jueves, 11 de diciembre de 2014

Los toros, acontecimiento nacional

Todo espectáculo que significa una concepción del mundo es un acontecimiento. Un auto de fe es un acontecimiento, lo es una procesión, los toros, la opera. Subyacente a cada uno de estos espectáculos, dentro del perfil de la comunidad en que radican, existe una concepción del mundo que les de sentido. Si tal supuesto despareciese, el espectáculo perdería carácter de acontecimiento y quedaría en puro espectáculo; es decir, en la visión de algo que no implica de parte del espectador la toma de una actitud radical de aceptación o repulsa por exigencia intrínseca al espectáculo mismo. Notemos de paso que la mayor parte de los "acontecimientos" típicos de la civilización occidental se van reduciendo a pura espectacularidad; los desfiles militares y las procesiones, pongo por ejemplo. Con los toros está ocurriendo algo semejante, en cuanto algunos espectadores, cada día más, a los que agrada la fiesta y la sienten, se conduelen de la fiera lidiada y del  lidiador hasta el punto de asistir intranquilos al acoso y muerte.


Los toros son una constante en la historia de España, y, en algunos periodos de la misma, el acontecimiento en que mejor se expresaba la remota unidad de sus distintos pueblos.

A mi juicio, cuando el acontecimiento taurino llegue a ser para los españoles simple espectáculo, los fundamentos de España en cuanto nación se habrán transformado. Si algún día el español fuere o no fuere a los toros con el mismo talante con que va o no va al "cine", en los Pirineos, umbral de la Península, habría que poner este sentido epitafio: "Aquí yace Tauridia"; es decir, España.

Téngase en cuenta que la lidia del toro, por uno u otro procedimiento, es un suceso viejísimo en la historia de España, de modo que se ha constituido en el animal símbolo, cuasi totémico, de los español. Por su parte, la propia lidia, en cuanto acontecimiento, es, conjuntamente con los religiosos, el de mayor extensión y comprehensión. Al coso asiste la mayoría del pueblo, sin que falte ningún estrato social: artesanos, comerciantes, profesiones liberales, clero, nobleza... La plaza de toros, resulta, singularmente en los pueblos, el lugar físico, social y psicológico en que la totalidad del pueblo convive intensamente una misma situación psicológica en que las actitudes profundas son substancialmente análogas. ¿Con qué otro acontecimiento ocurre esto?

En Inglaterra, por ejemplo, el acontecimiento definidor máximo ha sido el Parlamento, y, en otros pueblos europeos, las instituciones políticas han servido de acontecimiento regulador e incluso educador de la convivencia social. En España, las instituciones políticas nunca tuvieron ese carácter, sucediendo, además, que, cuando los contenidos y formas políticas tradicionales se perdieron por el advenimiento de una dinastía ajena a lo nacional, los toros inician y consiguen rápidamente su definitiva conformación de acontecimiento. La razón quizá esté en que, ausentes otros estímulos y símbolos que hacían relativamente fácil vivir psicológicamente la unidad social de la nación, los toros adquiriesen, y esto justifica su inmenso y acelerado auge, el papel de acontecimiento capital y director.


Los toros son el acontecimiento que más ha educado social, e incluso políticamente, al pueblo español.

¿Qué hay -y esta es la cuestión- en el acontecimiento taurino capaz de unimismar situaciones sociales distintas, puntos de vista diferentes y, sobre todo, que afecte al pueblo en conjunto de modo tan radical?
Por lo pronto en la plaza los espectadores son en absoluto iguales. No desde un punto de vista social, sino primigeniamente, en cuanto sujetos de elementales tendencias. Todos los que sin riesgo miran al torero jugándose la vida son en ese momento, desde el punto de vista español, inferiores a él. Y esta inferioridad los iguala. Es una igualación que afecta a los últimos resortes de la personalidad y, por lo tanto, equivale a poner en evidencia que substantivamente todos los hombres son iguales salvo en un caso: el de la actitud personal en el juego de la muerte. Todos y cada uno de los que contemplan la lidia están haciendo pública confesión de lo que en otro caso es inconfesable: que, en hombría, el torero vale más. De aquí, a mi juicio, que en los toros haya una actitud colectiva de humildad y una lección utilísima para quien concede demasiado a las diferencias de clase, poder económico, etc. Ante los toros, los españoles revalidan la sabiduría irracional de que solo el aventurero y burlador de la muerte vive de modo superior a los demás. Por esta razón el torero es símbolo de la hombría heroica y cuando queremos hiperbolizar el valor de alguien le comparamos con algún diestro famoso.

