sábado, 6 de octubre de 2018

El resurgir de Robleño


       Los que vimos a Fernando Robleño en la célebre encerrona del 2012 con seis toros de José Escolar en la coqueta y exigente plaza francesa de Ceret, igual que en los años que rodearon aquel festejo inolvidable, sabemos de lo que es capaz. Se dice que los toreros son de otra pasta, pero los que son capaces de aguantar una larga y dilatada carrera en la cara de los toros más fuertes, fieros e inteligentes, lo son más todavía. Y estos últimos no son muchos, gran parte de ellos se quedan por el camino, por la misma senda en la que fueron derramando el depósito del valor que acabó vacío. Los toreros de ganaderías duras que son capaces de mantenerse, a pesar de los lógicos altibajos, no abundan tanto como creemos y no son tan valorados como se debería. Con el toro noble y de carril encontramos un buen ramillete de coletas que llevan en la pomada décadas, pónganse a pensar ya verán como los encuentran, sin embargo, con el toro áspero hay muy pocos. Podemos citar a dos de los últimos héroes que consiguieron mantenerse con dignidad a lo largo del tiempo con las corridas de respeto, véase Luis Francisco Esplá y José Pedro Prados “El Fundi”. En activo eran continuamente discutidos, ay, la eterna iconoclastia del aficionado, en cambio ahora son estos los que se desmonteran cuando se cruzan con tamaños ases de la torería. Basta que no estén para apreciar su valor. Con Robleño verán que sucederá lo mismo.

Bien es cierto que llevaba un par de temporadas anodinas en las que sus actuaciones no pasaban de un oficio más que acreditado para despachar con solvencia cualquier tipo de situación. No es cosa baladí eso de la solvencia y el oficio, ya lo quisieran para sí otros espadas, pero a Robleño se le pedía más. Y ese más llegó el pasado 9 de septiembre en la corrida desafío entre Saltillo y el debut de Valdellán con tres pavos que derrocharon casta, casta y más casta, ¡así se debuta en Madrid! Suele suceder que el toro que más llama la atención en la previa luego es un gran fiasco, pero esta vez no fue así. Era un entrepelado, lucero, berrendo remendado, apodado Navarro, que superaba los 600 kilos y encampanado ganaba en talla al pequeño gran torero de San Fernando de Henares. Tomo tres varas con alegría y derrochó fiereza y acometividad toda la lidia.

Cuando maduramos la grandeza de aquel trasteo caímos en la cuenta de que aquello había sido un episodio del más puro estilo robleñista y, sin embargo, cuando la veíamos en vivo pensábamos que no pasaría del oficio y la solvencia antes comentado. El toro era una estampida en cada arrancada, acudía con la cara muy suelta. Y es que en los primeros compases lo fue dejando a su aire, madurándolo, estudiando por dónde le iba a meter mano, como tantas otras veces le habíamos visto hacer. Después llegó la apoteosis, el alumbramiento que no esperábamos. Fueron sólo tres tandas, dos por la derecha y una tremenda de naturales. Robleño, nuestro pequeño gran hombre, se armó de valor, echó la pata palante y se dispuso a hacer el toreo con aquel torazo, pasándoselo por la bragueta y rematando los muletazos detrás de la cadera sin ceder el terreno. Se veía, Robleño salía de cada uno de estos encuentros con Navarro como si hubiera corrido un esprint, el esfuerzo era palpable. Cada tanda valió un potosí, el toreo auténtico. Cayó una oreja después de un pinchazo y una estocada desprendida entrando derecho, con más aficionados en la plaza y una muerte más certera la faena había sido para rozar la puerta grande. Es lo de menos, los que lo vieron no lo olvidarán, fue el resurgir de Fernando Robleño, y esperamos que para seguir viéndole así por mucho tiempo. 






Artículo publicado en el nº 53 de La Voz de la Afición, boletín de la asociación El Toro de Madrid.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Montañés, de Valdellán


Número 17, 593 kilos, nacido en marzo de 2014





       Poco se ha hablado del fantástico debut de la vacada leonesa de Valdellán en la plaza de toros de Madrid, del cual, por otra parte, muchos aficionados estaban deseosos. Embarcó tres ejemplares tremendamente serios se vieran por donde se vieran; miradas, remate, presencia... espectaculares. Y los tres, sin llegar a la excelencia, cumplieron sobradamente, sin doblar una pezuña y con unos niveles de casta muy altos, especialmente el ya célebre Navarro, recordado por su llamativo pelaje y la faena de Robleño; y el sexto, Montañés, protagonista de esta entrada. Así se debuta en Madrid.

