas y toreros totales


     De todos modos es cierto que el punto de vista más usual y común entre los que asisten a una corrida es el estético. ¿Por qué es esto así? Precisamente porque es mucho más fácil calibrar la belleza de un pase o de una faena entera que su mérito estrictamente técnico. Para lo primero, basta con tener cierto buen gusto; para lo segundo, hay que conocer a fondo el toreo. De ahí que, al juzgar una faena de muleta, a muchos cronistas les sea más fácil hablar del «tarrito de esencia», del «aroma del parque de María Luisa» o de «la seriedad castellana», que de la querencia del toro, de sus dificultades y de la intrínseca calidad técnica de dicha faena. Como es más fácil hablar de la estética de una verónica cualquiera que de su técnica, es decir, del modo de ejecutarla. Semejante escamoteo sigue, por desgracia, a la orden del día. En este sentido, pienso que todos los que hacen o hemos hecho eso que estrictamente se llama «crítica taurina» —yo, a lo largo de veintisiete años, nada menos—, hemos caído en la trampa que nos tiende, con su capacidad de sugerencia, el esteticismo, olvidándonos, una y otra vez, que —¡oh, paradoja!— casi nunca el que torea «bonito» es buen torero. Por esas y otras razones, los toreros predominantemente técnicos, sabios, largos, poderosos —en suma, los que nunca le hacen daño a la fiesta, los que saben torear— han tenido menos «cantores» —oficiales o no— que los que, sin unos sólidos conocimientos profesionales, han dado, de vez en vez, muy de vez en vez, en la tecla de lo bonito... 

Todo torero que no sepa —bien con un «conocimiento» plenamente racional, bien intuitivo— por qué da ese pase y no aquel otro, de esta forma determinada y no de aquella otra, desde un preciso lugar y no desde cualquier otro, en este justo momento y no antes ni después, será, en el más estricto sentido de la palabra, un mal torero, porque de esos cuatro postulados o principios fundamentales de la técnica taurina —el porqué, el cómo, el dónde, y el cuándo— sólo conoce uno: cómo dar el pase. El que un matador, al margen de la técnica, de la profesionalidad y del más limpio, honesto y puro oficio, sea capaz de crear fugaces momentos bonitos, en el fondo no es más que una pura «anécdota», una nota meramente «marginal» en el acontecer de una corrida, que muy poco tiene que ver con el auténtico arte de torear. El conocimiento crea las dos columnas de Hércules del toreo: la seguridad y la regularidad. A la larga, pues, crea también lo que yo llamo «la estética consciente».


Guillermo Sureda, «Tauromagia», Espasa-Calpe, 1978, págs. 29-30.




Ignacio Sánchez Mejías en la plaza de Barcelona

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