El espectador de los toros percibe tal autenticidad y ve la fiesta como la verdad, sin ambages. De aquí que acudir a los toros sea un acto de brutal sinceridad social, que nos delata, en cierto modo, ante los demás. Como ya hemos dicho, es una declaración, al mismo tiempo humilde y retadora, de nuestra manera de ser.


Como todo acontecimiento, la fiesta es, particularmente, extroversión. Cada uno está en presencia de los demás y los demás en presencia de cada uno. Precisamente esta apertura a la crítica confiere a los toros la peculiaridad de ser el acontecimiento de mayor contenido axiológico. En cierto sentido la fiesta es una continua apreciación y valoración.

El espectador de los toros no es un mero, un simple aficionado a lo espectacular, ni tampoco exclusivamente un entusiasta de la exaltación embriagadora, es, mejor que todo eso un amante del conjunto del cual, en cuanto acontecimiento, es parte necesaria. Ahora bien, constituyendo la universalidad de la fiesta, el espectador juzga acerca de lo bueno, de lo justo y de lo bello. 

Por lo pronto, viendo los toros nos quitamos de encima parte de la actitud moral de juzgar con valores éticos socialmente prefabricados. Nos colocamos en una situación primigenia desde la cual lo bueno y lo malo tienen una significación ontológica. Es bueno lo que realiza perfectamente la plenitud del sentido de una substancia. No hay duda que desde este punto de vista el toro, entidad definida por la agresividad y la fiereza, logra la plenitud de su ser en la lidia. El espectador supone, con mayor o menor exactitud, que el toro vive en el ruedo una gloriosa aventura coronada por la mayor concesión que el hombre puede hacer al animal: la lucha franca e igualada; al toro no se le caza, se le vence. 


Por lo que respecta a lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, ¿qué mejor juez que el público de los toros? Parte del tiempo que dura la corrida lo emplea en justipreciar y premiar las hazañas del torero, y esto de modo espontáneo, sin la guía y prejuicio de normas fijas. El propio partidismo desaparece ante la extremosidad de la aventura y el público se rinde al mérito intrínseco cuando éste recibe su prestigio de la presencia de la muerte. Los juicios de valor que los espectadores de la fiesta formulan poseen absoluta autenticidad. Se trata de una valoración colectiva en la que cada uno de los participantes aprende a juzgar con despiadada rectitud. Y aún más: no sólo aprende a valorar y juzgar respecto del hecho, tremendo por lo insólito, de la actitud de un hombre ante la muerte, sino que se enseña a buscar de todos los puntos de vista posibles para la valoración aquel que es, objetivamente, más adecuado al juicio. 
 En este aspecto, la fiesta es un continuo adiestramiento en el arte de hallar las perspectivas propicias para la justificación de los hechos. La fiesta enseña a valorar con justicia y a apreciar con
finura la validez del juicio. 

 Los toros son, desde luego, un espectáculo cruento; pero hay una clara tendencia en ello a evitar la visión de la sangre, lo que es testimonio, a mi juicio, de la creciente adecuación de la sensibilidad española a la europea.

