miércoles, 9 de julio de 2014

Dolores Aguirre en Pamplona

  Fugaz excursión para ver los toros de Doña Dolores Aguirre Ybarra en San Fermín, el mayor fiestón del mundo en derredor al toro bravo, y una de las ganaderías más espectaculares del momento. No hay mejor combinación.

  Aprovechamos la jornada desde primera hora y vimos llegar los toros a la plaza, breve e intenso momento en el que se ve como la imponente manada cruza el redondel del coso pamplonés hasta los corrales, culminando así el tan deseado encierro. A continuación sueltan varias vacas para regocijo de una turba de mozos, en su mayoría foráneos, que no hacen más que llevarse revolcones, golpes y varetazos de todo tipo que a buen seguro lucirán orgullosos en sus países de origen, ¿habrá mejor souvenir de Pamplona?

Amenizando la espera antes del encierro

  La visita a los Corrales del Gas fue un completo desastre. Acababan de desembarcar las corridas de Fuente Ymbro y Adolfo Martín y no dejaban verlas, el constante trasiego de personas a través de la cristalera no parece lo más indicado para calmar el estrés de las fieras después de un largo viaje. En total solo se podían ver los morlacos de Victoriano del Río y Jandilla, estos, habituados ya al aire limpio y fresco de las orillas del Arga, se encontraban echados, rumiando tranquilamente. La corrida de Garcigrande tampoco estaba disponible, desconozco por qué. A saber lo que nos tiene preparado El Juli, no sería la primera vez que el señorito rebaja la categoría del toro de Pamplona a la altura del que se ve en Villacabras de los Montes. No fue ningún trauma el no poder ver la mirada triste, como pidiendo perdón, de los toros de Garcigrande; lo que en verdad nos mosqueaba era perdernos las corridas de Adolfo, Fuente Ymbro y Miura, que por lo visto ni siquiera había llegado a Pamplona.

  El apartado, como siempre, una maravilla. Como el tradicional pintxo de txistorra pamplonica que sirven los bares de los corrales, otro lujo que no desmerece, en absoluto, la categoría del acto. Los toros bien visibles, los detalles cuidados con esmero y la información completa y necesaria que todo aficionado desea conocer. Punto de reunión de profesionales y taurófilos en el que se van enchiquerando los animales, finalizando así la crianza y el manejo del toro de lidia, permanecerá unas horas en el calabozo a expensas del rito que da sentido a todo: La lidia, el combate entre el hombre y la fiera. La tragedia, la nulidad, la bronca, la gloria silenciosa o rotunda; quién lo sabe. 

Pitillito, el de la espantá de Uceda, en primer término

  Por la tarde, llegado el momento de la verdad, distinguimos dos corridas de toros: Una primera parte con toros justos de presentación y blandengues de patas; y una segunda, con ejemplares de imponente lámina y el poderío que este hierro acostumbra. El primero cumplió en los jacos y fue manseando a más durante la lidia; correctamente presentado, descompuesto, desentendido y a media altura en la muleta. Uceda Leal nunca se acopló con él. Segundo, Bilbatero, manso en el primer puyazo parece que se calienta en el segundo, al revés que el corrido en primer lugar, se va creciendo poco a poco y acomete unas pocas tandas con franqueza, con muchos palos que tocar. Francisco Marco estuvo voluntarioso, mostrando la falta de contratos que atesora, en ningún momento lo metió en el canasto. El impresentable que hace tercero, anduvo todo el tiempo como descordado, lo cuidaron en el caballo y quedó con buena condición para la muleta, noble, al final se acabó echando. Paulita toreó bien de capa, con la muleta estuvo desigual y se pasó claramente de faena. El cuarto tenía mucha cabeza, al estilo Atanasio; fue duro y con poder. El desangelado matador, adelantando lo que iba a hacer a posteriori ni siquiera salió a recibirlo, llevándose tres fuertes puyazos de Pedro Iturralde con cariocas incluidas y los coletas mirando para otro lado; en banderillas abanto y huidizo, no sabemos en qué estado quedó merced a la desidia de Uceda Leal que pajareó un poco y cogió rápidamente el estoque. El quinto, único cinqueño del encierro, era un señor toro, un ejemplar monumental de los que los aficionados esperan ver en esta feria, que por algo se llama Feria del Toro. Este gallardo animal, conocido en Dehesa de Frías por Carafea, empujó de veras en el primer encuentro, del que salió manseando, luego no quiso acudir al segundo, y una vez debajo volvió a empujar con poder, recibiendo buen castigo. Gran inicio de faena de Francisco Marco con tan imponente animal, pero su labor no cogió vuelo en ningún momento y bastante mérito tenía con hacerle frente. Carafea murió encampanado. Cerró la tarde un toro burraco, serio y bravo en los caballos, recibió dos puyazos asesinos, sin que lo colocaran y sin rechazar la pelea cuando salía del peto. El toro, apodado Caracorta, manaba sangre por el cuello como si fuera el surtidor de una ballena, así que no tardó en apagarse en la pañosa. Supongo que Paulita no tendrá quejas después del intento de toricidio perpetrado en varas.

Los tendidos de la jarana

Una vez más volvimos encantados a casa, hasta el año que viene Pamplona.
¡Viva la Feria del Toro! ¡Viva San Fermín!

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