Le dio muerte Cristian Escribano, quien, digámoslo sin medias tintas, estuvo por debajo de Montañés. El toreo tiene mil matices pero una calificación troncal para todas las faenas: quedar por encima o por debajo del toro. Y en este caso Escribano se las vio y se las deseó para aguantar la codicia de Montañés, que repetía incesante en la muleta y se hacía pegajoso (signo evidente de bravura), sin recular y perder terreno continuamente. Un toro de los que se suele decir: "tenía muchísimo que torear" y todos nos entendemos. Antes, con los equinos, Montañés parecía que se hacía el remolón, pero finalmente se arrancó decidido para un tercer encuentro, quedándose para empujar sin que el picador apretara, ya que el hierro cayó en el costillar. 

En descargo de Cristian Escribano comentar que previamente le cortó una oreja al toro de su confirmación, de Saltillo, por una faena reposada ante un ejemplar noble y una estocada entrando derecho como una vela, perdiendo la muleta, de muerte fulminante. 

Vista la presencia y el juego de los cornúpetas de Valdellán nos quedamos con ganas de más, un encierro completo en el mismo aire que la media corrida que vimos hubiera sido de los que hacen historia. Siempre que sean anunciados con espadas capaces de estar delante con un mínimo de decoro, claro, como fue el caso de aquella tarde. Esperamos que repita el año que viene, a poder ser con seis toros seis. 

Otra cuestión que no por sabida deja de llamar la atención es la diferencia de hechuras entre ganaderías con una matriz muy similar, si no la misma, como es el caso de Hoyo de la Gitana, que trajo una birria de toros en el último desafío, Valdellán, y un poco más lejana, Juan Luis Fraile, a quien le salen toros más chicos. Pilar Población, que también entraría en este saco, es una ganadería que, al menos yo, veo poco en los carteles. El caso es que el encaste Santa Coloma - Graciliano, como tantas veces se ha dicho, es uno de los más encastados y bravos de la cabaña brava, no les quepa duda. 

Habrá más entradas sobre aquella tarde. 

Saludos a la afición.

viernes, 10 de agosto de 2018

Sobre toreros artistas y toreros totales


     De todos modos es cierto que el punto de vista más usual y común entre los que asisten a una corrida es el estético. ¿Por qué es esto así? Precisamente porque es mucho más fácil calibrar la belleza de un pase o de una faena entera que su mérito estrictamente técnico. Para lo primero, basta con tener cierto buen gusto; para lo segundo, hay que conocer a fondo el toreo. De ahí que, al juzgar una faena de muleta, a muchos cronistas les sea más fácil hablar del «tarrito de esencia», del «aroma del parque de María Luisa» o de «la seriedad castellana», que de la querencia del toro, de sus dificultades y de la intrínseca calidad técnica de dicha faena. Como es más fácil hablar de la estética de una verónica cualquiera que de su técnica, es decir, del modo de ejecutarla. Semejante escamoteo sigue, por desgracia, a la orden del día. En este sentido, pienso que todos los que hacen o hemos hecho eso que estrictamente se llama «crítica taurina» —yo, a lo largo de veintisiete años, nada menos—, hemos caído en la trampa que nos tiende, con su capacidad de sugerencia, el esteticismo, olvidándonos, una y otra vez, que —¡oh, paradoja!— casi nunca el que torea «bonito» es buen torero. Por esas y otras razones, los toreros predominantemente técnicos, sabios, largos, poderosos —en suma, los que nunca le hacen daño a la fiesta, los que saben torear— han tenido menos «cantores» —oficiales o no— que los que, sin unos sólidos conocimientos profesionales, han dado, de vez en vez, muy de vez en vez, en la tecla de lo bonito... 

Todo torero que no sepa —bien con un «conocimiento» plenamente racional, bien intuitivo— por qué da ese pase y no aquel otro, de esta forma determinada y no de aquella otra, desde un preciso lugar y no desde cualquier otro, en este justo momento y no antes ni después, será, en el más estricto sentido de la palabra, un mal torero, porque de esos cuatro postulados o principios fundamentales de la técnica taurina —el porqué, el cómo, el dónde, y el cuándo— sólo conoce uno: cómo dar el pase. El que un matador, al margen de la técnica, de la profesionalidad y del más limpio, honesto y puro oficio, sea capaz de crear fugaces momentos bonitos, en el fondo no es más que una pura «anécdota», una nota meramente «marginal» en el acontecer de una corrida, que muy poco tiene que ver con el auténtico arte de torear. El conocimiento crea las dos columnas de Hércules del toreo: la seguridad y la regularidad. A la larga, pues, crea también lo que yo llamo «la estética consciente».


Guillermo Sureda, «Tauromagia», Espasa-Calpe, 1978, págs. 29-30.