Finalizaré, por último, estas indicaciones con una observación general que replantee la cuestión del acontecimiento como testimonio y signo de una concepción del mundo. A mi juicio, los toros son un acto colectivo de fe. La afición a los toros implica la participación de una creencia; de aquí, que para el auténtico aficionado, la afición sea en cierto sentido un culto. Pero ¿creencia en qué? ¿Fe en qué? En el hombre. El espectador cree en ciertas cualidades inherentes al hombre que constituyen la hombría, y precisamente porque cree en ella va a los toros. El torero se presenta como portaestandarte de la hombría y ratifica en cada momento de la lidia que la fe en un determinado tipo de hombre en que cree el público, tiene pleno sentido y actualidad. Este tipo humano expresa a su vez el punto de vista de una determinada concepción del mundo predominante. Por esta razón el torero es un símbolo.


Quizá desde esta perspectiva pudiera esclarecerse el peculiar significado del insulto en la fiesta. Se ha observado repetidas veces que el público de los toros es singularmente hábil en el insulto, que sabe elevar a la categoría de sarcasmo, sin que pierda por ello violencia la injuria en cuanto tal. Es un modo profundo y personal de insultar; en el que lejos de ser el denuesto puro grito o exclamación indignada, conserva todos los matices de la ofensa ad hominem. Esta intencionalidad concreta, más la ironía, que existe casi siempre, dan al insulto taurino un especial vigor y un tono sarcástico característicos. Ordinariamente el insulto brota con extraordinaria violencia cuando el diestro da señales de miedo. El público lo increpa con pasión, aludiendo a las cualidades que definen la hombría, y propende incluso a la agresión personal. No se trata, por lo común, de un insulto colectivo, sino un colectivo insultar. El torero se transforma en una entidad multivalente, relacionada con cada uno de los espectadores de modo propio y diferenciado por medio del insulto, que el espectador taurino es una injuria trabada de “hombre a hombre”, y no simplemente una reacción colectiva de desagrado. 
Al primer momento de arrebato sigue una actitud irónica que pone en el insulto un matiz sarcástico. Las expresión que con más fidelidad recoge esta actitud es la de “eso también lo hago yo”, en la que se transparenta la nota peculiar del improperio taurino; a saber, la decepción.


Si la presencia de una multitud de espectadores en la plaza acredita la fe en la hombría y en lo que ésta significa, la decepción implica la pérdida de esa misma fe, pérdida que afecta a los supuestos irracionales en los que está, y desde los que piensa y obra todo humano. De aquí la tremenda violencia inicial del insulto taurino y la postura escéptica, envuelta en el amargo humorismo del improperio sarcástico. Sin embargo, la fe vinculada al subsuelo irracional de una concepción del mundo es tan firme que, pese a todas las decepciones, persevera en la esperanza, y el espectador taurino acude una y otra vez al coso a revalidar su creencia.

Enrique Tierno Galván 



martes, 9 de diciembre de 2014

Florido, de Pérez de la Concha


Florido
de Pérez de la Concha (D. Joaquín), lidiado en Madrid, en quinto lugar, el día 4 de Octubre de 1896.

Fue el mejor toro de la temporada. * Con muchísima codicia mató cuatro caballos en ocho ocasiones que acometió a los picadores "Agujetas", "Charpa", "Inglés" y "Cigarrón", que pegaron muy bien y cayeron cinco veces, siendo retirados a la enfermería los primeros. * Cuando se ordenó el cambio de suerte, "FLORIDO" pedía caballos sin abandonar el sitio en que peleó. * Con igual bravura y nobleza hizo los tres estados de la lidia, y previa una breve y buena faena de muleta ejecutada por BOMBITA (Emilio), en los medios y en un palmo de terreno, entró a matar desde corto y con rectitud, completando aquella una magnifica estocada que valió al diestro grande y merecida ovación.

