sábado, 5 de noviembre de 2016

El doctor Marañón y los toros

Rescato hoy un artículo de interés del periódico ABC, del lunes 23 de mayo de 1983, escrito por Gregorio Marañón Moya, hijo del insigne don Gregorio Marañón, acerca de la afición de su padre por la fiesta taurina, donde entresaca algunas opiniones en torno a la tauromaquia. Don Gregorio Marañón es uno de los médicos y científicos españoles más importantes de la historia, cuyos descubrimientos tuvieron repercusión internacional. Historiador y prolífico escritor, entre sus inacabables distinciones, fue miembro de cinco de las ocho Reales Academias que hay en España (de la Lengua; de la Historia; de las Bellas Artes; Nacional de Medicina y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales).
 

 

   Mi padre escribió 85 libros, 250 prólogos, 322 artículos en la gran prensa y 1229 conferencias, ponencias y discursos. Creo que es el español de su tiempo -o uno de los españoles de todos los tiempos- que más ha escrito. Abordó temas variadísimos en Medicina e Historia. Pero, sobre todo, en sus ensayos y escritos breves, fijó sus ojos y su pluma en casi todos los problemas de nuestro tiempo. Como él mismo ha dicho: "El modo noble de servir a Dios es el afán de que nada de cuanto ha creado sea ajeno a nuestra curiosidad".

Pues bien, de toros no escribió más que el prólogo a un escritor colombiano Miguel Rasch Isla, libro editado en Bogotá y prólogo publicado después en forma de artículos, en el diario La Nación, de Buenos Aires, y del que se recogen aquí algunos párrafos. 

¿Por qué no escribió más sobre toros? Recuerdo lo que ha dicho José María de Cossío: "Ningún escritor español, de vocación mínimamente realista, puede dejar de reparar en el espectáculo de los toros". Sí, desde Larra hasta Camilo José Cela y Ángel María de Lera, pasando por Pérez de Ayala, Ortega y Gasset, Gerardo Diego y Alberti, Gómez de la Serna, etcétera, todos ellos han llenado páginas y más páginas sobre los toros y su política.

Si Marañón no escribió, pues, nada, o casi nada sobre los toros, no quiere ello decir que no fuese un aficionado, un gran aficionado. Fue aficionado toda su vida, si es que por afición se entiende lo que realmente es, es decir: la inclinación y la propensión a alguna cosa; el ahínco y el esfuerzo en conocer y gozar de una cosa.

Toda su vida sintió y vivió los toros con entusiasmo ferviente, con juvenil emoción, con inteligente y reposada crítica. ¿Quiénes fueron sus íntimos amigos? Precisamente los mejores aficionados de su tiempo, cuando no los propios toreros: Juan Belmonte, Ramón Pérez de Ayala, el duque de Arión, Sebastián Miranda, Luis López Dóriga, José María de Cossío, etcétera. Conoció y trató a muchos, muchos toreros. Muy amigos suyos fueron, de los que podríamos llamar "toreros del 98", Rafael El Gallo y Machaquito, de los que, además de amigo, fue su médico. Con Juan Belmonte tuvo mi padre una entrañable amistad, de sobra conocida. Siempre les unió una mutua comprensión, llena de recíproca admiración, de afecto, y de íntima y pública lealtad. Juan Belmonte fue su amigo y su torero.


El insuperable atractivo del arte taurino que, según él mismo dijo, consiste en su perenne renovación, fue ávidamente observado y analizado por él temporada tras temporada. Todos sus familiares y amigos, todos sus colaboradores y discípulos, recuerdan bien que el tema taurino fue una de sus constantes lecturas y una de sus permanentes y amenas conversaciones. 

Si para el público no escribió más que lo que he citado -el prólogo a Rach Isla-, en cambio en centenares de cartas a sus amigos surge siempre la fiesta como la mejor y más sentida de sus fiestas.