Ignacio Sánchez Mejías en la plaza de Barcelona

sábado, 26 de mayo de 2018

Sobre algunos escritores de toros contemporáneos


    También hay que tener en cuenta otra cosa. Cuando un hombre escribe con claridad, cualquiera puede apreciar si se trata de un farsante. Si mistifica para evitar una afirmación explícita —lo que es muy diferente de transgredir las reglas de la sintaxis o de la gramática para crear un efecto que no puede lograrse de otro modo—, se tardara mucho más en reconocer al escritor farsante, y los demás escritores, afligidos por la misma carencia, lo elogiarán en defensa propia. El misticismo verdadero no debe confundirse con la escritura torpe, que sólo pretende desconcertar cuando no hay misterio, que nace de la necesidad imperiosa de encubrir la falta de conocimiento o de la incapacidad de expresarse con claridad. El misticismo supone misterio —y hay muchos misterios—, pero la incompetencia no es uno de ellos; tampoco lo es el periodismo farragoso convertido en literatura por la inyección de una falsa cualidad épica. Además, recuerde esto: los malos escritores están enamorados de la épica.

Ernest Hemingway. Muerte en la tarde.




viernes, 18 de mayo de 2018

La tarde del buey Opaco


Crónica de la corrida de la feria de San Isidro de Las Ramblas, celebrada el lunes 14 de mayo de 2018, para la asociación El Toro de Madrid



Séptima corrida de la feria de San Isidro con toros de Las Ramblas, procedencia Salvador Domecq, El Torero. En general grandes y generosos de carnes. Se devuelve el cuarto de la tarde, ¡por manso!, saliendo en su lugar un sobrero de José Cruz. El primero manso en varas, noble y corretón en la muleta, mediano; segundo, manso en varas, suavón en el último tercio; tercero, sale suelto del caballo, chochón y descastado; cuarto, huidizo y embestidor, bueno en la franela; quinto con poder, manso y noble al final, dejándose hacer; y sexto, a menos en la segunda vara, cortando el viaje, tirando el derrote y geniudo.

David Mora. Estocada arriba; saludos. Dos pinchazos, escotada corta caída y tres descabellos; algunas protestas.
Juan del Álamo. Estocada trasera desprendida; saludos. Estocada caída; silencio.
José Garrido. Pinchazo, estocada corta en los rubios y estocada caída; silencio. Cuatro pinchazos, media en los bajos y dos descabellos; silencio.

Presidente. D. Jesús María Gómez Martín. Muy mal. No debió aprobar el sobrero de José Cruz y el sexto era un toro sin remate, con el esqueleto de un caballo, que se tapaba por la cara. Sacó pañuelo verde durante la lidia del cuarto de la tarde debido a su mansedumbre, hecho sin precedentes en nuestra plaza.

Suerte de varas. Nada reseñable, tarde de trámite en el tercio de varas. Estos toros no se prestan.

Cuadrillas y otros. Destacaron José Otero en el cuarto; Antonio Chacón pareando al sexto; y Roberto Martín, “Jarocho”, con capote y banderillas, echó una tarde extraordinaria.
Apenas tres quintos de entrada en plena feria, algo que tristemente viene siendo habitual.


La corrida de Las Ramblas deparó una tarde para la posteridad en la Plaza de Madrid, un hito histórico del que la afición que ama esta plaza, a buen seguro, no se sentirá orgullosa. Sucedió en el cuarto acto, cuando salió del calabozo, como alma en pena, el toro Opaco, nº10, un castaño generoso de carnes, que, ante las provocaciones de José Antonio Carretero y Ángel Otero, adoptaría un comportamiento de pura estirpe bueyuna, espantándose y volviendo la cara continuamente. David Mora, el espada encargado de despachar al bicho, parecía mostrarse interesado, entiéndase la ironía, pero nunca tomó la resolución de ir hacía el toro a buscarlo a los medios. La impaciencia del público comenzó a aflorar y de ella se contagiaría el palco presidencial. La mansedumbre que mostraba Opaco era de proporciones siderales, tras unos cuantos minutos aún no había tomado la capa una sola vez. Muchos pensábamos que asomaría el pañuelo blanco, saldrían los caballos y, como tantas veces hemos visto, cuando Opaco sintiera el hierro de la puya brotaría su verdadera condición. Pero no, incomprensiblemente, lo que asomó fue el pañuelo verde y la correspondiente bronca del respetable, a la que se sumaron muchos aficionados de sombra, indignados ante tamaña tropelía.