La corrida en los corrales de la Plaza Vieja

lunes, 20 de octubre de 2014

Persiste el espíritu de la andanada del 8

  Mañana, en la plaza de Las Ventas, después del apartado de los toros, se colocará en la andanada del 8 una placa de cerámica en recuerdo de Juanito Parra, el popular aficionado que presenció desde dicha localidad absolutamente todos los festejos que se celebraron en el coso entre 1939 y 1979, año en que falleció, y animó constantemente el llamado «espíritu de la andanada», que empezó a formarse mediada la década de los cincuenta. La andanada del 8 ha adquirido tal fuerza que es alternativamente temible y gratificante. La andanada del 8 se puede cargar el cartel de un torero o de un ganadero, o una corrida entera, con la misma rotundidad con que puede encumbrarlos o sacar de la nada al subalterno más modesto.

  Hoy, la andanada es una tronante tribuna que indigna a los taurinos y agota la paciencia de muchos espectadores, y se le acusa de inoportuna, aquejada de un prurito de divismo e iconoclasta a ultranza. Todo lo cual no compone una verdad (ni siquiera parcial), pues la verdad de cuanto es y significa la andanada va por otros caminos, y es ésta: sin su actitud vigilante, crítica y sonora, la plaza de Madrid nunca habría recobrado la seriedad y la importancia que tiene en la actualidad.

  Pero todo empezó, como decíamos, hacia la mitad de la década de los cincuenta. Hasta entonces, Juanito era un espectador solitario, con sus aficiones, sus filias y sus fobias, que invariablemente ocupaba una localidad de la fila sexta pegada al 9. Daba palmas de tango, silbaba tapándose los oídos, gritaba «¡Fuera, fuera!»; llevaba el reglamento en el bolsillo, pedía a gritos el aviso a la hora en punto, etcétera. Era un aficionado intransigente, convencido de que Las Ventas debía ser consecuente con su condición de primera plaza del mundo.

  Justo un día de junio de 1955 -cuando Antonio Bienvenida alcanzó el gran triunfo de la corrida del Montepío, lidiando seis toros- ya no estuvo solo, pues éramos dos. Y al domingo siguiente, tres.

  Para la década de los sesenta ya había andanadistas insignes, como el contable Ángel López y el coronel Echalecu (ambos ya fallecidos), y otros que siguen aún hoy ocupando la localidad, fieles al espíritu de la andanada. Pocos, pero con más moral que el Alcoyano y dotados de unos pulmones privilegiados, capaces de hacer tronante la voz y crispar a todo el taurineo chabacano y corrupto.

  La autoridad no era la que debía ser y los andanadistas aplicaban a los presidentes serios correctivos orales -nunca ofensivos ni irrespetuosos, que hasta la vulgaridad estaba proscrita en la andanada-, los cuales producían la inmediata presencia de la fuerza pública, que ordenaba callar. Un día, Juanito le gritó al palco: «¡Orejas regala usted muchas, pero no devuelve los toros cojos al corral!», y fue detenido. Algo que hoy sería impensable.

  El aglutinante y el animador del espíritu de la andanada era Juanito Parra -carpintero encofrador-, que, arrastrado el tercer toro, obsequiaba, a los correligionarios con diminutos caramelos Saci, seguramente para que suavizaran las gargantas. Así fue durante años y años. Corriendo el tiempo, se formó la Peña Andanada -que asume el homenaje de mañana-, y nuevos efectivos de aficionados se incorporaron a la localidad. Y llegó la novillada inaugural de 1979, en la que, por primera vez durante cuarenta años, Juanito no estaba en su localidad. Los andanadistas pensaron que algo muy grave había debido suceder e hicieron averiguaciones. En efecto: Juanito había muerto, de un infarto, precisamente en la muy taurina calle de la Victoria.

Joaquín Vidal, 4 de julio de 1981


miércoles, 15 de octubre de 2014

El brindis que le costó la vida

En 1808, el matador de toros Agustín Aroca moría fusilado a manos del ejército de Napoleón, un brindis en la Plaza de Toros de Madrid le había sentenciado

  Agustín Aroca Castillo nació en Sevilla el 27 de agosto de 1774, fue un matador atípico en su época, pues cursó la carrera de Derecho y era hijo de un notable abogado. Su fuerte vocación taurina le hizo abandonar los estudios y pronto se lanzaría a los ruedos a probar suerte como matador de reses bravas. En el año 1800 ya aparece como banderillero en Sevilla, y en Madrid como media espada en las siguientes temporadas. Tras la desaparición del triunvirato Romero – Costillares – Pepe Hillo, la fiesta sufría un período de sequía de toreros de categoría que en cierto modo vino a ocupar nuestro protagonista, compitiendo con el afamado y controvertido Juan Núñez, “Sentimientos”.