Como dato biográfico de cierta curiosidad, voy a transcribir parte de dos de sus cartas sobre toros. La primera está escrita en su niñez, cuando estudiaba el Bachillerato en el colegio de San Miguel, de Madrid. Se la escribió a su amigo Mariano y González de las Casas. Tenían los dos catorce años. La carta dice así:

Regreso de la plaza y te diré que Regaterín está lo mismo que siempre: ni mejor ni peor; ni para atrás ni para adelante. De Campitos, el semidebutante, te diré que me agrada al vulnerar, pues mete el brazo con arte y valentía. Con la muleta es bastante peor y con la capa es el hombre más maleta que ha pisado la plaza de Madrid. En cambio, Manolete entusiasmó a la gente con el capote, pero con el pincho mal, pero que muy mal. Los toros, de Moreno, fueron unos grandísimos cabestros. 

Esta carta termina así:

Quiero ser médico para descubrir el elixir de la inmortalidad. Tú, estate tranquilo, pues te curaré... ¡¡de balde!!

La segunda carta suya, a la que me he referido, es una carta a su hijo, a mí, y está escrita antes de marcharse para siempre y encontrar, por fin, la paz en la paz del Señor.
Me comentaba en ella los toros de antes y los de ahora y me escribía:

La crítica taurina de antaño se reducía a unas pocas líneas sencillas, escuetas, casi como un parte militar, en la que se nos comunicaba, exclusivamente, la bravura del ganado y las estocadas de los toreros. Que esto es lo esencial, según las reglas clásicas de Montes: mucho toro, pocos pases, una estocada.
Los toros tomaban 12 y más puyazos sin volver la cara, con lo cual todo queda dicho sobre lo que "era" tan prodigioso animal. Los toros de mi época tenían en mucha honra a sus cuernos y no toleraban escandalosos maquillajes.
Los toreros conservaban, fuera de la plaza, su entera personalidad torera, los modos peculiares de su castizo vivir. Eran grandes bohemios y grandes señores también, lo que explica el que frecuentaran el trato de los dos extremos sociales: pueblo y aristocracia. 
Los toreros de nuestros días, nietos de Juan Belmonte, son, como ha escrito Agustín de Foxá, "jóvenes atléticos, cultos, que hablan varios idiomas, flirtean con las señoritas de la alta sociedad y se curan con penicilina". El que los toreros de hoy sean así, que se curen con penicilina y no con aguardiente, como el Pepe-Hillo, a mí me parece muy bien. Es en otras cosas del toreo de estos nuevos tiempos en lo que ya no estamos de acuerdo. De todas, quizá la más grave, es que los toreros de hoy han matado al toro en la imaginación del aficionado. El toro ha desaparecido del festejo taurino y el público de hoy no va "a los toros", sino que va "a los toreros". Si no se rectifica urgentemente restableciendo al toro como parte fundamental de la lidia, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la fiesta nacional marcha hacia el futuro con plomo en el ala. 

¡Cuántas cosas se podrían contar sobre Marañón y los toros y cuántas sobre Marañón y los toreros, a muchos de los cuales admiró mucho y a todos apreció y estimó con su sentido fabuloso de la amistad y del respeto humano!

En el citado prólogo al libro de Miguel Rasch Isla, dice Marañón:

De toros, reconozco que es más difícil hablar sin título oficial. Trátese de una fiesta a la que cualquiera puede asistir, si es lo bastante rico para adquirir el billete; pero cuya técnica, complicada y sutil, cuyos rigurosos reglamentos y cuya ingente casuística, expone a graves errores a quien pretenda opinar sin la suficiente autoridad y erudición. En ningún otro sitio del mundo ocurre lo que en la plaza; a saber: que si alguien se permite emitir en alta voz un juicio no ortodoxo, puede surgir a su lado un aficionado de autoridad que severamente le diga: "Usted se calla, porque no entiende de esto". Y no hay, en efecto, otro remedio que callar, porque ante la iracundia del buen aficionado no es posible ni defensa ni apelación.


Gregorio Marañón Moya.
ABC, 23 de mayo de 1983.


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