¿Qué hizo que el señor Jesús María Gómez Martín tomara tan sorprendente decisión? Todo parece indicar que se trata una interpretación torticera del artículo 84 del Reglamento, que dice: “El Presidente podrá ordenar la devolución de las reses que salgan al ruedo si resultasen ser manifiestamente inútiles para la lidia, por padecer defectos ostensibles o adoptar conductas que impidieren el normal desarrollo de ésta”. Un texto que por costumbre siempre se ha entendido referido al comportamiento motriz de los toros, siendo la costumbre una de las fuentes de las que emana la ley, no digamos en la fiesta de los toros, cuya liturgia está repleta de gestos basados en esto mismo, la costumbre y la tradición. La mansedumbre es una condición más del toro, detentada, en mayor o menor medida, por la gran mayoría de los ejemplares que se lidian. Bien es verdad que el caso de Opaco no es uno cualquiera. Ni los más viejos del lugar recuerdan un bicho tan espantadizo. No obstante, para la mansedumbre la lidia ofrece herramientas como la pericia de los lidiadores, la puya y, en última instancia, las banderillas negras, antes banderillas de fuego, descrédito de ganaderos. Y a quitarse el toro de en medio lo antes y más decorosamente posible.


Opaco, nº 10, nacido en octubre de 2013, 601 kilos. ¡Devuelto por manso!


Esperamos que lo sucedido en esta corrida no cree jurisprudencia entre los presidentes, en tal caso prescindiríamos de una tesela más, como tantas que se fueron desprendiendo de ese inabarcable mosaico que es la tauromaquia, al que ya le van quedando pocos dibujos. Desterraríamos tantas y tantas lidias caóticas de las que, en no pocos casos, acabó brotando la emoción, ya sea en forma de poder y dominio, o en forma de toreo artístico (ambas al unísono supone el cénit). Recordemos el célebre caso del toro de Cortijoliva en la goyesca del 96, con José Antonio Carretero, precisamente, y José Miguel Arroyo, Joselito, como protagonistas; o el hecho del toro Granizo, de López Navarro, acaecido el 9 de marzo de 1880, saltando la barrera hasta en 19 ocasiones, más otros seis intentos infructuosos; como hacían tantos toros por aquella época.

El resto de la corrida no fue tan mala como se esperaba, dentro de la escasez de fuerzas y de casta que esperamos en esta ganadería. El primer ejemplar, un chorreado en verdugo, atigrado, bajo y gordinflón, manso en varas y poco voluntarioso en banderillas, fue un toro corretón en la muleta que hacía hilo. David Mora se vio superado, toreando perdiendo el terreno, no ganándolo, y solo le apuntamos una tanda de derechazos cadenciosa al final de la faena, antes de mandarlo a hacer filetes de una estocada arriba en los blandos.

El segundo del lote de David Mora, tras el poco interés mostrado en que se lidiara el toro Opaco, como queda dicho, fue el primer sobrero de la feria, de la ganadería de José Cruz. Se llamaba Cortés. De pelo negro, con el morrillo estrecho y pintas anovilladas. Un toro huidizo durante la lidia al que Ángel Otero le puso un grandísimo par en los medios de enorme compromiso, valorado y muy celebrado por los aficionados. El de José Cruz sacó una embestida franca, con sus dificultades y David Mora anduvo como de trámite, toreando por las afueras, siendo desarmado y sin engarzar dos tandas seguidas de mérito. Una vulgaridad con el correspondiente sainete a espadas.

Saleroso se llamaba el castaño que sorteó Juan del Álamo en primer lugar. Un toro que pasa sin pena ni gloria por el equino de Domingo Siro, al que Jarocho le dejaría dos grandes pares, el primero superior. De condición dulzona, el de Las Ramblas fue un toro suavón y bonancible. Lo mejor de Del Álamo fue un par de doblones de inicio por el lado izquierdo, luego practicó el toreo de extrarradio a base de derechazos y, solo al final, vimos de nuevo la calidad del toro por el pitón izquierdo. El quinto de la tarde, segundo para el torero salmantino, fue un toro muy aparatoso, fuerte, que aparentaba seis años en vez de cuatro y medio como publicaron en las reseñas. Le dieron tres buenos trancazos en varas, entre el picador de turno y el que hacía puerta. No sabía Del Álamo por dónde meterle mano en el inicio de faena y solo cuando el toro se cansó pudo el torero empezar a ligar algunos muletazos, sacando dos tandas de naturales aceptables, a las que no se prestó mucha atención a esas alturas de faena. Anduvo solvente con los aceros.

José Garrido tuvo muy mala fortuna con el lote. El tercero de la tarde fue un toro descastado y chochón; el sexto un ejemplar alto, con poco remate y despampanante arboladura, geniudo, cortando el viaje y tirando el hachazo, harto difícil para el toreo. En su haber apuntamos una media verónica de categoría y algunos naturales de excelente propuesta con el tercero de la tarde. Estuvo desastroso con la espada. Escaso bagaje para un torero que apunta maneras, habrá más oportunidades en las que poder resarcirse.