  El 25 de abril de 1803 toma la alternativa, y en 1804, Agustín Aroca figura en Madrid como espada de alternativa, destacando por ser un matador seguro, valiente y decidido. El 10 de febrero de 1805, el Rey Carlos IV emite Real Cédula por la que decreta la absoluta prohibición de las fiestas de toros y novillos de muerte en todo el reino, la más dura de las prohibiciones que han padecido los aficionados a toros a lo largo de la historia. La supresión de las corridas fue un hecho, en los años de 1805, 1806 y 1807 no las hubo. Agustín Aroca marcha a Jaén y trabaja como abogado.

  Una vez que Carlos IV abdica en su hijo, Fernando VII, y en plena Guerra de la Independencia, los toros vuelven a la Plaza de Madrid en 1808, quedando para los anales una actuación soberbia de Agustín Aroca en la que estoqueó tres toros por la mañana y tres toros por la tarde de seis estocadas recibiendo, cuatro altas y dos bajas. En este año de 1808, curiosamente, se celebraron en Madrid corridas de toros en honor a la proclamación de José I Bonaparte, que obligado a abandonar Madrid al conocer el desenlace de la Batalla de Bailén, en la que por cierto, participaron numerosos garrochistas y picadores de toros, dejó paso a Fernando VII el Deseado, por el que se organizarían también dos corridas de Proclamación, el viernes 26 de agosto y el lunes 29 de agosto de 1808.

  Después de celebrarse corridas de Proclamación en honor a dos jefes de estado diferentes, se organizó una serie de festejos para dotar de fondos a los Hospitales propietarios del coso madrileño, en los meses de septiembre y octubre. Vestido de de azul turquí con bordados y alamares de plata y faja de color rosa, el día 26 de septiembre de 1808, Agustín Aroca compartía cartel con Juan Núñez “Sentimientos”, frente a toros de Juan Díaz Hidalgo, antes del Conde de Valdeparaíso, procedencia Jijón. Cuando sonaron los clarines para matar, Agustín Aroca hizo este brindis:

“Zeñó Corregior, brindo pó Uzía, por toa la gente é Madrí y porque no quee vivo ni un francés”

   Esa misma tarde, en la lidia de otra res, se dirigió al palco en estos términos:

“Por Vuestra Señoría, por este respetable público y por la independencia”

  Esta sería su última actuación en Madrid, el brindis llegó a oído de los franceses, quienes lo vetarían junto con los españoles “colaboracionistas”. Las siguientes noticias que tenemos de Aroca es que fue hecho prisionero y fusilado por los franceses en tierras de Toledo, según los historiadores en la población de Huecas, cuando combatía contra los ejércitos de Napoleón.

  A Juan Núñez “Sentimientos” también se le atribuyen brindis de la misma índole, sin embargo éste era un gitano hábil y muy sagaz para sacar partido de cualquier situación y no corrió la misma suerte que su colega. Agustín Aroca, hombre culto y de leyes, cuyo valor quedó probado dentro y fuera del ruedo, consciente de lo que hacía, tomó la resolución de luchar por su patria con todas las consecuencias. Sirva este pequeño artículo para honrar la figura de este valiente torero sevillano.

Colección de las principales suertes de una corrida de toros (1790). Antonio Carnicero

Artículo publicado por un servidor en el nº 45 de La voz de la afición

domingo, 12 de octubre de 2014

La última tarde el toro más bravo

  Corrida de toros de Palha para Sánchez Vara, Guerrita Chico (confirmación de alternativa) e Israel Lancho.


