martes, 10 de abril de 2012

Joaquín Vidal



 En el libro "Los toros en Madrid", encuentro este texto sobre temas tan candentes que se tratan a diario; Madrid, su afición, los taurinos y el trapío. Joaquín Vidal en estado puro: 

  La llamada "era Chopera" ha sido determinante para el desarrollo de la fiesta de toros en Madrid. También ha sido contradictoria. Chopera recuperó para Las Ventas la solvencia que tuvo durante los años de gestión de Nueva Plaza de Toros de Madrid, S. A., y que había perdido durante las aventuras de Diodoro Canorea y Martín Berrocal. La primera temporada de Chopera puede considerarse una de las mejores que se hayan conocido en el coso (año 1982), satisfizo las exigencias primordiales de los aficionados -el toro; el toro sin reservas, con edad, fortaleza y trapío-, concertó una cuadra de caballos de picar que posibilitó el correcto desarrollo del fundamental tercio de varas, y además montó excelentes carteles de toreros, dentro del marco artístico en que se desenvolvía la Fiesta. De entre cuanto había, eligió lo mejor. Si esta tónica se hubiera mantenido durante los nueve años que Chopera tuvo a su cargo la gestión  de Las Ventas, la fiesta de toros habría visto definitivamente recuperada su autenticidad en Madrid, y no estaría ahora en la fase de aguda decadencia que atraviesa.

  Los años siguientes de la "era Chopera", sin embargo, no fueron tan maravillosos. Salía el toro de trapío, por lo general, pero solía ser ilidiable. Muchas veces a los toreros les era absolutamente imposible estar lucidos con esos toros. Los taurinos profesionales culpaban al público, aduciendo que imponía unas disparatadas exigencias en lo que se refiere al ganado: "Lo que quieren es que salgan elefantes con cuernos y que no se les pueda pegar ni un pase".  Los taurinos profesionales modernos no han sabido entender al público de Madrid, en el mejor de los casos, y con carácter general, parecen haberse puesto de acuerdo para utilizar argumentos capciosos en su contra. Es evidente que las exigencias de la afición de Madrid atentan contra sus intereses particularísimos, y los taurinos actúan en consecuencia. Su principal objetivo es echarlos de la plaza.

  El público de Madrid -queremos decir, los aficionados- tiene preferencia por el toro y lo exige. Entiéndase, el toro de lidia, encastado y con trapío. No el toro grande, sino serio, bien armado, bien hecho y con la envergadura correspondiente a su encaste. Ése es el toro que quiere. Naturalmente, si sale un toraco de 600 kilos arriba, no lo va a protestar (no es antirreglamentario, ni mucho menos), aunque si se trata de una amorfa masa de carne también lo protesta y entonces les sirve a los taurinos para reforzar sus acusaciones respecto a las exigencias de la afición madrileña.

  En cierta ocasión -corrían los años sesenta- saltó a la arena un toro para Palomo Linares que, según la tablilla, rebasaba los 600 kilos, y los aficionados lo protestaron con tremenda vehemencia. No era por el tamaño, obviamente, sino por su discutible trapío y, sobre todo, porque tenía aspecto de estar afeitado "hasta las orejas".

  Aquella misma noche ya aparecía determinado taurino en el Telediario de TVE -los taurinos siempre han tenido una facilidad sorprendente para introducirse en TVE cuando les conviene - invitado con el fin de que explicara a la audiencia lo sucedido aquella tarde en Las Ventas. Y lo sucedido, según su versión (en TVE se cuidaron muy mucho de que no pudiera oírse la contraria), lo relató más o menos así: "Los aficionados de un determinado sector de la plaza (entonces eran los de la andanada 8), orquestados por un conocido crítico taurino enemigo de Palomo Linares, habían protestado un toro de más de 600 kilos, pues lo que pretenden es que salgan elefantes con cuernos para que no puedan triunfar los toreros". Semejante interpretación de los hechos era una grosera manipulación de la realidad, por supuesto, pero los taurinos la consideraron genial y han venido utilizando ese argumento hasta nuestros días.

  Joaquín Vidal.

 
***

                                           

 Y ahora, un ejemplo del que servidor guarda grato recuerdo:



 Guitarra II, nº 335, de la torada de Alcurrucén, procedencia Carlos Nuñez. 538 kilos en la tablilla, jugado en Las Ventas el 14 de mayo de 2010, el toro, nacido en mayo de 2006 tenía los 4 años recien cumplidos. Lidia y muerte para "El Cid".





  Un toro con el trapío que corresponde a su sangre, de lámina recortada, bajo, muy fino de cabos, algo ensillado y escurrido por detrás, sin embargo, no se escuchó ninguna protesta, al menos de forma notoria. El toro era de respeto, la otra forma que hay para referirse al trapío.




  Con cierta fiereza y poco voluntarioso el juego fue muy en Nuñez, a más y de mucha exigencia para el torero, que no pasó de discreto, ante la decepción de los concurrentes que, ilusionados ellos, esperaban la resurrección de "El Cid", la cual, aún hoy no se ha producido.

  Guitarra II fue despedido con palmas. Muy bien en esta ocasión el público de Madrid que supo entender perfectamente la procedencia del toro, admitiendo su trapío, a pesar de su escaso tamaño.

2 comentarios:

Jose Morente dijo...

Vazqueño:

Interesante entrada y más interesante aún sus conclusiones en favor del toro "bien hecho" y no necesariamente del elefante con cuernos. Que usted tiene además el acierto de hacernos visualizar en un ejemplo concreto (Guitarra II)para que sepamos de que estamos hablando y no haya dudas del tipo de toro que nos puede (y debe) encandilar a los aficionados.

Sólo me resta desear que este criterio tan sensato y de tan buen aficionado hiciera mella, cundiera y se impusiera entre la afición venteña donde el toro "terciado", máxime si exhibe nobleza, no es, hoy por hoy (y pese a lo que dice Don Joaquín), nada bien acogido.

Un abrazo

Vazqueño dijo...

Disiento Sr. Morente, ya sabe usted que no era una referencia al toro "terciado", hablaba del toro serio que se ajusta a las características del encaste de procedencia. En este caso, los Nuñez, son más bien recortados, de poco esqueleto, lo cual no es óbice para que Guitarra II luciera una mirada y unas hechuras de mucha consideración.

El toro bravo es noble. Pero la nobleza ha de tener su justa medida, e incluso prefiero de menos que de más, como el café, mejor una cucharada de azúcar que cuatro.

Un abrazo.