  Todo un año de toros, 64 festejos después y más de 350 reses lidiadas, y el último toro de la temporada resultó ser el mejor regalo para el aficionado, un verdadero torrente de bravura, nobleza y casta brava como no se había visto en la Plaza de Las Ventas en todo el año, en lustros y en dos décadas, exactamente el tiempo que hace desde que César Rincón dio lidia y muerte al célebre Bastonito. Porque este Fusilito nº 191 -como había vaticinado el ganadero-, probablemente con la misma procedencia Ibán que el mentado Bastonito y un comportamiento muy parejo en los caballos, fue otro toro de los que nunca se olvidan. Un toro de bandera.

  Fusilito, un serio ejemplar de cuatro años y medio, pelo negro, bajo de cruz, largo, estrecho de culata, bien puesto de pitones y mirada torva, que ya de salida dejó a las claras sus intenciones embistiendo incesante y por abajo en el capote de Israel Lancho, abroncado por sacarlo a los medios bregando, corriendo para atrás, y no ganando terreno y por verónicas como demandaba el respetable. En cuanto vio al caballo, más allá de la segunda raya y a toro corrido, acudió presto a la cabalgadura de Miguel Ángel Herrero, empujando con los riñones y romaneando en principio, se colocó de lado corneando con el pitón izquierdo, como controlando a todo el personal que lo provocaba por el otro pitón para sacarlo de la pelea. Pero no había manera. Un primer puyazo que anduvo cerca de los cinco minutos, que empezó en el tendido 7 y acabó debajo de la presidencia. Capotes y más capotes, vueltas y más vueltas, incluso un mono hizo acto de presencia coleando al morlaco. No había forma. Hasta que, por fin, hizo hilo del capote de Sánchez Vara, muy atento toda la tarde, que tuvo que soltar el percal porque el bicho salió de aquel impresionante puyazo persiguiéndolo hasta el burladero de matadores. Israel Lancho tuvo la dignidad de colocarlo perfectamente en suerte para una segunda y clarificadora vara, a unos quince metros del caballo. Se arrancó Fusilito sin necesidad de muchas provocaciones y se puso a pelear nuevamente con el pitón izquierdo, saliendo en esta ocasión con más prontitud de la pelea, acudiendo noble a los capotes de los peones. Acabábamos de ver un tercio de varas de bravo que nos dejó sobrecogidos y emocionados. Emoción que iría in crescendo al ver que era el único Palha del encierro que no hacía el mínimo gesto de dolor según iban dejando los garapullos, persiguiendo a los peones en algún par. Llegó al tercio de muerte noble y entero, embistiendo franco y humillado por los dos pitones, ¡qué alegría de toro! Lancho sacó alguna tanda limpia al natural, pero Fusilito merecía más, mucho más. Una finca en cada pitón. El trasteo fue largo, en los medios, esto es, en los terrenos del toro, sin que este cediera en su empuje. Por ser día festivo y por la reducción en el boleto que ofertó la empresa al renovar el abono de Otoño, hoy había muchos aficionados en la plaza. Menos mal, el toro no pasó desapercibido y, después de un pinchazo, una estocada rinconera y un rato de abaniqueos hasta que Fusilito decidió echarse, un buen puñado de aficionados agitó pañuelos y jerseys azules, pidiendo honores para este gran toro de Palha. El presidente, don Justo Polo, que de justo parece que tiene más bien poco, no atendió la petición de vuelta al ruedo. No importa, la ovación en el arrastre fue de las gordas. Fusilito nº 191, de Palha, ha entrado en la gloriosa historia de los toros bravos y quedará para siempre en la memoria de los aficionados que pudieron verlo. 

Fusilito de Palha, el toro de la temporada

  Previamente vimos una corrida de serias hechuras y gran trapío, con un comportamiento que ofrecía posibilidades de triunfo. Lamentablemente la empresa tiró el cartel por la basura con una terna de plaza de pueblo en un día festivo que atrae a numerosos aficionados. La ocasión ciertamente merecía otra cosa. Esta vez, los Palha no fueron toros para ir a la guerra y calentar a los tendidos con el valor y la temeridad, en esta ocasión requerían de experiencia, mucho temple y torería para aguantar y gobernar las francas y nobles embestidas que muchos de ellos ofrecieron. Todo ello contando con que, a excepción del segundo, han acudido decididos y se han empleado en los jacos, creciéndose en el castigo y sin salir sueltos. La mayoría madereros y levantando astillas. Una corrida de toros de categoría.

  Un primero de correcta presentación para la confirmación de Guerrita Chico, un torero entrado en edad que se encontró con una embestida dulce y humillada en la muleta y que, sumado a la escasez de fuerzas que tenía, le permitió estar en la cara más tiempo del debido, recibiendo un aviso. En el quinto acto pechó con un toro de comportamiento muy serio y exigente, apodado Tintín, que recibió con unas buenas verónicas merced a una gran embestida. De esos toros que se quedan sin ver debido a la inexperiencia de su matador. Lo despachó de una estocada en los bajos. 

  Sánchez Vara estuvo muy dispuesto, atento a la lidia y haciendo gala del oficio que atesora. Colocando los toros fenomenalmente en los caballos y alegrando los tendidos con las banderillas, dejando un par superior, de dentro a afuera, con el cuarto. Y uno al cuarteo después de que Raúl Ramírez practicara el salto de la garrocha, muy celebrado por el público. Con el segundo, un toro más alto que sus hermanos, de pitones condesos, dejó algunos muletazos sueltos buenos, pero no consiguió componer faena. Mucha calidad en la embestida de este ejemplar, el más manso en los caballos. El cuarto, un toro bajo con unos cuartos traseros de gran remate, pecó de falta de codicia y se desentendió rápidamente, creando peligro por el lado diestro. Necesitó de una entera pasada y varios descabellos para que salieran las mulillas.

  Lancho trasmitió sensación de apatía, su cuadrilla pasó un rato de peligro y desconcierto en las banderillas del tercero y estuvo como si la cosa no fuera con él. Hizo la faena en el cobijo de las tablas, con un ejemplar pegajoso que hizo cosas muy positivas y tuvo un buen pitón izquierdo hasta que de repente se fue a tablas, rajado o aburrido, no está muy claro. Es probable que acusara los dos puyazos con sendas cariocas y todo lo que sangró durante la lidia. De una gran estocada Lancho lo mandó al otro barrio.

  Enhorabuena al ganadero, por la corrida y por ese gran Fusilito que no olvidaremos. Este es el camino a recuperar, la misma senda que dejaron los Rabosillo, Rachido, Peluquito, Asustado bis, Camarito, Santanero, etc. Ya estamos esperando la siguiente, ¡que vuelvan los Palha!

En el día de la Patria

Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el Rey y su célebre ministro, a quienes no consideraba con igual respeto. Como yo no sabía más historia que la que aprendí en la Caleta, para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después. Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales pensamientos el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros.

Pero en el momento que precedió al combate comprendí todo lo que aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu, iluminándole y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche y saca de la oscuridad un hermoso paisaje. Me representé mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria; es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus niños, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje, el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amasan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia; desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara.

Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos algo, en lo cual no iba del todo descaminado. Parecíame, por tanto, tan legítima la defensa como brutal la agresión, y como había oído decir que la justicia triunfaba siempre, no dudaba de la victoria. Mirando nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que mejor representan al fuego, sentí que mi pecho se ensanchaba; no pude contener algunas lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz, de Véjer; me acordé de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos con ansiedad; y todas estas ideas y sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hacia Dios, a quien dirigí una oración que no era padrenuestro ni avemaría, sino algo nuevo que a mí se me ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento, haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el primer cañonazo.

Benito Pérez Galdós. Episodios Nacionales, Trafalgar.